Carta escrita en alemán por Karl Marx en Londres el 24 de enero de 1865 a Johann Baptist von Schweitzer, director del Social-Demokrat (Berlín), que la publicó en sus números 16, 17 y 18, del 1, 3 y 5 de febrero de 1865; fue el único artículo de Marx en ese periódico. Engels la reprodujo en 1885 como apéndice de la primera edición alemana de Miseria de la filosofía. Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 25-32), sin su aparato editorial, cotejada con la edición de 1885 (Stuttgart, J. H. W. Dietz), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas de Marx van indicadas; las demás son nuestras. Texto original en alemán.
Londres, 24 de enero de 1865
Muy señor mío:
Ayer recibí una carta en la que me pide usted un juicio detallado sobre Proudhon.1 La falta de tiempo no me permite satisfacer su deseo. Además, no tengo aquí a mano ninguno de sus escritos. Pero, para mostrarle mi buena voluntad, le esbozo rápidamente un breve apunte. Usted podrá luego completar, añadir, suprimir; en una palabra, hacer con él lo que le parezca.
De los primeros ensayos de Proudhon ya no me acuerdo. Su trabajo escolar sobre la «Langue universelle»2 muestra con qué desenfado abordaba problemas para cuya solución le faltaban aún los primeros conocimientos previos.
Su primera obra, ¿Qué es la propiedad?,3 es sin duda alguna su mejor obra. Hace época, si no por un contenido nuevo, sí por la manera nueva y audaz de decir cosas viejas. En las obras de los socialistas y comunistas franceses que él conocía, la «propriété» no solo había sido criticada de múltiples maneras, sino también «abolida» a la manera utópica. En ese escrito, Proudhon está con Saint-Simon y Fourier más o menos en la relación en que Feuerbach está con Hegel. Comparado con Hegel, Feuerbach es sumamente pobre. Y sin embargo hizo época después de Hegel, porque puso el acento en ciertos puntos, desagradables para la conciencia cristiana e importantes para el progreso de la crítica, que Hegel había dejado en un místico claroscuro.
Si se me permite expresarme así, en ese escrito de Proudhon reina todavía una fuerte musculatura de estilo. Y considero que su estilo es su mérito principal. Se ve que, incluso allí donde no hace más que reproducir cosas viejas, Proudhon las encuentra por sí mismo; que lo que dice era nuevo para él y pasa por nuevo. Una provocadora insolencia que pone las manos en el «sanctasanctórum» económico, una paradoja ingeniosa con la que se burla del sentido común burgués vulgar, un juicio demoledor, una ironía amarga, y, asomando de vez en cuando, un sentimiento hondo y verdadero de indignación ante la infamia de lo existente, una seriedad revolucionaria: con todo esto ¿Qué es la propiedad? electrizó y causó una gran conmoción cuando apareció. En una historia rigurosamente científica de la economía política, ese mismo escrito apenas merecería mención. Pero tales escritos sensacionalistas desempeñan en las ciencias su papel tanto como en la novela. Tómese, por ejemplo, el escrito de Malthus sobre la «población».4 En su primera edición no es más que un «sensational pamphlet»,5 y además un plagio de principio a fin. ¡Y, sin embargo, cuánto impulso dio este libelo contra el género humano!
Si tuviera delante el escrito de Proudhon, sería fácil mostrar con algunos ejemplos su primera manera. En los párrafos que él mismo consideraba más importantes imita el tratamiento de las antinomias de Kant —era el único filósofo alemán que conocía entonces, por traducciones— y deja la fuerte impresión de que para él, como para Kant, la solución de las antinomias es algo que cae «más allá» del entendimiento humano, es decir, algo sobre lo que su propio entendimiento no ve claro.
Pero, a pesar de todo su aparente asalto a los cielos, en ¿Qué es la propiedad? se encuentra ya la contradicción de que Proudhon, por una parte, critica la sociedad desde el punto de vista y con los ojos de un campesino parcelario francés (más tarde, del petit bourgeois), y, por otra, le aplica la medida que le habían transmitido los socialistas.
Lo insuficiente del escrito estaba ya indicado en su título. La pregunta estaba tan mal planteada que no podía responderse correctamente. Las «relaciones de propiedad» antiguas habían perecido en las feudales, y las feudales en las «burguesas». La historia misma había ejercido así su crítica sobre las relaciones de propiedad pasadas. De lo que se trataba realmente para Proudhon era de la propiedad moderna, burguesa, existente. A la pregunta de qué es esta solo se podía responder mediante un análisis crítico de la «economía política» que abarcara el conjunto de aquellas relaciones de propiedad, no en su expresión jurídica de relaciones de voluntad, sino en su forma real, es decir, como relaciones de producción. Pero como Proudhon enredó la totalidad de estas relaciones económicas en la noción jurídica general de «la propiedad», «la propriété», tampoco pudo ir más allá de la respuesta que Brissot,6 con las mismas palabras, había dado ya antes de 1789 en un escrito parecido: «La propriété c'est le vol» («La propiedad es el robo»).
En el mejor de los casos, lo único que sale de aquí es que las nociones jurídicas burguesas de «robo» se aplican también a la propia adquisición «honrada» del burgués. Por otra parte, como el «robo», en cuanto violación de la propiedad por la fuerza, presupone la propiedad, Proudhon se enredó en toda clase de quimeras, oscuras para él mismo, sobre la verdadera propiedad burguesa.
Durante mi estancia en París, en 1844, entré en relación personal con Proudhon. Lo menciono aquí porque soy en cierto grado culpable de su «sophistication», que es como llaman los ingleses a la adulteración de un artículo de comercio. En largos debates, a menudo de toda la noche, lo infecté, para gran perjuicio suyo, de hegelianismo, que él, sin embargo, por su desconocimiento de la lengua alemana, no podía estudiar como es debido. Lo que yo empecé lo continuó, después de mi expulsión de París, el señor Karl Grün.7 Este, como maestro de filosofía alemana, tenía sobre mí la ventaja de que él mismo no entendía nada de ella.
Poco antes de que apareciera su segunda obra importante, Philosophie de la misère, etc.,8 el propio Proudhon me la anunció en una carta muy detallada, en la que, entre otras cosas, se le escapan estas palabras: «J'attends votre férule critique» («Espero su férula crítica»). Esta cayó, en efecto, pronto sobre él (en mi escrito Misère de la philosophie, etc., París, 1847),9 y de un modo que puso fin para siempre a nuestra amistad.
Por lo que le he dicho, verá usted que la Philosophie de la misère ou Système des contradictions économiques de Proudhon contenía en realidad la respuesta a la pregunta ¿Qué es la propiedad? Proudhon, en efecto, no había empezado sus estudios económicos hasta después de la publicación de aquel escrito; había descubierto que a la pregunta que había planteado no se podía responder con una invectiva, sino solo mediante el análisis de la «economía política» moderna. Intentó al mismo tiempo exponer dialécticamente el sistema de las categorías económicas. En el lugar de las insolubles «antinomias» de Kant debía entrar, como medio de desarrollo, la «contradicción» hegeliana. Para juzgar su obra, gruesa, en dos tomos, tengo que remitirle a mi réplica. En ella mostraba, entre otras cosas, lo poco que había penetrado en el secreto de la dialéctica científica; cómo, por otra parte, comparte las ilusiones de la filosofía especulativa, al convertir con sus divagaciones las categorías económicas en ideas preexistentes, eternas, en lugar de concebirlas como expresiones teóricas de relaciones de producción históricas, correspondientes a una determinada fase de desarrollo de la producción material, y cómo, por este rodeo, vuelve a llegar al punto de vista de la economía burguesa.10
Muestro además lo deficiente, y en parte incluso escolar, que era su conocimiento de la «economía política», cuya crítica emprendía, y cómo va a la caza, con los utópicos, de una supuesta «ciencia» con la que hay que cavilar a priori una fórmula para la «solución de la cuestión social», en lugar de sacar la ciencia del conocimiento crítico del movimiento histórico, de un movimiento que produce él mismo las condiciones materiales de la emancipación. Pero, sobre todo, se muestra que Proudhon sigue confuso, equivocado y a medias acerca del fundamento de todo, el valor de cambio, y que incluso toma la interpretación utópica de la teoría del valor de Ricardo por el fundamento de una ciencia nueva. Sobre su punto de vista general juzgo, en resumen, como sigue:
«Toda relación económica tiene un lado bueno y otro malo: es el único punto en el que el señor Proudhon no se desmiente. El lado bueno lo ve resaltado por los economistas; el malo, denunciado por los socialistas. Toma prestada de los economistas la necesidad de las relaciones eternas; toma prestada de los socialistas la ilusión de no ver en la miseria más que la miseria (en lugar de ver en ella el lado revolucionario, destructor, que derribará la vieja sociedad).11 Está de acuerdo con unos y con otros, y para ello procura apoyarse en la autoridad de la ciencia. La ciencia se reduce para él a las exiguas proporciones de una fórmula científica; es el hombre a la caza de fórmulas. Así es como el señor Proudhon se jacta de haber hecho la crítica tanto de la economía política como del comunismo: está muy por debajo de ambos. Por debajo de los economistas, porque, como filósofo que tiene a mano una fórmula mágica, cree poder dispensarse de entrar en los detalles puramente económicos; por debajo de los socialistas, porque no tiene ni el valor suficiente ni las luces suficientes para elevarse, aunque solo sea especulativamente, por encima del horizonte burgués... Quiere planear, como hombre de ciencia, por encima de burgueses y proletarios; no es más que el pequeñoburgués, zarandeado constantemente entre el capital y el trabajo, entre la economía política y el comunismo».12
Por duro que suene este juicio, todavía hoy suscribo cada una de sus palabras. Pero téngase en cuenta al mismo tiempo que, en la época en que yo declaraba el libro de Proudhon el código del socialismo del petit bourgeois y lo demostraba teóricamente, los economistas políticos y los socialistas a la vez anatematizaban todavía a Proudhon como ultraarchirrevolucionario. Por eso tampoco me he sumado nunca, después, al griterío sobre su «traición» a la revolución. No fue culpa suya si, mal comprendido en un principio por los demás y por él mismo, no colmó esperanzas injustificadas.
En la Philosophie de la misère resaltan de modo muy desfavorable, en contraste con ¿Qué es la propiedad?, todos los defectos de la manera de exponer de Proudhon. El estilo es a menudo lo que los franceses llaman ampoulé (ampuloso). Una jerga especulativa altisonante, que pretende ser filosofía alemana, aparece en regla allí donde le falla la agudeza intelectual gala. Un tono charlatanesco, de autobombo, fanfarrón, y sobre todo la palabrería siempre tan desagradable sobre la «ciencia» y la falsa ostentación de ella, le atruenan a uno sin cesar los oídos. En lugar del calor verdadero que ilumina el primer escrito, aquí, en ciertos pasajes, se declama sistemáticamente hasta acalorarse con un ardor pasajero. A esto se añade la pedantería torpe y repelente del autodidacto cuyo orgullo natural de pensar por sí mismo con originalidad está ya quebrado y que ahora, como advenedizo de la ciencia, cree tener que pavonearse con lo que no es y no tiene. Y luego la mentalidad del pequeñoburgués, que ataca con brutalidad indecente —ni aguda ni profunda, ni siquiera acertada— a un hombre como Cabet,13 respetable por su actitud práctica ante el proletariado francés, mientras que se muestra cortés, por ejemplo, con un Dunoyer14 (eso sí, «consejero de Estado»), aunque toda la importancia de este Dunoyer consistía en la cómica seriedad con que predicó, a lo largo de tres gruesos volúmenes insoportablemente aburridos, el rigorismo que Helvétius caracteriza así: «On veut que les malheureux soient parfaits» (Se quiere que los desdichados sean perfectos).
La revolución de febrero15 le vino en verdad muy a deshora a Proudhon, que justo unas semanas antes había demostrado irrefutablemente que «la era de las revoluciones» había pasado para siempre. Su actuación en la Asamblea Nacional, por poca comprensión que mostrara de las circunstancias existentes, merece todo elogio. Después de la insurrección de junio16 fue un acto de gran valor. Tuvo además la feliz consecuencia de que el señor Thiers, en su réplica a las propuestas de Proudhon, publicada después como escrito aparte, demostró a toda Europa sobre qué pedestal de catecismo para párvulos se alzaba este pilar intelectual de la burguesía francesa.17 Frente al señor Thiers, Proudhon se hinchó, en efecto, hasta convertirse en un coloso antediluviano.
El descubrimiento del «crédit gratuit» (crédito gratuito) por Proudhon y el «Banco del Pueblo» (banque du peuple) fundado en él fueron sus últimas «hazañas» económicas.18 En mi escrito Contribución a la crítica de la economía política, cuaderno 1, Berlín, 1859 (pp. 59-64), se encuentra la prueba de que la base teórica de su opinión nace de un desconocimiento de los primeros elementos de la «economía política» burguesa, a saber, de la relación de las mercancías con el dinero, mientras que la superestructura práctica era mera reproducción de planes mucho más antiguos y mucho mejor elaborados. Que el sistema de crédito, así como sirvió por ejemplo en Inglaterra, a comienzos del siglo XVIII y luego otra vez a comienzos del XIX, para transferir la fortuna de una clase a otra, puede servir, en determinadas circunstancias económicas y políticas, para acelerar la emancipación de la clase trabajadora, no está sujeto a la menor duda, es evidente por sí mismo. Pero considerar el capital que rinde interés como la forma principal del capital, y querer hacer de una aplicación particular del sistema de crédito, de una supuesta abolición del interés, la base de la transformación de la sociedad, es una fantasía completamente filistea. Por eso, en efecto, esta fantasía se encuentra ya chapuceramente desarrollada en los portavoces económicos de la pequeña burguesía inglesa del siglo XVII. La polémica de Proudhon con Bastiat (1850)19 sobre el capital que rinde interés está muy por debajo de la Philosophie de la misère. Consigue que hasta Bastiat lo derrote, y prorrumpe en un estrépito burlesco allí donde su adversario lo acorrala.
Hace pocos años Proudhon escribió una memoria de concurso —creo que a instancias del Gobierno de Lausana— sobre los «impuestos».20 Aquí se extingue también la última huella de genialidad. No queda más que el petit bourgeois tout pur (el pequeñoburgués puro y simple).
En cuanto a los escritos políticos y filosóficos de Proudhon, en todos ellos se muestra el mismo carácter contradictorio y ambiguo que en los trabajos económicos. Además, solo tienen un valor local, francés. Sus ataques a la religión, la Iglesia, etc., tienen, sin embargo, un gran mérito local en una época en que los socialistas franceses consideraban oportuno mostrarse superiores, por su religiosidad, al volterianismo burgués del siglo XVIII y al ateísmo alemán del XIX. Si Pedro el Grande abatió la barbarie rusa con la barbarie, Proudhon hizo cuanto pudo por derribar la fraseología francesa con la frase.
Como no solo malos escritos, sino como vilezas, aunque vilezas acordes con el punto de vista pequeñoburgués, hay que calificar su escrito sobre el «Coup d'état»,21 en el que coquetea con L. Bonaparte y se esfuerza, en efecto, por hacerlo apetecible a los obreros franceses, y su último escrito contra Polonia,22 en el que, para mayor gloria del zar, practica un cinismo de cretino.
A menudo se ha comparado a Proudhon con Rousseau. Nada puede ser más falso. Se parece más bien a Nic. Linguet,23 cuya Théorie des loix civiles es, por lo demás, un libro muy genial.
Proudhon tenía una inclinación natural a la dialéctica. Pero como nunca comprendió la dialéctica verdaderamente científica, no pasó de la sofística. Esto estaba relacionado, en efecto, con su punto de vista pequeñoburgués. El pequeñoburgués, como el historiador Raumer,24 está compuesto de «por una parte» y «por otra parte». Así en sus intereses económicos, y por eso en su política, en sus opiniones religiosas, científicas y artísticas. Así en su moral, así in everything (en todo). Es la contradicción viviente. Si además es, como Proudhon, un hombre ingenioso, pronto aprenderá a jugar con sus propias contradicciones y a elaborarlas, según las circunstancias, en paradojas llamativas, ruidosas, a veces escandalosas, a veces brillantes. La charlatanería científica y la acomodación política son inseparables de semejante punto de vista. No queda ya más que un único motivo impulsor, la vanidad del sujeto, y, como para todos los vanidosos, solo se trata ya del éxito del momento, del revuelo del día. Así se extingue necesariamente el sencillo tacto moral que mantuvo siempre a un Rousseau, por ejemplo, alejado incluso de toda apariencia de compromiso con los poderes existentes.
Tal vez la posteridad caracterice la fase más reciente de la historia francesa diciendo que Louis Bonaparte fue su Napoleón y Proudhon su Rousseau-Voltaire.
Ahora tendrá usted que asumir la responsabilidad de haberme cargado con el papel de juez de los muertos tan poco después de la muerte del hombre.
Su muy seguro servidor,
Karl Marx
Pierre-Joseph Proudhon había muerto en Passy, junto a París, el 19 de enero de 1865. Schweitzer (1833-1875), lassalleano, dirigía desde diciembre de 1864 el Social-Demokrat, órgano de la Asociación General de Obreros Alemanes; Marx y Engels rompieron con el periódico pocas semanas después. ↩
Essai de grammaire générale (1837), memoria juvenil de Proudhon sobre el origen común de las lenguas. ↩
Qu'est-ce que la propriété? ou Recherches sur le principe du droit et du gouvernement (París, 1840). ↩
Thomas Robert Malthus, An Essay on the Principle of Population (Londres, 1798, anónimo; ediciones ampliadas desde 1803). ↩
«Panfleto sensacionalista». ↩
Jacques-Pierre Brissot (1754-1793), luego dirigente de los girondinos, en sus Recherches philosophiques sur le droit de propriété et sur le vol (1780). ↩
Karl Grün (1817-1887), escritor, uno de los principales representantes del «socialismo verdadero» alemán, residió en París desde 1844 y tradujo y difundió a Proudhon en Alemania. Marx fue expulsado de París en enero de 1845. ↩
Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère (París, 1846), en dos tomos. La carta de Proudhon a Marx es del 17 de mayo de 1846. ↩
Miseria de la filosofía (París y Bruselas, 1847). ↩
(Nota de Marx.) «Cuando los economistas dicen que las relaciones actuales —las relaciones de la producción burguesa— son naturales, dan a entender que son relaciones en las que la creación de la riqueza y el desarrollo de las fuerzas productivas se efectúan conforme a las leyes de la naturaleza. Por tanto, estas relaciones son ellas mismas leyes naturales independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. Así pues, ha habido historia, pero ya no la hay» (p. 113 de mi escrito). ↩
Las palabras entre paréntesis las añadió Marx en esta carta; no están en Miseria de la filosofía. ↩
(Nota de Marx.) L. c., pp. 119-120. ↩
Étienne Cabet (1788-1856), comunista utópico francés, autor del Voyage en Icarie (1840) y fundador de colonias comunistas «icarianas» en los Estados Unidos. ↩
Charles Dunoyer (1786-1862), economista liberal francés, autor de De la liberté du travail (1845, tres tomos), y consejero de Estado. ↩
La revolución de febrero de 1848 en París, que derribó la monarquía de Luis Felipe. ↩
La insurrección obrera de París del 23 al 26 de junio de 1848, aplastada por Cavaignac. ↩
El 31 de julio de 1848 Proudhon defendió en la Asamblea Nacional su propuesta de un impuesto sobre las rentas y los intereses; Adolphe Thiers le replicó en nombre de la comisión de Hacienda y publicó luego su escrito De la propriété (1848). La propuesta fue rechazada por todos los votos contra dos. ↩
Proudhon fundó en enero de 1849 un «Banco del Pueblo» que debía conceder a los productores crédito gratuito, sin interés; el banco se liquidó a los pocos meses, sin haber llegado a funcionar de verdad. ↩
Gratuité du crédit. Discussion entre M. F. Bastiat et M. Proudhon (París, 1850). Frédéric Bastiat (1801-1850), economista librecambista francés, apologista de la armonía de los intereses. ↩
Théorie de l'impôt (1861), presentada a un concurso convocado por el cantón de Vaud, cuya capital es Lausana. ↩
La Révolution sociale démontrée par le coup d'État du 2 décembre (París, 1852). ↩
Si les traités de 1815 ont cessé d'exister? (París, 1863), donde Proudhon se oponía a la restauración de Polonia. ↩
Simon-Nicolas-Henri Linguet (1736-1794), abogado y publicista francés, autor de una Théorie des loix civiles, ou Principes fondamentaux de la société (1767), crítica del liberalismo de los ilustrados; Marx la cita a menudo en El capital. ↩
Friedrich von Raumer (1781-1873), historiador alemán conservador, autor de una Historia de los Hohenstaufen. ↩