Escrito por Friedrich Engels hacia el 9 de julio de 1872. Publicado en Der Volksstaat (Leipzig), n.º 57, 17 de julio de 1872. Traducimos del texto de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 97-103), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Nuestros lectores habrán visto ya por nuestras correspondencias de América que en los Estados Unidos se ha producido una escisión entre los miembros de la Internacional. Lo que ha ocurrido en Nueva York en los últimos meses es, en efecto, tan nuevo en la historia de la Internacional que merece exponerse en su conjunto. Tomamos como base un artículo de La Emancipación de Madrid (22 de junio)1 y lo completamos con los documentos originales que tenemos a la vista.
Es sabido que en Europa la burguesía y los gobiernos han hecho de la Internacional un espantajo terrible, que cumplió además su propósito y aterró de tal modo a todos los buenos burgueses que nadie necesita temer que la Internacional vaya a desviarse nunca de sus fines originales por una afluencia en masa de elementos burgueses. En América es muy distinto. Cosas que provocan convulsiones a los burgueses y a los gobiernos europeos parecen allí, al contrario, interesantes. Una sociedad que ha crecido sobre una base puramente burguesa, sin nobleza terrateniente y sin monarquía, se ríe de los pueriles terrores mortales de la burguesía europea, que todavía no ha salido —tampoco en Francia, al menos en espíritu— de la férula de la monarquía y de la nobleza. Cuanto más terrible aparecía la Internacional en Europa, cuanto más monstruosa la pintaban los corresponsales de la prensa americana —y nadie sabe pintar con colores más chillones que estos señores—, tanto más se pensaba en América que la Internacional era ahora buena para sacarle partido, para hacer capital con ella, capital en dinero y capital político.
Hasta qué punto la sociedad americana va por delante de la europea lo muestra de modo palmario el hecho de que fueran dos damas americanas las primeras en descubrirlo y en intentar montar un negocio sobre ello. Mientras los hombres de la burguesía europea temblaban ante la Internacional, dos mujeres de la burguesía americana, la señora Victoria Woodhull y su hermana la señorita Tennie Claflin (editoras de Woodhull & Claflin's Weekly), concibieron el plan de explotar esta sociedad espantosa.2 Y casi lo consiguieron.
Estas dos hermanas, millonarias, predicadoras de la emancipación de la mujer y en particular del «amor libre», entraron resueltamente en la Internacional. La sección n.º 9 se formó bajo la dirección de la señorita Claflin, la sección n.º 12 bajo la de la señora Woodhull; poco después siguieron nuevas secciones en las partes más diversas de América, todas formadas por los partidarios de las dos hermanas. Según la organización vigente, cada sección tenía derecho a enviar un delegado al Comité Central que se reunía en Nueva York. El resultado fue que muy pronto este consejo federal, compuesto en un principio por obreros alemanes, irlandeses y franceses, quedó inundado por una masa de aventureros burgueses americanos de toda especie y de ambos sexos. Los obreros fueron relegados a segundo plano, y la victoria de las dos hermanas especuladoras parecía segura. Entonces la sección n.º 12 se puso en primer plano y explicó a los fundadores de la Internacional americana de qué se trataba en realidad.
El 30 de agosto de 1871 la sección 12 publicó su manifiesto, firmado por W. West, secretario.3 En él se dice:
«El fin último de la Internacional es sencillamente emancipar al obrero y a la obrera mediante la conquista del poder político. Comprende: en primer lugar, la igualdad política y la libertad social de ambos sexos. Igualdad política significa la participación personal de cada uno en la preparación, la administración y la ejecución de las leyes por las que se gobiernan todos. Libertad social significa la plena protección contra toda injerencia indebida en todos los asuntos de naturaleza puramente personal, como, por ejemplo, las convicciones religiosas, las relaciones entre los sexos, la manera de vestir, etc. Comprende además la creación de un gobierno universal para el mundo entero. Ni que decir tiene que en este programa está comprendida también la abolición de toda diferencia de lenguas».
Para que no cupiera ningún malentendido sobre el fin que se perseguía, se exige una organización según la cual
«en lo posible debe haber una sección en cada distrito electoral primario para facilitar la acción política… En cada ciudad debe existir un comité municipal, correspondiente al ayuntamiento existente; en cada estado, un comité estatal, correspondiente a las cámaras legislativas del estado, y para toda la nación un comité nacional, correspondiente al Congreso de los Estados Unidos… La labor de la Internacional comprende nada menos que la formación, dentro de las formas existentes, de una nueva forma de gobierno destinada a sustituir a las antiguas».
Así pues, según esto, la misión de la Internacional no era revolucionar las bases del Estado existente, sino explotarlo. El señor West tenía en verdad razón cuando exclamaba (Woodhull & Claflin's Weekly, 2 de marzo de 1872):
«¡La publicación del manifiesto de la sección 12 fue el comienzo de una nueva era en la historia de la Internacional!».
Para llevar a cabo esta «nueva era» era necesario ante todo sacudirse las cadenas de los Estatutos Generales y de las resoluciones de los congresos, vigentes hasta entonces sin discusión. En consecuencia, la sección n.º 12 proclamó (W. & C. Weekly, 21 de octubre de 1871)
«el derecho independiente de cada sección a interpretar libremente las resoluciones de los congresos, los estatutos y los reglamentos del Consejo General» (quiere decir, los Estatutos Generales y los Reglamentos Administrativos de la Asociación), «siendo cada sección responsable de su propia actuación».
El desatino pasaba ya de la raya. En lugar de secciones obreras se formaban secciones de toda clase de embaucadores burgueses, partidarios del amor libre, espiritistas, shakers espiritistas,4 etc., y la sección n.º 1, la primera sección de la Internacional formada en América (alemana), publicó por fin un llamamiento en el que subrayaba, frente a esta farsa, el carácter esencialmente proletario de la Asociación. La sección madre americana n.º 12 respondió en el acto. En el W. & C. W. del 18 de noviembre de 1871 declara por boca de su secretario, West:
«La extensión de la igualdad de derechos civiles a las mujeres debe preceder, en el mundo entero, a todo cambio general en la relación entre el capital y el trabajo… La sección n.º 12 debe alzarse asimismo contra la falsa suposición que impregna toda la protesta» (de la sección 1) «de que la Asociación Internacional de los Trabajadores sea una organización de la clase obrera».
El 25 de noviembre sigue una nueva protesta de la sección 12, en la que se dice:
«La afirmación» (de los Estatutos Generales) «de que la clase obrera solo puede ser emancipada por ella misma es innegable, pero solo es cierta en el sentido de que la clase obrera no puede ser emancipada contra su propia voluntad».
Por fin estalló la guerra entre los explotadores del Estado, los cazadores de cargos, los partidarios del amor libre, los espiritistas y demás embaucadores burgueses de un lado, y del otro los obreros, que en su ingenuidad se habían imaginado de verdad que la Asociación Internacional de los Trabajadores era, también en América, una organización no de los burgueses, sino de la clase obrera. La sección alemana n.º 1 pidió al Comité Central que apartara a la sección 12 y que excluyera a los delegados de todas las secciones que no estuvieran compuestas al menos en dos terceras partes por asalariados. Ante esta exigencia el Comité Central se dividió; una parte de los alemanes y los irlandeses, junto con algunos franceses, apoyaron a la sección 1, mientras que los americanos, con la mayoría de las secciones francesas y dos secciones alemanas (schweitzerianas),5 formaron un nuevo Comité Central.
El antiguo comité (al que llamaremos n.º I) publicó el 4 de diciembre una circular en la que describe así la situación:
«En el Comité Central, que debía ser una defensa contra todas las patrañas reformistas, la mayoría acabó estando formada por reformadores y benefactores del pueblo ya casi olvidados, y así se llegó a que quienes predicaban el evangelio del amor libre se sentaran fraternalmente junto a quienes quieren hacer feliz al mundo entero con una lengua común; cooperativistas agrarios, espiritistas, ateos y deístas, cada uno trataba de montar en su caballo de batalla. En particular la sección 12 (Woodhull)… El primer paso que debe darse aquí para hacer avanzar el movimiento es organizar y, al mismo tiempo, estimular el elemento revolucionario que reside en el antagonismo entre los intereses del obrero y los del capitalista… Por eso los delegados de las secciones 1, 4, 5, 7, 8, 11, 16, 21, 23, 24, 25 y otras, tras ver que todo esfuerzo por poner coto a este desatino era inútil, decidieron, después de aplazar indefinidamente el antiguo Comité Central (3 de diciembre de 1871), fundar uno nuevo que se compone de verdaderos obreros».
Entretanto, el Comité Central n.º II (Woodhull) siguió reuniéndose también y se llenó de una masa de delegados de supuestas secciones nuevas, fundadas sobre todo por las secciones 9 y 12, pero en su mayoría tan débiles que apenas tenían miembros suficientes para cubrir los cargos más indispensables (secretario, tesorero, etc.).
Los dos comités apelaron al Consejo General de Londres. Entretanto, varias secciones (por ejemplo, la francesa n.º 10 y todas las secciones irlandesas) se retiraron de ambos comités hasta que decidiera el Consejo General.
El 5 y el 12 de marzo el Consejo General tomó sus resoluciones, publicadas ya en Der Volksstaat (n.º 37). Suspendían la sección 12, aconsejaban la unión de ambos comités hasta un congreso americano que decidiría el asunto y recomendaban para lo sucesivo rechazar a todas las secciones que no contaran al menos con dos terceras partes de asalariados. Estas resoluciones, pese a su forma casi exclusivamente de recomendación, adoptada por buenas razones, decidieron la suerte de la Internacional en América. Al dar en el fondo la razón al comité n.º I, impidieron a los burgueses del comité n.º II seguir explotando el nombre de la Internacional para sus fines particulares.
Desde que se produjo la escisión, el comité n.º II, en abierta violación de la resolución n.º 17 de la Conferencia de Londres,6 que ordenaba tratar todos los asuntos internos de la Asociación solo dentro de las secciones y federaciones y no ante el gran público, había invitado a los periodistas de la prensa neoyorquina a todas sus deliberaciones y se había encargado de que todo el asunto se discutiera en los periódicos burgueses de peor fama. Lo mismo ocurrió ahora, cuando este comité arremetió contra el Consejo General, al que se había figurado tener embaucado. Los periódicos más ruines de Nueva York, como el Herald, etc., quedaron en condiciones, gracias al comité n.º II, de declarar que todo el asunto era una pelea entre alemanes y franceses, entre comunismo y socialismo, etc., y los enemigos de los obreros de Nueva York se regocijaron por la supuesta destrucción de la Internacional en América.
Pero el comité n.º II no dejó por ello de preocuparse por comunicar al mundo que la Internacional no era una sociedad de obreros, sino de burgueses. Ya el 16 de diciembre de 1871 su órgano, Woodhull & Claflin's Weekly, había declarado:
«En nuestro comité no hace falta demostrar que dos tercios o cualquier otra fracción de una sección son esclavos asalariados, como si fuera un crimen ser libre»;
y el 4 de mayo de 1872 declara de nuevo:
«En el decreto del Consejo General no se tiene reparo en recomendar que en lo sucesivo no se admita ninguna sección americana que no esté compuesta al menos en dos terceras partes por esclavos asalariados. ¿Tienen que ser también esclavos políticos? Lo uno vale tanto como lo otro. La intrusión de “reformadores embaucadores, benefactores del pueblo, curanderos burgueses y traficantes políticos” es precisamente lo que más hay que temer de aquella clase de ciudadanos que no tienen otra cosa de que vivir que del producto de la esclavitud asalariada».
Con esto el comité n.º II había dicho, por un lado, su última palabra. No solo era una necedad creer que la Asociación Internacional de los Trabajadores fuera una unión de trabajadores; más aún, solo podrá cumplir bien su fin cuando excluya a todos los trabajadores, a todos los esclavos asalariados, o al menos los declare sospechosos.
¿Y cuál es entonces el fin de la Asociación Internacional de los Trabajadores (sin trabajadores) en América? También esto se nos aclara ahora. Se acercaban las elecciones para un nuevo presidente de los Estados Unidos.
El inevitable periódico de las damas, el W. & C. W. del 2 de marzo de 1872, trae un artículo titulado «La próxima convención unida», en el que se dice:
«Los representantes de los diversos elementos reformadores del país discuten ahora una propuesta para celebrar aquí en mayo una gran asamblea general… En efecto, si esta asamblea obra con prudencia, quién sabe si los restos del difunto partido demócrata» (es decir, del partido esclavista) «no saldrán a la luz y participarán en ella… Todos los radicales deberían estar representados allí», etc.
El mismo periódico publica ahora semana tras semana llamamientos a todos los reformadores del mundo,
«reformadores del trabajo, de la propiedad de la tierra, de la paz y de la templanza, internacionales, doctores del sufragio femenino y todos los que creen que ha llegado el momento de llevar a la práctica los principios de la verdadera moralidad y de la religión (!)»,
firmados en primer lugar por Victoria Woodhull y luego por Th. H. Banks, R. W. Hume, G. R. Allen, W. West, G. W. Maddox, T. Millot, en suma, por los cabecillas del comité n.º II. En todos estos llamamientos se dice expresamente que la asamblea de delegados presentará candidatos a la presidencia y a la vicepresidencia de los Estados Unidos.
Por fin, el 9, el 10 y el 11 de mayo se celebra en el Apollo Hall de Nueva York esta monstruosa asamblea de delegados. Allí estaban reunidos todos los chiflados, hombres y mujeres, de América. El comité n.º II estaba presente en pleno. Se decidió presentar como candidata a la presidencia de los Estados Unidos a la señora Victoria Woodhull, ¡y además en nombre de la Internacional!7
Toda América respondió con una carcajada. Los americanos especuladores interesados en el asunto no se dejaron desconcertar por ello, naturalmente. Otra cosa fue con los alemanes y los franceses que se habían dejado arrastrar. La sección 2 (francesa) destituyó a su delegado en el comité n.º II y se sometió a las resoluciones del Consejo General. La sección 6 (alemana) destituyó también a su delegado en ese mismo comité n.º II, el doctor Grosse, antiguo secretario particular de Schweitzer en Berlín, y se retiró del comité n.º II hasta que este se sometiera a las resoluciones del Consejo General. El 20 de mayo se retiraron del comité n.º II otras ocho secciones, francesas y alemanas, y ahora solo representa ya a los conocidos elementos americanos equívocos, que en realidad formaban ya un grupo antes de entrar en la Internacional: madame Victoria Woodhull y sus accesorios. Estos declaran ahora que quieren fundar una Internacional aparte, exclusivamente americana, cosa que, naturalmente, son muy libres de hacer.
Entretanto, el Consejo General, a consulta de la sección alemana de Saint Louis y de la francesa de Nueva Orleans, ha declarado que solo reconoce al comité n.º I (ahora Consejo Federal provisional de los Estados Unidos). Y con esto la campaña de madame Victoria Woodhull para conquistar la Internacional ha llegado a su término final.
La Emancipación añade:
«Todos los imparciales tienen que preguntarse, ante estos hechos: ¿cuándo y cómo habría terminado este escándalo si no existiera un Consejo General con poderes para mantener los principios fundamentales de la Internacional y suspender a las secciones y federaciones que intentaban convertir la Asociación en instrumento de sus fines políticos o personales?».
La Emancipación, semanario obrero de Madrid (1871-1873), órgano de la Nueva Federación Madrileña de la Internacional, contraria a los bakuninistas; publicaba colaboraciones de Engels. ↩
Victoria Woodhull (1838-1927) y su hermana Tennessee («Tennie») Claflin (1844-1923), corredoras de bolsa en Nueva York, editoras de Woodhull & Claflin's Weekly (1870-1876) y propagandistas del sufragio femenino, del amor libre y del espiritismo. ↩
William West, secretario de la sección 12 de Nueva York; el Congreso de La Haya rechazó su mandato en septiembre de 1872. ↩
Los shakers, secta protestante comunitaria de los Estados Unidos, practicaban el celibato y la propiedad común; algunos de sus grupos se dieron al espiritismo. ↩
Partidarios de Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente lassalleano de la Asociación General de Obreros Alemanes de 1867 a 1871, sospechoso de connivencia con el Gobierno de Bismarck. ↩
La resolución XVII de la Conferencia de Londres de septiembre de 1871; véanse las Resoluciones de la Conferencia de Delegados de la Asociación Internacional de los Trabajadores celebrada en Londres. ↩
La convención del Equal Rights Party, que proclamó a Victoria Woodhull candidata a la presidencia en las elecciones de noviembre de 1872. ↩