Escrita por Friedrich Engels el 12 de octubre de 1867 y publicada en el suplemento de Die Zukunft (Berlín), núm. 254, del 30 de octubre de 1867. Traducida del manuscrito, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 207-209), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
K. Marx, El capital, tomo primero, Hamburgo, Meissner, 1867, 784 páginas, en octavo
Es un hecho lamentable para todo alemán que nosotros, el pueblo de los pensadores, hayamos producido hasta ahora tan poco en el terreno de la economía política. Nuestras celebridades en esta materia son, en el mejor de los casos, compiladores como Rau y Roscher,1 y donde se aporta algo original tenemos proteccionistas como List2 (que, por lo demás, parece que copió a un francés) o socialistas como Rodbertus3 y Marx. Nuestra correcta economía política parece haberse propuesto de veras la tarea de echar en brazos del socialismo a todo el que se tome en serio la ciencia económica. ¿No hemos visto acaso que toda la economía oficial se atrevió a negar, frente a un Lassalle, la ley de sobra conocida y reconocida sobre la determinación del salario, y que tuvo que ser un Lassalle quien saliera en defensa de gente como Ricardo frente a Schulze-Delitzsch y otros?4 Por desgracia es cierto: ni siquiera con Lassalle pudieron acabar en el terreno científico, y tuvieron que cargar —por mucho reconocimiento que merecieran sus aspiraciones prácticas— con el reproche de que toda su ciencia consistía en aguar las armonías de un Bastiat,5 que tapan todas las contradicciones y dificultades. ¡Bastiat como autoridad y Ricardo renegado: esa es hoy en Alemania nuestra economía oficial! Pero, claro, ¿cómo va a ser de otro modo? Entre nosotros, por desgracia, la economía es un campo por el que nadie se interesa científicamente: o es un trozo de estudio alimenticio para el examen de ciencias camerales,6 o un instrumento auxiliar de la agitación política que se aprende de la manera más superficial posible. ¿Tendrán la culpa nuestra fragmentación estatal, nuestra industria, por desgracia todavía tan poco desarrollada, o nuestra dependencia del extranjero, tradicional en esta rama de la ciencia?
En estas circunstancias siempre es una alegría tener en las manos un libro como el presente, en el que el autor, al tiempo que remite con indignación a sus modelos clásicos, hasta Ricardo y Sismondi, la economía aguada que circula ahora o, como él la llama con mucho acierto, la «economía vulgar», adopta también una actitud crítica ante los clásicos, pero procura siempre mantener el rumbo de una investigación rigurosamente científica. Los escritos anteriores de Marx, en particular el que publicó Duncker en Berlín en 1859 sobre el dinero,7 se distinguían ya tanto por un espíritu rigurosamente científico como por una crítica implacable, y que nosotros sepamos toda nuestra economía oficial no ha opuesto nada hasta ahora a aquel escrito. Pero si ya no pudo con él, ¿cómo le irá ahora con estos cuarenta y nueve pliegos sobre el capital? Entiéndasenos bien. No decimos que no haya nada que objetar a las deducciones de este libro ni que Marx haya aportado pruebas completas de ellas; decimos simplemente: no creemos que entre todos nuestros economistas se encuentre uno capaz de refutarlas. Las investigaciones que se llevan a cabo en este libro son de la más alta finura científica. Nos remitimos sobre todo a la disposición artística y dialéctica del conjunto, a la manera en que en el concepto de la mercancía se expone ya el dinero como existente en sí, y en que del dinero se desarrolla el capital. Confesamos que tenemos por un progreso la categoría, recién introducida, de la plusvalía; que no vemos qué puede objetarse a la afirmación de que no es el trabajo, sino la fuerza de trabajo, lo que aparece como mercancía en el mercado; que consideramos del todo acertada la corrección de la ley ricardiana de la tasa de ganancia (que en lugar de ganancia hay que poner plusvalía). Hemos de reconocer que nos ha impresionado mucho el sentido histórico que atraviesa todo el libro y que impide al autor tener las leyes económicas por verdades eternas, por otra cosa que la formulación de las condiciones de existencia de determinados estados sociales transitorios; y que en nuestros economistas oficiales se buscaría en vano, por desgracia, la erudición y la agudeza con que se exponen aquí los diferentes estados sociales históricos y sus condiciones de existencia. Investigaciones como las que versan sobre las condiciones y leyes económicas de la esclavitud, de las diversas formas de la servidumbre y de la sujeción feudal, y sobre el origen de los obreros libres, han sido hasta ahora completamente ajenas a nuestros economistas de oficio. También nos gustaría oír la opinión de estos señores sobre los desarrollos que aquí se nos dan acerca de la cooperación, la división del trabajo y la manufactura, la maquinaria y la gran industria, en sus conexiones y efectos históricos y económicos; en todo caso, pueden aprender aquí muchas cosas nuevas. ¿Y qué dirán, sobre todo, del hecho —que da en la cara a todas las teorías tradicionales de la libre competencia y que aquí se demuestra con material oficial— de que en Inglaterra, la patria de la libre competencia, apenas queda ya rama de trabajo a la que la intervención del Estado no prescriba rigurosamente la jornada diaria y que no vigile el inspector de fábricas? ¿Y de que, sin embargo, a medida que se limita el tiempo de trabajo, no solo prosperan las distintas ramas de la industria, sino que cada obrero rinde en el tiempo más corto más producto que antes en el más largo?
Por desgracia, no puede negarse que el tono especialmente áspero que el autor emplea con los economistas oficiales alemanes no carece de justificación. Todos ellos pertenecen más o menos a la «economía vulgar»; han prostituido su ciencia por amor a la popularidad del día y han renegado de sus corifeos clásicos. Hablan de «armonías» y se enredan en las contradicciones más banales. Ojalá la dura lección que les da este libro sirva para despertarlos de su letargo y para recordarles que la economía no es solo una vaca lechera que nos provee de mantequilla, sino una ciencia que exige un culto serio y celoso.8
Karl Heinrich Rau (1792-1870) y Wilhelm Roscher (1817-1894), economistas alemanes, autores de manuales muy difundidos; Roscher fue uno de los fundadores de la escuela histórica. ↩
Friedrich List (1789-1846), economista alemán, defensor del proteccionismo y de la unión aduanera alemana. ↩
Johann Karl Rodbertus-Jagetzow (1805-1875), economista y terrateniente prusiano, teórico de un «socialismo de Estado» conservador. ↩
Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), político liberal, promotor de las cooperativas de crédito y de consumo; Lassalle polemizó con él en Herr Bastiat-Schulze von Delitzsch, der ökonomische Julian, oder Capital und Arbeit (1864), apoyándose en la ley de Ricardo sobre el salario. ↩
Frédéric Bastiat (1801-1850), economista francés, librecambista, autor de Harmonies économiques (1850), donde sostenía la armonía natural de los intereses de las clases. ↩
Las ciencias camerales (Kameralwissenschaften) eran en Alemania los estudios de administración y hacienda que se exigían a los futuros funcionarios. «Estudio alimenticio» (Brotstudium): el que se cursa solo para ganarse el pan. ↩
Contribución a la crítica de la economía política (Berlín, Duncker, 1859), que trata de la mercancía y del dinero. ↩
Engels escribió esta y otras reseñas para periódicos burgueses y demócratas con el fin de romper el silencio con que la prensa y los economistas acogían el libro; por eso adopta a menudo el punto de vista de un crítico ajeno al socialismo. Die Zukunft era un diario demócrata de Berlín. ↩