Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 14 de junio de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 168, del 20 de junio de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 508-510), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 14 de junio de 1862

La humanidad se ha convertido ahora en Inglaterra, como la libertad en Francia, en un artículo de exportación para los traders in politics (mercaderes de la política). Recordamos los tiempos en que el zar Nicolás hacía azotar por soldados a damas polacas y en que lord Palmerston encontraba «impolítica» la indignación moral de algunos parlamentarios por ese suceso. Recordamos que hace aproximadamente un decenio estalló en las islas Jónicas una revuelta que llevó al gobernador inglés de allí a hacer azotar a un número nada pequeño de mujeres griegas.1 Probatum est,2 dijeron Palmerston y sus colegas whigs de entonces, que estaban en el Gobierno. Hace todavía pocos años se demostró al Parlamento con documentos oficiales que los recaudadores de impuestos de la India empleaban contra las mujeres de los ryots (campesinos) medios de coacción cuya infamia impide detallarlos más.3 Palmerston y sus colegas no se atrevieron, es cierto, a justificar esos horrores; pero ¡cómo habrían puesto el grito en el cielo si un Gobierno extranjero se hubiese atrevido a proclamar públicamente su indignación por esas infamias inglesas y a dar a entender, no muy veladamente, que intervendría si Palmerston y sus colegas no desautorizaban en el acto a los recaudadores indios! ¡Pero ni el propio Catón el Censor podía vigilar con más celo las costumbres de los ciudadanos romanos que los aristócratas ingleses y sus ministros la «humanidad» de los yanquis en guerra!

Las ladies de Nueva Orleans, bellezas amarillentas, cubiertas de joyas sin gusto alguno, comparables en cierto modo a las mujeres de los antiguos mexicanos, solo que no se comen a sus esclavos in natura, son esta vez (antes fueron los puertos de Charleston)4 los motivos del despliegue de humanidad aristocrático-británico. Las mujeres inglesas (aunque no son ladies ni tienen esclavos) que pasan hambre en Lancashire no han movido hasta ahora ningún labio parlamentario; el grito de socorro de las mujeres irlandesas que, con la creciente concentración de los pequeños arriendos en la verde Erín, son arrojadas medio desnudas a la calle y expulsadas de casa y hacienda como si hubiesen invadido el país los tártaros, solo ha despertado hasta ahora un único eco de los lores, de los Comunes y del Gobierno de Su Majestad: homilías sobre los derechos absolutos de la propiedad territorial. ¡Pero las ladies de Nueva Orleans! Ese es, desde luego, otro caso. Esas damas eran demasiado ilustradas para tomar parte en el fragor de la guerra, como las diosas del Olimpo, o para arrojarse a las llamas, como las mujeres de Sagunto. Han inventado una moda nueva y sin peligro del heroísmo, una moda que solo podían inventar unas esclavistas, y precisamente unas esclavistas de un país donde la parte libre de la población es de oficio tendera, comerciante de algodón, de azúcar o de tabaco, y no tiene esclavos como los cives del mundo antiguo. Después de que sus maridos hubiesen huido de Nueva Orleans o se hubiesen escondido en sus habitaciones traseras, esas ladies se lanzaron a las calles a escupir a la cara de las tropas victoriosas de la Unión, o a sacarles la lengua, o en general a hacer, como Mefistófeles, «un gesto indecente»,5 acompañado de palabras insultantes. Estas arpías creían poder ser groseras «impunemente».

Ese fue su heroísmo. El general Butler6 publicó una proclama en la que les anunciaba que serían tratadas como mujeres de la calle si seguían haciendo de mujeres de la calle. Butler es, sin duda, abogado de oficio, pero no parece haber estudiado como es debido el statute law (derecho legislado) inglés. De lo contrario, siguiendo el ejemplo de las leyes impuestas a Irlanda bajo Castlereagh,7 les habría prohibido sin más pisar la calle. El aviso de Butler a las «ladies de Nueva Orleans» ha indignado moralmente hasta tal punto al conde de Carnarvon,8 a sir J. Walsh9 (que desempeñó un papel tan ridículo y odioso en Irlanda) y al señor Gregory, que ya hace un año pidió el reconocimiento de la Confederación, que el conde en la Cámara de los Lores, y el caballero y el hombre «without a handle to his name» («sin título delante del nombre») en la de los Comunes, interpelaron al ministerio para saber qué pasos pensaba dar en nombre de la «humanidad» ofendida. Russell y Palmerston fustigaron los dos a Butler, los dos esperaban que el Gobierno de Washington lo desautorizase, y el tan delicado Palmerston, que reconoció el golpe de Estado de diciembre de 1851 (ocasión en la que hasta se mató a tiros a algunas ladies y otras fueron violadas por los zuavos) a espaldas de la reina y sin conocimiento de sus colegas, por pura admiración «humanitaria»,10 ese mismo delicado vizconde declaró que el aviso de Butler era una «infamia». En efecto, ¡a unas ladies, y a unas ladies que encima poseen esclavos, no se les permitiría ni siquiera desahogar impunemente su baba y su maldad contra simples tropas de la Unión, campesinos, artesanos y demás gentuza! Es «infame».

Aquí nadie del público se engaña sobre esta farsa humanitaria. Se trata, en parte, de suscitar y, en parte, de afianzar el ánimo favorable a la intervención, en primer lugar por parte francesa. Los caballeros de la humanidad de la Cámara de los Lores y de la de los Comunes arrojaron también, como obedeciendo a una consigna, la máscara compungida después de los primeros desbordamientos melodramáticos. Su declamación solo sirvió de prólogo a la pregunta de si el emperador de los franceses se había puesto de acuerdo con el Gobierno inglés acerca de una mediación y si este, como ellos esperaban, había acogido favorablemente semejante oferta. Russell y Palmerston declararon ambos no saber nada de la oferta. Russell declaró que el momento actual era muy desfavorable para cualquier mediación. Palmerston, más prudente y reservado, se limitó a decir que el Gobierno inglés no se proponía en este momento ninguna mediación.

El plan es que Francia desempeñe su papel de mediadora durante las vacaciones del Parlamento inglés y que en otoño, una vez asegurado México, abra su intervención. El estancamiento en el teatro de la guerra norteamericano ha despertado de nuevo de su marasmo a los especuladores de la intervención de St. James y de las Tullerías. Ese mismo estancamiento se debe a un error estratégico en la conducción de la guerra por el Norte. Si el ejército de Kentucky, tras sus victorias en Tennessee, hubiese avanzado rápidamente sobre los nudos ferroviarios de Georgia, en lugar de dejarse atraer por el desvío de bajar hacia el sur por el Misisipi,11 a Reuter y compañía les habrían estropeado el negocio de los rumores de «intervención» y de «mediación». Sea como fuere, Europa no puede desear nada con más ardor que el que el golpe de Estado intente «restablecer el orden en los Estados Unidos» y «salvar la civilización» también allí.

  1. En 1848-1849 hubo levantamientos en Cefalonia, en las islas Jónicas, entonces protectorado británico; el alto comisario Henry Ward los reprimió con ejecuciones y azotes. ↩

  2. «Está probado»; fórmula con la que se aprobaba un remedio. ↩

  3. Se refiere al informe de la comisión de Madrás sobre la tortura en la recaudación de impuestos, publicado en 1855. ↩

  4. Alusión a la indignación de la prensa y el Gobierno ingleses por los barcos cargados de piedras que la Unión hundió a finales de 1861 en la entrada del puerto de Charleston para reforzar el bloqueo. ↩

  5. Goethe, Fausto, primera parte, escena «Cocina de la bruja», donde la acotación dice que Mefistófeles «hace un gesto indecente». ↩

  6. Benjamin Franklin Butler (1818-1893), abogado y político de Massachusetts, general de la Unión, gobernador militar de Nueva Orleans en 1862. Su «orden general n.º 28», del 15 de mayo de 1862, disponía que toda mujer que insultase a oficiales o soldados de la Unión sería tratada como «una mujer de la ciudad que ejerce su oficio». ↩

  7. Robert Stewart, vizconde de Castlereagh (1769-1822), secretario para Irlanda en la época de la rebelión de 1798 y de la Unión de 1800, con las leyes de excepción que la acompañaron. ↩

  8. Henry Howard Molyneux Herbert, conde de Carnarvon (1831-1890), político conservador. ↩

  9. John Walsh (1798-1881), diputado conservador. ↩

  10. Palmerston, ministro de Asuntos Exteriores, expresó al embajador francés su aprobación del golpe de Estado de Luis Bonaparte del 2 de diciembre de 1851 sin consultar a la reina ni al gabinete, lo que le costó el cargo ese mismo mes. ↩

  11. Tras la toma de Corinth (30 de mayo de 1862), Halleck dispersó sus fuerzas en lugar de avanzar sobre Chattanooga, y la flotilla fluvial de la Unión bajó por el Misisipi hasta tomar Memphis (6 de junio). ↩