Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 11 de enero de 1862 y publicado en el New-York Daily Tribune, núm. 6499, del 1 de febrero de 1862 («De un corresponsal ocasional»). Traducido del original inglés según la transcripción del texto del Tribune del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con el facsímil de la página del periódico y con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 439-444), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen algunas erratas de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Londres, 11 de enero de 1862

La noticia de la solución pacífica del conflicto del Trent fue saludada por la gran mayoría del pueblo inglés con un júbilo que demostraba de modo inequívoco la impopularidad de la guerra temida y el miedo a sus consecuencias. Nunca debería olvidarse en los Estados Unidos que al menos las clases trabajadoras de Inglaterra no los abandonaron jamás, desde el comienzo hasta el final del conflicto. Gracias a ellas, pese a los estimulantes venenosos que administraba a diario una prensa venal y temeraria, no pudo celebrarse en el Reino Unido ni un solo mitin público en favor de la guerra durante todo el tiempo en que la paz pendió de un hilo. El único mitin belicista, convocado a la llegada del La Plata en la sala de ventas de algodón de la Bolsa de Liverpool, fue una reunión de rincón en la que los especuladores del algodón estuvieron solos. Incluso en Manchester se conocía tan bien el ánimo de las clases trabajadoras que un intento aislado de convocar un mitin belicista se abandonó casi en cuanto se pensó.

Dondequiera que hubo mítines públicos en Inglaterra, Escocia o Irlanda, protestaron contra los rabiosos gritos de guerra de la prensa y contra los siniestros designios del Gobierno, y se pronunciaron por un arreglo pacífico de la cuestión pendiente. En este sentido son característicos los dos últimos mítines celebrados, uno en Paddington, Londres, y el otro en Newcastle-upon-Tyne. El primero aplaudió la argumentación del señor Washington Wilkes1 según la cual Inglaterra no tenía razón para reprochar la captura de los comisionados del Sur; el de Newcastle aprobó casi por unanimidad la resolución de que, en primer lugar, los norteamericanos no habían hecho más que ejercer legalmente el derecho de visita y de captura, y, en segundo lugar, el capitán del Trent debía ser castigado por haber violado la neutralidad inglesa proclamada por la reina.2 En circunstancias ordinarias, la conducta de los obreros británicos habría podido preverse por la simpatía natural que las clases populares del mundo entero deben sentir por el único Gobierno popular del mundo.

Pero en las circunstancias presentes —cuando una gran parte de las clases trabajadoras británicas sufre directa y duramente las consecuencias del bloqueo del Sur; cuando otra parte se ve indirectamente golpeada por la reducción del comercio norteamericano, debida, según les dicen, a la egoísta «política proteccionista» de los republicanos;3 cuando el único semanario democrático que quedaba, el periódico de Reynolds, se ha vendido a los señores Yancey y Mann4 y semana tras semana agota sus caballos de vapor de lenguaje soez en llamamientos a las clases trabajadoras para que empujen al Gobierno, por su propio interés, a la guerra con la Unión—, en tales circunstancias la simple justicia obliga a rendir tributo a la sana actitud de las clases trabajadoras británicas, tanto más cuanto que contrasta con la conducta hipócrita, matona, cobarde y estúpida del John Bull oficial y acomodado.

¡Qué diferencia entre esta actitud del pueblo y la que adoptó en tiempos de la complicación rusa! Entonces el Times, el Post y los demás Yellowplush5 de la prensa londinense gimoteaban por la paz, y los reprendían tremendos mítines por la guerra en todo el país. Ahora han aullado por la guerra, y les han respondido mítines por la paz que denunciaban los planes liberticidas y la simpatía esclavista del Gobierno. Las muecas que hicieron los augures de la opinión pública ante la noticia de la solución pacífica del caso del Trent son verdaderamente divertidas.

En primer lugar, han tenido que felicitarse por la dignidad, el sentido común, la buena voluntad y la moderación que demostraron a diario durante todo un mes. Fueron moderados durante los dos primeros días tras la llegada del La Plata, mientras Palmerston no tuvo claro si podía hallarse algún pretexto legal para una disputa. Pero en cuanto los juristas de la Corona dieron con una argucia legal, armaron una cencerrada como no se había oído desde la guerra contra los jacobinos. Los despachos del Gobierno inglés salieron de Queenstown a comienzos de diciembre. No podía esperarse ninguna respuesta oficial de Washington antes de principios de enero. Los nuevos incidentes surgidos en el intervalo hablaban todos en favor de los norteamericanos. El tono de la prensa transatlántica, aunque el asunto del Nashville6 hubiera podido excitar sus pasiones, era sereno. Todos los hechos comprobados coincidían en mostrar que el capitán Wilkes había actuado por su cuenta. La posición del Gobierno de Washington era delicada. Si resistía a las exigencias inglesas, complicaría la guerra civil con una guerra exterior. Si cedía, podía dañar su popularidad en casa y parecer que cedía a la presión extranjera. Y el Gobierno que se hallaba en esa situación sostenía al mismo tiempo una guerra que debe atraerle las más cálidas simpatías de todo hombre que no sea un rufián declarado.

La prudencia más elemental y la decencia convencional deberían, pues, haber dictado a la prensa londinense que se abstuviera cuidadosamente, al menos durante el tiempo que mediaba entre la exigencia inglesa y la respuesta norteamericana, de toda palabra capaz de enardecer las pasiones, sembrar malquerencia o complicar la dificultad. ¡Pero no! Esa prensa «indeciblemente mezquina y rastrera», como la llama William Cobbett, que era connoisseur,7 se jactó de verdad de haberse sometido humildemente, cuando temía el poder compacto de los Estados Unidos, a los desaires e insultos acumulados de administraciones esclavistas durante casi medio siglo, mientras que ahora, con el júbilo salvaje de los cobardes, ansiaba tomarse la revancha con la Administración republicana, distraída por una guerra civil. Los anales de la humanidad no registran una infamia confesada como esta.

Uno de los Yellowplush, el Moniteur privado de Palmerston,8 el Morning Post, se ve objeto de una acusación muy fea por parte de los periódicos norteamericanos. A John Bull nunca se le ha informado —la información se la han ocultado cuidadosamente los oligarcas que le hacen de amos— de que el señor Seward, sin esperar al despacho de Russell, había negado toda participación del gabinete de Washington en el acto del capitán Wilkes. El despacho del señor Seward llegó a Londres el 19 de diciembre. El 20 de diciembre el rumor de ese «secreto» corría por la Bolsa. El 21, el Yellowplush del Morning Post se adelantó para anunciar con gravedad que «el despacho en cuestión no se refiere en modo alguno al ultraje sufrido por nuestro vapor correo».9

En el Daily News, el Morning Star y otros periódicos londinenses verá usted a Yellowplush tratado con bastante dureza, pero no sabrá por ellos lo que dice la gente en la calle. Dice que el Morning Post y el Times, como la Patrie y el Pays,10 engañaron al público no solo para extraviarlo políticamente, sino para desplumarlo en la Bolsa en el terreno del dinero, en interés de sus patronos.

El desvergonzado Times, muy consciente de que durante toda la crisis no ha comprometido a nadie más que a sí mismo y de que ha dado una prueba más de lo huero de su pretensión de influir en el pueblo real de Inglaterra, juega hoy una baza que aquí, en Londres, solo actúa sobre los músculos de la risa, pero que al otro lado del Atlántico podría malinterpretarse. Las «clases populares» de Londres, el «populacho», como las llama Yellowplush, han dado signos inequívocos —incluso lo han insinuado en los periódicos— de que les parecería una broma de lo más oportuna tributar a Mason (dicho sea de paso, pariente lejano de Palmerston, pues el Mason originario se casó con una hija de sir W. Temple),11 Slidell y compañía las mismas demostraciones que recibió Haynau en su visita a la cervecería Barclay.12 El Times se queda horrorizado ante la mera idea de un incidente tan escandaloso, ¿y cómo intenta pararlo? ¡Exhorta al pueblo de Inglaterra a no abrumar a Mason, Slidell y compañía con ninguna clase de ovación pública! El Times sabe que su artículo de hoy será el hazmerreír de todas las tabernas de Londres. ¡Pero qué más da! Al otro lado del Atlántico quizá la gente se figure que la magnanimidad del Times le ha ahorrado la afrenta de unas ovaciones públicas a Mason, Slidell y compañía, cuando en realidad el Times solo pretende ahorrar a esos caballeros un insulto público.

Mientras el asunto del Trent estuvo sin decidir, el Times, el Post, el Herald, el Economist, la Saturday Review, en suma, toda la prensa elegante y mercenaria de Londres, había hecho lo indecible por persuadir a John Bull de que el Gobierno de Washington, aunque quisiera, sería incapaz de mantener la paz, porque el populacho yanqui no lo permitiría y porque el Gobierno federal era un Gobierno del populacho. Los hechos les han desmentido rotundamente. ¿Expían ahora sus malignas calumnias contra el pueblo norteamericano? ¿Confiesan al menos los errores que Yellowplush, al tener la presunción de juzgar los actos de un pueblo libre, no podía dejar de cometer? En absoluto. Ahora descubren unánimes que el Gobierno norteamericano, al no adelantarse a las exigencias de Inglaterra y no entregar a los traidores del Sur en cuanto fueron capturados, ha desperdiciado una gran ocasión y ha privado de todo mérito a su concesión de ahora. ¡Vaya, Yellowplush! El señor Seward desautorizó el acto de Wilkes antes de que llegaran las exigencias inglesas y se declaró enseguida dispuesto a emprender un camino conciliador; ¿y qué hicisteis vosotros en ocasiones semejantes? Cuando, con el pretexto de reclutar a la fuerza a marineros ingleses a bordo de barcos norteamericanos —un pretexto que nada tenía que ver con los derechos marítimos de los beligerantes, sino que era una usurpación lisa y llana, monstruosa, contra todo derecho internacional—, el Leopard disparó su andanada contra el Chesapeake, mató a seis de sus marineros, hirió a veintiuno y se apoderó de los supuestos ingleses que iban a bordo del Chesapeake, ¿qué hizo el Gobierno inglés? Aquel ultraje se perpetró el 20 de junio de 1807.13 La satisfacción real, la entrega de los marineros, etc., no se ofreció hasta el 8 de noviembre de 1812, cinco años después. Es cierto que el Gobierno británico desautorizó enseguida el acto del almirante Berkeley, como hizo el señor Seward con el del capitán Wilkes; pero, para castigar al almirante, lo trasladó de un rango inferior a otro superior. Inglaterra, al proclamar sus órdenes del Consejo,14 confesó claramente que eran ultrajes a los derechos de los neutrales en general y de los Estados Unidos en particular; que se le habían impuesto como medidas de represalia contra Napoleón, y que estaría encantada de revocarlas en cuanto Napoleón revocase sus atropellos contra los derechos de los neutrales. Napoleón los revocó, en lo que tocaba a los Estados Unidos, en la primavera de 1810. Inglaterra persistió en su confesado ultraje a los derechos marítimos de Norteamérica. Su resistencia duró de 1806 al 23 de junio de 1812, después de que, el 18 de junio de 1812, los Estados Unidos hubieran declarado la guerra a Inglaterra. Inglaterra se abstuvo, pues, en este caso durante seis años, no de expiar un ultraje confesado, sino de ponerle fin. ¡Y esta gente habla de la magnífica ocasión que ha desperdiciado el Gobierno norteamericano! Con razón o sin ella, fue un acto cobarde del Gobierno británico respaldar una queja fundada en un supuesto defecto técnico, un simple error de procedimiento, con un ultimátum, con la exigencia de entregar a los prisioneros. El Gobierno norteamericano podía tener razones para acceder a esa exigencia; no podía tener ninguna para adelantarse a ella.

Con el actual arreglo del choque del Trent no se ha resuelto la cuestión que subyacía a toda la disputa y que probablemente volverá a plantearse: los derechos de una potencia marítima beligerante frente a los neutrales. Con su permiso, intentaré pasar revista a toda la cuestión en una carta posterior. Por ahora, permítame añadir que, en mi opinión, los señores Mason y Slidell han prestado un gran servicio al Gobierno federal. Había en Inglaterra un influyente partido de la guerra que, en parte por razones comerciales y en parte por razones políticas, se mostraba ansioso de pelea con los Estados Unidos. El asunto del Trent puso a prueba a ese partido. Ha fracasado. La pasión guerrera se ha descontado en una cuestión menor, se ha dejado escapar el vapor, la vociferante furia de la oligarquía ha despertado las sospechas de la democracia inglesa, los grandes intereses británicos ligados a los Estados Unidos se han plantado, la verdadera naturaleza de la guerra civil se ha hecho comprender a las clases trabajadoras y, por último, aunque no menos importante, el peligroso periodo en el que Palmerston gobierna en solitario, sin el freno del Parlamento, toca rápidamente a su fin. Ese era el único momento en el que podía arriesgarse una guerra inglesa en favor de los esclavócratas. Ahora está fuera de cuestión.

  1. Washington Wilks, periodista y orador radical londinense; el Tribune escribe «Wilkes». ↩

  2. La proclamación de neutralidad de la reina Victoria del 13 de mayo de 1861 prohibía a los súbditos británicos, entre otras cosas, transportar despachos de los beligerantes; según la resolución de Newcastle, el capitán del Trent la había infringido al llevar a bordo a los comisionados confederados. ↩

  3. El arancel Morrill, de marzo de 1861, que elevó fuertemente los derechos de aduana de los Estados Unidos. ↩

  4. Reynolds's Newspaper, semanario radical fundado en 1850 por George William MacArthur Reynolds. William Lowndes Yancey y Ambrose Dudley Mann, comisionados de la Confederación en Europa. ↩

  5. Charles Yellowplush, el lacayo cuyas memorias inventó Thackeray (The Yellowplush Papers, 1837-1838): aquí, la prensa lacaya. El término lo usa Marx en inglés. ↩

  6. El crucero confederado Nashville había apresado e incendiado en el canal de la Mancha, el 19 de noviembre de 1861, al mercante de la Unión Harvey Birch, y se refugió luego en Southampton. ↩

  7. William Cobbett (1763-1835), panfletario radical inglés; connoisseur: entendido, en francés en el original. ↩

  8. Le Moniteur universel, el diario oficial del Gobierno francés. ↩

  9. Véase la correspondencia de Marx para Die Presse del 14 de enero de 1862, «Sobre la historia del despacho de Seward ocultado». ↩

  10. La Patrie y Le Pays, diarios bonapartistas de París. ↩

  11. Sir William Temple (1628-1699), diplomático y escritor inglés, de cuya familia procedía la de Palmerston (Henry John Temple). ↩

  12. El general austriaco Julius von Haynau, verdugo de las revoluciones italiana y húngara de 1848-1849, fue atacado y apaleado por los carreteros de la cervecería Barclay, Perkins & Co. cuando la visitó en Londres en septiembre de 1850. ↩

  13. La fragata británica Leopard atacó a la fragata norteamericana Chesapeake frente a la costa de Virginia el 22 de junio de 1807; el Tribune dice «20 de junio». El vicealmirante George Cranfield Berkeley, que había dado la orden, fue destituido de su mando en Halifax y nombrado poco después para el de Lisboa. ↩

  14. Las órdenes del Consejo de 1807, con las que el Gobierno británico respondió al bloqueo continental de Napoleón (decretos de Berlín, 1806, y de Milán, 1807) prohibiendo a los neutrales el comercio con los puertos de Francia y de sus aliados. ↩