Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 16 de mayo de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 138, del 20 de mayo de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 499-501), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 16 de mayo de 1862

Al llegar los primeros rumores de la caída de Nueva Orleans,1 el Times, el Herald, el Standard, el Morning Post, el Daily Telegraph y otros sympathisers ingleses de los negreros del Sur demostraron estratégica, táctica, filológica, exegética, política, moral y fortificatoriamente que el rumor era uno de esos «bulos» que Reuter, Havas, Wolff2 y sus understrappers (subalternos) echan a volar tan a menudo. Las defensas naturales de Nueva Orleans, se decía, habían sido reforzadas no solo con fuertes de nueva construcción, sino con máquinas infernales submarinas de toda clase y con cañoneras acorazadas. Luego estaba el espíritu espartano de los habitantes de Nueva Orleans y su odio mortal a los mercenarios de Lincoln. Por último, ¿no había sufrido Inglaterra ante Nueva Orleans la derrota que puso un final ignominioso a su segunda guerra contra los Estados Unidos (1812-1814)?3 Nada permitía dudar, pues, de que Nueva Orleans se inmortalizaría como una segunda Zaragoza o un segundo Moscú del «sudismo». Además, guardaba 15.000 balas de algodón con las que era tan fácil encender un fuego inextinguible de autoinmolación, por no hablar de que en 1814 las balas de algodón debidamente humedecidas se mostraron más indestructibles frente a la artillería incendiaria que los terraplenes de Sebastopol. La caída de Nueva Orleans era, pues, a todas luces, una de las conocidas fanfarronadas yanquis.

Cuando los primeros rumores se confirmaron con los vapores llegados de Nueva York dos días después, el grueso de la prensa proesclavista inglesa persistió en su escepticismo. El Evening Standard, en particular, era tan inquebrantable en su incredulidad que el mismo número publicó un primer editorial en el que se demostraba negro sobre blanco la inexpugnabilidad de la Ciudad de la Media Luna, y unas «últimas noticias» que anunciaban en grandes letras la caída de la ciudad inexpugnable. El Times, sin embargo, que siempre ha tenido la discreción por la mejor parte del valor,4 dio un giro. Dudaba todavía, pero se preparaba a la vez para cualquier cosa, ya que Nueva Orleans era una ciudad de rowdies (matones) y no de héroes. Esta vez el Times tenía razón. Nueva Orleans es una colonia plantada con la escoria de la bohemia francesa, en el sentido propio de la palabra una colonia penitenciaria francesa, y nunca, con el paso del tiempo, ha renegado de su origen. Solo que el Times llegó post festum a esta idea, bastante generalizada.

Pero finalmente el fait accompli (hecho consumado) derribó hasta al más ciego de los Tomás. ¿Qué hacer? La prensa proesclavista inglesa demuestra ahora que la caída de Nueva Orleans es una ventaja para los confederados y una derrota para los federales.

La caída de Nueva Orleans permitió al general Lovell5 reforzar con sus tropas el ejército de Beauregard,6 que necesitaba ese refuerzo tanto más cuanto que, según se dice, Halleck había concentrado frente a él 160.000 hombres (¡exagerado, sin duda!) y, por otra parte, el general Mitchel7 había cortado la comunicación de Beauregard con el este al interrumpir la línea férrea de Memphis a Chattanooga, es decir, a Richmond, Charleston y Savannah. Tras ese corte (que nosotros señalamos, mucho antes de la batalla de Corinth,8 como un movimiento estratégico necesario), a Beauregard no le quedaba otra comunicación ferroviaria desde Corinth que la de Mobile y Nueva Orleans. Una vez caída Nueva Orleans y reducido al único ferrocarril de Mobile, ya no podía, naturalmente, procurar a sus tropas las provisiones necesarias, y por eso se replegó sobre Tupelo; ¡y su capacidad de abastecerse, a juicio de la prensa proesclavista inglesa, aumenta naturalmente con la llegada de las tropas de Lovell!

Por otra parte, observan esos mismos oráculos, la fiebre amarilla diezmará a los federales en Nueva Orleans y, en fin, si la ciudad no es un Moscú, ¿no es su alcalde un Bruto?9 Basta leer (cf. New York) su carta melodramáticamente valerosa al comodoro Farragut.10 «Brave words, Sir, brave words!» («¡Valientes palabras, señor, valientes palabras!») Pero las palabras duras no rompen huesos.

Los órganos de prensa de los esclavistas del Sur, sin embargo, no ven la caída de Nueva Orleans con tanto optimismo como sus consoladores ingleses. Se verá por los extractos siguientes.

El Richmond Dispatch dice:

«¿Qué ha sido de las cañoneras acorazadas, del Mississippi y del Louisiana, de las que esperábamos la salvación de la Ciudad de la Media Luna? Esos barcos, a juzgar por su efecto contra el enemigo, igual podrían haber sido barcos de vidrio. Es inútil negar que la caída de Nueva Orleans es un duro golpe. El Gobierno confederado queda cortado por ella de Luisiana occidental, Texas, Misuri y Arkansas.»

El Norfolk Day Book observa:

«Es la derrota más seria desde el comienzo de la guerra. Augura privaciones y escasez para todas las clases de la sociedad y, lo que es peor, amenaza los suministros de nuestro ejército.»

El Atlanta Intelligencer11 se lamenta:

«Esperábamos otro resultado. La aproximación del enemigo no fue un ataque por sorpresa; estaba prevista desde hacía mucho, y se nos había prometido que, aunque llegase a pasar por delante de Fort Jackson, unos formidables medios de artillería le obligarían a retirarse o asegurarían su destrucción. En todo ello nos hemos engañado, como siempre que unas obras de fortificación tenían que garantizar la seguridad de una plaza o de una ciudad. Parece que los inventos modernos han aniquilado la capacidad defensiva de las fortificaciones. Las cañoneras acorazadas las destruyen o pasan tranquilamente por delante. Memphis, nos tememos, compartirá la suerte de Nueva Orleans. ¿No sería una locura engañarnos con una esperanza?»

Por último, el Petersburg Express:

«La toma de Nueva Orleans por los federales es el acontecimiento más extraordinario y funesto de toda la guerra.»

  1. La flota de la Unión al mando de Farragut forzó el paso de los fuertes Jackson y St. Philip, en el bajo Misisipi, el 24 de abril de 1862, y Nueva Orleans fue ocupada el 1 de mayo. ↩

  2. Las agencias telegráficas de noticias de Paul Julius Reuter (Londres), Charles-Louis Havas (París) y Bernhard Wolff (Berlín). ↩

  3. En la batalla de Nueva Orleans, el 8 de enero de 1815, las tropas norteamericanas de Andrew Jackson, parapetadas en parte tras balas de algodón, rechazaron a los ingleses; la paz de Gante ya se había firmado el 24 de diciembre de 1814. ↩

  4. Alusión a Shakespeare, Enrique IV, primera parte, acto V, escena 4: «The better part of valour is discretion» («La mejor parte del valor es la prudencia»). ↩

  5. Mansfield Lovell (1822-1884), general confederado, al mando de la defensa de Nueva Orleans. ↩

  6. Pierre Gustave Toutant Beauregard (1818-1893), general confederado, entonces al mando del ejército del Misisipi en Corinth. ↩

  7. Ormsby MacKnight Mitchel (1809-1862), astrónomo y general de la Unión; en abril de 1862 ocupó Huntsville (Alabama) y cortó el ferrocarril de Memphis a Chattanooga. ↩

  8. La batalla de Shiloh o de Pittsburg Landing (6 y 7 de abril de 1862), cerca de Corinth (Misisipi). Véase «1862 La guerra civil norteamericana». ↩

  9. John T. Monroe, alcalde de Nueva Orleans, que se negó a arriar la bandera confederada ante la flota de la Unión. ↩

  10. David Glasgow Farragut (1801-1870), oficial de marina de la Unión, conquistador de Nueva Orleans. ↩

  11. En la MEW, «Atlantic Intelligenzer». ↩