Escritas por Friedrich Engels en inglés en Manchester entre el 19 de junio y el 5 de julio de 1866 y publicadas sin firma en The Manchester Guardian, n.º 6190, 6194, 6197, 6201 y 6204, del 20, 25 y 28 de junio y del 3 y 6 de julio de 1866. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 169-189), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Las consideraciones que siguen tienen por objeto valorar los actuales acontecimientos de la guerra1 con imparcialidad y desde un punto de vista puramente militar y, en la medida de lo posible, examinar su probable influencia en las operaciones siguientes.

El terreno en que han de darse los primeros golpes decisivos es la zona fronteriza entre Sajonia y Bohemia. La guerra en Italia difícilmente puede llevar a resultados decisivos mientras no se tome el Cuadrilátero2, y esa será probablemente una operación bastante larga. Es posible que una parte no pequeña de las acciones de guerra se desarrolle en Alemania occidental, pero, a juzgar por la fuerza de las tropas que intervienen allí, los resultados de esas operaciones solo tendrán una importancia subordinada en comparación con los acontecimientos de la frontera bohemia. Por eso dirigiremos de momento nuestra atención exclusivamente a esta zona.

Para juzgar la fuerza de los ejércitos contendientes basta, para nuestros fines, con tener en cuenta solo la infantería, sin olvidar, sin embargo, que la caballería austriaca es en número a la prusiana como tres a dos. La proporción entre la artillería y la infantería es aproximadamente la misma en ambos ejércitos: unos 3 cañones por cada 1.000 hombres.

La infantería prusiana consta de 253 batallones de línea, 83½ batallones de reemplazo y 166 batallones de la Landwehr3 (del primer llamamiento, que comprende a los hombres de 27 a 32 años). Los batallones de reemplazo y la Landwehr forman las guarniciones de las fortalezas y están destinados, además, a emplearse contra los pequeños Estados alemanes, mientras que las tropas de línea están concentradas en Sajonia y en torno a ella para combatir al ejército austriaco del Norte. Descontando unos 15 batallones que ocupan Schleswig-Holstein y otros 15 batallones que formaban hasta ahora las guarniciones de Rastatt, Maguncia y Fráncfort4 y están concentrados ahora junto a Wetzlar, quedan unos 220 batallones para el ejército principal. Junto con la caballería y la artillería y las partes de la Landwehr que puedan retirarse de las fortalezas de los alrededores, este ejército tendrá unos 300.000 hombres, formados en nueve cuerpos de ejército.

El ejército austriaco del Norte comprende siete cuerpos de ejército, cada uno de los cuales es bastante más fuerte que un cuerpo prusiano. De momento sabemos muy poco de su composición y organización, pero tenemos toda clase de razones para suponer que forman un ejército de 320.000 a 350.000 hombres. La superioridad numérica parece, pues, asegurada a los austriacos.

El ejército prusiano estará bajo el mando supremo del rey, es decir, de un soldado de parada de capacidades a lo sumo muy mediocres y de carácter débil, aunque a menudo terco5. Lo rodearán, en primer lugar, el estado mayor general del ejército, a las órdenes del general Moltke6, un oficial excelente; en segundo lugar, su «gabinete militar secreto», compuesto por favoritos del rey; y, en tercer lugar, otros generales disponibles que pueda llamar a su séquito. No se puede inventar un sistema mejor para decidir la derrota de un ejército ya en la organización de su cuartel general. Aquí se llega de entrada a la rivalidad natural entre el estado mayor del ejército y el gabinete real; ambos lucharán por la influencia predominante y urdirán y defenderán su propio plan de operaciones. Esto solo ya haría casi imposible toda unidad de propósito y toda acción consecuente. Pero luego vienen los interminables consejos de guerra, inevitables en tales circunstancias, que en nueve casos de cada diez terminan con la adopción de una medida a medias, lo peor que puede haber en la guerra. En tales casos, las órdenes de hoy contradicen por lo general las de ayer, y cuando la situación se complica o algo amenaza con torcerse no se da orden alguna y las cosas siguen su curso. «Ordre, contreordre, désordre» («orden, contraorden, desorden»), solía decir Napoleón. Nadie es responsable, porque el rey irresponsable asume toda la responsabilidad, y por eso nadie hace nada sin orden expresa. La campaña de 1806 la dirigió de un modo semejante el padre del rey actual; el resultado fueron las derrotas de Jena y Auerstedt y la destrucción de todo el ejército prusiano en tres semanas7. No hay razón para suponer que el rey actual tenga más coraje que su padre; y si ha encontrado en el conde Bismarck un hombre al que puede seguir sin reparos en lo político, no hay en el ejército ningún hombre de posición lo bastante elevada que pueda asumir de manera semejante la dirección exclusiva en el terreno militar.

El ejército austriaco está bajo el mando único del general Benedek8, un oficial experimentado que, por lo menos, sabe lo que quiere. La superioridad en el mando supremo está decididamente del lado de los austriacos.

Las tropas prusianas están divididas en dos «ejércitos»: el primero, al mando del príncipe Federico Carlos9, consta de los cuerpos 1.º, 2.º, 3.º, 4.º, 7.º y 8.º; el segundo, al mando del príncipe heredero10, de los cuerpos 5.º y 6.º. La Guardia, que forma la reserva general, se agregará probablemente al primer ejército. Ahora bien, esta división no solo viola la unidad de mando, sino que lleva además muy a menudo a que los dos ejércitos operen por dos líneas distintas, a que tengan que coordinar sus movimientos y a que sitúen sus puntos de contacto mutuo al alcance del enemigo; en otras palabras, mantiene separados a los ejércitos cuando deberían mantenerse juntos tanto como fuera posible. Exactamente así, y en circunstancias muy semejantes, obraron los prusianos en 1806 y los austriacos en 1859, y unos y otros fueron derrotados. En cuanto a los dos jefes, el príncipe heredero es como soldado una magnitud desconocida, y el príncipe Federico Carlos no se mostró sin duda un gran general en la guerra de Dinamarca11.

El ejército austriaco no conoce tal división; los jefes de los cuerpos de ejército están directamente a las órdenes del general Benedek. Los austriacos son, por tanto, superiores a sus adversarios también en lo que toca a la organización del ejército.

Los soldados prusianos, en especial los reservistas y los hombres de la Landwehr con los que ha habido que cubrir los huecos de las tropas de línea (y huecos así hay muchos), van a la guerra contra su voluntad; los austriacos, en cambio, desean desde hace tiempo una guerra contra Prusia y esperan con impaciencia la orden de marcha. Por eso sus tropas son superiores también en lo moral.

Prusia no ha hecho ninguna gran guerra en cincuenta años; su ejército es, en conjunto, un ejército de paz, con la pedantería y la rutina propias de todos los ejércitos de paz. Sin duda se ha hecho mucho últimamente, sobre todo desde 1859, para librarse de ellas; pero los hábitos que imperan desde hace cuarenta años no se erradican tan fácilmente, y precisamente en los puestos más importantes, entre los jefes, hay todavía mucha gente incapaz y pedante. Los austriacos se curaron a fondo de este mal con la guerra de 1859 y han sacado el mejor partido de una experiencia pagada tan cara. Sin duda los austriacos son superiores a los prusianos también en los detalles de organización, en saber militar y en experiencia de combate.

Con excepción de los rusos, los prusianos son las únicas tropas cuya formación habitual de combate es la columna profunda y cerrada. Imagínese las ocho compañías de un batallón inglés en una columna a cuarto de distancia cuyo frente no lo forme una compañía sino dos, de modo que cuatro filas de dos compañías cada una formen la columna, y se tendrá la «columna de ataque prusiana». No puede imaginarse mejor blanco para las armas de fuego rayadas, y, como los cañones rayados pueden meter una granada en esta columna a 2.000 yardas de distancia, es casi imposible que semejante formación llegue siquiera hasta el enemigo. Que estalle una sola granada en medio de esta masa, y véase luego si ese batallón sirve todavía para algo ese día.

Los austriacos han adoptado la columna abierta y suelta de los franceses, que apenas puede llamarse ya columna; se parece más a dos o tres líneas que se siguen a una distancia de 20 o 30 yardas, y apenas está más expuesta al fuego de la artillería que una línea desplegada. La ventaja de la formación táctica está, pues, también del lado de los austriacos.

Frente a todas estas ventajas, los prusianos solo tienen dos cosas que oponer. Su intendencia es decididamente mejor, y por eso sus tropas estarán mejor alimentadas. La intendencia austriaca es, como toda la administración austriaca, un nido de corrupción y malversaciones, apenas mejor que la intendencia rusa. Oímos que ya ahora las tropas están mal e irregularmente alimentadas; en campaña y en las fortalezas será peor todavía. Así, la administración austriaca puede resultar más peligrosa para las fortalezas del Cuadrilátero que la artillería italiana.

La segunda ventaja de los prusianos es su armamento superior. Pero, aunque su artillería rayada es decididamente mejor que la de los austriacos, eso no tendrá gran importancia en campo abierto. El alcance, la trayectoria y la precisión de los fusiles prusianos y austriacos serán más o menos iguales, pero los prusianos tienen armas de retrocarga y pueden hacer desde sus filas un fuego sostenido y bien apuntado por lo menos cuatro veces por minuto. La gran superioridad de esta arma se mostró en la guerra de Dinamarca, y no hay duda de que los austriacos la sentirán todavía mucho más. Si, como se dice que les ha ordenado Benedek, no pierden mucho tiempo disparando, sino que pasan enseguida al ataque a la bayoneta, sufrirán pérdidas enormes. En la guerra de Dinamarca, las pérdidas de los prusianos nunca pasaron de la cuarta parte, y a veces solo fueron la décima, de las de los daneses; y, como señaló muy acertadamente hace poco un corresponsal militar del Times, los daneses fueron derrotados en el campo de batalla casi en todas partes por un adversario numéricamente inferior.

Con todo, a pesar del fusil de aguja12, la superioridad no está del lado de los prusianos. Y si no quieren dejarse derrotar en la primera gran batalla por la superioridad de los austriacos en mando, organización, articulación táctica y moral, y por último, aunque no menos importante, por sus propios jefes, tendrán que estar hechos ciertamente de otra madera que un ejército que ha vivido 50 años en paz.

II

El público empieza a impacientarse por la manifiesta inactividad de los dos grandes ejércitos en la frontera bohemia. Pero este retraso tiene muchas causas. Tanto los austriacos como los prusianos son plenamente conscientes de la importancia del choque inminente, que puede decidir el resultado de toda la campaña. Ambos lanzan a toda prisa al frente todas las tropas de que pueden disponer de algún modo: los austriacos, sus nuevas formaciones (los batallones cuarto y quinto de los regimientos de infantería); los prusianos, las partes de la Landwehr que al principio estaban destinadas solo al servicio de guarnición.

Al mismo tiempo, parece que por ambas partes se intenta ganar por la maniobra al ejército enemigo y empezar la campaña en las condiciones estratégicas más favorables. Para entenderlo tenemos que echar una ojeada al mapa y examinar más de cerca el territorio en que se encuentran estos ejércitos.

Dando por sentado que Berlín y Viena son los puntos normales de retirada de los dos ejércitos y que, por tanto, los austriacos tratarán de conquistar Berlín y los prusianos Viena, hay tres líneas de marcha por las que pueden operar. Un gran ejército necesita un territorio considerable por los recursos de los que tiene que vivir durante la marcha; y para avanzar deprisa tiene que marchar en varias columnas por otros tantos caminos paralelos; la anchura de su frente se ampliará, pues, y puede oscilar, digamos, entre 60 y 16 millas, según la proximidad del enemigo y la distancia entre los caminos. Hay que tenerlo en cuenta.

La primera línea de marcha iría por la orilla izquierda del Elba y del Moldava, por Leipzig y Praga. Está claro que por esta línea las dos partes beligerantes tendrían que cruzar dos veces el río, la segunda inmediatamente frente al enemigo. Si uno de los dos ejércitos intentara envolver por esta línea el flanco del enemigo, este, marchando por el camino más corto, por ser más directo, podría todavía adelantarse a las fuerzas envolventes en la línea del río; y si lograba rechazarlas, podría marchar directamente sobre la capital enemiga. Esta línea de marcha es igualmente desventajosa para ambas partes y no entra, por tanto, en consideración.

La segunda línea de marcha va por la orilla derecha del Elba, entre el Elba y los Sudetes, que separan Silesia de Bohemia y Moravia. Va casi en línea recta de Berlín a Viena; por el territorio que se encuentra ahora entre los dos ejércitos pasa el ferrocarril de Löbau a Pardubitz. Este ferrocarril atraviesa la parte de Bohemia que limitan al sur y al oeste el Elba y al nordeste las montañas. En este territorio hay muchos buenos caminos, y si los dos ejércitos marcharan directamente uno contra otro, el choque se produciría aquí.

La tercera línea de marcha va por Breslau y, desde allí, a través de los Sudetes. Esta cadena tiene poca altura en la frontera de Moravia, donde la cruzan varios buenos caminos; pero se hace más alta y abrupta en los Montes de los Gigantes (Riesengebirge), que forman la frontera de Bohemia. Aquí hay muy pocos caminos de montaña; de hecho, toda la parte nororiental de la cordillera entre Trautenau y Reichenberg13, es decir, en un trecho de 40 millas, no la atraviesa ni un solo camino de importancia militar. El único camino que hay allí va de Hirschberg al valle del Iser y termina en la frontera austriaca. De ello se sigue que toda esta barrera de cuarenta millas de longitud es infranqueable, por lo menos para un gran ejército con su innumerable impedimenta, y que en un avance hacia Breslau o por Breslau hay que cruzar las montañas al sudoeste de los Montes de los Gigantes.

Ahora bien, ¿cómo están los dos ejércitos en cuanto a sus comunicaciones, si se llega a combatir en esta línea de marcha?

Si los prusianos avanzan desde Breslau derechos hacia el sur, dejan al descubierto sus comunicaciones con Berlín. Si los austriacos son tan fuertes que su victoria les parece casi absolutamente segura, podrían dejar avanzar a los prusianos hasta el campo atrincherado de Olmütz14, que los detendría, mientras ellos mismos podrían marchar sobre Berlín, seguros de restablecer con una victoria decisiva cualquier comunicación interrumpida temporalmente; o podrían atacar a las distintas columnas prusianas cuando bajaran de las montañas y, si el combate les era favorable, rechazarlas hacia Glogau y Posen, con lo que Berlín y la mayor parte de los territorios prusianos quedarían en su poder. Por consiguiente, un avance por Breslau solo sería aconsejable para los prusianos con una gran superioridad numérica.

Los austriacos se encuentran en una situación completamente distinta. Tienen la ventaja de que la mayor parte de la monarquía se encuentra al sudeste de Breslau, es decir, en la prolongación directa de una línea que va de Berlín a Breslau. Como han fortificado la orilla norte del Danubio junto a Viena para proteger la capital de un ataque por sorpresa, pueden sacrificar temporalmente, e incluso por bastante tiempo, sus comunicaciones directas con Viena y recibir de Hungría refuerzos de hombres y provisiones. Por eso pueden operar con igual seguridad en dirección a Löbau y en dirección a Breslau, al norte o al sur de las montañas; tienen mucha mayor libertad de maniobra que su adversario.

Pero los prusianos tienen además otras razones para ser prudentes. La distancia de la frontera norte de Bohemia a Berlín es poco más de la mitad de la distancia de esa frontera a Viena; Berlín está así mucho más expuesta. Viena está protegida por el Danubio, tras el cual un ejército derrotado puede encontrar refugio, y además por las fortificaciones levantadas al norte de este río y por el campo atrincherado de Olmütz, junto al que los prusianos no podrían pasar sin ser vistos ni impunemente si el grueso del ejército austriaco tomara posición allí tras una derrota. Berlín no tiene más protección que el ejército de campaña. Está claro que en estas circunstancias, y en las expuestas por extenso en nuestro primer artículo, los prusianos solo pueden desempeñar un papel defensivo.

A Austria, en cambio, las mismas circunstancias, y además una urgente necesidad política, casi la obligan a operar a la ofensiva. Una sola victoria puede proporcionarle grandes éxitos, mientras que una derrota no quebrantaría su capacidad de resistencia.

El plan estratégico de la campaña es, en sus rasgos fundamentales, necesariamente muy sencillo. Cualquiera de los dos que ataque primero solo tiene esta alternativa: o un ataque fingido al noroeste de los Montes de los Gigantes y el ataque verdadero al sudeste de ellos, o al revés. La barrera de cuarenta millas es la parte decisiva del teatro de la guerra; en torno a ella tienen que operar los ejércitos. Pronto oiremos hablar de combates en sus dos extremos, y al cabo de pocos días quedará clara la dirección del ataque verdadero y, con ella, probablemente también la suerte de la primera campaña. Nos inclinamos, sin embargo, a pensar que para dos ejércitos tan pesados como los que aquí se enfrentan el camino más directo es también el más seguro, y que la dificultad y el peligro de llevar masas de tropas tan grandes en columnas separadas por caminos distintos a través de un terreno montañoso difícil conducirán casi con seguridad a los dos ejércitos enemigos a la línea Löbau-Pardubitz.

Hasta ahora se han producido los siguientes movimientos de tropas. Los prusianos concentraron en la primera semana de junio su ejército de Sajonia a lo largo de la frontera sajona, de Zeitz a Görlitz, y su ejército de Silesia de Hirschberg al Neisse. Hacia el 10 de junio estos ejércitos se acercaron entre sí; su ala derecha estaba en el Elba, junto a Torgau, y su extrema izquierda junto a Waldenburg. Del 12 al 16 de junio, el ejército de Silesia, compuesto ahora por los cuerpos 1.º, 5.º y 6.º y la Guardia, extendió de nuevo su frente hacia el este, esta vez hasta Ratibor, es decir, hasta el rincón más sudoriental de Silesia. Esto parece una maniobra de engaño, sobre todo la exhibición de la Guardia, que suele estar con el ejército principal. Pero si fuera algo más que una maniobra de engaño, y si no se han tomado medidas para devolver estos cuatro cuerpos a Görlitz enseguida y lo más deprisa posible, esta concentración de más de 120.000 hombres en un rincón apartado es un error manifiesto; pueden quedar cortados de todas las vías de retirada y perder sin duda toda conexión con el resto del ejército.

De los austriacos no sabemos mucho más que el hecho de que se concentraron en torno a Olmütz. El corresponsal del Times que se encuentra en su campamento informa de que su sexto cuerpo, de 40.000 hombres, llegó el 19 de junio a Olmütz desde Weisskirchen, lo que indica un avance hacia el oeste. Añade que el cuartel general iba a trasladarse el 21 de junio a Trübau, en la frontera entre Moravia y Bohemia. Este traslado apuntaría en la misma dirección si no se pareciera mucho a un bulo enviado a Londres para que desde allí se comunicara por telégrafo al cuartel general prusiano y lo despistara. Un general que actúa con tanto secreto como Benedek y siente tanta aversión por los corresponsales de prensa no es probable que les comunique el 19 de junio dónde estará su cuartel general el 21 si no tiene sus razones para ello.

Para terminar, se nos permitirá echar todavía una ojeada a las operaciones en el noroeste de Alemania. Los prusianos tenían aquí más tropas de las que se sabía al principio. Disponían de 15 batallones en Holstein, 12 en Minden y 18 en Wetzlar. Con rápidos movimientos concéntricos, en los que las tropas mostraron una capacidad del todo inesperada para las marchas forzadas, ocuparon en dos días todo el territorio al norte de la línea de Coblenza a Eisenach y todas las líneas de comunicación entre las provincias orientales y occidentales del reino15. Las tropas de Hesse, de unos 7.000 hombres, pudieron escapar, pero a los 10.000 o 12.000 hannoverianos se les cortó la línea directa de retirada hacia Fráncfort, y ya el 17 de junio llegó a Eisenach desde el Elba el resto del 7.º cuerpo de ejército prusiano, 12 batallones, junto con los dos batallones de Coburgo. Por consiguiente, los hannoverianos parecen cercados por todas partes y solo podrían escapar gracias a un milagro de estupidez por parte de los prusianos. En cuanto se decida su suerte, quedará disponible una fuerza de 50 batallones prusianos contra el ejército federal que el príncipe Alejandro de Darmstadt16 está formando junto a Fráncfort. El ejército federal constará de unos 23.000 hombres de Wurtemberg, 10.000 de Darmstadt, 6.000 de Nassau, 13.000 de Baden (que solo ahora se están movilizando) y 7.000 de Hesse, y de 12.000 austriacos que vienen ahora en camino desde Salzburgo; en total, unos 65.000 hombres, que quizá reciban todavía el refuerzo de 10.000 a 20.000 bávaros. Se informa de que unos 60.000 hombres están ya concentrados junto a Fráncfort; el príncipe Alejandro se habría aventurado a avanzar y habría vuelto a ocupar Giessen el 22 de junio. Esto, sin embargo, no tiene mayor importancia. Los prusianos no avanzarán contra él hasta haber concentrado fuerzas suficientes; y una vez que dispongan de 70.000 hombres de todas las armas y de un armamento superior, deberían despachar en poco tiempo a este ejército abigarrado.

III

La primera gran batalla no se ha librado en Bohemia, sino en Italia, y el Cuadrilátero ha dado de nuevo a los italianos una lección de estrategia17. La fuerza de esta famosa posición, como la de todas las posiciones fortificadas de alguna importancia, no está tanto en la gran capacidad defensiva de sus cuatro fortalezas como en el hecho de que su situación, en un territorio con rasgos militares característicos, induce casi siempre al atacante, y a menudo lo obliga, a dividir sus fuerzas y a atacar en dos puntos distintos, mientras que el defensor puede lanzar sus fuerzas reunidas contra uno de esos atacantes, aniquilarlo con fuerzas numéricamente superiores y volverse luego contra el otro. El ejército italiano ha cometido este error. Mientras el rey estaba con once divisiones en el Mincio, Cialdini18 se encontraba con cinco divisiones en el Po inferior, junto a Ponte Lagoscuro y Polesella. Una división italiana consta de 17 batallones de 700 hombres cada uno; por consiguiente, Víctor Manuel tendría, con la caballería y la artillería, por lo menos de 120.000 a 125.000 hombres, y Cialdini aproximadamente la mitad. Mientras el rey cruzaba el Mincio el 23 de junio, Cialdini tenía que cruzar el Po inferior y operar a espaldas de los austriacos; pero hasta ahora no han llegado noticias fiables de que esta última maniobra se haya llevado a cabo. En todo caso, los 60.000 hombres cuya presencia podría haber decidido el domingo pasado la batalla en Custoza, y probablemente la habría decidido, difícilmente habrán obtenido una ventaja que compense la derrota en una gran batalla.

El lago de Garda está entre dos estribaciones de los Alpes que forman al sur del lago dos cadenas de colinas, entre las cuales el Mincio se abre paso hacia las lagunas de Mantua. Ambas cadenas forman fuertes posiciones militares; desde sus laderas meridionales se puede dominar con la vista la llanura lombarda y tenerla bajo el alcance de los cañones. Estas colinas son bien conocidas en la historia militar. La cadena occidental, entre Peschiera y Lonato, fue escenario de las batallas de Castiglione y Lonato en 1796 y de la de Solferino en 1859; la oriental, entre Peschiera y Verona, fue disputada durante tres días en 1848, y también la batalla del domingo pasado se desarrolló en torno a ese mismo terreno.

La cadena oriental desciende por un lado hacia el Mincio y pasa a la llanura en Valeggio; el otro lado desciende en un largo arco hacia el sudeste, hacia el Adigio, al que llega en Bussolengo. La divide de norte a sur, en dos partes más o menos iguales, un profundo barranco por el que corre el riachuelo Tione. Una fuerza que avance desde el Mincio tendrá, pues, que forzar primero el paso del río, y enseguida este barranco la detendrá de nuevo. En el borde de la ladera que da a la llanura, y al este del barranco, están los pueblos siguientes: el más meridional, Custoza; más al norte, Sommacampagna, Sona y Santa Giustina. El ferrocarril de Peschiera a Verona pasa entre las colinas junto a Sommacampagna y cruza la carretera junto a Sona.

En 1848, después de que los piamonteses tomaran Peschiera, bloquearon Mantua y extendieron el frente de su ejército desde allí hasta Rivoli, en el lago de Garda, con el centro ocupando las colinas mencionadas. El 23 de julio Radetzky19 avanzó desde Verona con siete brigadas, rompió por el centro esta línea demasiado extendida y ocupó a su vez las colinas. El 24 y el 25 los piamonteses intentaron recuperar la posición, pero el 25 fueron derrotados de manera decisiva y se retiraron enseguida, por Milán, más allá del Tesino. Esta primera batalla de Custoza decidió la campaña de 1848.

Los telegramas del cuartel general italiano sobre la batalla del domingo pasado son bastante contradictorios; pero si consultamos además los telegramas del otro bando, nos hacemos una idea bastante clara de las circunstancias en que se libró la batalla. Víctor Manuel quería que su 1.er cuerpo (general Durando, cuatro divisiones o 68 batallones) tomara posición entre Peschiera y Verona para cubrir un eventual sitio de Peschiera. Esta posición tenía que ser, naturalmente, Sona y Sommacampagna. El 2.º cuerpo (general Cucchiari, tres divisiones o 51 batallones) y el 3.er cuerpo (general Della Rocca, de la misma fuerza que el segundo) tenían que cruzar ambos el Mincio al mismo tiempo para cubrir las operaciones del 1.º. El 1.er cuerpo debió de cruzar el río cerca de Salionze o al sur de este lugar y avanzar enseguida hacia las colinas; el 2.º parece que cruzó el río en Valeggio, y el 3.º en Goito, y que avanzaron por la llanura. Esto ocurrió el sábado 23 de junio. La brigada austriaca Pulz, que formaba la vanguardia en el Mincio, se replegó lentamente sobre Verona; pero el domingo, aniversario de Solferino, todo el ejército austriaco salió de Verona y avanzó contra el enemigo. Parece que llegó a tiempo de ocupar antes que los italianos las alturas de Sona y Sommacampagna y el borde oriental del barranco del Tione. La lucha debió de encenderse entonces principalmente por el paso del barranco. Los dos cuerpos de la llanura, que avanzaban por el extremo sur, podían operar junto con el 1.er cuerpo italiano, que había ocupado las colinas, y así Custoza cayó en sus manos. Poco a poco los italianos de la llanura avanzaron cada vez más hacia Verona para atacar a los austriacos de flanco y por la retaguardia; estos les enviaron tropas al encuentro. Por consiguiente, los frentes de los dos ejércitos, que al principio miraban respectivamente al este y al oeste, giraron un cuarto de círculo; los austriacos tienen ahora el frente vuelto hacia el sur, y los italianos hacia el norte. Pero, como las colinas retroceden desde Custoza hacia el nordeste, este movimiento de flanco de los cuerpos 2.º y 3.º italianos no podía influir enseguida en la posición de su 1.er cuerpo en las alturas, porque no podía extenderse lo bastante sin peligro para las propias tropas que flanqueaban. Por eso parece que los austriacos solo emplearon contra los cuerpos 2.º y 3.º las tropas necesarias para romper su primer ímpetu, mientras lanzaban hasta el último hombre disponible contra el 1.er cuerpo y lo destrozaban gracias a su superioridad numérica. Tuvieron un éxito completo; el 1.er cuerpo fue rechazado tras una lucha encarnizada, y por fin los austriacos tomaron Custoza al asalto. Con ello, el ala derecha de los italianos, que avanzaba al este y al nordeste más allá de Custoza, tuvo que verse seriamente amenazada; así se llegó a un nuevo combate por el pueblo, en el que, al parecer, se restableció la conexión perdida y se detuvo el avance austriaco desde Custoza. Pero el lugar quedó en sus manos, y los italianos tuvieron que retirarse esa misma noche al otro lado del Mincio.

Este esbozo de la batalla no pretende ser un relato histórico, para el que nos faltan todavía muchos detalles necesarios; es solo un intento de conciliar entre sí, mapa en mano y con algo de entendimiento militar, los diversos telegramas sobre la batalla. Y si los telegramas eran mínimamente correctos y completos, estamos seguros de que el cuadro general de la batalla no será muy distinto del que hemos trazado.

Los austriacos perdieron unos 600 prisioneros, los italianos unos 2.000 y algunos cañones. Esto muestra que la batalla fue una derrota, pero no una catástrofe. Las fuerzas debieron de estar bastante igualadas, aunque es muy probable que los austriacos tuvieran menos tropas en el campo de batalla que sus adversarios. Los italianos tienen toda la razón para felicitarse de que no los arrojaran al Mincio. La posición del 1.er cuerpo, que estaba entre este río y el barranco, en una franja de tierra de dos a cuatro millas de ancho, con un enemigo superior delante, corría un peligro considerable. Fue sin duda un error enviar el grueso de las fuerzas a la llanura mientras se descuidaban las alturas dominantes, los puntos decisivos. Pero el mayor error se cometió, como ya dijimos más arriba, al dividir el ejército, dejar a Cialdini con 60.000 hombres en el Po inferior y atacar solo con el resto. Cialdini podría haber contribuido a una victoria ante Verona y luego, tras volver al Po inferior, haber cruzado el río mucho más fácilmente, si de verdad era necesario llevar a cabo a toda costa esta maniobra combinada. De momento parece seguir en el mismo sitio que el primer día y probablemente se encontrará ahora con fuerzas más fuertes que hasta aquí. A estas alturas los italianos deberían haber comprendido que tienen enfrente un adversario sumamente tenaz. En Solferino, Benedek, con 26.000 austriacos, contuvo durante todo un día a todo el ejército piamontés, el doble de fuerte, hasta que recibió orden de retirarse a consecuencia de la derrota que el otro cuerpo había sufrido frente a los franceses. Aquel ejército piamontés era bastante mejor que el actual ejército italiano; estaba mejor instruido, era más homogéneo y tenía mejores oficiales. El ejército actual se formó hace muy poco y sufre, naturalmente, todos los defectos de que adolece un ejército así. El actual ejército austriaco, en cambio, supera con mucho al de 1859. El entusiasmo nacional es una cosa excelente y provechosa, pero si no va unido a la disciplina y la organización, nadie puede ganar una batalla con él. Ni siquiera los «Mil» de Garibaldi eran simplemente un montón de entusiastas; eran gente instruida, que había aprendido en 1859 a obedecer órdenes y a resistir el fuego20. Es de esperar que el estado mayor del ejército italiano se abstenga, en su propio interés, de operaciones irreflexivas contra un ejército que, aunque numéricamente inferior, es en lo esencial superior al ejército italiano y ocupa, además, una de las posiciones más fuertes de Europa.

IV

Supongamos que a un joven alférez o corneta prusiano se le preguntara en el examen de teniente cuál sería el plan más seguro para que un ejército prusiano invadiera Bohemia. Supongamos que nuestro joven oficial contestara: «Lo mejor sería dividir las tropas en dos ejércitos de fuerza más o menos igual y mandar uno a rodear los Montes de los Gigantes por el este y el otro por el oeste, de modo que se reunieran en Gitschin». ¿Qué diría a esto el oficial examinador? Informaría al joven caballero de que este plan infringe las dos leyes más importantes de la estrategia: primera, no dividir nunca las tropas de modo que no puedan apoyarse unas a otras, sino mantenerlas más bien juntas; y segunda, en caso de avanzar por caminos distintos, efectuar la reunión de las distintas columnas en un punto que no esté al alcance del enemigo; que, por tanto, el plan propuesto es el peor imaginable; que solo podría tomarse en consideración si Bohemia estuviera del todo libre de tropas enemigas; y que, por consiguiente, un oficial que propone semejante plan de campaña no merece ni siquiera el despacho de teniente.

Y, sin embargo, ese es precisamente el plan que ha adoptado el sabio y docto estado mayor del ejército prusiano. Es casi increíble, pero es verdad. El error que los italianos tuvieron que pagar en Custoza lo han cometido de nuevo ahora los prusianos, y en circunstancias que lo hacen diez veces peor. Los italianos sabían al menos que con diez divisiones serían numéricamente superiores al enemigo. Los prusianos tenían que saber que sus nueve cuerpos, si se mantenían juntos, podrían a lo sumo igualar en número a los ocho cuerpos de Benedek, y que al dividir sus tropas exponían a los dos ejércitos a la suerte casi segura de ser derrotados uno tras otro por fuerzas numéricamente superiores. Si el rey Guillermo no tuviera él mismo el mando supremo, sería del todo inexplicable cómo un estado mayor de oficiales indudablemente capaces, como los que componen el estado mayor general prusiano, pudo siquiera considerar, y menos aún decidir, semejante plan. Pero nadie podía sospechar siquiera que las funestas consecuencias de una situación en que reyes y príncipes tienen el mando supremo se presentarían tan pronto y con tanta fuerza. Los prusianos libran ahora en Bohemia una lucha a vida o muerte. Si se impide la reunión de los dos ejércitos en Gitschin o cerca de allí, si cada uno de los dos es derrotado y tiene que retirarse de Bohemia y, al retirarse, alejarse todavía más del otro, entonces puede considerarse que la campaña ha terminado en lo esencial. Benedek podrá entonces desentenderse del ejército del príncipe heredero mientras se retira hacia Breslau y perseguir con todas sus fuerzas al ejército del príncipe Federico Carlos, que difícilmente escapará a su destrucción completa.

La cuestión es si se ha logrado impedir esta reunión. Hasta ahora no tenemos noticias de acontecimientos posteriores a la tarde del viernes 29 de junio. Los prusianos, a quienes el general Edelsheim21 echó de Gitschin (el lugar se llama en Bohemia Jicin) el 28 de junio, afirman haber vuelto a tomar la ciudad al asalto el 29, y esta es la última información que tenemos. La reunión no se había efectuado todavía; en ese momento habían entrado en combate por lo menos cuatro cuerpos de ejército austriacos y una parte del sajón contra unos cinco o seis cuerpos prusianos.

Los austriacos salieron al encuentro de las distintas columnas del ejército del príncipe heredero, cuando estas bajaban al valle por el lado bohemio de las alturas, en puntos favorables para ellos, donde el valle se ensancha y podían así hacer frente a las columnas prusianas con un frente más amplio e intentar impedirles desplegarse, mientras que los prusianos, donde era posible, enviaban tropas por los valles laterales para tomar a sus adversarios de flanco y por la retaguardia. Así ocurre por lo común en la guerra de montaña, y eso explica el gran número de prisioneros que se hacen siempre en tales circunstancias. Entretanto, los ejércitos del príncipe Federico Carlos y de Herwarth von Bittenfeld22 parecen haber atravesado los pasos casi sin resistencia enemiga; los primeros choques se produjeron en la línea del Iser, es decir, casi a medio camino entre los puntos de partida de los dos ejércitos. Sería un intento sin esperanza querer desenredar o poner de acuerdo los telegramas, sumamente contradictorios y a menudo del todo increíbles, que han llegado en los tres o cuatro últimos días.

El combate tuvo un éxito variable para ambas partes; según llegaban nuevas fuerzas, la victoria se inclinaba a uno u otro lado. Hasta el viernes, sin embargo, el resultado del combate parece haber sido en conjunto favorable a los prusianos. Si se han mantenido en Gitschin, la reunión se habrá efectuado sin duda el sábado o el domingo, y entonces el mayor peligro habría pasado para ellos. El combate decisivo por la reunión se libró probablemente con masas de tropas concentradas por ambas partes y habrá decidido el curso de la campaña, al menos para el futuro inmediato. Si los prusianos han vencido, habrán salido de golpe de todas las dificultades que ellos mismos se han creado; pero podrían haber obtenido las mismas ventajas, y aun mayores, sin exponerse a peligros tan innecesarios.

El combate parece haber sido muy duro. La brigada «negra y amarilla», la que en Schleswig tomó al asalto el Königsberg, junto a Oberselk, un día antes de la evacuación del Danewerk23, abrió el combate contra los prusianos. Se la llama negra y amarilla por las vueltas y los cuellos de los dos regimientos que la forman, y siempre se la tuvo por una de las mejores brigadas del ejército. Sin embargo, la batió el fusil de aguja, y más de 500 hombres del regimiento Martini fueron hechos prisioneros tras atacar cinco veces en vano las líneas prusianas. En un combate posterior se tomó la bandera del 3.er batallón del regimiento Deutschmeister. Este regimiento, que se había reclutado exclusivamente en Viena, está considerado el mejor de todo el ejército. Así pues, las mejores tropas han entrado ya en combate. Los prusianos tienen que haberse batido espléndidamente para ser un ejército de paz de tantos años. Desde el momento de la declaración efectiva de la guerra, un espíritu completamente distinto entró en el ejército, debido sobre todo a la expulsión de los pequeños potentados del noroeste de Alemania24. Esto hizo creer a las tropas (con razón o sin ella, nosotros solo hacemos constar el hecho) que esta vez iban a combatir por la unificación de Alemania, y los hombres de la reserva y de la Landwehr, hasta entonces hoscos y malhumorados, cruzaron entonces la frontera austriaca con grandes hurras. A esto se debe sobre todo que hayan combatido tan bien; pero la mayor parte de todos sus éxitos hay que atribuirla a sus armas de retrocarga; y si salen de las dificultades en que sus generales los han metido tan a la ligera, se lo deberán al fusil de aguja. Los informes sobre la enorme superioridad de esta arma frente a las de avancarga vuelven a ser unánimes. Un sargento del regimiento Martini hecho prisionero dijo al corresponsal de la Kölnische Zeitung:

«Hemos hecho sin duda todo lo que puede exigirse a unos soldados valientes, pero contra ese fuego rápido nadie puede».

Si los austriacos han sido derrotados, la culpa del resultado no la tendrán tanto el general Benedek o el general Ramming25 como el general «Ramrod».

En el noroeste se han rendido los hannoverianos, después de que un fuerte ataque de la vanguardia del general Manteuffel, al mando del general Flies, les hiciera comprender su situación26. Con ello quedan libres 59 batallones prusianos para emplearse contra las tropas federales. Por lo demás, ya era hora de que ocurriera, antes de que Baviera terminara sus armamentos, pues de lo contrario harían falta fuerzas mucho mayores para someter el sudoeste de Alemania. Baviera es notoriamente siempre lenta y va con retraso en sus preparativos militares, pero, una vez terminados, puede poner en campaña de 60.000 a 80.000 buenos soldados. Quizá pronto oigamos hablar de una rápida concentración de los prusianos en el Meno y de operaciones activas contra el príncipe Alejandro de Hesse-Darmstadt y su ejército.

V

La campaña que los prusianos empezaron con un grosero error estratégico la han proseguido desde entonces con una energía táctica tan formidable que la han llevado a un final victorioso en exactamente ocho días.

Escribimos en nuestro último artículo que el plan prusiano de invadir Bohemia con dos ejércitos separados por los Montes de los Gigantes solo podría justificarse si Bohemia estuviera libre de tropas enemigas. El misterioso plan del general Benedek parece haber consistido principalmente en crear precisamente una situación así. Parece que solo había dos cuerpos de ejército austriacos, el 1.º (Clam-Gallas)27 y el 6.º (Ramming), en el rincón noroccidental de Bohemia, donde, como esperábamos desde el principio, tenían que producirse las acciones decisivas. Si con ello se pretendía atraer a los prusianos a una trampa, a Benedek le salió tan bien que cayó él mismo en ella. Con todo, el avance prusiano en dos columnas separadas por unas cuarenta o cincuenta millas de terreno infranqueable hacia un punto de reunión situado a dos jornadas completas de marcha de los puntos de partida y dentro del alcance de las líneas enemigas, este avance sigue siendo en todo caso y en cualquier circunstancia una maniobra sumamente peligrosa, que podría haber terminado en una derrota completa de no haber sido por la extraña lentitud de Benedek, por la inesperada fuerza de choque de las tropas prusianas y por las armas de retrocarga.

El avance del príncipe Federico Carlos se hizo con tres cuerpos (el 3.º, el 4.º y el 2.º, este último en reserva) por Reichenberg, al norte de una cadena montañosa de difícil paso, por cuyo lado sur avanzaba el general Herwarth con cuerpo y medio (el 8.º y una división del 7.º). Al mismo tiempo, el príncipe heredero estaba con los cuerpos 1.º, 5.º y 6.º y la Guardia en las montañas junto a Glatz. El ejército estaba, pues, dividido en tres columnas, 45.000 hombres en el ala derecha, 90.000 en el centro y 120.000 en el ala izquierda, y ninguna de estas columnas podía apoyar a las otras, por lo menos durante algunos días. Si alguna vez la hubo, aquí se le ofrecía a un general que dispusiera por lo menos del mismo número de soldados la ocasión de batir a su adversario por separado. Pero no parece haberse emprendido nada semejante. El 26 de junio el príncipe Federico Carlos tuvo el primer choque serio, en Turnau, con una brigada del 1.er cuerpo, gracias al cual estableció la conexión con Herwarth; el 27, este último tomó Münchengrätz, mientras la primera columna del ejército del príncipe heredero, el 5.º cuerpo, avanzaba más allá de Náchod y derrotaba decisivamente al 6.º cuerpo austriaco (Ramming); el 28, el único día algo desafortunado para los prusianos, la vanguardia del príncipe Federico Carlos tomó Gitschin, pero la caballería del general Edelsheim la volvió a echar, mientras el 1.er cuerpo del ejército del príncipe heredero era detenido en Trautenau por el 10.º cuerpo austriaco, a las órdenes de Gablenz28, y sufría algunas pérdidas; solo lo liberó el avance de la Guardia en dirección a Eipel, por un camino situado entre los cuerpos prusianos 1.º y 5.º. El 29 el príncipe Federico Carlos tomó Gitschin al asalto, y el ejército del príncipe heredero destrozó por completo a los cuerpos austriacos 6.º, 8.º y 10.º. El 30 fue brillantemente rechazado un nuevo intento de Benedek de recuperar Gitschin con el 1.er cuerpo y el ejército sajón, tras lo cual los dos ejércitos prusianos efectuaron su reunión. Los austriacos sufrieron pérdidas equivalentes al menos a cuerpo y medio, mientras que las de los prusianos son menos de la cuarta parte de esa cifra.

Vemos, pues, que el 27 de junio los austriacos solo disponían de dos cuerpos de ejército de unos 33.000 hombres cada uno; el 28, de tres; el 29, de cuatro y, si son exactos los datos de un telegrama prusiano, de parte de un quinto cuerpo (el 4.º); y solo el 30 pudo acudir en su apoyo el cuerpo de ejército sajón. Durante todo ese tiempo faltaban, pues, en el campo de batalla dos cuerpos, si no tres, mientras que los prusianos concentraron en Bohemia todas sus fuerzas. Hasta la tarde del 29 de junio, en efecto, la masa de las tropas austriacas en el teatro de la guerra apenas era numéricamente más fuerte que cualquiera de los dos ejércitos prusianos, y como entraron en combate una tras otra y los refuerzos solo llegaban después de la derrota de las tropas que ya habían combatido, el resultado fue desastroso.

Se dice que el 3.er cuerpo de ejército (archiduque Ernesto), que combatió en Custoza, fue enviado al norte por ferrocarril inmediatamente después de aquella batalla, y algunas informaciones lo mencionan entre las tropas que operaban a las órdenes de Benedek. Pero este cuerpo, con el que el ejército, sajones incluidos, llegaría a un total de nueve cuerpos, no pudo llegar a tiempo para intervenir en los combates de los últimos días de junio.

Fueran cuales fueran los errores del plan de operaciones de los prusianos, los compensaron con su rapidez y con lo decidido de sus acciones. No se puede poner ningún reparo a las operaciones de ninguno de sus dos ejércitos. Breves, secos y decididos fueron todos sus golpes, y tuvieron un éxito completo. Esta energía no decayó tampoco después de la reunión de los dos ejércitos; siguieron marchando adelante, y ya el 3 de julio todo el ejército prusiano se encontró con las fuerzas reunidas de Benedek y les asestó un último golpe aplastante29.

Apenas puede suponerse que Benedek aceptara esta batalla por propia voluntad. Sin duda la rápida persecución de los prusianos lo obligó a mantenerse con todo su ejército en una posición fuerte para reorganizar sus tropas y dar un día de ventaja al tren de su ejército en retirada, sin esperar que lo atacaran con todas sus fuerzas durante el día y con la esperanza de poder retirarse durante la noche. Un hombre en su situación, con cuatro cuerpos completamente derrotados y tras pérdidas tan enormes, nunca buscaría una batalla decisiva inmediata si tenía la posibilidad de una retirada segura. Pero parece que los prusianos lo obligaron a combatir; el resultado fue la derrota completa de los austriacos, que ahora, si el armisticio no se ha concertado todavía, intentarán replegarse hacia Olmütz o hacia Viena en las condiciones más desfavorables, pues el menor movimiento de los prusianos para envolver el ala derecha austriaca tendría que cortar a numerosos destacamentos austriacos la línea directa de marcha y empujarlos a las montañas de Glatz, donde caerían prisioneros. El «ejército del Norte», hace solo diez días un ejército excelente en Europa, ha dejado de existir.

Sin duda el fusil de aguja, con su fuego rápido, ha tenido en ello gran parte. Sin este fusil difícilmente se habría llegado a la reunión de los dos ejércitos prusianos; y con toda seguridad este éxito enorme y rápido no habría podido obtenerse sin una potencia de fuego tan superior, pues el ejército austriaco es en general menos propenso al pánico que la mayoría de los ejércitos europeos. Pero en el éxito fueron decisivas también otras circunstancias. Ya hemos mencionado el excelente estado y las acciones decididas de los dos ejércitos prusianos desde el momento en que entraron en Bohemia. Podemos añadir que en esta campaña abandonaron también el sistema de columnas y hicieron avanzar a sus tropas principalmente en línea desplegada, para poder emplear así todos los fusiles y proteger a los soldados del fuego de la artillería. Hay que reconocer que los movimientos, tanto en marcha como frente al enemigo, se ejecutaron con un orden y una exactitud que nadie habría podido esperar de un ejército y un mando cubiertos de la herrumbre de cincuenta años de paz. Y, por último, el mundo entero tuvo que sorprenderse de la resolución con que actuaron estas tropas jóvenes en todos y cada uno de los combates. Es fácil decir que lo hicieron las armas de retrocarga, pero estas no se disparan solas: hacen falta corazones valientes y brazos fuertes para manejarlas. Los prusianos combatieron muy a menudo contra fuerzas superiores y fueron casi en todas partes la parte atacante. Los austriacos tenían, por tanto, la elección del terreno. Y al atacar posiciones fuertes y ciudades fortificadas las ventajas de las armas de retrocarga desaparecen casi por completo; entonces tiene que hacer el trabajo la bayoneta, y de eso ha habido mucho que hacer. La caballería, además, actuó con la misma resolución, y para ella el acero frío y la velocidad de los caballos son las únicas armas en la carga. Los bulos franceses según los cuales la caballería prusiana cubría primero a sus adversarios de fuego de carabina (con armas de retrocarga o de otro tipo) y solo después se lanzaba contra ellos con el sable solo podían nacer allí donde la caballería ha recurrido muy a menudo a ese truco y siempre ha sido castigada por ello, arrollada por el ímpetu superior del atacante. No es exagerado decir que el ejército prusiano conquistó en una sola semana la mejor posición que ha tenido nunca. Puede sentirse ahora seguro de ser superior a cualquier otro adversario. No hay en la historia ninguna campaña en que se haya obtenido un éxito igualmente brillante en un tiempo igualmente corto y sin ningún revés digno de mención, salvo la batalla de Jena, en la que fue aniquilado todo el ejército prusiano de entonces, y la batalla de Waterloo, si prescindimos de la derrota de Ligny30.

  1. La guerra austro-prusiana o guerra de las Siete Semanas (junio-agosto de 1866), entre Prusia, aliada con Italia, y Austria, apoyada por la mayoría de los Estados de la Confederación Germánica (Sajonia, Baviera, Wurtemberg, Hannover, Hesse, etc.). Prusia la había provocado por la cuestión de Schleswig-Holstein y por la hegemonía en Alemania; la guerra acabó con la disolución de la Confederación y la exclusión de Austria de los asuntos alemanes. ↩

  2. Las cuatro fortalezas austriacas de Peschiera, Mantua, Verona y Legnago, en el Véneto, que entonces seguía siendo austriaco. ↩

  3. Milicia territorial prusiana formada por los hombres que ya habían pasado por el servicio activo y la reserva; el primer llamamiento (erstes Aufgebot) lo formaban los más jóvenes. ↩

  4. Plazas de la Confederación Germánica (las fortalezas federales de Rastatt y Maguncia y la ciudad libre de Fráncfort), con guarniciones en parte prusianas, que estas evacuaron al estallar el conflicto. ↩

  5. Guillermo I (1797-1888), rey de Prusia desde 1861 y emperador de Alemania desde 1871. ↩

  6. Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del estado mayor general prusiano desde 1857. ↩

  7. Federico Guillermo III (1770-1840), rey de Prusia desde 1797; el 14 de octubre de 1806 Napoleón derrotó en Jena y Davout en Auerstedt al ejército prusiano. ↩

  8. Ludwig von Benedek (1804-1881), general austriaco, jefe del ejército del Norte en 1866. ↩

  9. El príncipe Federico Carlos de Prusia (1828-1885), sobrino del rey. ↩

  10. Federico Guillermo (1831-1888), hijo del rey, luego emperador Federico III (1888). ↩

  11. La guerra de 1864 de Prusia y Austria contra Dinamarca por los ducados de Schleswig y Holstein. ↩

  12. Fusil de retrocarga de Dreyse, adoptado por el ejército prusiano en 1841; la aguja que daba nombre al arma percutía el fulminante colocado en el cartucho. ↩

  13. Hoy Trutnov y Liberec, en la República Checa. Los demás lugares de Bohemia se citan, como hace el texto, por su nombre alemán: Gitschin (Jičín), Münchengrätz (Mnichovo Hradiště), Turnau (Turnov), Trübau (Moravská Třebová), Eipel (Úpice); Olmütz es Olomouc, en Moravia; Glatz (Kłodzko), Hirschberg (Jelenia Góra), Neisse (Nysa), Ratibor (Racibórz), Waldenburg (Wałbrzych) y Breslau (Wrocław), en Silesia, hoy pertenecen a Polonia. ↩

  14. Olomouc, en Moravia, con un gran campo atrincherado austriaco. ↩

  15. Entre el 15 y el 19 de junio de 1866 Prusia ocupó Hannover, el Hesse electoral y Sajonia, que habían votado con Austria en la Dieta federal la movilización contra ella. ↩

  16. El príncipe Alejandro de Hesse-Darmstadt (1823-1888), general al servicio de Austria, jefe del 8.º cuerpo del ejército federal. ↩

  17. La batalla de Custoza, del 24 de junio de 1866, en la que el ejército austriaco de Italia, al mando del archiduque Alberto, derrotó al ejército italiano de Víctor Manuel II y del general La Marmora. ↩

  18. Enrico Cialdini (1811-1892), general italiano. ↩

  19. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, jefe del ejército de Italia en 1848-1849. ↩

  20. La expedición de los Mil de Garibaldi a Sicilia, en mayo de 1860; muchos de sus hombres habían combatido en 1859 en los Cazadores de los Alpes. ↩

  21. Leopold von Edelsheim (1826-1893), general austriaco de caballería. ↩

  22. Karl Eberhard Herwarth von Bittenfeld (1796-1884), general prusiano, jefe del ejército del Elba. ↩

  23. El combate del Königsberg, cerca de Oberselk, en Schleswig, el 3 de febrero de 1864; los daneses evacuaron la línea fortificada del Dannevirke (Danewerk) en la noche del 5 al 6 de febrero. ↩

  24. La ocupación prusiana de Hannover, del Hesse electoral y de Sajonia y el destronamiento de sus soberanos. ↩

  25. Wilhelm von Ramming (1815-1876), general austriaco, jefe del 6.º cuerpo. Engels juega con ramrod, en inglés la baqueta de las armas de avancarga. ↩

  26. Tras la batalla de Langensalza del 27 de junio, en la que los hannoverianos rechazaron a las tropas del general Flies, el ejército hannoveriano, cercado, capituló el 29 de junio. Edwin von Manteuffel (1809-1885) mandaba las tropas prusianas que ocuparon Hannover. ↩

  27. El conde Eduard Clam-Gallas (1805-1891), general austriaco. ↩

  28. Ludwig von Gablenz (1814-1874), general austriaco, que había mandado las tropas austriacas en la guerra de Dinamarca. ↩

  29. La batalla de Königgrätz o de Sadowa, del 3 de julio de 1866, que decidió la guerra. ↩

  30. La campaña de 1806 contra Prusia y la de 1815 en Bélgica; en Ligny (16 de junio de 1815) Napoleón derrotó a los prusianos de Blücher dos días antes de Waterloo. ↩