Escrito por Karl Marx el 18 de noviembre de 1861 y publicado en el diario vienés Die Presse, núm. 322, del 23 de noviembre de 1861. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 377-380), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
El Times, que primero había elogiado con moderación el coup d'éclat1 imperial y después lo había ensalzado con hipérboles, da hoy un brusco viraje del panegírico a la crítica. La manera en que ejecuta esta maniobra caracteriza al leviatán de la prensa inglesa:
«Dejamos a otros la tarea de felicitar al César por reconocer que es un ser finito y no infalible, y que él, que reina sin discusión por la sola fuerza de la espada, no pretende gobernar por derecho divino. Nosotros debemos preguntar más bien por los resultados financieros de un decenio de dominación imperial. Estos resultados son incomparablemente más importantes que las frases con que se comunican... El ejecutivo hacía lo que le venía en gana; los ministros solo respondían ante el emperador; el estado de las finanzas se mantenía en el más completo secreto ante el público y las Cámaras. La forma de los presupuestos votados cada año no era un límite, sino una máscara; no una protección, sino un engaño. ¿Qué ha ganado, pues, el pueblo francés con poner sus libertades y su fortuna a disposición de un solo hombre?... El propio señor Fould confiesa que de 1851 a 1858 se abrieron créditos extraordinarios por valor de 2.800.000.000 de francos, y que el déficit del año en curso no baja de mil millones de francos.
No sabemos cómo se han reunido estas sumas. En todo caso, no por la vía de los impuestos. Se reconoce que se han gastado los cuatro millones que el Banco de Francia pagó por la renovación de sus privilegios; que se tomaron prestados 5½ millones del fondo de dotación del ejército y que se lanzaron a la circulación títulos de crédito de toda clase. En cuanto al estado de cosas actual, nuestro corresponsal de París nos asegura que no hay en el Tesoro dinero suficiente para pagar los dividendos semestrales que vencen el mes próximo. Este es el funesto y deshonroso estado de las finanzas francesas tras un decenio de imperialismo brillante y victorioso, y solo ahora, en un momento en que es incapaz de cumplir sus obligaciones corrientes, el Gobierno francés hace a la nación en cierta medida partícipe de su confianza y le muestra un trocito de la realidad que se escondía tras la pomposa fantasmagoría de la prosperidad financiera tantas veces proclamada. Más aún, en este mismo momento la Revue des Deux Mondes está sometida a persecución judicial por haber dado algunas informaciones sobre el estado de las finanzas de Francia a las que solo puede reprochárseles que son demasiado optimistas.»
El Times pregunta luego por las causas de este hundimiento. Durante el decenio imperial el comercio de exportación de Francia creció más del doble. Con la industria se desarrolló la agricultura, y con ambas el sistema ferroviario. El crédito, que antes de 1848 apenas existía en sus comienzos, brotó en todas direcciones. Todos estos desarrollos no nacieron de la palabra mágica del emperador, sino de las conmociones del mercado mundial desde los descubrimientos de oro en California y Australia. ¿De dónde, pues, la catástrofe?
El Times menciona los gastos extraordinarios en ejército y marina, fruto natural del afán de Luis Bonaparte de hacer de Napoleón en Europa. Menciona las guerras y, por último, los gigantescos costes de las obras públicas destinadas a dar ocupación a contratistas y proletarios y a mantenerlos de buen humor.
«Pero», prosigue, «todo esto no basta para explicar este espantoso déficit, el mayor de los anales de la historia... A los armamentos agresivos del ejército y de la flota, a las obras públicas y a las guerras ocasionales se sumó un sistema desvergonzado y general de saqueo. Una lluvia de oro cayó sobre el Empire y sus partidarios. Fortunas enormes, adquiridas de repente y de manera misteriosa, fueron causa de escándalo y asombro, hasta que el escándalo enmudeció y el asombro se debilitó por la frecuencia, más aún, por la universalidad del fenómeno. La Francia moderna nos ha dado la clave de los pasajes de las sátiras de Juvenal en que la riqueza adquirida de repente se trata como un crimen contra el pueblo. Las espléndidas viviendas, los brillantes carruajes, el enorme derroche de gentes que antes del golpe de Estado eran notorios muertos de hambre, están en boca de todo el mundo. La corte regulaba su casa con una escala de despilfarro casi increíble. Surgían nuevos palacios como por arte de magia, y se superó el esplendor del ancien régime. La extravagancia no conocía más límites que el Tesoro y el crédito del Estado. El uno ya no existe, el otro está malgastado. Esto es lo que diez años de imperialismo han hecho por Francia.»
La cuestión más importante para Europa es sin duda si el sistema financiero imperial puede transformarse en un sistema financiero constitucional, como el que anuncia la correspondencia entre Luis Bonaparte y Fould. No se trata aquí de las intenciones momentáneas de unas personas. Se trata de las condiciones de vida económicas del Imperio restaurado. El sistema financiero de la estafa solo podría transformarse en un sistema financiero prosaico eliminando la corrupción como medio general de gobierno; reduciendo el ejército y la flota al pie de paz y, por consiguiente, renunciando al carácter napoleónico del régimen actual; y, por último, abandonando por completo el plan seguido hasta ahora de atar al gobierno existente a una parte de la clase media y del proletariado urbano por medio de grandes obras del Estado y otras obras públicas. Cumplir todas estas condiciones, ¿no sería: Et propter vitam, vivendi perdere causas2? ¿Se cree de veras que el modesto sistema de Luis Felipe puede restablecerse bajo la razón social napoleónica? Tan poco como pudo erigirse la monarquía de Julio enarbolando el drapeau blanc3.
Por eso calificamos desde el principio de comedia el coup d'éclat del 14 de noviembre y no dudamos ni un momento de que esta comedia solo perseguía dos fines: remediar los apuros momentáneos y pasar el invierno. Logrados ambos fines, en primavera sonaría la trompeta de guerra y se intentaría que esta vez la guerra se pagara a sí misma. No se olvide que hasta ahora, y esto era consecuencia necesaria de un napoleonismo meramente representado, la Francia decembrista ha pagado toda su gloria de la propia bolsa del Estado francés.
La prensa inglesa, tras breves oscilaciones, ha llegado al mismo resultado respecto de la seriedad de las promesas del 14 de noviembre y de la posibilidad de cumplirlas.
Así dice el Times de hoy en el editorial citado:
«El emperador renuncia a pedir créditos extraordinarios. Es todo un rasgo de virtud abnegada, como los que suelen preceder a un nuevo empréstito francés, pero rara vez le sobreviven.» Y en su artículo de la Bolsa se dice: «Es muy dudoso que la santidad financiera introducida de repente por la crisis financiera sobreviva mucho tiempo al paroxismo, una vez que la caja del Estado se haya vuelto a llenar y el nuevo empréstito esté asegurado...
Se dice que la opinión pública obligará al emperador a ejecutar contra su propia voluntad el programa de Fould. ¿No sería más exacto decir que todo el mundo está dispuesto a entregarse a esta ilusión, mientras que los proveedores del ejército y de la flota y los especuladores cuentan firmemente con que en primavera, superado el peligro del momento, el Moniteur, ya sea "en la nueva situación de Europa", ya sea en la necesidad de rectificar algo, o en que en algún lugar esté amenazado el honor de Francia, ya sea en la fe católica, ya sea en la libertad y la civilización del género humano, encontrará razones suficientes para volver al viejo sistema financiero, que, en realidad, no puede abandonarse a la larga en un país sometido a una dictadura militar y sin un derecho constitucional inviolable y generalmente reconocido?»
En un sentido parecido se pronuncia The Economist. Termina su análisis con estas palabras:
«Pese al decreto, el riesgo político seguirá siendo siempre el criterio rector de un hombre que no se engaña sobre el hecho de que el menor fracaso puede desarraigar su dinastía.»
Luis Bonaparte solo ha expuesto hasta ahora a Europa a peligros porque él mismo estaba constantemente expuesto al peligro en Francia. ¿Se cree que su peligrosidad para Europa disminuirá en la misma medida en que crezca para él mismo el peligro en Francia? Solo si el peligro interior tiene tiempo de estallar.
«Golpe de efecto»: la carta de Napoleón III a Fould y la memoria de este sobre el déficit, publicadas en el Moniteur del 14 de noviembre de 1861, en las que el emperador renunciaba a abrir créditos extraordinarios sin el voto del Cuerpo Legislativo. ↩
«Y por la vida perder las razones de vivir» (Juvenal, Sátiras, VIII, 84). ↩
La bandera blanca de los Borbones. La monarquía de Julio de Luis Felipe (1830-1848) adoptó la bandera tricolor de la Revolución. ↩