Escrito en inglés por Friedrich Engels en la primera quincena de marzo de 1861 y publicado en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, núm. 28, del 16 de marzo de 1861. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 258-262), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Al movimiento de voluntarios1 le falta una cosa: una crítica justa e inteligente, pero abierta y franca, hecha por gente competente de fuera. Los voluntarios son hasta tal punto los niños mimados del público y de la prensa que la crítica se ha vuelto una imposibilidad absoluta. Nadie la habría escuchado; todo el mundo la habría tenido por injusta, poco amistosa e inoportuna. Las deficiencias de lo que hacían los voluntarios se pasaban casi siempre en silencio, mientras que a cada cuerpo se lo ponía por las nubes por todo lo que hiciera medianamente bien. Se exigía mucho a la cortesía de la gente, por mucho que quisiera ser imparcial. En todas partes tenía que dar su opinión sobre tal o cual asunto de los voluntarios, y si no estaba dispuesta a deshacerse en elogios exagerados y fuera de lugar, podía darse por contenta si salía del paso con fama de snob engreído. ¡Cuántas veces ha perjudicado a los voluntarios la necia lisonja de que eran capaces de batirse con cualquier tropa del mundo! ¡Cuántas veces se les ha dicho que ninguna división de las tropas de línea habría podido hacerlo mejor que lo que ellos mostraron en Hyde Park, en Edimburgo, en Newton o en Knowsley!2
Dejando aparte esa lisonja absurda, que en cualquier tiempo habría sido ridícula, diríamos que a los voluntarios había que darles ocasión de ponerse a prueba antes de juzgar con justicia de lo que eran capaces. Pero ese tiempo ha pasado hace mucho. Si el movimiento de voluntarios, tras casi dos años de existencia, no soporta todavía la crítica, no la soportará nunca. A nuestro juicio, las grandes revistas del verano pasado marcan el momento en que el movimiento pasó de la infancia a la juventud; con esas revistas, los propios voluntarios han provocado la crítica; y sin embargo, con una o dos excepciones, quienes estaban llamados a ejercerla no la han ejercido en público.
Los efectos, tanto de la falta de una crítica honrada y franca como de la adulación exagerada, son ya bastante visibles. Apenas habrá un cuerpo de voluntarios con dieciocho meses de existencia que no esté convencido en su fuero interno de ser tan bueno como se puede pedir. Los soldados, después de haber pasado por los movimientos de batallón más sencillos, la rutina del combate de tiradores en terreno llano y un poco de tiro con el fusil, se inclinan demasiado a creer que saben hacer todas esas cosas tan bien como las tropas de línea; y lo que los oficiales piensan de sí mismos se vio en la carrera por el ascenso a capitán, a comandante y a teniente coronel que hubo en casi todos los cuerpos. Todo el mundo se sentía perfectamente capaz de cualquier grado de oficial que pudiera conseguir, y en la mayoría de los casos, si alguien ascendía, no era desde luego por sus méritos; no hay que extrañarse de que en toda una serie de casos tengamos cualquier cosa menos al hombre adecuado en el puesto adecuado. Oficiales y tropa creyeron tan firmemente en lo que una prensa y un público bienintencionados tenían a bien llamar la perfección de sus logros que empezaron a tener el oficio de soldado por una cosa extraordinariamente fácil; y es un milagro que su propia perfección de advenedizos no les hiciera creer que un ejército permanente de oficiales y soldados formados durante largos años era del todo superfluo en un país donde se podían producir soldados perfectos con mucha más facilidad sobre la base de los voluntarios.
La primera prueba clara del daño que sus partidarios en la prensa hacían al movimiento fue el simulacro del verano pasado en Londres. Algunos coroneles de voluntarios emprendedores creyeron llegado el momento de dar a sus soldados un anticipo de lo que es combatir de verdad. Naturalmente, los sabihondos de entre los regulares menearon la cabeza, pero eso no quería decir nada. Esos regulares estaban mal dispuestos con el movimiento de voluntarios, le tenían envidia, el éxito de la revista de Hyde Park los había puesto casi fuera de sí; temían que el simulacro saliera mejor que todo lo que las tropas de línea habían hecho jamás en ese terreno, etc. ¿Acaso no habían pasado los voluntarios por el manejo del arma, el ejercicio de fuego, la instrucción de batallón y los ejercicios de combate de tiradores? Y los oficiales, aunque poco antes fueran simples paisanos, ¿no eran ahora capitanes, comandantes y coroneles capaces? ¿Por qué no iban a mandar una brigada o una división tan bien como un batallón? ¡Por qué no iban a jugar un poco a generales, cuando tanto éxito habían tenido en los grados inferiores!
Así que el simulacro se llevó a cabo y, según todos los relatos, fue vergonzoso. Se hizo con el más alto desprecio de las condiciones del terreno, con un magnífico menosprecio de los efectos del fuego y con una acumulación completamente ridícula de todas las imposibilidades propias de un combate fingido. Los soldados no aprendieron nada; se llevaron a casa una idea del combate del todo contraria a la realidad, el estómago vacío y las piernas cansadas; esto último quizá lo único que, en cierto sentido, puede considerarse útil para guerreros principiantes.
Semejante tontería era perdonable en la infancia del movimiento. Pero ¿qué diremos de que se repitan hoy intentos parecidos? Nuestros incansables generales de voluntarios londinenses, hechos a sí mismos, vuelven a la carga. Sus propios laureles del verano pasado no los dejan dormir. Un simple simulacro de dimensiones corrientes ya no satisface su ambición. Esta vez hay que librar una gran batalla decisiva. Un ejército de 20.000 voluntarios ha de ser lanzado desde Londres a la costa sur, rechazar una invasión y volver a Londres esa misma tarde, para que todos puedan atender a sus negocios a la mañana siguiente. Todo ello, como observa con razón el Times, sin organización de ninguna clase, sin estado mayor, sin intendencia, sin transporte por tierra, sin tren de regimiento; ¡y hasta sin mochila y sin todas las cosas necesarias para una campaña que el soldado de línea lleva en ella! Pero esto no es más que un aspecto de la cuestión; muestra solo uno de los rasgos característicos de la increíble confianza en sí mismos que nuestros generales de voluntarios están convencidos de poder permitirse. Cómo se van a adquirir los conocimientos puramente tácticos, el arte de mandar tropas, eso no lo pregunta el Times. Y, sin embargo, es un punto igual de importante. La instrucción de los voluntarios se hace solo en terreno llano, pero los campos de batalla son en general cualquier cosa menos llanos y despejados, y precisamente la capacidad de sacar partido de un terreno quebrado y ondulado es la base de toda táctica aplicada y del arte de disponer las tropas en combate. Pero ¿cómo van a dominar los generales, coroneles y capitanes de voluntarios este arte, que tiene que aprenderse en la teoría y en la práctica? ¿Dónde se lo han enseñado? Este principio de la táctica aplicada se ha tenido tan poco en cuenta que no sabemos de un solo cuerpo al que se haya enseñado en la práctica cómo llevar un combate en terreno quebrado. ¿Qué puede salir entonces de todos esos intentos de hacer simulacros sino un espectáculo que quizá satisfaga a espectadores ignorantes, pero que es sin duda inútil para los soldados que han de someterse a él y solo sirve para poner en ridículo el movimiento de voluntarios a los ojos de los expertos militares que asistan a semejante función?
Con asombro comprobamos que hasta en el práctico Manchester se intenta producir generales de voluntarios. Sin duda no estamos tan adelantados como nuestros amigos los londinenses; no tendremos un simulacro, sino un simple ejercicio de campaña de todos los voluntarios de Manchester, más o menos al estilo de la revista de Newton, y la cosa se hará en un terreno relativamente llano. Ahora bien, queremos que se nos entienda: lejos de desaprobarlo, creemos por el contrario que media docena de esos ejercicios de campaña al año no harían ningún daño a los voluntarios de Manchester. Añadiríamos incluso que nos parecería deseable que esos ejercicios se hicieran en terreno quebrado, para poder variar más las maniobras (contra un enemigo supuesto) e ir acostumbrando a oficiales y tropa a maniobrar en terreno quebrado. Tales maniobras darían a los ayudantes3 excelentes ocasiones para sacar después, en la instrucción de los oficiales, algunas conclusiones prácticas sobre el modo de aprovechar el terreno en combate. Hasta ahí no solo aprobamos el plan, sino que desearíamos verlo ampliado y practicado con regularidad. Pero ahora un artículo aparecido el sábado pasado en un periódico local nos informa de que en esta ocasión los voluntarios lo harán todo ellos mismos. Es decir, tendrán un comandante en jefe voluntario, generales de brigada voluntarios y un estado mayor voluntario. Esto es el intento de introducir también en Manchester el sistema londinense de producir generales de voluntarios, y contra ello protestamos resueltamente. Con todo el respeto debido a los oficiales que tienen mando en Manchester, decimos que aún les queda mucho por aprender (y aquí no hacemos excepción alguna) antes de ser jefes de batallón plenamente formados; y si, antes de haberse capacitado como corresponde para la responsabilidad que ya han asumido, aspiran a actuar por un día en un grado superior, hacen lo que a nuestro juicio es la peor maldición del movimiento de voluntarios: jugar a soldados, y con ello rebajar el movimiento. Al frente de sus batallones estarían en su sitio, podrían ocuparse de su gente y aprender algo ellos mismos. Como generales de pacotilla4 no serían de ninguna utilidad real, ni para sus soldados ni para sí mismos. Todo nuestro respeto a los ayudantes de nuestros regimientos de Manchester, a quienes corresponde la mayor parte del mérito de haber hecho de sus regimientos lo que son; pero su sitio está en sus respectivos regimientos, donde todavía no se puede prescindir de ellos, mientras que no servirían de nada si se pasaran un día jugando a ayudante general, a general y a mayor de brigada, cosa que sin duda tampoco les daría a ellos mismos ninguna satisfacción especial.
Puesto que en Manchester tenemos el cuartel general de la división del norte del ejército, con un estado mayor numeroso y eficaz, y puesto que tenemos aquí de guarnición un regimiento de infantería y otro de caballería, no hace ninguna falta recurrir a semejantes payasadas extraordinarias. Creemos que sería más conforme con la subordinación militar, y también más en interés de los propios voluntarios, no reunirse en gran número bajo las armas sin ofrecer el mando al general del distrito y dejar que él designe el estado mayor y los oficiales de las tropas de línea para la división y las brigadas. Sin duda se acogería a los voluntarios con el mismo espíritu amistoso que en ocasiones anteriores. Tendrían entonces al frente de la división y de las brigadas a hombres que saben su oficio y pueden señalar los errores que se cometan, y conservarían además intacta su propia organización. Sin duda esto impediría que los coroneles hicieran de generales, los comandantes de coroneles y los capitanes de comandantes, pero tendría la gran ventaja de impedir que Manchester produzca esos generales de pacotilla por los que no hay por qué envidiar a Londres, donde a todas luces es eso lo que ahora ocurre.
Movimiento de los cuerpos de voluntarios (Volunteer Corps, sobre todo de fusileros, Rifle Volunteers) que se formaron en Gran Bretaña desde mayo de 1859, ante el temor a una invasión francesa tras la guerra de Italia. Engels, entonces en Manchester, escribió con regularidad sobre ellos en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire, semanario de Manchester. ↩
Grandes revistas de voluntarios de 1860: la de Hyde Park (Londres) ante la reina Victoria el 23 de junio, la de Edimburgo el 7 de agosto y las de Lancashire en Newton-le-Willows y en Knowsley Park, cerca de Liverpool. ↩
Los ayudantes (adjutants) de los cuerpos de voluntarios eran oficiales de carrera, procedentes del ejército regular o de la milicia, encargados de la instrucción. ↩
En la versión alemana, Brummagem-Generale: Brummagem, nombre popular de Birmingham, se usaba en inglés para la quincalla barata y las imitaciones de poco valor. ↩