Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette, núm. 1714, del 11 de agosto de 1870, con el título «Notes on the War.—VI». Traducido del original inglés según la transcripción del texto de la Pall Mall Gazette hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejado con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17, Berlín, 1962, pp. 36-39), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Ya no hay duda de que casi nunca se emprendió una guerra con un desprecio tan absoluto de las reglas ordinarias de la prudencia como el «paseo militar» napoleónico hasta Berlín. Una guerra por el Rin era la última carta de Napoleón, y la de más efecto; pero al mismo tiempo su fracaso suponía la caída del Segundo Imperio. Esto se comprendía bien en Alemania. La expectativa constante de una guerra con Francia fue una de las principales consideraciones que llevaron a muchísimos alemanes a aceptar los cambios hechos en 1866. Si Alemania había quedado desmembrada en un sentido, se había fortalecido en otro; la organización militar de la Alemania del Norte daba una garantía de seguridad mucho mayor que la de la antigua Confederación, más extensa pero adormilada.1 Esta nueva organización militar estaba calculada para poner sobre las armas, en batallones, escuadrones y baterías organizados, en once días, 552.000 hombres de línea y 205.000 de la Landwehr, y en otras dos o tres semanas otros 187.000 hombres de la reserva (Ersatztruppen),2 plenamente aptos para entrar en campaña. No había ningún misterio en ello. Todo el plan, con la distribución de esta fuerza entre los distintos cuerpos y los distritos de los que había de reclutarse cada batallón, etc., se había publicado muchas veces. Además, la movilización de 1866 había mostrado que no era una organización que existiera solo sobre el papel. Cada hombre estaba debidamente inscrito, y se sabía muy bien que en la oficina de cada comandante de distrito de la Landwehr estaban preparadas las órdenes de llamamiento de cada hombre, a la espera tan solo de que se les pusiera la fecha. Para el emperador francés, sin embargo, estas enormes fuerzas solo existían sobre el papel. Toda la fuerza que reunió para abrir la campaña consistía, a lo sumo, en 360.000 hombres del Ejército del Rin y otros 30.000 o 40.000 para la expedición al Báltico, digamos 400.000 hombres en total. Con semejante desproporción numérica, y con el mucho tiempo que se necesita para poner en pie de campaña las nuevas formaciones francesas (cuartos batallones), su única esperanza de éxito era un ataque por sorpresa mientras los alemanes estaban todavía en plena movilización. Hemos visto cómo se le escapó esta oportunidad; cómo se desaprovechó incluso la segunda, la de una arremetida hasta el Rin; y ahora vamos a señalar otra torpeza.
La disposición de los franceses hacia la fecha de la declaración de guerra era excelente. Formaba evidentemente parte de un plan de campaña largamente meditado. Tres cuerpos en Thionville, Saint-Avold y Bitche, en primera línea, junto a la frontera; dos cuerpos en Metz y Estrasburgo, en segunda línea; dos cuerpos en reserva hacia Nancy, y un octavo cuerpo en Belfort. Con la ayuda de los ferrocarriles, todas estas tropas podían reunirse en pocos días para un ataque, ya fuera cruzando el Sarre desde Lorena, ya cruzando el Rin desde Alsacia, y descargar el golpe hacia el norte o hacia el este según se requiriera. Pero era una disposición esencialmente para el ataque. Para la defensa era absolutamente defectuosa. La primera condición de la disposición de un ejército a la defensiva es esta: tener las tropas avanzadas tan por delante del grueso que se reciba la noticia del ataque enemigo a tiempo de concentrar las tropas antes de que el enemigo se eche encima. Si se necesita un día de marcha para cerrar las alas sobre el centro, la vanguardia debe estar por lo menos un día de marcha por delante del centro. Pues bien, aquí los tres cuerpos de Ladmirault, Frossard y De Failly, y después también una parte del de MacMahon, estaban pegados a la frontera y, sin embargo, extendidos en una línea desde Wissembourg hasta Sierck, de por lo menos noventa millas. Replegar las alas sobre el centro habría requerido dos días enteros de marcha; y, sin embargo, aun cuando se sabía que los alemanes estaban a pocas millas por delante, no se tomó ninguna medida ni para acortar el frente ni para adelantar vanguardias a una distancia que asegurase el aviso oportuno de un ataque inminente. ¿Puede extrañar que los distintos cuerpos fueran derrotados uno a uno?
Luego vino la torpeza de situar una división de MacMahon al este de los Vosgos, en Wissembourg, en una posición que invitaba a un ataque con fuerzas superiores. La derrota de Douay3 provocó la torpeza siguiente de MacMahon, que intentó restablecer el combate al este de los Vosgos, con lo que separó todavía más el ala derecha del centro y dejó al descubierto su línea de comunicaciones con él. Mientras el ala derecha (la de MacMahon y al menos partes de los cuerpos de Failly y de Canrobert) era aplastada en Wörth, el centro (Frossard y, según parece ahora, dos divisiones de Bazaine) era duramente batido delante de Saarbrücken. El resto de las tropas estaba demasiado lejos para acudir en su ayuda. Ladmirault estaba todavía cerca de Bouzonville, el resto de los hombres de Bazaine y la Guardia estaban hacia Boulay, el grueso de las tropas de Canrobert apareció en Nancy, se perdió por completo la pista de parte de las de De Failly, y Félix Douay, según sabemos ahora, estaba el 1 de agosto en Altkirch, en el extremo sur de Alsacia, a casi 120 millas del campo de batalla de Wörth, y probablemente con medios de transporte por ferrocarril muy deficientes. Toda esta disposición no revela otra cosa que vacilación, indecisión e irresolución, y eso en el momento más decisivo de la campaña.
¿Y qué idea se dejaba a los soldados tener de sus adversarios? Estaba muy bien que el emperador, en el último momento, dijera a sus hombres que tendrían que enfrentarse con «uno de los mejores ejércitos de Europa»; pero eso no valía nada después de las lecciones de desprecio por los prusianos que se les habían inculcado durante años. No podemos mostrarlo mejor que con el testimonio del capitán Jeannerod, del Temps,4 a quien ya hemos citado y que dejó el ejército hace solo tres años. Fue hecho prisionero por los prusianos en la acción del «bautismo de fuego»5 y pasó dos días entre ellos, durante los cuales vio la mayor parte de su 8.º Cuerpo de Ejército. Se quedó asombrado al encontrar tanta diferencia entre la idea que tenía de ellos y la realidad. Esta es su primera impresión al ser llevado a su campamento:
Una vez en el bosque, todo cambió. Había avanzadas bajo los árboles, batallones en masa a lo largo de los caminos; y que nadie intente engañar al público de un modo indigno de nuestro país y de nuestras circunstancias presentes: desde el primer paso reconocí los rasgos que anuncian un ejército excelente (une belle et bonne armée), así como una nación poderosamente organizada para la guerra. ¿En qué consistían esos rasgos? En todo. El porte de los hombres, la subordinación de sus menores movimientos a unos jefes amparados por una disciplina mucho más fuerte que la nuestra, la alegría de unos, el aire serio y resuelto de otros, el patriotismo al que daban rienda suelta la mayoría, el celo cabal y constante de los oficiales y, sobre todo, el valor moral (que bien podemos envidiarles) de los suboficiales: eso es lo que me llamó la atención en el acto y lo que no se ha apartado de mis ojos en los dos días que pasé en medio de aquel ejército y en aquel país donde unos letreros, colocados de trecho en trecho con los números de los batallones locales de la Landwehr, recuerdan el esfuerzo de que es capaz en un momento de peligro y de ambición.
En el lado alemán todo fue muy distinto. No se subestimaron, ni mucho menos, las cualidades militares de los franceses. La concentración de las tropas alemanas se hizo con rapidez, pero con cautela. Se llevó al frente a todos los hombres disponibles; y ahora que el 1.er Cuerpo de Ejército de la Alemania del Norte ha aparecido en Saarbrücken, en el ejército del príncipe Federico Carlos, es seguro que se han llevado al frente todos los hombres, caballos y cañones de los 550.000 soldados de línea, para unirse allí con los alemanes del Sur. Y el efecto de esa enorme superioridad numérica se ha visto acrecentado hasta ahora por un mando superior.
La Confederación Germánica (1815-1866), disuelta tras la guerra austro-prusiana de 1866; en su lugar se formó la Confederación de la Alemania del Norte, bajo la hegemonía de Prusia, de la que quedaron fuera Austria y los Estados del Sur. ↩
Landwehr: en Prusia, la reserva formada por los hombres que ya habían cumplido el servicio en el ejército activo y en su reserva. Ersatztruppen: tropas de reemplazo, destinadas a cubrir las bajas de las unidades de campaña. ↩
Abel Douay (1809-1870), general francés, mandaba la división derrotada en Wissembourg el 4 de agosto de 1870, donde murió. Su hermano Félix Douay (1816-1879), mencionado más abajo, mandaba el 7.º Cuerpo. ↩
Le Temps: diario liberal parisino fundado en 1861. ↩
El combate de Saarbrücken del 2 de agosto de 1870, en el que, según el telegrama de Napoleón III a la emperatriz, el príncipe imperial, de catorce años, recibió su «bautismo de fuego». ↩