Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Volunteer Journal, for Lancashire and Cheshire (Manchester), núm. 66, del 6 de diciembre de 1861. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de la MEW: Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 401-405), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Cuando hace unas semanas llamamos la atención sobre el proceso de depuración que se había hecho necesario en el ejército norteamericano de voluntarios, no agotamos ni mucho menos las valiosas lecciones que esta guerra da a los voluntarios de este lado del océano Atlántico. Nos permitimos, pues, volver sobre el tema.
La manera de hacer la guerra que se practica ahora en América no tiene, en efecto, precedentes. Desde el Misuri hasta la bahía de Chesapeake se enfrentan desde hace más de seis meses un millón de soldados, repartidos casi por igual en dos campos enemigos, sin llegar a una sola acción principal. En Misuri los dos ejércitos avanzan alternativamente, se retiran, libran una batalla, vuelven a avanzar y vuelven a retirarse sin llegar a ningún resultado visible.1 Incluso ahora, tras siete meses de marchas y contramarchas en las que el país ha quedado sin duda espantosamente devastado, las cosas parecen más lejos que nunca de una decisión. En Kentucky, tras un largo periodo de neutralidad aparente, pero en realidad de preparativos, parece avecinarse una situación parecida;2 en Virginia Occidental se libran sin cesar pequeñas acciones sin resultado visible; y en el Potomac, donde las mayores masas se concentran en las dos orillas casi a la vista unas de otras, ninguno de los dos bandos muestra inclinación a atacar, con lo que demuestran que, tal como están las cosas, ni siquiera una victoria serviría de nada. Y si circunstancias ajenas a esta situación no producen un cambio importante, este modo infructuoso de hacer la guerra puede durar todavía meses.
¿Cómo se explica esto?
Los norteamericanos no tienen, en uno y otro bando, casi nada más que voluntarios. El pequeño núcleo del antiguo ejército regular de los Estados Unidos o se ha disuelto o es demasiado débil para influir en la enorme masa de reclutas sin instrucción que se ha reunido en el teatro de la guerra. Para hacer soldados de todos esos hombres no hay siquiera bastantes sargentos instructores. Por eso la instrucción tiene que avanzar muy despacio, y no se puede decir de verdad cuánto tiempo pasará antes de que el excelente material humano reunido en las dos orillas del Potomac sea capaz de ponerse en marcha en grandes masas y de dar o aceptar una batalla con las fuerzas unidas.
Pero aun cuando los soldados pudieran instruirse en un tiempo razonable, no hay bastantes oficiales para mandarlos, y mucho menos oficiales de compañía —que naturalmente no pueden salir de las filas de los paisanos—, ni siquiera oficiales para jefes de batallón, aunque se pudiera nombrar para ese puesto a todos los tenientes y alféreces de los regulares. Un número considerable de coroneles paisanos es, por tanto, inevitable, y nadie que conozca a nuestros propios voluntarios pensará que McClellan o Beauregard3 pecan de exceso de temor si se niegan a emprender acciones ofensivas o complicadas maniobras estratégicas con coroneles paisanos que lo son desde hace solo seis meses y que deben ejecutar sus órdenes.
Supongamos, sin embargo, que esta dificultad se haya superado en general; que los coroneles paisanos hayan adquirido, junto con el uniforme, los conocimientos, la experiencia y la seguridad que necesitan para desempeñar su servicio, al menos en lo que toca a la infantería. Pero ¿qué será de la caballería? Instruir un regimiento de caballería exige más tiempo y más experiencia en los oficiales instructores que poner en forma un regimiento de infantería. Supongamos que todos los hombres ingresen en su cuerpo con conocimientos suficientes de equitación —es decir, que vayan firmes en la silla, dominen su caballo y sepan cuidarlo y alimentarlo—; aun así, eso apenas acortará el tiempo necesario para su instrucción. La equitación militar, ese dominio del caballo que permite conducirlo en todos los movimientos necesarios en las evoluciones de la caballería, es completamente distinta de la manera corriente de montar de los paisanos. La caballería de Napoleón, que sir William Napier (History of the Peninsular War)4 estima casi más que a la caballería inglesa de hoy, se componía, como es bien sabido, de los peores jinetes que jamás hayan adornado una silla; y muchos de nuestros mejores jinetes ocasionales descubrieron, al entrar en un cuerpo montado de voluntarios, que aún tenían algo que aprender. No hay, pues, que extrañarse de que los norteamericanos tengan una caballería muy deficiente y de que lo poco que poseen consista en una especie de cosacos o de tropas irregulares a la manera india (rangers), incapaces de una carga cerrada.
Con la artillería, y lo mismo con los ingenieros, tienen que andar todavía peor. Ambas son armas muy científicas y requieren una instrucción larga y cuidadosa tanto de los oficiales como de los suboficiales, y sin duda también más instrucción de la tropa que la infantería. Además, la artillería es un arma más complicada incluso que la caballería; hacen falta piezas, caballos adiestrados para el tiro y dos grupos de hombres instruidos: artilleros y conductores. Se necesitan también numerosos carros de municiones y grandes laboratorios para la munición, fraguas, talleres, etc., todo ello equipado con maquinaria complicada. Se dice que los federales tienen 600 piezas en campaña; pero cómo se sirven podemos imaginarlo fácilmente si sabemos que es completamente imposible crear de la nada en seis meses 100 baterías completas, bien equipadas y bien servidas.
Pero supongamos de nuevo que se hayan superado todas estas dificultades y que la parte combatiente de los dos campos norteamericanos enemigos esté en un estado adecuado para su fin: ¿podrían ya moverse? ¡Desde luego que no! Hay que abastecer a un ejército; y un gran ejército en un país relativamente poco poblado, como Virginia, Kentucky y Misuri, tiene que abastecerse principalmente desde depósitos. Hay que reponer su provisión de municiones; tienen que acompañarlo armeros, guarnicioneros, carpinteros y otros artesanos que mantengan en buen estado su material de guerra. Nada de esto existía en América; hubo que organizarlo casi de la nada; y no tenemos prueba alguna de que, al menos hasta ahora, la intendencia y los transportes de uno u otro ejército hayan salido de la infancia.
América, tanto el Norte como el Sur, la Federación y la Confederación, carecía, por así decir, de organización militar. El ejército de línea era, por su número, del todo insuficiente para emplearlo contra un enemigo serio; la milicia apenas existía. Las guerras anteriores de la Unión nunca obligaron a las fuerzas militares del país a un esfuerzo extremo; Inglaterra no tenía ya muchos soldados disponibles en los años de 1812 a 1814, y México se defendió sobre todo con turbas indisciplinadas.5 Lo cierto es que América, por su situación geográfica, no tenía enemigos que pudieran atacarla en ningún punto con más de 30.000 o 40.000 soldados regulares como máximo, y para ese número la inmensa extensión del país sería un obstáculo mucho más temible que cualesquiera tropas que América les opusiera, mientras que su ejército bastaba para formar el núcleo de unos cuantos cientos de miles de voluntarios e instruirlos en un tiempo razonable. Pero cuando una guerra civil pone en pie a más de un millón de combatientes, todo el sistema se viene abajo y hay que empezarlo todo de nuevo desde el principio. Los resultados están a la vista. Dos enormes masas de tropas, torpes, cada una con miedo de la otra y casi tan temerosa de una victoria como de una derrota, se enfrentan e intentan a un coste enorme transformarse en una organización más o menos regular. Por alarmante que sea el gasto, es inevitable por la completa falta del fundamento organizado sobre el que hubiera podido levantarse el edificio. ¿Cómo podía ser de otro modo, con la ignorancia y la inexperiencia que reinan en todas partes? Por otro lado, la ganancia en eficacia y en organización que reportan esos gastos es mínima; ¿y podría ser de otro modo?
Los voluntarios británicos pueden dar gracias a su buena estrella por haber encontrado desde el principio un ejército profesional numeroso, bien disciplinado y experimentado que los acogió bajo sus alas. Admitidos los prejuicios propios de todo cuerpo profesional, ese ejército los ha recibido y tratado bien. Esperemos que ni los voluntarios ni el público lleguen a creer nunca que el movimiento de voluntarios pueda hacer superfluo de algún modo un ejército regular. Si alguno lo creyera, una mirada al estado de los dos ejércitos norteamericanos de voluntarios debería mostrarle su ignorancia y su insensatez. Ningún ejército formado de nuevo con paisanos puede mantenerse jamás en estado de eficacia si no se lo instruye y sostiene con los enormes recursos intelectuales y materiales que están en manos de un ejército regular relativamente fuerte, y sobre todo con la organización que constituye la fuerza principal de los regulares. Supongamos que a Inglaterra la amenazara una invasión y comparemos lo que se haría entonces con lo que se ha hecho en América. En Inglaterra, el Ministerio de la Guerra, con la ayuda de algunos funcionarios fáciles de encontrar entre los militares de carrera instruidos, haría frente a todo el trabajo adicional que trae consigo un ejército de 300.000 voluntarios; hay suficientes oficiales a media paga que podrían tomar a su cargo especial tres o cuatro batallones de voluntarios cada uno, y con algún esfuerzo se podría dotar a cada batallón de un oficial de línea como ayudante y de otro como coronel. La caballería, naturalmente, no podría improvisarse a toda prisa; pero una reorganización a fondo de la artillería de voluntarios con oficiales y conductores de la Artillería Real ayudaría a servir más de una batería de campaña. Los ingenieros civiles del país solo esperan una oportunidad de recibir en la vertiente militar de su profesión la instrucción que haría de ellos oficiales de ingenieros de primera. Los servicios de intendencia y de transporte están organizados y pueden ponerse pronto en condiciones de cubrir las necesidades de 400.000 hombres con la misma facilidad que las de 100.000. Nada se desordenaría, nada se alteraría; en todas partes los voluntarios encontrarían ayuda y apoyo, y en ninguna tendrían que andar a tientas. Una vez que Inglaterra se lanzara a una guerra, no vemos —aparte de errores inevitables— ninguna razón para que en seis semanas no marchara todo de manera más o menos fluida.
Si ahora se mira a América, puede comprobarse qué valor tiene un ejército regular para un ejército de voluntarios en formación.
En Misuri, tras la batalla de Wilson's Creek (10 de agosto de 1861), el confederado Sterling Price avanzó hasta Lexington, que tomó en septiembre, y se retiró luego hacia el suroeste ante las tropas de la Unión mandadas por Frémont y, desde noviembre, por Halleck. ↩
Kentucky, estado esclavista fronterizo, se había declarado neutral en mayo de 1861; en septiembre, tras la entrada de tropas confederadas en Columbus, su legislatura se puso del lado de la Unión. ↩
George Brinton McClellan (1826-1885), jefe del ejército del Potomac y, desde noviembre de 1861, general en jefe de los ejércitos de la Unión; Pierre Gustave Toutant Beauregard (1818-1893), general confederado, uno de los jefes del ejército confederado en Virginia. ↩
William Napier (1785-1860), general e historiador británico, autor de la History of the War in the Peninsula and in the South of France (1828-1840). ↩
La guerra anglo-norteamericana de 1812-1814, cuando el grueso del ejército británico combatía contra Napoleón, y la guerra de los Estados Unidos contra México de 1846-1848. ↩