Escrito por Friedrich Engels hacia el 3 de enero de 1872. Publicado en Der Volksstaat (Leipzig), n.º 3, 10 de enero de 1872. Traducido del alemán, según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 17 (Berlín, 1962, pp. 475-480), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Apenas hace falta explicar cuál es en este momento la situación de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Por una parte, los grandiosos acontecimientos de París le han dado un poder y una extensión como nunca había tenido; por otra, encontramos aliados contra ella a casi todos los gobiernos europeos: Thiers con Gorchakov, Bismarck con Beust, Víctor Manuel con el papa, España con Bélgica.1 Se ha desatado una cacería general contra la Internacional; todos los poderes del viejo mundo, consejos de guerra y tribunales civiles, policía y prensa, hidalgüelos rurales y burgueses, rivalizan en la persecución, y en todo el continente apenas hay un rincón donde no se haga todo lo posible por poner fuera de la ley a la gran y temible fraternidad obrera.

Es precisamente este momento de desorganización general y forzosa por obra de las potencias de la vieja sociedad, este momento en que la unidad y la cohesión son más necesarias que nunca, el que ha elegido un pequeño número de internacionales, que según su propia confesión mengua de día en día, en un rincón de Suiza, para arrojar una manzana de la discordia entre los miembros mediante una circular pública. Esta gente, que se titula Federación del Jura, es en lo esencial la misma que, bajo la dirección de Bakunin, lleva más de dos años perturbando sin descanso la unidad en la Suiza francesa y oponiéndose a la acción común dentro de la Internacional mediante una activa correspondencia privada con algunas lumbreras afines de distintos países.2 Mientras estas intrigas se limitaron a Suiza o se llevaron a cabo en silencio, no quisimos darles mayor publicidad; esta circular nos obliga a hablar.

La Federación del Jura, en su congreso de Sonvillier del 12 de noviembre, basándose en que el Consejo General había convocado este año no un congreso, sino una conferencia, acordó dirigir a todas las secciones de la Internacional una circular, que se ha impreso y difundido en masa por todos los rincones del mundo, y en la que se insta a las secciones a exigir la convocatoria inmediata de un congreso. Por qué hubo que sustituir el congreso por una conferencia está claro como la luz del día, al menos para nosotros en Alemania y en Austria. No habríamos podido estar representados en él sin que nuestros delegados fueran detenidos a su regreso y puestos a buen recaudo, y en la misma situación se habrían encontrado los delegados de España, Italia y Francia. En cambio, una conferencia que no celebra debates públicos, sino solo sesiones administrativas, era perfectamente posible, porque los nombres de los delegados no llegaban a hacerse públicos. Tenía el inconveniente de que no podía decidir sobre cuestiones de principio, ni modificar los Estatutos, ni realizar en general acto legislativo alguno, y tenía que limitarse a resoluciones administrativas para aplicar mejor la organización establecida por los Estatutos y las resoluciones de los congresos. Pero eso era también lo único que hacía falta en aquellas circunstancias; se trataba de medidas para la emergencia del momento, y para ello bastaba.

Pero los ataques contra la Conferencia y sus resoluciones no eran más que el pretexto. La circular en cuestión solo habla de ellos de pasada. Al contrario, encuentra que el mal es mucho más profundo. Afirma que, según los Estatutos y las primeras resoluciones de los congresos, la Internacional no es más que «una libre federación de secciones autónomas» (independientes) que persigue la emancipación de los obreros por los obreros mismos,

«al margen de toda autoridad dirigente, aunque sea creada por libre consentimiento».

Por consiguiente, el Consejo General no sería más que «una simple oficina de estadística y de correspondencia». Pero esta base original habría sido falseada muy pronto, primero por el derecho que se dio al Consejo General de completarse a sí mismo con nuevos miembros, y más aún por las resoluciones del Congreso de Basilea, que dieron al Consejo General el derecho de suspender a secciones hasta el congreso siguiente y de resolver provisionalmente los conflictos hasta que decidiera el congreso.3 Con ello se habría puesto en manos del Consejo General un poder peligroso, y la libre unión de secciones independientes se habría convertido en una organización jerárquica y autoritaria de «secciones disciplinadas», de modo que

«las secciones están por entero en manos del Consejo General, que puede a su antojo negar su admisión o suspender su actividad».

A nuestros lectores alemanes, que conocen demasiado bien el valor de una organización capaz de defenderse, todo esto les parecerá muy extraño. Es natural, porque las teorías del señor Bakunin, que aquí aparecen en plena floración, no han llegado hasta ahora a Alemania. ¡Una sociedad obrera que ha inscrito ante todo en su bandera la lucha por la emancipación de la clase obrera debe tener a su cabeza no un comité ejecutivo, sino una simple oficina de estadística y de correspondencia! Pero la lucha por la emancipación de la clase obrera no es para Bakunin y sus compañeros más que un pretexto; el verdadero fin es muy distinto.

«La sociedad futura no debe ser otra cosa que la generalización de la organización que la Internacional se haya dado. Debemos, pues, cuidar de que esta organización se acerque lo más posible a nuestro ideal… La Internacional, germen de la futura sociedad humana, está obligada a ser desde ahora la fiel imagen de nuestros principios de libertad y de federación, y a rechazar de su seno todo principio que tienda a la autoridad y a la dictadura».

A los alemanes se nos acusa de misticismo, pero no llegamos ni de lejos a este misticismo. ¡La Internacional, modelo de la sociedad futura, donde ya no habrá fusilamientos de Versalles, ni consejos de guerra, ni ejércitos permanentes, ni violación de la correspondencia, ni tribunal penal de Brunswick!4 ¡Precisamente ahora, cuando tenemos que defender nuestra piel con uñas y dientes, el proletariado no debe organizarse según las necesidades de la lucha que se le impone cada día y a cada hora, sino según las ideas que se hacen unos cuantos visionarios de una vaga sociedad futura! Imaginemos nuestra propia organización alemana tal como sería según este modelo. ¡En vez de luchar contra los gobiernos y contra la burguesía, nos pondríamos a cavilar sobre si cada artículo de nuestros estatutos, cada resolución de nuestros congresos, será la fiel imagen de la sociedad futura! En lugar de nuestro comité ejecutivo, una simple oficina de estadística y de correspondencia, que se las arregle como pueda con las secciones autónomas, tan autónomas que no pueden reconocer ni siquiera una autoridad dirigente creada por su propio y libre consentimiento; ¡porque con ello faltarían a su primer deber, que es ser un fiel modelo de la sociedad futura! De concentrar las fuerzas, de acción común, ya no se habla. ¡Si en cada sección la minoría se somete a la mayoría, comete un crimen contra los principios de la libertad y reconoce un principio que tiende a la autoridad y a la dictadura! ¡Si Stieber con todos sus compinches, si todo el gabinete negro, si todos los oficiales prusianos ingresan por orden superior en la organización socialdemócrata para arruinarla, el comité, o más bien la oficina de estadística y correspondencia, no debe impedírselo de ningún modo, porque eso sería implantar una organización jerárquica y autoritaria!5 ¡Y, sobre todo, nada de secciones disciplinadas! ¡Nada de disciplina de partido, nada de concentración de las fuerzas en un punto, nada de armas de lucha! ¿Qué sería entonces del modelo de la sociedad futura? En una palabra, ¿adónde nos llevaría esta nueva organización? A la organización cobarde y servil de los primeros cristianos, aquellos esclavos que recibían cada puntapié con agradecimiento y que, eso sí, al cabo de trescientos años dieron la victoria a su religión arrastrándose: ¡un método revolucionario que el proletariado no imitará, por cierto! Igual que los primeros cristianos tomaron como modelo de su organización el cielo que se imaginaban, así deberíamos tomar nosotros como modelo el cielo social futuro del señor Bakunin y, en lugar de luchar, rezar y esperar. ¡Y la gente que nos predica este disparate se hace pasar por los únicos revolucionarios verdaderos!

Volviendo a la Internacional, por ahora no hay prisa con todo esto. Hasta que decida el próximo congreso, el Consejo General tiene el deber de ejecutar las resoluciones de Basilea y cumplirá con su deber. Y así como no se ha cortado en expulsar a los Tolain y los Durand, cuidará de que la Internacional siga cerrada a los Stieber y compañía, aunque al señor Bakunin esto le parezca dictatorial.6

Pero ¿cómo se aprobaron estas funestas resoluciones de Basilea? Muy sencillo. Las propusieron los delegados belgas, y nadie habló más calurosamente a su favor que Bakunin y sus amigos, en particular Schwitzguébel y Guillaume, ¡los firmantes de la presente circular!7 Pero, claro, entonces las cosas eran distintas. Entonces estos señores esperaban conseguir la mayoría y ver el Consejo General en sus manos. Entonces no había forma de hacer al Consejo General lo bastante fuerte. Y ahora, amigo mío, ¡eso ya es otra cosa! Ahora las uvas están verdes, y ahora hay que reducirlo a una simple oficina de estadística y de correspondencia, no vaya a ser que la castidad de la sociedad futura bakuninista tenga que sonrojarse.

Y esta gente, sectarios de profesión, que con toda su doctrina mística de cristianos primitivos forman una parte ínfima de los miembros de la Internacional, no se avergüenza de reprochar al Consejo General que sus miembros quieran

«hacer predominar en la Internacional su programa particular, su doctrina personal; sus ideas privadas les parecen la teoría oficial, la única que tiene derecho de ciudadanía en la Asociación».

Esto es realmente fuerte. Quien haya tenido ocasión de seguir la historia interna de la Internacional sabe que estos mismos individuos se dedican desde hace casi tres años principalmente a imponer a la Asociación su doctrina de secta como programa general y, al no conseguirlo, a hacer pasar bajo cuerda frases bakuninistas por el programa general de la Internacional. A pesar de ello, el Consejo General se ha limitado a protestar contra esta suplantación, pero nunca les ha negado hasta ahora el derecho a pertenecer a la Internacional ni a sacar al mercado a sus anchas sus manías de secta, como tales. Ya veremos cómo acoge el Consejo General esta nueva circular.

Lo que esta gente ha conseguido con su nueva organización lo han certificado brillantemente ellos mismos. En todas partes donde no ha chocado con la resistencia violenta de gobiernos reaccionarios, la Internacional ha hecho progresos gigantescos desde la Comuna de París. En el Jura suizo, en cambio, donde estos señores han hecho y deshecho a sus anchas desde hace año y medio, ¿qué vemos? Escuchemos su propio informe al congreso de Sonvillier (La Révolution Sociale de Ginebra, del 23 de noviembre):

«Estos terribles acontecimientos tenían que ejercer sobre nuestras secciones una influencia en parte desmoralizadora, en parte saludable… luego viene el comienzo de la lucha gigantesca que el proletariado ha de librar contra la burguesía, y con ella viene la reflexión… los unos se escabullen (s'en vont) y ocultan su cobardía, los otros se adhieren más firmemente que nunca al principio renovador de la Internacional. Este es el hecho dominante de la actual historia interna de la Internacional en general y de nuestra federación en particular».

Es una novedad que esto haya ocurrido en la Internacional en general, cuando sucedió precisamente lo contrario. Lo cierto es que ocurrió en la Federación del Jura. Escuchemos ahora a los propios señores: la sección de Moutier es la que menos ha sufrido, pero no ha logrado nada:

«Si no se han fundado nuevas secciones, hay que esperar, sin embargo, etc.»… y eso que esta sección estaba «especialmente favorecida por el excelente espíritu de la población»… «la sección de Grange ha quedado reducida a un pequeño núcleo de obreros».

Dos secciones de Biel no han contestado nunca a las cartas del comité, como tampoco las secciones de Neuchâtel y una de Le Locle; la tercera sección de Biel

está «por el momento muerta»… aunque «no se ha perdido toda esperanza de ver revivir la Internacional en Biel».

La sección de Saint-Blaise ha muerto; la de Val de Ruz ha desaparecido, no se sabe cómo; la sección central de Le Locle se había disuelto tras una larga agonía, pero se ha recompuesto a duras penas, evidentemente con vistas a la elección para el congreso; la de La Chaux-de-Fonds está en una situación crítica; la sección de relojeros de Courtelary se está transformando en un sindicato y adopta los estatutos del sindicato de relojeros suizos, es decir, los estatutos de una asociación que no pertenece a la Internacional; la sección central del mismo distrito ha suspendido su actividad porque sus miembros de Saint-Imier y de Sonvillier han fundado así una sección separada (lo que no impide a esa misma sección central hacerse representar en el congreso por dos delegados, junto a los delegados de las dos secciones de Saint-Imier y de Sonvillier); la sección de Catébat, tras una existencia brillante, ha tenido que disolverse a consecuencia de las intrigas de los burgueses del lugar, y lo mismo la de Corgémont; en Ginebra, por último, existe todavía una sección.8

Esto es lo que los representantes de la libre federación de secciones independientes, con una oficina de estadística y de correspondencia a la cabeza, han hecho en año y medio de una federación que, sin ser extensa ni numerosa, era floreciente. ¡Y eso en un país donde tenían completa libertad de acción y en un momento en que en todas partes la Internacional hacía progresos gigantescos! ¡Y en el mismo momento en que nos muestran este lamentable cuadro de sus fracasos, en que lanzan este grito angustiado de impotencia y disolución, en ese mismo momento se presentan ante nosotros con la pretensión de sacar a la Internacional del camino que ha seguido hasta ahora, por el que ha llegado a ser lo que es, y llevarla por el camino que ha conducido a la Federación del Jura desde una relativa prosperidad hasta la disolución completa!

  1. Adolphe Thiers, jefe del poder ejecutivo de la República francesa; el príncipe Alexandr Gorchakov, canciller de Rusia; Otto von Bismarck, canciller del Imperio alemán; el conde Friedrich Ferdinand von Beust, canciller de Austria-Hungría hasta noviembre de 1871; Víctor Manuel II, rey de Italia, y el papa Pío IX. ↩

  2. En el congreso de La Chaux-de-Fonds de abril de 1870, los partidarios de Bakunin y los de Ginebra se dividieron y formaron dos comités federales de la Suiza romanda; los bakuninistas se constituyeron en noviembre de 1871, en Sonvillier, como Federación del Jura. ↩

  3. Las resoluciones administrativas del Congreso de Basilea (1869), recogidas en los Reglamentos administrativos de 1871 (II, 5-7). ↩

  4. En septiembre de 1870, los miembros del comité ejecutivo del Partido Obrero Socialdemócrata alemán, con sede en Brunswick, fueron detenidos por su manifiesto contra la anexión de Alsacia y Lorena y procesados en 1871 ante el tribunal de Brunswick. ↩

  5. Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana, organizador del proceso de los comunistas de Colonia de 1852. El «gabinete negro» era el servicio secreto de apertura de la correspondencia. ↩

  6. Henri Tolain (1828-1897), cincelador, uno de los fundadores de la Internacional en Francia, diputado en la Asamblea Nacional, que se puso del lado de Versalles contra la Comuna y fue expulsado de la Internacional en abril de 1871. Gustave Durand, orfebre, emigrado en Londres, fue expulsado en octubre de 1871 al descubrirse que era agente de la policía francesa. ↩

  7. James Guillaume (1844-1916), maestro suizo, y Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador, dirigentes de la Federación del Jura y partidarios de Bakunin. ↩

  8. Grange: Granges (Grenchen); Biel, en francés Bienne. Catébat aparece así en el texto alemán. ↩