Escrito en alemán por Karl Marx el 4 de agosto de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 218, del 9 de agosto de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 524-526), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La crisis que domina en este momento la situación de los Estados Unidos tiene dos clases de causas: militares y políticas.

Si la última campaña se hubiese llevado conforme a un solo plan estratégico, el ejército principal del Oeste, como ya se expuso antes en estas páginas,1 tendría que haber aprovechado sus éxitos en Kentucky y Tennessee para penetrar por el norte de Alabama en Georgia y apoderarse allí de los nudos ferroviarios de Decatur, Milledgeville, etc. Así se habría cortado la comunicación entre el ejército oriental y el occidental de los secesionistas y se habría hecho imposible que se apoyaran mutuamente. En lugar de eso, el ejército de Kentucky bajó por el Misisipi, hacia el sur, en dirección a Nueva Orleans, y su victoria cerca de Memphis no tuvo más resultado que el envío de la mayor parte de las tropas de Beauregard a Richmond, de modo que ahora los confederados se encontraron de repente allí, con un ejército superior y en una posición superior, frente a McClellan, que no había explotado la derrota de las tropas enemigas en Yorktown y Williamsburg y que, por otra parte, había dispersado desde el principio sus propias fuerzas. El generalato de McClellan, ya descrito anteriormente, bastaba por sí solo para asegurar la ruina del ejército más grande y mejor disciplinado. Por último, el ministro de la Guerra, Stanton,2 cometió un error imperdonable. Para impresionar al extranjero, suspendió tras la conquista de Tennessee los alistamientos, condenando así al ejército a un debilitamiento continuo justo cuando más necesitaba refuerzos para una ofensiva rápida y decisiva. A pesar de los desatinos estratégicos y a pesar del generalato de McClellan, con una afluencia constante de reclutas la guerra estaría hoy, si no decidida, sí acercándose rápidamente a una decisión victoriosa. El paso de Stanton fue tanto más funesto cuanto que el Sur llamaba entonces precisamente a filas a todos los hombres de 18 a 35 años, es decir, lo jugaba todo a una carta.3 Son esos hombres, instruidos entretanto, los que dan a los confederados la preponderancia casi en todas partes y les aseguran la iniciativa. Inmovilizaron a Halleck, expulsaron a Curtis4 de Arkansas, batieron a McClellan y, a las órdenes de Stonewall Jackson,5 dieron la señal de las incursiones guerrilleras que ya llegan hasta el Ohio.

Las causas militares de la crisis están en parte ligadas a las políticas. Fue la influencia del Partido Demócrata la que elevó a una incapacidad como McClellan, por haber sido antiguo partidario de Breckinridge,6 a commander in chief (comandante en jefe) de todas las fuerzas armadas del Norte. Fueron los temerosos miramientos con los deseos, las ventajas y los intereses de los portavoces de los estados esclavistas fronterizos (border slave states) los que hasta ahora le quitaron a la guerra civil su filo de principio y, por así decirlo, la dejaron sin alma. Los esclavistas «leales» de esos estados fronterizos consiguieron que se mantuviesen las fugitive slave laws (leyes sobre los esclavos fugitivos) dictadas por el Sur y que se reprimiesen por la fuerza las simpatías de los negros por el Norte, que ningún general pudiese atreverse a poner en campaña una compañía de negros y que, en fin, la esclavitud se transformase de talón de Aquiles del Sur en su piel invulnerable de córnea. ¡Gracias a los esclavos, que realizan todos los trabajos productivos, todos los hombres del Sur aptos para el combate pueden ser llevados al campo de batalla!

En este momento, en que suben las acciones de la secesión, los portavoces de los estados fronterizos elevan sus pretensiones. Sin embargo, el llamamiento de Lincoln a ellos, en el que amenaza con que el partido abolicionista los arrollará,7 muestra que las cosas toman un giro revolucionario. Lincoln sabe lo que Europa no sabe: que no es en absoluto apatía, ni ceder a la presión de la derrota, lo que hace que su petición de 300.000 reclutas8 encuentre un eco tan frío. Nueva Inglaterra y el Noroeste, que han proporcionado el material principal del ejército, están decididos a imponer al Gobierno una conducción revolucionaria de la guerra y a inscribir en la bandera estrellada la «abolición de la esclavitud» como grito de guerra. Lincoln cede solo con vacilación y temor a esta pressure from without (presión desde fuera), pero sabe que es incapaz de resistirle mucho tiempo. De ahí su suplicante llamamiento a los estados fronterizos para que renuncien voluntariamente, y en condiciones contractuales ventajosas, a la institución de la esclavitud. Sabe que es únicamente la persistencia de la esclavitud en los estados fronterizos lo que ha dejado hasta ahora intacta la esclavitud en el Sur y ha impedido al Norte aplicar su gran remedio radical. Solo se equivoca si cree que a los esclavistas «leales» se los puede mover con discursos benévolos y razones. Solo cederán ante la fuerza.

Hasta ahora solo hemos asistido al primer acto de la guerra civil: la conducción constitucional de la guerra. El segundo acto, la conducción revolucionaria de la guerra, está por llegar.

Entretanto, el Congreso, que ahora ha suspendido sus sesiones, ha decretado durante su primera legislatura una serie de medidas importantes que vamos a resumir aquí brevemente.

Aparte de su legislación financiera, ha aprobado la Homestead Bill, largo tiempo reclamada en vano por la masa del pueblo del Norte, según la cual una parte de las tierras del Estado se cede gratuitamente para su cultivo a los colonos, nativos o inmigrantes.9 Ha abolido la esclavitud en Columbia y en la capital nacional,10 con indemnización en dinero para los antiguos dueños de esclavos. En todos los territorios de los Estados Unidos se ha declarado la esclavitud «imposible para siempre». La ley por la que se admite en la Unión el nuevo estado de Virginia Occidental prescribe la abolición gradual de la esclavitud y declara libres de nacimiento a todos los niños negros nacidos después del 4 de julio de 1863. Las condiciones de la emancipación gradual están tomadas en conjunto de la ley que se dictó hace setenta años en Pensilvania con el mismo fin.11 Por una cuarta ley, todos los esclavos de rebeldes serán emancipados en cuanto caigan en manos del ejército republicano. Otra ley, que ahora se aplica por primera vez, dispone que esos negros emancipados pueden ser organizados militarmente y enviados a combatir contra el Sur.12 Se ha reconocido la independencia de las repúblicas negras de Liberia y Haití y, por último, se ha concluido con Inglaterra un tratado para la abolición de la trata de esclavos.13

Así pues, caigan como caigan los dados de la fortuna de la guerra, ya puede decirse con seguridad que la esclavitud de los negros no sobrevivirá mucho tiempo a la guerra civil.

  1. Véase «1862 La guerra civil norteamericana». ↩

  2. Edwin McMasters Stanton (1814-1869), secretario de Guerra de Lincoln desde enero de 1862. ↩

  3. La ley de reclutamiento obligatorio de la Confederación, del 16 de abril de 1862. ↩

  4. Samuel Ryan Curtis (1805-1866), general de la Unión, vencedor en Pea Ridge (Arkansas) en marzo de 1862. ↩

  5. Thomas Jonathan «Stonewall» Jackson (1824-1863), general confederado, célebre por su campaña del valle del Shenandoah en la primavera de 1862. ↩

  6. John Cabell Breckinridge (1821-1875), vicepresidente de los Estados Unidos con Buchanan y candidato de los demócratas del Sur a la presidencia en 1860; después, general confederado. ↩

  7. El 12 de julio de 1862 Lincoln reunió a los diputados de los estados fronterizos y los instó a aceptar la emancipación gradual con indemnización, advirtiéndoles de que, si no, la esclavitud se extinguiría «por la mera fricción y abrasión» de la guerra. ↩

  8. El llamamiento de Lincoln del 1 de julio de 1862 pedía 300.000 voluntarios por tres años. ↩

  9. La Homestead Act, del 20 de mayo de 1862, concedía 160 acres de tierras públicas a todo ciudadano o inmigrante que declarase su intención de naturalizarse y se comprometiese a cultivarlas durante cinco años. ↩

  10. Es decir, en el Distrito de Columbia, donde está Washington (ley del 16 de abril de 1862). ↩

  11. La ley de abolición gradual de la esclavitud de Pensilvania, de 1780. ↩

  12. La ley de confiscación del 17 de julio de 1862 declaraba libres a los esclavos de los rebeldes que se refugiasen tras las líneas de la Unión, y la ley de milicias de la misma fecha autorizaba a emplear a negros en el ejército. ↩

  13. Véase «1862 Un tratado contra la trata de esclavos». ↩