Escrito en inglés por Karl Marx (correspondencia fechada en Londres el 25 de agosto de 1860) y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6046, del 10 de septiembre de 1860. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 144-149), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título lo pusieron los editores de la MEW. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 25 de agosto de 1860
Como el tiempo no ha mejorado esta semana, el valor de la harina producida en Londres subió ayer en Mark Lane1 6 chelines por saco, y enseguida se cursaron a puertos extranjeros órdenes de comprar casi 1.000.000 de quarters2 de grano. Los importadores comparten ahora de manera bastante general la opinión que expresé en un artículo anterior, de que es inevitable una nueva subida de las cotizaciones en el mercado de cereales. Las medidas que Francia ha tomado hace poco respecto del comercio de grano convierten a este país en competidor directo de los comerciantes británicos de cereales. Ustedes saben que en Francia existe una escala móvil que regula los derechos de importación y exportación del grano, y que esta escala móvil varía en las ocho circunscripciones distintas en que el país está dividido a efectos del comercio de grano. Pues bien, esta escala móvil ha sido suprimida por completo por un decreto publicado en el Moniteur del 23 de este mes. El decreto dispone que el grano y la harina importados por tierra o por mar, en barcos franceses o extranjeros y vengan de donde vengan, no pagarán hasta el 30 de septiembre de 1861 más que el derecho mínimo fijado por la ley del 15 de abril de 1832; además, que los barcos cargados de grano y harina quedarán exentos de los derechos de tonelaje y, por último, que los barcos así cargados que salgan de un puerto extranjero en cualquier momento antes del citado 30 de septiembre de 1861 solo pagarán dicho mínimo y estarán libres de los derechos de tonelaje. El mínimo mencionado es de 25 céntimos por hectolitro (unos 2¾ bushels3). En consecuencia, Francia, que en los años 1858 y 1859 envió a Inglaterra más trigo (2.014.923 quarters) y más harina (4.326.435 hundredweight4) que ningún otro país, competirá ahora seriamente con Inglaterra en la compra de grano en los mercados extranjeros, ya que la suspensión provisional de la escala móvil francesa concede las facilidades deseadas para semejante competencia.
Los dos principales mercados de exportación a los que se ven reducidas tanto Inglaterra como Francia son los Estados Unidos y el sur de Rusia. Sobre el estado de la cosecha en este último país, las noticias son de lo más contradictorias. Por un lado se afirma que la cosecha es abundantísima; por otro, que fuertes aguaceros e inundaciones la han dañado en todas las partes del Imperio. Los caminos y los campos de grano de las provincias del sur han sufrido graves estragos de la langosta, una plaga que apareció primero en Besarabia y cuyos efectos devastadores intentó en vano limitar a una superficie acotada un ejército de 20.000 hombres formando un cordón. Naturalmente, no se puede calcular el alcance final de la catástrofe, pero en todo caso es de las que aceleran la subida de los precios de los alimentos. Algunos periódicos londinenses opinan que la salida de oro inseparable de las importaciones grandes y repentinas de grano, con su efecto habitual sobre el mercado monetario, podrá compensarse con los envíos de oro de Australia. No habría suposición más absurda. Durante la crisis de 1857 vimos una disminución de las reservas de oro mayor que en ningún periodo semejante anterior a los descubrimientos de Australia y California. En ocasiones anteriores he demostrado con hechos y cifras indiscutibles que las importaciones extraordinarias de oro en Inglaterra desde 1851 se han visto más que compensadas por exportaciones extraordinarias de oro. Además, es un hecho que las reservas de oro del Banco de Inglaterra desde 1857 no solo no han superado la cuantía media, sino que han ido bajando sin cesar. Mientras que en agosto de 1858 eran aún de 17.654.506 libras esterlinas, en agosto de 1859 habían bajado a 16.877.255 libras y en agosto de 1860 a 15.680.840. Como la salida de oro todavía no ha empezado, este fenómeno puede explicarse por la circunstancia de que la perspectiva de una mala cosecha apenas empieza a surtir efecto, mientras que el tipo de interés en Londres ha sido hasta ahora más alto que en las otras plazas principales del continente, como Ámsterdam, Fráncfort, Hamburgo y París.
La Europa continental ofrece en este momento un espectáculo muy curioso. Es sabido que Francia tiene que luchar con grandes dificultades financieras, pero se arma en una escala tan formidable y con una energía tan infatigable como si poseyera la lámpara maravillosa de Aladino. Austria se tambalea al borde de la bancarrota, pero de algún modo encuentra dinero para mantener un ejército enorme y atiborrar de cañones rayados el Cuadrilátero5. Y Rusia, donde han fracasado todas las operaciones financieras del Gobierno y se habla de una probable bancarrota nacional, donde el ejército murmura porque no se le paga la soldada y donde incluso la lealtad de la Guardia Imperial se ve sometida a dura prueba porque se le retiene la paga de los últimos cinco meses, Rusia, pese a todo, lanza en masa sus tropas hacia el mar Negro y tiene preparados en Nikoláyev 200 barcos para embarcar a los soldados hacia Turquía. La incapacidad del Gobierno ruso para salir adelante con la cuestión de los siervos, con la cuestión del dinero y con la cuestión polaca, que revive, parece haberlo decidido a probar la guerra como último recurso para adormecer a la nación. Por eso, las quejas que se alzan en todas las partes del Imperio y en todas las capas de la sociedad rusa se ahogan, por orden del Gobierno, en el grito fanático de venganza por los pobres cristianos oprimidos de Turquía. Cada día la prensa rusa rebosa de ilustraciones y exposiciones de la necesidad de intervenir en Turquía. El siguiente extracto del Invalid6 puede servir de ejemplo adecuado:
«La cuestión de Oriente ha entrado en una fase que sin duda llevará a las potencias a ocuparse de ella todavía mucho tiempo, y como ahora atrae la atención de toda Europa, también nosotros debemos hablar de ella en nuestras columnas. Solo los indiferentes a los intereses de la humanidad pueden pasar por alto este asunto. Pero estamos obligados no solo a relatar los detalles de los sucesos de Oriente, sino también a entrar en las eventualidades del futuro, sobre todo porque nos incumbe mostrar al público qué medidas hay que tomar para acabar con una situación tan antinatural, que es una vergüenza para nuestro siglo y para la civilización.
»Ante los actos bárbaros que se permite cometer a los turcos, nos vemos obligados, en atención a la verdad y a la justicia, a afirmar que Europa debe atribuirse a sí misma las causas y las consecuencias de este fanatismo musulmán. No vacilaremos en ser francos. ¿Qué motivos llevaron a Europa a meterse en 1853-1854 en una guerra injusta con Rusia? La propia Europa dio como razón de la campaña de Crimea un doble objetivo: uno era poner freno al poder y a la ambición de Rusia; el otro, impedir la opresión de los cristianos por los turcos. Europa reconocía, por consiguiente, la existencia de semejante opresión, pero, una vez que le hubiera puesto fin con su mediación común, quería conservar la integridad de Turquía como condición necesaria del equilibrio de las potencias. Terminada la guerra, los diplomáticos empezaron a ocuparse de cómo alcanzar ese doble objetivo. El primer paso fue admitir a Turquía en la familia de las potencias europeas y protegerla contra la intromisión arrogante de cualquiera de las potencias. Esto era fácil de lograr, y así quedó asegurado uno de los dos objetivos. Pero ¿qué hay del otro? ¿Existen garantías para proteger a los cristianos contra el asesinato y toda clase de crueldades? ¡Ay! Europa puso en este punto su confianza en palabras, papeles y documentos, sin que se acordara ninguna garantía firme de que se cumplirían. Ya el 8 de agosto de 1854, cuando se empezaba a pensar en poner fin a las hostilidades, se instó a la Puerta a conceder iguales derechos religiosos a sus súbditos cristianos y musulmanes. La misma exigencia se dirigió al Gabinete de San Petersburgo en el memorándum del 28 de diciembre de 1854, y finalmente se insertaron en las condiciones preliminares de paz, redactadas en Viena el 1 de febrero de 1856 e incorporadas después al protocolo de la primera sesión del Congreso de París, las frases siguientes: "Los derechos de los rayás7 serán protegidos, sin menoscabo, no obstante, de la independencia y de la dignidad soberana del sultán. Austria, Francia, Gran Bretaña y la Puerta están de acuerdo en que deben salvaguardarse los derechos políticos y religiosos de los súbditos cristianos de Turquía, y pedirán el consentimiento de Rusia a esta propuesta en interés de la paz."
»El mismo asunto ocupó al Congreso en otras varias sesiones, como puede verse por los protocolos del 28 de febrero y del 24 y 25 de marzo. Siempre se quería conciliar dos objetivos que se contradecían: conservar los derechos soberanos del sultán y poner los de sus súbditos cristianos bajo la protección de Europa. El Congreso olvidó por completo que precisamente los derechos de los cristianos que quería establecer habían sido concedidos una y otra vez por la Puerta en sus tratados anteriores con Europa, tratados que además habían suprimido ya la soberanía de aquel monarca al que Europa afirmaba ahora que había que apoyar en el mantenimiento de su poder. Para conciliar un poco estos dos puntos contradictorios, al sultán, mientras se le movía a promulgar el famoso Hatt-i Humayun8, se le concedió que había obrado por libre voluntad y por inclinación soberana. Así tuvo que prometer que respetaría y ampliaría los derechos de sus súbditos cristianos, y esta promesa se incorporó al tratado de paz como parte esencial, para garantizar que se cumpliera. En estas condiciones, el Congreso renunció en la cláusula novena del tratado a toda nueva intromisión en los asuntos internos de Turquía.
»Pero ¿obtuvo realmente el Congreso una garantía de que se ejecutaría el Hatt-i Humayun? ¿Contrajo el sultán algún compromiso efectivo? A este respecto no se fijó nada. Pues, aunque en el tratado se alaba mucho la sabiduría del Hatt-i Humayun, este documento quedó, como toda Europa había previsto, en letra muerta. Pero, peor aún, el nuevo tratado privó a Europa de todo derecho de intervención legal, aunque el Hatt-i Humayun no se ejecutara nunca y, a pesar de él, apenas cuatro años después de su aparición se cometieran las atrocidades más espantosas. Hace poco, Rusia llamó la atención de todos los Gabinetes de Europa sobre el hecho de que el fanatismo de los turcos no había perdido nada de su celo ni de su violencia y de que pronto cabía esperar nuevos estallidos, aunque en realidad nunca había habido una pausa de distensión. Pero incluso después de esto Europa se contentó con las promesas de la Puerta y se entregó a la esperanza de ver pronto castigados a los culpables y restablecidos la ley y el orden. Hizo falta una gran matanza a manos de aquellos bárbaros para que Europa cambiara de parecer. Entonces se decidió por fin a intervenir, aunque lo hizo con tales dilaciones y rodeos que se podía creer que se proponía dejar escapar a los culpables. Todo se hizo depender de la letra del tratado del 30 de marzo de 1856, y, exactamente como en el caso de Italia el año pasado, el sufrimiento de un pueblo no pesó nada frente al texto de un documento diplomático.
»Pero nosotros tenemos sobre todo esto una opinión muy distinta. El tratado de Europa con Turquía garantiza a nuestros ojos los principios de la humanidad, de la religión y de la civilización. Si Turquía viola esos principios, ella misma tiene la culpa de la intervención de Europa.
»Hasta 1856, las potencias europeas tenían, en virtud de varios tratados concluidos con la Puerta, el derecho legal de hacer representaciones acerca de la situación de los rayás cristianos. Hoy, sin embargo, parece dudoso que ese derecho haya sido abolido o no por el tratado del 30 de marzo de 1856. ¿Ha renunciado Europa al privilegio de proteger a sus hermanos en la fe? Ha renunciado si alguna vez contó con la ejecución del Hatt-i Humayun del 18 de febrero, si alguna vez creyó que reformas prometidas y reformas realizadas son una y la misma cosa, si alguna vez esperó que las costumbres, las pasiones y las leyes de los musulmanes pudieran cambiar. Pero, naturalmente, Europa nunca fue de esa opinión ni pudo serlo. Llevada por la creencia de que la integridad del Imperio otomano es una condición sine qua non del equilibrio de fuerzas, permitió al sultán ingresar en la familia europea de los pueblos. Pero esto solo se concedió a condición de que Turquía rompiera con las tradiciones musulmanas y se hiciera europea en sus instituciones, de que la espada dejara de ser el único legislador entre creyentes e infieles, de que los cristianos dejaran de ser esclavos de sus señores y de que los bienes de los rayás acomodados dejaran de ser el motivo habitual de los saqueos de los musulmanes. Tal era, en efecto, la idea fundamental por la que se guio Europa en 1856. Con toda su ira contra Rusia, consecuencia natural de una guerra sangrienta e injusta, no eximió a la Puerta de sus obligaciones anteriores, sino que, por el contrario, exigió una mejora progresiva de la situación de los cristianos. Alcanzar este objetivo por un camino seguro era el único fin del protectorado común de Europa sobre la Puerta, y solo a este precio garantizó Europa la integridad de los territorios del sultán. Sin esto, ni la guerra ni la paz habrían tenido justificación. Sin esto, Turquía nunca habría sido admitida en la familia de las potencias ni se habría protegido la integridad de sus posesiones. Las dos condiciones están tan estrechamente unidas que no pueden separarse; cualquiera que quiera ver lo puede ver. Es verdad que la forma de las condiciones podría haber sido más eficaz de lo que es; si se toma el tratado al pie de la letra, Europa renunció formalmente, por la cláusula novena, a su derecho a intervenir en los asuntos internos de Turquía; pero incluso en esa cláusula se menciona el Hatt-i Humayun del 18 de febrero, según el cual los cristianos han de gozar de los mismos derechos que los musulmanes. Por tanto, no es sino de sana lógica suponer que, al no respetarse el Hatt-i Humayun, también la cláusula novena queda sin efecto.
»En vano intenta ahora Turquía sofocar la última revuelta de Siria9. Esta revuelta era inevitable si se considera que la situación de los cristianos no ha mejorado, sino que, por el contrario, ha empeorado. En vano se esfuerza Inglaterra por impedir la intervención de Europa; es muy posible que siga su propia política y se guíe por motivos políticos y comerciales cuya legitimidad e importancia no queremos sopesar; pero no puede apoyar sus objeciones en la cláusula novena del Tratado de París. En vano intenta Europa ocultar el hecho de su intervención con el pretexto de que se ha hecho a petición del sultán. Decimos que todo esto es en vano; aunque Troya no creyó en las profecías de Casandra, tenemos al menos la satisfacción de saber que Troya fue destruida.»
Calle de la City de Londres donde estaba la bolsa de cereales (Corn Exchange); su nombre designaba el mercado londinense del grano. ↩
Medida inglesa de capacidad para el grano, de unos 291 litros. ↩
Medida inglesa de capacidad para el grano, de unos 36 litros; ocho bushels hacen un quarter. ↩
Quintal inglés, de 112 libras (unos 50,8 kilos). ↩
El Cuadrilátero era el sistema de las cuatro fortalezas austriacas de Peschiera, Mantua, Verona y Legnago, en el Véneto, que Austria conservó tras la guerra de 1859. ↩
Russki Invalid (El Inválido Ruso), periódico de San Petersburgo, órgano del Ministerio de la Guerra ruso. ↩
Rayá: nombre que se daba en el Imperio otomano a los súbditos no musulmanes, sobre todo a los cristianos. ↩
Decreto del sultán Abdülmecid I del 18 de febrero de 1856 que proclamaba la igualdad de derechos de todos los súbditos del Imperio otomano, sin distinción de religión; el Tratado de París del 30 de marzo de 1856 lo mencionaba en su artículo 9. ↩
En mayo-julio de 1860 hubo matanzas de cristianos maronitas por los drusos en el Líbano y en Damasco; Francia, con el acuerdo de las demás potencias, envió en agosto de 1860 un cuerpo expedicionario a Siria. ↩