Escrito por Karl Marx a finales de agosto de 1872 y leído en la sesión pública del Congreso de La Haya el 5 de septiembre de 1872. Publicado en Der Volksstaat (Leipzig), n.º 75, 18 de septiembre de 1872; ese mismo año apareció también en hoja suelta y, en francés e inglés, en La Liberté (Bruselas) y The International Herald (Londres). Traducido del texto alemán de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 129-137), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
¡Trabajadores!1
Desde nuestro último congreso, el de Basilea,2 dos grandes guerras han cambiado la faz de Europa: la guerra franco-alemana y la guerra civil en Francia. Una tercera guerra precedió a ambas, las acompañó y continuó después de ellas: la guerra contra la Asociación Internacional de los Trabajadores.
Los miembros parisinos de la Internacional habían dicho al pueblo francés, pública y expresamente, que votar a favor del plebiscito no significaba otra cosa que votar por el despotismo en el interior de Francia y por la guerra en el exterior.3 Se los detuvo en vísperas del plebiscito, el 29 de abril de 1870, con el pretexto de que habían participado en una conspiración tramada, al parecer, para asesinar a Luis Napoleón. Al mismo tiempo hubo detenciones de miembros de la Internacional en Lyon, Ruan, Marsella, Brest y otras ciudades. En su declaración del 3 de mayo de 1870, el Consejo General dijo:4
«Esta última conspiración figura dignamente junto a sus dos predecesoras de grotesca memoria; las ruidosas medidas de fuerza del Gobierno francés no pueden tener otro fin que la manipulación del plebiscito».
Teníamos razón. Por los documentos que publicaron los sucesores del Gobierno de diciembre después de su caída sabemos ahora que este último complot lo había urdido la propia policía bonapartista.5 En una circular confidencial que Ollivier envió a sus agentes pocos días antes del plebiscito, les prescribía sin rodeos:6
«Hay que detener a los dirigentes de la Internacional; de lo contrario, el plebiscito no podría salir bien».
Terminada la comedia del plebiscito, los jueces de Luis Bonaparte condenaron, es cierto, a los miembros del Consejo Federal de París, pero solo por pertenecer a la Internacional y no por estar implicados de ningún modo en la falsa conspiración.7 El Gobierno bonapartista juzgó, pues, necesario preparar la guerra más funesta que jamás haya caído sobre Francia con una campaña previa contra las secciones francesas de la Asociación Internacional de los Trabajadores. No olvidemos que la clase obrera de Francia se levantó como un solo hombre para rechazar el plebiscito. No olvidemos tampoco que las Bolsas, los gabinetes, las clases dominantes y la prensa de toda Europa celebraron el plebiscito como una brillante victoria del Imperio francés sobre la clase obrera francesa (Manifiesto del Consejo General sobre la guerra, fechado el 23 de julio de 1870).8
Pocas semanas después del plebiscito, cuando la prensa bonapartista empezó a atizar el ardor guerrero del pueblo francés, los internacionalistas de París, sin dejarse intimidar por la persecución del Gobierno, lanzaron su llamamiento del 12 de julio «A los trabajadores de todas las naciones», en el que denunciaban la guerra que se preparaba como un desatino criminal, decían a sus hermanos de Alemania
que «su división no tendría otra consecuencia que el triunfo completo del despotismo a ambos lados del Rin», y declaraban: «Nosotros, los miembros de la Internacional, no conocemos fronteras».9
Su llamamiento tuvo un eco entusiasta en Alemania, de modo que el Consejo General pudo decir con razón en su manifiesto del 23 de julio de 1870:
«El hecho mismo de que, en el mismo instante en que la Francia oficial y la Alemania oficial se lanzan a una guerra fratricida, los obreros de Francia y de Alemania se envíen mensajes de paz, este gran hecho, sin precedentes en la historia del pasado, demuestra que, frente a la vieja sociedad con su miseria social y su delirio político, está surgiendo una sociedad nueva, cuya política exterior será la paz, porque su política interior será el trabajo. Los pioneros de esta nueva sociedad son los miembros de la Internacional».
Hasta la proclamación de la República, los miembros del Consejo Federal siguieron bajo siete llaves. Entretanto, a los demás miembros de la Asociación se los señalaba a diario ante el populacho como espías prusianos.
Cuando con la capitulación de Sedán el Segundo Imperio terminó como había empezado, con una parodia, la guerra franco-alemana entró en su segunda fase.10 Se convirtió en una guerra contra el pueblo francés. Después de tantas declaraciones solemnes de que tomaba las armas únicamente para rechazar una agresión extranjera, Prusia dejó caer ahora la máscara y proclamó una guerra de conquista. Desde ese momento se vio obligada a combatir no solo a la República en Francia, sino al mismo tiempo a la Internacional en Alemania. Aquí solo podemos esbozar el curso de esa lucha.
Inmediatamente después de la declaración de guerra, la mayor parte del territorio de la Confederación de la Alemania del Norte —Hannover, Oldemburgo, Bremen, Hamburgo, Brunswick, Schleswig-Holstein, Mecklemburgo, Pomerania y la provincia de Prusia— fue puesta en estado de sitio y entregada al suave dominio del general Vogel von Falckenstein.11 Este estado de sitio, anunciado como protección contra la amenaza de una invasión exterior, se convirtió en el acto en un estado de guerra contra los internacionalistas alemanes.
Al día siguiente de la proclamación de la República en París, el Comité Central de Brunswick del Partido Obrero Socialdemócrata alemán, que constituye una rama de la Internacional dentro de los límites que imponen las leyes del país, publicó su manifiesto del 5 de septiembre.12 En él se exhortaba a los obreros a oponerse con todas sus fuerzas al desmembramiento de Francia y a exigir una paz honrosa para Francia y el reconocimiento de la República francesa. El manifiesto calificaba la anexión proyectada de Alsacia y Lorena de crimen que tendría por consecuencia convertir toda Alemania en un cuartel prusiano y elevar la guerra a institución europea. El 9 de septiembre, Vogel von Falckenstein hizo detener a los miembros del Comité de Brunswick y conducirlos encadenados, a lo largo de 130 millas alemanas, hasta Lötzen, una fortaleza prusiana en la frontera rusa,13 donde el trato ignominioso que recibieron sirvió de digno contrapunto al fastuoso agasajo del huésped imperial en Wilhelmshöhe. Como ni el encarcelamiento, ni la expulsión de obreros de un Estado alemán a otro, ni la supresión de los periódicos obreros, ni las brutalidades militares, ni las vejaciones policiales de toda clase impedían a la vanguardia internacional de la clase obrera alemana actuar en el espíritu del manifiesto de Brunswick, Vogel von Falckenstein prohibió por un ucase del 21 de septiembre todas las reuniones del Partido Socialdemócrata. Esta prohibición fue levantada el 5 de octubre por un segundo ucase, en el que ordena astutamente a sus espías policiales que le denuncien en persona a todos los individuos que, mediante manifestaciones públicas, pudieran alentar a Francia en su resistencia a las condiciones de paz impuestas por Alemania, para ponerlos fuera de combate mientras durase la guerra.
Dejando a su Moltke los cuidados de la guerra exterior, el rey de Prusia dio un nuevo giro a la guerra interior. El 17 de octubre lanzó desde Versalles a Hannover la orden de gabinete de que Vogel von Falckenstein prestara sus presos de Lötzen al tribunal de distrito de Brunswick, el cual, por su parte, debía encontrar fundamentos jurídicos para su detención o devolverlos a la custodia segura del terrible general.
Las medidas de Vogel von Falckenstein fueron imitadas, naturalmente, en toda Alemania, mientras Bismarck, en una circular diplomática, se burlaba de Europa presentándose como indignado defensor del derecho a la libre expresión de las opiniones y del derecho de libre reunión… para el partido de la paz en Francia. En el mismo momento en que exigía para Francia una Asamblea Nacional libremente elegida, hacía detener en Alemania a Bebel y a Liebknecht, como castigo por haber representado frente a él a la Internacional en el Reichstag de la Alemania del Norte, y con el fin de impedir su reelección en los comicios que se avecinaban.14
Su señor y amo, Guillermo el Conquistador, lo secundó con una nueva orden de gabinete dada en Versalles que prolongaba el estado de sitio, es decir, la suspensión de todo derecho civil, durante todo el periodo electoral. De hecho, mantuvo el estado de sitio en Alemania hasta dos meses después de la conclusión de la paz con Francia. La obstinación con que se aferraba al estado de sitio en el interior y su reiterada intervención personal contra sus propios presos alemanes demostraban, en medio del estruendo de las armas victoriosas y de los aplausos fanáticos de toda la burguesía alemana, su temor ante el partido del proletariado, que crecía. Era un homenaje involuntario de la fuerza material al poder moral.
Si hasta entonces la guerra contra la Internacional había estado localizada, primero en Francia, desde los días del plebiscito hasta la caída del Imperio, y luego en Alemania, durante todo el tiempo que duró la resistencia de la República contra Prusia, se hizo general después del levantamiento y la caída de la Comuna de París.
El 6 de junio de 1871, Jules Favre publicó su circular a las potencias extranjeras, en la que pedía la extradición de los miembros de la Comuna como criminales comunes y llamaba a una cruzada contra la Internacional como enemiga de la familia, de la religión, del orden y de la propiedad, tan dignamente representados en su propia persona.15 Austria y Hungría recogieron enseguida la consigna. El 13 de junio se hizo una redada contra los supuestos dirigentes de la Asociación Obrera de Pest: les incautaron los papeles, los detuvieron y los procesaron por alta traición. Varios delegados de la Internacional de Viena que se encontraban de visita en Pest fueron llevados a Viena para someterlos a nuevas medidas. Beust pidió y obtuvo todavía de su Consejo del Imperio un crédito suplementario de 3.000.000 de florines16
«para gastos de información política, que», según se quejaba, «se han hecho más indispensables que nunca a causa de la peligrosa extensión de la Internacional por toda Europa».
Desde entonces la clase obrera de Austria-Hungría cayó bajo un verdadero régimen de terror. Aun en sus últimas convulsiones de agonía, el Gobierno austriaco se aferra angustiado a su viejo privilegio de hacer de Don Quijote de la reacción europea.
Pocas semanas después de la circular de Jules Favre, Dufaure propuso a su Cámara de los rurales una ley, hoy en vigor, según la cual es un delito pertenecer a la Asociación Internacional de los Trabajadores, o incluso compartir sus principios.17
Como testigo ante la comisión de los rurales que examinaba el proyecto de ley de Dufaure, Thiers se jactó de que la ley había salido de su propio cerebro privilegiado. Él habría sido el primero en descubrir la panacea infalible de que hay que tratar a la Internacional como la Inquisición española trató a los herejes. Pero tampoco en este punto anda muy bien su pretensión de originalidad. Mucho antes de que lo nombraran salvador de la sociedad, los tribunales de Viena habían fijado ya la verdadera jurisprudencia que, a juicio de la clase dominante, merecen los internacionalistas. El 26 de julio de 1870, los hombres más destacados del partido obrero austriaco fueron condenados por alta traición a varios años de cárcel dura, con un día de ayuno al mes.18 Los fundamentos de la sentencia eran estos:
«Los presos admiten ellos mismos haber aceptado el programa del congreso obrero alemán de Eisenach (1869) y haber actuado conforme a él. Ese programa incluye el programa de la Internacional. La Internacional tiene por fin la emancipación de la clase obrera de la dominación de la clase poseedora y de la dependencia política. Esa emancipación es incompatible con las instituciones existentes del Estado austriaco. Por tanto, quien acepta y difunde los principios del programa internacional comete un acto preparatorio para el derrocamiento del Gobierno austriaco y es, en consecuencia, culpable de alta traición».
El 27 de noviembre se dictó sentencia contra los miembros del Comité de Brunswick. Se les impusieron penas de prisión de diversa duración. En sus considerandos, el tribunal se remitía expresamente a los fundamentos de la sentencia de Viena como a un precedente.
En Pest, los acusados de la Asociación Obrera, después de haber sufrido durante casi un año un trato tan infame como el que el Gobierno británico había infligido a los fenianos, fueron llevados ante el tribunal el 22 de abril de 1872.19 Aquí el fiscal exigió que se aplicara la jurisprudencia establecida en Viena. El tribunal, sin embargo, los absolvió.
En Leipzig, el 27 de mayo de 1872, Bebel y Liebknecht fueron condenados a dos años de reclusión en fortaleza por actos preparatorios de alta traición.20
Los fundamentos fueron los mismos que los de la sentencia de Viena. Solo que en este caso la jurisprudencia de los jueces vieneses fue confirmada por el veredicto de un jurado sajón.
En Copenhague se detuvo el 8 de mayo de este año a los tres miembros del Comité Central, Brix, Pio y Geleff, porque habían manifestado su firme resolución de celebrar una reunión al aire libre a pesar de una prohibición de la policía.21 Después de detenerlos se les comunicó que las ideas socialistas son ya de por sí incompatibles con la existencia del Estado danés y que, por tanto, su mera difusión constituye un delito contra la Constitución danesa. Una vez más, la jurisprudencia del tribunal de Viena. Los acusados siguen todavía en prisión preventiva.
El Gobierno belga, ventajosamente conocido por su respuesta llena de simpatía a la demanda de extradición de Jules Favre, se apresuró a presentar a su Cámara de Diputados, por medio de Malou, una hipócrita reimpresión de la ley de Dufaure.22
Su Santidad el papa Pío IX dijo en una alocución a una diputación de católicos suizos:
«Vuestro Gobierno, que es republicano, se cree obligado a hacer un duro sacrificio a lo que llaman libertad. Concede el derecho de asilo a cierto número de individuos de la peor especie; tolera a esa secta de los internacionales, que quisiera tratar a toda Europa como ha tratado a París. Esos señores de la Internacional, que no son ningunos señores, son de temer porque trabajan por cuenta del eterno enemigo de Dios y de los hombres. ¿Qué se gana protegiéndolos? Hay que rezar por ellos».
¡Primero ahorcadlos, luego rezad por ellos!
Con el apoyo de Bismarck, Beust y Stieber, los emperadores de Austria y de Alemania se reunieron a comienzos de septiembre de 1871 en Salzburgo para fundar —así se decía— una santa alianza contra la Asociación Internacional de los Trabajadores:23
«Semejante alianza europea», declaraba el Moniteur privado de Bismarck, la Norddeutsche Allgemeine Zeitung, «es la única salvación posible del Estado, de la Iglesia, de la civilización, en una palabra, de todo lo que constituye los Estados europeos».
El verdadero propósito de Bismarck era, naturalmente, asegurarse alianzas para una guerra inminente con Rusia, y a Austria solo le enseñaba la Internacional como se le enseña a un toro un trapo rojo.
Lanza suprimió la Internacional en Italia por un simple decreto. Sagasta la declaró fuera de la ley en España; quizá esperaba ponerse así en mejores términos con el mercado de dinero inglés.24
El Gobierno ruso, obligado desde la emancipación de los siervos al peligroso recurso de hacer hoy medrosas concesiones a la presión popular para retirarlas mañana, encontró en el clamor general contra la Internacional un pretexto para endurecer la reacción en el interior. En el extranjero esperaba descubrir los secretos de la Asociación. Logró, en efecto, encontrar a un juez suizo que, en presencia de un espía ruso, registró el domicilio de Utin, internacionalista ruso y antiguo redactor de L'Égalité de Ginebra, órgano de nuestra Federación Romanda de Suiza.25 El propio Gobierno republicano de Suiza solo se vio impedido de entregar a Thiers a refugiados de la Comuna por la agitación de los internacionalistas suizos.
Por último, el Gobierno del señor Gladstone, incapaz de intervenir en Gran Bretaña, demostró al menos su buena voluntad con el terrorismo policial que ejerció en Irlanda contra nuestras secciones en formación y con la orden dada a sus representantes en el extranjero de recoger información sobre la Internacional.
Pero todas las medidas de represión que pudo urdir el entendimiento gubernamental unido de Europa palidecen ante la guerra de calumnias que emprendió el poder de mentir del mundo civilizado. Historias apócrifas y secretos de la Internacional, falsificaciones desvergonzadas de documentos públicos y de cartas privadas, telegramas alarmistas, etc., se sucedieron rápidamente; todas las esclusas de la calumnia de que disponía la prensa burguesa venal se abrieron a la vez y soltaron un diluvio de infamias que debía ahogar al odiado enemigo. Esta guerra de calumnias no tiene igual en la historia, tan verdaderamente internacional es el escenario en que se libra y tan completo el acuerdo con que la llevan los órganos de partido más diversos de las clases dominantes. Tras el gran incendio de Chicago, el telégrafo lo anunció alrededor del mundo como la obra infernal de la Internacional, y es realmente asombroso que no se haya atribuido a su influjo demoníaco el huracán que asoló las Indias Occidentales.26
En sus informes públicos anuales anteriores, el Consejo General solía dar una visión de conjunto de los progresos de la Asociación desde el congreso precedente. Vosotros, trabajadores, comprenderéis las razones que nos mueven a proceder de otro modo esta vez. Además, quizá los informes de los delegados de los diversos países —y ellos saben mejor que nadie hasta dónde pueden llegar— suplan esta falta. Nos limitamos a decir que, desde el Congreso de Basilea y sobre todo desde la Conferencia de Londres de septiembre de 1871,27 la Internacional ha echado raíces entre los irlandeses de Inglaterra y en la propia Irlanda, en Holanda, Dinamarca y Portugal; que se ha organizado sólidamente en los Estados Unidos y que tiene ramificaciones en Buenos Aires, Australia y Nueva Zelanda.
La diferencia entre una clase obrera sin Internacional y una clase obrera con una Asociación Internacional se ve con la mayor claridad si volvemos la mirada a 1848. Hicieron falta largos años para que los propios obreros reconocieran la obra de sus combatientes de vanguardia en la insurrección de junio de 1848. La Comuna de París fue saludada de inmediato por el grito de júbilo del proletariado de todos los países.
Vosotros, los delegados de la clase obrera, os reunís para reforzar la organización combativa de una liga cuyo fin es la emancipación del trabajo y la extirpación de las luchas nacionales. Casi en el mismo momento se reúnen en Berlín los dignatarios coronados del viejo mundo para forjar nuevas cadenas y tramar nuevas guerras.28
¡Viva la Asociación Internacional de los Trabajadores!
En las versiones de La Liberté y The International Herald, «¡Ciudadanos!». ↩
El IV Congreso de la Internacional, celebrado en Basilea del 6 al 11 de septiembre de 1869. Véase el Informe del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores al IV Congreso general de Basilea. ↩
El plebiscito del 8 de mayo de 1870, con el que Napoleón III hizo aprobar las reformas «liberales» de la Constitución del Imperio. ↩
Véase la Proclama del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la persecución de los miembros de las secciones francesas. Las «dos predecesoras» son los supuestos complots contra Napoleón III «descubiertos» por la policía en 1853 y 1857. ↩
El «Gobierno de diciembre» es el régimen de Napoleón III, nacido del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. El Gobierno de la Defensa Nacional publicó en 1870-1871 papeles hallados en las Tullerías. ↩
Émile Ollivier (1825-1913), jefe del Gobierno de Napoleón III de enero a agosto de 1870. ↩
En el tercer proceso contra la Internacional en París (junio-julio de 1870), los acusados fueron condenados a penas de prisión por pertenecer a una sociedad no autorizada. ↩
El primer manifiesto del Consejo General sobre la guerra franco-prusiana, redactado por Marx. ↩
El llamamiento de los internacionalistas de París se publicó en Le Réveil el 12 de julio de 1870. ↩
Napoleón III capituló en Sedán el 2 de septiembre de 1870; el 4 de septiembre se proclamó la República en París. ↩
Eduard Vogel von Falckenstein (1797-1885), general prusiano, gobernador general de las regiones costeras del norte de Alemania durante la guerra. ↩
El comité directivo del Partido Obrero Socialdemócrata (los «eisenachianos»), que tenía su sede en Brunswick; entre los detenidos estaba Wilhelm Bracke. Véase Sobre la detención de los miembros del Comité de Brunswick. ↩
Lötzen, hoy Giżycko (Polonia), en la Prusia Oriental. La milla alemana medía unos 7,5 kilómetros. En el palacio de Wilhelmshöhe, cerca de Kassel, estuvo prisionero Napoleón III tras Sedán. ↩
August Bebel (1840-1913) y Wilhelm Liebknecht (1826-1900) fueron detenidos en diciembre de 1870 por su oposición a la guerra de conquista y a la anexión de Alsacia y Lorena. Bebel fue reelegido en marzo de 1871. ↩
Jules Favre (1809-1880), ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de la Defensa Nacional y luego del de Thiers. ↩
Friedrich Ferdinand von Beust (1809-1886), canciller del Imperio austrohúngaro de 1867 a 1871. ↩
Jules Dufaure (1798-1881), ministro de Justicia de Thiers. La ley contra la Internacional fue aprobada por la Asamblea Nacional el 14 de marzo de 1872. El texto dice Junkerkammer: la Asamblea de Versalles, de mayoría monárquica y rural, a la que Marx llamaba «la Cámara de los rurales». ↩
El proceso de Viena contra Andreas Scheu, Johann Most, Heinrich Oberwinder y otros dirigentes obreros austriacos. ↩
Los fenianos, miembros de la Hermandad Republicana Irlandesa, presos en las cárceles inglesas tras los levantamientos de 1867. ↩
El proceso de alta traición de Leipzig se celebró en marzo de 1872; la versión inglesa del International Herald da como fecha de la sentencia el 27 de marzo. ↩
Louis Pio (1841-1894), Harald Brix (1841-1881) y Paul Geleff (1842-1928), fundadores de la Internacional en Dinamarca, fueron detenidos en la noche del 4 al 5 de mayo de 1872; la versión inglesa dice «el 5 de mayo». Corregimos «Mal», errata evidente de la edición alemana, en «Mai». ↩
Jules Malou (1810-1886), jefe del Gobierno católico de Bélgica desde 1871. ↩
Wilhelm Stieber (1818-1882), jefe de la policía política prusiana. La entrevista de Guillermo I y Francisco José, con Bismarck y Beust, tuvo lugar en Gastein y Salzburgo en agosto y septiembre de 1871. ↩
Giovanni Lanza (1810-1882), jefe del Gobierno italiano, ordenó en agosto de 1871 disolver las secciones de la Internacional. Práxedes Mateo Sagasta (1825-1903), ministro de la Gobernación, la declaró fuera de la ley en España en enero de 1872. ↩
Nikolái Utin (1841-1883), miembro de la sección rusa de Ginebra. El registro tuvo lugar en enero de 1872. ↩
El gran incendio de Chicago, del 8 al 10 de octubre de 1871. ↩
Véanse las Resoluciones de la Conferencia de Delegados de la Asociación Internacional de los Trabajadores celebrada en Londres del 17 al 23 de septiembre de 1871. ↩
La entrevista de los emperadores de Alemania, Austria-Hungría y Rusia en Berlín, en septiembre de 1872. ↩