Escrito en francés por Friedrich Engels a finales de agosto de 1872; manuscrito inacabado. El original francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana, hecha sobre el manuscrito, de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 138-148), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

La Alianza de la Democracia Socialista fue fundada a finales de 1868 por M. Bakunin.1 Era una sociedad internacional que pretendía funcionar a la vez fuera y dentro de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Aunque estaba formada por miembros de esta última, que reclamaban el derecho a tomar parte en todas las reuniones de la Internacional, quería reservarse, sin embargo, el derecho a tener sus grupos locales, sus federaciones nacionales y sus congresos particulares al lado de los de la Internacional. Desde su comienzo, pues, la Alianza pretendía formar una especie de aristocracia en el seno de nuestra Asociación, un cuerpo de élite con un programa propio y con privilegios especiales.

La correspondencia que se cruzaron entonces el Comité Central de la Alianza y nuestro Consejo General está reproducida en la circular Las pretendidas escisiones en la Internacional, páginas 7 a 9 (documento justificativo n.º 1).2 El Consejo General se negó a admitir a la Alianza mientras conservara su carácter internacional aparte; solo prometió admitirla con la condición de que disolviera su organización internacional especial, de que sus secciones se convirtieran en simples secciones de nuestra Asociación y de que se informara al Consejo del lugar y del número de miembros de cada nueva sección.

He aquí lo que el 22 de junio de 1869 respondió a estas exigencias el Comité Central de la Alianza, que en sus relaciones con el Consejo General se llamaba en adelante «Sección de la Alianza de la Democracia Socialista de Ginebra»:

«De conformidad con lo convenido entre vuestro Consejo y el Comité Central de la Alianza de la Democracia Socialista, hemos sometido a los diversos grupos de la Alianza la cuestión de su disolución como organización distinta de la Asociación Internacional de los Trabajadores… Tenemos el gusto de comunicaros que la gran mayoría de los grupos ha compartido la opinión del Comité Central, que se reduce a acordar la disolución de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. Hoy ha quedado acordada esa disolución. Hemos comunicado este acuerdo a los diversos grupos de la Alianza y los hemos invitado a constituirse, siguiendo nuestro ejemplo, en secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores y a hacerse reconocer como tales por vosotros o por el Consejo Federal de esta Asociación en sus respectivos países. Como confirmación de la carta que habéis dirigido al antiguo Comité Central de la Alianza, os pedimos hoy, al someteros los estatutos de nuestra sección, que nos reconozcáis oficialmente como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores…» (Firmado) El secretario provisional, Ch. Perron (documento justificativo n.º 2).3

Este ejemplar de los estatutos de la Alianza figura entre los documentos justificativos con el n.º 3.

La sección de Ginebra fue la única que pidió su admisión. De las demás supuestas secciones de la Alianza no se volvió a saber nada. Con todo, pese a las continuas intrigas de los aliancistas, que se afanaban por imponer su programa especial a toda la Internacional y adueñarse de la dirección de nuestra Asociación, había que creer que la Alianza había cumplido su palabra y se había disuelto. Pero luego el Consejo General recibió indicios bastante precisos, de los que tuvo que concluir que la Alianza nunca se había disuelto, que, a pesar de la palabra solemnemente empeñada, había existido y existía siempre en forma de sociedad secreta y que se servía de esa organización oculta para seguir persiguiendo su primitivo fin de dominación. En España, sobre todo, su presencia se hizo cada vez más patente a consecuencia de escisiones en el seno de la propia Alianza, cuya historia daremos más abajo. Aquí basta decir que fue una circular de los miembros del antiguo Consejo Federal de ese país, que eran al mismo tiempo miembros del Comité Central de la Alianza en España (véase La Emancipación, n.º 61, página 3, columna 2.ª, documento justificativo n.º 4), la que reveló por primera vez su existencia.4 Esa circular está fechada el 2 de junio de 1872. Anuncia a todas las secciones de la Alianza en España que los firmantes acaban de disolverse como sección de la Alianza e invita a las demás a seguir su ejemplo. Fue publicada en La Emancipación (n.º 59, documento justificativo n.º 5). Esa publicación obligó al periódico de la Alianza, La Federación de Barcelona (n.º 155, del 4 de agosto de 1872), a publicar a su vez los estatutos de la Alianza (documento justificativo n.º 6). La existencia de esta sociedad está, pues, plenamente probada.

Si comparamos estos estatutos de la sociedad secreta con los estatutos que la Alianza de Ginebra sometió al Consejo General, encontramos ante todo que la introducción programática de los primeros es idéntica a la de los otros. Solo se han hecho algunos cambios de redacción, y precisamente de tal modo que en los estatutos secretos se expresa con más claridad el programa especial de Bakunin. He aquí el cuadro exacto:

El art. 1 de Ginebra coincide literalmente con el artículo secreto 5.

El art. 2 de Ginebra coincide en general con el artículo secreto 1.

El art. 3 de Ginebra coincide literalmente con el artículo secreto 2.

Los arts. 4 y 5 de Ginebra coinciden en general con el artículo secreto 3.

El art. 6 de Ginebra coincide en general con el artículo secreto 4.

Los propios estatutos secretos se basan en los de Ginebra. Así, el artículo secreto 4 corresponde literalmente al artículo 3 de Ginebra; los artículos 8 y 9 de Ginebra se encuentran abreviados en el artículo secreto 10, como los artículos 15 a 20 de Ginebra en el artículo secreto 3. El artículo 7 de Ginebra predica, al contrario de la práctica actual de los aliancistas, «la organización fuerte» de la Internacional y obliga a todos los miembros de la Alianza a «sostener las resoluciones de los congresos y el poder del Consejo General». Este artículo no figura en los estatutos secretos, pero que existía al principio lo prueba el hecho de que reaparece casi literalmente en el reglamento de la sección de oficios varios de Madrid, artículo 15 (documento justificativo n.º 7), donde se encuentra también el programa de la Alianza.

Es evidente, pues, que no tenemos que ver con dos sociedades distintas, sino con una y la misma sociedad. Mientras el Comité Central de Ginebra aseguraba al Consejo General la disolución de la Alianza y, en la fe de esa declaración, era admitido como sección de la Internacional, los cabecillas de ese mismo Comité Central, con M. Bakunin a la cabeza, reforzaban la organización de esa misma Alianza, convirtiéndola en sociedad secreta y conservándole el carácter internacional al que habían prometido renunciar. La confianza del Consejo General y de toda la Internacional, a la que se había presentado la correspondencia, fue vergonzosamente burlada. Después de empezar con semejante mentira, esos hombres ya no tenían motivo alguno para andarse con miramientos en sus maquinaciones para someter a la Internacional o, si eso no salía bien, para desorganizarla.

Siguen ahora los principales artículos de los estatutos secretos:

«1. La Alianza de la Democracia Socialista se compone de miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores y tiene por objeto la propaganda y el desarrollo de los principios del programa de la Internacional, así como el estudio de todos los medios adecuados para impulsar la emancipación directa e inmediata de la clase obrera.

  1. Para obtener los mejores resultados posibles y no comprometer la marcha de la organización social, la Alianza debe ser sumamente secreta.

  2. Nadie puede ser admitido como miembro sin haber aceptado antes completa y sinceramente los principios del programa, etc.

  3. La Alianza ejerce, en la medida en que puede, su influencia en el seno de la federación obrera local, para que esta no tome una dirección reaccionaria o antirrevolucionaria.

  4. La mayoría de los asociados puede expulsar de la Alianza a cualquiera de sus miembros sin indicar el motivo».

La Alianza es, pues, una sociedad secreta formada directamente en el seno de la Internacional, con un programa especial que no es en modo alguno el de la Internacional, y que tiene por fin la propaganda de ese programa, al que considera el único revolucionario. Impone a sus miembros el deber de actuar en el seno de su federación local de la Internacional para que esta no tome una dirección reaccionaria o antirrevolucionaria, es decir, para que no se aparte en nada del programa de la Alianza. Esto quiere decir que la Alianza se propone imponer, por medio de su organización secreta, su programa sectario a toda la Internacional. El medio más eficaz para conseguirlo es adueñarse de los consejos locales y federales y del Consejo General, haciendo elegir para ellos a miembros de la Alianza gracias al poder que da la organización secreta. Eso es exactamente lo que la Alianza ha hecho allí donde creyó tener probabilidades de éxito; lo veremos más adelante.

Está claro que nadie se habría enfadado con los aliancistas si hubieran hecho propaganda de su programa. La Internacional se compone de socialistas de los matices más diversos. Su programa es lo bastante amplio para abarcarlos a todos; la secta bakuninista fue admitida en ella en las mismas condiciones que todas las demás. Lo que se le reprocha es precisamente haber violado esas condiciones.

En cuanto al carácter secreto de la Alianza, eso ya es algo muy distinto. La Internacional sabe muy bien que en muchísimos países existen sociedades secretas —en Polonia, en Francia, en Irlanda—, legítimo medio de defensa contra el terrorismo de los gobiernos. Pero en la Conferencia de Londres declaró que quiere mantenerse completamente apartada de esas sociedades y que, en consecuencia, no las reconocerá como secciones.5 Pero, y esto es lo principal, aquí nos encontramos ante una sociedad secreta creada no para combatir a los gobiernos, sino a la propia Internacional.

La organización de semejante sociedad secreta es una violación flagrante no solo del compromiso contraído con la Internacional, sino también de la letra y del espíritu de nuestros Estatutos generales. Nuestros Estatutos no conocen más que una clase de miembros de la Internacional, con iguales derechos y deberes; la Alianza los divide en dos castas, iniciados y profanos, aristócratas y plebeyos, de modo que los segundos están destinados a ser dirigidos por los primeros mediante una organización de cuya existencia ni siquiera saben nada. La Internacional exige a sus adherentes que reconozcan como base de su conducta la verdad, la justicia y la moral; la Alianza impone a sus adeptos como primer deber la mentira, el disimulo y el engaño, al prescribirles que engañen a los profanos de la Internacional sobre la existencia de la organización oculta, sobre los motivos e incluso sobre el fin de sus palabras y de sus actos. Los fundadores de la Alianza sabían perfectamente que la gran masa de los profanos de la Internacional nunca se sometería a sabiendas a una organización como la suya en cuanto tuviera conocimiento de su existencia. Por eso la hicieron «sumamente secreta». Pues hay que observar bien que el carácter secreto de esta Alianza no tiene por objeto burlar la vigilancia de los gobiernos; de lo contrario, no se habría empezado por constituirla como sociedad pública; ese carácter secreto estaba destinado única y exclusivamente a engañar a la Internacional profana, como lo prueba el indigno engaño que la Alianza practicó con el Consejo General. Se trata de una verdadera conspiración contra la Internacional. Por primera vez en la historia de las luchas de la clase obrera nos encontramos con una conspiración secreta urdida en el seno de esa misma clase y destinada a socavar no el régimen de explotación existente, sino precisamente a la Asociación que lo combate con la mayor energía.

Por lo demás, sería ridículo pretender que una sociedad se ha hecho secreta para protegerse de las persecuciones de los gobiernos actuales cuando esa sociedad predica en todas partes la doctrina desmoralizadora de la abstención absoluta en materia de política y cuando en su programa (art. 3, introducción de los estatutos secretos) declara que

«rechaza toda acción revolucionaria que no tenga por objetivo inmediato y directo el triunfo de la causa de los trabajadores contra el capital».

¿Cuál ha sido, pues, la actividad de esta sociedad secreta en la Internacional?

La respuesta a esta pregunta se encuentra en parte en la circular confidencial del Consejo General sobre Las pretendidas escisiones, etc. Pero como el Consejo General no conocía aún entonces la extensión de la organización secreta y desde entonces se ha producido más de un acontecimiento importante, aquella respuesta solo podía ser muy incompleta.

Establezcamos primero que en la actividad de la Alianza hay dos fases claramente distintas. En la primera creyó poder adueñarse del Consejo General y, con ello, de la dirección suprema de nuestra Asociación. Precisamente entonces exigía a sus adeptos que sostuvieran la «organización fuerte» de la Internacional y, «en primer lugar, el poder del Consejo General, así como el del Consejo Federal y el del Comité Central»; precisamente entonces los hombres de la Alianza reclamaron en el Congreso de Basilea para el Consejo General todos esos amplios poderes que más tarde rechazaron con tanto horror como autoritarios.

El Congreso de Basilea desbarató, al menos por algún tiempo, las esperanzas de la Alianza. Desde entonces urdió las intrigas de que se habla en las Escisiones; en el Jura, en Italia y en España no dejó de poner su programa especial en lugar del programa de la Internacional. La Conferencia de Londres, con sus resoluciones sobre la política de la clase obrera y sobre las secciones sectarias, puso fin a este qui pro quo en la Internacional. Al punto la Alianza se agitó de nuevo. La Federación del Jura, que constituía el poder de la Alianza en Suiza, lanzó contra el Consejo General su circular de Sonvillier,6 en la que se condenaban como autoritarios la organización fuerte, el poder del Consejo General y las resoluciones de Basilea, propuestas por los firmantes de esa misma circular y votadas por ellos, calificativo que al parecer basta para condenarlas sumariamente; en la que se hablaba de «la guerra, la guerra abiertamente declarada en nuestras filas»; en la que se reclamaba para la Internacional una organización adaptada no a las necesidades de la lucha presente, sino a no sabemos qué ideal de la sociedad futura, etc. Desde ese momento se cambió de táctica. Se había dado la consigna. En todas partes donde la Alianza tenía ramificaciones, en Italia y sobre todo en España, se atacaron violentamente las resoluciones autoritarias de Basilea y de la Conferencia de Londres, así como el autoritarismo del Consejo General. Ya no se hablaba más que de la autonomía de las secciones, de grupos libremente federados, de anarquía, etc. Todo esto es fácil de entender. El poder de la sociedad secreta en el seno de la Internacional tenía que crecer naturalmente a medida que la organización pública de la Internacional se aflojaba y se debilitaba. El gran obstáculo con que se tropezaba era el Consejo General, y a él se atacó en primer lugar; pero veremos enseguida que, allí donde se juzgó oportuna la ocasión, se trató del mismo modo a los consejos federales.

La circular del Jura no tuvo efecto alguno salvo en los países donde la Internacional estaba más o menos bajo la influencia de la Alianza, en Italia y en España. En este último país, la Alianza y la Internacional se habían fundado al mismo tiempo, inmediatamente después del Congreso de Basilea. A los internacionalistas más abnegados de España se les hizo creer que el programa de la Alianza era idéntico al de la Internacional, que la organización secreta existía en todas partes y que entrar en ella era casi un deber. Esta ilusión quedó destruida por la Conferencia de Londres, donde el delegado español, miembro él mismo del Comité Central de la Alianza en su país, pudo convencerse de lo contrario,7 y por la misma circular del Jura, cuyos furiosos ataques y calumnias contra esa Conferencia y contra el Consejo General fueron recogidos inmediatamente por todos los órganos de la Alianza. La primera consecuencia de la circular del Jura en España fue que en el seno de la propia Alianza española se produjo una escisión entre los que eran ante todo internacionalistas y los que solo querían la Internacional en la medida en que estuviera dominada por la Alianza. La lucha, al principio sorda, estalló pronto en las asambleas de la Internacional. Como el Consejo Federal elegido por la Conferencia de Valencia (septiembre de 1871) había demostrado con sus actos que prefería la Internacional a la Alianza, la mayoría de sus miembros fue expulsada de la federación local de Madrid, dominada por la Alianza.8 El Congreso de Zaragoza los rehabilitó, y dos de ellos, Mora y Lorenzo, fueron reelegidos para el nuevo Consejo Federal, aunque todos los miembros del antiguo Consejo habían declarado de antemano que no aceptarían.9

El Congreso de Zaragoza hizo temer a los cabecillas de la Alianza que España empezaba a escapárseles de las manos. Así que esta dirigió enseguida contra los poderes del Consejo Federal español los mismos ataques que la circular del Jura había dirigido contra las facultades supuestamente autoritarias del Consejo General. En España, el Congreso de Barcelona y la Conferencia de Valencia habían creado una organización plenamente democrática y a la vez sumamente completa.10 Esa organización dio también, gracias a la actividad del Consejo Federal elegido en Valencia (actividad reconocida por un voto especial del Congreso), los brillantes resultados de que se ha hablado en el informe general. En Zaragoza, Morago, el alma de la Alianza en España,11 declaró que las facultades que esa organización concedía al Consejo Federal eran autoritarias, que había que restringirlas y quitarle el derecho de admitir o rechazar nuevas secciones y el de comprobar si sus estatutos concordaban con los de la Federación, y que había que reducirlo, en fin, al papel de una simple oficina de correspondencia y estadística. El Congreso rechazó las propuestas de Morago y acordó mantener la organización autoritaria existente. (Véase Extracto de las actas del segundo congreso obrero, etc., pp. 109 y 110, documento justificativo n.º 8. Sobre este punto será importante el testimonio del ciudadano Lafargue, delegado al Congreso de Zaragoza).12

Para mantener al nuevo Consejo Federal apartado de las disensiones surgidas en Madrid, el Congreso lo trasladó a Valencia. Pero la causa de esas disensiones, el antagonismo que empezaba a desarrollarse entre la Alianza y la Internacional, no era de carácter local. El Congreso, que ni siquiera sabía de la existencia de la Alianza, había elegido el nuevo Consejo exclusivamente entre miembros de esa sociedad; dos de ellos, Mora y Lorenzo, se habían vuelto sus adversarios, y Mora no aceptó la elección. La circular del Consejo General sobre Las pretendidas escisiones, respuesta a la circular del Jura, obligó a todos los internacionalistas a declararse por la Internacional o por la Alianza. La polémica entre La Emancipación, por una parte, y La Federación de Barcelona y La Razón de Sevilla, periódicos aliancistas, por otra, se fue enconando cada vez más. Por fin, el 2 de junio, los miembros del antiguo Consejo Federal, redactores de La Emancipación y miembros del Comité Central español de la Alianza, decidieron dirigir a todas las secciones españolas de la Alianza una circular en la que declaraban su disolución como sección de la sociedad secreta e invitaban a las demás secciones a seguir su ejemplo. La venganza no se hizo esperar. Fueron expulsados de nuevo de la federación local de Madrid, inmediatamente y en flagrante violación de los reglamentos administrativos vigentes. Se constituyeron entonces en Nueva Federación Madrileña y pidieron al Consejo Federal que los reconociera.

Pero entretanto el elemento aliancista del Consejo, reforzado por cooptaciones, logró someterlo por completo a su dominio, de modo que Lorenzo se retiró de él. La petición de la Nueva Federación Madrileña fue rechazada de plano por el Consejo Federal, que se ocupaba ya entonces de asegurar la elección de candidatos de la Alianza como delegados al Congreso de La Haya. Con este fin dirigió a las federaciones locales una circular confidencial, fechada el 7 de julio, en la que, después de repetir las calumnias de La Federación contra el Consejo General, proponía a las federaciones enviar al Congreso una delegación común para toda España, elegida por mayoría de todos los votos, cuyo escrutinio haría el propio Consejo (documento justificativo n.º 9). Para todos los que conocen la organización secreta en el seno de la Internacional española está claro que eso equivalía a elegir a los señores de la Alianza para mandarlos al Congreso con el dinero de los internacionalistas. En cuanto el Consejo General, al que no se había enviado esa circular, tuvo conocimiento de estos hechos, dirigió el 24 de julio al Consejo Federal español el escrito que se adjunta a los documentos justificativos (n.º 10). El Consejo Federal respondió el 1 de agosto que necesitaba tiempo para traducir nuestra carta, escrita en francés, y el 3 de agosto escribió al Consejo General la respuesta evasiva publicada en La Federación (documento justificativo n.º 11). En esa respuesta tomaba partido por la Alianza. El Consejo General, nada más recibir la carta del 1 de agosto, había hecho publicar esta correspondencia en La Emancipación.

Añadamos que, en cuanto se descubrió la organización secreta, se afirmó que la Alianza ya se había disuelto en el Congreso de Zaragoza. Sin embargo, no se informó de ello al Comité Central (documento justificativo n.º 4).

La Nueva Federación Madrileña lo niega, y bien debía saberlo. Por lo demás, es ridículo pretender que la rama española de una sociedad internacional como la Alianza pudiera disolverse sin consultar a las demás ramas nacionales.

Inmediatamente después la Alianza intentó su golpe de Estado. Cuando advirtió que no le sería posible asegurarse en el Congreso de La Haya una mayoría artificial repitiendo las maniobras de Basilea y de La Chaux-de-Fonds,13 aprovechó la conferencia celebrada en Rímini por la llamada federación italiana para consumar una escisión abierta. Los delegados allí reunidos la aprobaron unánimemente (véase el documento justificativo n.º 12).14 Ahí tenemos, pues, el congreso de la Alianza contra el de la Internacional. Sin embargo, pronto se vio que este plan no prometía éxito. Así que se decidió ir a La Haya, y vemos así que las mismas secciones italianas, de las que de veintiuna solo una pertenece a nuestra Asociación, después de haber desdeñado el Congreso de La Haya, ¡tienen ahora la desfachatez de mandar a sus delegados a La Haya!

Considerando:

  1. que la Alianza, fundada y dirigida por M. Bakunin, es una sociedad enemiga de la Internacional, porque intenta dominar a la Internacional o desorganizarla;

  2. que, en consecuencia, la Internacional y la Alianza son incompatibles, el Congreso resuelve:

  3. M. Bakunin y todos los miembros actuales de la Alianza de la Democracia Socialista quedan expulsados de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Solo podrán volver a entrar en ella después de haber renegado públicamente de toda comunidad con esta sociedad secreta.

  4. La Federación del Jura como tal queda expulsada de la Internacional,

  1. Mijaíl Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, uno de los fundadores del anarquismo. Véase, sobre la petición de ingreso de la Alianza, La Asociación Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista y El Consejo General al Comité Central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. ↩

  2. Las pretendidas escisiones en la Internacional, circular privada del Consejo General redactada por Marx y Engels e impresa en Ginebra en 1872. Los «documentos justificativos» numerados son los anexos que el Consejo General presentó al Congreso con este informe. ↩

  3. Charles Perron (1837-1919), pintor de esmaltes ginebrino, partidario de Bakunin y redactor de L'Égalité. ↩

  4. La Emancipación, semanario de la Internacional en Madrid (1871-1873); La Federación, órgano de la Federación barcelonesa (1869-1874); La Razón, periódico internacionalista de Sevilla. ↩

  5. La resolución X de la Conferencia de Londres declaraba formalmente excluidas de la Internacional «todas las sociedades secretas propiamente dichas». Véase la Intervención sobre las sociedades secretas en la Conferencia de Londres. ↩

  6. La circular del congreso de la Federación del Jura reunido en Sonvillier el 12 de noviembre de 1871. Véase El congreso de Sonvillier y la Internacional. ↩

  7. Anselmo Lorenzo (1841-1914), tipógrafo, delegado de la Federación Regional Española en la Conferencia de Londres de septiembre de 1871. ↩

  8. La Conferencia de Valencia de la Federación Regional Española se reunió del 10 al 18 de septiembre de 1871. ↩

  9. El II Congreso de la Federación Regional Española se celebró en Zaragoza del 4 al 11 de abril de 1872. Francisco Mora (1842-1924), zapatero, y Anselmo Lorenzo fueron luego, con Pablo Iglesias, de los fundadores de la Nueva Federación Madrileña. ↩

  10. El I Congreso obrero español se celebró en Barcelona en junio de 1870. ↩

  11. Tomás González Morago (h. 1845-1885), grabador, el principal seguidor de Bakunin en Madrid. ↩

  12. Paul Lafargue (1842-1911), yerno de Marx, residía entonces en Madrid y asistió al Congreso de Zaragoza. ↩

  13. En el congreso de la Federación Romanda celebrado en La Chaux-de-Fonds en abril de 1870, los partidarios de Bakunin obtuvieron una mayoría discutida y provocaron la escisión de la Federación. ↩

  14. La conferencia de Rímini (4-6 de agosto de 1872), que fundó la Federación Italiana de la Internacional, rompió con el Consejo General y propuso celebrar en Neuchâtel un congreso antiautoritario frente al de La Haya. ↩