Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Pall Mall Gazette, núm. 1762, del 6 de octubre de 1870, en la serie «Notes on the War» (Notas sobre la guerra). Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 121-124, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Si hemos de creer los informes que llegan de París en globo, la ciudad está defendida por fuerzas innumerables. Hay entre cien y doscientos mil guardias móviles de las provincias; hay 250 batallones de la Guardia Nacional parisiense, de 1.500 hombres cada uno, algunos dicen que de 1.800 o 1.900; es decir, según el cálculo más moderado, 375.000 hombres; hay al menos 50.000 soldados de línea, además de infantería de marina, marineros, francotiradores, etcétera. Y, según las últimas noticias, si todos ellos quedaran fuera de combate, todavía hay detrás 500.000 ciudadanos aptos para empuñar las armas, dispuestos a ocupar su lugar en caso de necesidad.
Fuera de París hay un ejército alemán compuesto por seis cuerpos de ejército de la Alemania del Norte (el 4.º, el 5.º, el 6.º, el 11.º, el 12.º y la Guardia), dos cuerpos bávaros y la división de Wurtemberg; en total, ocho cuerpos y medio, que suman entre 200.000 y 230.000 hombres, ciertamente no más. Y, sin embargo, este ejército alemán, aunque extendido en una línea de cerco de por lo menos ochenta millas, tiene a raya, como es notorio, esa fuerza innumerable del interior de la ciudad, le corta los abastecimientos, vigila todos los caminos y senderos que salen de París y hasta ahora ha rechazado victoriosamente todas las salidas de la guarnición. ¿Cómo es posible?
En primer lugar, no cabe duda de que las cifras que se dan del inmenso número de hombres armados que hay en París son fantasiosas. Si los 600.000 hombres en armas de que tanto oímos hablar se reducen a 350.000 o 400.000, estaremos más cerca de la verdad. Aun así, no puede negarse que hay en París muchos más hombres armados para defenderlo que fuera para atacarlo.
En segundo lugar, la calidad de los defensores de París es de lo más abigarrado. De todos ellos, no consideraríamos tropas realmente de fiar más que a la infantería de marina y los marineros que guarnecen ahora los fuertes exteriores. La línea, los restos del ejército de MacMahon reforzados con reservistas, la mayoría reclutas bisoños, ha mostrado en el combate del 19 de septiembre cerca de Meudon que está desmoralizada. Los móviles, buen material en sí mismos, apenas están pasando ahora por la instrucción de reclutas; tienen malos oficiales y están armados con tres clases distintas de fusil: el chassepot, el Minié transformado y el Minié sin transformar1. Ningún esfuerzo, ninguna cantidad de escaramuzas con el enemigo pueden darles, en el poco tiempo de que disponen, la firmeza que es lo único que les permitirá hacer lo que más falta hace: enfrentarse al enemigo en campo abierto y derrotarlo. Es el defecto originario de su organización, la falta de instructores formados, oficiales y sargentos, lo que les impide llegar a ser buenos soldados. Aun así, parecen el mejor elemento de la defensa de París; al menos es probable que se sometan a la disciplina. La Guardia Nacional sedentaria es un cuerpo muy mezclado. Los batallones de los arrabales, formados por obreros, tienen voluntad y resolución de sobra para combatir; serán obedientes y mostrarán una especie de disciplina instintiva si los mandan hombres que tengan su confianza personal y política; con cualquier otro jefe serán rebeldes. Además, no tienen instrucción ni oficiales formados; y, a menos que se llegue realmente a una lucha final tras las barricadas, sus mejores cualidades combativas no se pondrán a prueba. Pero la masa de la Guardia Nacional, la que armó Palikao2, la forma la burguesía, sobre todo la clase de los pequeños tenderos, y esos hombres se oponen por principio a combatir. Su tarea con las armas en la mano es guardar sus tiendas y sus casas; y si las alcanzan los proyectiles de un enemigo que dispara desde lejos, su entusiasmo marcial probablemente se desvanecerá. Son, además, una fuerza organizada no tanto contra un enemigo extranjero como contra un enemigo interior. Todas sus tradiciones apuntan en ese sentido, y nueve de cada diez están convencidos de que ese enemigo interior acecha en este mismo momento en el corazón mismo de París, y no espera más que la ocasión de echárseles encima. Son en su mayoría hombres casados, no acostumbrados a las privaciones y la intemperie, y de hecho ya se quejan de la dureza de un servicio que les obliga a pasar una noche de cada tres al raso en las murallas de la ciudad. En un cuerpo así puede haber compañías y aun batallones que, en circunstancias particulares, se porten con valor; pero, como cuerpo, y sobre todo para un servicio regular y fatigoso, no se puede contar con ellos.
Con semejante fuerza dentro de París no es de extrañar que los alemanes de fuera, mucho menos numerosos y muy dispersos, estén tranquilos en cuanto a ataques por ese lado. De hecho, todos los combates que se han librado hasta ahora muestran que el ejército de París (si podemos llamarlo así) es incompetente para actuar en campo abierto. El primer gran ataque contra las tropas del bloqueo, el día 19, fue bastante característico. El cuerpo del general Ducrot3, de unos 30.000 o 40.000 hombres, fue detenido durante hora y media por dos regimientos prusianos (el 7.º y el 47.º), hasta que acudieron en su ayuda dos regimientos bávaros y otra brigada bávara cayó sobre el flanco de los franceses; estos se retiraron entonces en desorden, dejando en manos del enemigo un reducto armado con ocho cañones y numerosos prisioneros. El número de alemanes que entraron en combate en esa ocasión no podía pasar de 15.000. Desde entonces, las salidas de los franceses se han llevado de un modo muy distinto. Han renunciado a todo propósito de librar batallas campales; envían partidas más pequeñas a sorprender avanzadas y otros pequeños destacamentos; y si una brigada, una división o más avanzan más allá de la línea de los fuertes, se contentan con una mera demostración. Estos combates buscan menos causar daño al enemigo que habituar a las levas francesas a la práctica de la guerra. Sin duda las irán mejorando poco a poco, pero solo una pequeña parte de la masa difícil de manejar que hay en París puede sacar provecho de una práctica en tan pequeña escala.
Que el general Trochu, después del combate del 19, conocía perfectamente el carácter de la fuerza que tenía a sus órdenes lo muestra con claridad su proclama del 30 de septiembre. Echa ciertamente la culpa casi exclusivamente a la línea y más bien da palmaditas en la espalda a los móviles; pero esto solo prueba que los considera (y con razón) la mejor parte de sus hombres. Tanto la proclama como el cambio de táctica adoptado desde entonces prueban claramente que no se hace ilusiones sobre la ineptitud de sus hombres para operar en campo abierto. Y debe saber, además, que cualesquiera otras fuerzas que le queden a Francia con el nombre de Ejército de Lyon, Ejército del Loira, etcétera, tienen exactamente la misma composición que las suyas, y que, por tanto, no debe esperar que un ejército de socorro levante el bloqueo o el sitio de París. Es, pues, notable que nos llegue la noticia de que Trochu se ha opuesto, en un consejo de ministros, a la propuesta de tratar la paz. La noticia procede, ciertamente, de Berlín, que no es buena fuente de información imparcial sobre lo que ocurre dentro de París. Sea como fuere, no podemos creer que Trochu tenga esperanzas de éxito. Sus ideas sobre la organización del ejército en 1867 eran resueltamente partidarias de cuatro años completos de servicio en el regimiento y tres años de obligación en la reserva, como había sido la regla con Luis Felipe; consideraba incluso del todo insuficiente el tiempo de servicio de los prusianos, dos o tres años, para formar buenos soldados4. La ironía de la historia lo pone ahora en una situación en que hace la guerra con hombres completamente bisoños, casi sin instrucción ni disciplina, contra esos mismos prusianos que ayer mismo calificaba de soldados a medio formar; y eso después de que esos prusianos hayan dado cuenta en un mes de todo el ejército regular de Francia.
El chassepot, fusil de retrocarga reglamentario del ejército francés desde 1866; el Minié, fusil rayado de avancarga, parte del cual se había transformado en arma de retrocarga. ↩
Charles Cousin-Montauban, conde de Palikao (1796-1878), general, ministro de la Guerra y jefe del último gabinete del Segundo Imperio (agosto-septiembre de 1870). ↩
Auguste-Alexandre Ducrot (1817-1882), general francés. El combate del 19 de septiembre se libró en Châtillon, cerca de Meudon. ↩
Louis-Jules Trochu, L'armée française en 1867 (París, 1867). ↩