Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado, con las iniciales «F. E.», en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire (Manchester), núm. 64, del 22 de noviembre de 1861. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 384-388), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
«Teniente A. B., expulsado deshonrosamente del servicio; subteniente C. D., dado de baja en el escalafón; capitán E. F., licenciado del servicio de los Estados Unidos»: estas son algunas muestras de las noticias militares que nos llegan en masa de América.
Los Estados Unidos han tenido en campaña durante los últimos ocho meses un ejército de voluntarios muy numeroso;1 no han escatimado esfuerzos ni gastos para hacerlo apto para el combate y, además, ese ejército ha tenido la ventaja de estar casi todo el tiempo apostado a la vista de los puestos avanzados de un enemigo que nunca se atrevió a atacarlo en masa ni a perseguirlo tras una derrota.2 Estas circunstancias favorables deberían haber compensado en muy gran medida las dificultades con que se organizaron los voluntarios de los Estados Unidos, el escaso apoyo que les prestaba un ejército regular muy pequeño que formaba su núcleo y la falta de ayudantes e instructores experimentados. No debemos olvidar que en América había muchos hombres capaces de ayudar a organizar a los voluntarios y dispuestos a hacerlo: en parte oficiales y soldados alemanes que habían recibido una instrucción regular y habían combatido en las campañas de 1848 y 1849, en parte soldados ingleses que emigraron en los últimos diez años.
Si en estas circunstancias se hace necesaria una verdadera depuración entre los oficiales, tiene que haber una debilidad que no está en el sistema de voluntarios en sí, sino en el sistema de nombrar oficiales de voluntarios a hombres elegidos sin excepción por los soldados de entre sus propias filas. Solo después de una campaña de ocho meses frente al enemigo se atreve el Gobierno de los Estados Unidos a exigir a los oficiales de voluntarios que se capaciten de algún modo para los deberes que se comprometieron a cumplir al aceptar el grado de oficial; y ahora, ¡qué cantidad de renuncias, voluntarias o forzadas, qué cúmulo de expulsiones más o menos deshonrosas es la consecuencia! No cabe duda de que si el ejército del Potomac de los Estados Unidos se hubiera enfrentado a una fuerza consolidada y cohesionada por una proporción adecuada de soldados profesionales, a pesar de su tamaño y del indudable valor personal de sus soldados, haría tiempo que lo habrían echado del campo.
Estos hechos pueden ser una buena lección para los voluntarios ingleses. Algunos de nuestros lectores recordarán que desde el primer número del Volunteer Journal sostuvimos que los oficiales son el lado débil del sistema de voluntarios, e insistimos en un examen al que se convocaría a los oficiales al cabo de cierto tiempo para que demostraran que, por lo menos, iban por buen camino para estar a la altura de los deberes que habían asumido.3 La mayoría de los caballeros que se habían encargado de mandar e instruir a soldados en un terreno en el que entonces eran tan completamente ignorantes como los propios soldados, la mayoría de esos caballeros, digo, miraron la idea con desdén. Era la época en que también se desdeñaba todo apoyo y toda intervención del Gobierno. Pero desde entonces las exigencias sobre el bolsillo de esos mismos caballeros han llegado a ser lo bastante fuertes para inducirlos a pedir ayuda económica al Gobierno, y, como suele ocurrir con los gobiernos, eso equivale a invitar al Gobierno a intervenir. Además, una experiencia de dos años ha puesto bastante a la vista los defectos del sistema actual de proveer de oficiales a los cuerpos de voluntarios, y ahora un oficial al mando en Londres nos informa, y al parecer de manera oficial, de que dentro de poco se exigirá a los oficiales de voluntarios que demuestren ante una junta examinadora su aptitud para el mando.
Deseamos sinceramente que así sea. Lo cierto es que también los oficiales de voluntarios ingleses requieren una depuración, dentro de ciertos límites. ¡Obsérvese un regimiento de línea en la instrucción y compárese con un batallón de voluntarios! Lo que a los voluntarios les lleva hora y media, las tropas de línea lo despachan en menos de media hora. Hemos visto parte de la formación del cuadro en algunos de los mejores regimientos de voluntarios del país, y lamentamos tener que decir que muy mala tendría que ser la caballería que no hubiera deshecho esos cuadros todas las veces antes de que sus frentes estuvieran listos para hacer fuego. No era culpa de los soldados. Parecían conocer su deber tan bien como cabía esperar e incluso cumplirlo a veces con el mismo automatismo que se ve en un regimiento de línea. Pero los soldados tenían que esperar a los oficiales de compañía, que parecían dudar de la voz de mando que había que dar y también del momento de darla. Así se producían vacilaciones, y a veces confusión, en una formación que exige ante todo rapidez en el mando y en la ejecución, que solo se adquiere con una larga práctica. Si esto ocurre al cabo ya de dos años de práctica, ¿no es prueba suficiente de que hay cierto número de oficiales de voluntarios que ocupan puestos de responsabilidad para los que no están capacitados?
Por otro lado, una autoridad muy competente ha elogiado mucho hace poco a los jefes de batallón. Se dijo que parecían plenamente a la altura de su tarea, mientras que los oficiales de compañía no siempre lo estaban. No estamos en absoluto inclinados, como se habrá notado más arriba, a poner en duda esta última afirmación; pero tenemos que decir que la alta autoridad mencionada, si hubiera visto a los tenientes coroneles y a los comandantes no en una gran revista, sino en la simple instrucción de batallón, probablemente habría expresado una opinión algo distinta. En una gran revista, ningún jefe al frente de un batallón intentará actuar bajo su propia responsabilidad si no domina plenamente su cometido. Tiene a su ayudante de apuntador, que sabe lo que hay que hacer. Se le apunta como es debido, y el jefe sale airoso, mientras que el pobre capitán tiene que salir del paso en su tarea como pueda y sin apuntador alguno. ¡Pero obsérvese a ese mismo jefe en la instrucción de batallón! Allí no lo vigilan los ojos atentos de ningún general; allí manda él; y allí el ayudante tiene que ocupar a menudo el puesto que le asigna el reglamento de la reina y guardarse sus consejos hasta que se los pidan o hasta que la confusión sea completa. Ese es el lugar donde se ve en su verdadera luz al jefe de voluntarios. Está allí para instruir a sus soldados en la instrucción de batallón, pero como él mismo no domina esa ciencia, se aprovecha de la existencia de los soldados para instruirse a sí mismo. Como decían los antiguos: docendo discimus.4 Pero si el maestro no pisa terreno firme en la materia que tiene que enseñar, se producen fácilmente errores y confusiones, y por desgracia eso ocurre con bastante frecuencia. No contribuirá ni a que un batallón de voluntarios adquiera destreza en la instrucción ni a que aumente la confianza en su jefe que los soldados descubran que la instrucción de batallón no significa para ellos otra cosa que dar a su jefe la ocasión de aprender él mismo, para empezar, la instrucción. A menudo se los lleva de acá para allá sin objeto alguno, y se espera de los soldados que corrijan con su mayor saber los errores del oficial superior.
No queremos afirmar que los jefes de voluntarios no se hayan esforzado por adquirir conocimientos militares, pero decimos con plena convicción que, si a los paisanos no les resulta tan fácil hacerse oficiales de compañía como soldados rasos, todavía les es mucho más difícil hacerse jefes. Por la sola experiencia de la instrucción de batallón tenemos que concluir que solo los soldados profesionales son capaces de mandar batallones. Y si tenemos en cuenta que la instrucción no es más que una parte de los deberes de un jefe, que el jefe de un batallón, que puede ser destacado para misiones independientes en las que tenga que actuar bajo su propia responsabilidad, necesita conocer la táctica superior, hemos de decir que lamentaríamos mucho ver la vida de 600 o 1.000 hombres confiada a la dirección de los paisanos que forman hoy la gran mayoría de los jefes de batallón.
Si los voluntarios ingleses tuvieran alguna vez que hacer frente a un enemigo, no sería desde luego en las circunstancias favorables que hoy permiten al Gobierno norteamericano depurar las filas de sus oficiales de voluntarios de las personas más ineptas. Si se llama a los voluntarios ingleses, no será para combatir contra un ejército de voluntarios como ellos, sino contra el ejército más disciplinado y más activo de Europa.5 Los primeros encuentros serán decisivos; y si surgen vacilaciones o confusión, ya sea por voces de mando equivocadas de los coroneles o por la inseguridad de los capitanes, el enemigo las aprovechará sin duda al instante. Cuando se esté frente al enemigo no habrá tiempo para depurar; por eso esperamos que se haga mientras todavía hay tiempo.
F. E.
La guerra civil norteamericana (la guerra de Secesión) había empezado en abril de 1861 con el ataque confederado a Fort Sumter. Lincoln llamó entonces a filas a 75.000 voluntarios por tres meses y, tras la derrota de Bull Run (21 de julio de 1861), a 500.000 por tres años; el ejército regular de la Unión apenas pasaba de 16.000 hombres. ↩
Alusión a la situación en Virginia después de Bull Run: el ejército del Potomac, reorganizado por McClellan, y el confederado de Beauregard y Johnston permanecieron frente a frente cerca de Washington durante todo el otoño de 1861 sin librar ninguna batalla de importancia. ↩
Engels escribía en The Volunteer Journal desde su fundación, en septiembre de 1860; las mismas ideas sobre los oficiales de voluntarios aparecen ya en su informe «Una revista de cazadores voluntarios ingleses», de agosto de 1860. ↩
«Enseñando aprendemos» (Séneca, Cartas a Lucilio, VII, 8: homines dum docent discunt). ↩
El ejército francés de Napoleón III, cuyo temor a una invasión había dado origen en 1859 al movimiento de voluntarios británico. ↩