Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 29 de noviembre de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 332, del 4 de diciembre de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 570-572), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 29 de noviembre de 1862

Las negociaciones entre el gabinete de aquí y el Gobierno de Washington sobre el corsario Alabama1 siguen pendientes, mientras que ya han empezado nuevas negociaciones sobre el nuevo armamento de buques de guerra confederados en puertos ingleses. El profesor Francis W. Newman,2 uno de los representantes teóricos del radicalismo inglés, publica hoy en el Morning Star una carta en la que dice, entre otras cosas:

«Después de que el cónsul norteamericano en Liverpool se hubo asegurado ante un jurista inglés de la ilegalidad del Alabama, envió a lord John Russell una denuncia en regla. Se consultó entonces a los abogados de la Corona, que declararon igualmente ilegal el armamento del Alabama; pero se fue alargando la investigación hasta que el pirata encontró ocasión de escapar. En este momento hay en Liverpool una flota de buques más o menos acorazados, completamente lista, preparada para romper por la fuerza el bloqueo norteamericano. Además, un enjambre de barcos piratas está a punto de seguir al Alabama en su infame carrera. ¿Cerrará nuestro Gobierno los ojos por segunda vez y dará vía libre a los sucesores del Alabama? Me temo que sí. El señor Gladstone, en su discurso de Newcastle, dijo que estaba informado de que el presidente rebelde, cuyo panegirista se hizo, tendría pronto una flota.3 ¿Era una alusión a la flota que han construido sus amigos de Liverpool?... Lord Palmerston y Russell están animados, como los tories, por un odio al republicanismo que pasa por encima de toda consideración y todo escrúpulo, mientras que el señor Gladstone, quizá el primer ministro del futuro, se declara abiertamente admirador de los usurpadores perjuros que se han conjurado para eternizar y propagar la esclavitud.»

Entre los periódicos de América llegados hoy, el más interesante es quizá el órgano de los confederados, el Richmond Examiner. Trae un extenso artículo sobre la situación, cuyo contenido más importante resumo en el siguiente extracto:

«El aumento extraordinario y repentino de la fuerza naval enemiga amenaza con sombrías perspectivas. Tal alcance ha adquirido esta arma que en muchos aspectos nos parece más peligrosa que la fuerza terrestre del enemigo. Los yanquis disponen ahora de 200 buques de guerra más que al estallar la guerra. Se han hecho grandes preparativos para las operaciones navales del próximo invierno, y, además de los buques ya en servicio, hay unos 50 buques de guerra acorazados todavía en construcción. Tenemos todos los motivos para creer que la flota yanqui que asaltará nuestra costa este invierno superará con mucho a sus predecesoras por el armamento y la construcción de los buques. Los objetivos de las expediciones inminentes son de la mayor importancia. Se trata de tomar nuestros últimos puertos de mar, completar el bloqueo y, por último, abrir puntos de invasión en distritos del Sur para ejecutar allí en la práctica, al comenzar el año nuevo, el acta de emancipación. Sería necio negar las ventajas que nuestro enemigo ha de sacar de la toma de nuestros últimos puertos, o despachar a la ligera semejante desgracia con el consuelo de que siempre podremos batir al enemigo haciendo la guerra en el interior... Con Charleston, Savannah y Mobile en manos del enemigo, el bloqueo se llevaría a cabo con un rigor que ni siquiera nuestros sufrimientos de hasta ahora dejaban sospechar. Tendríamos que abandonar toda idea de construir una flota a este lado del océano Atlántico y someternos de nuevo a la humillación de entregar al enemigo nuestros buques en construcción o destruirlos nosotros mismos. Nuestro gran sistema de comunicaciones ferroviarias en los Estados algodoneros quedaría más o menos roto, y quizá aprenderíamos demasiado tarde que la guerra terrestre, en la que tantas esperanzas se ponen, tendría que proseguirse en circunstancias que impedirían mantener, abastecer y concentrar grandes ejércitos... Pero estos funestos resultados de la toma de nuestros puertos desaparecen ante un peligro mayor, el mayor peligro de esta guerra: la ocupación de puntos en los Estados algodoneros desde donde el enemigo pueda ejecutar su plan de emancipación. Naturalmente, se harán grandes esfuerzos para asegurar contra el fracaso esta medida favorita de los abolicionistas, para que el espíritu de venganza que el señor Lincoln ha encerrado en una botella hasta el 1 de enero no se desvanezca en un inofensivo burbujeo de gaseosa... El intento se hace ahora por nuestro lado más indefenso; se quiere envenenar el corazón del Sur... Predecir desgracias futuras suena mal a los oídos de la masa, que cree ciegamente en el Gobierno y toma la fanfarronería por patriotismo... No afirmamos que Charleston, Savannah y Mobile no estén en condiciones de defenderse. En el Sur hay, naturalmente, toda una sarta de autoridades militares según las cuales esos puertos son más inexpugnables que Gibraltar; pero los militares y sus portavoces han adormecido demasiadas veces a nuestro pueblo en una falsa seguridad... Oímos las mismas frases a propósito de Nueva Orleans. Según las descripciones, sus obras de defensa superaban a las de Tiro contra Alejandro. Sin embargo, una buena mañana el pueblo despertó para ver ondear la bandera enemiga sobre su puerto...4 El estado de defensa de nuestros puertos es un secreto de los círculos oficiales. Pero los indicios del pasado más reciente no son consoladores. Hace unas semanas Galveston cayó casi sin lucha en manos del enemigo.5 A los periódicos locales se les había prohibido escribir sobre los medios de defensa de la ciudad. Además, no sonó ningún grito de socorro que llegara al oído embotado del Gobierno. El pueblo no se agitó. Se pidió a su patriotismo que permaneciera en la ignorancia, que confiara en los jefes y que se sometiera a los decretos de la Providencia. De este modo cayó otra presa en el regazo del enemigo... El método de envolver todos los asuntos militares en el manto del secreto ha dado malos frutos al Sur. Puede que haya acallado la crítica y encubierto los errores del Gobierno. Pero no ha cegado al enemigo. Este parece siempre exactamente informado del estado de nuestras obras de defensa, mientras que nuestro pueblo solo conoce su debilidad cuando han caído en manos de los yanquis.»

  1. El crucero confederado Alabama, construido en los astilleros Laird de Birkenhead, junto a Liverpool, zarpó el 29 de julio de 1862 pese a las protestas del embajador norteamericano Adams y fue armado en las Azores; hundió o apresó decenas de mercantes de la Unión hasta ser hundido en 1864. Las reclamaciones por sus daños (Alabama claims) se resolvieron por arbitraje en 1872 con una indemnización de Inglaterra a los Estados Unidos. ↩

  2. Francis William Newman (1805-1897), filólogo y escritor inglés, hermano del cardenal Newman, partidario de la Unión. ↩

  3. En su discurso de Newcastle del 7 de octubre de 1862, el ministro de Hacienda William Ewart Gladstone afirmó que Jefferson Davis y los demás jefes del Sur habían «hecho un ejército», estaban haciendo, al parecer, una flota y habían «hecho una nación». ↩

  4. Nueva Orleans cayó en manos de la flota de la Unión de David Farragut a finales de abril de 1862. Alejandro Magno tomó Tiro en el 332 a. C. tras un asedio de siete meses. ↩

  5. Galveston (Texas) fue ocupada por la flota de la Unión en octubre de 1862; los confederados la recuperaron el 1 de enero de 1863. ↩