Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 7 de diciembre de 1861 y publicado, como carta «de un corresponsal ocasional», en el New-York Daily Tribune, núm. 6467, del 25 de diciembre de 1861. Traducido del original inglés según la transcripción de S. Ryan en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con el facsímil de la página del Tribune y con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 414-418), donde el artículo lleva el título «Wachsende Sympathien in England» («Simpatías crecientes en Inglaterra»), por la Escuela de marxismo, 2026. Seguimos los párrafos del periódico. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 7 de diciembre de 1861
Los amigos de los Estados Unidos a este lado del Atlántico esperan con ansiedad que el Gobierno federal dé pasos conciliadores. No lo hacen porque coincidan con el cacareo frenético de la prensa británica a propósito de un incidente de guerra que, según los propios juristas de la Corona inglesa, se reduce a un mero error de procedimiento y puede resumirse en estas palabras: ha habido una violación del derecho internacional porque el capitán Wilkes, en lugar de llevarse el Trent, su carga, sus pasajeros y a los comisionados, solo se llevó a los comisionados. Tampoco nace la inquietud de los que desean el bien a la gran república del temor de que, a la larga, no sea capaz de medirse con Inglaterra aunque tenga a la espalda la guerra civil; y, menos que nada, esperan que los Estados Unidos abdiquen, ni siquiera por un momento y en una hora sombría de prueba, de la orgullosa posición que ocupan en el concierto de las naciones. Los motivos que los mueven son de una naturaleza muy distinta.
En primer lugar, la tarea más inmediata de los Estados Unidos es aplastar la rebelión y restaurar la Unión. El deseo dominante en el ánimo de la esclavocracia y de sus instrumentos del Norte fue siempre precipitar a los Estados Unidos en una guerra con Inglaterra. El primer paso de Inglaterra, en cuanto estallaran las hostilidades, sería reconocer a la Confederación del Sur, y el segundo, poner fin al bloqueo. En segundo lugar, ningún general, si no se ve obligado, acepta batalla en el momento y en las condiciones que elige su enemigo. «Una guerra con América», dice el Economist, periódico que goza de toda la confianza de Palmerston, «tiene que ser siempre uno de los acontecimientos más lamentables de la historia de Inglaterra; pero, si ha de producirse, el presente es sin duda el periodo en que nos hará el menor daño y el único momento de nuestros anales comunes en que nos procuraría una compensación incidental y parcial». Las mismas razones que explican el afán de Inglaterra por aprovechar cualquier pretexto decoroso de guerra en este «único momento» deberían retener a los Estados Unidos de ofrecerle semejante pretexto en este «único momento». No se va a la guerra con el propósito de hacer a nuestro enemigo «el menor daño», y aun de procurarle con la guerra «una compensación incidental y parcial». Toda la oportunidad del momento estaría de un solo lado, del lado del enemigo. ¿Hace falta un gran esfuerzo de razonamiento para demostrar que una guerra interior que se libra en un Estado es el momento menos oportuno para emprender una guerra exterior? En cualquier otro momento las clases mercantiles de Gran Bretaña habrían mirado una guerra contra los Estados Unidos con el mayor horror. Ahora, por el contrario, un sector amplio e influyente del mundo mercantil lleva meses apremiando al Gobierno para que rompa por la fuerza el bloqueo y procure así su materia prima a la rama principal de la industria británica.1 El temor a una reducción del comercio de exportación inglés a los Estados Unidos ha perdido su aguijón, porque esa reducción ya se ha producido de hecho. «Ellos» (los estados del Norte), dice el Economist, «son clientes miserables en lugar de buenos». El enorme crédito que el comercio inglés solía conceder a los Estados Unidos, principalmente mediante la aceptación de letras giradas desde China y la India, se ha reducido ya a apenas una quinta parte de lo que era en 1857. Por último, y no menos importante, la Francia decembrista,2 en bancarrota, paralizada en el interior, acosada por las dificultades en el exterior, se lanza sobre una guerra anglo-norteamericana como sobre un verdadero regalo del cielo y, para comprar el apoyo inglés en Europa, pondrá en juego todo su poder para sostener a la «pérfida Albión» al otro lado del Atlántico. No hay más que leer los periódicos franceses. El grado de indignación al que se han exaltado en su tierna solicitud por el «honor de Inglaterra», sus furiosas diatribas sobre la necesidad de que Inglaterra vengue el ultraje inferido a la Union Jack,3 sus viles invectivas contra todo lo norteamericano, serían verdaderamente espantosos si no fueran a la vez ridículos y repugnantes. Por último, si los Estados Unidos ceden en este caso, no perderán un ápice de su dignidad. Inglaterra ha reducido su queja a un mero error de procedimiento, a un descuido técnico del que ella misma se ha hecho culpable sistemáticamente en todas sus guerras marítimas, pero contra el que los Estados Unidos no han dejado nunca de protestar y en el que el presidente Madison, en el mensaje con que inauguró la guerra de 1812, se extendió como en una de las violaciones más escandalosas del derecho internacional.4 Si podría defenderse a los Estados Unidos por pagar a Inglaterra con su propia moneda, ¿se los va a acusar por desautorizar con grandeza de ánimo, en el caso de un solo capitán norteamericano que actuó bajo su propia responsabilidad, lo que siempre denunciaron como una usurpación sistemática por parte de la marina británica? En realidad, toda la ganancia de semejante proceder sería para el lado norteamericano. Inglaterra, por una parte, habría reconocido el derecho de los Estados Unidos a capturar y llevar ante un tribunal de presas norteamericano a todo barco inglés empleado al servicio de la Confederación. Por otra parte, habría renunciado de hecho, de una vez para siempre y a los ojos del mundo entero, a una pretensión que no se le pudo hacer abandonar ni en la paz de Gante, en 1814, ni en las negociaciones que mantuvieron lord Ashburton y el secretario Webster en 1842.5 La cuestión se reduce entonces a esto: ¿prefieren ustedes sacar partido del «suceso enojoso» o, cegados por las pasiones del momento, dejar que lo saquen sus enemigos de dentro y de fuera?
Desde hace una semana, cuando le envié mi última carta,6 los consolidados británicos han vuelto a bajar: la caída, respecto del viernes pasado, llega al 2 por ciento, y los precios actuales son de 89¾ a ⅞ al contado y de 90 a ⅛ para la nueva liquidación del 9 de enero. Esta cotización corresponde a la de los consolidados británicos durante los dos primeros años de la guerra anglo-rusa. La caída se debe por entero a la interpretación belicosa que se ha dado a los periódicos norteamericanos traídos por el último correo, al tono exasperado de la prensa de Londres, cuya moderación de dos días no fue más que una finta ordenada por Palmerston, al envío de tropas al Canadá, a la proclamación que prohíbe la exportación de armas y de materias para la pólvora y, por último, a las ostentosas noticias diarias sobre los formidables preparativos de guerra en los astilleros y arsenales marítimos.
De una cosa puede usted estar seguro: Palmerston quiere un pretexto legal para una guerra con los Estados Unidos, pero tropieza en los consejos de gabinete con la oposición más resuelta de los señores Gladstone y Milner Gibson y, en menor grado, de sir Cornewall Lewis. Al «noble vizconde» lo respaldan Russell, instrumento abyecto en sus manos, y toda la camarilla whig. Si el gabinete de Washington proporcionara el pretexto deseado, el gabinete actual saltaría por los aires para dejar paso a una administración tory. Los pasos preliminares para semejante cambio de decorado ya los han acordado Palmerston y Disraeli. De ahí el furioso grito de guerra del Morning Herald y del Standard, esos lobos hambrientos que aúllan ante la perspectiva de las migajas, tanto tiempo echadas de menos, del limosnero público.
Las intenciones de Palmerston pueden ponerse al descubierto recordando unos pocos hechos. Fue él quien impuso la proclamación que reconocía a los secesionistas como beligerantes, la mañana del 14 de mayo, después de que el telégrafo le comunicara desde Liverpool que el señor Adams llegaría a Londres la noche del 13 de mayo.7 Fue él quien, tras dura lucha con sus colegas, envió 3.000 hombres al Canadá, un ejército ridículo si se trataba de cubrir una frontera de 1.500 millas, pero un hábil juego de manos si se quería alentar la rebelión e irritar a la Unión. Fue él quien hace muchas semanas apremió a Bonaparte para que propusiera una intervención armada conjunta «en la lucha fratricida», apoyó ese proyecto en el consejo de gabinete y solo fracasó en sacarlo adelante por la resistencia de sus colegas. Él y Bonaparte recurrieron entonces a la intervención en México como pis aller.8 Aquella operación servía a dos fines: provocar el justo resentimiento de los norteamericanos y, al mismo tiempo, proporcionar un pretexto para el envío de una escuadra dispuesta, como dice el Morning Post, «a cumplir cualquier deber que la conducta hostil del Gobierno de Washington pueda exigirnos en las aguas del Atlántico Norte». Cuando se puso en marcha aquella expedición, el Morning Post, junto con el Times y los pececillos de la prensa esclava de Palmerston, dijo que era una cosa muy hermosa, y además filantrópica, porque pondría a la Confederación esclavista entre dos fuegos: el Norte antiesclavista y la fuerza antiesclavista de Inglaterra y Francia. ¿Y qué dice ese mismo Morning Post, ese curioso compuesto de Jenkins y de Rodomonte, de librea y de bravata,9 en su número de hoy, con ocasión del mensaje de Jefferson Davis?10 Escuchen al oráculo de Palmerston: «Hemos de contar con que esta intervención pueda quedar sin efecto durante un periodo de tiempo considerable; y mientras que el Gobierno del Norte está demasiado lejos para que su actitud influya sustancialmente en esta cuestión, la Confederación del Sur, en cambio, se extiende a lo largo de una gran distancia por la frontera de México, de modo que su disposición amistosa hacia los autores de la insurrección no es de poca consecuencia. El Gobierno del Norte ha denostado invariablemente nuestra neutralidad, pero el del Sur, con espíritu de estadista y con moderación, ha reconocido en ella todo lo que podíamos hacer por cualquiera de las partes; y ya sea en vista de nuestras actividades en México, ya de nuestras relaciones con el gabinete de Washington, la amistosa contención de la Confederación del Sur es un punto importante a nuestro favor». Puedo observar que el Nord del 3 de diciembre —un periódico ruso y, por tanto, iniciado en los designios de Palmerston—11 insinúa que la expedición a México se organizó desde el principio no para su fin declarado, sino para una guerra contra los Estados Unidos.
La carta del general Scott12 había producido una reacción tan saludable en la opinión pública, e incluso en la Bolsa de Londres, que los conspiradores de Downing Street y de las Tullerías creyeron necesario soltar a la Patrie,13 que afirmó, con todos los aires de quien está informado por fuentes oficiales, que el apresamiento de los comisionados del Sur a bordo del Trent lo había autorizado directamente el gabinete de Washington.
El bloqueo de los puertos del Sur por la marina de la Unión cortaba a la industria algodonera inglesa su principal fuente de materia prima. ↩
La Francia del Segundo Imperio, nacido del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851. ↩
La bandera del Reino Unido. ↩
James Madison, presidente de los Estados Unidos de 1809 a 1817; su mensaje al Congreso del 1 de junio de 1812, que llevó a la declaración de guerra a Inglaterra, denunciaba el apresamiento de marineros a bordo de barcos norteamericanos por los buques de guerra británicos. ↩
La paz de Gante (24 de diciembre de 1814) puso fin a la guerra anglo-norteamericana sin decir nada del derecho de registro; el tratado Webster-Ashburton (1842), negociado por el secretario de Estado Daniel Webster y lord Ashburton, fijó la frontera del noreste con el Canadá y la cooperación contra la trata, sin que Inglaterra renunciara tampoco a esa pretensión. ↩
«Las noticias y su efecto en Londres», del 30 de noviembre de 1861. ↩
Charles Francis Adams, el nuevo embajador de Lincoln. La proclamación de neutralidad de la reina se publicó con fecha del 13 de mayo de 1861. ↩
«Mal menor», último recurso. Sobre la expedición a México véase «Las noticias y su efecto en Londres», nota 10. ↩
Jenkins, nombre del lacayo prototípico, era el apodo del Morning Post por sus crónicas de sociedad; Rodomonte, el fanfarrón del Orlando enamorado de Boiardo y del Orlando furioso de Ariosto. ↩
El mensaje del presidente de la Confederación, Jefferson Davis, al Congreso confederado del 18 de noviembre de 1861. ↩
Le Nord, periódico de Bruselas subvencionado por el Gobierno ruso. Marx sostenía desde la década de 1850 que Palmerston servía a la política rusa. ↩
Winfield Scott (1786-1866), general en jefe del ejército de la Unión hasta noviembre de 1861; a comienzos de diciembre, desde París, había publicado en la prensa una carta conciliadora en la que aseguraba que los Estados Unidos deseaban la paz con Inglaterra. ↩
La Patrie, diario bonapartista de París. ↩