Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 30 de noviembre de 1861 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6462, del 19 de diciembre de 1861. Traducido del original inglés según la transcripción del periódico hecha por Tony Brown para el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 395-400), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Londres, 30 de noviembre de 1861
Desde la declaración de guerra a Rusia1 no había presenciado nunca en todas las capas de la sociedad inglesa una agitación comparable a la que produjo la noticia del asunto del Trent, traída a Southampton por el La Plata el 27 del corriente.2 Hacia las 2 de la tarde, por medio del telégrafo eléctrico, se fijó el anuncio del «suceso enojoso» en las salas de noticias de todas las bolsas británicas. Todos los valores comerciales bajaron, mientras que el precio del salitre subió. Los consolidados3 cayeron ¾ por ciento, y en Lloyd's se exigían cinco guineas de prima de riesgo de guerra para los barcos procedentes de Nueva York. A última hora de la tarde corrían por Londres los rumores más disparatados: que al embajador norteamericano le habían devuelto de inmediato sus pasaportes, que se había dado orden de apresar sin demora todos los barcos norteamericanos en los puertos del Reino Unido, etc. Los amigos algodoneros de la secesión en Liverpool aprovecharon la ocasión para celebrar, convocado con diez minutos de antelación, en la sala de subastas de algodón de la Bolsa, un mitin de indignación presidido por el señor Spence, autor de algún oscuro folleto en interés de la Confederación del Sur. El comodoro Williams, agente del Almirantazgo a bordo del Trent, que había llegado con el La Plata, fue llamado en el acto a Londres.
Al día siguiente, 28 de noviembre, la prensa londinense mostró en conjunto un tono de moderación que contrastaba extrañamente con la tremenda agitación política y mercantil de la víspera. Los periódicos de Palmerston, el Times, el Morning Post, el Daily Telegraph, el Morning Advertiser y el Sun, habían recibido orden de calmar los ánimos antes que exasperarlos. El Daily News, con sus críticas a la conducta del San Jacinto, pretendía evidentemente no tanto golpear al Gobierno federal como librarse de la sospecha de «prejuicios yanquis», mientras que el Morning Star, órgano de John Bright, sin pronunciarse sobre la oportunidad y la sensatez del «acto», defendía su legalidad. Solo hubo dos excepciones al tono general de la prensa de Londres. Los plumíferos tories del Morning Herald y del Standard, que en realidad forman un solo periódico con distintos nombres, dieron rienda suelta a su salvaje satisfacción por haber cogido por fin en una trampa a los «republicanos» y haber encontrado un casus belli ya cortado a medida. Solo los secundó otro diario, el Morning Chronicle, que desde hace años intenta prolongar su azarosa existencia vendiéndose alternativamente al envenenador Palmer4 y a las Tullerías. La agitación de la Bolsa remitió en gran parte gracias al tono pacífico de los principales periódicos de Londres. Ese mismo 28 de noviembre el comodoro Williams se presentó en el Almirantazgo e informó de las circunstancias del incidente en el Old Bahama Channel. Su informe, junto con las declaraciones escritas de los oficiales que iban a bordo del Trent, se sometió en el acto a los juristas de la Corona, cuyo dictamen se puso oficialmente, a última hora de la noche, en conocimiento de lord Palmerston, del conde Russell5 y de otros miembros del Gobierno.
El 29 de noviembre podía notarse un ligero cambio en el tono de la prensa ministerial. Se supo que los juristas de la Corona, por un motivo técnico, habían declarado ilegal la actuación de la fragata San Jacinto, y que más tarde, ese mismo día, el gabinete, convocado a consejo general, había decidido enviar a lord Lyons6 por el próximo vapor instrucciones para que se atuviera al dictamen de los juristas ingleses. De ahí que la agitación en los principales centros de negocios, como la Bolsa, Lloyd's, el Jerusalem, el Baltic, etc.,7 se reanudara con redoblada fuerza, estimulada además por la noticia de que el día anterior se habían detenido los embarques de salitre previstos para América y de que el 29 había llegado a la Aduana una orden general que prohibía la exportación de este artículo a cualquier país salvo en ciertas condiciones rigurosas. Los fondos ingleses cayeron otro ¾, y en un momento dado reinó un verdadero pánico en todos los mercados de valores, pues se había vuelto imposible hacer operación alguna con algunos títulos, mientras que todas las clases sufrieron una fuerte caída de precios. Por la tarde la Bolsa se recuperó gracias a diversos rumores, pero sobre todo a la noticia de que el señor Adams había expresado la opinión de que el gabinete de Washington desautorizaría el acto del San Jacinto.
El 30 de noviembre (hoy), todos los periódicos de Londres, con la única excepción del Morning Star, plantearon la alternativa: reparación por parte del gabinete de Washington o guerra.
Resumida la historia de los acontecimientos desde la llegada del La Plata hasta hoy, pasaré ahora a dar cuenta de las opiniones. Había, naturalmente, dos puntos que considerar: por un lado, el derecho; por otro, la política de la captura de los comisionados del Sur a bordo de un vapor correo inglés.
En cuanto al aspecto jurídico del asunto, la primera dificultad que suscitaron la prensa tory y el Morning Chronicle fue que los Estados Unidos nunca habían reconocido a los secesionistas del Sur como beligerantes y, por consiguiente, no podían reclamar frente a ellos derechos de beligerante.
La propia prensa ministerial despachó al instante esta argucia.
«Nosotros», decía el Times, «hemos reconocido ya a estos Estados Confederados como potencia beligerante, y cuando llegue el momento reconoceremos a su Gobierno. Por tanto, nos hemos impuesto todos los deberes y las incomodidades de una potencia neutral entre dos beligerantes.»
De ahí que, reconozcan o no los Estados Unidos a los confederados como beligerantes, tengan derecho a exigir que Inglaterra se someta a todos los deberes y las incomodidades de un neutral en la guerra marítima.
Por consiguiente, con las excepciones mencionadas, toda la prensa de Londres reconoce el derecho del San Jacinto a dar el alto al Trent, visitarlo y registrarlo, para averiguar si llevaba mercancías o personas pertenecientes a la categoría de «contrabando de guerra». No se esgrimió en serio la insinuación del Times de que la jurisprudencia inglesa «se estableció en circunstancias muy diferentes de las que ahora se dan»; de que «entonces no existían los vapores» y eran desconocidos los buques correo «que llevan cartas en las que todas las naciones del mundo tienen un interés inmediato»; de que «nosotros (los ingleses) luchábamos por nuestra existencia e hicimos en aquellos días lo que no consentiríamos que hicieran otros». El Moniteur privado de Palmerston, el Morning Post, declaró el mismo día que los vapores correo eran simples buques mercantes que no participaban de la exención del derecho de registro de que gozan los buques de guerra y los transportes. El derecho de registro por parte del San Jacinto lo admitieron de hecho tanto la prensa de Londres como los juristas de la Corona. La objeción de que el Trent, en lugar de navegar de un puerto beligerante a otro beligerante, iba por el contrario de un puerto neutral a otro neutral, cayó por tierra ante la sentencia de lord Stowell de que el derecho de registro sirve precisamente para averiguar el destino de un barco.
En segundo lugar, se planteó la cuestión de si, al disparar un proyectil macizo por delante de la proa del Trent y lanzar después una granada que estalló muy cerca de él, el San Jacinto no había violado los usos y las cortesías propios del ejercicio del derecho de visita y de registro. La prensa de Londres admitió en general que, como hasta ahora solo se conocen los detalles del suceso por las declaraciones de una de las partes interesadas, una cuestión tan secundaria no podría influir en la decisión que ha de tomar el Gobierno británico.
Admitido así el derecho de registro ejercido por el San Jacinto, ¿qué tenía que buscar? Contrabando de guerra, que se presumía transportado por el Trent. ¿Qué es contrabando de guerra? ¿Son los despachos de un Gobierno beligerante contrabando de guerra? ¿Son contrabando de guerra las personas que llevan esos despachos? Y, si se responde afirmativamente a ambas preguntas, ¿siguen siendo contrabando de guerra esos despachos y sus portadores si se los encuentra en un buque mercante que va de un puerto neutral a otro neutral? La prensa de Londres reconoce que las sentencias de las más altas autoridades jurídicas a ambos lados del Atlántico son tan contradictorias, y pueden invocarse con tal apariencia de razón tanto a favor de la afirmativa como de la negativa, que en todo caso hay prima facie8 argumentos en favor del San Jacinto.
De acuerdo con esta opinión, que prevalece en la prensa inglesa, los juristas de la Corona inglesa han abandonado por completo la cuestión de fondo y solo han planteado la cuestión de forma. Sostienen que el derecho de gentes no fue violado en sustancia, sino solo en la forma. Han llegado a la conclusión de que el San Jacinto faltó al apresar bajo su propia responsabilidad a los comisionados del Sur en lugar de llevar el Trent a un puerto federal y someter la cuestión a un tribunal de presas federal, ya que ningún crucero armado tiene derecho a erigirse en juez en el mar. Lo único que los juristas de la Corona inglesa imputan al San Jacinto es, pues, una infracción de procedimiento, y en mi opinión su conclusión es acertada. Quizá fuera fácil desenterrar precedentes que mostraran que Inglaterra ha atropellado de manera parecida las formalidades del derecho marítimo; pero nunca se puede permitir que las violaciones del derecho suplanten al derecho mismo.
Ahora puede plantearse la cuestión de si la reparación que exige el Gobierno inglés, es decir, la entrega de los comisionados del Sur, está justificada por un agravio que los propios ingleses reconocen que es de forma más que de fondo. Un abogado del Temple9 observa sobre este punto en el Times de hoy:
«Si el caso no está tan claramente a nuestro favor como para que pudiéramos haber impugnado por manifiestamente contraria al derecho de gentes una sentencia del tribunal norteamericano que condenara al barco, entonces la irregularidad del capitán norteamericano al permitir que el Trent siguiera viaje a Southampton redundó claramente en beneficio de los armadores británicos y de los pasajeros británicos. ¿Podríamos en tal caso encontrar motivo de querella internacional en un error de procedimiento que en realidad nos favoreció?»
Con todo, si el Gobierno norteamericano tiene que reconocer, como me parece, que el capitán Wilkes ha cometido una violación del derecho marítimo, sea formal o material, su buen nombre y su interés deberían impedirle por igual regatear los términos de la satisfacción que se ha de dar a la parte agraviada. Debería recordar que hace el trabajo de los secesionistas si enreda a los Estados Unidos en una guerra con Inglaterra; que semejante guerra sería un regalo del cielo para Luis Bonaparte en sus actuales dificultades y que, por consiguiente, contaría con todo el peso oficial de Francia; y, por último, que, entre las fuerzas que los británicos tienen ahora a su mando en las estaciones navales de Norteamérica y de las Indias Occidentales y las fuerzas de la expedición a México,10 el Gobierno inglés dispondría de un poder naval abrumador.
En cuanto a la política de la captura en el Bahama Channel, la voz no solo de la prensa inglesa, sino de la europea, es unánime en expresar su perplejidad ante la extraña conducta del Gobierno norteamericano, que provoca tan tremendos peligros internacionales por echar mano a las personas de los señores Mason, Slidell y compañía, mientras los señores Yancey y Mann se pavonean por Londres. Ciertamente tiene razón el Times cuando dice:
«Hasta el propio señor Seward tiene que saber que las voces de estos comisionados del Sur, resonando desde su cautiverio, son mil veces más elocuentes en Londres y en París de lo que lo habrían sido si se hubieran oído en St. James y en las Tullerías.»
El pueblo de los Estados Unidos, que con tanta grandeza de ánimo se ha sometido a una restricción de sus propias libertades para salvar a su país,11 no estará sin duda menos dispuesto a cambiar el rumbo de la opinión popular en Inglaterra reconociendo abiertamente, y reparando con cuidado, un desatino internacional cuya defensa podría hacer realidad las esperanzas más audaces de los rebeldes.
Inglaterra y Francia declararon la guerra a Rusia en marzo de 1854 (guerra de Crimea). ↩
Sobre el caso del Trent véase la correspondencia de Marx para Die Presse «El caso del Trent», del 28 de noviembre de 1861. ↩
Títulos de la deuda pública británica consolidada. ↩
William Palmer, médico inglés condenado y ahorcado en 1856 por envenenar a varias personas; el Morning Chronicle había tomado partido por él durante el proceso. ↩
John Russell (1792-1878), conde Russell desde julio de 1861, ministro de Asuntos Exteriores en el gabinete de Palmerston. ↩
Richard Lyons, lord Lyons (1817-1887), embajador británico en Washington de 1858 a 1865. ↩
El Jerusalem Coffee House y el Baltic Coffee House, lugares de contratación de los comerciantes y armadores de Londres. ↩
«A primera vista». ↩
El Inner Temple y el Middle Temple, dos de los cuatro colegios de abogados (Inns of Court) de Londres. ↩
La expedición de Inglaterra, Francia y España contra México, acordada en la Convención de Londres del 31 de octubre de 1861. ↩
Alusión a la suspensión del habeas corpus y a otras medidas de excepción decretadas por Lincoln en 1861. ↩