Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Pall Mall Gazette, núm. 1758, del 1 de octubre de 1870. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 113-116, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
El relato que ayer pusimos ante nuestros lectores según la versión del señor Jules Favre1 no tenemos dificultad en aceptarlo como cierto; salvo siempre pequeños errores, como cuando se dice que Bismarck se propone anexionarse Metz, Château-Salins y «Soissons». El señor Favre ignora a todas luces dónde queda Soissons. El conde dijo Sarrebourg, ciudad que hace tiempo se señala como incluida en la nueva línea fronteriza estratégica, mientras que Soissons queda tan fuera de ella como París o Troyes. Al reproducir los términos de la conversación, el señor Favre quizá no sea del todo exacto; pero cuando afirme hechos que la prensa oficiosa prusiana discute, la Europa neutral se inclinará en general a atenerse a lo que él diga. Así, si en Berlín se niega lo que dice el señor Favre de que en un momento se propuso la entrega del Mont Valérien2, pocos creerán que el señor Favre se lo inventó o que entendió del todo mal lo que quería decir el conde Bismarck.
Su propio informe muestra con demasiada claridad lo poco que el señor Favre entendía la situación real, o lo confusa e imprecisa que era la idea que tenía de ella. Vino a tratar de un armisticio que había de conducir a la paz. Le disculpamos de buen grado que suponga que Francia aún tiene fuerza para obligar a sus adversarios a renunciar a toda pretensión de cesión territorial; pero es difícil decir en qué condiciones esperaba obtener el cese de las hostilidades. Los puntos en que finalmente se insistió fueron la entrega de Estrasburgo, Toul y Verdún, con sus guarniciones prisioneras de guerra. Toul y Verdún parece que se concedieron más o menos. ¿Pero Estrasburgo? El señor Favre tomó esta exigencia simplemente como un insulto, y nada más.
«Olvida usted que habla con un francés, señor conde. Sacrificar así a una guarnición heroica cuya conducta ha admirado todo el mundo, y nosotros más que nadie, sería una cobardía, y le prometo no decir que nos ha ofrecido usted semejante condición.»
En esta respuesta encontramos poca consideración de los hechos; nada más que un arrebato de sentimiento patriótico. Como este sentimiento obraba con muchísima fuerza en París, no podía, desde luego, dejarse a un lado en un momento así; pero no habría estado de más sopesar también los hechos. Estrasburgo llevaba sitiada en regla el tiempo suficiente para que su pronta caída fuera una certeza absoluta. Una fortaleza sitiada en regla puede resistir un tiempo dado; puede incluso prolongar unos días su defensa con esfuerzos extraordinarios; pero, a menos que llegue un ejército a socorrerla, es matemáticamente seguro que ha de caer. Trochu3 y el estado mayor de ingenieros de París lo saben perfectamente; saben que no hay en ninguna parte un ejército que pueda acudir en socorro de Estrasburgo; y, sin embargo, el colega de Trochu en el Gobierno, Jules Favre, parece haber dejado todo esto fuera de sus cálculos. Lo único que vio en la exigencia de entregar Estrasburgo fue un insulto a sí mismo, a la guarnición de Estrasburgo, a la nación francesa. Pero los principales interesados, el general Uhrich4 y su guarnición, habían hecho sin duda bastante por su propio honor. Ahorrarles los últimos días de una lucha perfectamente desesperada, si con ello mejoraban las débiles probabilidades de salvación de Francia, no habría sido un insulto para ellos, sino una recompensa bien merecida. El general Uhrich habría preferido por fuerza rendirse por orden del Gobierno y a cambio de una contrapartida, antes que ante la amenaza de un asalto y sin contrapartida alguna.
Entretanto, Toul y Estrasburgo han caído, y Verdún, mientras Metz resista, no sirve militarmente de absolutamente nada a los alemanes, que han conseguido así, sin conceder el armisticio, casi todo lo que Bismarck regateaba con Jules Favre. Parecería, pues, que nunca un vencedor ofreció un armisticio en condiciones más baratas y generosas, y que nunca un vencido lo rechazó más neciamente. La inteligencia de Jules Favre no brilla ciertamente en esta transacción, aunque probablemente su instinto acertara bastante; Bismarck, en cambio, aparece en el nuevo papel de vencedor generoso. La oferta, tal como la entendió el señor Favre, era extraordinariamente barata; y, de haber sido solo lo que él pensaba, habría debido aceptarse en el acto. Pero es que la propuesta era algo más de lo que él percibió.
Entre dos ejércitos en campaña, un armisticio es cosa fácil de acordar. Se establece una línea de demarcación, quizá una franja de territorio neutral entre los dos beligerantes, y asunto arreglado. Pero aquí no hay más que un ejército en campaña; el otro, en lo que aún existe, está encerrado en fortalezas más o menos cercadas. ¿Qué va a ser de todas esas plazas? ¿Cuál va a ser su situación durante el armisticio? Bismarck se cuida mucho de no decir una palabra de todo esto. Si se concierta el armisticio de quince días y nada se dice en él sobre esas ciudades, se mantiene, como es natural, el statu quo, salvo en lo que toca a las hostilidades efectivas contra las guarniciones y las obras. Así, Bitche, Metz, Phalsbourg, París y no sabemos cuántas plazas fuertes más seguirían cercadas y aisladas de todo abastecimiento y comunicación; la gente de dentro se comería sus provisiones igual que si no hubiera armisticio; y así el armisticio haría por los sitiadores casi tanto como habría hecho la continuación de los combates. Es más: podría incluso ocurrir que en pleno armisticio una o varias de esas plazas agotaran por completo sus víveres y tuvieran que rendirse allí mismo a los bloqueadores para no morir de hambre. De esto se desprende que el conde Bismarck, astuto como siempre, había visto el modo de que el armisticio redujera las fortalezas enemigas. Por supuesto, si las negociaciones hubieran avanzado lo bastante para llegar a un proyecto de acuerdo, el estado mayor francés se habría dado cuenta y habría presentado necesariamente, con respecto a las ciudades cercadas, exigencias tales que probablemente todo el asunto se habría venido abajo. Pero era cosa del señor Jules Favre sondear hasta el fondo las propuestas de Bismarck y sacar a la luz lo que este tenía interés en ocultar. Si hubiera preguntado cuál iba a ser la situación de las ciudades bloqueadas durante el armisticio, no habría dado al conde Bismarck ocasión de exhibir ante el mundo una magnanimidad aparente que era demasiado honda para el señor Favre, aunque no pasaba de la piel. En lugar de eso, se encrespa ante la exigencia de Estrasburgo, con su guarnición prisionera de guerra, de un modo que deja claro a todo el mundo que, aun después de las duras lecciones de los dos últimos meses, el portavoz del Gobierno francés era incapaz de apreciar los hechos reales de la situación, porque seguía sous la domination de la phrase [bajo el dominio de la frase].
Jules Favre (1809-1880), abogado y político republicano, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Defensa Nacional formado en París el 4 de septiembre de 1870. Los días 19 y 20 de septiembre se entrevistó con Bismarck en el castillo de Ferrières para tratar de un armisticio; su informe sobre las conversaciones se publicó a fines de septiembre. ↩
El Mont Valérien, el más fuerte de los fuertes exteriores de París, al oeste de la ciudad. ↩
Louis-Jules Trochu (1815-1896), general, gobernador militar de París y presidente del Gobierno de Defensa Nacional. ↩
Jean-Jacques Uhrich (1802-1886), general, comandante de Estrasburgo, que capituló el 28 de septiembre de 1870 tras un mes y medio de asedio; Toul se había rendido el 23 de septiembre. ↩