Escrito por Friedrich Engels en alemán hacia el 24 de agosto de 1860 y publicado en la Allgemeine Militär-Zeitung de Darmstadt, núm. 36, del 8 de septiembre de 1860. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 137-143), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la de Engels, que se indica. Texto original en alemán.
Igual que Alemania, Inglaterra se arma para rechazar los apetitos agresivos bonapartistas; los Volunteer Riflemen1 ingleses nacieron de la misma causa que la duplicación del número de batallones de línea prusianos2. Por eso interesará al público militar alemán saber algo más preciso sobre la situación actual y la aptitud para la guerra del nuevo ejército inglés de voluntarios, pues este ejército es, por todo su origen y por la idea que lo inspira, un enemigo del bonapartismo, un aliado de Alemania.
Salvo unos pocos batallones, este ejército de voluntarios data de la segunda mitad del año pasado; la gran masa no lleva aún un año uniformada y haciendo instrucción. Hoy su fuerza asciende sobre el papel a 120.000 hombres; pero si podemos juzgar el conjunto por la situación de algunos distritos, apenas cabe contar con 80.000 hombres realmente instruidos; el resto no tiene interés por la cosa y lo mejor sería borrarlo de las listas.
La organización es muy sencilla. Donde se reúnen en una localidad de 60 a 100 voluntarios (en la artillería, de 50 a 80), pueden formar una compañía con la autorización del lord lugarteniente del condado3. Eligen a los candidatos a oficiales (un capitán, un teniente y un alférez o subteniente), a los que el lord lugarteniente nombra por regla general para los empleos correspondientes, aunque también ha rechazado a algunos. Varias compañías pueden constituirse en batallón, y entonces el lord lugarteniente nombra, casi siempre según los deseos de la oficialidad o según la antigüedad de los capitanes, al comandante y al teniente coronel (que en Inglaterra es el verdadero jefe del batallón). Existen así cuerpos de una a ocho compañías, numerados en cada condado por el orden de su formación; pero solo un batallón completo de ocho compañías recibe teniente coronel. Todos los oficiales pueden nombrarse de entre los propios voluntarios y no tienen que pasar exámenes. Solo el ayudante debe haber servido como oficial de línea o de la milicia, y solo él recibe un sueldo permanente4. Los voluntarios se visten a su costa, pero el Gobierno les presta, si lo piden, fusil rayado y bayoneta corriente. El color, el corte, etc., del uniforme y del correaje los elige cada cuerpo, con la aprobación del Gobierno, es decir, del lord lugarteniente del condado. De los campos de instrucción y de tiro, de las municiones, de los instructores y de la música han de ocuparse también, en general, los propios cuerpos.
Los uniformes de los distintos cuerpos de infantería o de cazadores son casi todos verde oscuro, gris claro u oscuro o pardo grisáceo; el corte está a medio camino entre el francés y el inglés; como prenda de cabeza predomina el quepis francés o la gorra de oficial francesa o inglesa. La artillería lleva reglamentariamente uniforme azul oscuro y, por la apariencia, ha adoptado el poco práctico gorro de piel de la artillería a caballo inglesa. Los pocos cazadores montados siguen en su uniforme a la caballería inglesa; por lo demás, son un puro artículo de lujo.
Cuando empezó la agitación para formar estos cuerpos de cazadores y se constituyeron las primeras compañías, la cosa tenía un fortísimo regusto a guardia nacional o a milicia ciudadana; había en ella mucho juego a los soldados; los tejemanejes en las elecciones de oficiales, el porte cómico y el desconcierto de los nuevos oficiales en el servicio tenían mucho de divertido. Como es comprensible, las elecciones no recayeron siempre, ni mucho menos, en los más capaces, ni siquiera solo en los que más afición tenían a la cosa. En los primeros seis meses de su existencia, casi todas las compañías y batallones daban la impresión de nuestra difunta milicia ciudadana de 1848.
Este fue el material que se entregó a los suboficiales instructores para hacer de él tropas de campaña utilizables. Se hacía instrucción por lo general por la tarde, de siete a nueve, por secciones, en locales cerrados y con luz, dos o tres veces por semana, y, cuando era posible, el sábado por la tarde se hacía una pequeña marcha de ejercicio y se instruía por compañías. Los instructores eran suboficiales de la línea, de la milicia o de los semiinválidos (Pensioners). La costumbre y la ley prohibían aprovechar el domingo. También para la formación de los oficiales tuvieron que hacerlo todo los instructores. Ahora bien, el suboficial inglés es excelente en su género. En el ejército inglés se maldice y se insulta en el servicio menos que en ningún otro y se habla con mucha más calma, pero en cambio se castiga con tanta más seguridad. El suboficial imita al oficial y adquiere un tono muy superior al que reina entre nuestros suboficiales alemanes. Además, no sirve con la mira de un empleo civil posterior; se ha enganchado voluntariamente por doce años, y ya el ascenso hasta sargento lo pone en cada nuevo escalón en una situación bastante mejor que antes; en cada batallón, uno o dos puestos de oficial (el de ayudante y el de habilitado) se cubren casi siempre con viejos suboficiales; en la guerra, el suboficial puede ganarse la estrella dorada en el cuello distinguiéndose frente al enemigo. Los instructores salidos de estos suboficiales han hecho en conjunto, con los cazadores voluntarios, todo lo posible en el tiempo de que disponían, y no solo han instruido por completo a las compañías, sino que también han adiestrado como han podido a los oficiales.
Entretanto, al menos en las ciudades grandes, las compañías sueltas se fueron constituyendo en batallones y recibieron ayudantes de las tropas regulares. El oficial subalterno inglés, como el austriaco, tiene mucha menos formación teórica que el del norte de Alemania; pero, si le gusta su oficio, conoce, como el austriaco, su servicio a la perfección. Entre los ayudantes que han pasado a los batallones de voluntarios hay hombres que como instructores no pueden ser mejores, y los resultados que han logrado en muy poco tiempo con sus batallones son verdaderamente sorprendentes. Sin embargo, hasta ahora solo una minoría muy pequeña de los voluntarios se ha agrupado en batallones, y por eso las compañías que existen sueltas por su cuenta quedan muy por detrás de los batallones.
Para el 11 de agosto, los voluntarios de Lancashire y Cheshire habían organizado una revista en Newton, a medio camino entre Manchester y Liverpool; el teniente general que mandaba el distrito, sir George Wetherall5, asumió el mando supremo. Los que se dieron cita allí fueron los voluntarios de los distritos fabriles en torno a Manchester, pues tanto de Liverpool como de los distritos agrícolas vecinos de Cheshire habían acudido pocos. A juzgar por nuestras experiencias alemanas de reclutamiento, tenemos que considerar, pues, que físicamente estos cuerpos están por debajo de la media; pero no hay que olvidar que la clase obrera es, con mucho, la minoría entre los voluntarios.
El suelo del hipódromo de Newton, esponjoso ya de por sí, estaba muy reblandecido por la lluvia persistente, muy desigual y lleno de barro; por un lado corre un arroyo, cerca del cual hay aquí y allá matorral espeso. Para campo de desfile de voluntarios novatos el terreno venía al pelo: estaban casi todos con el agua y el fango hasta los tobillos, y los caballos de los oficiales se hundían a menudo en el barro por encima del menudillo.
Los 57 cuerpos que se habían inscrito estaban repartidos en cuatro brigadas, la primera de cuatro batallones y las demás de tres, cada batallón de ocho compañías; tenientes coroneles de línea mandaban las brigadas, y oficiales voluntarios los batallones. La primera brigada tenía tres batallones desplegados y el cuarto en columna detrás del centro. En segunda línea estaban, una al lado de otra, las otras tres brigadas, nueve columnas de batallón. Todas las columnas con frente de compañía, a cuarto de distancia entre las compañías y con la derecha en cabeza.
Después de que las tropas recibieran al general, debía efectuarse un cambio de frente a la izquierda; el batallón que estaba en columna detrás de la primera línea debía desplegarse en guerrilla para cubrir este movimiento. Pasó, pues, por el hueco que abrieron las dos compañías centrales del batallón que tenía delante girando una a la derecha y otra a la izquierda, y luego conversó en columna a la izquierda, tras lo cual cuatro compañías se desplegaron en guerrilla a lo largo del arroyo y las otras cuatro formaron los sostenes. Con el suelo mojado y el matorral, no había ni que pensar, naturalmente, en aprovechar bien el terreno; por lo demás, la mayoría de los batallones de voluntarios están aún con el abecé del combate en guerrilla y del servicio de campaña, de modo que no sería justo aplicar aquí una medida severa. Entretanto, la línea desplegada giró en torno al centro del batallón del medio como pivote; las dos compañías centrales de este batallón giraron un cuarto de círculo, la una hacia delante y la otra hacia atrás, tras lo cual las demás compañías entraron en la nueva alineación. Los dos batallones de las alas se formaron en columna a cuarto de distancia (la columna más cerrada que conocen los ingleses), marcharon también a la alineación y desplegaron. Se comprende el tiempo que llevó esta maniobra pesada. Al mismo tiempo, el batallón del ala derecha de la segunda línea, la de columnas, avanzó en línea recta hasta llegar detrás de la nueva ala derecha de la primera línea; los demás batallones lo siguieron por el flanco derecho (por hileras dobles) hasta el lugar donde había estado el batallón del ala derecha; al llegar allí, cada batallón dio frente y siguió a los batallones que lo precedían. En cuanto la última columna de batallón llegó de este modo a la nueva alineación, cada batallón conversó por separado a la izquierda, restableciendo así el frente de la línea de columnas.
Entonces la tercera brigada avanzó desde el centro de esta línea de columnas; llegadas a doscientos pasos detrás de la primera línea desplegada, las tres columnas de batallón se abren a distancia de despliegue y despliegan a su vez. Como la cadena de tiradores ha ganado entretanto bastante terreno, las dos líneas desplegadas avanzan unos cientos de pasos, tras lo cual la segunda línea releva a la primera. Esto se hace poniéndose ambas líneas en marcha por el flanco derecho por hileras dobles, girando a la derecha la cabeza de cada compañía de la primera línea y a la izquierda la de cada compañía de la segunda, de modo que ambas líneas se atraviesan una a otra, tras lo cual dan frente y vuelven a conversar. Es una de esas maniobras de plaza de armas que, allí donde son practicables, sobran, y allí donde son necesarias, por desgracia no son practicables. Después, las cuatro brigadas volvieron a reunirse en una gran columna de un modo parecido, propio de la táctica lineal, y las tropas desfilaron ante el general con frente de compañía (de 25 a 35 hileras) y en columna abierta.
No queremos perder ni una palabra más sobre esta clase de táctica elemental, que a nuestros lectores les parecerá sin duda bastante anticuada; se ve de entrada que un reglamento semejante, sea cual sea el valor o la falta de valor que tenga para una tropa de línea con doce años de servicio, es en todo caso lo menos adecuado del mundo para voluntarios que solo hacen instrucción en sus horas libres. Lo único que aquí nos interesa es cómo ejecutaron estos movimientos los voluntarios; y hemos de decir que, aunque aquí y allá algo falló, en conjunto todas las evoluciones se ejecutaron con calma y sin confusión. Lo más deficiente fue la conversión en columna y el despliegue, que por lo general se hizo con mucha lentitud; en ambos movimientos se notó la falta de formación y de aplomo de los oficiales. En cambio, la marcha de frente de las líneas desplegadas, la maniobra principal de la táctica inglesa, salió por encima de toda expectativa; es un movimiento para el que los ingleses tienen en general una disposición excepcional y que parecen aprender con notable facilidad. El desfile, hecho para gran regocijo nuestro bajo un formidable aguacero, también salió bastante bien en conjunto, aunque hubo varias infracciones ingenuas de la etiqueta militar inglesa, bastante complicada. Solo las distancias, por culpa de los oficiales, volvieron a brillar por su ausencia.
Dejando aparte una maniobra con enemigo figurado organizada en Londres por algunos jefes voluntarios de temperamento sanguíneo, en la que las cosas anduvieron bastante desmadradas, era la primera vez que masas grandes de voluntarios ejecutaban evoluciones con otro fin que el mero desfile. Si se piensa que la gran masa de las tropas presentes la formaban cuerpos que solo cuentan una, dos o a lo sumo tres compañías, que no forman parte de ningún batallón, que no tienen oficiales que hayan servido, que solo los han instruido suboficiales veteranos y que solo en ocasiones sueltas se han reunido en batallones, se admitirá que se ha hecho lo posible y que los voluntarios ingleses ya no están al nivel de las milicias ciudadanas. Por lo demás, se entiende que los cuerpos que forman batallones enteros y están a las órdenes de ayudantes que han servido (pues estos son ahora, en la práctica, los jefes de batallón) maniobraron también en la revista mucho mejor que los demás.
Los hombres tenían en conjunto buena presencia. Es verdad que algunas compañías eran de una pequeñez francesa, pero otras superaban en estatura la media de la línea inglesa actual. Pero en su mayoría los hombres eran de talla y perímetro torácico muy desiguales. Da una impresión desagradablemente poco marcial la palidez urbana de la mayoría, que sin embargo desaparecería ya con ocho días de servicio en campamento. Los uniformes, recargados aquí y allá, causaban en conjunto muy buen efecto.
El primer año ha llevado ya a los voluntarios en el abecé de la instrucción lo bastante lejos como para pasar al combate en guerrilla y a los ejercicios de tiro. Para ambas cosas se mostrarán mucho más hábiles que la línea inglesa, de modo que para el verano del año que viene formarían un cuerpo muy utilizable, con tal de que los oficiales fueran mejores.
Pero aquí está el punto débil de toda la formación. Los oficiales no pueden formarse en el mismo tiempo y con los mismos medios que los soldados rasos. Hasta ahora se ha demostrado que se puede contar con el celo de la masa lo suficiente para que cada uno quede bastante instruido para su fin. Pero con los oficiales eso no basta. Como vemos, incluso para las evoluciones sencillas del batallón, la conversión en columna, el despliegue, el mantenimiento de las distancias (cosa tan importante, sin embargo, en la táctica lineal inglesa), la formación de los oficiales está muy lejos de ser suficiente. ¿Qué será entonces en el servicio de campaña y en el combate en guerrilla, donde la apreciación del terreno lo es todo y se presentan cosas mucho más difíciles? ¿Cómo se puede confiar a gente así el servicio de seguridad? El Gobierno ha obligado a todo oficial voluntario a pasar al menos tres semanas en la escuela de tiro de Hythe6. Eso está muy bien, pero con ello no aprende a mandar patrullas ni a dirigir avanzadas. ¡Y es para el servicio ligero para lo que se piensa emplear en primer lugar a los voluntarios, es decir, para el servicio en el que necesitan los oficiales más hábiles y seguros!
Pero aquí tiene que intervenir el Estado si la cosa ha de llegar a algo. Las compañías que todavía andan por ahí sueltas, o de dos en dos o de tres en tres, por su cuenta, deberían verse obligadas a reunirse en batallones y a aceptar ayudantes que hayan servido; estos ayudantes deberían dar regularmente a todos los oficiales lecciones de táctica elemental, servicio de campaña y régimen interior del batallón; además de la escuela de tiro, los oficiales deberían estar obligados a servir al menos tres semanas en un campamento con un regimiento de línea; y después de todo eso habría que someterlos a un examen en el que demostraran haber aprendido al menos lo más necesario. Un examen así de los oficiales, y luego un reconocimiento médico de los hombres para eliminar a los inútiles para el servicio, de los que se han colado muchos, así como una revisión anual de las listas para eliminar a los que no acuden al servicio, solo juegan a los soldados y no aprenden nada: con eso, desde luego, pronto quedarían muy reducidos los 120.000 hombres que figuran ahora sobre el papel; pero se tendría una tropa que valdría el triple de lo que ahora figura sobre el papel.
En lugar de eso, se dice que el Ministerio de la Guerra se ocupa de la importante cuestión de si no convendría vestir a la primera ocasión a todos los voluntarios con el tan práctico rojo ladrillo de la línea.
«Fusileros voluntarios», en inglés en el original. El movimiento de voluntarios británico nació en mayo de 1859, cuando el Gobierno autorizó la formación de cuerpos de voluntarios ante el temor a una invasión francesa tras la guerra de Italia. ↩
La reforma del ejército prusiano emprendida en 1859-1860 por el príncipe regente Guillermo creó numerosos regimientos nuevos de infantería de línea. ↩
El lord lugarteniente (Lord Lieutenant) era el representante de la Corona en cada condado y tenía a su cargo la milicia y los voluntarios. ↩
(Nota de Engels.) A la asignación de 180 libras esterlinas concedida por el Gobierno, la mayoría de los batallones añaden todavía bastante; conozco ayudantes, tenientes de la línea, que cobran 300 libras esterlinas, o 2.000 táleros, o más de sueldo. ↩
George Augustus Wetherall (1788-1868), general británico, que mandaba entonces el distrito militar del norte de Inglaterra. ↩
Escuela de tiro del ejército británico en Hythe (Kent), fundada en 1853. ↩