Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado en The Pall Mall Gazette (Londres), núm. 1754, del 27 de septiembre de 1870, como entrega XIX de su serie «Notes on the War» («Notas sobre la guerra»). Traducido por la Escuela de marxismo, 2026, del original inglés según la transcripción del periódico hecha por Tony Brown para el Marxists Internet Archive, cotejada con la versión alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), pp. 109-112. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

Las fortificaciones de París ya han demostrado su valor. Solo a ellas se debe que los alemanes no estén en posesión de la ciudad desde hace más de una semana. En 1814 medio día de combate en torno a las alturas de Montmartre obligó a la ciudad a capitular. En 1815 una línea de obras de tierra, construida desde el comienzo de la campaña, causó cierto retraso; pero su resistencia habría sido muy corta de no ser porque los aliados tenían la certeza absoluta de que la ciudad se les entregaría sin combatir1. En la guerra actual, no se ha permitido que lo que los alemanes hayan podido esperar de la diplomacia interfiera en su acción militar. Y esta misma acción militar, breve, tajante y decisiva hasta mediados de septiembre, se volvió lenta, vacilante, tanteadora («tatonnante») desde el día en que las columnas alemanas entraron en la esfera de operaciones de ese inmenso campo fortificado que es París. Y es natural. El simple cerco de una plaza tan vasta requiere tiempo y cautela, aun cuando uno se acerque a ella con 200.000 o 250.000 hombres. Una fuerza tan grande como esa apenas bastará para cercarla como es debido por todos los lados, aunque, como en el caso presente, la ciudad no contenga ningún ejército capaz de salir a campaña y de librar batallas campales. Que en París no hay tal ejército lo han probado del modo más decisivo los lamentables resultados de la salida del general Ducrot cerca de Meudon2. Allí las tropas de línea se portaron francamente peor que la Guardia Móvil; salieron literalmente «de estampida», con los renombrados zuavos a la cabeza. La cosa se explica fácilmente. Los soldados veteranos —en su mayoría hombres de los cuerpos de MacMahon, De Failly y Félix Douay, que habían combatido en Wœrth— estaban completamente desmoralizados por dos retiradas desastrosas y seis semanas de fracasos continuos; y es natural que tales causas hagan el mayor estrago en mercenarios, pues los zuavos, compuestos sobre todo por sustitutos, no merecen otro nombre. Y estos eran los hombres de los que se esperaba que dieran firmeza a los reclutas bisoños con que se habían completado los mermados batallones de línea. Después de este suceso podrá haber pequeñas incursiones, afortunadas aquí y allá, pero difícilmente habrá más batallas a campo abierto.

Otro punto: los alemanes dicen que dominan París con sus cañones desde las alturas cercanas a Sceaux; pero esta afirmación hay que tomarla con bastante reserva. Las alturas más próximas en las que pueden haber emplazado baterías, por encima de Fontenay-aux-Roses, a unos 1.500 metros del fuerte de Vanves, están a sus buenos 8.000 metros, u 8.700 yardas, del centro de la ciudad. Los alemanes no tienen artillería de campaña más pesada que el llamado cañón rayado de seis (peso del proyectil, unas 15 libras), pero aun cuando tuvieran a mano cañones rayados de doce, con proyectiles de 32 libras, el alcance máximo de esas piezas, con los ángulos de elevación para los que están construidas sus cureñas, no pasaría de 4.500 o 5.000 metros. Así pues, esta fanfarronada no tiene por qué asustar a los parisinos. Mientras no se tomen dos fuertes más, París no tiene por qué temer un bombardeo; y aun entonces las granadas se repartirían tanto por la enorme superficie que el daño tendría que ser relativamente pequeño, y el efecto moral casi nulo. Fíjense en la enorme masa de artillería que se ha empleado contra Estrasburgo: ¡cuánta más hará falta para reducir París, aun teniendo presente que el ataque en regla por paralelas se limitará naturalmente a una pequeña parte de las obras! Y hasta que los alemanes puedan reunir al pie de las murallas de París toda esa artillería, con las municiones y todos los demás medios, París está seguro. Solo desde el momento en que el material de sitio esté listo empieza el peligro real.

Vemos ahora con claridad qué gran fuerza intrínseca tienen las fortificaciones de París. Si a esta fuerza pasiva, a este simple poder de resistencia, se añadiera la fuerza activa, el poder de ataque de un verdadero ejército, el valor de la primera aumentaría en el acto. Mientras que la fuerza sitiadora queda inevitablemente dividida por el Sena y el Marne en tres partes separadas por lo menos, que no pueden comunicarse entre sí sino por puentes construidos a retaguardia de sus posiciones de combate, es decir, solo dando rodeos y con pérdida de tiempo, el grueso del ejército que estuviera en París podría atacar con fuerzas superiores a cualquiera de esas tres partes que escogiera, causarle pérdidas, destruir todas las obras empezadas y retirarse al amparo de los fuertes antes de que tuvieran tiempo de llegar los refuerzos de los sitiadores. Si este ejército de París no fuera demasiado débil en comparación con las fuerzas de los sitiadores, podría hacer imposible el cerco completo de la plaza o romperlo en cualquier momento. Y lo necesario que es cercar por completo una plaza sitiada mientras no esté del todo descartada la llegada de refuerzos de fuera se vio en el caso de Sebastopol, donde el sitio se prolongó únicamente por la continua llegada de refuerzos rusos a la mitad norte de la fortaleza, cuyo acceso no pudo cortarse sino en el último momento. Cuanto más se desarrollen los acontecimientos delante de París, más evidente se hará el perfecto absurdo de la dirección de la guerra por los generales imperiales en esta campaña, que sacrificó dos ejércitos y dejó a París sin su principal arma de defensa, el poder de responder al ataque con el ataque.

En cuanto al abastecimiento de una ciudad tan grande, las dificultades nos parecen incluso menores que en el caso de una plaza más pequeña. Una capital como París no solo tiene una organización comercial perfecta para abastecerse en todo momento; es al mismo tiempo el principal mercado y almacén donde se reúnen y se intercambian los productos agrícolas de una comarca extensa. Un gobierno activo podría tomar fácilmente medidas para procurarse, aprovechando esas facilidades, abundantes provisiones para la duración de un sitio de tipo medio. Si se ha hecho así, no tenemos medios de juzgarlo; pero no vemos por qué no podría haberse hecho, y además deprisa.

En todo caso, si se combate «hasta el amargo final», como ahora oímos que se hará, la resistencia probablemente no durará mucho desde el día en que se abran las trincheras. La mampostería de las escarpas está bastante expuesta, y la falta de medias lunas delante de las cortinas favorece el avance del sitiador y la apertura de brechas en los muros. El espacio reducido de los fuertes solo admite un número limitado de defensores; su resistencia a un asalto, si no la secunda un avance de tropas por los intervalos entre los fuertes, no puede ser seria. Pero si las trincheras pueden llevarse hasta el glacis de los fuertes sin que las destruyan esas salidas del ejército de París, este mismo hecho prueba que ese ejército es demasiado débil —en número, organización o moral— para salir con alguna probabilidad de éxito la noche del asalto.

Una vez tomados un par de fuertes, es de esperar que la ciudad desista de una lucha sin esperanza. Si no, habrá que repetir las operaciones de sitio, abrir un par de brechas e intimar de nuevo a la ciudad a rendirse. Y si se vuelve a rechazar, podrá venir entonces la lucha, igualmente sin perspectivas, en las barricadas. Esperemos que se ahorren tan inútiles sacrificios.

  1. El 30 de marzo de 1814 los aliados tomaron las alturas de Montmartre y París capituló al día siguiente. En julio de 1815, tras Waterloo, París capituló sin combate serio por el convenio de Saint-Cloud (3 de julio). ↩

  2. El combate de Châtillon (19 de septiembre de 1870), en el que las tropas del general Auguste-Alexandre Ducrot (1817-1882) intentaron en vano impedir que los alemanes completaran el cerco de París por el sur; algunos regimientos de zuavos huyeron en desorden. ↩