Circular privada del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, redactada en francés por Karl Marx y Friedrich Engels entre mediados de enero y comienzos de marzo de 1872 y fechada en Londres el 5 de marzo; impresa en Ginebra en 1872 como folleto. Traducido del original francés, según la reimpresión de Le Mouvement socialiste (París, t. XXXIV, n.º 253-254, julio-agosto de 1913) transcrita por La Bataille socialiste y el Marxists Internet Archive, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 7-51), con la que se corrigen algunas erratas evidentes de la transcripción, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas de los autores van señaladas como tales; las demás son nuestras. Texto original en francés.
Circular privada del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores
Hasta hoy el Consejo General se ha impuesto una reserva absoluta respecto de las luchas internas de la Internacional y nunca ha respondido públicamente a los ataques públicos que, durante más de dos años, han lanzado contra él miembros de la Asociación.
Pero si la persistencia de algunos intrigantes en mantener a propósito la confusión entre la Internacional y una sociedad que le ha sido hostil desde su origen1 podía permitir que se guardara silencio por más tiempo, el apoyo que la reacción europea encuentra en los escándalos provocados por esa sociedad, en un momento en que la Internacional atraviesa la crisis más seria desde su fundación, obligaría al Consejo General a hacer la historia de todas estas intrigas.
I
Tras la caída de la Comuna de París, el primer acto del Consejo General fue publicar su manifiesto sobre «la guerra civil en Francia»,2 en el que se declaró solidario de todos los actos de la Comuna, que en aquel preciso momento servían a la burguesía, a la prensa y a los gobiernos de la Europa central para cubrir de las calumnias más infames a los vencidos de París. Una parte de la propia clase obrera no había comprendido aún que la que acababa de sucumbir era su bandera. El Consejo tuvo de ello una prueba, entre otras, en la dimisión de dos de sus miembros, los ciudadanos Odger y Lucraft, que repudiaban toda solidaridad con ese manifiesto.3 Puede decirse que de su publicación en todos los países civilizados data la unidad de criterio de la clase obrera sobre los acontecimientos de París.
Por otra parte, la Internacional encontró uno de los medios de propaganda más poderosos en la prensa burguesa, y sobre todo en la gran prensa inglesa, a la que ese manifiesto obligó a entablar una polémica sostenida por las réplicas del Consejo General.
La llegada a Londres de numerosos refugiados de la Comuna obligó al Consejo General a constituirse en comité de socorro y a ejercer durante más de ocho meses esa función, del todo ajena a sus atribuciones regulares. No hace falta decir que los vencidos y los desterrados de la Comuna no tenían nada que esperar de la burguesía. En cuanto a la clase obrera, las peticiones de socorro llegaban en un momento difícil. Suiza y Bélgica ya habían recibido su contingente de refugiados, a los que tenían que mantener o facilitar el paso hacia Londres. Las sumas recogidas en Alemania, en Austria y en España se enviaban a Suiza. En Inglaterra, la gran lucha por la jornada de nueve horas, cuya batalla decisiva se libró en Newcastle,4 había absorbido tanto las contribuciones individuales de los obreros como los fondos organizados de las trade unions, fondos que, por lo demás, según sus mismos estatutos, solo pueden destinarse a las luchas del oficio. Sin embargo, a fuerza de gestiones y de cartas incesantes, el Consejo pudo reunir en pequeñas sumas el dinero que distribuía cada semana. Los obreros norteamericanos respondieron a su llamamiento con más largueza. ¡Ojalá hubiera podido el Consejo hacer efectivos los millones que la imaginación aterrorizada de la burguesía deposita tan generosamente en la caja fuerte internacional!
Después de mayo de 1871, cierto número de refugiados de la Comuna fueron llamados al Consejo para sustituir al elemento francés, que a consecuencia de la guerra ya no estaba representado en él. Entre los miembros así agregados había antiguos internacionales y una minoría compuesta de hombres conocidos por su energía revolucionaria, cuya elección fue un homenaje a la Comuna de París.5
En medio de estas preocupaciones tuvo que hacer el Consejo los trabajos preparatorios de la Conferencia de delegados que acababa de convocar.
Las medidas violentas tomadas contra la Internacional por el gobierno bonapartista habían impedido la reunión del Congreso de París, prescrita por el Congreso de Basilea. Haciendo uso del derecho que le confiere el artículo 4 de los Estatutos, el Consejo General, en su circular del 12 de julio de 1870, convocó el congreso en Maguncia. En las cartas dirigidas al mismo tiempo a las distintas federaciones les propuso trasladar la sede del Consejo General de Inglaterra a otro país y pidió que dieran a los delegados mandatos imperativos sobre esa cuestión. Las federaciones se pronunciaron por unanimidad por su mantenimiento en Londres. La guerra franco-alemana, que estalló pocos días después, hizo imposible todo congreso. Fue entonces cuando las federaciones consultadas nos dieron el poder de fijar la fecha del próximo congreso según los acontecimientos.
En cuanto la situación política pareció permitirlo, el Consejo General convocó una conferencia privada, convocatoria que se apoyaba en los precedentes de la Conferencia de 1865 y de las sesiones administrativas privadas de cada congreso.6 Un congreso público era imposible y no habría hecho más que entregar a la denuncia a los delegados del continente en un momento en que la reacción europea celebraba sus orgías; en que Jules Favre pedía a todos los gobiernos, incluso al de Inglaterra, la extradición de los refugiados como criminales de derecho común; en que Dufaure proponía a la Asamblea rural una ley que ponía a la Internacional fuera de la ley y de la que Malou sirvió más tarde a los belgas una imitación hipócrita;7 en que en Suiza se detenía preventivamente a un refugiado de la Comuna a la espera de que el gobierno federal decidiera sobre la demanda de extradición; en que la caza de los internacionales era la base declarada de una alianza entre Beust y Bismarck, cuya cláusula dirigida contra la Internacional se apresuró a adoptar Víctor Manuel;8 en que el gobierno español, poniéndose por entero a disposición de los verdugos de Versalles, obligaba a la oficina federal de Madrid a buscar refugio en Portugal; en el momento, en fin, en que el primer deber de la Internacional era estrechar su organización y recoger el guante que le habían arrojado los gobiernos.
Todas las secciones que mantenían relaciones regulares con el Consejo General fueron convocadas a tiempo a la Conferencia, que, aunque no era un congreso público, tropezó con serias dificultades. Ni que decir tiene que Francia, en el estado en que se encontraba, no podía elegir delegados. En Italia, la única sección organizada entonces era la de Nápoles, y en el momento de nombrar un delegado fue disuelta por la fuerza armada. En Austria y en Hungría, los miembros más activos estaban encarcelados. En Alemania, algunos de los miembros más conocidos estaban procesados por alta traición, otros estaban en la cárcel, y los recursos pecuniarios del partido se consumían en la necesidad de ayudar a sus familias. Los norteamericanos, aunque dirigieron a la Conferencia una memoria detallada sobre la situación de la Internacional en su país, emplearon los gastos de delegación en socorrer a los refugiados. Por lo demás, todas las federaciones reconocieron la necesidad de sustituir el congreso público por la conferencia privada.
La Conferencia, después de reunirse en Londres del 17 al 23 de septiembre de 1871, encargó al Consejo General publicar sus resoluciones; codificar los reglamentos administrativos y publicarlos, junto con los Estatutos generales revisados y corregidos, en tres idiomas; ejecutar la resolución que sustituía las tarjetas de miembro por sellos adhesivos; reorganizar la Internacional en Inglaterra, y, por último, sufragar los gastos que exigían estos diversos trabajos.9
En cuanto se publicaron los trabajos de la Conferencia, la prensa reaccionaria, de París a Moscú, de Londres a Nueva York, denunció que la resolución sobre la política de la clase obrera encerraba designios tan peligrosos —el Times la acusó de «una audacia fríamente calculada»— que urgía poner a la Internacional fuera de la ley. Por otra parte, la resolución que hacía justicia de las secciones sectarias de contrabando sirvió de pretexto a la policía internacional, que estaba al acecho, para reivindicar ruidosamente la libertad autónoma de los obreros, sus protegidos, contra el despotismo envilecedor del Consejo General y de la Conferencia. La clase obrera se sentía tan «gravemente oprimida» que el Consejo General recibió de Europa, de América, de Australia y hasta de las Indias Orientales adhesiones y avisos de la formación de nuevas secciones.
II
Las denuncias de la prensa burguesa y las lamentaciones de la policía internacional encontraron eco favorable incluso en nuestra Asociación. En su seno se tramaron intrigas dirigidas en apariencia contra el Consejo General y en realidad contra la Asociación. En el fondo de estas intrigas se encuentra la inevitable Alianza Internacional de la Democracia Socialista, engendrada por el ruso Mijaíl Bakunin. A su vuelta de Siberia, predicó en el Kólokol de Herzen, como fruto de su larga experiencia, el paneslavismo y la guerra de razas.10 Más tarde, durante su estancia en Suiza, fue nombrado miembro del Comité directivo de la «Liga de la Paz y de la Libertad», fundada en oposición a la Internacional. Como los asuntos de esta sociedad burguesa iban de mal en peor, su presidente, el señor G. Vogt, por consejo de Bakunin, propuso una alianza al Congreso internacional reunido en Bruselas en septiembre de 1868.11
El Congreso declaró por unanimidad que una de dos: o la Liga perseguía el mismo fin que la Internacional, y en ese caso no tenía ninguna razón de ser, o su fin era distinto, y entonces la alianza era imposible. En el Congreso de la Liga celebrado en Berna pocos días después, Bakunin llevó a cabo su conversión. Propuso allí un programa de ocasión, cuyo valor científico puede juzgarse por esta sola frase: la igualación económica y social de las clases. Apoyado por una ínfima minoría, rompió con la Liga para entrar en la Internacional, decidido a sustituir los Estatutos generales de la Internacional por su programa de circunstancias, rechazado por la Liga, y el Consejo General por su dictadura personal. Con ese fin se creó un instrumento especial, la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, destinada a convertirse en una Internacional dentro de la Internacional.
Bakunin encontró los elementos necesarios para formar esta sociedad en las relaciones que había trabado durante su estancia en Italia y en un núcleo de rusos exiliados que le servían de emisarios y de reclutadores entre los miembros de la Internacional en Suiza, en Francia y en España. Sin embargo, solo después de que los Consejos Federales belga y parisiense se negaran reiteradamente a reconocer la Alianza se decidió a someter a la aprobación del Consejo General los estatutos de su nueva sociedad, que no eran más que la reproducción fiel del programa «incomprendido» de Berna. El Consejo respondió con la circular siguiente, fechada el 22 de diciembre de 1868:12
Hace aproximadamente un mes, cierto número de ciudadanos se constituyó en Ginebra como Comité central iniciador de una nueva sociedad internacional llamada «la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, que se da como misión especial estudiar las cuestiones políticas y filosóficas sobre la base misma de ese gran principio de la igualdad», etc.
El programa y el reglamento impresos de este Comité iniciador no se comunicaron al Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores hasta el 15 de diciembre de 1868. Según estos documentos, dicha Alianza está «fundida enteramente en la Internacional», al mismo tiempo que está fundada enteramente fuera de esta asociación. Junto al Consejo General de la Internacional, elegido por los sucesivos congresos de Ginebra, Lausana y Bruselas, habrá, según el reglamento iniciador, otro Consejo General en Ginebra, que se ha nombrado a sí mismo. Junto a los grupos locales de la Internacional estarán los grupos locales de la Alianza, que, por medio de sus oficinas nacionales, que funcionan al margen de las oficinas nacionales de la Internacional, «solicitarán a la Oficina central de la Alianza su admisión en la Internacional»; el Comité central de la Alianza se arroga así el derecho de admisión en la Internacional. Por último, el Congreso general de la Asociación Internacional de los Trabajadores encontrará además su doble en el Congreso general de la Alianza, pues, dice el reglamento iniciador, en el congreso anual de los trabajadores la delegación de la Alianza de la Democracia Socialista, como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores, «celebrará sus sesiones públicas en un local separado».
Considerando
que la presencia de un segundo organismo internacional que funcione dentro y fuera de la Asociación Internacional de los Trabajadores sería el medio más infalible de desorganizarla;
que cualquier otro grupo de individuos, residente en cualquier localidad, tendría derecho a imitar al grupo iniciador de Ginebra y, con pretextos más o menos plausibles, injertar en la Asociación Internacional de los Trabajadores otras asociaciones internacionales con otras «misiones especiales»;
que de esta manera la Asociación Internacional de los Trabajadores se convertiría pronto en juguete de los intrigantes de toda raza y de toda nacionalidad;
que, por otra parte, los estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores solo admiten en su seno ramas locales y nacionales (véanse los artículos 1 y 6 de los estatutos);
que se prohíbe a las secciones de la Asociación Internacional darse estatutos o reglamentos administrativos contrarios a los estatutos generales y a los reglamentos administrativos de la Asociación Internacional (véase el artículo 12);
que los estatutos y reglamentos administrativos de la Asociación Internacional solo pueden ser revisados por un congreso general en el que dos tercios de los delegados presentes voten a favor de tal revisión (véase el artículo 13 de los reglamentos administrativos);
que la cuestión ya ha sido juzgada por las resoluciones contra la Liga de la Paz, adoptadas por unanimidad por el Consejo General de Bruselas;13
que en esas resoluciones el congreso declaraba que la Liga de la Paz no tenía ninguna razón de ser, puesto que, según sus recientes declaraciones, su fin y sus principios eran idénticos a los de la Asociación Internacional de los Trabajadores;
que varios miembros del grupo iniciador de la Alianza, en su calidad de delegados en el Congreso de Bruselas, votaron esas resoluciones:
El Consejo General, en su sesión del 22 de diciembre de 1868, ha resuelto por unanimidad:
- Todos los artículos del reglamento de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista que regulan sus relaciones con la Asociación Internacional de los Trabajadores quedan declarados nulos y sin efecto;
- La Alianza Internacional de la Democracia Socialista no es admitida como rama de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
G. ODGER, presidente de la sesión.
V. SHAW, secretario general.14
Londres, 22 de diciembre de 1868.
Algunos meses después, la Alianza se dirigió de nuevo al Consejo General y le preguntó si admitía o no sus principios. En caso afirmativo, la Alianza se declaraba dispuesta a disolverse en secciones de la Internacional. Recibió como respuesta la circular siguiente, del 9 de marzo de 1869:15
El Consejo General al Comité Central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista
Según el artículo primero de nuestros estatutos, la Asociación Internacional de los Trabajadores admite «todas las sociedades obreras que persiguen el mismo fin, a saber: la ayuda mutua, el progreso y la emancipación completa de la clase obrera».
Como las secciones de la clase obrera de los distintos países se encuentran en condiciones de desarrollo diversas, se sigue necesariamente que sus opiniones teóricas, que reflejan el movimiento real, son también divergentes.
Sin embargo, la comunidad de acción establecida por la Asociación Internacional de los Trabajadores, el intercambio de ideas facilitado por la publicidad que hacen los órganos de las distintas secciones nacionales y, por último, las discusiones directas en los congresos generales no dejarán de engendrar poco a poco un programa teórico común.
Así pues, no entra en las atribuciones del Consejo General hacer el examen crítico del programa de la Alianza. No tenemos que averiguar si es o no una expresión adecuada del movimiento proletario. Para nosotros se trata solo de saber si no contiene nada contrario a la tendencia general de nuestra asociación, es decir, a la emancipación completa de la clase obrera. Hay en vuestro programa una frase que, desde este punto de vista, es defectuosa. En el artículo II se lee:
«[La Alianza] quiere ante todo la igualación política, económica y social de las clases».
La igualación de las clases, interpretada literalmente, desemboca en la armonía del capital y el trabajo que tan importunamente predican los socialistas burgueses. No es la igualación de las clases —contrasentido lógico, imposible de realizar—, sino, por el contrario, la abolición de las clases, ese verdadero secreto del movimiento proletario, lo que constituye el gran fin de la Asociación Internacional de los Trabajadores. No obstante, considerando el contexto en que se encuentra esta frase, igualación de las clases, parece haberse deslizado en él como un error de pluma. El Consejo General no duda de que tendréis a bien eliminar de vuestro programa una frase que se presta a malentendidos tan peligrosos. Salvo en los casos en que se contradiga la tendencia general de nuestra Asociación, es conforme a sus principios dejar a cada sección la libertad de formular libremente su programa teórico.
No existe, pues, obstáculo para la conversión de las secciones de la Alianza en secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
Si la disolución de la Alianza y el ingreso de sus secciones en la Internacional se decidieran definitivamente, sería necesario, según nuestros reglamentos, informar al Consejo del lugar y de la fuerza numérica de cada nueva sección.
Sesión del Consejo General del 9 de marzo de 1869.
Habiendo aceptado la Alianza estas condiciones, fue admitida en la Internacional por el Consejo General, que, inducido a error por algunas firmas del programa de Bakunin, la supuso reconocida por el Consejo Federal romando de Ginebra, que, por el contrario, nunca dejó de mantenerla apartada. Con ello había alcanzado su fin inmediato: hacerse representar en el Congreso de Basilea. A pesar de los medios desleales de que se sirvieron sus partidarios —medios empleados en esa ocasión, y esa vez solamente, en un congreso de la Internacional—, Bakunin vio frustrada su esperanza de que el Congreso trasladara a Ginebra la sede del Consejo General y sancionara oficialmente la antigualla sansimoniana de la abolición inmediata del derecho de herencia, que Bakunin había convertido en el punto de partida práctico del socialismo.16 Fue la señal de la guerra abierta e incesante que hizo la Alianza no solo al Consejo General, sino también a todas las secciones de la Internacional que se negaron a adoptar el programa de esa camarilla sectaria y, sobre todo, la doctrina de la abstención absoluta en materia política.
Ya antes del Congreso de Basilea, cuando Necháyev llegó a Ginebra, Bakunin entró en relación con él y fundó en Rusia una sociedad secreta entre los estudiantes. Ocultando siempre su propia persona tras el nombre de diversos «comités revolucionarios», reivindicó poderes autocráticos, injertados en todos los embustes y mistificaciones de los tiempos de Cagliostro. El gran medio de propaganda de esta sociedad consistía en comprometer ante la policía rusa a personas inocentes, enviándoles desde Ginebra comunicaciones en sobres amarillos que llevaban por fuera, en lengua rusa, el sello del «Comité revolucionario secreto». Los informes públicos del proceso Necháyev prueban que se ha hecho un abuso infame del nombre de la Internacional.17
En esa época la Alianza empezó una polémica pública contra el Consejo General, primero en Le Progrès de Le Locle y después en L'Égalité de Ginebra, periódico oficial de la Federación romanda, en el que se habían deslizado algunos miembros de la Alianza en pos de Bakunin. El Consejo General, que había desdeñado los ataques de Le Progrès, órgano personal de Bakunin, no podía ignorar los de L'Égalité, que debía suponer aprobados por el Comité Federal romando. Publicó entonces la circular del 1 de enero de 1870, en la que se dice:18
«Leemos en L'Égalité del 11 de diciembre de 1869: Es “cierto que el Consejo General descuida cosas sumamente importantes. Le recordamos sus obligaciones con el artículo primero del reglamento: el Consejo General está obligado a ejecutar las resoluciones del congreso, etc.… Tendríamos bastantes preguntas que hacer al Consejo General para que sus respuestas formaran un boletín bastante largo. Vendrán más tarde… Entretanto, etc.…”. El Consejo General no conoce artículo alguno, ni en los estatutos ni en los reglamentos, que le obligue a entrar en correspondencia o en polémica con L'Égalité o a dar “respuestas a las preguntas” de los periódicos. Solo el Comité Federal de Ginebra representa ante el Consejo General a las ramas de la Suiza romanda. Cuando el Comité Federal romando nos dirija preguntas o reproches por la única vía legítima, es decir, por medio de su secretario, el Consejo General estará siempre dispuesto a responderle. Pero el Comité Federal romando no tiene derecho ni a abdicar sus funciones en manos de los redactores de L'Égalité y de Le Progrès, ni a dejar que estos periódicos usurpen sus funciones. Hablando en general, la correspondencia administrativa del Consejo General con los comités nacionales y locales no podría publicarse sin causar gran perjuicio al interés general de la Asociación. Por tanto, si los demás órganos de la Internacional imitaran a Le Progrès y a L'Égalité, el Consejo General se vería ante la alternativa de desacreditarse ante el público callando o de faltar a sus deberes respondiendo públicamente. L'Égalité se ha unido a Le Progrès para invitar a Le Travail (periódico parisiense) a atacar a su vez al Consejo General. Es casi una Liga del Bien Público».19
Sin embargo, antes de tener conocimiento de esta circular, el Comité Federal romando ya había apartado de la redacción de L'Égalité a los partidarios de la Alianza.
La circular del 1 de enero de 1870, como las del 22 de diciembre de 1868 y del 9 de marzo de 1869, fueron aprobadas por todas las secciones de la Internacional.
Ni que decir tiene que ninguna de las condiciones aceptadas por la Alianza se cumplió nunca. Sus pretendidas secciones seguían siendo un misterio para el Consejo General. Bakunin trataba de mantener bajo su dirección personal los pocos grupos dispersos de España y de Italia y la sección de Nápoles, que había separado de la Internacional. En las demás ciudades italianas mantenía correspondencia con pequeños núcleos compuestos no de obreros, sino de abogados, periodistas y otros burgueses doctrinarios. En Barcelona, algunos amigos mantenían su influencia. En algunas ciudades del Mediodía de Francia, la Alianza se esforzaba por fundar secciones separatistas bajo la dirección de Albert Richard y Gaspard Blanc, de Lyon, sobre los que tendremos que volver. En una palabra, la sociedad internacional dentro de la Internacional seguía agitándose.
El gran golpe de la Alianza, la tentativa de apoderarse de la dirección de la Suiza romanda, debía darse en el Congreso de La Chaux-de-Fonds, abierto el 4 de abril de 1870.20
La lucha se entabló sobre el derecho de admisión de los delegados de la Alianza, derecho que impugnaban los delegados de la federación ginebrina y de las secciones de La Chaux-de-Fonds.
Aunque, según su propio recuento, los partidarios de la Alianza no representaban más que a la quinta parte de los miembros de la federación, consiguieron, gracias a la repetición de las maniobras de Basilea, procurarse una mayoría ficticia de uno o dos votos, mayoría que, a decir de su propio órgano (véase La Solidarité del 7 de mayo de 1870), no representaba más que quince secciones, ¡cuando solo en Ginebra había treinta! A raíz de esa votación, el Congreso romando se dividió en dos partes, que continuaron sus sesiones por separado. Los partidarios de la Alianza, que se consideraban los representantes legales de toda la federación, trasladaron la sede del Comité Federal romando a La Chaux-de-Fonds y fundaron en Neuchâtel su órgano oficial, La Solidarité, redactada por el ciudadano Guillaume.21 Este joven escritor tenía la misión especial de desacreditar a los «obreros de fábrica» de Ginebra, esos «odiosos burgueses», de hacer la guerra a L'Égalité, periódico de la Federación romanda, y de predicar la abstención absoluta en materia política. Los artículos más destacados sobre este último asunto tuvieron por autores, en Marsella, a Bastelica, y en Lyon, a los dos grandes pilares de la Alianza, Albert Richard y Gaspard Blanc.22
Los delegados de Ginebra, por su parte, convocaron a sus secciones a una asamblea general que, a pesar de la oposición de Bakunin y sus amigos, aprobó su actuación en el Congreso de La Chaux-de-Fonds. Poco tiempo después, Bakunin y sus acólitos más activos fueron expulsados de la Federación romanda.
Apenas clausurado el Congreso, el nuevo Comité de La Chaux-de-Fonds pedía la intervención del Consejo General en una carta firmada por F. Robert, secretario, y Henri Chevalley, presidente, denunciado dos meses más tarde como ladrón por el órgano del Comité, La Solidarité del 9 de julio.23 Tras examinar los documentos justificativos de ambas partes, el Consejo General decidió, el 28 de junio de 1870,24 mantener al Comité Federal de Ginebra en sus antiguas funciones e invitar al nuevo Comité Federal de La Chaux-de-Fonds a tomar un nombre local. Ante este desengaño, que defraudaba sus deseos, el Comité de La Chaux-de-Fonds denunció el autoritarismo del Consejo General, olvidando que había sido el primero en pedir su intervención. La confusión que su empeño en usurpar el nombre de Comité Federal romando sembraba en la federación suiza obligó al Consejo General a suspender toda relación oficial con ese Comité.
Luis Bonaparte acababa de entregar su ejército en Sedán. Por todas partes se alzaron las protestas de los internacionales contra la continuación de la guerra. El Consejo General, en su manifiesto del 9 de septiembre, denunciando los proyectos de conquista de Prusia, mostraba el peligro que su triunfo suponía para la causa proletaria y predecía a los obreros alemanes que serían sus primeras víctimas.25 En Inglaterra promovió meetings que contrarrestaron las tendencias prusianas de la Corte. En Alemania, los obreros internacionales hicieron manifestaciones en las que reclamaban el reconocimiento de la República y «una paz honrosa para Francia…».
Por su parte, la naturaleza belicosa del fogoso Guillaume (de Neuchâtel) le sugirió la idea luminosa de un manifiesto anónimo, publicado como suplemento y al amparo del periódico oficial La Solidarité, que pedía la formación de cuerpos francos suizos para ir a combatir a los prusianos, cosa que sin duda le impidieron siempre hacer sus convicciones abstencionistas.
Estalló la insurrección de Lyon. Bakunin acudió y, apoyado en Albert Richard, Gaspard Blanc y Bastelica, se instaló el 28 de septiembre en el ayuntamiento, cuyos accesos se abstuvo de guardar, por ser eso un acto político. Lo echaron de allí lastimosamente unos cuantos guardias nacionales en el momento en que, tras un parto laborioso, su decreto sobre la abolición del Estado acababa por fin de ver la luz.26
En octubre de 1870, el Consejo General, en ausencia de sus miembros franceses, se agregó al ciudadano Paul Robin, refugiado de Brest, uno de los partidarios más conocidos de la Alianza y, además, autor de los ataques lanzados en L'Égalité contra el Consejo General, en cuyo seno, desde ese momento, no dejó de actuar como corresponsal oficioso del Comité de La Chaux-de-Fonds.27 El 14 de marzo de 1871 propuso que se convocara una conferencia privada de la Internacional para zanjar el litigio suizo. El Consejo, previendo que en París se preparaban grandes acontecimientos, se negó en redondo. Robin volvió a la carga varias veces y llegó a proponer al Consejo que tomara una decisión definitiva sobre el litigio. El 25 de julio, el Consejo General decidió que este asunto sería una de las cuestiones sometidas a la Conferencia que se convocaría para el mes de septiembre de 1871.
El 10 de agosto, la Alianza, poco deseosa de ver sus manejos examinados por una conferencia, declaraba que estaba disuelta desde el 6 del mismo mes. Pero el 15 de septiembre reaparece y pide al Consejo su admisión con el nombre de Sección de los Ateos Socialistas. Según la resolución administrativa n.º V del Congreso de Basilea, el Consejo no habría podido admitirla sin consultar al Comité Federal de Ginebra, que estaba cansado de dos años de lucha con las secciones sectarias. Por lo demás, el Consejo ya había declarado a las sociedades obreras cristianas inglesas (Young Men's Christian Association) que la Internacional no reconoce secciones teológicas.
El 6 de agosto, fecha de la disolución de la Alianza, el Comité Federal de La Chaux-de-Fonds, al tiempo que renovaba su petición de entrar en relaciones oficiales con el Consejo, le declara que seguirá ignorando la resolución del 28 de junio y presentándose frente a Ginebra como Comité Federal romando, y «que es al Congreso general al que corresponde juzgar este asunto». El 4 de septiembre, el mismo Comité envió una protesta contra la competencia de la Conferencia, cuya convocatoria, sin embargo, había sido el primero en pedir. La Conferencia habría podido preguntar a su vez cuál era la competencia del Consejo Federal de París, al que ese Comité había pedido, antes del sitio, que decidiera sobre el litigio suizo. Se limitó a confirmar la decisión del Consejo General del 28 de junio de 1870. (Véanse los motivos en L'Égalité de Ginebra del 21 de octubre de 1871.)28
III
La presencia en Suiza de algunos de los proscritos franceses que habían encontrado allí refugio vino a devolver un destello de vida a la Alianza.
Los internacionales de Ginebra hicieron por los proscritos todo cuanto estuvo en su mano. Les aseguraron socorros desde el primer momento e impidieron, con una agitación poderosa, que las autoridades suizas concedieran la extradición pedida por el gobierno de Versalles. Varios de ellos corrieron graves peligros yendo a Francia a ayudar a refugiados a ganar la frontera. ¡Cuál no sería, pues, el asombro de los obreros ginebrinos al ver que algunos cabecillas, como B. Malon,29 se ponían en seguida en relación con los hombres de la Alianza y, con la ayuda de N. Zhukovski, exsecretario de la Alianza, intentaban fundar en Ginebra, al margen de la Federación romanda, la nueva «Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista»!30 En el primer artículo de sus estatutos, esta «declara adherirse a los estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, reservándose toda la libertad de acción y de iniciativa que se le concede como consecuencia lógica del principio de autonomía y de federación reconocido por los estatutos y los congresos de la Asociación». En otras palabras, se reserva toda la libertad de continuar la obra de la Alianza.
En una carta de Malon del 20 de octubre de 1871, esta nueva sección dirigió al Consejo General, por tercera vez, la petición de ser admitida en la Internacional. Conforme a la resolución V del Congreso de Basilea, el Consejo consultó al Comité Federal de Ginebra, que protestó vivamente contra el reconocimiento por el Consejo de ese nuevo «foco de intrigas y de disensiones». En efecto, el Consejo fue lo bastante «autoritario» como para no querer imponer a toda una federación la voluntad de B. Malon y de N. Zhukovski, exsecretario de la Alianza.
Como La Solidarité había dejado de existir, los nuevos adeptos de la Alianza fundaron La Révolution Sociale, bajo la alta dirección de la señora André Léo, que acababa de declarar en el Congreso de la Paz de Lausana que «Raoul Rigault y Ferré eran las dos figuras siniestras de la Comuna, que hasta entonces (hasta la ejecución de los rehenes) no habían dejado de reclamar, siempre en vano, medidas sangrientas».31
Desde su primer número, este periódico se apresuró a ponerse al nivel de Le Figaro, Le Gaulois, Paris-Journal y otros órganos inmundos, cuyas porquerías contra el Consejo General reeditó. Le pareció oportuno el momento para encender, incluso en la Internacional, el fuego de los odios nacionales. Según él, el Consejo General era un comité alemán dirigido por un cerebro bismarckiano.32
Después de dejar bien sentado que ciertos miembros del Consejo General no podían jactarse de ser «galos ante todo», La Révolution Sociale no supo hacer otra cosa que apoderarse de la segunda consigna que la policía europea hacía circular y denunciar el autoritarismo del Consejo.
¿Cuáles eran, pues, los hechos en que se apoyaban estos pueriles chillidos? El Consejo General había dejado morir a la Alianza de muerte natural y, de acuerdo con el Comité Federal de Ginebra, había impedido su resurrección. Además, había pedido al Comité de La Chaux-de-Fonds que tomara un nombre que le permitiera vivir en paz con la gran mayoría de los internacionales romandos.
Aparte de estos actos «autoritarios», ¿qué uso había hecho el Consejo General, de octubre de 1869 a octubre de 1871, de los poderes bastante amplios que le había conferido el Congreso de Basilea?33
El 8 de febrero de 1870, la «Sociedad de los Proletarios Positivistas» de París pidió al Consejo General su admisión. El Consejo respondió que los principios positivistas relativos al capital, enunciados en los estatutos particulares de la sociedad, estaban en contradicción flagrante con los considerandos de los estatutos generales; que había, pues, que suprimirlos y entrar en la Internacional no como «positivistas», sino como «proletarios», quedando libres de conciliar sus opiniones teóricas con los principios generales de la Asociación. La sección, tras reconocer lo justo de esta decisión, entró en la Internacional.
En Lyon se había producido una escisión entre la sección de 1865 y una sección de formación reciente en la que, entre obreros honrados, representaban a la Alianza Albert Richard y Gaspard Blanc. Como suele ocurrir en tales casos, no se reconoció el fallo de un tribunal de arbitraje formado en Suiza. El 15 de febrero de 1870, la sección de formación reciente no solo pidió al Consejo General que resolviera el litigio en virtud de la resolución VII del Congreso de Basilea, sino que le envió un fallo ya listo, que expulsaba y tachaba de infamia a los miembros de la sección de 1865, fallo que el Consejo debía firmar y devolver a vuelta de correo. El Consejo censuró este procedimiento inaudito y pidió los documentos justificativos. A la misma petición, la sección de 1865 respondió que, como las pruebas de cargo contra Albert Richard se habían sometido al tribunal de arbitraje y Bakunin se había apoderado de ellas y se negaba a devolverlas, no podía satisfacer plenamente los deseos del Consejo General. La decisión del Consejo sobre este asunto, del 8 de marzo, no suscitó ninguna objeción ni de una parte ni de la otra.
La rama francesa de Londres, que había admitido elementos de carácter más que dudoso, se había ido transformando en una comandita del señor Félix Pyat.34 Le servía para organizar manifestaciones comprometedoras en favor del asesinato de L. Bonaparte, etc., y para propagar en Francia, al amparo de la Internacional, sus manifiestos ridículos. El Consejo General se limitó a declarar en los órganos de la Asociación que, como el señor Pyat no era miembro de la Internacional, esta no podía ser responsable de sus hechos y dichos. La rama francesa declaró entonces que no reconocía ni al Consejo General ni a los congresos, e hizo fijar en las paredes de Londres carteles según los cuales, fuera de ella, la Internacional era una sociedad antirrevolucionaria. La detención de los internacionales franceses en vísperas del plebiscito, con el pretexto de una conspiración urdida en realidad por la policía, a la que los manifiestos pyatistas dieron un aire de verosimilitud, obligó al Consejo General a publicar en La Marseillaise y en Le Réveil su resolución del 10 de mayo de 1870, que declaraba que la supuesta rama francesa no pertenecía a la Internacional desde hacía más de dos años y que sus manejos eran obra de agentes de policía.35 La necesidad de este paso la prueban la declaración del Comité Federal de París en los mismos periódicos y la de los internacionales parisienses en su proceso, que se apoyaban ambas en la resolución del Consejo. La rama francesa desapareció al comenzar la guerra, pero, como la Alianza en Suiza, había de reaparecer en Londres con nuevos aliados y con otros nombres.
En los últimos días de la Conferencia se formó en Londres, entre los proscritos de la Comuna, una «Sección Francesa de 1871» de unos treinta y cinco miembros. El primer acto «autoritario» del Consejo General fue denunciar públicamente al secretario de esta sección, Gustave Durand, como espía de la policía francesa. Los documentos que poseemos prueban que la policía se proponía hacer asistir a Durand primero a la Conferencia e introducirlo más tarde en el seno del Consejo General.36 Como los estatutos de la nueva sección ordenaban a sus miembros «no aceptar ninguna delegación en el Consejo General que no fuera de su sección», los ciudadanos Theisz y Bastelica se retiraron del Consejo.37
El 17 de octubre, la sección delegó en el Consejo a dos de sus miembros, portadores de mandatos imperativos, uno de los cuales no era otro que el señor Chautard, exmiembro del Comité de Artillería, al que el Consejo se negó a agregarse antes de haber examinado los estatutos de «la sección de 1871».38 Bastará recordar aquí los puntos principales del debate a que dieron lugar esos estatutos.39 Dicen en su artículo 2: «Para ser recibido como miembro de la sección hay que justificar los medios de existencia, presentar garantías de moralidad, etc.». En su resolución del 17 de octubre de 1871, el Consejo propuso suprimir las palabras justificar los medios de existencia. «En casos dudosos —decía el Consejo—, una sección bien puede informarse sobre los medios de existencia como “garantía de moralidad”, mientras que en otros casos, como los de los refugiados, los obreros en huelga, etc., la falta de medios de existencia bien puede ser una garantía de moralidad. Pero pedir a los candidatos que justifiquen sus medios de existencia como condición general para ser admitidos en la Internacional sería una innovación burguesa, contraria al espíritu y a la letra de los estatutos generales». La sección respondió «que los estatutos generales hacen a las secciones responsables de la moralidad de sus miembros y, por consiguiente, les reconocen el derecho de tomar sus garantías como lo entiendan». A esto replicaba el Consejo General el 7 de noviembre: «Según esta manera de ver, una sección internacional fundada por los teetotallers (sociedades de templanza) podría introducir en sus estatutos particulares un artículo así concebido: “Para ser recibido como miembro de la sección hay que jurar abstenerse de toda bebida alcohólica”. En una palabra, los estatutos particulares de las secciones podrían imponer las condiciones de admisión en la Internacional más absurdas y dispares, siempre con el pretexto de que entienden asegurarse así de la moralidad de sus miembros… “Los medios de existencia de los huelguistas —añade la Sección Francesa de 1871— consisten en la caja de huelga”. A esta frase puede responderse, en primer lugar, que esa caja es con frecuencia ficticia… Además, investigaciones oficiales inglesas han probado que la mayoría de los obreros ingleses… se ve obligada —ya por la huelga o el paro, ya por la insuficiencia de los salarios, por los plazos de pago u otras causas— a recurrir sin cesar al monte de piedad o a las deudas, medios de existencia cuya justificación no podría exigirse sin inmiscuirse de manera inadmisible en la vida privada de los ciudadanos. Ahora bien, una de dos: o la sección no busca en los medios de existencia más que garantías de moralidad…, y entonces la propuesta del Consejo General cumple ese fin…, o la sección, en el artículo II de sus estatutos, ha hablado intencionadamente de la justificación de los medios de existencia como condición de admisión además de las garantías de moralidad…, y en ese caso el Consejo afirma que es una innovación burguesa contraria a la letra y al espíritu de los estatutos generales».
En el artículo XI de sus estatutos se dice: «Se enviarán uno o varios delegados al Consejo General». El Consejo pidió que se suprimiera este artículo, «porque los estatutos generales de la Internacional no reconocen a las secciones ningún derecho a enviar delegados al Consejo General». «Los estatutos generales —añadió— no reconocen más que dos modos de elección de los miembros del Consejo General: su elección por el congreso o su incorporación por el Consejo General… Es muy cierto que las distintas secciones existentes en Londres habían sido invitadas a enviar delegados al Consejo General, el cual, para no infringir los estatutos generales, ha procedido siempre de la manera siguiente: primero ha determinado el número de delegados que cada sección debía enviar, reservándose el derecho de aceptarlos o rechazarlos según los juzgara aptos para las funciones generales que deben desempeñar. Estos delegados se convertían en miembros del Consejo General no en virtud de la delegación que habían recibido de sus secciones, sino en virtud del derecho que los estatutos generales conceden al Consejo de agregarse nuevos miembros. Como hasta la decisión tomada por la última Conferencia había funcionado a la vez como Consejo General de la Asociación Internacional y como Consejo Central para Inglaterra, el Consejo de Londres juzgó útil admitir, además de los miembros que se agregaba directamente, a miembros delegados en primer lugar por sus respectivas secciones. Se equivocaría extrañamente quien quisiera asimilar el modo de elección del Consejo General al del Consejo Federal de París, que ni siquiera era un consejo nacional nombrado por un congreso nacional, como, por ejemplo, el Consejo Federal de Bruselas o el de Madrid. El Consejo Federal de París no era más que una delegación de las secciones parisienses… El modo de elección del Consejo General está determinado por los estatutos generales…, y sus miembros no podrían aceptar más mandato imperativo que el de los estatutos y reglamentos generales… Si se tiene en cuenta el párrafo que lo precede, el artículo XI no tiene otro sentido que cambiar por completo la composición del Consejo General y hacer de él, contra el artículo III de los estatutos generales, una delegación de las secciones de Londres, en la que la influencia de los grupos locales sustituiría a la de toda la Asociación Internacional de los Trabajadores». Por último, el Consejo General, cuyo primer deber consiste en ejecutar las decisiones de los congresos (véase el artículo 1 del reglamento administrativo del Congreso de Ginebra), dice que «considera que no tienen relación alguna con la cuestión… las ideas emitidas por la Sección Francesa de 1871 sobre un cambio radical de los artículos de los estatutos generales relativos a su constitución».
Por lo demás, el Consejo declaró que admitiría a dos delegados de la sección en las mismas condiciones que a los de las demás secciones de Londres.
La «sección de 1871», lejos de quedar satisfecha con esta respuesta, publicó el 14 de diciembre una «declaración» firmada por todos sus miembros, cuyo nuevo secretario fue poco después expulsado como indigno de la sociedad de los refugiados. Según esta declaración, el Consejo General, al negarse a usurpar atribuciones legislativas, se había hecho culpable «de una regresión completamente naturalista de la idea social».
He aquí ahora algunas muestras de la buena fe que presidió la elaboración de ese documento.
La Conferencia de Londres había aprobado la conducta de los obreros alemanes durante la guerra. Era evidente que esta resolución, propuesta por un delegado suizo, apoyada por un delegado belga y votada por unanimidad, se refería solo a los internacionales alemanes, que expiaron y expían todavía en la cárcel su conducta antichovinista durante la guerra.40 Además, para evitar toda interpretación malévola, el secretario del Consejo General para Francia acababa de explicar el verdadero sentido de la resolución en una carta publicada por Qui Vive!, La Constitution, Le Radical, L'Émancipation, L'Europe, etc. No obstante, ocho días después, el 20 de noviembre de 1871, quince miembros de la «Sección Francesa de 1871» insertaban en Qui Vive! una «protesta» llena de injurias contra los obreros alemanes y denunciaban la resolución de la Conferencia como la prueba irrecusable de la «idea pangermánica» que domina al Consejo General. Por su parte, toda la prensa feudal, liberal y policíaca de Alemania se apoderó ávidamente de este incidente para demostrar a los obreros alemanes la vanidad de sus sueños internacionales. Al fin y al cabo, la protesta del 20 de noviembre la hizo suya toda la sección de 1871 en su declaración del 14 de diciembre.
Para demostrar «la pendiente indefinida del autoritarismo por la que se desliza el Consejo General», cita «la publicación por este mismo Consejo General de una edición oficial de los estatutos generales revisados por él». Basta echar un vistazo a la nueva edición de los estatutos para ver que, para cada párrafo, el apéndice remite a las fuentes que acreditan su autenticidad. En cuanto a las palabras «edición oficial», el primer congreso de la Internacional había decidido que «el texto oficial y obligatorio de los estatutos y reglamentos generales sería publicado por el Consejo General». (Véase Congrès ouvrier de l'Association internationale des travailleurs tenu à Genève du 3 au 8 septembre 1866, p. 27, nota.)
Ni que decir tiene que la sección de 1871 mantenía relaciones continuas con los disidentes de Ginebra y de Neuchâtel. Uno de sus miembros, Chalain, que había desplegado más energía en atacar al Consejo General de la que nunca puso en defender la Comuna, se vio de pronto rehabilitado por B. Malon, que poco antes había formulado contra él acusaciones muy graves en una carta a un miembro del Consejo. Por lo demás, apenas había lanzado su declaración la «Sección Francesa de 1871» cuando estalló la guerra civil en sus filas. Primero se retiraron de ella Theisz, Avrial y Camélinat. Desde entonces se fragmentó en varios grupitos, uno de los cuales lo dirige el sujeto Pierre Vésinier, expulsado del Consejo General por sus calumnias contra Varlin y otros, y luego echado de la Internacional por la comisión belga que había nombrado el Congreso de Bruselas de 1868. Otro de esos grupos lo fundó B. Landeck, a quien la fuga imprevista del prefecto de policía Pietri, el 4 de septiembre, ha liberado de su compromiso, «escrupulosamente cumplido, de no ocuparse más de asuntos políticos ni de la Internacional en Francia». (Véase Troisième procès de l'Association Internationale des Travailleurs de Paris, 1870, p. 4.)41 Por otro lado, la masa de los refugiados franceses de Londres ha formado una sección que está en completa armonía con el Consejo General.
IV
Los hombres de la Alianza, escondidos tras el Comité Federal de Neuchâtel, queriendo intentar un nuevo esfuerzo en un terreno más vasto para desorganizar la Internacional, convocaron un congreso de sus secciones en Sonvillier para el 12 de noviembre de 1871. Ya en julio, dos cartas del maestro Guillaume a su amigo Robin amenazaban al Consejo General con una campaña semejante si no consentía en darles la razón contra «los bandidos de Ginebra».
El congreso de Sonvillier se componía de dieciséis delegados que pretendían representar en total a nueve secciones, entre ellas la nueva «Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista» de Ginebra.
Los Dieciséis empezaron con el decreto anarquista que declaraba disuelta la Federación romanda, la cual se apresuró a devolver a los aliancistas su «autonomía» expulsándolos de todas las secciones. Por lo demás, el Consejo debe reconocer que un destello de sentido común les hizo aceptar el nombre de Federación del Jura que les había dado la Conferencia de Londres.
Después, el congreso de los Dieciséis procedió a la «reorganización de la Internacional», lanzando contra la Conferencia y el Consejo General una «circular a todas las federaciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores».42
Los autores de la circular acusan ante todo al Consejo General de haber convocado en 1871 una conferencia en lugar de un congreso. De las explicaciones dadas más arriba resulta que estos ataques se dirigen directamente a toda la Internacional, que en su conjunto había aceptado la convocatoria de una conferencia en la que, por lo demás, la Alianza estaba debidamente representada por los ciudadanos Robin y Bastelica.
El Consejo General ha tenido sus delegados en todos los congresos; en el de Basilea, por ejemplo, tuvo seis. Los Dieciséis pretenden que «la mayoría de la Conferencia fue falseada de antemano por la admisión de seis delegados del Consejo General con voto deliberativo». En realidad, entre los delegados del Consejo General en la Conferencia, los proscritos franceses no eran otros que los representantes de la Comuna de París, mientras que sus miembros ingleses y suizos solo excepcionalmente pudieron tomar parte en las sesiones, como atestiguan las actas que se someterán al próximo congreso. Un delegado del Consejo tenía el mandato de una federación nacional. Según una carta dirigida a la Conferencia, el mandato de otro quedó retenido porque los periódicos habían anunciado su muerte.43 Queda un delegado, de modo que, frente al Consejo, solo los belgas estaban representados en la proporción de 6 a 1.
La policía internacional, que había quedado al margen en la persona de Gustave Durand, se había quejado amargamente de la violación de los estatutos generales que suponía convocar una conferencia «secreta». Todavía no estaba lo bastante al corriente de nuestros reglamentos generales para saber que las sesiones administrativas de los congresos son obligatoriamente privadas.
Sus quejas, sin embargo, encontraron un eco favorable en los Dieciséis de Sonvillier, que exclamaron: «Y para coronar el edificio, una decisión de esa conferencia establece que el Consejo General fijará él mismo la fecha y el lugar del próximo congreso o de la conferencia que lo sustituya; de modo que nos vemos amenazados con la supresión de los congresos generales, esas grandes asambleas públicas de la Internacional».
Los Dieciséis no han querido ver que esta decisión no hace más que afirmar frente a los gobiernos que, a pesar de todas las medidas represivas, la Internacional tiene la resolución inquebrantable de celebrar sus reuniones generales de un modo o de otro.
En la asamblea general de las secciones ginebrinas del 2 de diciembre de 1871, que acogió mal a los ciudadanos Malon y Lefrançais, estos presentaron una propuesta encaminada a confirmar los decretos dictados por los Dieciséis de Sonvillier, que contenía una censura contra el Consejo General y la desautorización de la Conferencia.44 La Conferencia había decidido que «las resoluciones de la Conferencia que no están destinadas a la publicidad serán comunicadas a los consejos federales de los distintos países por los secretarios corresponsales del Consejo General». Esta resolución, enteramente conforme a los estatutos y reglamentos generales, fue falsificada por B. Malon y sus amigos de la manera siguiente: «Una parte de las resoluciones de la conferencia solo se comunicará a los consejos federales y a los secretarios corresponsales». Acusan además al Consejo General de haber «faltado al principio de la sinceridad» al negarse a entregar a la policía, mediante la «publicidad», resoluciones cuyo fin exclusivo es la reorganización de la Internacional en los países donde está proscrita.
Los ciudadanos Malon y Lefrançais se quejan además de que «la Conferencia ha atentado contra la libertad de pensamiento y de su expresión… al dar al Consejo General el derecho de denunciar y desautorizar todo órgano de publicidad de las secciones y federaciones que trate de los principios en que se basa la Asociación, de los intereses respectivos de las secciones y federaciones o, por último, de los intereses generales de toda la Asociación» (véase L'Égalité del 21 de diciembre). ¿Y qué hay en L'Égalité del 21 de diciembre? Una resolución en la que la Conferencia «advierte que en adelante el Consejo General estará obligado a denunciar y desautorizar públicamente todos los periódicos que, diciéndose órganos de la Internacional, siguiendo el ejemplo dado por Le Progrès y La Solidarité, discutan en sus columnas, ante el público burgués, cuestiones que solo deben discutirse en el seno de los comités locales, de los comités federales y del Consejo General, o en las sesiones privadas y administrativas de los congresos, sean federales o nacionales».
Para apreciar como es debido la lamentación agridulce de B. Malon hay que tener en cuenta que esta resolución pone fin de una vez por todas a las tentativas de algunos periodistas deseosos de sustituir a los comités responsables de la Internacional y de desempeñar en su seno el mismo papel que la bohemia periodística desempeña en el mundo burgués. A consecuencia de una tentativa semejante, el Comité Federal de Ginebra había visto a miembros de la Alianza redactar el órgano oficial de la Federación romanda, L'Égalité, en un sentido que le era completamente hostil.
Por lo demás, el Consejo General no necesitaba a la Conferencia de Londres para «denunciar y desautorizar públicamente» los abusos del periodismo, pues el Congreso de Basilea había decidido (resolución II) que:
«Todos los periódicos que contengan ataques contra la Asociación deben ser enviados inmediatamente por las secciones al Consejo General». «Es evidente —dice el Comité Federal romando en su declaración del 20 de diciembre de 1871 (L'Égalité del 24 de diciembre)— que este artículo no se hizo con la intención de que el Consejo General guarde en sus archivos los periódicos que atacan a la Asociación, sino para responder y destruir, si es necesario, el efecto pernicioso de las calumnias y de las difamaciones malévolas. Es evidente también que este artículo se refiere en general a todos los periódicos, y que si no queremos tolerar gratuitamente los ataques de los periódicos burgueses, con mayor razón debemos desautorizar por medio de nuestra delegación central, el Consejo General, a los periódicos cuyos ataques contra nosotros se amparan en el nombre de nuestra Asociación».
Observemos de paso que el Times, ese Leviatán de la prensa capitalista, Le Progrès (de Lyon), periódico de la burguesía liberal, y el Journal de Genève, periódico ultrarreaccionario,45 abrumaron a la Conferencia con los mismos reproches y se servían casi de los mismos términos que los ciudadanos Malon y Lefrançais.
Después de alzarse contra la convocatoria de la Conferencia, y luego contra su composición y su carácter supuestamente secreto, la circular de los Dieciséis arremete contra las resoluciones mismas.
Tras dejar sentado primero que el Congreso de Basilea había abdicado «al dar al Consejo General el derecho de negarse a admitir secciones de la Internacional o de suspenderlas», imputa más adelante este pecado a la Conferencia: «Esta Conferencia ha… tomado resoluciones… que tienden a hacer de la Internacional, libre federación de secciones autónomas, una organización jerárquica y autoritaria de secciones disciplinadas, puestas enteramente en manos de un Consejo General que puede a su antojo negar su admisión o bien suspender su actividad». Más adelante vuelve al Congreso de Basilea, que habría «desnaturalizado las atribuciones del Consejo General».
Todas estas contradicciones de la circular de los Dieciséis se reducen a esto: la Conferencia de 1871 es responsable del Congreso de Basilea de 1869, y el Consejo General es culpable de haber observado los estatutos, que le ordenan ejecutar las resoluciones de los congresos.
En realidad, el verdadero móvil de todos estos ataques contra la Conferencia es de naturaleza más íntima. En primer lugar, con sus resoluciones acababa de desbaratar las intrigas prácticas de los hombres de la Alianza en Suiza. Además, los promotores de la Alianza habían creado y mantenido en Italia, en España y en una parte de Suiza y de Bélgica, con una persistencia maravillosa, una confusión calculada entre el programa de ocasión de Bakunin y el programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
La Conferencia puso de relieve este malentendido intencionado con sus dos resoluciones sobre la política proletaria y sobre las secciones sectarias. La primera, que hace justicia de la abstención política predicada por el programa de Bakunin, está plenamente justificada por sus considerandos, que se apoyan en los estatutos generales, en la resolución del Congreso de Lausana y en otros precedentes.46
Pasemos ahora a las secciones sectarias.
La primera fase de la lucha del proletariado contra la burguesía está marcada por el movimiento sectario. Este tiene su razón de ser en una época en que el proletariado no está aún lo bastante desarrollado para actuar como clase. Pensadores individuales hacen la crítica de los antagonismos sociales y dan de ellos soluciones fantásticas que los obreros no tienen más que aceptar, propagar y poner en práctica. Por su naturaleza misma, las sectas formadas por estos iniciadores son abstencionistas, ajenas a toda acción real, a la política, a las huelgas, a las coaliciones, en una palabra, a todo movimiento de conjunto. La masa del proletariado permanece siempre indiferente o incluso hostil a su propaganda. Los obreros de París y de Lyon no querían saber más de los sansimonianos, los fourieristas y los icarianos que los cartistas y los tradeunionistas ingleses de los owenistas.47 Estas sectas, palancas del movimiento en su origen, se convierten en un obstáculo para él en cuanto este las rebasa; entonces se vuelven reaccionarias. Testigos de ello son las sectas en Francia y en Inglaterra, y últimamente los lassalleanos en Alemania, que, después de estorbar durante años la organización del proletariado, han acabado por convertirse en simples instrumentos de la policía.48 En suma, es la infancia del movimiento proletario, como la astrología y la alquimia son la infancia de la ciencia. Para que la fundación de la Internacional fuera posible era preciso que el proletariado hubiera rebasado esta fase.
Frente a las organizaciones fantasiosas y antagónicas de las sectas, la Internacional es la organización real y militante de la clase proletaria de todos los países, unidos unos con otros en su lucha común contra los capitalistas, los propietarios de la tierra y su poder organizado en el Estado. Por eso los estatutos de la Internacional no conocen más que simples sociedades «obreras» que persiguen todas el mismo fin y aceptan todas el mismo programa, el cual se limita a trazar los grandes rasgos del movimiento proletario y deja su elaboración teórica al impulso que dan las necesidades de la lucha práctica y al intercambio de ideas que se produce en las secciones, que admiten indistintamente todas las convicciones socialistas en sus órganos y en sus congresos.
Así como en toda nueva fase histórica los viejos errores reaparecen un instante para desaparecer poco después, así también la Internacional ha visto renacer en su seno secciones sectarias, aunque de una forma poco acusada.
La Alianza, que considera un progreso inmenso la resurrección de las sectas, es una prueba concluyente de que su tiempo ha pasado. Pues mientras que en su origen las sectas representaban elementos de progreso, el programa de la Alianza, a remolque de un «Mahoma sin Corán», no representa más que un batiburrillo de ideas de ultratumba disfrazadas con frases sonoras, que solo pueden asustar a burgueses idiotas o servir de piezas de convicción contra los internacionales a los fiscales bonapartistas o de otro signo.49
La Conferencia, en la que estaban representados todos los matices socialistas, aclamó por unanimidad la resolución contra las secciones sectarias, convencida de que esta resolución, al devolver a la Internacional a su verdadero terreno, señalaría una nueva fase de su marcha. Los partidarios de la Alianza, sintiéndose heridos de muerte por esta resolución, no vieron en ella más que una victoria del Consejo General sobre la Internacional, con la cual, como dice su circular, hizo «predominar el programa especial» de algunos de sus miembros, «su doctrina personal», «la doctrina ortodoxa», «la teoría oficial, única con derecho de ciudadanía en la Asociación». Por lo demás, no era culpa de esos pocos miembros: era la consecuencia necesaria, «el efecto corruptor» del hecho de que formaran parte del Consejo General, pues «es absolutamente imposible que un hombre que tiene poder (!) sobre sus semejantes siga siendo un hombre moral. El Consejo General se convierte en un foco de intrigas».
En opinión de los Dieciséis, ya podía reprocharse a los estatutos generales un defecto grave: el de dar al Consejo General el derecho de agregarse nuevos miembros. Provisto de este poder, dicen, «el Consejo podía agregarse a posteriori todo un personal que habría modificado por completo su mayoría y sus tendencias». Parece que para ellos el mero hecho de que unos hombres pertenezcan al Consejo General basta para destruir no solo su moralidad, sino también su sentido común. ¿Cómo suponer, si no, que una mayoría se transforme a sí misma en minoría mediante incorporaciones voluntarias?
Por lo demás, los propios Dieciséis no parecen muy convencidos de todo esto, pues más adelante se quejan de que el Consejo General ha estado «compuesto durante cinco años por los mismos hombres, siempre reelegidos», e inmediatamente después repiten: «la mayoría de ellos no son nuestros mandatarios regulares, pues no han sido elegidos por un congreso».
Lo cierto es que el personal del Consejo General ha cambiado constantemente, aunque algunos de los fundadores hayan permanecido en él, como en los Consejos Federales belga, romando, etc.
El Consejo General está sometido a tres condiciones esenciales para el cumplimiento de su mandato. En primer lugar, necesita un personal lo bastante numeroso para llevar a cabo la multiplicidad de sus trabajos; después, una composición de trabajadores pertenecientes a las distintas naciones representadas en la Asociación Internacional, y, por último, el predominio del elemento obrero. Como las exigencias del trabajo son para el obrero una causa incesante de cambio en el personal del Consejo General, ¿cómo podría este reunir esas condiciones indispensables sin el derecho de incorporación? Sin embargo, le parece necesaria una definición más precisa de este derecho, como ya expresó su deseo en la última Conferencia.
La reelección del Consejo General, tal como estaba compuesto, por los sucesivos congresos, en los que Inglaterra apenas estaba representada, parecería probar que ha cumplido con su deber en la medida de sus medios. Los Dieciséis, por el contrario, no ven en ello más que la prueba de la «confianza ciega de los congresos», confianza llevada en Basilea «hasta una especie de abdicación voluntaria en manos del Consejo General».
Según ellos, el «papel normal» del Consejo debe ser «el de una simple oficina de correspondencia y de estadística». Apoyan esta definición en varios artículos tomados de una traducción falsa de los estatutos.50
A diferencia de los estatutos de todas las sociedades burguesas, los estatutos generales de la Internacional apenas rozan su organización administrativa. Dejan su desarrollo a la práctica y su regulación a los congresos futuros. No obstante, como solo la unidad y el conjunto de la acción de las secciones de los distintos países podían conferirles el carácter distintivo de internacionalidad, los estatutos se ocupan más del Consejo General que de las demás partes de la organización.
El artículo V de los estatutos originales dice: «El Consejo General funcionará como agente internacional entre los distintos grupos nacionales y locales», y da a continuación algunos ejemplos de la manera en que deberá actuar. Entre esos mismos ejemplos se encuentra la instrucción al Consejo de procurar «que, cuando se requiera una acción inmediata, como en el caso de las querellas internacionales, todos los grupos de la Asociación puedan actuar simultáneamente y de manera uniforme». El artículo continúa: «Según lo juzgue oportuno, el Consejo General tomará la iniciativa de las propuestas que hayan de someterse a las sociedades locales y nacionales». Además, los estatutos definen el papel del Consejo en la convocatoria y la preparación de los congresos y le encargan ciertos trabajos que deberá someterles. Los estatutos originales oponen tan poco la acción espontánea de los grupos a la unidad de acción de la Asociación que el artículo 6 dice: «Puesto que el movimiento obrero en cada país solo puede asegurarse por la fuerza que resulta de la unión y de la asociación; puesto que, por otra parte, la acción del Consejo General será más eficaz…, los miembros de la Internacional deberán hacer todo lo posible por reunir a las sociedades obreras todavía aisladas de sus países respectivos en asociaciones nacionales representadas por órganos centrales».
La primera resolución administrativa del Congreso de Ginebra (art. 1) dice: «El Consejo General está obligado a ejecutar las resoluciones de los congresos». Esta resolución legalizó la posición que el Consejo General ocupaba desde su origen: la de delegación ejecutiva de la Asociación. Sería difícil ejecutar órdenes sin «autoridad» moral, a falta de cualquier otra «autoridad libremente consentida». Al mismo tiempo, el Congreso de Ginebra encarga al Consejo General que publique «el texto oficial y obligatorio de los estatutos».
El mismo congreso resolvió (resoluciones administrativas de Ginebra, art. 14): «Cada sección tiene derecho a redactar sus estatutos y reglamentos particulares, adaptados a las circunstancias locales y a las leyes de su país; pero no deben ser contrarios en nada a los estatutos y reglamentos generales».
Observemos en primer lugar que no hay la menor alusión a declaraciones particulares de principios ni a misiones especiales de las que tal o cual sección se encargaría al margen del fin común que persiguen todos los grupos de la Internacional. Se trata simplemente del derecho de las secciones a adaptar los estatutos y reglamentos generales «a las circunstancias locales y a las leyes de su país».
En segundo lugar, ¿quién debía comprobar la conformidad de los estatutos particulares con los estatutos generales? Evidentemente, si no hubiera ninguna «autoridad» encargada de esta función, la resolución sería nula y sin efecto. No solo podrían formarse secciones policiacas u hostiles, sino que la intrusión en la Asociación de sectarios desclasados y de filántropos burgueses podría desnaturalizar su carácter y, gracias a su número en los congresos, aplastar a los obreros.
Desde su origen, las federaciones nacionales o locales se atribuyeron en sus países respectivos este derecho de admitir o rechazar nuevas secciones según que sus estatutos fueran o no conformes a los estatutos generales. El ejercicio de la misma función por el Consejo General está previsto en el artículo VI de los estatutos generales, que deja a las sociedades locales independientes, es decir, a las sociedades que se constituyen al margen de los lazos federales de su país, el derecho de ponerse en relación directa con él. La Alianza no desdeñó ejercer este derecho para reunir las condiciones exigidas para enviar delegados al Congreso de Basilea.
El artículo VI de los estatutos prevé también obstáculos legales que se oponen a la formación de federaciones nacionales en ciertos países, en los que, por consiguiente, el Consejo General está llamado a funcionar como consejo federal. (Véanse las Procès-verbaux du congrès, etc., de Lausanne, 1867, p. 13.)
Desde la caída de la Comuna, esos obstáculos legales no han hecho más que aumentar en distintos países y hacer en ellos todavía más indispensable la acción del Consejo General para mantener a los elementos podridos fuera de la Asociación. Así, últimamente, comités de Francia han pedido la intervención del Consejo General para librarse de los soplones, y en otro gran país los internacionales le han pedido que no reconozca ninguna sección que no haya sido fundada por sus mandatarios. Motivaban su petición en la necesidad de apartar así a agentes provocadores cuyo celo ruidoso se manifestaba en la formación rápida de secciones de un radicalismo sin igual. Por otra parte, secciones que se dicen antiautoritarias no vacilan en recurrir al Consejo en cuanto surge un litigio en su seno, ni tampoco en pedirle que golpee a brazo partido a sus adversarios, como ocurrió en el litigio de Lyon. Más recientemente, después de la Conferencia, la «Federación Obrera de Turín» resolvió declararse sección de la Internacional. A raíz de una escisión, la minoría fundó la sociedad «Emancipación del Proletario». Esta se adhirió a la Internacional y empezó con una resolución en favor de los jurasianos. Su periódico rebosa de frases indignadas contra todo autoritarismo. Al enviar las cuotas de la sociedad, su secretario advirtió al Consejo General que la antigua federación probablemente enviaría también las suyas. Y prosigue: «Como habréis leído en el Proletario, la sociedad Emancipación del Proletario… ha declarado… rechazar toda solidaridad con la burguesía con máscara obrera que compone la Federación Obrera», y ruega al Consejo General que comunique esta resolución a todas las secciones y que rechace los diez céntimos de cotización en caso de que se los envíen.51
Como todos los grupos internacionales, el Consejo General tiene el deber de hacer propaganda. Lo ha cumplido con sus manifiestos y con sus mandatarios, que pusieron los primeros cimientos de la Internacional en América del Norte, en Alemania y en muchas ciudades de Francia.
Otra función del Consejo General consiste en acudir en ayuda de las huelgas asegurándoles el socorro de toda la Internacional (véanse los informes del Consejo General a los distintos congresos). Entre otros, el hecho siguiente prueba el peso que ha tenido su intervención en las huelgas. La Sociedad de Resistencia de los Fundidores de Hierro ingleses es por sí misma una trade union internacional que posee ramas en otros países, especialmente en los Estados Unidos. Sin embargo, en una huelga de los fundidores norteamericanos, estos creyeron necesario invocar la intercesión del Consejo General para impedir que se trajeran fundidores ingleses a su país.
El desarrollo de la Internacional impuso al Consejo General, así como a los consejos federales, la función de árbitro.
El Congreso de Bruselas resolvió: «Los consejos federales están obligados a enviar cada trimestre al Consejo General un informe sobre la administración y el estado financiero de su jurisdicción» (resoluciones administrativas, n.º 3).
Por último, el Congreso de Basilea, que provocó la furia biliosa de los Dieciséis, no hizo más que regularizar las relaciones administrativas nacidas del desarrollo de la Asociación. Si extendió desmesuradamente los límites de las atribuciones del Consejo General, ¿de quién es la culpa sino de Bakunin, Schwitzguébel, F. Robert, Guillaume y otros delegados de la Alianza, que lo pidieron a gritos?52 ¿Se acusarían por casualidad de «confianza ciega» en el Consejo General de Londres?
He aquí dos resoluciones del Congreso de Basilea:
«N.º IV. Toda nueva sección o sociedad que se forme y quiera formar parte de la Internacional debe anunciar inmediatamente su adhesión al Consejo General», y n.º V: «El Consejo General tiene derecho a admitir o rechazar la afiliación de toda nueva sociedad o grupo, salvo apelación al próximo congreso».
En cuanto a las sociedades locales independientes que se forman al margen de los lazos federativos, estos artículos no hacen más que confirmar la práctica observada desde el origen de la Internacional, cuyo mantenimiento es una cuestión de vida o muerte para la Asociación. Pero se iba demasiado lejos al generalizar la práctica y aplicarla indistintamente a toda sección o sociedad en vías de formación. Estos artículos dan, en efecto, al Consejo General el derecho de inmiscuirse en la vida interna de las federaciones; pero el Consejo General nunca los ha aplicado en ese sentido. Desafía a los Dieciséis a citar un solo caso en que se haya inmiscuido en los asuntos de secciones nuevas que quisieran afiliarse a grupos o federaciones existentes.
Las resoluciones que acabamos de citar se refieren a las secciones en vías de formación, y las siguientes, a las secciones ya reconocidas:
«VI. El Consejo General tiene asimismo derecho a suspender hasta el próximo congreso a una sección de la Internacional. VII. Cuando surjan disputas entre sociedades o ramas de un grupo nacional, o entre grupos de distintas nacionalidades, el Consejo General tendrá derecho a decidir sobre el litigio, salvo apelación al próximo congreso, que decidirá definitivamente».
Estos dos artículos son necesarios para casos extremos, aunque hasta ahora el Consejo General nunca ha recurrido a ellos. La historia expuesta más arriba prueba que no ha suspendido ninguna sección y que, en caso de litigio, solo ha actuado como árbitro invocado por ambas partes.
Llegamos por fin a una función que las necesidades de la lucha han impuesto al Consejo General. Por mucho que les duela a los partidarios de la Alianza, el Consejo General, por la persistencia misma de los ataques de que es objeto por parte de todos los enemigos del movimiento proletario, se encuentra en la vanguardia de los defensores de la Asociación Internacional de los Trabajadores.
V
Después de haber hecho justicia de la Internacional tal como es, los Dieciséis nos dicen lo que debería ser.
En primer lugar, el Consejo General sería nominalmente una simple oficina de correspondencia y de estadística. Al cesar sus funciones administrativas, su correspondencia se reduciría necesariamente a reproducir las informaciones ya publicadas en los periódicos de la Asociación. La oficina de correspondencia quedaría, pues, reducida a nada. En cuanto a la estadística, es un trabajo irrealizable sin una organización poderosa y, sobre todo, como dicen expresamente los estatutos originales, sin una dirección común. Ahora bien, como todo eso huele mucho a «autoritarismo», habrá quizá una oficina, pero ciertamente no habrá estadística. En una palabra, el Consejo General desaparece. La misma lógica alcanza a los consejos federales, a los comités locales y a los demás centros «autoritarios». Solo quedan las secciones autónomas.
¿Cuál será ahora la misión de esas «secciones autónomas», libremente federadas y felizmente libradas de toda autoridad, «aunque esa autoridad sea elegida y constituida por los trabajadores»?
Aquí se hace necesario completar la circular con el informe del Comité Federal del Jura sometido al congreso de los Dieciséis. «Para hacer de la clase obrera la verdadera representante de los intereses nuevos de la humanidad», es preciso que su organización esté «guiada por la idea que debe triunfar. Desprender esta idea de las necesidades de nuestra época, de las tendencias íntimas de la humanidad, mediante un estudio continuado de los fenómenos de la vida social, y hacer penetrar después esta idea en el seno de nuestras organizaciones obreras: tal debe ser el fin, etc.». Por último, hay que formar, «en el seno de nuestras poblaciones obreras, una verdadera escuela socialista revolucionaria».
Así, las secciones autónomas de obreros se convierten de golpe en escuelas cuyos maestros serán estos señores de la Alianza. Ellos desprenden la idea mediante «estudios continuados» que no dejan el menor rastro. Ellos «la hacen penetrar después en el seno de nuestras organizaciones obreras». Para ellos, la clase obrera es una materia bruta, un caos que, para tomar forma, necesita el soplo de su Espíritu Santo.
Todo esto no es más que una paráfrasis del antiguo programa de la Alianza, que empieza con estas palabras: «Habiéndose separado de la Liga de la Paz y de la Libertad la minoría socialista de esa Liga», se propone fundar «una nueva Alianza de la Democracia Socialista… que se da como misión especial estudiar las cuestiones políticas y filosóficas…». ¡He ahí la idea que de ello se «desprende»! «Semejante empresa… dará a los demócratas socialistas sinceros de Europa y de América el medio de entenderse y de afirmar sus ideas».53
Así pues, por propia confesión, la minoría de una sociedad burguesa no se deslizó en la Internacional, poco antes del Congreso de Basilea, más que para servirse de ella como medio de presentarse ante las masas obreras como jerarcas de una ciencia oculta, ciencia de cuatro frases cuyo punto culminante es «la igualdad económica y social de las clases».
Aparte de esta «misión teórica», la nueva organización propuesta para la Internacional tiene también su lado práctico. «La sociedad futura —dice la circular de los Dieciséis— no debe ser otra cosa que la universalización de la organización que la Internacional se haya dado. Debemos, pues, cuidar de acercar lo más posible esta organización a nuestro ideal».
«¿Cómo se pretende que una sociedad igualitaria y libre salga de una organización autoritaria? Es imposible. La Internacional, embrión de la futura sociedad humana, está obligada a ser desde ahora la imagen fiel de nuestros principios de libertad y de federación».
En otras palabras, así como los conventos de la Edad Media representaban la imagen de la vida celestial, la Internacional debe ser la imagen de la nueva Jerusalén, cuyo «embrión» lleva la Alianza en su seno. ¡Los federados de París no habrían sucumbido si, comprendiendo que la Comuna era «el embrión de la futura sociedad humana», se hubieran desembarazado de toda disciplina y de todas las armas, cosas que deben desaparecer en cuanto ya no haya guerras!
Pero, para dejar bien sentado que, a pesar de sus «estudios continuados», los Dieciséis no han incubado este bonito proyecto de desorganización y desarme de la Internacional en el momento en que esta combate por su existencia, Bakunin acaba de publicar su texto original en su memoria sobre la organización de la Internacional. (Véase el Almanach du Peuple pour 1872, Ginebra.)54
VI
Leed ahora el informe presentado por el Comité del Jura al congreso de los Dieciséis. «Esta lectura —dice su periódico oficial, La Révolution Sociale (16 de noviembre)— dará la medida exacta de lo que puede esperarse en entrega e inteligencia práctica de los adherentes a la Federación del Jura». Empieza por atribuir a «esos terribles acontecimientos» —la guerra franco-alemana y la guerra civil en Francia— una influencia «en parte desmoralizadora… sobre la situación de las secciones de la Internacional».
Si, en efecto, la guerra franco-alemana tuvo que tender a la desorganización de las secciones al enrolar a un gran número de obreros en los dos ejércitos, no es menos cierto que la caída del Imperio y la proclamación abierta de la guerra de conquista por Bismarck provocaron en Alemania y en Inglaterra una lucha apasionada entre la burguesía, que tomaba partido por los prusianos, y el proletariado, que afirmaba más que nunca sus sentimientos internacionales. Por eso mismo, la Internacional tenía que ganar terreno en ambos países. En América, el mismo hecho produjo una escisión en la inmensa emigración proletaria alemana: el partido internacional se separó claramente del partido chovinista.
Por otra parte, el advenimiento de la Comuna de París ha dado un impulso sin precedentes al desarrollo exterior de la Internacional y a la reivindicación viril de sus principios por las secciones de todas las nacionalidades, excepto, sin embargo, los jurasianos, cuyo informe continúa así: desde «el comienzo de la lucha gigantesca… la reflexión se ha impuesto… unos se van a ocultar su debilidad… Para muchos, esta situación» (en sus filas) «es un signo de decrepitud», pero «es, por el contrario… una situación propia para transformar la Internacional» a su imagen. Se comprenderá este modesto deseo tras un examen más detenido de una situación tan próspera.
Dejando a un lado la Alianza, disuelta y sustituida después por la sección de Malon, el Comité tenía que dar cuenta de la situación de veinte secciones. Siete de ellas le vuelven sencillamente la espalda, pero he aquí lo que dice de ellas el informe:
«La sección de los montadores de cajas y la de los grabadores y guilloqueadores de Bienne nunca han respondido a ninguna de las comunicaciones que les hemos dirigido.
»Las secciones de oficios de Neuchâtel, a saber, carpinteros, montadores de cajas, grabadores y guilloqueadores, no han dado ninguna respuesta a las comunicaciones del Comité Federal.
»No hemos podido obtener ninguna noticia de la sección del Val-de-Ruz.
»La sección de los grabadores y guilloqueadores de Le Locle no ha dado ninguna respuesta a las comunicaciones del Comité Federal».
He aquí lo que se llama un trato libre de secciones autónomas con su Comité Federal.
Otra sección, la «de los grabadores guilloqueadores del distrito de Courtelary, después de tres años de perseverancia obstinada…, en este momento… se constituye en sociedad de resistencia» al margen de la Internacional, lo que no les impide en absoluto hacerse representar por dos delegados en el congreso de los Dieciséis.
Vienen luego cuatro secciones bien muertas:
«La sección central de Bienne ha caído momentáneamente; uno de sus miembros abnegados nos escribía, sin embargo, hace poco que no se había perdido toda esperanza de ver renacer la Internacional en Bienne.
»La sección de Saint-Blaise ha caído.
»La sección de Catébat, después de haber tenido una existencia brillante, tuvo que ceder ante las intrigas urdidas por los señores (!) de esa localidad para disolver esa valiente (!) sección.
»Por último, la sección de Corgémont fue también víctima de las intrigas patronales».
Viene después la sección central del distrito de Courtelary, que «tomó una medida sabia: suspendió su acción», lo que no le impide enviar dos delegados al congreso de los Dieciséis.
Vienen ahora cuatro secciones de existencia más que problemática.
«La sección de Grange se encuentra reducida a un pequeño núcleo de obreros socialistas… Su acción local se encuentra paralizada por su escaso número.
»La sección central de Neuchâtel ha tenido que sufrir considerablemente con los acontecimientos, y, de no haber sido por la entrega y la actividad de algunos de sus miembros, su caída era segura.
»La sección central de Le Locle, entre la vida y la muerte durante algunos meses, había acabado por disolverse. Muy recientemente se ha reconstituido», evidentemente con el único fin de enviar dos delegados al congreso de los Dieciséis.
«La sección de propaganda socialista de La Chaux-de-Fonds está en una situación crítica… Su posición, lejos de mejorar, tiende más bien a empeorar».
Vienen luego dos secciones, los círculos de estudios de Saint-Imier y de Sonvillier, que solo se mencionan de pasada y sobre cuya situación no se dice ni una palabra.
Queda la sección modelo, que, a juzgar por su nombre de sección central, no es ella misma más que el residuo de otras secciones desaparecidas.
«La sección central de Moutier es ciertamente la que menos ha sufrido… Su comité ha estado en relación continua con el Comité Federal… todavía no se han fundado secciones…». Esto se explica: «La acción de la sección de Moutier se ve muy particularmente favorecida por las excelentes disposiciones de una población obrera… de costumbres populares; nos gustaría ver a la clase obrera de esta comarca hacerse todavía más independiente de los elementos políticos».
Se ve, en efecto, que este informe ha dado «la medida exacta de lo que puede esperarse en entrega e inteligencia práctica de los adherentes a la Federación del Jura». Habrían podido completarlo añadiendo que los obreros de La Chaux-de-Fonds, sede primitiva de su comité, han rechazado siempre toda relación con ellos. Todavía recientemente, en la asamblea general del 18 de enero de 1872, respondieron a la circular de los Dieciséis con votos unánimes que confirmaban las resoluciones de la Conferencia de Londres, así como la resolución del Congreso romando de mayo de 1871: «excluir para siempre de la Internacional a los Bakunin, Guillaume y sus adeptos».
¿Hace falta añadir una sola palabra sobre el valor de este pretendido congreso de Sonvillier, que, según sus propias palabras, ha hecho «estallar la guerra, la guerra abierta en el seno de la Internacional»?
Ciertamente, estos hombres, que hacen más ruido del que corresponde a su tamaño, han tenido un éxito indiscutible. Toda la prensa liberal y policíaca ha tomado abiertamente su partido; en sus calumnias personales contra el Consejo General y en sus ataques anodinos contra la Internacional los han secundado los pretendidos reformadores de todos los países: en Inglaterra, los republicanos burgueses, cuyas intrigas ha desbaratado el Consejo General; en Italia, los librepensadores dogmáticos que, bajo la bandera de Stefanoni, acaban de fundar una «Sociedad Universal de los Racionalistas», con sede obligatoria en Roma, organización «autoritaria» y «jerárquica», conventos de frailes y monjas ateos, cuyos estatutos conceden un busto de mármol en la sala del congreso a todo burgués que done diez mil francos;55 en Alemania, por último, los socialistas bismarckianos que, aparte de su periódico policíaco, el Neuer Social-Demokrat, hacen de blusas blancas del Imperio prusiano-alemán.56
El cónclave de Sonvillier pide a todas las secciones internacionales, en un llamamiento patético, que insistan en la urgencia de un congreso inmediato «para reprimir», como dicen los ciudadanos Malon y Lefrançais, «las usurpaciones sucesivas del Consejo de Londres»; en realidad, para sustituir la Internacional por la Alianza. Este llamamiento ha encontrado un eco tan alentador que se han visto reducidos inmediatamente a falsificar una votación del último congreso belga. En su órgano oficial (La Révolution Sociale, 4 de enero de 1872) dicen:
«Por último, cosa grave, las secciones belgas se han reunido en congreso en Bruselas los días 24 y 25 de diciembre y han votado por unanimidad una resolución idéntica a la del congreso de Sonvillier sobre la urgencia de convocar un congreso general». Importa hacer constar que el congreso belga votó todo lo contrario. Encargó al congreso belga, cuya reunión no tendrá lugar hasta junio, que elaborara un proyecto de nuevos estatutos generales para someterlo al próximo congreso de la Internacional.
De acuerdo con la inmensa mayoría de la Internacional, el Consejo General no convocará el congreso anual hasta septiembre de 1872.
VII
Pocas semanas después de la Conferencia llegaron a Londres los sujetos Albert Richard y Gaspard Blanc, los miembros más influyentes y más ardientes de la Alianza, encargados de reclutar entre los refugiados franceses auxiliares dispuestos a trabajar por la restauración del Imperio, único medio, según ellos, de librarse de Thiers y de no quedarse con el bolsillo vacío. El Consejo General advirtió a los interesados y, entre otros, al Consejo Federal de Bruselas de sus manejos bonapartistas.
En enero de 1872 se quitaron la máscara publicando el folleto L'Empire et la France nouvelle. Appel du peuple et de la jeunesse à la conscience française («El Imperio y la Francia nueva. Llamamiento del pueblo y de la juventud a la conciencia francesa»), por Albert Richard y Gaspard Blanc, Bruselas, 1872.
Con la modestia habitual de los charlatanes de la Alianza, recitan así su perorata: «Nosotros, que habíamos formado el gran ejército del proletariado francés…, nosotros, los jefes más influyentes de la Internacional en Francia…,57 por fortuna no hemos sido fusilados, y aquí estamos para plantar frente a ellos (los parlamentarios ambiciosos, los republicanos ahítos, los pretendidos demócratas de toda especie) la bandera a cuya sombra combatimos, y para lanzar a la Europa asombrada, a pesar de las calumnias, a pesar de las amenazas, a pesar de los ataques de toda clase que nos esperan, este grito que sale del fondo de nuestra conciencia y que pronto resonará en el corazón de todos los franceses:
»¡VIVA EL EMPERADOR!».
Napoleón III, abucheado y escarnecido, necesita una rehabilitación espléndida, y los señores Albert Richard y Gaspard Blanc, pagados con los fondos secretos de Invasión III, están especialmente encargados de esa rehabilitación.58
Por lo demás, confiesan: «Ha sido la progresión normal de nuestras ideas la que nos ha hecho imperialistas». He ahí una confesión que debe de cosquillear agradablemente a sus correligionarios de la Alianza. Como en los buenos tiempos de La Solidarité, A. Richard y G. Blanc despachan sus viejas frases sobre «el abstencionismo político», que, según los datos de su «progresión normal», solo se convierte en realidad bajo el despotismo más absoluto, en el que los trabajadores se abstienen entonces de toda injerencia política como el preso se abstiene de todo paseo al sol.
«El tiempo de los revolucionarios —dicen— ha pasado… El comunismo ha quedado relegado a Alemania y a Inglaterra, sobre todo a Alemania. Es allí, por lo demás, donde se ha elaborado seriamente desde hace mucho tiempo, para extenderse luego a toda la Internacional, y esta progresión inquietante de la influencia alemana en la Asociación no ha contribuido poco a detener su desarrollo o, más bien, a darle un nuevo curso en las secciones del centro y del mediodía de Francia, que nunca han recibido la consigna de ningún alemán».
¿No creeríamos estar oyendo al gran Hierofante en persona,59 que, desde la fundación de la Alianza, se atribuía, en su calidad de ruso, la misión especial de representar a las razas latinas? ¿O a «los verdaderos misioneros» de La Révolution Sociale (2 de noviembre de 1871) denunciando «la marcha atrás que los cerebros alemanes y bismarckianos se afanan en imprimir a la Internacional»?
¡Pero, por fortuna, la verdadera tradición no se ha perdido, y los señores Albert Richard y Gaspard Blanc no han sido fusilados! Por eso su trabajo consiste en «dar un nuevo curso» a la Internacional en el centro y el mediodía de Francia, intentando fundar secciones bonapartistas, por eso mismo esencialmente «autónomas».
En cuanto a la constitución del proletariado en partido político, recomendada por la Conferencia de Londres: «Después de la restauración del Imperio, nosotros» —Richard y Blanc— «acabaremos pronto no solo con las teorías socialistas, sino con el comienzo de realización que revelan en la organización revolucionaria de las masas».
En una palabra, explotando el gran «principio de autonomía de las secciones», «que constituye la verdadera fuerza de la Internacional, especialmente en los países de raza latina» (La Révolution Sociale del 4 de enero), estos señores especulan con la anarquía en la Internacional.
La anarquía: ese es el gran caballo de batalla de su maestro Bakunin, que de los sistemas socialistas no ha tomado más que las etiquetas. Todos los socialistas entienden por anarquía lo siguiente: una vez alcanzado el fin del movimiento proletario, la abolición de las clases, el poder del Estado, que sirve para mantener a la gran mayoría productora bajo el yugo de una minoría explotadora poco numerosa, desaparece, y las funciones de gobierno se transforman en simples funciones administrativas. La Alianza toma la cosa al revés. Proclama la anarquía en las filas proletarias como el medio más infalible de romper la poderosa concentración de las fuerzas sociales y políticas en manos de los explotadores. Con este pretexto pide a la Internacional, en el momento en que el viejo mundo intenta aplastarla, que sustituya su organización por la anarquía. La policía internacional no pide nada más para eternizar la república de Thiers cubriéndola con el manto imperial.60
El Consejo General:
Applegarth, Antoine Arnaud, M. J. Boon, F. Bradnick, G. H. Buttery, F. Cournet, Delahaye, Eugène Dupont, W. Hales, Hurliman, Jules Johannard, Harriett Law, F. Lessner, Lochner, Margueritte, Constant-Martin, Z. Maurice, Henry Mayo, Georges Milner, Charles Murray, Pfänder, Vitale Régis, J. Roswadowski, John Roach, Rühl, G. Ranvier, Sadler, Cowell Stepney, Alf Taylor, W. Townshend, Ed. Vaillant, John Weston, F. J. Yarrow.
Secretarios corresponsales:
Karl Marx, Alemania y Rusia; Leo Frankel, Austria y Hungría; A. Herman, Bélgica; Th. Mottershead, Dinamarca; J. G. Eccarius, Estados Unidos; Le Moussu, secciones francesas de los Estados Unidos; Aug. Serraillier, Francia; Charles Rochat, Holanda; J. P. MacDonnell, Irlanda; Fred. Engels, Italia y España; Walery Wróblewski, Polonia; H. Jung, Suiza.
Charles Longuet, presidente de la sesión.
Hermann Jung, tesorero.
John Hales, secretario general.
33, Rathbone Place, W.
Londres, 5 de marzo de 1872.
La Alianza Internacional de la Democracia Socialista, fundada por Mijaíl Bakunin y sus partidarios en Ginebra en octubre de 1868 (véase el apartado II). ↩
La guerra civil en Francia, manifiesto del Consejo General redactado por Marx y publicado en Londres en junio de 1871. ↩
George Odger (1813-1877), zapatero, dirigente de los sindicatos de Londres, y Benjamin Lucraft (1809-1897), ebanista, ambos miembros del Consejo General desde 1864, dimitieron en junio de 1871 en desacuerdo con el manifiesto. ↩
La huelga de los mecánicos de Newcastle (mayo-octubre de 1871), que terminó con la conquista de la jornada de nueve horas. ↩
La transcripción francesa dice «une majorité»; corregimos «minorité» según la versión alemana de la MEW y la inglesa de Progress Publishers, que coinciden. ↩
La conferencia que la Internacional celebró en Londres del 25 al 29 de septiembre de 1865 en lugar del congreso previsto. ↩
Jules Favre, ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de Thiers, pidió en una circular del 6 de junio de 1871 a los gobiernos europeos la entrega de los refugiados de la Comuna y la persecución de la Internacional. Jules Dufaure, ministro de Justicia, presentó la ley contra la Internacional, aprobada el 14 de marzo de 1872. Jules Malou, jefe del gobierno católico de Bélgica desde diciembre de 1871. ↩
En agosto y septiembre de 1871, Bismarck y el canciller austrohúngaro Friedrich Ferdinand von Beust se entrevistaron en Gastein y Salzburgo y acordaron actuar en común contra la Internacional. Víctor Manuel II, rey de Italia. ↩
Véanse las Resoluciones de la Conferencia de Londres y los Estatutos generales y reglamentos administrativos publicados por el Consejo General a fines de 1871. ↩
Bakunin, deportado a Siberia en 1857, huyó en 1861 y llegó a Londres a finales de ese año. Kólokol (La Campana), periódico ruso de Aleksandr Herzen y Nikolái Ogariov, publicado en Londres y luego en Ginebra (1857-1867). ↩
La Liga de la Paz y de la Libertad, organización de demócratas y pacifistas burgueses fundada en Ginebra en 1867. Gustav Vogt (1829-1901), jurista suizo, hermano del naturalista Carl Vogt. El tercer congreso de la Internacional se celebró en Bruselas del 6 al 13 de septiembre de 1868; el de la Liga, en Berna, del 21 al 25 de septiembre. ↩
La Asociación Internacional de los Trabajadores y la Alianza de la Democracia Socialista, circular redactada por Marx. ↩
Así en el texto de 1872; se trata del Congreso general de Bruselas de la Internacional (septiembre de 1868). ↩
Así en el texto de 1872; el secretario general del Consejo era entonces Robert Shaw. ↩
El Consejo General al Comité Central de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, redactada por Marx. ↩
El cuarto congreso de la Internacional se celebró en Basilea en septiembre de 1869. Sobre la herencia, véase el Informe del Consejo General sobre el derecho de herencia, redactado por Marx para ese congreso. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Próximamente se publicará un extracto del proceso Necháyev. El lector encontrará en él una muestra de las máximas, a la vez estúpidas e infames, cuya responsabilidad han hecho recaer los amigos de Bakunin sobre la Internacional. ↩
El Consejo General al Consejo Federal de la Suiza romanda, circular redactada por Marx. La cita la abrevia y retoca. ↩
La Liga del Bien Público (Ligue du Bien public), coalición de grandes señores feudales que se alzó en 1465 contra el rey Luis XI de Francia en nombre del interés general. ↩
El congreso de la Federación romanda de la Internacional, reunido en La Chaux-de-Fonds del 4 al 6 de abril de 1870. ↩
James Guillaume (1844-1916), maestro suizo, principal colaborador de Bakunin en el Jura. ↩
André Bastelica (1845-1884), tipógrafo, dirigente de la Internacional en Marsella; Albert Richard (1846-1918) y Gaspard Blanc, dirigentes de la sección de Lyon. ↩
La transcripción francesa dice «7 juillet»; corregimos según la versión alemana de la MEW y la inglesa de Progress Publishers. ↩
Véase la Resolución del Consejo General sobre el Comité Federal Romando. ↩
El segundo manifiesto del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana, redactado por Marx. ↩
El 28 de septiembre de 1870, Bakunin y sus partidarios ocuparon el ayuntamiento de Lyon y proclamaron la abolición del Estado; fueron desalojados ese mismo día por la Guardia Nacional. ↩
Paul Robin (1837-1912), maestro francés, pedagogo, miembro del Consejo General de octubre de 1870 a 1871. ↩
Véase la Resolución de la Conferencia de Londres sobre las disensiones en la Suiza romanda. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Los amigos de B. Malon, que en una propaganda estereotipada lo llaman desde hace tres meses fundador de la Internacional y anuncian su libro como la única obra independiente sobre la Comuna, ¿conocen la actitud que adoptó el teniente de alcalde de Batignolles en vísperas de las elecciones de febrero? En aquella época, B. Malon, que todavía no preveía la Comuna y no tenía en vista más que el éxito de su elección a la Asamblea, intrigó para hacerse admitir en la lista de los cuatro comités como internacional. Con este fin negó descaradamente la existencia del Consejo Federal parisiense y sometió a los comités la lista de una sección fundada por él en Batignolles como si emanara de toda la Asociación. Más tarde, el 19 de marzo, insultaba en un documento público a los promotores de la gran revolución realizada la víspera. Hoy, este anarquista de tomo y lomo imprime o deja imprimir lo que ya decía hace un año a los cuatro comités: ¡la Internacional soy yo! B. Malon ha encontrado el modo de parodiar a la vez a Luis XIV y al chocolatero Perron. Y eso que este no declara que su chocolate sea el único… comestible. ↩
Benoît Malon (1841-1893), tintorero, miembro de la Comuna, refugiado en Suiza. Nikolái Zhukovski (1833-1895), emigrado ruso en Ginebra, amigo de Bakunin. La sección se fundó en Ginebra en septiembre de 1871. ↩
André Léo, seudónimo de Léodile Champseix (1824-1900), escritora y periodista, partícipe de la Comuna. La Révolution Sociale, semanario publicado en Ginebra de octubre de 1871 a enero de 1872. El congreso de la Liga de la Paz y de la Libertad se reunió en Lausana en septiembre de 1871. Raoul Rigault (1846-1871), delegado de la Comuna en la prefectura de policía y luego su fiscal, muerto en la Semana Sangrienta; Théophile Ferré (1846-1871), miembro de la Comuna, fusilado en noviembre de 1871. ↩
(Nota de Marx y Engels.) He aquí cuál era la composición de este consejo por nacionalidades: 20 ingleses, 15 franceses, 7 alemanes (5 de ellos fundadores de la Internacional), 2 suizos, dos húngaros, un polaco, un belga, un irlandés, un danés y un italiano. [La transcripción francesa dice «3 Suisses»; corregimos según la versión alemana de la MEW y la inglesa de Progress Publishers.] ↩
Las resoluciones administrativas del Congreso de Basilea (1869) daban al Consejo General el derecho de admitir o rechazar nuevas secciones y de suspender secciones hasta el congreso siguiente. ↩
Félix Pyat (1810-1889), periodista y dramaturgo, demócrata pequeñoburgués, miembro de la Comuna. ↩
Véase el Proyecto de resolución del Consejo General sobre la Rama Federal Francesa de Londres. El plebiscito de Napoleón III se celebró el 8 de mayo de 1870. ↩
Véase la Resolución del Consejo General sobre la expulsión de Durand. ↩
Albert Theisz (1839-1881), cincelador, miembro de la Comuna y del Consejo General en 1871. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Poco tiempo después, ese Chautard al que se había querido imponer al Consejo General era expulsado de su sección como agente de la policía de Thiers. Lo acusaban los mismos que lo habían juzgado digno, entre todos, de representarlos en el Consejo General. ↩
Véanse la Resolución del Consejo General sobre los estatutos de la Section française de 1871 y el Proyecto de resolución del Consejo General sobre la Section française de 1871. ↩
Resolución XIII, punto 2, de la Conferencia de Londres: «La Conferencia declara que los obreros alemanes cumplieron con su deber durante la guerra franco-alemana». Los dirigentes socialdemócratas August Bebel y Wilhelm Liebknecht, entre otros, fueron procesados por alta traición por su oposición a la guerra. ↩
Pierre Vésinier (1824-1902), periodista, miembro de la Comuna. Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, dirigente de la Internacional en París, fusilado en la Semana Sangrienta. Joseph-Marie Pietri, prefecto de policía de París de 1866 a 1870, huyó al proclamarse la República el 4 de septiembre de 1870. Chalain, Avrial y Camélinat eran, como Theisz, miembros de la Comuna. ↩
La circular del congreso de Sonvillier (12 de noviembre de 1871), que fundó la Federación del Jura y exigió un congreso para revisar los estatutos y reducir el Consejo General a una oficina de correspondencia. Véase El congreso de Sonvillier y la Internacional, de Engels. ↩
Se trata del propio Marx, cuya muerte habían anunciado algunos periódicos. ↩
Gustave Lefrançais (1826-1901), maestro, miembro de la Comuna, refugiado en Ginebra. ↩
La transcripción francesa dice «ultra-révolutionnaire»; corregimos según la versión alemana de la MEW («ultrareaktionär»). ↩
(Nota de Marx y Engels.) He aquí la resolución de la Conferencia sobre la acción política de la clase obrera: Visto el considerando de los Estatutos originales donde se dice: «La emancipación económica de los trabajadores es el gran fin al que todo movimiento político debe subordinarse como medio»; visto el Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864), que dice: «Los señores de la tierra y los señores del capital se servirán siempre de sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos. Lejos de impulsar la emancipación del trabajo, seguirán oponiéndole todos los obstáculos posibles… La conquista del poder político se ha convertido, pues, en el primer deber de la clase obrera»; vista la resolución del Congreso de Lausana (1867) a este respecto: «La emancipación social de los trabajadores es inseparable de su emancipación política»; vista la declaración del Consejo General sobre el pretendido complot de los internacionales franceses en vísperas del plebiscito (1870), donde se dice: «Según el tenor de nuestros estatutos, todas nuestras secciones de Inglaterra, del continente y de América tienen sin duda la misión especial no solo de servir de centros a la organización militante de la clase obrera, sino también de apoyar en sus respectivos países todo movimiento político que tienda a la consecución de nuestro fin último: la emancipación económica de la clase obrera»; atendido que traducciones infieles de nuestros Estatutos originales han dado lugar a interpretaciones falsas, que han sido perjudiciales para el desarrollo y la acción de la Asociación Internacional de los Trabajadores; en presencia de una reacción desenfrenada que ahoga violentamente todo esfuerzo de emancipación por parte de los trabajadores y pretende mantener por la fuerza bruta la distinción de clases y la dominación política de las clases poseedoras que de ella resulta; considerando además: que contra este poder colectivo de las clases poseedoras el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose él mismo en partido político distinto, opuesto a todos los antiguos partidos formados por las clases poseedoras; que esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y de su fin supremo: la abolición de las clases; que la coalición de las fuerzas obreras, obtenida ya mediante las luchas económicas, debe servir también de palanca en manos de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores, la Conferencia recuerda a los miembros de la Internacional que, en el estado militante de la clase obrera, su movimiento económico y su acción política están indisolublemente unidos. ↩
Los icarianos, partidarios del comunista utópico Étienne Cabet, autor del Viaje a Icaria (1840); los owenistas, del socialista inglés Robert Owen. ↩
Los partidarios de Ferdinand Lassalle en la Asociación General de Obreros Alemanes, dirigida desde 1867 por Johann Baptist von Schweitzer, a quien Marx y Engels acusaban de servir a la política de Bismarck. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Los trabajos policiacos publicados en los últimos tiempos sobre la Internacional, sin exceptuar la circular de Jules Favre a las potencias extranjeras ni el informe del rural Sacaze sobre el proyecto de Dufaure, rebosan de citas tomadas de los pomposos manifiestos de la Alianza. La fraseología de estos sectarios, cuyo radicalismo está todo en las palabras, sirve de maravilla a los deseos de la reacción. ↩
La traducción francesa de los estatutos difundida desde 1864-1866, que, entre otras cosas, omitía las palabras «como medio» en el considerando según el cual todo movimiento político debe subordinarse a la emancipación económica de la clase obrera. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Tales eran en aquella época las opiniones aparentes de la sociedad Emancipación del Proletario, representada por su secretario corresponsal, amigo de Bakunin. En realidad, las tendencias de esta sección eran muy distintas. Tras expulsar a ese representante doblemente infiel por malversación de fondos y también por sus relaciones amistosas con el jefe de la policía de Turín, la sociedad dio explicaciones que disiparon todo malentendido entre ella y el Consejo General. ↩
Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador, y Fritz Robert, maestro, ambos del Jura suizo. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Los hombres de la Alianza, que no dejan de reprochar al Consejo General que convocara una conferencia privada en un momento en que reunir un congreso público habría sido el colmo de la traición o de la necedad, esos partidarios absolutos del estrépito y de la plena luz, han organizado, despreciando nuestros estatutos, en el seno de la Internacional una verdadera sociedad oculta, dirigida contra la propia Internacional, con el fin de poner sus secciones, sin que estas lo sepan, bajo la dirección sacerdotal de Bakunin. El Consejo General se propone pedir al próximo congreso una investigación sobre esta organización secreta y sus promotores en ciertos países, por ejemplo en España. ↩
Mijaíl Bakunin, «Organisation de l'Internationale», en el Almanach du Peuple pour 1872. ↩
Luigi Stefanoni (1842-1905), periodista y novelista italiano, director de Il Libero Pensiero (Florencia). Véase la Carta a la redacción del Gazzettino Rosa, de Engels. ↩
Neuer Social-Demokrat, órgano de la Asociación General de Obreros Alemanes (lassalleana), publicado en Berlín de 1871 a 1876. Las «blusas blancas» eran los agentes provocadores disfrazados de obreros que la policía de Napoleón III empleaba en las manifestaciones callejeras. ↩
(Nota de Marx y Engels.) Con el título «En la picota», L'Égalité (de Ginebra) del 15 de febrero de 1872 dice: «Todavía no ha llegado el día de contar la historia de la derrota del movimiento comunalista en el mediodía de Francia; pero lo que podemos anunciar desde hoy, nosotros, que en su mayoría fuimos testigos de la deplorable derrota de la insurrección del 30 de abril en Lyon, es que esa insurrección fracasó en parte por la cobardía, la traición y el robo de G. Blanc, que se colaba en todas partes ejecutando las órdenes de A. Richard, que se mantenía en la sombra. Con sus maniobras intencionadas, estos miserables lograron comprometer varios nombres de los que tomaban parte en los trabajos preparatorios de los comités insurreccionales. Además, estos traidores consiguieron desacreditar a la Internacional en Lyon hasta tal punto que, en el momento de la revolución parisiense, la Internacional inspiraba a los obreros lioneses la mayor desconfianza. De ahí la falta total de organización; de ahí la derrota de la insurrección, derrota que necesariamente debió de arrastrar la caída de la Comuna, abandonada a sus fuerzas aisladas. Solo después de esta sangrienta lección ha sabido nuestra propaganda reunir a los obreros lioneses en torno a la bandera de la Internacional. Albert Richard ha sido el niño mimado, el profeta de Bakunin y consortes». ↩
Juego de palabras con Napoleón III: «Invasión III», por la invasión prusiana de 1870-1871 que su guerra atrajo sobre Francia. ↩
Bakunin. ↩
(Nota de Marx y Engels.) En el informe sobre la ley Dufaure, el rural Sacaze la tiene tomada ante todo con la organización de la Internacional. Esta organización es su bestia negra. Tras hacer constar «la marcha ascendente de esta formidable Asociación», continúa: «Esta Asociación rechaza… las prácticas tenebrosas de las sectas que la precedieron. Su organización se hizo y se modificó a plena luz. Gracias al poder de esta organización…, ha extendido sucesivamente su esfera de acción y de influencia. Se abre paso en todos los territorios». Luego describe «sumariamente su organización» y concluye: «Tal es, en su sabia unidad…, el plan de esta vasta organización. Su fuerza está en esta concepción misma. Está también en la masa de sus adherentes, ligados a una acción simultánea, y por último en el invencible impulso que puede ponerlos en movimiento». ↩