Escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Pall Mall Gazette, núm. 1766, del 11 de octubre de 1870, en la serie «Notes on the War» (Notas sobre la guerra). Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico hecha por Tony Brown en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada párrafo a párrafo con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962), págs. 129-132, por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción, cotejadas con la versión alemana. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
En una de nuestras notas anteriores llamamos la atención sobre el hecho de que aun ahora, después de la caída de Estrasburgo, casi todo el inmenso ejército alemán que está en Francia se halla plenamente ocupado, aunque los invasores no tienen ni la sexta parte del territorio del país1. El asunto es tan significativo que nos creemos autorizados a volver sobre él.
Metz, con el ejército de Bazaine2 encerrado dentro de su línea de fuertes, da ocupación a ocho cuerpos de ejército (el 1.º, el 2.º, el 3.º, el 7.º, el 8.º, el 9.º y el 10.º, la división de Hesse y la división de Landwehr del general Kummer), en total dieciséis divisiones de infantería. París retiene diecisiete divisiones de infantería (la Guardia, los cuerpos 4.º, 5.º, 6.º, 11.º y 12.º de la Alemania del Norte, los cuerpos 1.º y 2.º bávaros y la división de Wurtemberg). Los cuerpos 13.º y 14.º, de nueva formación y compuestos en su mayoría de Landwehr, y algunos destacamentos de los cuerpos ya nombrados ocupan el país conquistado y observan, bloquean o sitian las plazas que dentro de él siguen perteneciendo a los franceses. Solo el 15.º cuerpo (la división de Baden y al menos una división de Landwehr), que la capitulación de Estrasburgo ha dejado libre, está disponible para operaciones activas. Se le van a sumar nuevas tropas de Landwehr, y entonces emprenderá en dirección más meridional unas operaciones cuyo carácter se conoce todavía de forma muy imprecisa.
Ahora bien, estas fuerzas comprenden casi todas las tropas organizadas de que dispone Alemania, con la importantísima excepción de los cuartos batallones de línea. Al contrario de lo que se hizo en la guerra de Austria3, en que se los envió contra el enemigo, esta vez esos 114 batallones se han quedado en el país; conforme a su finalidad original, sirven de cuadros para la instrucción y la organización de los hombres destinados a cubrir los huecos que las batallas y las enfermedades hayan abierto en las filas de sus respectivos regimientos. En cuanto los mil hombres que forman el batallón están suficientemente adiestrados para prestar servicio ante el enemigo, se los envía a reunirse con los tres batallones de campaña del regimiento; así se hizo en gran escala después de los duros combates ante Metz de mediados de septiembre. Pero los oficiales y suboficiales del batallón se quedan en el país, listos para recibir y preparar para la campaña una nueva remesa de 1.000 hombres, tomados de la reserva de reemplazo o de los reclutas llamados a su debido tiempo. Esta medida era absolutamente necesaria en una guerra tan sangrienta como la presente, cuyo final no puede preverse con seguridad; pero priva a los alemanes, por el momento, del servicio activo de 114 batallones y de la fuerza correspondiente de caballería y artillería, que representan en total 200.000 hombres largos. Exceptuados estos, la ocupación de apenas una sexta parte de Francia y la reducción de las dos grandes fortalezas de ese territorio, Metz y París, tienen tan plenamente ocupadas a todas las fuerzas alemanas que apenas les quedan 60.000 hombres para nuevas operaciones fuera del territorio ya conquistado. Y esto cuando no hay en ninguna parte un ejército francés en campaña que oponga una resistencia seria.
Si alguna vez hizo falta una prueba de la inmensa importancia que tienen en la guerra moderna los grandes campos atrincherados con una fortaleza por núcleo, aquí está esa prueba. Los dos campos atrincherados en cuestión no se han aprovechado ni mucho menos del mejor modo, como podremos mostrar en otra ocasión. Metz tiene de guarnición demasiadas tropas para su tamaño y su importancia, y París apenas tiene tropas de verdad aptas para la campaña. Aun así, la primera de estas plazas tiene actualmente en jaque a por lo menos 240.000 enemigos, y la segunda a 250.000; y si Francia tuviera tan solo 200.000 soldados de verdad detrás del Loira, el sitio de París sería imposible. Por desgracia para Francia, esos 200.000 hombres no los tiene, ni hay probabilidad alguna de que se los llegue a reunir, organizar y disciplinar a tiempo. De modo que la reducción de los dos grandes centros de defensa es mera cuestión de semanas. El ejército de Metz ha conservado hasta ahora su disciplina y sus cualidades combativas maravillosamente bien, pero los continuos reveses que ha sufrido acabarán por quebrar toda esperanza de escapar. Los soldados franceses son defensores de plazas excelentes, y soportan la derrota mucho mejor durante un sitio que en campaña; pero si la desmoralización empieza a cundir entre ellos, se extiende rápida e irresistiblemente. En cuanto a París, no tomaremos demasiado al pie de la letra los 400.000 guardias nacionales, los 100.000 móviles y los 60.000 soldados de línea del señor Gambetta4, como tampoco los innumerables cañones y ametralladoras que se están fabricando en París ni la gran solidez de las barricadas. Pero no hay duda de que en París hay elementos suficientes para una defensa muy respetable; aunque esa defensa, al ser necesariamente pasiva por el carácter de la guarnición, carecerá de su elemento más fuerte: los ataques potentes contra los sitiadores.
En todo caso, debe resultar evidente que, si entre los franceses viviera un verdadero entusiasmo nacional, aún podría ganarse todo. Mientras todas las fuerzas del invasor, salvo 60.000 hombres y la caballería, que puede hacer correrías pero no someter, están inmovilizadas en el territorio conquistado, las cinco sextas partes restantes de Francia podrían levantar bandas armadas suficientes para hostigar a los alemanes en todos los puntos, interceptar sus comunicaciones, destruir puentes y ferrocarriles, víveres y municiones a su retaguardia, y obligarlos a destacar de sus dos grandes ejércitos tal número de tropas que Bazaine podría encontrar el modo de romper el cerco de Metz y el cerco de París se volvería ilusorio. Ya ahora el movimiento de las bandas armadas es para los alemanes una fuente de grandes molestias, aunque todavía no de peligro, y esto irá en aumento a medida que la comarca que rodea París se vaya agotando de víveres y otros suministros y haya que someter a requisa distritos más lejanos. El nuevo ejército alemán que se está formando ahora en Alsacia probablemente se verá pronto apartado de cualquier expedición hacia el sur por la necesidad de asegurar las comunicaciones alemanas y de someter una extensión mayor de territorio en torno a París. Pero ¿cuál sería la suerte de los alemanes si el pueblo francés se hubiera levantado con el mismo fanatismo nacional que los españoles en 1808, si cada ciudad y casi cada aldea se hubiera convertido en una fortaleza, cada campesino y cada ciudadano en un combatiente? Ni siquiera los 200.000 hombres de los cuartos batallones bastarían para tener sometido a un pueblo así. Pero ese fanatismo nacional no entra hoy en las costumbres de las naciones civilizadas. Puede encontrarse entre los mexicanos y los turcos; sus fuentes se han secado en el Occidente de Europa, dedicado a hacer dinero, y los veinte años en que la pesadilla del Segundo Imperio ha pesado sobre Francia han sido cualquier cosa menos un temple para el carácter nacional. Así vemos mucha palabrería y un mínimo de trabajo; mucha ostentación y un abandono casi total de la organización; muy poca resistencia no oficial y bastante sumisión al enemigo; muy pocos soldados de verdad y un inmenso número de francotiradores.
Véase «Notas sobre la guerra, XX», del 3 de octubre de 1870. ↩
François-Achille Bazaine (1811-1888), mariscal de Francia, comandante del Ejército del Rin, encerrado en Metz desde mediados de agosto de 1870. ↩
La guerra austro-prusiana de 1866. ↩
Léon Gambetta (1838-1882), abogado y político republicano, ministro del Interior del Gobierno de Defensa Nacional; el 7 de octubre de 1870 salió de París en globo para organizar la defensa en las provincias. ↩