Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1806, del 26 de noviembre de 1870. Traducimos del original inglés, según la transcripción de Tony Brown del texto del periódico en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 184-188), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Ayer llamábamos la atención sobre el hecho de que, desde la capitulación de Sedan,1 las perspectivas de Francia habían mejorado mucho, y de que incluso la caída de Metz,2 con los 150.000 soldados alemanes que dejó libres, ya no parece el desastre aplastante que pareció al principio. Si volvemos hoy sobre el mismo asunto, es para demostrar todavía más, con algunos detalles militares, que esta opinión es acertada.

Las posiciones de los ejércitos alemanes el 24 de noviembre, en la medida en que pueden averiguarse, eran las siguientes:

Cercando París: el III Ejército (cuerpos 2.º, 5.º, 6.º y 2.º bávaro, y las divisiones 21.ª, wurtemberguesa y de la Landwehr de la Guardia) y el IV Ejército (cuerpos 4.º, 12.º y de la Guardia); en total, diecisiete divisiones.

Ejército de observación, que protege este cerco: al norte, el I Ejército (cuerpos 1.º y 8.º); al oeste y al sudoeste, el ejército del duque de Mecklemburgo3 (divisiones 17.ª y 22.ª y 1.er Cuerpo bávaro); al sur, el II Ejército (cuerpos 3.º, 9.º y 10.º y una división de la Landwehr, un destacamento de la cual tan malparado salió en Châtillon a manos de Ricciotti Garibaldi);4 en total, quince divisiones.

En misiones especiales: en el sudeste de Francia, el 14.º Cuerpo (el de Werder,5 compuesto de dos divisiones y media) y el 15.º Cuerpo; en Metz y en torno a Thionville, el 7.º Cuerpo; en la línea de comunicaciones, por lo menos una división y media de la Landwehr; en total, ocho divisiones por lo menos.

De estas cuarenta divisiones de infantería, las diecisiete primeras están ahora plenamente ocupadas delante de París; las ocho últimas muestran con su inmovilidad que tienen tanto trabajo como pueden atender. Quedan disponibles para el campo de batalla las quince divisiones que forman los tres ejércitos de observación y que, con la caballería y la artillería, representan una fuerza total de unos 200.000 combatientes como máximo.

Pues bien, antes del 9 de noviembre no parecía haber ningún obstáculo serio que impidiera a esta masa de hombres invadir la mayor parte de la Francia central e incluso de la meridional. Pero desde entonces las cosas han cambiado considerablemente. Y no es tanto el hecho de que Von der Tann6 fuera derrotado y obligado a retirarse, o el de que D'Aurelle7 mostrara su capacidad para manejar bien sus tropas, lo que nos ha inspirado hacia el Ejército del Loira un respeto mayor del que, lo confesamos, le teníamos hasta ese día; son sobre todo las enérgicas medidas que tomó Moltke8 para hacer frente a su esperada marcha sobre París las que han hecho aparecer a ese ejército bajo una luz muy distinta. No solo creyó necesario tener dispuesta contra él, aun a riesgo de levantar de facto el cerco de París, la mayor parte de las fuerzas de bloqueo del lado sur de la ciudad, sino que además cambió en el acto la dirección de marcha de los dos ejércitos que llegaban de Metz, para acercarlos a París y tener todas las fuerzas alemanas concentradas alrededor de esa ciudad; y ahora nos enteramos de que, por añadidura, se tomaron medidas para rodear de obras defensivas el parque de asedio. Piensen otros lo que quieran, Moltke, evidentemente, no considera el Ejército del Loira una chusma armada, sino un ejército real, serio y temible.

La incertidumbre anterior sobre el carácter de ese ejército se debió en gran parte a los informes de los corresponsales ingleses en Tours.9 Al parecer no hay entre ellos ni un solo militar capaz de distinguir los rasgos por los que un ejército se diferencia de una turba de hombres armados. Los informes variaban de un día para otro en cuanto a la disciplina, la instrucción, el número, el armamento, el equipo, la artillería, los transportes; en una palabra, en cuanto a todo lo esencial para formarse una opinión. Todos conocemos las inmensas dificultades en que hubo de formarse el nuevo ejército: la falta de oficiales, de armas, de caballos, de toda clase de material y, sobre todo, la falta de tiempo. Los informes que llegaban se detenían principalmente en estas dificultades; y así el Ejército del Loira fue en general subestimado por personas cuyas simpatías no les nublan el juicio.

Ahora los mismos corresponsales coinciden en elogiarlo. Se dice que tiene mejores oficiales y mejor disciplina que los ejércitos que sucumbieron en Sedan y en Metz. Hasta cierto punto así es, sin duda. Es evidente que lo anima un espíritu mucho mejor que el que jamás hubo en los ejércitos bonapartistas: la determinación de hacer lo mejor por el país, de cooperar, de obedecer las órdenes por esa razón. Además, este ejército ha vuelto a aprender una cosa muy importante que el ejército de Luis Napoleón había olvidado por completo: el servicio de infantería ligera, el arte de proteger los flancos y la retaguardia contra las sorpresas, de tantear al enemigo, sorprender sus destacamentos, obtener información y prisioneros. El corresponsal de The Times que acompaña al duque de Mecklemburgo lo prueba. Ahora son los prusianos los que no logran averiguar dónde está su enemigo y tienen que andar a tientas; antes era justo al revés. Un ejército que ha aprendido eso ha aprendido mucho. Sin embargo, no hay que olvidar que el Ejército del Loira, lo mismo que sus hermanos los ejércitos del Oeste y del Norte, tiene que demostrar todavía su temple en una batalla general y contra un número más o menos igual. Pero, en conjunto, promete, y hay circunstancias que hacen probable que ni siquiera una gran derrota le afecte tan gravemente como un suceso así afecta a la mayoría de los ejércitos jóvenes.

El hecho es que las brutalidades y crueldades de los prusianos, en lugar de aplastar la resistencia popular, han redoblado sus energías; tanto que los prusianos parecen haber comprendido su error, y ya casi no se oye hablar de esos incendios de aldeas y matanzas de campesinos. Pero ese trato ha surtido su efecto, y cada día la guerra de guerrillas cobra mayores dimensiones. Cuando leemos en The Times los informes sobre el avance de Mecklemburgo hacia Le Mans, sin enemigo a la vista, sin ninguna fuerza regular que ofrezca resistencia en campo abierto, pero con caballería y francotiradores rondando los flancos, sin noticias de dónde están las tropas francesas y con las tropas prusianas bien juntas en cuerpos bastante grandes, no podemos menos de recordar las marchas de los mariscales de Napoleón en España o de las tropas de Bazaine en México.10 Y, una vez despertado ese espíritu de resistencia popular, ni siquiera ejércitos de 200.000 hombres llegan muy lejos en la ocupación de un país enemigo. Pronto alcanzan el punto más allá del cual sus destacamentos son más débiles que lo que la defensa puede oponerles; y depende enteramente de la energía de la resistencia popular lo pronto que se alcance esa línea. Así, incluso un ejército derrotado encuentra pronto un lugar a salvo de la persecución del enemigo, con tal de que el pueblo del país se levante; y eso puede resultar lo que ocurra ahora en Francia. Y si la población de los distritos ocupados por el enemigo se alzara, o simplemente se cortaran una y otra vez sus líneas de comunicación, el límite más allá del cual la invasión se vuelve impotente se estrecharía todavía más. No nos extrañaría, por ejemplo, que el avance de Mecklemburgo, si no lo apoya con fuerza el príncipe Federico Carlos,11 resultara haber ido ya demasiado lejos.

Por ahora todo depende, naturalmente, de París. Si París resiste otro mes —y los informes sobre el estado de sus víveres no excluyen en absoluto esa posibilidad—, Francia quizá tenga en campaña un ejército lo bastante grande para, con ayuda de la resistencia popular, levantar el cerco mediante un ataque afortunado contra las comunicaciones prusianas. La maquinaria para organizar ejércitos parece funcionar ya bastante bien en Francia. Hay más hombres de los que hacen falta; gracias a los recursos de la industria moderna y a la rapidez de las comunicaciones modernas, las armas aparecen en cantidades inesperadamente grandes: solo de América han llegado 400.000 fusiles; la artillería se fabrica en Francia con una rapidez hasta ahora completamente desconocida. Incluso los oficiales se encuentran, o se forman, de un modo u otro. En conjunto, los esfuerzos que Francia ha hecho desde Sedan para reorganizar su defensa nacional no tienen ejemplo en la historia, y solo les falta un elemento para un éxito casi seguro: tiempo. Si París resiste solo un mes más, eso ayudará mucho. Y si París no tuviera víveres para tanto tiempo, Trochu12 puede intentar romper las líneas del cerco con aquellas de sus tropas que sean aptas para la tarea; y sería osado decir ahora que no puede de ningún modo lograrlo. Si lo lograra, París seguiría absorbiendo una guarnición de por lo menos tres cuerpos de ejército prusianos para mantenerla tranquila, de modo que Trochu habría dejado libres más franceses que alemanes dejaría libres la rendición de París. Y, sea lo que sea lo que la fortaleza de París pueda hacer defendida por franceses, es evidente que nunca podría sostenerla con éxito una fuerza alemana frente a sitiadores franceses. Haría falta tanta gente para mantener sometido al pueblo dentro como para guarnecer las murallas y rechazar el ataque de fuera. Así pues, la caída de París puede implicar la caída de Francia, pero no la implica necesariamente.

Es mal momento ahora para especular sobre la probabilidad de tal o cual suceso de la guerra. Solo tenemos un conocimiento aproximado de un hecho: la fuerza de los ejércitos prusianos. De otro, la fuerza, numérica e intrínseca, de las tropas francesas, sabemos poco. Y, además, intervienen ahora factores morales que escapan a todo cálculo y de los que solo podemos decir que todos son favorables a Francia y desfavorables a Alemania. Pero esto parece seguro: que las fuerzas contendientes están ahora más equilibradas que nunca desde Sedan, y que un refuerzo relativamente débil de tropas instruidas por parte francesa podría restablecer del todo el equilibrio.

  1. El 1 y el 2 de septiembre de 1870 el ejército de Mac-Mahon, con Napoleón III, fue derrotado y capituló en Sedan; el 4 de septiembre se proclamó en París la República. ↩

  2. El ejército del Rin del mariscal Bazaine, encerrado en Metz desde agosto, capituló el 27 de octubre de 1870. ↩

  3. Federico Francisco II (1823-1883), gran duque de Mecklemburgo-Schwerin y general prusiano; mandaba el ejército que cubría por el oeste y el sudoeste a las tropas que cercaban París. ↩

  4. Ricciotti Garibaldi (1847-1924), hijo de Giuseppe Garibaldi, mandaba una brigada del Ejército de los Vosgos de su padre; el 19 de noviembre de 1870 sorprendió en Châtillon-sur-Seine a un destacamento de la Landwehr prusiana. ↩

  5. August von Werder (1808-1887), general prusiano, jefe del 14.º Cuerpo, que operaba en el este de Francia. ↩

  6. Ludwig von der Tann (1815-1881), general bávaro, derrotado en Coulmiers el 9 de noviembre de 1870 por el Ejército del Loira. ↩

  7. Louis d'Aurelle de Paladines (1804-1877), general francés, jefe del Ejército del Loira. ↩

  8. Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del Estado Mayor prusiano y director de las operaciones alemanas. ↩

  9. Sede de la delegación del Gobierno de la Defensa Nacional fuera de París sitiada. ↩

  10. Alusión a la guerra de guerrillas española contra la ocupación napoleónica (1808-1814) y a la intervención francesa en México (1862-1867), en la que Bazaine mandó el cuerpo expedicionario desde 1863. ↩

  11. Federico Carlos de Prusia (1828-1885), sobrino del rey Guillermo I, jefe del II Ejército alemán. ↩

  12. Louis-Jules Trochu (1815-1896), general francés, gobernador de París y presidente del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩