Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1816, del 8 de diciembre de 1870. Traducimos del original inglés, según la transcripción de Tony Brown del texto del periódico en el Marx-Engels Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 197-202), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

La última derrota del Ejército del Loira francés y la retirada de Ducrot1 detrás del Marne —suponiendo que ese movimiento sea tan decisivo como se presentó el sábado— zanjan definitivamente la suerte de la primera operación combinada para liberar París. Ha fracasado por completo, y la gente empieza otra vez a preguntarse si esta nueva serie de desgracias no prueba la incapacidad de los franceses para seguir resistiendo con éxito; si no sería mejor abandonar la partida de una vez, entregar París y firmar la cesión de Alsacia y Lorena.

El hecho es que se ha perdido todo recuerdo de una guerra verdadera. La de Crimea, la de Italia y la austroprusiana2 fueron todas meras guerras convencionales: guerras de gobiernos que hacían la paz en cuanto su maquinaria militar se había averiado o desgastado. Una guerra verdadera, una guerra en la que participa la propia nación, no la hemos visto en el corazón de Europa desde hace un par de generaciones. La hemos visto en el Cáucaso, en Argelia, donde la lucha duró más de veinte años casi sin interrupción;3 la habríamos visto en Turquía si sus aliados hubieran permitido a los turcos defenderse a su propia y rústica manera. Pero el hecho es que nuestras convenciones solo conceden a los bárbaros el derecho a una verdadera defensa propia; esperamos que los Estados civilizados combatan según la etiqueta, y que la nación real no incurra en la grosería de seguir combatiendo después de que la nación oficial haya tenido que rendirse.

Los franceses están cometiendo precisamente esta grosería. Para disgusto de los prusianos, que se consideran los mejores jueces en materia de etiqueta militar, llevan tres meses combatiendo de verdad desde que el ejército oficial de Francia fue expulsado del campo de batalla; e incluso han hecho lo que su ejército oficial nunca pudo hacer en esta campaña. Han obtenido un éxito importante y numerosos éxitos pequeños, y han tomado al enemigo cañones, convoyes, prisioneros. Es verdad que acaban de sufrir una serie de reveses graves; pero no son nada comparados con la suerte que su antiguo ejército oficial solía correr a manos de los mismos adversarios. Es verdad que su primer intento de liberar París del ejército que la cerca, con un ataque desde dentro y desde fuera al mismo tiempo, ha fracasado estrepitosamente; pero ¿se sigue de ello necesariamente que no quedan posibilidades para un segundo intento?

Los dos ejércitos franceses, tanto el de París como el del Loira, han combatido bien, según el testimonio de los propios alemanes. Desde luego han sido batidos por fuerzas inferiores en número, pero eso era lo que cabía esperar de tropas jóvenes y recién organizadas frente a veteranos. Sus movimientos tácticos bajo el fuego, según un corresponsal de The Daily News que sabe de lo que escribe, fueron rápidos y firmes; si les faltó precisión, es un defecto que compartían con más de un ejército francés victorioso. No cabe equivocarse: estos ejércitos han demostrado que son ejércitos, y sus adversarios tendrán que tratarlos con el debido respeto. Sin duda se componen de elementos muy diversos. Hay batallones de línea, con soldados veteranos en proporciones diversas; hay guardias móviles4 de todos los grados de eficacia militar, desde batallones con buenos oficiales, bien instruidos y equipados, hasta batallones de reclutas bisoños que ignoran todavía los rudimentos del «manejo del arma y la instrucción de sección»; hay francotiradores de todas clases, buenos, malos y regulares, probablemente en su mayoría de esta última clase. Pero hay, en todo caso, un núcleo de buenos batallones de combate en torno al cual pueden agruparse los demás; y un mes de combates intermitentes, evitando las derrotas aplastantes, hará de todos ellos soldados excelentes. Con una estrategia mejor, podrían haber triunfado ya ahora; y toda la estrategia que se necesita por el momento es aplazar todo combate decisivo, cosa que, a nuestro juicio, puede hacerse.

Pero las tropas concentradas en Le Mans y cerca del Loira están lejos de representar toda la fuerza armada de Francia. Hay por lo menos de 200.000 a 300.000 hombres más que se están organizando en puntos más alejados de la retaguardia. Cada día que pasa los acerca al nivel necesario para combatir. Cada día tiene que enviar al frente, al menos durante algún tiempo, un número creciente de soldados nuevos. Y detrás de ellos hay muchos hombres más para ocupar su lugar. Las armas y las municiones llegan a diario en grandes cantidades: con las modernas fábricas de armas y fundiciones de cañones, con los telégrafos y los vapores, y con el dominio del mar, no hay que temer que falten. Un mes de tiempo supondrá también una diferencia inmensa en la eficacia de estos hombres; y si se les concedieran dos meses, representarían ejércitos que bien podrían turbar el reposo de Moltke.5

Detrás de todas estas fuerzas más o menos regulares está el gran Landsturm, la masa del pueblo, a la que los prusianos han empujado a esa guerra de defensa propia que, según el padre del rey Guillermo, justifica todos los medios.6 Cuando Fritz7 marchó de Metz a Reims, de Reims a Sedan y de allí a París, no se dijo una palabra de un levantamiento del pueblo. Las derrotas de los ejércitos imperiales se aceptaron con una especie de estupor; veinte años de régimen imperial habían acostumbrado a la masa del pueblo a una dependencia apática y pasiva de la dirección oficial. Hubo aquí y allá campesinos que participaron en los combates, como en Bazeilles,8 pero fueron la excepción. Pero en cuanto los prusianos se instalaron alrededor de París y sometieron la comarca circundante a un sistema aplastante de requisas, ejecutadas sin consideración alguna; en cuanto empezaron a fusilar a los francotiradores y a quemar las aldeas que los habían ayudado; en cuanto rechazaron las ofertas de paz francesas y declararon su intención de hacer una guerra de conquista, todo esto cambió. La guerra de guerrillas estalló a su alrededor por todas partes, gracias a sus propios rigores, y ahora les basta con avanzar en un departamento nuevo para alzar el Landsturm a lo largo y a lo ancho. Quien lea en los periódicos alemanes los informes sobre el avance de los ejércitos de Mecklemburgo y de Federico Carlos9 verá a primera vista qué efecto extraordinario tiene sobre los movimientos de esos ejércitos esta insurrección del pueblo, impalpable, que desaparece y reaparece sin cesar, pero que siempre estorba. Incluso su numerosa caballería, a la que los franceses no tienen casi nada que oponer, queda neutralizada en gran medida por esta hostilidad general, activa y pasiva, de los habitantes.

Examinemos ahora la posición de los prusianos. De las diecisiete divisiones delante de París no pueden desde luego prescindir de una sola mientras Trochu10 pueda repetir cualquier día sus salidas en masa. Las cuatro divisiones de Manteuffel11 tendrán durante algún tiempo más trabajo del que pueden ejecutar en Normandía y Picardía, y puede incluso que tengan que retirarlas de allí. Las dos divisiones y media de Werder12 no pueden ir más allá de Dijon, salvo en incursiones, y así será por lo menos hasta que se haya reducido Belfort. La larga y delgada línea de comunicaciones que marca el ferrocarril de Nancy a París no puede ceder un solo hombre de los destinados a guardarla. El 7.º Cuerpo tiene trabajo de sobra guarneciendo las fortalezas de Lorena y sitiando Longwy y Montmédy. Para las operaciones de campaña contra el grueso de la Francia central y meridional quedan las once divisiones de infantería de Federico Carlos y de Mecklemburgo, desde luego no más de 150.000 hombres, incluida la caballería.

Así pues, los prusianos emplean unas veintiséis divisiones en sostener Alsacia, Lorena y las dos largas líneas de comunicaciones con París y con Dijon, y en cercar París, y aun así ocupan directamente quizá ni la octava parte de Francia, e indirectamente, desde luego, no más de la cuarta parte. Para el resto del país les quedan quince divisiones, cuatro de las cuales están a las órdenes de Manteuffel. Hasta dónde puedan llegar estas depende enteramente de la energía de la resistencia popular que encuentren. Pero, como todas sus comunicaciones pasan por Versalles —pues la marcha de Federico Carlos no le ha abierto una línea nueva por Troyes— y en medio de un país insurrecto, estas tropas tendrán que extenderse en un frente amplio y dejar destacamentos atrás para asegurar los caminos y mantener sometido al pueblo; y así llegarán pronto a un punto en que sus fuerzas se habrán reducido tanto que las equilibrarán las fuerzas francesas que se les oponen, y entonces las posibilidades volverán a ser favorables a los franceses; o bien estos ejércitos alemanes tendrán que actuar como grandes columnas volantes, recorriendo el país de un lado a otro sin ocuparlo de modo definitivo; y en ese caso las tropas regulares francesas pueden ceder ante ellas durante un tiempo, y tendrán muchas ocasiones de caer sobre sus flancos y su retaguardia.

Unos cuantos cuerpos volantes, como los que Blücher13 envió en 1813 a rodear los flancos de los franceses, serían muy eficaces si se emplearan en interrumpir la línea de comunicaciones de los alemanes. Esa línea es vulnerable casi en toda su longitud, de París a Nancy. Unos cuantos cuerpos, compuestos cada uno de uno o dos escuadrones de caballería y algunos tiradores, que cayeran sobre esa línea, destruyendo las vías, los túneles y los puentes, atacando los trenes, etc., contribuirían mucho a hacer volver a la caballería alemana del frente, donde es más peligrosa. Pero el auténtico «arrojo de húsar» no es, desde luego, cosa de los franceses.

Todo esto supone que París sigue resistiendo. Hasta ahora no hay nada que obligue a París a rendirse, salvo el hambre. Pero las noticias que ayer nos dio The Daily News de un corresponsal dentro de la ciudad disiparían, de ser ciertas, muchos temores. Hay todavía en París 25.000 caballos, además de los del ejército, que a 500 kilos cada uno darían 6¼ kilos, o 14 libras de carne, por habitante, o casi un cuarto de libra diario durante dos meses. Con eso, pan y vino a discreción y una buena cantidad de carne salada y otros comestibles, París puede muy bien resistir hasta principios de febrero. Y eso daría a Francia dos meses que ahora valen para ella más que dos años en tiempo de paz. Con una dirección medianamente inteligente y enérgica, tanto central como local, Francia debería estar para entonces en condiciones de liberar París y de enderezar su situación.

¿Y si París cayera? Habrá tiempo de sobra para considerar esa posibilidad cuando se haga más probable. En todo caso, Francia se las ha arreglado sin París durante más de dos meses, y puede seguir combatiendo sin ella. Naturalmente, la caída de París puede desmoralizar el espíritu de resistencia, pero también pueden hacerlo, ya ahora, las desafortunadas noticias de los últimos siete días. Ni lo uno ni lo otro tiene por qué hacerlo. Si los franceses atrincheran unas cuantas buenas posiciones de maniobra, como Nevers, cerca de la confluencia del Loira y el Allier; si levantan obras avanzadas alrededor de Lyon para hacerla tan fuerte como París, la guerra puede proseguir incluso después de la caída de París; pero todavía no es momento de hablar de eso.

Así pues, nos atrevemos a decir que, si el espíritu de resistencia del pueblo no decae, la posición de los franceses, incluso después de sus recientes derrotas, es muy fuerte. Con el dominio del mar para importar armas, con hombres de sobra para hacer soldados, con tres meses —los tres primeros y peores— de trabajo de organización a sus espaldas, y con una buena posibilidad de que se les conceda otro mes, si no dos, de respiro, y eso cuando los prusianos dan muestras de agotamiento; con todo eso, rendirse ahora sería una traición manifiesta. ¿Y quién sabe qué accidentes pueden ocurrir entretanto, qué nuevas complicaciones europeas pueden surgir? Que sigan combatiendo, por todos los medios.

  1. Auguste-Alexandre Ducrot (1817-1882), general francés, jefe del 2.º Ejército de París, que tras los combates de Champigny (30 de noviembre - 2 de diciembre de 1870) volvió a cruzar el Marne hacia París. ↩

  2. La guerra de Crimea (1853-1856), la guerra de Italia de Francia y el Piamonte contra Austria (1859) y la guerra austroprusiana (1866). ↩

  3. La resistencia de los montañeses del Cáucaso, dirigida desde 1834 por Shamil, contra la conquista rusa; y la de los argelinos, dirigida por Abd el-Kader hasta 1847, contra la conquista francesa iniciada en 1830. ↩

  4. La Garde nationale mobile, reserva creada en Francia en 1868 con los jóvenes que no servían en el ejército de línea. ↩

  5. Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del Estado Mayor prusiano y director de las operaciones alemanas. ↩

  6. El edicto sobre el Landsturm del 21 de abril de 1813, firmado por Federico Guillermo III de Prusia, padre del rey Guillermo I, llamaba a la población a resistir al invasor con todos los medios; Engels lo trata en «Francotiradores prusianos». ↩

  7. Federico Guillermo de Prusia (1831-1888), príncipe heredero y jefe del III Ejército alemán. ↩

  8. El 1 de septiembre de 1870, durante la batalla de Sedan, vecinos de Bazeilles combatieron junto a la infantería de marina francesa; los bávaros quemaron el pueblo y fusilaron a parte de sus habitantes. ↩

  9. Federico Francisco II (1823-1883), gran duque de Mecklemburgo-Schwerin, y Federico Carlos de Prusia (1828-1885), jefe del II Ejército alemán. ↩

  10. Louis-Jules Trochu (1815-1896), general francés, gobernador de París y presidente del Gobierno de la Defensa Nacional. ↩

  11. Edwin von Manteuffel (1809-1885), general prusiano, jefe del I Ejército alemán. ↩

  12. August von Werder (1808-1887), general prusiano, jefe del 14.º Cuerpo, que operaba en el este de Francia. ↩

  13. Gebhard Leberecht von Blücher (1742-1819), mariscal prusiano de las guerras contra Napoleón. ↩