Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Pall Mall Gazette, núm. 1764, del 8 de octubre de 1870. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 125-128, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana; una cifra que falta en la transcripción (marcada […] en el original) se suple entre corchetes según la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Hace unas semanas señalamos que el sistema prusiano de reclutamiento del ejército era cualquier cosa menos perfecto1. Pretende hacer de cada ciudadano un soldado. El ejército no es, según la expresión oficial prusiana, más que «la escuela en la que se educa para la guerra a toda la nación», y, sin embargo, solo un porcentaje muy pequeño de la población pasa por esa escuela. Volvemos ahora sobre este asunto para ilustrarlo con unas cuantas cifras exactas.

Según las tablas de la Oficina de Estadística prusiana, en el promedio de los años 1831 a 1854 se alistaron efectivamente en el ejército el 9,84 por ciento anual de los jóvenes sujetos al servicio; quedaron disponibles cada año el 8,28 por ciento; eran del todo inútiles para el servicio por defectos físicos el 6,40 por ciento; eran temporalmente inútiles, para volver a ser reconocidos en un año posterior, el 53,28 por ciento; el resto estaba ausente o se incluía en rúbricas demasiado insignificantes para mencionarlas aquí. Así, durante esos veinticuatro años, ni una décima parte de los jóvenes ciudadanos fue admitida en la escuela nacional de la guerra; y a eso se le llama una nación en armas.

En 1861 las cifras fueron las siguientes: jóvenes de veinte años, reemplazo de 1861, 217.438; jóvenes de reemplazos anteriores cuya situación quedaba por resolver, 348.364; total, 565.802. De ellos, estaban ausentes 148.946, o el 26,32 por ciento; del todo inútiles, 17.727, o el 3,05 por ciento; destinados a la reserva de reemplazo (Ersatzreserve), es decir, liberados del servicio en tiempo de paz con la obligación de acudir al llamamiento en tiempo de guerra, 76.590, o el 13,50 por ciento; enviados a casa para un nuevo reconocimiento futuro por inutilidad temporal, 230.236, o el 40,79 por ciento; despachados por otros motivos, 22.369, o el 3,98 por ciento; quedaron disponibles para el ejército 69.934 hombres, o el 12,36 por ciento; y de ellos, solo 59.459, o el 10,50 por ciento, entraron efectivamente en filas.

Sin duda, desde 1866 el porcentaje de reclutas incorporados cada año ha sido mayor, pero no puede haberlo sido en medida considerable; y si actualmente pasa por el ejército el 12 o el 13 por ciento de la población masculina de la Alemania del Norte, será mucho. Esto contrasta ciertamente con fuerza con las fervorosas descripciones de los «corresponsales especiales» durante la movilización en Alemania. Según ellos, todo hombre útil se vestía entonces el uniforme y se echaba el fusil al hombro, o montaba a caballo; todos los negocios estaban paralizados: las fábricas cerradas, las tiendas cerradas, las cosechas sin segar en los campos; toda la producción detenida, todo el comercio abandonado; era, en suma, un caso de «vida en suspenso», un esfuerzo nacional tremendo, pero que, de prolongarse solo unos meses, había de acabar en el agotamiento nacional completo. La transformación de civiles en soldados se hizo, ciertamente, a un ritmo del que fuera de Alemania no se tenía idea; pero si esos mismos escritores miran ahora Alemania, después de haber retirado de la vida civil a más de un millón de hombres, encontrarán las fábricas trabajando, las cosechas recogidas, las tiendas y los escritorios abiertos. La producción, si se ha detenido en algo, se ha detenido por falta de pedidos, no por falta de brazos; y se ven por las calles muchos mozos robustos tan aptos para echarse un fusil al hombro como los que se han marchado a Francia.

Las cifras anteriores lo explican todo. Los hombres que han pasado por el ejército no pasan, ciertamente, del 12 por ciento de toda la población masculina adulta. No se puede, por tanto, llamar en una movilización a más de ese 12 por ciento, y se queda en casa el 88 por ciento largo, una parte del cual, desde luego, es llamada a medida que avanza la guerra para cubrir los huecos causados por las batallas y las enfermedades. Estos pueden suponer un dos o un tres por ciento más en el curso de medio año; pero, aun así, a la inmensa mayoría de los hombres no se les llama nunca. La «nación en armas» es una completa farsa.

La causa de ello la hemos señalado antes. Es la necesidad en que se hallan la dinastía y el Gobierno prusianos, mientras se empeñen en su política hereditaria, de tener un ejército que sea un instrumento obediente de esa política. Según la experiencia prusiana, tres años de servicio en filas son indispensables para domar al civil medio para esa clase de trabajo. Nunca se ha sostenido en serio, ni siquiera por los ordenancistas más obstinados de Prusia, que un soldado de infantería (y los infantes forman la gran masa del ejército) no pueda aprender todos sus deberes militares en dos años; pero, como se dijo en los debates de la Cámara de 1861 a 18662, el verdadero espíritu militar, el hábito de la obediencia incondicional, solo se aprende en el tercer año. Ahora bien, con una suma dada de dinero para el presupuesto de guerra, cuanto más tiempo sirven los hombres, menos reclutas pueden convertirse en soldados. Actualmente, con tres años de servicio, entran en el ejército 90.000 reclutas al año; con dos años, entrarían 135.000; con dieciocho meses, podrían incorporarse e instruirse cada año 180.000 hombres. Que hay hombres útiles de sobra para ello se desprende de las cifras que hemos dado, y se verá aún más claro dentro de poco. Vemos así que la frase de la «nación en armas» oculta la creación de un gran ejército para los fines de la política de gabinete en el exterior y de la reacción en el interior. Una «nación en armas» no sería el mejor instrumento con el que pudiera trabajar Bismarck.

La población de la Confederación de la Alemania del Norte está un poco por debajo de los 30.000.000. El pie de guerra de su ejército es en números redondos de [950.000]3 hombres, apenas un 3,17 por ciento de la población. El número de jóvenes que cumplen veinte años es cada año de alrededor del 1,23 por ciento de la población, digamos 360.000. De ellos, según la experiencia de los Estados alemanes secundarios, la mitad larga son aptos para el servicio de campaña, ya en el acto, ya en los dos años siguientes; esto daría 180.000 hombres. Del resto, una buena proporción es apta para el servicio de guarnición; pero a estos podemos dejarlos por ahora fuera de la cuenta. Las estadísticas prusianas parecen diferir de esto, pero en Prusia esas estadísticas tienen que agruparse, por razones evidentes, de modo que el resultado parezca compatible con la ilusión de la «nación en armas». Aun así, la verdad se filtra también allí. En 1861 teníamos, además de los 69.934 hombres disponibles para el ejército, 76.590 hombres destinados a la reserva de reemplazo, lo que elevaba el total de hombres aptos para el servicio a 146.524, de los cuales solo 59.459, o el 40 por ciento, se incorporaron a filas. En todo caso, iremos perfectamente sobre seguro si contamos como aptos para el ejército a la mitad de los jóvenes. En tal caso, podrían entrar cada año en la línea 180.000 reclutas, con doce años de obligación de acudir al llamamiento, como ahora. Esto daría una fuerza de 2.160.000 hombres instruidos, más del doble del pie actual, aun descontando con largueza todas las bajas por muerte y otros accidentes; y si se volviera a examinar a la otra mitad de los jóvenes al cumplir los veinticinco años, se encontraría material para otros 500.000 o 600.000 buenos soldados de guarnición, o más. Un seis a un ocho por ciento de la población ya instruido y disciplinado, para ser llamado en caso de ataque, con los cuadros de todos ellos mantenidos en tiempo de paz, como se hace ahora: eso sí sería una «nación en armas»; pero no sería un ejército que pudiera usarse para guerras de gabinete, para conquistas o para una política de reacción en el interior.

Y, sin embargo, esto no sería más que la frase prusiana convertida en realidad. Si la apariencia de una nación en armas ha tenido tal poder, ¿qué no tendría la realidad? Y podemos estar seguros de que, si Prusia, al empeñarse en conquistas, obliga a ello a Francia, Francia convertirá esa apariencia en realidad, de una forma o de otra. Se organizará como una nación de soldados, y dentro de unos años puede asombrar a Prusia con el número aplastante de sus soldados tanto como Prusia ha asombrado al mundo este verano. ¿Pero no puede Prusia hacer lo mismo? Ciertamente, pero entonces dejará de ser la Prusia de hoy. Gana en capacidad de defensa, mientras pierde en capacidad de ataque; tendrá más hombres, pero no tan a mano para invadir al comienzo de una guerra; tendrá que renunciar a toda idea de conquista, y en cuanto a su política interior actual, quedaría seriamente comprometida.

  1. En el artículo «Cómo combatir a los prusianos», publicado en The Pall Mall Gazette el 17 de septiembre de 1870. ↩

  2. Los debates del conflicto constitucional prusiano, en los que la mayoría liberal de la Cámara de Diputados se opuso a la reforma militar del Gobierno (que fijaba en tres años el servicio en filas) y negó los créditos correspondientes. ↩

  3. La cifra falta en la transcripción del texto del periódico; la suplimos según la versión alemana de la MEW. ↩