Escrito en alemán por Karl Marx y Friedrich Engels entre el 23 y el 25 de mayo de 1862 y publicado en Die Presse (Viena), núm. 148, del 30 de mayo de 1862. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 15 (Berlín, 1961, pp. 504-507), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La toma de Nueva Orleans, como muestran los informes detallados llegados ahora, destaca como una hazaña casi sin igual de la flota. La flota de los unionistas se componía solo de buques de madera: unos seis buques de guerra, cada uno con 14 a 25 cañones, apoyados por una numerosa escuadra de cañoneras y lanchas de morteros. Esta flota tenía delante dos fuertes que cerraban el paso del Misisipi.1 Al alcance de los cien cañones de esos fuertes, el río estaba cerrado por una fuerte cadena tras la cual se habían acumulado torpedos, brulotes y otros instrumentos de destrucción. Había, pues, que superar estos primeros obstáculos para llegar a la altura de los fuertes. Pero más allá de los fuertes había una segunda y formidable línea de defensa, formada por cañoneras acorazadas, entre ellas el Manassas, un ariete de hierro, y el Louisiana, una poderosa batería flotante. Después de bombardear durante seis días, sin efecto alguno, los dos fuertes, que dominan por completo el río, los unionistas decidieron desafiar su fuego, forzar en tres divisiones la barrera de hierro, remontar el río y arriesgarse a combatir con los ironsides (acorazados). La audacia tuvo éxito. En cuanto la flotilla desembarcó ante Nueva Orleans, la victoria estaba, naturalmente, decidida.

Beauregard ya no tenía nada que defender en Corinth. Su posición allí solo tenía sentido mientras cubría Misisipi y Luisiana, y en especial Nueva Orleans. Ahora se encuentra estratégicamente en una situación en la que una batalla perdida no le dejaría otra opción que disolver su ejército en guerrillas, porque sin una gran ciudad a la espalda de su ejército, en la que se concentren ferrocarriles y medios de abastecimiento, ya no puede mantener reunidas grandes masas.

McClellan ha demostrado de manera irrefutable que es una incapacidad militar que, elevada por azares favorables a un puesto de mando y responsabilidad, hace la guerra no para batir al enemigo, sino más bien para no ser batido por él y perder así su propia grandeza usurpada. Se comporta como los antiguos llamados «generales de maniobra», que disculpaban su temerosa evitación de toda decisión táctica diciendo que obligaban al enemigo a abandonar sus posiciones mediante envolvimientos estratégicos. Los confederados se le escapan siempre, porque en el momento decisivo nunca se lanza sobre ellos. Así, aunque su plan de retirada se había anunciado diez días antes incluso en periódicos de Nueva York (por ejemplo, en el Tribune), los dejó retirarse tranquilamente de Manassas a Richmond. Luego dividió su ejército y flanqueó estratégicamente a los confederados instalándose con un cuerpo de tropas ante Yorktown. Una guerra de sitio siempre ofrece pretexto para perder el tiempo y evitar la batalla. En cuanto hubo concentrado una fuerza superior a la de los confederados, los dejó retirarse de Yorktown a Williamsburg y de allí más lejos, sin obligarlos a dar batalla. Nunca se ha llevado una guerra de manera tan lamentable. Si el combate de retirada de Williamsburg,2 en lugar de acabar en un segundo Bull Run para las tropas de la Unión, terminó con una derrota de la retaguardia confederada, McClellan no tuvo ninguna parte en ese resultado.

Tras una marcha de unas doce millas (inglesas), bajo un aguacero de veinticuatro horas y por auténticos lodazales, 8.000 soldados de la Unión al mando del general Heintzelman3 (de origen alemán, pero nacido en Pensilvania) llegaron cerca de Williamsburg y solo encontraron débiles piquetes del enemigo. Pero en cuanto este se cercioró de su escasa fuerza numérica, envió desde Williamsburg, de entre sus mejores tropas, refuerzos que fueron elevando sus efectivos hasta 25.000 hombres. A las nueve de la mañana el combate se hizo serio; a las doce y media el general Heintzelman se dio cuenta de que el combate se inclinaba a favor del adversario. Envió mensajero tras mensajero al general Kearny,4 que estaba ocho millas a su espalda, pero que, con el camino completamente «deshecho» por la lluvia, solo podía avanzar lentamente. Durante una hora entera Heintzelman se quedó sin refuerzos, y los regimientos 7.º y 8.º de Nueva Jersey, que habían agotado su munición, empezaron a huir hacia el bosque a ambos lados del camino. Heintzelman hizo entonces desplegar al coronel Menill con un escuadrón de caballería de Pensilvania a ambas lindes del bosque, con la amenaza de disparar contra los fugitivos. Esto volvió a detenerlos.

El orden se restableció además gracias al ejemplo de un regimiento de Massachusetts que también había agotado su munición, pero que calaba ahora la bayoneta en los mosquetes y esperaba al enemigo con calma. Por fin apareció la vanguardia de Kearny al mando del brigadier Berry5 (del estado de Maine). El ejército de Heintzelman recibió a sus salvadores con un hurra salvaje; él hizo tocar a la música del regimiento el Yankee Doodle y formar, con la llegada de Berry, una línea de casi media milla delante de sus tropas agotadas. Tras un tiroteo preliminar, la brigada de Berry dio una carga a la bayoneta a paso de asalto y expulsó al enemigo del campo de batalla hacia sus terraplenes, el mayor de los cuales quedó, tras repetidos ataques y contraataques, en poder de las tropas de la Unión. Así se restableció el equilibrio de la batalla. La llegada de Berry había salvado a los unionistas. A las cuatro, la llegada de las brigadas de Jameson y Birney decidió su victoria. A las nueve de la noche empezó la retirada de los confederados de Williamsburg, que prosiguieron al día siguiente, en dirección a Richmond, perseguidos de cerca por la caballería de Heintzelman. Ya entre las seis y las siete de la mañana siguiente a la batalla había hecho ocupar Heintzelman Williamsburg por el general Jameson. La retaguardia del enemigo en fuga había evacuado la ciudad por el extremo opuesto solo media hora antes. La batalla de Heintzelman fue una batalla de infantería en el sentido propio de la palabra. La artillería apenas entró en juego. Decidieron el fuego de mosquetería y la carga a la bayoneta. Si el Congreso de Washington quería votar un agradecimiento, le correspondía al general Heintzelman, que salvó a los yanquis de un segundo Bull Run, y no a McClellan, que a su manera habitual eludió «la decisión táctica» y dejó escapar por tercera vez a un adversario numéricamente más débil.

El ejército confederado de Virginia tiene mejores probabilidades que el ejército de Beauregard, por una parte porque tiene enfrente a un McClellan en lugar de a un Halleck, y por otra porque en su línea de retirada los muchos ríos corren transversalmente desde la montaña hacia el mar. Sin embargo, para evitar disolverse en bandas sin batalla, sus generales se verán obligados tarde o temprano a aceptar una batalla decisiva, igual que los rusos tuvieron que batirse en Smolensk y Borodinó contra la voluntad de los generales que juzgaban acertadamente. Por lamentable que haya sido la conducción de la guerra de McClellan, la continua retirada, con abandono de artillería, munición y otros pertrechos de guerra, junto con los pequeños y desgraciados combates de retirada, ha desmoralizado en todo caso gravemente a los confederados, como se pondrá de manifiesto el día de una batalla decisiva. Llegamos, pues, a esta conclusión:

Si Beauregard o Jefferson Davis pierden una batalla decisiva, sus ejércitos se disolverán en bandas. Si uno de ellos gana una batalla decisiva, lo cual es de todo punto improbable, en el mejor de los casos la disolución de sus ejércitos quedará aplazada. No están en condiciones de sacar el menor provecho duradero ni siquiera de una victoria. No pueden avanzar veinte millas inglesas sin atascarse y tener que esperar de nuevo la ofensiva renovada del adversario.

Queda por examinar las posibilidades de una guerra de guerrillas. Ahora bien, precisamente en esta guerra de los esclavistas es sumamente asombroso lo poco, o más bien lo nada, que la población ha participado en ella. En 1813, las comunicaciones de los franceses fueron interrumpidas y hostigadas sin cesar por Colomb, Lützow, Chernyshov6 y otros veinte jefes de guerrilleros y de cosacos. En 1812, en Rusia, la población desapareció por completo de la línea de marcha francesa; en 1814, los campesinos franceses se armaron y mataron a las patrullas y a los rezagados de los aliados; pero aquí no ocurre nada en absoluto. Se someten al destino de las grandes batallas y se consuelan con «Victrix causa diis placuit, sed victa Catoni».7 Las fanfarronadas de la guerra a cuchillo se desvanecen en humo. Es cierto que apenas cabe dudar de que el white trash (la «basura blanca», como llaman los propios plantadores a los «blancos pobres») intentará la guerra de guerrillas y el bandidaje. Pero un intento así convertirá muy pronto a los plantadores propietarios en unionistas. Ellos mismos llamarán en su ayuda a las tropas yanquis. Las supuestas quemas de algodón, etc., en el Misisipi descansan exclusivamente en el testimonio de dos habitantes de Kentucky que habrían llegado a Louisville, y desde luego no por el Misisipi. El incendio de Nueva Orleans fue fácil de organizar. El fanatismo de los comerciantes de Nueva Orleans se explica porque tuvieron que aceptar como dinero contante una masa de títulos de la deuda pública confederada. El incendio de Nueva Orleans se repetirá en otras ciudades; también se quemarán sin duda otras cosas, pero esos golpes teatrales solo pueden llevar al extremo la discordia entre los plantadores y el white trash, y con ello, finis Secessiae!

  1. Los fuertes Jackson y St. Philip, en el bajo Misisipi, unos 120 kilómetros río abajo de Nueva Orleans. ↩

  2. La batalla de Williamsburg (Virginia), del 5 de mayo de 1862, durante la campaña de la península de McClellan contra Richmond. ↩

  3. Samuel Peter Heintzelman (1805-1880), general de la Unión, jefe del III Cuerpo del ejército del Potomac. ↩

  4. Philip Kearny (1815-1862), general de la Unión, jefe de división en el cuerpo de Heintzelman. ↩

  5. Hiram Gregory Berry (1824-1863), general de brigada de la Unión. ↩

  6. Friedrich Karl von Colomb (1775-1854), oficial prusiano que mandó en 1813 un cuerpo franco a retaguardia de los franceses; Adolf von Lützow (1782-1834), jefe del cuerpo franco prusiano que llevó su nombre; Alexandr Ivánovich Chernyshov (1786-1857), general ruso que dirigió incursiones de cosacos en Alemania en 1813. ↩

  7. «La causa vencedora agradó a los dioses, pero la vencida a Catón» (Lucano, Farsalia, I, 128). ↩