Escrito en alemán por Karl Marx en Londres el 20 de agosto de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 233, del 24 de agosto de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 527-529), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 20 de agosto de 1862

Lord John Russell es conocido entre los ingleses como letter writer (escritor de cartas). En su última misiva al señor Stuart1 se queja de los insultos de los periódicos norteamericanos contra la «vieja Inglaterra». Et tu, Brute! ¡No es posible hablar a solas con un inglés respetable que no se lleve las manos a la cabeza ante este tour de force! Como es sabido, el periodismo inglés hizo cosas insuperables de 1789 a 1815 en sus odiosos arrebatos de furia contra la nación francesa. ¡Y sin embargo, en el último año ha superado esa tradición con su malignant brutality (brutalidad maligna) contra los Estados Unidos! Bastarán un par de ejemplos recientes.

«Debemos», dice el Times, «todo nuestro peso moral a nuestros hermanos de raza» (los esclavistas del Sur), «que luchan con tanta valentía y tenacidad por su libertad contra una raza mestiza de bandidos y opresores.»

El Evening Post de Nueva York (el órgano abolicionista) observa a este respecto:

«¿Son estos libelistas ingleses, estos descendientes de britanos, daneses, sajones, celtas, normandos y holandeses, de sangre tan pura que todas las demás poblaciones les parecen razas mestizas?»

Poco después de publicar el pasaje anterior, el Times llamó, en negritas, al presidente Lincoln «un payaso respetable», a sus ministros «una banda de canallas y granujas» y al ejército de los Estados Unidos «un ejército cuyos oficiales son estafadores yanquis y cuyos soldados son ladrones alemanes». Y lord John Russell, no satisfecho con los laureles de sus misivas al obispo de Durham2 y a sir James Hudson en Turín,3 se atreve a hablar en su carta a Stuart de los «insultos de la prensa norteamericana» contra Inglaterra.

Pero ya se cuida la naturaleza de que los árboles no crezcan hasta el cielo. A despecho de la impertinencia maligna y del rencor odioso, la Inglaterra oficial mantendrá la paz con los «estafadores yanquis» y limitará sus profundas simpatías por los magnánimos traficantes de sangre humana del Sur a frases de papel secante y a empresas aisladas de contrabando, porque con la carestía del grano no se juega, y cualquier conflicto con los yanquis añadiría ahora el hambre a la penuria de algodón.

Inglaterra hace mucho que dejó de vivir de su propia producción de grano. En los años 1857, 1858 y 1859 importó grano y harina por valor de 66 millones de libras esterlinas; en los años 1860, 1861 y 1862, por valor de 118 millones. En cuanto a la masa de cereales y harina importados, fue de 10.278.774 quarters en 1859, de 14.484.976 en 1860 y de 16.094.914 en 1861. Solo en los últimos cinco años, pues, la importación de cereales aumentó un 50 por ciento.

En efecto, Inglaterra importa ya del extranjero la mitad del grano que necesita. Y todo hace prever que el año próximo añadirá a esa importación al menos un 30 por ciento, queremos decir un 30 por ciento en precio de coste, ya que la abundantísima cosecha de los Estados Unidos impedirá una subida excesiva del precio del grano. Pero que el déficit de la cosecha de cereales de este año quedará entre ¼ y ⅕ por debajo de una cosecha media está casi demostrado por los detallados informes que el Mark Lane Express y The Gardeners' Chronicle and Agricultural Gazette acaban de publicar sobre todos los distritos agrícolas. Si lord Brougham4 dijo después de la paz de 1815 que con su deuda pública de mil millones Inglaterra daba a Europa una prenda de su good behaviour (buena conducta), el déficit de la cosecha de este año da a los Estados Unidos la mejor garantía de que Inglaterra will not break the Queen's peace (no quebrantará la paz de la reina).

Se me ha comunicado la carta de uno de los mejores amigos de Garibaldi, desde Génova, de la que doy aquí algunos extractos.5

Dice entre otras cosas:

«Las últimas cartas de Garibaldi y de varios oficiales de su campamento llegaron aquí ayer (16 de agosto). Llevan fecha del 12 de agosto. Todas respiran la inquebrantable resolución del general de mantenerse fiel a su programa, “¡Roma o muerte!”, y contienen órdenes perentorias en ese sentido para sus amigos. Por otra parte, ayer salieron de Turín órdenes terminantes para el general Cugia6 de proceder a las últimas vías de hecho, es decir, de lanzarse con armas de fuego y blancas contra los voluntarios y de hacer prisioneros a Garibaldi y a sus amigos si se negaba a deponer las armas en veinticuatro horas. Si las tropas obedecen, es inminente una grave catástrofe. La decisión de tomar medidas extremas se adoptó a raíz de un telegrama de París que decía: “El emperador no se rebajará a negociar con el Gobierno italiano antes de que Garibaldi sea desarmado”. Si Rattazzi7 hubiese amado a su patria más que a su cargo, habría dimitido y habría permitido que lo sustituyese Ricasoli8 u otro ministro menos impopular. Habría considerado que tomar partido con Luis Bonaparte contra Italia, en lugar de con Italia contra Bonaparte, es poner en peligro la monarquía a la que pretende servir. Si en Sicilia corre sangre italiana por manos italianas, no será culpa de Garibaldi, porque su grito de guerra es “¡Viva el ejército italiano!”, y la entusiasta manera en que ese ejército es recibido en todas partes demuestra qué obediencia encuentra Garibaldi. Pero si el ejército derramase la sangre de los voluntarios, ¿quién se atreve a contar con que el pueblo lo soporte tranquilamente?»

  1. William Stuart, encargado de negocios británico en Washington en 1862, durante la ausencia de lord Lyons. ↩

  2. En noviembre de 1850, en plena agitación contra la restauración de la jerarquía católica en Inglaterra por el papa, Russell, entonces primer ministro, publicó una carta al obispo de Durham en la que denunciaba la «agresión papal». ↩

  3. En un despacho a sir James Hudson, embajador británico en Turín, del 27 de octubre de 1860, Russell había justificado el derecho de los italianos a derrocar a sus príncipes y a unirse en un reino. ↩

  4. Henry Peter Brougham (1778-1868), jurista y político whig, lord canciller de 1830 a 1834. ↩

  5. En julio de 1862 Garibaldi reunió voluntarios en Sicilia para marchar sobre Roma, defendida por una guarnición francesa. El Gobierno de Rattazzi, presionado por Napoleón III, declaró el estado de sitio en Sicilia y en el sur; el 29 de agosto las tropas reales detuvieron a Garibaldi, herido, en Aspromonte. ↩

  6. Efisio Cugia (1818-1872), general italiano, prefecto de Palermo y comandante de las tropas de Sicilia en 1862. ↩

  7. Urbano Rattazzi (1808-1873), presidente del Consejo de Ministros de Italia de marzo a diciembre de 1862. ↩

  8. Bettino Ricasoli (1809-1880), presidente del Consejo de Ministros de Italia de 1861 a 1862, predecesor de Rattazzi. ↩