Escrito por Friedrich Engels entre mayo y mediados de julio de 1870 como comienzo de una historia de Irlanda que quedó inacabada: solo llegó a redactar el capítulo «Condiciones naturales» y parte del siguiente, «La antigua Irlanda»; no se publicó en vida de su autor y el título es de los editores. Traducido del manuscrito según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 459-498), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Engels citaba a sus autores ingleses, latinos, griegos, irlandeses y escandinavos traduciéndolos él mismo al alemán; traducimos de su versión, y lo que dejó en otra lengua lo traducimos en el texto o en nota. Las notas de Engels van marcadas; las demás son nuestras. Texto original en alemán.
Condiciones naturales
En el extremo noroccidental de Europa se halla el país cuya historia va a ocuparnos: una isla de 1.530 millas cuadradas alemanas o 32.500 inglesas. Pero entre Irlanda y el resto de Europa se interpuso de través la isla tres veces mayor que, para abreviar, solemos llamar Inglaterra; esta rodea Irlanda por completo por el norte, el este y el sudeste, y solo le deja libre la vista en dirección a España, el oeste de Francia y América.
El canal entre ambas islas, de 50 a 70 millas inglesas de anchura en sus puntos más estrechos del sur, de 13 en un punto del norte y de 22 en otro, permitió ya antes del siglo V, en el norte, que los escotos irlandeses emigraran a la isla vecina y fundaran el reino de Escocia. En el sur era demasiado ancho para las barcas de irlandeses y britanos, y un obstáculo serio incluso para las naves costeras de fondo plano de los romanos. Pero cuando frisones, anglos y sajones, y tras ellos los escandinavos, pudieron aventurarse con sus naves de quilla en alta mar, fuera de la vista de tierra, este canal dejó de ser un obstáculo; Irlanda quedó a merced de las incursiones de saqueo de los escandinavos y se ofreció a los ingleses como presa abierta. En cuanto los normandos establecieron en Inglaterra un gobierno fuerte y unificado, se hizo valer la influencia de la isla vecina mayor; en aquellos tiempos, eso se llamaba guerra de conquista.
Si luego, en el curso de la guerra, venía un período en que Inglaterra conquistaba el dominio del mar, quedaba excluida con ello la posibilidad de una intervención extranjera eficaz.
Y si, por último, toda la isla mayor se unificaba en un solo Estado, este tenía que aspirar a asimilarse también Irlanda por completo.
Si esa asimilación triunfaba, todo el proceso pertenece a la historia. Queda sometido a su juicio, pero ya no tiene vuelta atrás. Pero si después de setecientos años de lucha la asimilación no ha triunfado; si, por el contrario, cada nueva oleada de invasores que inundaba Irlanda una tras otra ha sido asimilada por Irlanda; si los irlandeses, todavía hoy, se han convertido en ingleses, en «británicos del oeste», como se dice, tan poco como los polacos, tras solo cien años de opresión, en rusos del oeste; si la lucha aún no ha terminado y no hay perspectiva de que termine de otro modo que con el exterminio de la raza oprimida, entonces todos los pretextos geográficos del mundo no bastarán para demostrar la vocación de Inglaterra a conquistar Irlanda.
Para comprender la naturaleza del suelo de la Irlanda actual tenemos que remontarnos muy atrás, hasta la época en que se formó el llamado terreno carbonífero.1
El centro de Irlanda, al norte y al sur de la línea Dublín-Galway, forma una vasta llanura de 100 a 300 pies de altitud media sobre el nivel del mar. Esta llanura, por así decir el plano de base de toda Irlanda, la forma la potente capa de caliza que constituye el piso medio del terreno carbonífero (caliza carbonífera, carboniferous limestone) y sobre la que descansan directamente, en Inglaterra y en otras partes, los estratos que contienen carbón (el terreno hullero propiamente dicho, coal measures).
Tanto en el sur como en el norte, esta llanura está rodeada por una corona de montañas que en general sigue la costa y que se compone casi sin excepción de formaciones más antiguas que han atravesado la caliza: granito, micaesquisto, pizarras arcillosas y areniscas cámbricas, cambrosilúricas, silúricas superiores, devónicas y del piso más bajo del terreno carbonífero, ricas en cobre y plomo, y que contienen además algo de oro, plata, estaño, cinc, hierro, cobalto, antimonio y manganeso.
Solo en pocos lugares se alza la propia caliza en montañas: en medio de la llanura, en Queen's County,2 hasta 600 pies, y en el oeste, en la costa sur de la bahía de Galway, hasta algo más de 1.000 pies (Burren Hills).
En varios puntos de la mitad meridional de la llanura caliza se encuentran montañas aisladas de 700 a 1.000 pies [sobre el] nivel del mar y de considerable extensión, formadas por los estratos que contienen carbón. Ocupan cubetas de la superficie caliza, de la que se alzan como mesetas de bordes bastante escarpados.
«Las pendientes de estas extensiones de terreno hullero, muy alejadas unas de otras, se parecen tanto, y los estratos que las componen son tan completamente idénticos, que no hay manera de no suponer que antes se extendían en capas continuas por todo el territorio intermedio, aunque ahora estén a 60 u 80 millas unas de otras. Esta opinión se ve reforzada especialmente por el hecho de que entre los campos carboníferos que aún quedan se encuentran aquí y allá pequeñas colinas aisladas cuya cima también es de terreno hullero, y de que, dondequiera que la llanura caliza se hunde por debajo del nivel de la superficie actual, la depresión está rellena por los estratos más bajos del terreno hullero.» (Jukes, p. 286.)
Otras circunstancias, que nos llevarían aquí a demasiado detalle y que pueden leerse en Jukes, pp. 286-289, demuestran con certeza que, como dice Jukes, toda la llanura central irlandesa se ha formado por denudación; de modo que, una vez arrastrados el terreno hullero y los depósitos superiores de caliza —un espesor medio de por lo menos 2.000 o 3.000, quizá de 5.000 o 6.000 pies de roca—, afloran ahora sobre todo los estratos inferiores de la caliza. Incluso en la cresta más alta de las Burren Hills, en el condado de Clare, que son de caliza pura y tienen 1.000 pies de altura, encontró Jukes (p. 513) un pequeño resto de terreno hullero.
Quedan, pues, en el sur de Irlanda algunas extensiones nada despreciables que pertenecen al terreno hullero; pero en ellas solo se encuentra carbón con espesor suficiente para que compense la explotación minera en algunos puntos pequeños. Además, el carbón mismo es antracitoso, es decir, contiene poco hidrógeno y, sin mezcla, no sirve para todos los usos industriales.
En el norte de Irlanda hay también varios campos carboníferos poco extensos, cuyo carbón es bituminoso, es decir, hulla corriente, rica en hidrógeno, y cuya disposición no coincide del todo con la de los distritos carboníferos más meridionales. Pero que también aquí se produjo la misma erosión del terreno hullero se deduce de que en la superficie del valle calizo situado al sudeste de uno de esos campos, hacia Belturbet y Mohill, se encuentran grandes trozos de carbón, acompañados de arenisca y de arcilla azul pertenecientes a la misma serie de estratos. Al abrir pozos en el drift de esta comarca se ha dado a menudo con grandes bloques de carbón; y en algunos casos las masas de carbón eran tan considerables que se creyó que una excavación más profunda llevaría a un yacimiento de carbón. (Kane, Industrial Resources of Ireland, 2.ª edición, Dublín, 1845, p. 265.)
Como se ve, la mala suerte de Irlanda es antiquísima; empieza inmediatamente después de que se depositara el terreno hullero. Un país al que el agua le arrastró los yacimientos de carbón, situado justo al lado de un país más grande y rico en carbón, estaba condenado, por así decir por decreto de la naturaleza, a desempeñar durante mucho tiempo, frente a este, el futuro país industrial, el papel de país campesino. La sentencia, dictada hace millones de años, no se ejecutó hasta este siglo. Ya veremos, por lo demás, cómo los ingleses echaron una mano a la naturaleza y aplastaron enseguida, por la fuerza, casi todo germen de industria irlandesa.
Los depósitos más recientes, secundarios y terciarios, aparecen casi solo en el nordeste; de ellos nos interesan sobre todo las capas del Keuper de la comarca de Belfast, que contienen hasta 200 pies de espesor de sal gema más o menos pura (Jukes, p. 554), y la creta que cubre todo el condado de Antrim y que, a su vez, está cubierta por una capa de basalto. En conjunto, la historia geológica de Irlanda se interrumpe desde el final de la formación carbonífera hasta el período glacial.
Se sabe que, al terminar la época terciaria, llegó un tiempo en que las tierras llanas de las latitudes medias de Europa estaban hundidas bajo la superficie del mar y en que reinaba en Europa una temperatura tan fría que los valles de las islas montañosas que aún sobresalían estaban llenos de glaciares hasta el nivel del mar. Los icebergs que se desprendían de esos glaciares llevaban mar adentro bloques de piedra, grandes y pequeños, arrancados de las montañas, hasta que el hielo se fundía y los bloques, con todo lo demás de tierra que el hielo había arrastrado, caían al fondo, proceso que todavía hoy se produce a diario en las costas de las regiones polares.
En el período glacial también Irlanda, con excepción de las cumbres de las montañas, estaba hundida bajo el nivel del mar. El máximo de ese hundimiento quizá no fue igual en todas partes, pero puede suponerse que, por término medio, llegó a 1.000 pies por debajo de la altura actual; las montañas de granito al sur de Dublín tuvieron que hundirse más de 1.200 pies.
Un hundimiento de solo 500 pies no dejaría de Irlanda más que las montañas, que entonces quedarían como islas, en dos grupos semicirculares, en torno a un ancho estrecho que iría de Dublín a Galway. Un hundimiento aún mayor no haría más que achicar las islas y reducir su número, hasta que, con 2.000 pies de hundimiento, solo las cumbres más altas sobresaldrían del agua.3
Mientras el hundimiento se producía lentamente, la llanura caliza y las laderas de las montañas debieron quedar barridas de buena parte de la roca más antigua que tenían encima; luego vino el depósito del «drift», propio del período glacial, en todo el territorio cubierto por el agua. Los productos de la meteorización de las islas montañosas y las partículas de roca finamente desmenuzadas que se desprendían cuando los glaciares, avanzando lenta pero pesadamente por los valles, los excavaban —tierra, arena, grava, piedras, bloques pulidos dentro del propio hielo y bloques de aristas vivas sobre su superficie—, todo eso lo llevaban mar adentro los icebergs que se desprendían en la orilla, y allí iba cayendo poco a poco al fondo. La capa así formada se compone, según las circunstancias, de arcilla (procedente de las pizarras arcillosas), arena (procedente del cuarzo y del granito), grava caliza (aportada por las montañas calizas), marga (donde a la arcilla se mezcló caliza finamente desmenuzada) o de mezclas de todos estos componentes; pero en todos los casos contiene gran cantidad de piedras mayores o menores, ya redondeadas, ya de aristas vivas, hasta llegar a esos colosales bloques erráticos que en Irlanda son aún más frecuentes que en la llanura del norte de Alemania o entre los Alpes y el Jura.
Con la posterior emersión del suelo, esta superficie recién formada recibió, al menos a grandes rasgos, su configuración actual. En Irlanda parece que hubo poca erosión en ese momento; con pocas excepciones, el drift cubre en una capa más o menos gruesa toda la tierra llana, sube por todos los valles de las montañas y se encuentra con frecuencia incluso en lo alto de las laderas. Las piedras que contiene son en su mayoría calizas, por lo que aquí toda la capa suele llevar el nombre de grava caliza (limestone gravel). También hay grandes bloques de caliza esparcidos a montones por toda la tierra baja, uno o varios casi en cada campo; cerca de las montañas se encuentran, como es natural, junto a la caliza, en gran cantidad, las rocas locales que proceden de ellas, sobre todo el granito. El granito del lado norte de la bahía de Galway se encuentra con frecuencia en la llanura, hacia el sudeste, hasta los montes Galtee,4 y de modo aislado hasta Mallow (condado de Cork).
El norte del país está cubierto de drift hasta la misma altitud que la llanura central; el sur, entre las diversas cadenas montañosas, más o menos paralelas, que lo atraviesan, presenta un depósito semejante, procedente de rocas locales, en su mayoría de formación silúrica, que aparece en masa sobre todo en el valle del Flesk y del Laune, cerca de Killarney.
Las huellas glaciares en las laderas de las montañas y en el fondo de los valles de Irlanda son muy frecuentes e inconfundibles, sobre todo en el sudoeste. Huellas de hielo de toda clase más marcadas que las de Killarney (en el Black Valley y en el Gap of Dunloe) solo recuerdo haberlas visto en el Oberhasli y aquí y allá en Suecia.
La elevación del suelo durante el período glacial o después de él parece haber sido tan fuerte que Gran Bretaña estuvo unida durante un tiempo por tierra firme no solo con el continente, sino también con Irlanda. Al menos solo así parece explicarse la semejanza de la fauna de estos países. Entre los grandes mamíferos extinguidos, Irlanda tiene en común con el continente el mamut, el ciervo gigante irlandés, el oso de las cavernas, una especie de reno, etc. En efecto, bastaría una elevación de menos de 240 pies sobre el nivel actual para unir Irlanda y Escocia, y una de menos de 360 pies para unir Irlanda y Gales, mediante anchos istmos.5 Que después del período glacial Irlanda estuvo alguna vez a un nivel más alto que hoy lo prueban las turberas submarinas que aparecen a lo largo de toda la costa, con tocones de árboles todavía en pie y raíces, idénticas en todos los aspectos a las capas más bajas de las turberas vecinas del interior.
El suelo de Irlanda, en lo que importa a la agricultura, está formado, pues, casi exclusivamente por el «drift» del período glacial, que aquí, gracias a que procede de pizarras y calizas, no es aquella arena estéril con que los granitos escoceses, escandinavos y finlandeses han cubierto una parte tan grande del norte de Alemania, sino una tierra franca ligera y extraordinariamente fértil. La variedad de las rocas que han cedido y siguen cediendo sus detritos a este suelo le ha proporcionado una variedad correspondiente de los componentes minerales que necesita la vegetación; y si uno de ellos, la cal, falta a menudo en la capa arable misma, en todas partes se encuentran en abundancia bloques de caliza, pequeños y grandes —por no hablar de la roca caliza subyacente—, de modo que puede añadirse con facilidad.
Cuando el conocido agrónomo inglés Arthur Young recorrió Irlanda en los años setenta del siglo pasado, no sabía qué le asombraba más: la fertilidad natural del suelo o el trato bárbaro que le daban los campesinos. Predomina, dondequiera que la tierra es buena, «un suelo de tierra franca arenosa, ligero, seco y blando». En el «valle de oro» de Tipperary,6 y también en otras partes, encontró
«la misma tierra franca arenosa y rojiza que ya he descrito, una tierra incomparable para la labranza». De allí, en dirección a Clonmel, «todo el camino a través de la misma rica extensión de tierra franca arenosa y roja que he mencionado tantas veces; la examiné en varios campos y vi que era de una fertilidad extraordinaria y una tierra de nabos tan buena como la mejor que haya visto nunca».
Además:
«La tierra de gran rendimiento se extiende desde Charleville, al pie de las montañas, hasta Tipperary» (la ciudad) «pasando por Kilfenann, una línea de 25 millas de largo, y a lo ancho, desde Ardpatrick hasta 4 millas antes de Limerick: 16 millas.» «El suelo más rico está en los "Corcasses", a orillas del río Maigue, junto a Adare, una franja de 5 millas de largo y 2 de ancho que baja hasta el Shannon... Cuando se ara esta tierra, se siembra primero avena y se obtienen 20 barriles» (de 14 stone = 196 libras el barril) «o 40 barriles corrientes por acre, y eso no se tiene por una cosecha especialmente abundante; se sigue con avena 10 o 12 años sin interrupción, hasta que las cosechas empiezan a flojear; entonces se siembran habas una vez, y con eso el suelo se refresca tanto que se le pueden volver a sacar diez cosechas de avena seguidas; las habas rinden muy bien. ¿Se ha oído hablar alguna vez de semejantes bárbaros?»
Además, junto a Castle Oliver, en el condado de Limerick:
«El mejor suelo de esta comarca está al pie de las montañas; es una tierra franca arenosa, rica, blanda, desmenuzable y mullida, de pie y medio a tres pies de espesor, de color pardo rojizo. Es tierra seca y se prestaría de maravilla a los nabos, las zanahorias, las coles; en una palabra, a cualquier cosa. A fin de cuentas, lo tengo por el suelo más fértil que haya visto nunca; sirve para todos los fines imaginables. Se puede cebar en él al buey más grande, pero este suelo es igual de bueno para las ovejas, para la labranza, para los nabos, para el trigo, para las habas, para cualquier cosa. Hay que examinar uno mismo el suelo antes de creer que una tierra de aspecto tan mísero pueda ser tan rica y fértil.»
A orillas del río Blackwater, junto a Mallow,
«hay franjas llanas, de hasta un cuarto de milla de ancho, donde la hierba crece magnífica en todas partes. Es el suelo arenoso más espléndido que he visto nunca, de un pardo rojizo, y si se arara daría las cosechas más abundantes del mundo. Tiene cinco pies de espesor y, aunque se puede cocer en buenos ladrillos, es arena perfecta. Las orillas de este río, desde su nacimiento hasta el mar, son tan notables por la belleza del paisaje como por su fertilidad.» «La tierra franca arenosa y desmenuzable, seca pero fértil, es muy frecuente y forma el mejor suelo del país, tanto para la labranza como para las ovejas. Tipperary y Roscommon son especialmente ricos en ella. Lo más fértil de todo son los pastos de engorde de bueyes de Limerick y de la orilla del Shannon, en Clare, los llamados Corcasses... La arena, tan frecuente en Inglaterra y más aún en toda España, Francia, Alemania y Polonia —de punta a punta, de Gibraltar a Petersburgo—, no se encuentra en ninguna parte de Irlanda, salvo en estrechas franjas de dunas en la costa. Tampoco he visto ni oído nunca nada de suelos de creta en ninguna parte.»7
El juicio de Young sobre el suelo de Irlanda se resume en las frases siguientes:
«Si tuviera que indicar las señales de un suelo excelente, diría: el suelo en que se puede cebar un buey y obtener igualmente una buena cosecha de nabos. Dicho sea de paso, en Inglaterra apenas se me ocurre tierra así, si es que hay alguna; en Irlanda, en cambio, no es rara.» (II, p. 271.) «La fertilidad natural, acre por acre, está decididamente a favor de Irlanda.» (II, 2.ª parte, p. 3.) «Hasta donde puedo juzgar el suelo de los dos reinos, el de Irlanda merece con mucho la primacía.» (II, 2.ª parte, p. 12.)
En 1808-1810 recorrió Irlanda Edward Wakefield, otro inglés versado en agronomía, y dejó los resultados de sus observaciones en una obra muy valiosa.8 Sus observaciones están mejor ordenadas, son más claras y más completas que las del libro de viajes de Young; pero en conjunto ambos coinciden.
Wakefield encuentra, en conjunto, poca diversidad en la naturaleza del suelo irlandés. La arena solo aparece en la costa (es tan rara en el interior que se transportan tierra adentro grandes cantidades de arena de mar para mejorar con ella la turba y la tierra franca); el suelo de creta es desconocido (la creta de Antrim está cubierta, como ya se ha dicho, por una capa de basalto cuyos productos de meteorización dan una capa arable extraordinariamente fértil; en Inglaterra, la creta da el peor suelo), «y nunca he podido encontrar en Irlanda suelo de arcilla tenaz como el que se encuentra en Oxfordshire, en algunas partes de Essex y en todo el alto Suffolk». Los irlandeses llaman arcilla (clay) a cualquier suelo de tierra franca; puede que también haya en Irlanda verdadera arcilla, pero en ningún caso en la superficie, como en algunas partes de Inglaterra. Hay caliza o cantos de caliza casi en todas partes; «la caliza es un artículo útil y puede convertirse en una fuente de riqueza que siempre se puede aprovechar con ventaja». Las montañas y las turberas reducen mucho, desde luego, la superficie fértil. En el norte, dice, hay poca tierra fértil; pero también aquí se encuentran en cada condado valles extraordinariamente ricos, e incluso en el extremo de Donegal, entre las montañas más agrestes, W. se topó de improviso con una franja de gran rendimiento. El mucho cultivo de lino en el norte es por sí solo, dice, indicio suficiente de fertilidad, pues esa planta nunca prospera en suelo pobre.
«Gran parte del suelo de Irlanda da una hierba lozana que asienta bastante apretada sobre la roca caliza. He visto bueyes de catorce quintales que engordaban deprisa en un suelo de solo unas pocas pulgadas de profundidad, en el que ni en la estación más húmeda dejaba huella el casco de un caballo. Este es un aspecto del rico suelo de Irlanda; se encuentra en todo Roscommon, en algunas partes de Galway, de Clare, etc. Otras comarcas, en cambio, muestran la tierra franca más rica que haya visto nunca volcada por un arado; es el caso, sobre todo, de todo Meath. Donde se da un suelo así, su fertilidad es tan evidente que parece que la naturaleza se hubiera propuesto compensar a los habitantes por su torpe sistema de cultivo. A orillas del Shannon y del Fergus la tierra es de otra clase, pero igual de productiva, aunque la superficie parezca casi un pantano. Estas comarcas se llaman los "Caucasses"» (así escribe W., a diferencia de Young); «el subsuelo es un limo azul fino, depositado por el mar, que parece tener las mismas propiedades que la capa arable, pues este suelo no se arruina por hondo que se are. En los condados de Limerick y Tipperary aparece otra clase de suelo rico: una tierra franca arenosa, oscura, desmenuzable y seca, que daría grano varios años seguidos con solo mantenerla limpia de malas hierbas. Sirve igual de bien para labranza que para pasto de ganado y, me atrevo a afirmar, rara vez le resultará un año demasiado húmedo ni un verano demasiado seco. La productividad de este suelo se explica en parte porque la lluvia arranca partículas de tierra de las alturas y las deposita en el valle. El subsuelo es calizo, de modo que el mejor abono de todos ya está incorporado desde abajo a toda la franja, sin que les cueste ningún trabajo a los campesinos.» (I, pp. 79-80.)
Cuando una tierra franca más tenaz, en capa no muy gruesa, descansa directamente sobre la roca caliza, la tierra no sirve para la labranza y solo da míseras cosechas de grano; pero proporciona excelentes pastos para ovejas, que la van mejorando cada vez más y producen una hierba espesa, mezclada con trébol blanco y...9 (I, p. 80.)
En el oeste, sobre todo en Mayo, hay según el Dr. Beaufort10 muchos turloughs: extensiones llanas, mayores o menores, que sin comunicación visible con arroyos ni ríos se cubren de agua en invierno; en verano el agua se escurre por grietas subterráneas de la roca caliza y deja un pasto rico y firme.
«Aparte de los Caucasses —prosigue Wakefield—, el mejor suelo de Irlanda está en los condados de Tipperary, Limerick, Roscommon, Longford y Meath. En Longford hay una finca arrendada (Granard Kill) que ha dado ocho cosechas seguidas de patatas sin abono. Algunas partes de Cork son extraordinariamente fértiles y, en conjunto, puede decirse que Irlanda posee suelo de excelente calidad, aunque no puedo ir tan lejos como algunos escritores que opinan que, acre por acre, es decididamente mejor que el de Inglaterra.» (I, p. 81.)
Esta última observación, dirigida contra Young, se basa en una mala interpretación de la frase de Young antes citada. Young no dice que el suelo de Irlanda sea más productivo que el de Inglaterra, tomados ambos en su estado actual de cultivo, que en Inglaterra es, naturalmente, mucho más avanzado; Young solo dice que la fertilidad natural del suelo es mayor en Irlanda que en Inglaterra, y eso Wakefield no lo niega propiamente.
Un agrónomo escocés, el señor Caird, fue enviado a Irlanda después de la última hambruna, en 1849, por sir Robert Peel,11 para que informara sobre los medios de levantar allí la agricultura. En el escrito sobre el oeste de Irlanda que publicó poco después —la peor parte del país después del extremo noroeste— se lee:
«Me asombró mucho encontrar una extensión tan grande de tierra hermosa y fértil. El interior del país es muy llano y, en general, pedregoso y seco; el suelo, seco y desmenuzable. La humedad del clima produce una vegetación muy constante, que tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Es ventajosa para la hierba y los cultivos forrajeros,12 pero exige también un esfuerzo considerable y continuo para tener a raya las malas hierbas. La abundancia de cal en todas partes, tanto en la roca misma como en forma de arena y cantos bajo la superficie, es del mayor valor.»
Caird confirma también que todo el condado de West Meath se compone del más hermoso pasto. De la comarca al norte de Lough Corrib (condado de Mayo) dice:
«La mayor parte» (de una granja de 500 acres) «es el más hermoso pasto de engorde para ovejas y ganado vacuno: tierra seca, desmenuzable, ondulada, toda sobre roca caliza. Los prados, de hierba lozana y bien arraigada, son mejores que todo lo que tenemos en cualquier parte de Escocia, salvo pequeños retazos, al menos que yo recuerde. Los mejores trozos de este suelo son demasiado buenos para el arado, pero cerca de la mitad podría dedicarse con ventaja a la labranza... Es muy notable la rapidez con que el suelo, sobre este subsuelo de roca caliza, se recupera y vuelve a convertirse por sí solo en pasto, sin que se siembre nada.»13
Escuchemos, por último, a una autoridad francesa:14
«De las dos partes de Irlanda, una, el noroeste, abarca la cuarta parte de la isla, a saber, todo Connaught con los condados limítrofes de Donegal, Clare y Kerry. Se parece a Gales e incluso, en sus peores extensiones, a las Tierras Altas de Escocia. Aquí hay de nuevo 2 millones de hectáreas de tierra salvaje, cuyo aspecto espantoso ha dado origen al dicho irlandés: ¡Vete al infierno o a Connaught!1516 La otra parte, la del sudeste, mucho mayor, abarca Leinster, Ulster y Munster, o unos 6 millones de hectáreas. Iguala por lo menos a la Inglaterra propiamente dicha en fertilidad natural. Pero el suelo no es igual en todas partes, y las precipitaciones son allí aún mayores que en Inglaterra. Grandes turberas cubren aproximadamente 1/10 de la superficie; más de otra décima parte son lagos y montañas. De los 8 millones de hectáreas de Irlanda, solo cinco millones están cultivados.» (pp. 9-10.) «Hasta los ingleses reconocen que Irlanda, en cuanto al suelo, es superior a Inglaterra. De los citados 8 millones de hectáreas, la roca, los lagos y las turberas ocupan unos 2 millones; otros 2 millones son tierra bastante mala. El resto, es decir, cerca de la mitad de todo el país, es tierra espléndida con subsuelo calizo: ¿qué más se puede pedir?» (p. 343.)
Como se ve, todas las autoridades coinciden en que el suelo de Irlanda reúne en grado poco común todos los elementos de la fertilidad, tanto por sus componentes químicos como por su composición mecánica. Faltan del todo los extremos: la arcilla tenaz e impermeable que no deja pasar el agua y la arena suelta que no la retiene ni una hora. En cambio, Irlanda tiene otro inconveniente. Mientras que las montañas están en su mayoría junto a la costa, las divisorias de aguas entre las distintas cuencas fluviales del interior son casi siempre muy bajas. Los ríos no son capaces de llevar al mar toda el agua de lluvia, y así se forman en el interior, sobre todo en las divisorias, extensas turberas. Solo en la llanura hay 1.576.000 acres cubiertos de turbera. Son casi siempre depresiones o cubetas del terreno, en gran parte antiguas cuencas lacustres poco profundas que se fueron cubriendo de musgo y plantas palustres y se rellenaron con sus restos muertos. Como nuestras turberas del norte de Alemania, solo sirven para sacar turba. Con el sistema agrícola actual, el cultivo solo puede adueñarse lentamente de sus bordes. El suelo de estas antiguas cuencas lacustres es en todas partes marga, que ha recibido su contenido de cal (que oscila entre el 5 y el 90 %) de las conchas de los moluscos de agua dulce del lago. Cada una de estas turberas lleva, pues, en su propio seno el material para su roturación. Además, la mayoría son ricas en mineral de hierro. Junto a estas turberas de la llanura hay todavía 1.254.000 acres de turbera de montaña, fruto de la deforestación en un clima húmedo y belleza peculiar de las islas británicas. Dondequiera que aquí se deforestaron cumbres planas o suavemente abombadas —cosa que ocurrió en masa en el siglo XVII y la primera mitad del XVIII para abastecer de carbón vegetal a las ferrerías—, se formó bajo el influjo de la lluvia y de las nieblas una cubierta de turba que más tarde, donde las condiciones eran favorables, se prolongó por las laderas. Todo el lomo de la cadena montañosa que atraviesa el norte de Inglaterra de norte a sur hasta cerca de Derby está cubierto de turberas de este tipo; y dondequiera que el mapa de Irlanda señala grupos montañosos de cierta extensión, hay también turbera de montaña en abundancia. Pero las turberas de Irlanda no están en sí mismas, ni mucho menos, perdidas sin remedio para la agricultura; ya veremos a su debido tiempo, por el contrario, qué ricos frutos son capaces de dar, con un tratamiento adecuado, una parte de ellas y también los 2 millones de hectáreas (= 5 millones de acres) de «tierra bastante mala» que Lavergne trata con desprecio.
El clima de Irlanda viene determinado por su situación. La corriente del Golfo y los vientos dominantes del sudoeste le aportan calor y le dan inviernos suaves y veranos frescos. En el sudoeste el verano dura hasta bien entrado octubre, que aquí, según Wakefield (I, p. 221), pasa por ser el mes preferido para los baños de mar. Las heladas son raras y de poca duración; en la llanura la nieve casi nunca cuaja. En las bahías de Kerry y de Cork, abiertas al sudoeste y protegidas del norte, reina durante todo el invierno un tiempo primaveral; allí y en algunos otros lugares el mirto prospera al aire libre (Wakefield cita un caso en que, en una finca, llegó a formar árboles de 16 pies de altura y se usaba para escobas de establo, I, p. 55), y el laurel, el madroño y otras plantas de hoja perenne se convierten en árboles altos. Todavía en tiempos de Wakefield, los campesinos del sur dejaban las patatas al aire libre durante todo el invierno sin que, desde 1740, se les hubieran helado nunca. En cambio, Irlanda recibe también la primera descarga violenta de las pesadas nubes de lluvia del Atlántico. La pluviosidad media de Irlanda es de por lo menos 35 pulgadas, bastante más que la media de Inglaterra, pero sin duda menos que la media de Lancashire y Cheshire y apenas más que la de todo el oeste de Inglaterra. Aun así, el clima de Irlanda es decididamente más agradable que el inglés. El cielo plomizo que en Inglaterra tan a menudo gotea días enteros sin parar lo sustituye allí casi siempre un cielo continental de abril; los frescos vientos marinos traen las nubes deprisa y de improviso, pero se las llevan igual de deprisa, si no descargan enseguida en chubascos violentos. E incluso la lluvia de días enteros, como la hay a finales de otoño, no tiene el aire crónico que tiene en Inglaterra. El tiempo, como los habitantes, tiene un carácter más agudo; se mueve entre contrastes más bruscos y repentinos; el cielo es como un rostro de mujer irlandesa: también ahí la lluvia y el sol se suceden de golpe y sin aviso, pero no hay sitio para el gris aburrimiento inglés.
La descripción más antigua del clima irlandés nos la da el romano Pomponio Mela (De situ orbis), en el siglo I de nuestra era, como sigue:
«Más allá de Britania está Juverna, casi igual a ella en extensión, pero por lo demás parecida; de forma alargada, de un cielo desfavorable para la maduración de las semillas; pero, en cambio, rebosa de hierba abundante y dulce, de modo que basta una parte muy pequeña del día para que el ganado se sacie, y si no se lo aparta del pasto, revienta de tanto comer.»
«Coeli ad maturanda semina iniqui, verum adeo luxuriosa herbis non laetis modo sed etiam dulcibus!»17 Traducido al inglés moderno, encontramos este pasaje, entre otros, en el señor Goldwin Smith, antaño profesor de historia en Oxford y ahora en la Universidad Cornell, en América. Nos cuenta que en gran parte de Irlanda es difícil recoger una cosecha de trigo, y prosigue:
«El camino natural de Irlanda hacia la prosperidad comercial parece ser el de abastecer a la población de Inglaterra con los productos de sus pastos: ganado, mantequilla, etc.»18
¡Cuántas veces, desde Mela hasta Goldwin Smith y hasta hoy, se ha repetido la afirmación —desde 1846, sobre todo por el ruidoso coro de los terratenientes irlandeses— de que Irlanda está condenada por su clima a abastecer no a los irlandeses de pan, sino a los ingleses de carne y mantequilla, y de que por eso el destino del pueblo irlandés es ser llevado al otro lado del océano para que haya sitio en Irlanda para vacas y ovejas!
Como se ve, establecer los hechos sobre el clima irlandés es resolver una cuestión política del día. Y el clima solo nos interesa aquí en la medida en que importa para la agricultura. Las observaciones de los naturalistas que miden la lluvia, dado el estado lagunoso actual de las observaciones, solo tienen para nuestro propósito un valor secundario; no importa tanto cuánta lluvia cae como, mucho más, cómo y cuándo cae. Aquí pesan ante todo los juicios de los agrónomos.
Arthur Young tiene Irlanda por decididamente más húmeda que Inglaterra; de ahí vendría la asombrosa tendencia del suelo a producir hierba. Habla de casos en que tierras de nabos y rastrojos, dejadas sin arar, dieron al verano siguiente una abundante cosecha de heno, cosa de la que no hay ejemplo en Inglaterra. Menciona además que el trigo irlandés es mucho más ligero que el de los países más secos; los campos están llenos de hierba y malas hierbas aun con el mejor cultivo, y las cosechas son tan húmedas y tan penosas de recoger que el rendimiento sufre mucho por ello (Young, Tour, II, p. 100).
Pero al mismo tiempo advierte que el suelo de Irlanda contrarresta esa humedad del clima. El suelo es pedregoso en todas partes y por eso deja pasar el agua con más facilidad.
«La tierra franca (loam) tenaz, pedregosa y compacta, difícil de trabajar, no es rara en Irlanda, pero es completamente distinta de la arcilla (clay) inglesa. Si sobre la arcilla de Inglaterra (una clase de suelo que en Irlanda es rara y nunca aparece sin muchas piedras) cayera tanta lluvia como sobre las rocas de la isla hermana, esas extensiones no podrían cultivarse. Aquí, en cambio, las rocas están revestidas de verde y, donde son de caliza, llevan sobre una capa muy fina de humus el césped más suave y hermoso del mundo.» (II, 2.ª parte, pp. 3-4.)
Como es sabido, la roca caliza está en todas partes llena de grietas y hendiduras que dejan pasar rápidamente el agua sobrante.
Wakefield dedica al clima un capítulo muy extenso, en el que reúne todas las observaciones anteriores hasta su época. El Dr. Boate (Natural History of Ireland, 1645) describe los inviernos como suaves, con 3 o 4 heladas al año que rara vez duran más de 2 o 3 días; el Liffey,19 junto a Dublín, apenas se hiela una vez cada 10 o 12 años. Marzo, dice, es casi siempre seco y hermoso, pero luego llueve mucho; rara vez hay en verano 2 o 3 días seguidos del todo secos; a finales de otoño vuelve a hacer buen tiempo. Los veranos muy secos son raros; la carestía nunca la causa la sequía, sino casi siempre la humedad. En la llanura nieva poco, de modo que el ganado se queda todo el año al aire libre. Pero a veces llega también un año de nieves, como 1635, y entonces a la gente le cuesta trabajo poner a cubierto su ganado. (Wakef., I, pp. 216 y ss.)
A principios del siglo pasado, el Dr. Rutty (Natural History of the County of Dublin) hizo observaciones meteorológicas exactas que abarcan los cincuenta años de 1716 a 1765. Durante todo ese tiempo, los vientos del sur y del oeste fueron a los del norte y del este como 73 : 37 (10.878 de S y O frente a 6.329 de N y E). Los vientos dominantes fueron el oeste y el sudoeste; tras ellos, el noroeste y el sudeste; los más raros, el nordeste y el este. En verano, otoño e invierno predominan el oeste y el sudoeste; el este es más frecuente en primavera y en verano, cuando sopla el doble que en otoño e invierno; el nordeste sopla casi siempre en primavera, también el doble que en otoño e invierno. Por eso, dice, la temperatura es más uniforme, los inviernos más suaves y los veranos más frescos que en Londres, pero el aire es más húmedo. Incluso en verano, la sal, el azúcar, la harina, etc., absorben humedad del aire, y el grano hay que secarlo en hornos de pan, cosa que no ocurre en algunas partes de Inglaterra. (Wakef., I, pp. 172-181.)
Rutty solo podía comparar entonces el clima irlandés con el de Londres, que, como en todo el este de Inglaterra, es ciertamente más seco. Pero si hubiera tenido a mano datos sobre el oeste y, sobre todo, el noroeste de Inglaterra, habría encontrado que su descripción del clima irlandés —el reparto de los vientos a lo largo del año, los veranos húmedos en que el azúcar, la sal, etc., se deshacen en las habitaciones sin calefacción— encaja de lleno con esa región, salvo que esta es más fría en invierno.
Rutty llevó también registros del carácter meteorológico de las estaciones. En los 50 años mencionados hubo 16 primaveras frías, tardías o demasiado secas; algo más que en Londres. Además, 22 veranos calurosos y secos, 24 húmedos y 4 variables; algo más húmedos que en Londres, donde el número de veranos secos iguala al de los húmedos; además, 16 otoños buenos, 12 húmedos y 22 variables, de nuevo algo más húmedos y variables que en Londres; y 13 inviernos de heladas, 14 húmedos y 23 suaves, lo que es bastante más húmedo y suave que en Londres.
Según las mediciones de lluvia del jardín botánico de Dublín durante los diez años de 1802 a 1811, correspondió en ese tiempo a cada mes la siguiente cantidad total de lluvia, en pulgadas: diciembre, 27,31; julio, 24,15; noviembre, 23,49; agosto, 22,47; septiembre, 22,27; enero, 21,67; octubre, 20,12; mayo, 19,50; marzo, 14,69; abril, 13,54; febrero, 12,32; junio, 12,07; media anual, 23,36. (Wakf., I, p. 191.) Estos diez años fueron excepcionalmente secos; Kane (Ind. Res., p. 73) da para Dublín una media de 6 años de 30,87 pulgadas, y Symons (English Rain Fall), para 1860-1862, de 29,79 pulgadas. Pero lo poco que significan tales mediciones, con los chubascos irlandeses, fugaces y puramente locales, si no abarcan una larga serie de años y no se hacen en muchísimas estaciones, lo prueba, entre otras cosas, el hecho de que, de tres estaciones de la propia Dublín, una registró para 1862 24,63 pulgadas de lluvia, otra 28,04 y la tercera 30,18. La pluviosidad media de 12 estaciones de todas las partes de Irlanda (que oscila entre 25,45 y 51,44 pulgadas) no llegó, según Symons, a 39 pulgadas en los años 1860-1862.
El Dr. Patterson dice en su libro sobre el clima de Irlanda:
«La frecuencia de nuestros chubascos, y no la cantidad de lluvia misma, ha creado la idea corriente de la humedad de nuestro clima... A veces, en primavera, la siembra se retrasa algo por el tiempo húmedo, pero nuestras primaveras son tan a menudo frías y tardías que la siembra temprana no siempre es aconsejable en esta tierra. Si en verano y en otoño los frecuentes chubascos hacen arriesgadas nuestras cosechas de heno y de grano, la vigilancia y la diligencia tendrían en esos apuros tanto éxito como lo tienen en Inglaterra con sus cosechas "a la carrera" (catching harvests), y un cultivo mejorado se encargaría de que la siembra secundara los esfuerzos del labrador.»20
En Londonderry, el número de días sin lluvia osciló, en los 10 años de 1791 a 1802, entre 113 y 148 al año; media, más de 126. En Belfast resultó la misma media. En Dublín el número varió entre 168 y 205; media, 179. (Patterson, ibid.)
Según Wakefield, las cosechas en Irlanda caen como sigue: el trigo casi siempre en septiembre, menos a menudo en agosto, rara vez en octubre; la cebada casi siempre algo después que el trigo, y la avena alrededor de una semana después que la cebada, o sea, ya con más frecuencia en octubre. Wakefield, que tras largas investigaciones llega a la conclusión de que el material para una descripción científica del clima irlandés está todavía muy lejos de bastar, no dice en ninguna parte que este ponga serias dificultades al cultivo del grano. Al contrario, encuentra, como se verá, que las pérdidas en las cosechas húmedas se deben a causas muy distintas, y dice expresamente:
«El suelo de Irlanda es tan fértil y el clima tan favorable que, con un sistema agrícola adecuado, la isla no solo producirá grano suficiente para su propio consumo, sino además un abundante excedente que en todo momento de necesidad podría servir para cubrir las necesidades de Inglaterra.» (II, p. 61.)
Entonces, claro está —en 1812—, Inglaterra estaba en guerra con todo el mundo en Europa y América, y la importación de grano era muy difícil; el grano era la primera necesidad. Ahora América, Rumanía, Rusia y Alemania suministran grano de sobra, y de lo que se trata más bien es de carne barata. Y por eso el clima de Irlanda ya no sirve ahora para la labranza.
El cultivo de grano es antiquísimo en Irlanda. En las leyes irlandesas más antiguas, puestas por escrito mucho antes de la llegada de los ingleses, el «saco de trigo» es ya una medida de valor determinada; en las prestaciones de los subordinados a los jefes de clan y demás caudillos figuran casi con regularidad el trigo, la malta de cebada y la harina de avena en cantidades fijadas con precisión.21 Tras la invasión inglesa, el cultivo de grano disminuyó en medio de las luchas incesantes, pero sin cesar nunca del todo; de 1660 a 1725 volvió a aumentar, y de entonces hasta cerca de 1780 volvió a disminuir; de 1780 a 1846, junto al predominio del cultivo de la patata, volvió a sembrarse más grano, y desde 1846 el grano y la patata han ido cediendo sin pausa ante el avance del pasto para el ganado. Si el clima no fuera adecuado para el cultivo de grano, ¿se habría mantenido este durante más de mil años?
Es verdad que hay en Irlanda extensiones que, por la lluvia, siempre más frecuente cerca de las montañas, se prestan menos al cultivo del trigo, sobre todo en el sur y en el oeste. Junto a años buenos, se dan allí a menudo series de veranos húmedos, como en 1860-1862, que hacen mucho daño al trigo. Pero el trigo no es el grano principal de Irlanda, y Wakefield incluso se queja de que, por falta de mercados, se cultiva demasiado poco; no había para él otro mercado que el molino más cercano; también la cebada se cultivaba casi solo para las destilerías clandestinas de aguardiente (que escapaban al impuesto). El grano principal de Irlanda era y es la avena, de la que en 1810 se cultivaba por lo menos diez veces más que de todas las demás clases de grano juntas; y como la cosecha de avena es más tardía que la del trigo y la cebada, coincide más a menudo con el tiempo, casi siempre bueno, sobre todo en el sur, de finales de septiembre y de octubre. Y la avena, además, aguanta bastante lluvia.
Ya hemos visto que el clima de Irlanda, en cuanto a la cantidad de lluvia y a su reparto entre las estaciones, coincide casi por completo con el del noroeste de Inglaterra. La lluvia en las montañas de Cumberland, Westmoreland y el norte de Lancashire es mucho mayor que en cualquier estación de Irlanda que yo conozca (en Coniston, 96,03, en Windermere, 75,02 pulgadas, media de 1860-1862), y sin embargo allí se hace heno y se cultiva avena. En esos mismos años, la lluvia en el sur de Lancashire varió entre 25,11 en Liverpool y 59,13 en Bolton, con una media de todas las observaciones de unas 40 pulgadas; en Cheshire, entre 33,02 y 43,40, con una media de todas las observaciones de unas 37 pulgadas. En Irlanda, en esos mismos años, como hemos visto, no llegó a 39 pulgadas. (Todas las cifras, de Symons.) En ambos condados se cultiva grano de toda clase, sobre todo trigo; Cheshire, hasta la última epidemia de peste bovina,22 se dedicaba, es cierto, sobre todo a la ganadería y a la lechería, pero desde que el ganado murió en gran parte, el clima resulta de repente de lo más adecuado para el trigo. Si la peste bovina hubiera llegado a Irlanda y hubiera causado allí estragos tan graves como en Cheshire, en lugar de la vocación natural de Irlanda para el pasto nos predicarían ahora el pasaje de Wakefield según el cual Irlanda está destinada a ser el granero de Inglaterra.
Si se mira la cosa sin prejuicios, sin dejarse confundir por el griterío interesado de los terratenientes irlandeses y los burgueses ingleses, se verá que Irlanda tiene extensiones que, por su suelo y su clima, se prestan más a la ganadería; otras, más a la labranza; y otras todavía —la gran mayoría—, igual a ambas, como ocurre en todas partes. Comparada con Inglaterra, Irlanda es en conjunto más favorable a la ganadería; pero, comparada con Francia, también Inglaterra es más favorable a la ganadería. ¿Se sigue de ello que toda Inglaterra haya de convertirse en pasto y que toda la población agrícola haya de ser enviada a las ciudades fabriles o a América —salvo unos pocos pastores— para hacer sitio a ganado que ha de ir a Francia como pago de sedas y vinos? Pues eso es exactamente lo que piden para Irlanda los terratenientes irlandeses, que quieren subir su renta del suelo, y los burgueses ingleses, que quieren bajar los salarios: Goldwin Smith lo ha dicho con bastante claridad. Y además, la revolución social que implica semejante conversión de tierras de labor en pastos sería en Irlanda mucho más violenta que en Inglaterra. En Inglaterra, donde predomina el gran cultivo y los jornaleros agrícolas ya han sido sustituidos en gran parte por máquinas, significaría el traslado de un millón de personas a lo sumo; en Irlanda, donde predomina el pequeño cultivo e incluso el cultivo a laya, significaría el traslado de cuatro millones, el exterminio del pueblo irlandés.
Como se ve, hasta los hechos naturales se convierten, entre Inglaterra e Irlanda, en motivos de disputa nacional. Pero también se ve cómo la opinión pública de la clase dominante en Inglaterra —y solo esta se hace oír en el continente— cambia con la moda y con el interés. Hoy Inglaterra necesita grano, deprisa y con seguridad, y Irlanda está como hecha para el cultivo del trigo; mañana Inglaterra necesita carne, e Irlanda solo sirve para pasto; los cinco millones de irlandeses dan, con su mera existencia, una bofetada a todas las leyes de la economía política: ¡tienen que irse, y que se las arreglen como puedan!
La antigua Irlanda
Los escritores de la Antigüedad griega y romana, así como los Padres de la Iglesia, dan muy poca información sobre Irlanda.
En cambio, existe una literatura autóctona todavía bastante rica, a pesar de los muchos escritos irlandeses perdidos en las guerras de los siglos XVI y XVII. Comprende poemas, gramáticas, glosarios, anales y otros escritos históricos, y libros de leyes. Con muy pocas excepciones, sin embargo, toda esta literatura, que abarca por lo menos el período que va del siglo VIII al XVII, existe solo en manuscrito. Para la lengua irlandesa la imprenta solo existe desde hace pocos años, solo desde la época en que la lengua empezó a extinguirse. El rico material solo es accesible, pues, en una parte ínfima.
Entre los anales, los más importantes son los del abad Tigernach (muerto en 1088), los de Ulster y, sobre todo, los de los Cuatro Maestros. Estos últimos se compilaron en 1632-1636, bajo la dirección de Michael O'Clery, fraile franciscano, con ayuda de otros tres seanchaidhes (estudiosos de las antigüedades), en el convento de Donegal, a partir de materiales que hoy se han perdido casi todos. O'Donovan los publicó en 1856, según el manuscrito original de Donegal que aún existe, en edición crítica con traducción inglesa.23 Las ediciones anteriores del Dr. Charles O'Conor (la primera parte de los IV Mag., los Anales de Ulster, etc.) no son fiables ni en el texto ni en la traducción.
Al comienzo de la mayoría de estos anales está la prehistoria mítica de Irlanda; su base son viejas leyendas populares que los poetas de los siglos IX y X alargaron hasta el infinito y que luego los cronistas monásticos pusieron en el debido orden cronológico. Así, los Anales de los IV Mag. empiezan con el año del mundo 2242, en el que Ceasair, una nieta de Noé, habría desembarcado en Irlanda 40 días antes del diluvio; así, otros hacen descender a los antepasados de los escotos, los últimos inmigrantes en Irlanda, en genealogía directa de Jafet y los ponen en relación con Moisés, con los egipcios y los fenicios, igual que nuestros cronistas medievales ponían a los antepasados de las tribus alemanas en relación con Troya, con Eneas o con Alejandro Magno. Los IV Mag. dedican a estas patrañas (en las que hasta ahora no se puede distinguir el único elemento valioso, la verdadera leyenda popular antigua) solo un par de páginas; los Anales de Ulster las omiten del todo; ya Tigernach declara, con una audacia crítica asombrosa para su tiempo, que todos los monumentos de los escotos anteriores al rey Cimbaoth (supuestamente 300 años antes de Cristo) son inciertos. Pero cuando, a finales del siglo pasado, despertó en Irlanda una nueva vida nacional, y con ella un nuevo interés por la literatura y la historia irlandesas, fueron precisamente estas fábulas monacales las que pasaron por su parte más valiosa. Con un entusiasmo genuinamente celta y una ingenuidad específicamente irlandesa, la fe en estas historietas fue declarada parte esencial del patriotismo nacional; lo cual ofreció, naturalmente, al mundo erudito inglés, sabihondo como él solo —cuyas propias proezas en la crítica filológica e histórica son, como se sabe, gloriosamente conocidas en el resto del mundo—, el pretexto deseado para tirar a un lado todo lo irlandés como puro disparate.24
Desde los años treinta de este siglo, sin embargo, ha llegado a Irlanda un espíritu mucho más crítico, sobre todo gracias a Petrie y O'Donovan. Las investigaciones de Petrie, ya citadas, demuestran la concordancia más completa entre las inscripciones más antiguas conservadas, a partir de los siglos VI y VII, y los anales, y O'Donovan opina que estos empiezan a relatar hechos históricos ya desde los siglos II y III de nuestra era. Para nosotros puede ser bastante indiferente que la fiabilidad de los anales empiece unos cientos de años antes o después, pues por desgracia para nuestro propósito son casi del todo estériles en esa época. Contienen noticias breves y secas de muertes, subidas al trono, guerras, batallas, terremotos, epidemias, incursiones escandinavas, pero poco que se refiera a la vida social del pueblo. Si se publicara toda la literatura jurídica de Irlanda, cobrarían una importancia muy distinta; más de una noticia seca recibiría nueva vida gracias a los pasajes explicativos de los libros de leyes.
Pero estos libros de leyes, que son muy numerosos, siguen esperando casi todos el momento de ver la luz. A instancias de varios estudiosos irlandeses de las antigüedades, el gobierno inglés consintió en 1852 en nombrar una comisión para publicar las antiguas leyes e instituciones de Irlanda. Pero ¿cómo? La comisión se componía de tres lores (que nunca pueden faltar donde haya dinero público que comerse), tres juristas del más alto rango, tres clérigos protestantes y, además, el Dr. Petrie y un oficial, jefe del levantamiento topográfico de Irlanda. De todos estos señores, solo el Dr. Petrie y dos clérigos, el Dr. Graves (hoy obispo protestante de Limerick) y el Dr. Todd, podían pretender entender algo de la tarea de la comisión, y de ellos Petrie y Todd han muerto desde entonces. La comisión recibió el encargo de hacer copiar, traducir y publicar los antiguos manuscritos irlandeses de contenido jurídico y de contratar para ello a las personas necesarias. Y contrató a los dos mejores hombres que había: el Dr. O'Donovan y el profesor O'Curry, que copiaron un montón de manuscritos y los tradujeron en primer borrador; pero antes de que nada estuviera listo para publicarse, murieron los dos. Sus sucesores, el Dr. Hancock y el profesor O'Mahony, han llevado luego el trabajo hasta el punto de que hasta ahora han aparecido los dos tomos ya citados, que contienen el Senchus Mor. De los miembros de la comisión, según reconocen los editores, solo dos, Graves y Todd, han participado en el trabajo con alguna que otra anotación a las pruebas de imprenta. El oficial, sir Th. Larcom, puso a disposición de los editores, para la verificación de los nombres de lugar, los mapas originales del levantamiento de Irlanda; el Dr. Petrie murió pronto, y los demás señores limitaron su actividad a cobrar concienzudamente su sueldo durante 18 años.
Así es como se ejecutan las obras públicas en Inglaterra, y más aún en la Irlanda dominada por Inglaterra. Sin chanchullo25 no se hace nada. No se puede atender a ningún interés público sin que caiga de paso una bonita suma o unas cuantas sinecuras bien gordas para los lores y los protegidos del gobierno. Con el dinero que se ha comido esta comisión, del todo superflua, se habría impreso en Alemania toda la literatura histórica inédita, y mejor.
El Senchus Mor es hasta ahora nuestra fuente principal para conocer la situación de la antigua Irlanda. Es una colección de antiguas disposiciones jurídicas que, según la introducción —redactada más tarde—, se reunió por iniciativa de san Patricio y, con su consejo, se puso de acuerdo con el cristianismo, que se extendía rápidamente por Irlanda. El rey supremo de Irlanda, Laeghaire (428-458, según los Anales [de los] IV Mag.), los reyes subordinados Corc de Munster y Daire, probablemente un príncipe de Ulster, además de tres obispos —san Patricio, san Benigno y san Cairnech— y, por último, tres juristas —Dubthach, Fergus y Rossa—, habrían formado la «comisión» que compiló el libro, y que con seguridad hizo su trabajo más barato que la actual, que solo tiene que publicarlo. Los IV Mag. dan el año 438 como el de su redacción.
El texto mismo se basa a todas luces en materiales paganos antiquísimos. Las fórmulas jurídicas más antiguas que contiene están todas en verso, con metro determinado y con la llamada consonancia, una especie de aliteración o, más bien, de asonancia de consonantes, propia de la poesía irlandesa, que a menudo desemboca en rima plena. Como está comprobado que en el siglo XIV se trasladaron antiguos libros de leyes irlandeses del llamado dialecto feniano (Bérla Feini), la lengua del siglo V, al irlandés corriente de entonces (prefacio, [t. 1,] p. XXXVI y passim), se explica que también en el Senchus Mor el metro esté en muchos lugares más o menos borrado; pero, junto con rimas ocasionales y pasajes de fuerte consonancia, asoma todavía con bastante frecuencia para dar al texto cierta cadencia rítmica. Basta casi siempre con leer la traducción para descubrir las fórmulas en verso. Entre ellas, sin embargo, hay también, sobre todo en la segunda mitad, gran número de pasajes de prosa indudable; mientras que las fórmulas en verso son sin duda antiquísimas y transmitidas por tradición, estas interpolaciones en prosa parecen proceder de los compiladores del libro. El Senchus Mor, por lo demás, se cita varias veces en el glosario atribuido al rey y obispo de Cashel, Cormac, redactado en el siglo IX o X, y se puso por escrito sin duda mucho antes de la invasión inglesa.
A este texto añaden todos los manuscritos (el más antiguo parece ser de principios del siglo XIV, o anterior) una serie de glosas, casi siempre coincidentes, y de notas comentadas más extensas. Las glosas son del todo del espíritu de los viejos glosarios: los juegos de palabras ocupan el lugar de la etimología y de la explicación de las palabras; las notas son de valor muy desigual, a menudo están muy desfiguradas y, en muchos casos, son ininteligibles, al menos sin conocer los demás libros de leyes. La antigüedad de unas y otras es incierta; pero la mayor parte es probablemente posterior a la invasión inglesa. Sin embargo, como muestran muy pocas huellas de una evolución del derecho que vaya más allá del texto, y aun estas solo en una fijación más precisa del detalle, la parte mayor, puramente explicativa, hay que utilizarla sin duda, con cierta discreción, como fuente también para la época más antigua.
El Senchus Mor contiene: 1. el derecho de embargo, es decir, prácticamente todo el procedimiento judicial; 2. el derecho de los rehenes, que se entregaban en los litigios entre gentes de distintos territorios; 3. el derecho relativo al saerrath y al daerrath (véase más abajo); y 4. el derecho de familia. Con ello obtenemos muchas informaciones valiosas sobre la vida social de aquella época; pero mientras no se expliquen todavía muchas expresiones y no se publiquen los demás manuscritos, muchas cosas siguen siendo oscuras.
Además de la literatura, también nos informan sobre la situación del pueblo antes de la llegada de los ingleses los monumentos arquitectónicos conservados: iglesias, torres redondas, fortificaciones, inscripciones.
De las fuentes extranjeras solo hay que mencionar algunos pasajes sobre Irlanda en las sagas escandinavas y la Vida de san Malaquías de san Bernardo, que dan poco de sí, y pasamos enseguida al primer inglés que escribe sobre Irlanda por conocimiento propio.
Sylvester Gerald Barry, llamado Giraldus Cambrensis, archidiácono de Brecknock, era nieto de la galante Nesta, hija de Rhys ap Tewdwr, príncipe de Gales del Sur, amante de Enrique I de Inglaterra y antepasada de casi todos los capitanes normandos que tomaron parte en la primera conquista de Irlanda. En 1185 fue a Irlanda con Juan (más tarde «sin Tierra») y en los años siguientes escribió primero la Topographia Hibernica, una descripción del país y de sus habitantes, y luego la Hibernia Expugnata, la historia, muy coloreada, de las primeras invasiones. Aquí nos interesa sobre todo la primera obra. Escrito en un latín de lo más pretencioso, lleno de la más disparatada credulidad en los milagros y de todos los prejuicios eclesiásticos y nacionales de la época y de la raza de su vanidoso autor, el libro tiene, con todo, una gran importancia como primer relato algo detallado de un extranjero.26
A partir de ahora las fuentes anglonormandas sobre Irlanda se hacen, naturalmente, más abundantes; pero sigue siendo escaso lo que dan de sí para conocer la situación social de la parte de la isla que siguió independiente, de la que podrían sacarse conclusiones sobre el estado antiguo. Solo hacia finales del siglo XVI, cuando Irlanda fue sometida por primera vez de forma sistemática y completa, obtenemos relatos más detallados, naturalmente con un fuerte tinte inglés, sobre las condiciones reales de vida del pueblo irlandés. Veremos más adelante que, en el curso de los 400 años transcurridos desde la primera invasión, la situación del pueblo había cambiado muy poco, y no para mejor. Pero precisamente por eso estos escritos más recientes —Hanmer, Campion, Spencer, Davies, Camden, Moryson y otros—, que tendremos que consultar a menudo, son una de nuestras fuentes principales para un período quinientos años más antiguo y un complemento indispensable, y muy de agradecer, de las escasas fuentes originales,
La prehistoria mítica de Irlanda cuenta una serie de inmigraciones que se sucedieron unas a otras y que casi siempre terminaron con el sometimiento de la isla a los nuevos inmigrantes. Las tres últimas son: la de los firbolgs, la de los tuatha-de-dananns y la de los milesios o escotos, que habrían venido de España. La historiografía irlandesa al uso convierte sin más a los firbolgs (fir = irlandés fear, latín vir, gótico vair, hombre) en belgas, y a los tuatha-de-dananns (tuatha = irlandés pueblo, comarca, gótico thiuda), según convenga, en dánaos griegos o en daneses germánicos. O'Donovan opina que al menos estas inmigraciones mencionadas tienen algún fundamento histórico. En los anales aparece, en el año 10 d. C., un levantamiento de los Aitheach Tuatha (traducido en el siglo XVII por Lynch, buen conocedor de la lengua antigua, por plebeiorum hominum gens27), es decir, una revolución plebeya en la que fue muerta toda la nobleza (saorchlann). Esto apunta al dominio de conquistadores escotos sobre habitantes más antiguos. De los cuentos populares sobre los tuatha-de-dananns, a los que la creencia popular posterior convirtió en elfos de las montañas boscosas, concluye O'Donovan que se mantuvieron en algunas comarcas montañosas hasta los siglos II o III de nuestra era.
Que los irlandeses eran un pueblo mezclado ya antes de que los ingleses se establecieran en masa entre ellos es indudable. Como todavía hoy, ya en el siglo XII el tipo predominante era el de pelo claro. Giraldus (Top. Hib., III, 26) dice de dos extranjeros que tenían el pelo largo y rubio como los irlandeses. Sin embargo, todavía hoy se encuentran, sobre todo en el oeste, dos tipos de gente de pelo negro completamente distintos; uno, alto, bien formado, de rasgos hermosos y pelo rizado, gente que uno cree haberse encontrado ya alguna vez en los Alpes italianos o en Lombardía; este tipo aparece sobre todo en el sudoeste. El otro, rechoncho y bajo de cuerpo, de pelo negro, grueso y lacio, cara aplastada, casi de negro, se encuentra con más frecuencia en Connaught. Huxley28 atribuye este elemento de pelo oscuro, en la población celta originariamente de pelo claro, a una mezcla ibérica (es decir, vasca), lo que será cierto al menos en parte. Sin embargo, en la época en que los irlandeses aparecen con certeza en la historia, se han convertido ya en un pueblo homogéneo de lengua celta, y no encontramos en ninguna parte elementos extraños, salvo los esclavos ganados en la guerra o comprados, en gran parte anglosajones.
Las noticias de los antiguos clásicos sobre este pueblo no son muy edificantes. Diodoro cuenta que aquellos britanos que habitan la isla llamada Iris (¿o Irin? está en acusativo, Ἶριν) comen hombres. Más extenso es Estrabón:
«De esta tierra (Jerne) no tenemos nada seguro que decir, salvo que sus habitantes son más salvajes que los britanos, pues son antropófagos y grandes comedores (πολυφάγοι; según otra lectura, ποηφάγοι, comedores de hierba) y tienen por honroso comerse a sus padres muertos y tener trato carnal en público con las mujeres de otros, con sus madres y con sus hermanas.»
La historiografía patriótica irlandesa se ha indignado no poco por estas supuestas calumnias. Quedó reservado a la investigación más reciente demostrar que la antropofagia, y en particular el comerse a los padres, es una fase de transición probablemente de todos los pueblos. Quizá sirva de consuelo a los irlandeses saber que los antepasados de los actuales berlineses rendían todavía culto a la misma visión práctica de las cosas mil años enteros después:
«Pero los veletabos, que viven en Germania y a los que llamamos wilzos, no se avergüenzan de confesar que tienen más derecho a comerse a sus padres que los gusanos.»29 (Notker, citado en las Rechtsaltertümer de Jacob Grimm, p. 488.)
Y bajo el dominio inglés veremos reaparecer en Irlanda más de una vez el consumo de carne humana. En cuanto a la fanerogamia que se reprochaba a los irlandeses, por usar una expresión de Fourier,30 cosas así se dieron en todos los pueblos salvajes, y con mayor razón entre los celtas, especialmente galantes. Es interesante ver que la isla llevaba ya entonces su nombre autóctono actual: Iris, Irin y Jerne son idénticos a Eire, Erinn, del mismo modo que ya Ptolomeo conocía el nombre actual de la capital, Dublín: Eblana (con el acento correcto, Ἔβλανα). Esto es tanto más notable cuanto que los celtas irlandeses han dado desde siempre a esta ciudad otro nombre, Athcliath, y Duibhlinn —el estanque negro— es entre ellos el nombre de un punto del río Liffey.
Además, encontramos en la Historia natural de Plinio, IV, 16, el pasaje siguiente:
«Allí» (a Hibernia) «navegan los britanos en barcas de varas de mimbre sobre las que se cosen pieles de animales.»
Y más tarde dice Solino de los propios irlandeses:
«Surcan el mar entre Hibernia y Britania en barcas de varas de mimbre que cubren con un forro de cueros de buey.» (C. Jul. Solini Cosmogr[aphia], c. 25.)
En 1810, Wakefield vio que en toda la costa occidental de Irlanda «no había más barcas que las formadas por un armazón de madera forrado con una piel de caballo o de buey». Estas barcas, dice, son de distinta forma según la comarca, pero todas destacan por su extraordinaria ligereza, de modo que rara vez ocurre una desgracia con ellas. Para alta mar, naturalmente, no sirven, por lo que aquí la pesca solo puede hacerse en las bahías y entre las islas. En Malbay, condado de Clare, Wakefield vio barcas de este tipo de 15 pies de largo, 5 de ancho y 2 de hondo; para una de ellas se habían empleado dos pieles de vaca, con el pelo hacia dentro y el exterior embreado; estaba dispuesta para dos remeros. Una barca así costaba unos 30 chelines. (Wakef., II, p. 97.) ¡En lugar del trenzado de mimbre, un armazón de madera! ¡Qué progreso en 1.800 años y tras casi setecientos años de tratamiento «civilizador» por el primer pueblo marinero del mundo!
Por lo demás, pronto aparecen también algunos síntomas de progreso. Bajo el rey Cormac Ulfadha, al que se sitúa en la segunda mitad del siglo III, su yerno Finn Mac Cumhal habría reorganizado la milicia irlandesa —la Fianna Eirionn—,31 probablemente según el modelo de la legión romana, distinguiendo entre tropas ligeras y tropas de línea; todos los ejércitos irlandeses posteriores de los que tenemos detalles distinguen los kernes —infantería ligera— y los galloglas —infantería pesada o de línea—. Las hazañas de este Finn se cantaron en muchas canciones antiguas, algunas de las cuales aún existen; ellas y quizá unas pocas tradiciones gaélicas escocesas son la base del Ossian de Macpherson32 (en irlandés Oisin, hijo de Finn), en el que Finn aparece como Fingal y la escena se traslada a Escocia. En la boca del pueblo irlandés Finn sigue vivo como Finn Mac-Caul, un gigante al que se atribuye alguna prodigiosa hazaña de fuerza casi en cada lugar de la isla.
El cristianismo debió de entrar pronto en Irlanda, al menos en la costa oriental. De otro modo no se explica que, ya mucho antes de Patricio, tantos irlandeses desempeñaran un papel importante en la historia de la Iglesia. Pelagio el hereje pasa por lo general por un monje galés de Bangor; pero hubo también un antiquísimo monasterio irlandés de Bangor, o más bien Banchor, cerca de Carrickfergus, y que es de aquí lo prueba Jerónimo, que lo llama «tonto y pesado por las gachas de los escotos» (scotorum pultibus praegravatus). Es la primera mención de las gachas irlandesas de harina de avena (irl. lite, angloirl. stirabout), que ya entonces, como después hasta la introducción de la patata, y luego junto a ella, era el alimento principal del pueblo irlandés. Los principales discípulos de Pelagio, Celestio y Albino, eran también escotos, es decir, irlandeses. Celestio, según cuenta Genadio, escribió desde su monasterio tres largas cartas a sus padres, de lo que se deduce que en el siglo IV la escritura alfabética era conocida en Irlanda.
En todos los escritos de la Alta Edad Media los irlandeses se llaman escotos, y el país, Escocia (Scotia); encontramos esta denominación en Claudiano, Isidoro, Beda, el Geógrafo de Rávena, Eginardo y todavía en Alfredo el Grande: «Hibernia, a la que llamamos Escocia» (Igbernia the ve Scotland hatadh). La Escocia actual se llamaba, con nombre extranjero, Caledonia, y con nombre autóctono, Alba, Albania; el traslado del nombre de Scotia, Escocia, al extremo norte de la isla oriental no se produjo hasta el siglo XI. La primera inmigración importante de escotos irlandeses a Alba habría tenido lugar a mediados del siglo III; Amiano Marcelino los conoce ya allí en el año 360. La inmigración se hizo por la vía marítima más corta, de Antrim a la península de Kintyre; todavía Nennio menciona expresamente que los britanos, que entonces poseían todas las Tierras Bajas de Escocia hasta el Clyde y el Forth, fueron atacados por los escotos desde el oeste y por los pictos desde el norte. También la séptima de las antiguas «Tríadas» históricas galesas cuenta que los gwyddyl ffichti (véase más abajo) vinieron de Irlanda a Alban por el mar de los Nórdicos (Môr Llychlin) y se establecieron en la costa de ese mar. Que el mar entre Escocia y las Hébridas se llame de los Nórdicos prueba, de paso, que esta «Tríada» es posterior a la conquista nórdica de las Hébridas. Hacia el año 500 llegaron de nuevo grandes grupos de escotos, que poco a poco formaron un reino propio, independiente tanto de Irlanda como de los pictos, y que por fin, bajo Kenneth MacAlpin, en el siglo IX, sometieron a los pictos y fundaron el reino al que, unos 150 años después, se trasladó, probablemente primero por obra de los nórdicos, el nombre de Escocia, Scotia.
En los siglos V y VI, fuentes galesas antiguas (Nennio, las «Tríadas») mencionan incursiones en Gales de los gwyddyl ffichti o pictos gaélicos, que se interpretan generalmente como incursiones de escotos irlandeses. Gwyddyl es la forma galesa de gavidheal, nombre con el que los irlandeses se designan a sí mismos. De dónde viene la denominación de pictos, que lo investiguen otros.
En el segundo cuarto del siglo V, Patricio (en irlandés Patrick, Patraic, pues los celtas pronuncian siempre la c como k, a la manera del latín antiguo) hizo que el cristianismo se impusiera sin sacudidas violentas. El trato con Britania, que existía desde hacía mucho, se hizo también más vivo por entonces; llegaron arquitectos y artesanos de la construcción que enseñaron a los irlandeses, que hasta entonces solo conocían la construcción en piedra seca, a construir con mortero; que este, del siglo VII al XII, solo aparezca en edificios eclesiásticos prueba suficientemente que su introducción está ligada a la del cristianismo y, además, que a partir de entonces el clero, representante de la cultura extranjera, se separó por completo del pueblo en su desarrollo intelectual. Mientras el pueblo no hacía ningún progreso social, o solo progresos lentísimos, dentro del clero se desarrolló pronto una cultura literaria extraordinaria para la época, que, a la manera de entonces, se manifestaba sobre todo en el celo por convertir paganos y fundar monasterios. Columba convirtió a los escotos de Britania y a los pictos; Galo (el fundador de San Galo) y Fridolino, a los alamanes; Kilian, a los francos del Meno; Virgilio, a los salzburgueses; los cinco eran irlandeses; también los anglosajones fueron llevados al cristianismo sobre todo por misioneros irlandeses. Pero, además, Irlanda pasaba en toda Europa por semillero de la erudición, tanto que Carlomagno llamó a un monje irlandés, Albino, como maestro a Pavía, donde más tarde le sucedió otro irlandés, Dungal. El hombre más importante del gran número de eruditos irlandeses, importantes para su época pero hoy casi todos olvidados, fue el «padre» o, como lo llama Erdmann, el «Carolus Magnus33 de la filosofía medieval»: Juan Escoto Erígena. «Fue el primero con quien empieza una verdadera filosofía», dice de él Hegel. Fue el único de todos los europeos occidentales del siglo IX que sabía griego y, con su traducción de los escritos atribuidos a Dionisio Areopagita, volvió a enlazar con el último brote de la filosofía antigua, la escuela alejandrina neoplatónica. Su doctrina era de gran audacia para su tiempo; niega la eternidad de la condenación, incluso para el diablo, y roza muy de cerca el panteísmo; la ortodoxia contemporánea no escatimó, por eso, las calumnias. Tuvieron que pasar dos siglos enteros hasta que la ciencia fundada por Erígena encontró en Anselmo de Canterbury quien la continuara.34
Pero antes de que este desarrollo de una cultura superior pudiera repercutir en el pueblo, lo interrumpieron las incursiones de saqueo de los nórdicos. Estas incursiones, que constituyen el principal artículo de repertorio del patriotismo escandinavo, y en especial del danés, llegaron demasiado tarde y partieron de pueblos demasiado pequeños como para desembocar en conquistas, colonizaciones y fundaciones de Estados a gran escala, como había ocurrido con las invasiones anteriores de los germanos. El provecho que han dejado para el desarrollo histórico es insignificante comparado con las enormes perturbaciones que causaron, estériles incluso para Escandinavia.
A finales del siglo VIII, Irlanda estaba muy lejos de estar habitada por una nación unida. La dignidad de rey supremo de toda la isla solo existía en apariencia, y ni siquiera eso siempre, ni mucho menos. Los reyes provinciales, cuyo número y cuyas tierras cambiaban sin cesar, guerreaban entre sí, y los príncipes territoriales menores tenían también sus guerras privadas. En conjunto, sin embargo, parece que en estas luchas internas imperaba cierto código de honor que mantenía las devastaciones dentro de ciertos límites, de modo que el país no sufría demasiado con ellas. Pero las cosas iban a cambiar. En 795, pocos años después de que el mismo pueblo de bandidos azotara Inglaterra por primera vez, los nórdicos desembarcaron en la isla de Rathlin, frente a la costa de Antrim, y lo quemaron todo; en 798 desembarcaron cerca de Dublín, y desde entonces los anales los mencionan casi todos los años, como héroes, extranjeros, piratas, nunca sin el añadido losccadh (incendio) de uno o varios lugares. Sus asentamientos en las Orcadas, las Shetland y las Hébridas (las islas del Sur, Sudhreyjar de las sagas en nórdico antiguo) les servían de base de operaciones contra Irlanda, como contra la futura Escocia y contra Inglaterra. A mediados del siglo IX poseían Dublín,35 que, según Giraldus, fueron ellos los primeros en convertir en una ciudad en regla, igual que les atribuye la construcción de Waterford y Limerick. El propio nombre de Waterford no es más que la anglicización, aquí absurda, del nórdico antiguo Vedhrafiördhr, que significa o bien bahía de las tormentas (Wetterföhrde) o bien bahía de los carneros. La primera necesidad de los nórdicos, en cuanto se asentaban en el país, era naturalmente poseer ciudades portuarias fortificadas; la población de estas ciudades siguió siendo escandinava durante mucho tiempo, pero en el siglo XII hacía ya mucho que se había asimilado a los irlandeses en lengua y costumbres. Las rencillas de los príncipes irlandeses entre sí facilitaron enormemente a los nórdicos el saqueo y el asentamiento, e incluso la conquista temporal de toda la isla. Hasta qué punto los propios escandinavos tenían Irlanda por una de sus tierras de botín habituales lo muestra el supuesto canto de muerte de Ragnar Lodbrôk en la torre de las serpientes del rey Ella de Northumbria, el Krâkumal, compuesto hacia el año 1000. En este canto la ferocidad del viejo paganismo se recobra, por así decir, por última vez y, so pretexto de cantar las hazañas del rey Ragnar, se describen brevemente más bien las incursiones de saqueo de todo el pueblo nórdico en su propia tierra y en las costas desde Dünamünde hasta Flandes, Escocia (que aquí se llama ya Skotland, quizá por primera vez) e Irlanda. De Irlanda se dice:
«Golpeamos con las espadas, amontonamos muertos;
feliz se cebó el hermano del lobo en la furia del combate;
hierro dio contra escudo de bronce; el señor de Irlanda,
Marstein, no dejó ayunos ni al lobo asesino ni al águila;
en Vedhrafiördhr se dio a los cuervos ofrenda de muertos.
Golpeamos con las espadas, de mañana empezamos un juego,
alegre lucha ante Lindiseyri, con tres príncipes del país;
no muchos pudieron alegrarse de huir de allí con vida;
el halcón disputa la carne al lobo, la boca del lobo devoró a muchos;
a chorros corrió en la lucha, en la playa, la sangre de los irlandeses.»3637
Ya en la primera mitad del siglo IX, un vikingo nórdico, Thorgils, al que los irlandeses llamaban Turgesius, logró someter toda Irlanda, pero con su muerte, en 844, se deshizo también su reino y los nórdicos fueron expulsados. Las invasiones y las luchas continúan con suerte cambiante, hasta que por fin, a comienzos del siglo XI, el héroe nacional de Irlanda, Brian Borumha, en un principio solo rey de una parte de Munster, se alza hasta señor de toda Irlanda y, el 23 de abril (Viernes Santo) de 1014, en Clontarf (muy cerca de Dublín), da a los nórdicos, que invadían Irlanda con fuerzas concentradas, la batalla decisiva con la que el poder de los invasores queda roto para siempre.
Los nórdicos asentados en Irlanda, de los que dependía Leinster (el rey de Leinster, Maolmordha, había subido al trono en 999 con su ayuda y desde entonces se mantenía en él gracias a ellos), enviaron mensajeros, previendo la lucha decisiva que se avecinaba, a las islas del Sur y a las Orcadas, a Dinamarca y a Noruega, para conseguir refuerzos, que llegaron en abundancia. La Saga de Njál cuenta cómo el jarl Sigurd Laudrisson se preparó en las Orcadas para la expedición, cómo Thorstein Siduhallsson, Hrafn el Rojo y Erlinger de Straumey navegaron con él, y cómo el Domingo de Ramos llegó con todo su ejército a Dublín (Durflin):
«Había llegado también Brodhir con todo su ejército. Brodhir averiguó por brujería cómo iría el combate, y la respuesta fue esta: que si se luchaba el viernes, el rey Brian caería, pero tendría la victoria; y que si se luchaba antes, caerían todos los que estuvieran contra él; entonces dijo Brodhir que no se combatiera antes del viernes.»
De la batalla misma tenemos dos versiones: la de los anales irlandeses y la escandinava de la Saga de Njál. Según esta última,
«llegó el rey Brian con todo su ejército contra la fortaleza» (Dublín); «el viernes el ejército» (los nórdicos) «salió de la fortaleza y los dos ejércitos se ordenaron. Brodhir estaba en un ala y el rey Sigtrygg» (según los Ann[ales de] Inisfall[en], el rey de los nórdicos de Dublín) «en la otra. Ahora hay que decir del rey Brian que no quería combatir en viernes, y se levantó a su alrededor un muro de escudos, y su ejército estaba formado delante. Ulf Hraeda estaba en el ala que tenía enfrente a Brodhir; y en la otra ala estaban Ospak y sus hijos, allí donde tenían enfrente a Sigtrygg; y en el centro estaba Kerthialfadh, y delante de él llevaban la bandera.»
Cuando empezó la lucha, Ulf Hraeda persiguió a Brodhir hasta un bosque, donde este encontró refugio; el jarl Sigurd lo pasó mal frente a Kerthialfadh, que llegó hasta la bandera y mató al abanderado y también al siguiente que tomó la bandera; entonces todos se negaron a llevar la bandera, y el jarl Sigurd la quitó del asta y la escondió entre sus ropas. Poco después lo atravesó una lanza, y con ello parece que también fue derrotada su hueste. Entretanto, Ospak había caído sobre la retaguardia de los nórdicos y, tras dura lucha, rechazó el ala de Sigtrygg.
«Entonces empezó la huida en todas las filas. Thorstein Siduhallsson se paró cuando los demás huían y se ató la correa del zapato; entonces le preguntó Kerthialfadh por qué no corría como los demás. Dijo entonces Thorstein: "Bah, esta noche no llego a casa de todos modos; mi casa está allá lejos, en Islandia". Y Kerthialfadh le dio la paz.»
Brodhir vio entonces desde su escondite que el ejército de Brian perseguía a los fugitivos y que habían quedado pocos hombres junto al muro de escudos. Salió entonces corriendo del bosque, rompió el muro de escudos y mató al rey (Brian, que tenía 88 años, ya no estaba, como es natural, en condiciones de tomar parte en el combate y se había quedado en el campamento).
«Entonces gritó Brodhir en voz alta: "Ahora podrá contarse de hombre a hombre que Brodhir ha abatido a Brian".»
Pero los perseguidores volvieron, rodearon a Brodhir y lo cogieron vivo.
«Ulf Hraeda le abrió el vientre y le hizo dar vueltas alrededor de un roble, y así le fue sacando las tripas enrollándolas en el tronco, y no murió hasta que se las hubieron sacado todas; y los hombres de Brodhir fueron muertos todos.»
Según los Anales de Inisfallen, el ejército nórdico estaba dividido en tres cuerpos: el primero lo formaban los nórdicos de Dublín, con 1.000 auxiliares noruegos, todos armados con largas cotas de malla; el segundo, las tropas auxiliares irlandesas de Leinster, al mando del rey Maolmordha; el tercero, los refuerzos de las islas y de Escandinavia, al mando de Bruadhair, jefe de la flota que los había traído, y de Lodar, jarl de las Orcadas. Frente a ellos, Brian formó también su ejército en tres cuerpos; pero los nombres de los jefes no coinciden con los de la Saga de Njál. El relato de la batalla mismo carece de importancia; más breve y más claro es el de los Cuatro Maestros, que sigue:
«A. D. 1013» (por un error constante, en lugar de 1014). «Los extranjeros de toda la Europa occidental se reunieron contra Brian y Maelseachlainn» (llamado comúnmente Malachy, rey de Meath bajo la soberanía de Brian), «y llevaron consigo mil hombres con cota de malla. Se libró entre ellos una batalla violenta, furiosa, tremenda y cruel, como no se halló otra igual en aquel tiempo, en Cluaintarbh» (prado de los bueyes, hoy Clontarf) «justo el viernes antes de Pascua. En esta batalla fueron muertos Brian, de 88 años; Murchadh, su hijo, de 63 años; Conaing, su sobrino; Toirdhealbhach, su nieto...» (siguen muchísimos nombres). «Las tropas» (enemigas) «fueron rechazadas por fin desde el Tulcainn hasta Athcliath» (Dublín) «por Maelseachlainn, con violento combate, valor y golpes sobre los extranjeros y las gentes de Leinster; y allí cayó Maelmordha, hijo de Murchadh, hijo de Finn, rey de Leinster... y hubo además innumerables muertos entre los de Leinster. También fueron muertos Dubhgall, hijo de Amhlanibh» (llamado comúnmente Anlaf u Olaf), «y Cillaciarain, hijo de Gluniairn, dos lugartenientes (tanaisi) de los extranjeros; Sichfrith, hijo de Lodar, jarl de las Orcadas (iarla insi h Oirc); Brodar, caudillo de los de Dinamarca, que fue el hombre que mató a Brian. Los mil hombres con cota de malla fueron despedazados, y por lo menos 3.000 de los extranjeros fueron muertos allí.»
La Saga de Njál se puso por escrito en Islandia unos cien años después de la batalla; los anales irlandeses se basan, al menos en parte, en noticias contemporáneas. Las dos fuentes son del todo independientes una de otra; las dos no solo coinciden en lo principal, sino que se completan mutuamente. Quiénes eran Brodhir y Sigtrygg solo lo sabemos por los anales irlandeses. Sigurd Laudrisson se llama en ellos Sichfrith, hijo de Lodar; Sigfrith es, en efecto, la forma anglosajona correcta del nombre nórdico antiguo Sigurd, y los nombres escandinavos aparecen en Irlanda, tanto en las monedas como en los anales, casi siempre no en su forma nórdica antigua, sino en la anglosajona. Los nombres de los lugartenientes de Brian están, en la Saga de Njál, adaptados a la boca escandinava; uno de ellos, Ulf Hraeda, es incluso del todo nórdico antiguo, pero sería aventurado concluir de ello, como hacen algunos, que también Brian tenía nórdicos en su ejército. Ospak y también Kerthialfadh parecen nombres celtas; ¿quizá el segundo es una deformación del Toirdhealbhach que mencionan los IV Mag.? La fecha —el viernes después del Domingo de Ramos según unos, el viernes antes de Pascua según otros— coincide exactamente, y lo mismo el lugar de la batalla; aunque en la Saga de Njál se llama Kantaraburg (en otros lugares = Canterbury), se sitúa expresamente justo ante las puertas de Dublín. El desarrollo de la batalla lo describen con más precisión los IV Mag.: los nórdicos son rechazados desde la llanura de Clontarf, donde atacaron al ejército de Brian, a través del Tolka, un riachuelo que pasa justo por delante del lado norte de Dublín, hasta dentro de la ciudad. Que Brodhir mató al rey Brian lo saben ambas fuentes; los detalles solo se encuentran en la fuente nórdica.
Como se ve, nuestras noticias sobre esta batalla son, teniendo en cuenta la barbarie de aquella época, bastante detalladas y auténticas; no se encontrarán muchas batallas del siglo XI de las que tengamos relatos tan precisos y [con]cordantes de ambos bandos. Eso no impidió al señor profesor Goldwin Smith describirla como un «conflicto sombrío (shadowy)». (Loc. cit., p. 48.) En la cabeza del señor profesor, es verdad, los hechos más robustos toman muy a menudo una forma «sombría».
Tras la derrota de Clontarf, las incursiones de saqueo nórdicas se hacen más raras y menos peligrosas; pronto los nórdicos de Dublín caen bajo la sujeción de los príncipes irlandeses vecinos y en una o dos generaciones se funden con los nativos. Como única compensación por sus devastaciones, los escandinavos dejan a los irlandeses tres o cuatro ciudades y los comienzos de una burguesía comerciante.
Cuanto más retrocedemos en la historia, más se borran los rasgos por los que se distinguen entre sí los pueblos de un mismo tronco. Esto se debe, por una parte, a la naturaleza de las fuentes, que cuanto más antiguas son más escasas se vuelven y más se limitan a lo esencial; pero, por otra, también al desarrollo de los propios pueblos. Las distintas ramas del tronco estaban tanto más cerca unas de otras, se parecían tanto más entre sí, cuanto menos se habían alejado del tronco originario. Con toda razón ha tratado siempre Jacob Grimm todas las noticias, desde los historiadores romanos que describieron la expedición de los cimbrios hasta Adán de Bremen y Saxo Grammaticus; todos los monumentos literarios, desde el Beowulf y el Cantar de Hildebrando hasta las Eddas y las sagas; todos los libros de leyes, desde las leges barbarorum hasta las leyes danesas y suecas antiguas y los Weistümer alemanes,38 como fuentes igualmente valiosas para conocer el carácter nacional alemán, las costumbres alemanas y las relaciones jurídicas alemanas. El carácter particular puede tener solo un significado local; el carácter que se refleja en él es común a todo el tronco; y cuanto más antiguas son las fuentes, más se borran las diferencias locales.
Así como escandinavos y alemanes se diferenciaban menos en los siglos VII y VIII que hoy, también los celtas irlandeses y los celtas galos tuvieron que ser originariamente más parecidos entre sí que los irlandeses y los franceses de hoy. No debe extrañarnos, por tanto, que en la descripción de los galos por César encontremos un montón de rasgos que Giraldus, doce siglos más tarde, vuelve a atribuir a los irlandeses y que todavía hoy, a pesar de toda la mezcla de sangre germánica, volvemos a encontrar en el carácter nacional irlandés...
(Nota de Engels.) Salvo indicación en contrario, los datos geológicos aquí citados están tomados de J. Beete Jukes, The Student's Manual of Geology, nueva edición, Edimburgo, 1862. Jukes fue director local del levantamiento geológico de Irlanda y es, por tanto, la primera autoridad para este terreno, del que además trata con especial detalle. ↩
Hoy condado de Laois. ↩
(Nota de Engels.) De las 32.509 millas cuadradas inglesas de Irlanda, entre el nivel del mar y los 250 pies de altitud hay 13.243; de 251 a 500 pies, 11.797; de 501 a 1.000 pies, 5.798; de 1.001 a 2.000 pies, 1.589; de 2.001 pies en adelante, 82 millas cuadradas. ↩
Engels escribe «Galton-Berge»; se trata de los montes Galtee (o Galty), entre los condados de Tipperary y Limerick. ↩
(Nota de Engels.) Véase el mapa 15a del Handatlas de Stieler, 1868. Este mapa, así como el n.º 15d, dedicado especialmente a Irlanda, da una representación muy clara del relieve. ↩
El Golden Vale, la llanura fértil entre los condados de Tipperary, Limerick y Cork. ↩
(Nota de Engels.) A Tour in Ireland, de Arthur Young, 3 vols., Londres, 177[...]. Los pasajes citados se encuentran en el tomo II, pp. 28, 135, 143, 154, 165, y en la 2.ª parte, p. 4. ↩
(Nota de Engels.) An Account of Ireland, Statistical and Political, de Edward Wakefield, Londres, 1812, 2 vols. en 4.º. ↩
Laguna en el manuscrito; en Wakefield, «pimpinela silvestre». ↩
(Nota de Engels.) Beaufort, Revd. Dr., Memoir of a Map of Ireland, 1792, pp. 75-76. Citado por Wakefield, I, p. 36. ↩
Encima de «Sir», el manuscrito lee también «Ministerium» (el ministerio). Peel ya no estaba en el gobierno en 1849; el gabinete lo presidía lord John Russell. ↩
(Nota de Engels.) Los cultivos forrajeros (green crops) comprenden todas las plantas forrajeras artificiales, los nabos y remolachas de toda clase y las patatas; todo lo que no es grano, ni hierba, ni huerta. ↩
(Nota de Engels.) Caird, The Plantation Scheme, or the West of Ireland as a field for investment, Edimburgo, 1850. El señor Caird escribió en 1850-1851 para el Times crónicas de viaje sobre el estado de la agricultura en los principales condados de Inglaterra. Los pasajes citados se encuentran en las pp. 6, 17-18 y 121. ↩
(Nota de Engels.) Léonce de Lavergne, Rural Economy of England, Scotland and Ireland, traducido del francés, Edimburgo, 1855. ↩
(Nota de Engels.) El dicho, como se verá, no debe su origen a las sombrías montañas de Connaught, sino al período más sombrío de toda la historia irlandesa. ↩
El dicho «To Hell or to Connaught» se atribuye a la época de Cromwell, cuando a los terratenientes católicos expropiados se los deportó al otro lado del Shannon. ↩
«De cielo desfavorable para madurar las semillas, ¡pero tan exuberante de hierbas no solo lozanas, sino también dulces!» (Pomponio Mela, De situ orbis, III, 6). ↩
(Nota de Engels.) Goldwin Smith, Irish History and Irish Character, Oxford y Londres, 1861. No se sabe qué admirar más en este escrito, que bajo la máscara de la «objetividad» justifica la política inglesa respecto de Irlanda: la ignorancia del profesor de historia o la hipocresía del burgués liberal. Volveremos a encontrarnos con ambas. ↩
Engels escribe «Lilley»; se trata del Liffey, el río de Dublín. ↩
(Nota de Engels.) Dr. W. Patterson, An Essay on the Climate of Ireland, Dublín, 1804, p. 164. ↩
(Nota de Engels.) Ancient Laws and Institutes of Ireland. Senchus Mor, 2 vols., Dublín, impreso para la Her Majesty's Stationery Office y publicado por Alexander Thom (Londres, Longmans), 1865 y 1869. Véase el tomo II, pp. 239-251. El valor de un saco de trigo era de 1 screpall (denario) de 20 a 24 granos de plata; el valor del screpall lo ha establecido el Dr. Petrie, The Ecclesiastical Architecture of Ireland, anterior to the Anglo-Norman invasion, Dublín, 1845, en 4.º, pp. 212-219. ↩
La epidemia de peste bovina de 1865-1867, que diezmó la cabaña de Cheshire. ↩
(Nota de Engels.) Annala Rioghachta Eireann. Annals of the Kingdom of Ireland by the Four Masters. Editado, con traducción inglesa, por el Dr. John O'Donovan, 2.ª ed., Dublín, 1856, 7 vols. en 4.º. ↩
(Nota de Engels.) Uno de los productos más ingenuos de aquella época es The Chronicles of Eri, being the History of the Gaal Sciot Iber, or the Irish People, translated from the original manuscripts in the Phoenician dialect of the Scythian Language by O'Connor [Las crónicas de Eri, que son la historia de los Gaal Sciot Iber, o pueblo irlandés, traducidas de los manuscritos originales en el dialecto fenicio de la lengua escita por O'Connor], Londres, 1822, 2 vols. El dialecto fenicio de la lengua escita es, naturalmente, el irlandés celta, y el manuscrito original, una crónica en verso cualquiera. El editor es Arthur O'Connor, exiliado de 1798, tío del que más tarde fue dirigente de los cartistas ingleses, Feargus O'Connor, supuesto descendiente de los antiguos O'Connor, reyes de Connaught, y en cierto modo pretendiente a la corona de Irlanda. Delante del título va su retrato, una cara irlandesa guapa y jovial, asombrosamente parecida a la de su sobrino Feargus, que sujeta una corona con la mano derecha. Debajo: «O'Connor - cear-rige, head of his race, and O'Connor, chief of the prostrate people of his nation: "Soumis, pas vaincus"» [O'Connor, cear-rige, cabeza de su estirpe, y O'Connor, jefe del pueblo postrado de su nación: «Sometidos, no vencidos»]. ↩
(Nota de Engels.) Se llama en Inglaterra chanchullo, jobbery, al uso de los cargos públicos en provecho privado propio o de parientes y amigos, así como al empleo de fondos públicos para el soborno indirecto con fines de partido. Cada acto concreto se llama job. La colonia inglesa de Irlanda es el gran invernadero de todo chanchullo. ↩
(Nota de Engels.) Giraldi Cambrensis Opera, ed. J. S. Brewer, Londres, Longmans, 1863. Una traducción inglesa (floja) de las obras históricas, entre ellas los dos escritos citados (The Historical Works of G[iraldus] C[ambrensis]), apareció en 1863 en Londres, en la editorial de Bohn. ↩
«Pueblo de hombres plebeyos.» ↩
Thomas Henry Huxley (1825-1895), naturalista inglés. ↩
En el original, en alto alemán antiguo: «Aber Weletabi, die in Germania sizzent, tie wir Wilze heizên, die ne scament sih nieht ze chedenne daz sie iro parentes mit mêren rehte ezen sulîn, danne die wurme.» Los veletabos o wilzos eran un pueblo eslavo establecido entre el Elba y el Óder. Notker Labeo, monje de San Galo, murió en 1022. ↩
Fourier llamaba «fanerogamia» a las relaciones amorosas libres y públicas, por oposición a la «criptogamia», los amores ocultos de la civilización. ↩
(Nota de Engels.) Feini, fenianos, es en todo el Senchus Mor el nombre de la nación irlandesa. Feinechus, Fenchus, ley de los fenianos, designa a menudo el «Senchus» o algún otro libro de leyes perdido. Al mismo tiempo, feine, grad feine, designa la plebe, la clase libre más baja del pueblo. ↩
James Macpherson publicó en 1760-1765, como traducción de los poemas del bardo Osián, unos poemas que en gran parte eran obra suya. ↩
«Carlomagno». ↩
(Nota de Engels.) Más detalles sobre la doctrina y las obras de Erígena en Erdmann, Grundriß der Gesch[ichte] der Phil[osophie], 2.ª ed., Berlín, 1869, tomo I, pp. 241-247. Erígena, que por cierto no era clérigo, muestra ya un ingenio desenfadado genuinamente irlandés. Cuando, en la mesa, Carlos el Calvo, rey de Francia, que estaba sentado frente a él, le preguntó qué distancia había de un escoto (scot) a un tonto (sot), Erígena respondió: «El ancho de una mesa». ↩
(Nota de Engels.) La afirmación de Snorri en la Saga de Harald de que los hijos de Harald Hårfagr, Thorgils y Frodi, fueron los primeros nórdicos que poseyeron Dublín —o sea, por lo menos 50 años más tarde de lo indicado— está en contradicción con todas las noticias irlandesas, indudables para esta época. Snorri confunde a todas luces a Thorgils, el hijo de Harald Hårfagr, con el Thorgils = Turgesius mencionado más abajo. ↩
(Nota de Engels.) «Hiuggu ver medh hiörvi, hverr lâthverr of annan;
gladhr vardh gera brôdhir getu vidh sôknar laeti,
lêt ei örn ne ylgi, sâ er Îrlandi styrdhi,
(môt vardh mâlms ok rîtar) Marsteinn konungr fasta;
vardh î Vedhra firdhi valtafn gefit hrafni.Hiuggu ver medh hiörvi, hâdhum sudhr at morni
leik fyrir Lindiseyri vidh lofdhûnga threnna;
fârr âtti thvî fagna (fêll margr î gyn ûlfi,
haukr sleit hold medh vargi), at hann heill thadhan kaemi;
Yra blôdh î oegi aerit fêll um skaeru.»Vedhrafiördhr es, como se ha dicho, Waterford; si se ha localizado Lindiseyri en alguna parte, no lo sé. En ningún caso significa Leinster, como traduce Johnstone; el eyri (lengua de tierra arenosa, en danés öre) apunta a una localidad muy concreta. Valtafn puede significar también comida de halcón, y aquí se traduce casi siempre así; pero como el cuervo es el ave sagrada de Odín, la palabra juega a todas luces con ambos sentidos. ↩
El Johnstone que cita Engels en la nota anterior es James Johnstone, que publicó en 1782 el Krâkumal con traducción inglesa (Lodbrokar-Quida, or the Death-Song of Lodbroch). ↩
Recopilaciones del derecho consuetudinario rural alemán (siglos XIII-XVIII). ↩