Escrito en inglés por Karl Marx el 9 de noviembre de 1868 y publicado en The Diplomatic Review* (Londres) del 2 de diciembre de 1868. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 334-336), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
La carta del señor Gladstone del 11 de mayo de 1866 suspendió la Ley bancaria de 1844 en las condiciones siguientes:1
El tipo mínimo de descuento debía elevarse al 10 por ciento.
Si el Banco rebasaba el límite fijado por la ley a su emisión de billetes, el beneficio de esa emisión adicional debía ser entregado por el Banco al gobierno.
En consecuencia, el Banco elevó su tipo mínimo de descuento al 10 por ciento (es decir, al 15 o 20 por ciento para los comerciantes y fabricantes corrientes) y no violó la letra de la ley de 1844 en lo que se refiere a la emisión de billetes. Por la tarde se recogían billetes de sus protegidos y de otros clientes de la City, y a la mañana siguiente se volvían a emitir. En cambio, se violó el espíritu de la ley al permitir, conforme a la carta del gobierno, que su reserva bajara a cero; y, según la intención de la ley de 1844, esa reserva constituye el único activo disponible del Banco frente al pasivo de su Departamento Bancario.2
La carta del señor Gladstone suspendió, pues, la Ley bancaria de Peel de tal manera que se mantuvieron, e incluso se agravaron artificialmente, sus peores consecuencias. No puede decirse lo mismo ni de la carta de sir G. C. Lewis de 1857 ni de la carta de lord John Russell de 1847.3
El Banco mantuvo el tipo mínimo de descuento del 10 por ciento durante más de tres meses. En Europa se consideró ese tipo como un síntoma peligroso.
Después de que el señor Gladstone hubiera creado así una atmósfera sumamente malsana de desconfianza respecto de la solvencia inglesa, entra en escena lord Clarendon, el héroe del Congreso de París,4 y publica en el Times una carta explicativa a las embajadas inglesas en el continente. Comunicaba al continente, con muchísimas palabras, que no era el Banco de Inglaterra el que estaba en bancarrota (aunque, según la ley de 1844, eso era justamente lo que ocurría en realidad), sino, hasta cierto punto, la industria y el comercio de Inglaterra. El efecto inmediato de su carta no fue un run de los cockneys contra el Banco, sino un run (en busca de dinero) de Europa contra Inglaterra. (Esta expresión la empleó en su día el señor Watkin en la Cámara de los Comunes.)5 Algo así no había ocurrido nunca en la historia del comercio inglés. Se transportaba oro de Londres a Francia mientras el tipo oficial mínimo de descuento era a la vez del 10 por ciento en Londres y del 3½ al 3 por ciento en París. Eso prueba que la salida de oro no era una operación comercial normal. Era exclusivamente el resultado de la carta de lord Clarendon.
Así, después de mantenerse durante más de tres meses el tipo mínimo de descuento del 10 por ciento, vino la reacción inevitable. Del 10 por ciento el tipo mínimo bajó rápidamente al 2 por ciento, y ese ha sido todavía hace pocos días el tipo oficial del Banco. Entretanto, todos los valores ingleses, acciones de ferrocarriles, acciones de bancos, acciones de minas, toda clase de inversiones interiores, habían caído extraordinariamente de valor y se los evitaba cuidadosamente. Incluso los consolidados6 bajaron. (En un momento del pánico el Banco llegó a negarse a conceder préstamos con garantía de consolidados.) Había llegado la hora de las inversiones en el extranjero. En el mercado de Londres se contrataron empréstitos de gobiernos extranjeros en las condiciones más favorables. En primer lugar figuraba un empréstito ruso de seis millones de libras esterlinas. Este empréstito ruso, que unos meses antes había fracasado lamentablemente en la Bolsa de París, fue recibido ahora en la Bolsa de Londres como un don del cielo. Apenas la semana pasada Rusia ha emitido un nuevo empréstito de cuatro millones de libras esterlinas. En 1866 Rusia, exactamente igual que ahora (9 de noviembre de 1868), casi se hundía bajo el peso de dificultades financieras que, a consecuencia de la revolución agraria por la que está pasando,7 han adquirido un carácter sumamente alarmante.
Que se abran de par en par a Rusia las puertas del mercado de dinero inglés es lo de menos de lo que la Ley bancaria de Peel hace por Rusia. Esta ley entrega a Inglaterra, el país más rico del mundo, literalmente a merced del gobierno moscovita, el gobierno más insolvente de Europa.
Supongamos que el gobierno ruso hubiera depositado a comienzos de mayo de 1866, a nombre de una casa privada alemana o griega, entre uno y uno y medio millones de libras esterlinas en el Departamento Bancario del Banco de Inglaterra. Retirando de golpe y por sorpresa esa suma, habría podido obligar al Departamento Bancario a suspender inmediatamente los pagos, aunque hubiera más de trece millones de libras esterlinas en oro en el Departamento de Emisión. La bancarrota del Banco de Inglaterra habría podido, por tanto, provocarse con un telegrama de San Petersburgo.
Aquello para lo que Rusia no estaba preparada en 1866, quizá esté en condiciones de hacerlo en 1876, si no se deroga la Ley bancaria de Peel.
La Ley bancaria de 1844 (Bank Charter Act), de Robert Peel, dividió el Banco de Inglaterra en un Departamento de Emisión, cuyos billetes, salvo una cantidad fija, tenían que estar cubiertos por oro, y un Departamento Bancario, que funcionaba como un banco cualquiera. En las crisis de 1847, 1857 y 1866 el gobierno la suspendió mediante una carta al Banco que le autorizaba a emitir más billetes de los permitidos. La de 1866, firmada por William Ewart Gladstone como ministro de Hacienda, se dio en el pánico que siguió a la quiebra de la casa de descuento Overend, Gurney & Co. (10 de mayo de 1866). ↩
La «reserva» es la de billetes del Departamento de Emisión que el Departamento Bancario tiene en caja y que constituye su encaje frente a los depósitos. ↩
George Cornewall Lewis (1806-1863), ministro de Hacienda en 1855-1858; lord John Russell (1792-1878), primer ministro en 1846-1852 y 1865-1866. ↩
George William Frederick Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores en 1853-1858, 1865-1866 y 1868-1870, representó a Gran Bretaña en el Congreso de París que cerró la guerra de Crimea en 1856. ↩
Edward Watkin (1819-1901), empresario ferroviario y diputado liberal. ↩
Títulos de la deuda pública británica consolidada. ↩
La abolición de la servidumbre de 1861 y las reformas que la siguieron. ↩