Escrita por Friedrich Engels entre el 3 y el 8 de noviembre de 1867 y publicada en la Düsseldorfer Zeitung, núm. 316, del 16 de noviembre de 1867. Traducida de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 216-218), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, tomo primero, Hamburgo, Meissner, 1867

Este libro decepcionará mucho a más de un lector. Desde hace años, cierta parte venía anunciando su aparición. Aquí debía revelarse por fin la verdadera doctrina secreta y la panacea socialista, y más de uno, al verlo por fin anunciado, se habrá figurado que aquí iba a enterarse de cómo sería en realidad el reino milenario comunista. Quien se las prometía tan felices se ha equivocado de medio a medio. Se entera aquí, desde luego, de cómo no deben ser las cosas, y se le expone con una rudeza muy clara y a lo largo de 784 páginas; y quien tenga ojos para ver verá planteada aquí con bastante claridad la exigencia de una revolución social. Aquí no se trata de asociaciones obreras con capital del Estado, como en el difunto Lassalle; aquí se trata de la abolición del capital en general.

Marx es y sigue siendo el mismo revolucionario que fue siempre, y en un escrito científico sería sin duda el último en encubrir sus opiniones a este respecto. Pero sobre lo que haya de venir después de la revolución social solo nos da indicaciones muy oscuras. Nos enteramos de que la gran industria «madura las contradicciones y antagonismos de la forma capitalista del proceso de producción y, con ellos, a la vez, los elementos formativos de una sociedad nueva y los momentos de trastorno de la vieja», y además de que la abolición de la forma capitalista de producción «restablece la propiedad individual, pero sobre la base de la conquista de la era capitalista, de la cooperación de obreros libres y de su propiedad común de la tierra y de los medios de producción producidos por el trabajo mismo».1

Con esto hemos de contentarnos, y a juzgar por lo que tenemos delante tampoco el segundo y el tercer tomo de esta obra, anunciados, nos ofrecerán gran cosa sobre este interesante punto. Por esta vez tendremos que conformarnos precisamente con la «crítica de la economía política», y con ello entramos en un campo ciertamente muy extenso. Aquí no podemos, naturalmente, entrar en el examen científico de las prolijas deducciones de este voluminoso libro; ni siquiera podemos resumir las tesis principales que en él se establecen. Las doctrinas fundamentales, más o menos conocidas, de la teoría socialista se reducen todas a que el obrero no recibe en la sociedad actual el valor íntegro del producto de su trabajo. Esta tesis forma también el hilo conductor de la presente obra, solo que precisada con mucha más agudeza que hasta ahora, seguida con más consecuencia en todas sus conclusiones y entretejida más estrechamente con las tesis principales de la economía nacional, o puesta en oposición más directa con ellas. Por su intento de rigor científico, esta parte del escrito se distingue muy ventajosamente de todos los escritos anteriores de este tipo que conocemos, y se ve que el autor se toma en serio no solo su teoría, sino también la ciencia en general.

Lo que más nos ha llamado la atención en este libro es que el autor no concibe las tesis de la economía nacional, como suele hacerse, como verdades de validez eterna, sino como resultados de determinados desarrollos históricos. Mientras que incluso las ciencias naturales se convierten cada vez más en una ciencia histórica —compárese la teoría astronómica de Laplace,2 toda la geología y los escritos de Darwin—, la economía nacional había sido hasta ahora una ciencia tan abstracta y de validez tan general como las matemáticas. Sea cual sea la suerte de las demás afirmaciones de este libro, consideramos un mérito perdurable de Marx haber puesto fin a esta idea estrecha. Después de este escrito ya no será posible, por ejemplo, medir económicamente por el mismo rasero el trabajo esclavo, el trabajo servil y el libre trabajo asalariado, ni aplicar sin más a las condiciones de la Antigüedad o a los gremios de la Edad Media leyes válidas para la gran industria actual, determinada por la libre competencia, ni declarar sencillamente heréticas las condiciones antiguas cuando esas leyes modernas no se ajustan a ellas. De todas las naciones, los alemanes son los que tienen más sentido histórico, casi los únicos que lo tienen, y por eso está muy en orden que sea otra vez un alemán quien ponga de manifiesto las conexiones históricas también en el terreno de la economía nacional.

  1. Las dos citas proceden de El capital, tomo I, capítulo sobre la maquinaria y la gran industria y capítulo sobre la acumulación originaria (la «tendencia histórica de la acumulación capitalista»), respectivamente. ↩

  2. La hipótesis de Pierre-Simon Laplace (1749-1827) sobre el origen del sistema solar a partir de una nebulosa en rotación. ↩