Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1817, del 9 de diciembre de 1870. Traducimos del original inglés, según la transcripción de Tony Brown del texto del periódico en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 203-207), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Desde hacía algún tiempo, las noticias sobre aldeas quemadas por los prusianos en Francia casi habían desaparecido de la prensa. Empezábamos a esperar que las autoridades prusianas hubieran descubierto su error y puesto fin a tales procedimientos en interés de sus propias tropas. Nos equivocábamos. Los periódicos vuelven a rebosar de noticias sobre fusilamientos de prisioneros y destrucción de aldeas. El Börsen-Courier de Berlín1 informa, con fecha de Versalles, 20 de noviembre:
Ayer llegaron los primeros heridos y prisioneros del combate del día 17 cerca de Dreux. Con los francotiradores se hizo un juicio sumario y se dio un escarmiento: los pusieron en fila y uno tras otro recibieron un balazo en la cabeza. Se ha publicado una orden general para todo el ejército que prohíbe del modo más expreso hacerlos prisioneros y ordena fusilarlos por consejo de guerra sumarísimo dondequiera que se presenten. Contra esos bandidos y esa chusma [Lumpengesindel] vergonzosamente cobardes, tal procedimiento se ha convertido en una necesidad absoluta.
A su vez, la Tages-Presse de Viena dice, con la misma fecha:
«En el bosque de Villeneuve se ha podido ver durante la última semana a cuatro francotiradores colgados por haber disparado desde el bosque contra nuestros ulanos».
Un informe oficial fechado en Versalles el 26 de noviembre afirma que la población campesina de los alrededores de Orleans, incitada a combatir por los sacerdotes, a quienes el obispo Dupanloup2 ha ordenado predicar una cruzada, ha comenzado una guerra de guerrillas contra los alemanes; se dispara contra las patrullas, los oficiales que llevan órdenes son abatidos por jornaleros que aparentan trabajar en el campo; para vengar estos asesinatos, todos los no combatientes que llevan armas son ejecutados en el acto. No pocos sacerdotes esperan ahora juicio: setenta y siete.
Estos no son más que unos cuantos casos, que podrían multiplicarse casi hasta el infinito, de modo que parece un propósito firme de los prusianos continuar estas brutalidades hasta el fin de la guerra. En estas circunstancias, no estará de más llamar su atención una vez más sobre algunos hechos de la historia prusiana moderna.
El actual rey de Prusia3 puede recordar perfectamente la época de la más profunda humillación de su país: la batalla de Jena, la larga huida hasta el Óder, las sucesivas capitulaciones de casi todas las tropas prusianas, la retirada del resto detrás del Vístula, el hundimiento completo de todo el sistema militar y político del país.4 Fue entonces cuando, al amparo de una fortaleza costera de Pomerania, la iniciativa privada, el patriotismo privado, emprendió una nueva resistencia activa contra el enemigo. Un simple corneta de dragones, Schill,5 empezó a formar en Kolberg un cuerpo franco (Gallice, francs-tireurs),6 con el que, ayudado por los habitantes, sorprendió patrullas, destacamentos y puestos de campaña, se apoderó de fondos públicos, víveres y material de guerra, hizo prisionero al general francés Victor,7 preparó una insurrección general del país a retaguardia de los franceses y sobre su línea de comunicaciones, y en general hizo todas esas cosas que ahora se imputan a los francotiradores franceses y que los prusianos castigan con los títulos de bandidos y chusma y con un «balazo en la cabeza» a los prisioneros desarmados. Pero el padre del actual rey de Prusia8 las sancionó expresamente y ascendió a Schill. Es bien sabido que este mismo Schill, en 1809, cuando Prusia estaba en paz pero Austria en guerra con Francia, sacó a su regimiento a una campaña por su cuenta contra Napoleón, muy al estilo de Garibaldi; que cayó muerto en Stralsund y sus hombres fueron hechos prisioneros. De ellos, a todos los cuales Napoleón, según las reglas de guerra prusianas, tenía perfecto derecho a fusilar, solo hizo fusilar a once oficiales en Wesel. Sobre las tumbas de estos once francotiradores, el padre del actual rey de Prusia, muy a su pesar, pero obligado por el sentir público dentro y fuera del ejército, tuvo que erigir un monumento en su honor.
Apenas hubo entre los prusianos un comienzo práctico de la guerra de francotiradores, se pusieron, como corresponde a una nación de pensadores, a reducir la cosa a sistema y a elaborar su teoría. El teórico de la guerra de francotiradores, el gran francotirador filosófico entre ellos, no fue otro que Anton Neithardt von Gneisenau,9 en su día mariscal de campo al servicio de Su Majestad prusiana. Gneisenau había defendido Kolberg en 1807; había tenido a sus órdenes a algunos de los francotiradores de Schill; había sido vigorosamente ayudado en su defensa por los habitantes de la plaza, que ni siquiera podían reclamar el título de guardias nacionales, móviles o sedentarios, y que por tanto, según las recientes nociones prusianas, merecían a todas luces ser «ejecutados en el acto». Pero a Gneisenau le impresionó tanto la magnitud de los recursos que un país invadido posee en una resistencia popular enérgica que dedicó varios años a estudiar cómo podía organizarse mejor esa resistencia. La guerra de guerrillas en España y el levantamiento de los campesinos rusos a lo largo de la línea de la retirada francesa de Moscú le dieron nuevos ejemplos; y en 1813 pudo pasar a poner en práctica su teoría.
Ya en agosto de 1811 Gneisenau había trazado un plan para preparar una insurrección popular. Debía organizarse una milicia que no tendría más uniforme que una gorra militar (Gallice, képi) y un correaje blanco y negro, quizá un capote militar; en suma, en lo posible, el uniforme de los actuales francotiradores franceses.
«Si el enemigo apareciera con fuerzas superiores, se esconden las armas, las gorras y el correaje, y los milicianos aparecen como simples habitantes del país».
Exactamente lo que los prusianos consideran ahora un crimen que se castiga con una bala o una soga. Estas tropas de milicia deben hostigar al enemigo, interrumpir sus comunicaciones, tomar o destruir sus convoyes de suministros, evitar los ataques en regla y retirarse a los bosques o a los pantanos ante masas de soldados regulares.
«Se ordenará al clero de todas las confesiones que, en cuanto estalle la guerra, predique la insurrección, pinte la opresión francesa con los colores más negros, recuerde al pueblo a los judíos bajo los Macabeos10 y lo llame a seguir su ejemplo. […] Todo eclesiástico hará jurar a sus feligreses que no entregarán víveres, armas, etc., al enemigo mientras no se les obligue por la fuerza».
De hecho, han de predicar la misma cruzada que el obispo de Orleans ha ordenado predicar a sus sacerdotes, y por la que no pocos sacerdotes franceses esperan ahora juicio.
Quien tome el segundo tomo de la Vida de Gneisenau del profesor Pertz11 encontrará, frente a la portada del segundo tomo, una reproducción de parte del pasaje anterior en facsímil de la letra de Gneisenau. Frente a él está el facsímil de la nota marginal que le puso el rey Federico Guillermo:
«En cuanto se fusile a un eclesiástico, esto se acabará».
Evidentemente, el rey no tenía mucha fe en el heroísmo de su clero. Pero eso no le impidió sancionar expresamente los planes de Gneisenau; ni impidió, unos años más tarde, cuando los mismos hombres que habían expulsado a los franceses fueron detenidos y procesados como «demagogos»,12 que uno de los inteligentes cazadores de demagogos de la época, a cuyas manos había ido a parar el documento original, abriera diligencias contra el autor desconocido de esta tentativa de incitar al pueblo a fusilar al clero.
Hasta 1813 Gneisenau no se cansó de preparar, no solo el ejército regular, sino también la insurrección popular como medio de sacudirse el yugo francés. Cuando por fin llegó la guerra, la acompañaron enseguida la insurrección, la resistencia campesina y los francotiradores. El país entre el Weser y el Elba se alzó en armas en abril; un poco más tarde se alzó la gente de los alrededores de Magdeburgo; el propio Gneisenau escribió a unos amigos de Franconia —la carta la publica Pertz— llamándolos a alzarse sobre la línea de comunicaciones del enemigo. Por fin llegó el reconocimiento oficial de esta guerra popular, el reglamento del Landsturm (Landsturm-Ordnung) del 21 de abril de 1813 (que no se publicó hasta julio), en el que se llama a todo hombre útil que no esté en las filas de la línea o de la Landwehr13 a incorporarse a su batallón del Landsturm para prepararse para la sagrada lucha de defensa propia, que justifica todos los medios. El Landsturm debe hostigar tanto el avance como la retirada del enemigo, tenerlo constantemente en vilo, caer sobre sus convoyes de municiones y víveres, sus correos, reclutas y hospitales, sorprenderlo de noche, aniquilar a sus rezagados y destacamentos, paralizar cada uno de sus movimientos y llenarlo de inseguridad; y, por otra parte, ayudar al ejército prusiano, escoltar dinero, víveres, municiones, prisioneros, etc. De hecho, esta ley puede llamarse un vademécum completo del francotirador, y, redactada como está por un estratega nada desdeñable, es tan aplicable hoy en Francia como lo era entonces en Alemania.
Por suerte para Napoleón, solo se aplicó de modo muy imperfecto. El rey se asustó de su propia obra. Permitir que el pueblo combatiera por sí mismo, sin orden del rey, era demasiado antiprusiano. Así que el Landsturm quedó en suspenso hasta que el rey lo llamara, cosa que nunca hizo. Gneisenau se irritó, pero acabó arreglándoselas sin el Landsturm. Si viviera hoy, con todas sus experiencias prusianas posteriores, quizá vería su ideal de resistencia popular, si no realizado, al menos aproximado en los francotiradores franceses. Porque Gneisenau era un hombre, y un hombre de genio.
El Berliner Börsen-Courier, diario financiero y político de Berlín. ↩
Félix Dupanloup (1802-1878), obispo de Orleans. ↩
Guillermo I (1797-1888), rey de Prusia desde 1861. ↩
Tras la derrota de Jena y Auerstedt (14 de octubre de 1806), la mayor parte de las fortalezas y los cuerpos prusianos capitularon ante Napoleón; los restos del ejército se retiraron a Prusia Oriental, y la paz de Tilsit (1807) redujo Prusia a la mitad. ↩
Ferdinand von Schill (1776-1809), oficial prusiano; tras Jena formó en Kolberg (hoy Kołobrzeg, en Polonia) un cuerpo franco contra los franceses; en 1809 se alzó por su cuenta contra Napoleón y murió en los combates de Stralsund. ↩
Gallice: en francés (latín). ↩
Claude-Victor Perrin, llamado Victor (1764-1841), general y luego mariscal de Napoleón; fue capturado en 1807 por hombres de Schill. ↩
Federico Guillermo III (1770-1840), rey de Prusia desde 1797. ↩
August Wilhelm Antonius Neidhardt von Gneisenau (1760-1831), militar prusiano, defensor de Kolberg en 1807, uno de los reformadores del ejército prusiano y jefe del Estado Mayor de Blücher en 1813-1815. ↩
Familia de caudillos judíos que dirigió en el siglo II a. C. la sublevación contra la dominación seléucida. ↩
Georg Heinrich Pertz (1795-1876), historiador alemán, autor de Das Leben des Feldmarschalls Grafen Neithardt von Gneisenau (Berlín, 1864-1880). ↩
Tras los decretos de Karlsbad (1819), los gobiernos alemanes persiguieron como «demagogos» a los patriotas y liberales, muchos de ellos combatientes de las guerras contra Napoleón. ↩
La Landwehr era en Prusia la reserva de soldados que ya habían servido en el ejército de línea; el Landsturm, el levantamiento de todos los hombres útiles restantes. ↩