Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette, núm. 1722, del 20 de agosto de 1870, con el título «The Crisis of the War», dentro de la serie de sus «Notas sobre la guerra». Traducido del original inglés según la transcripción del texto de la Pall Mall Gazette hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17, Berlín, 1962, pp. 56-60), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción; una frase citada que falta en ella se suple entre corchetes, traducida de la versión alemana de la MEW. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
El emperador ha dejado el ejército, pero su genio maligno se ha quedado con él: ese genio maligno que precipitó, con ardiente impaciencia, la declaración de guerra y que, una vez hecha, ya no fue capaz de decidirse a nada. El ejército tenía que estar listo para marchar el 20 de julio a más tardar. Llegó el 20 de julio y no se había hecho nada. El 29, Napoleón III asumió el mando supremo en Metz; aún había tiempo para un avance casi sin resistencia hasta el Rin; y, sin embargo, el ejército no se movió. La vacilación parece haber llegado incluso al punto de que el emperador no podía decidir si atacar o tomar una posición defensiva. Las cabezas de las columnas alemanas convergían ya desde todas direcciones hacia el Palatinado, y cualquier día podía esperarse su ataque. Pero los franceses siguieron en sus posiciones de la frontera, posiciones pensadas para un ataque que nunca se hizo y del todo inadecuadas para la defensa, que pronto iba a ser su única opción. La vacilación que duró del 29 de julio al 5 de agosto ha sido característica de toda la campaña. El ejército francés, situado junto a la frontera, carecía de vanguardias a la distancia debida por delante del grueso, y solo había dos maneras de remediar este defecto. Podían haberse adelantado las vanguardias hasta territorio enemigo; o podían haberse dejado en sus posiciones de la frontera y haber reunido los grandes cuerpos más cerca unos de otros, una jornada de marcha más atrás. Pero el primer plan habría provocado choques con el enemigo en circunstancias que escapaban al control del emperador, mientras que el segundo habría supuesto la imposibilidad política de una retirada antes de la primera batalla. Así continuó la vacilación, y no se hizo nada en absoluto; como si el enemigo fuera a contagiarse y abstenerse igualmente de moverse. Pero el enemigo sí se movió. La víspera misma del día en que todas sus tropas habían llegado al frente, el 4 de agosto, se decidió a aprovechar la disposición defectuosa de los franceses. La batalla de Wissembourg alejó todavía más todos los cuerpos de MacMahon y de Failly del centro de la posición francesa; y el 6, estando ya los alemanes completamente listos, su III Ejército derrotó en Wörth a las seis divisiones de MacMahon y lo empujó, junto con las dos divisiones restantes de De Failly, por Saverne hacia Lunéville, mientras los cuerpos avanzados de su I y II Ejércitos batían en Spicheren a las tropas de Frossard y a parte de las de Bazaine y hacían retroceder hasta Metz todo el centro y la izquierda de los franceses. Así, toda Lorena quedó entre los dos ejércitos franceses en retirada, y por esta amplia brecha se lanzó la caballería alemana y, tras ella, la infantería, para sacar el máximo partido de la ventaja obtenida. Se ha censurado al príncipe heredero por no haber perseguido al ejército vencido de MacMahon hasta Saverne y más allá. Pero después de Wörth la persecución se llevó a cabo de la manera más correcta. En cuanto las tropas vencidas fueron empujadas tan al sur que solo podían alcanzar al resto del ejército francés dando un rodeo, los perseguidores, marchando derechos hacia Nancy, se mantuvieron continuamente entre unas y otro; y que este modo de persecución (el mismo que siguió Napoleón después de Jena)1 es por lo menos tan eficaz como una marcha directa tras los fugitivos lo muestran ahora los resultados. Lo que todavía queda de esas ocho divisiones, o está separado del grueso, o se ha unido a él en un estado de total desorganización.
Hasta aquí las consecuencias de la vacilación que marcó el comienzo de la campaña. Cabía esperar, desde luego, que no se volvería a cometer el mismo error. El emperador había resignado el mando en manos del mariscal Bazaine,2 y el mariscal Bazaine bien podía saber que, hiciera él lo que hiciera, el enemigo no iba a dejar que la hierba le creciera bajo los pies.
La distancia de Forbach a Metz no llega a cincuenta millas. La mayoría de los cuerpos tenían que recorrer menos de treinta. En tres días habrían estado todos a salvo al amparo de Metz, y al cuarto podía haberse empezado la retirada hacia Verdun y Châlons. Porque ya no podía caber duda alguna sobre la necesidad de esa retirada. Las ocho divisiones del mariscal MacMahon y las dos restantes del general Douay, más de un tercio del ejército, no podían de ningún modo reunirse con Bazaine en un punto más cercano que Châlons. Bazaine tenía doce divisiones, incluida la Guardia Imperial; de modo que, aun después de habérsele unido tres de las divisiones de Canrobert, no puede haber tenido, con la caballería y la artillería, más de 180.000 hombres, fuerza del todo insuficiente para enfrentarse en campaña con sus adversarios. Así pues, a menos que se propusiera abandonar toda Francia a los invasores y dejarse encerrar en un lugar donde el hambre lo obligaría pronto a rendirse o a combatir en condiciones dictadas por el enemigo, parece que no podía haber dudado ni un momento en retirarse de Metz inmediatamente. Pero no se mueve. El 11, la caballería alemana está en Lunéville; él sigue sin dar señales de moverse. El 12, los alemanes han cruzado el Mosela, imponen requisas en Nancy, levantan el ferrocarril entre Metz y Frouard, se dejan ver en Pont-à-Mousson. El 13, su infantería ocupa Pont-à-Mousson, y desde ese momento son dueños de las dos orillas del Mosela. Por fin, el domingo 14, Bazaine empieza a pasar a sus hombres a la orilla izquierda del río; se provoca el combate de Pange, con el que, según se reconoce, la retirada vuelve a retrasarse; y podemos suponer que el lunes se inició de hecho la retirada hacia Châlons enviando por delante los trenes pesados y la artillería. Pero ese lunes la caballería alemana había cruzado el Mosa en Commercy y estaba en Vigneulles, a menos de diez millas de la línea de retirada francesa. Cuántas tropas lograron salir el lunes y a primera hora del martes, no podemos decirlo, pero parece seguro que el grueso estaba todavía atrás cuando el 3.er Cuerpo alemán y la caballería de reserva atacaron las columnas en marcha cerca de Mars-la-Tour, hacia las nueve de la mañana del martes 16 de agosto. El resultado es conocido: la retirada de Bazaine quedó efectivamente detenida; el 17, sus propios telegramas muestran que a lo sumo había mantenido la posición que su único deseo era dejar atrás.
El miércoles 17 los dos ejércitos parecen haber tomado aliento, pero el jueves las esperanzas que Bazaine aún pudiera abrigar de llevar a cabo su retirada quedaron fatalmente abatidas. Los prusianos lo atacaron aquella mañana, y tras nueve horas de combate
[«el ejército francés quedó completamente derrotado, separado de sus comunicaciones con París y rechazado hacia Metz».]3
Aquella tarde o al día siguiente el Ejército del Rin tiene que haber vuelto a entrar en la fortaleza que había dejado a principios de semana. Una vez encerrado allí, será fácil para los alemanes cortarle todos los suministros; tanto más cuanto que la comarca está ya completamente esquilmada por la prolongada presencia de las tropas, y que el ejército sitiador necesitará sin duda para su propio uso todo lo que pueda reunirse. Así, el hambre obligará pronto a Bazaine a moverse; pero en qué dirección es difícil decirlo. Un movimiento hacia el oeste encontrará sin duda la resistencia de fuerzas abrumadoras; uno hacia el norte es sumamente peligroso; uno hacia el sudeste quizá podría tener un éxito parcial, pero sería del todo estéril en resultados inmediatos. Aunque llegara a Belfort o a Besanzón con un ejército desorganizado, no podría ejercer ninguna influencia apreciable en la suerte de la campaña. Esta es la situación a la que la vacilación en la segunda fase de la campaña ha llevado al ejército francés. Sin duda el Gobierno de París la conoce con exactitud. Lo prueba la llamada a París de la Guardia Móvil que estaba en Châlons. Desde el momento en que las fuerzas principales de Bazaine están cortadas, la posición de Châlons, que era un mero lugar de reunión y nada más, ha perdido toda importancia. El lugar de reunión más próximo para todas las fuerzas es ahora París, y hacia allí tiene que moverse ahora todo. No hay fuerza alguna que pueda oponerse en campaña al III Ejército alemán, que ahora se dirige probablemente hacia la capital. Antes de mucho, los franceses comprobarán en la práctica si las fortificaciones de París valen o no lo que costaron.
Aunque esta catástrofe final venía amenazando desde hacía días, todavía cuesta hacerse a la idea de que se ha producido de verdad. Ninguna expectativa llegaba tan lejos como esta realidad. Hace quince días los ingleses especulaban sobre las posibles consecuencias de que el ejército francés ganara la primera gran batalla. El peligro que más temían era que Napoleón III aprovechara un éxito inicial semejante para hacer una paz precipitada a costa de Bélgica. En este punto se tranquilizaron enseguida. Las batallas de Wörth y Forbach mostraron que a las armas francesas no les esperaba ningún triunfo teatral. La demostración de que Alemania no tenía nada que temer de Francia parecía prometer un pronto final de la guerra. Pronto llegaría el momento, se pensaba, en que los franceses reconocerían que había fracasado el intento de controlar la consolidación de Alemania bajo Prusia y que, por consiguiente, ya no les quedaba nada por lo que luchar, mientras que los alemanes no tendrían mucho interés en seguir haciendo una guerra azarosa e incierta cuando ya se les había concedido el reconocimiento que con ella querían arrancar. Los cinco primeros días de esta semana han vuelto a cambiar todo el panorama. El poder militar de Francia ha sido, según todas las apariencias, completamente derribado, y por el momento no parece haber más límite a la ambición alemana que la dudosa barrera de la moderación alemana. No podemos intentar todavía calcular los resultados políticos de este tremendo revés. Solo podemos contemplar con asombro su magnitud y lo repentino de su llegada, y con admiración la manera en que lo han soportado las tropas francesas. Que después de cuatro días de combates casi continuos, en las condiciones más desalentadoras posibles, resistieran al quinto durante nueve horas el ataque de fuerzas muy superiores en número honra infinitamente su valor y su resolución. Nunca, en sus campañas más triunfales, ha ganado el ejército francés más gloria verdadera que en su desastrosa retirada de Metz.
Tras la batalla de Jena (14 de octubre de 1806), Napoleón persiguió al ejército prusiano vencido cortándole el camino hacia el Óder y forzando en pocas semanas la capitulación de sus restos. ↩
François Achille Bazaine (1811-1888), mariscal de Francia, recibió el 12 de agosto de 1870 el mando del Ejército del Rin. Napoleón III dejó el ejército en la mañana del 16 de agosto, camino de Châlons. ↩
Esta frase falta en la transcripción del texto inglés que seguimos; procede de la versión alemana de la MEW. Se refiere a la batalla de Gravelotte-Saint-Privat, librada el 18 de agosto de 1870. ↩