Redactado en inglés por Karl Marx a fines de agosto y comienzos de septiembre de 1869, aprobado por el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores y leído en el Congreso de Basilea (6-11 de septiembre de 1869); se publicó en folleto en inglés en Londres y en alemán en Basilea en 1869. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la edición alemana según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 370-382), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los delegados de las distintas secciones os darán informes detallados sobre el progreso de nuestra Asociación en sus respectivos países. El informe de vuestro Consejo General se refiere principalmente a las escaramuzas de guerrilla entre el capital y el trabajo, es decir, a las huelgas que el año pasado han agitado el continente europeo y de las que se afirma que no han nacido ni de la miseria del obrero ni del despotismo del capitalista, sino de las intrigas secretas de nuestra Asociación.

Pocas semanas después de la celebración de nuestro último congreso1 estalló en Basilea una memorable huelga de los tejedores de cintas y los tintoreros de seda. Basilea es un lugar que hasta nuestros días ha conservado muchos rasgos de una ciudad medieval, con sus tradiciones locales, sus estrechos prejuicios, sus patricios orgullosos de su dinero y su relación patriarcal entre patrono y obrero. Hace todavía pocos años, un fabricante de Basilea se jactaba ante un secretario de la legación inglesa

de que «la posición recíproca de amos y operarios es aquí incomparablemente más favorable que en Inglaterra», de que «en Suiza un obrero que dejara a un buen amo por un salario mejor sería despreciado por sus propios compañeros» y de que «nuestra ventaja frente a Inglaterra consiste principalmente en la larga jornada de trabajo y en los salarios moderados».

Como se ve, el régimen patriarcal, en su forma modificada por las influencias modernas, se reduce a que el amo es bueno y su salario malo, a que el obrero siente como un vasallo medieval y se mata a trabajar como un esclavo asalariado moderno.

Puede juzgarse además este patriarcalismo por una investigación oficial suiza sobre el consumo de niños en las fábricas y el estado de las escuelas públicas elementales. Resultó que

«la atmósfera de las escuelas de Basilea es la peor del mundo; que, mientras que al aire libre el ácido carbónico constituye 4 partes de cada 10.000 y en locales cerrados no debería superar las 10 partes, en las escuelas ordinarias de Basilea asciende a 20-81 partes por la mañana y a 53-94 partes por la tarde».

A lo cual un miembro del Gran Consejo de Basilea, el señor Thurneysen, observó con toda frialdad:

«No os asustéis. Los padres se sentaron en aulas tan malas como las de los niños de ahora y, sin embargo, salieron sanos y salvos».

Se comprenderá ahora enseguida que una revuelta económica de los obreros de Basilea haga época en la historia social de Suiza. ¡Nada más característico que el punto de partida de este movimiento! En Basilea, según una antigua costumbre, los obreros tienen un cuarto de día de asueto el último día de la feria de otoño. Cuando, el 9 de noviembre de 1868, los obreros de la fábrica de cintas Debary e Hijos se lo tomaron como de costumbre, uno de los fabricantes les declaró en tono brusco y con aire imperioso:

«El que se vaya y no siga trabajando quedará despedido en el acto y para siempre».

Tras algunas protestas inútiles, 104 de los 172 tejedores abandonaron enseguida la fábrica. No creían, sin embargo, en un despido definitivo, porque por contrato escrito estaba estipulado un plazo de preaviso recíproco de catorce días. Al volver a la mañana siguiente encontraron las fábricas rodeadas de gendarmes que impedían la entrada a los rebeldes. Los tejedores que no habían tomado el cuarto de día de fiesta tampoco quisieron entrar entonces. La consigna general era: «Todos o ninguno».

Dejados así de golpe sin trabajo, los tejedores fueron al mismo tiempo echados con sus familias de las viviendas que habían alquilado a sus fabricantes. Estos enviaron al mismo tiempo circulares a carniceros, panaderos y tenderos para que cortaran a los insurrectos todo crédito para víveres. La lucha así abierta duró desde el 9 de noviembre de 1868 hasta la primavera de 1869. Los límites de nuestro informe no nos permiten entrar en más detalles. Baste decir que el movimiento nació de un acto frívolo y malintencionado de despotismo capitalista, de un cruel lockout, desembocó en huelgas, interrumpidas de vez en cuando por compromisos que los patronos violaban una y otra vez, y culminó en el vano intento del altísimo Gran Consejo de Basilea de intimidar a los obreros con medidas militares y una especie de estado de sitio.

Durante este levantamiento, los obreros recibieron el apoyo de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Según la opinión de los patronos, esta sociedad había sido la que primero había introducido de contrabando el moderno espíritu de rebeldía en la buena y vieja ciudad imperial de Basilea. Volver a echar de Basilea a este intruso insolente pasó a ser entonces el objetivo de sus esfuerzos. Intentaron imponer a sus súbditos, como condición de paz, la salida de la sociedad. Pero en vano. Cuando salieron perdiendo en toda la línea en la guerra con la Internacional, desahogaron su mal humor con brincos chuscos. Estos republicanos, que poseen grandes fábricas en la vecina localidad fronteriza badense de Lörrach, movieron al funcionario del distrito2 a disolver nuestra sección de allí, medida que, sin embargo, el gobierno de Baden revocó pronto. Cuando la Allgemeine Zeitung de Augsburgo se permitió informar con imparcialidad sobre los sucesos de Basilea, la «gente honorable» amenazó en cartas disparatadas con darse de baja de la suscripción. A Londres enviaron un emisario con el fantástico encargo de medir las dimensiones de la caja general internacional. Si estos buenos cristianos ortodoxos hubieran vivido en los primeros tiempos del cristianismo, ante todo habrían ido a husmear el crédito bancario del apóstol Pablo en Roma.

Su torpe proceder bárbaro les valió algunas lecciones irónicas de sabiduría mundana por parte de los capitalistas de Ginebra. Unos meses más tarde, los burgueses de campanario de Basilea tuvieron la satisfacción de poder pagar con intereses usurarios a los hombres de mundo de Ginebra.

En el mes de marzo estallaron en Ginebra dos huelgas, la de los obreros de la construcción y la de los tipógrafos, cuyas dos sociedades son secciones de la Internacional. La huelga de los obreros de la construcción la provocaron los patronos, que rompieron el contrato que habían concluido solemnemente con sus obreros el año anterior. La huelga de los tipógrafos fue la última palabra de una disputa de diez años que los obreros habían intentado en vano zanjar mediante cinco comisiones sucesivas. Como en Basilea, los patronos convirtieron enseguida su contienda privada con los obreros en una cruzada del poder del Estado contra la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El Consejo de Estado de Ginebra empleó a agentes de policía para recoger en la estación del ferrocarril a los obreros que los patronos habían hecho venir de lejos y aislarlos de todo contacto con los huelguistas. Permitió a la jeunesse dorée de Ginebra3 asaltar, armada de revólveres, a obreros y obreras en las calles y en otros lugares públicos. Lanzó en diversas ocasiones a sus propios sicarios de la policía contra los obreros, y en particular el 24 de mayo, cuando en Ginebra se representaron, a pequeña escala, las escenas de París que Raspail ha estigmatizado como les orgies infernales des casse-têtes.4 Cuando los obreros de Ginebra acordaron en asamblea pública un memorial al Consejo de Estado en el que se pedía una investigación sobre estas orgías infernales de la policía, el Consejo de Estado rechazó desdeñosamente su petición. Evidentemente se pretendía empujar a los obreros de Ginebra a un motín, aplastar el motín por la fuerza, barrer a los internacionales del suelo suizo y someter a los proletarios a un régimen de diciembre.5 El plan lo frustraron las enérgicas medidas y la influencia moderadora de nuestro comité federal suizo. Los patronos tuvieron finalmente que ceder.

¡Escuchad ahora algunas de las invectivas de los capitalistas de Ginebra y de su banda de plumíferos contra los internacionales! En una asamblea pública dirigieron al Consejo de Estado un memorial en el que se dice, entre otras cosas:

«Se arruina el cantón de Ginebra con decretos de Londres y de París; se quiere suprimir aquí todo trabajo y toda industria».

Y un periódico suizo publicó que los dirigentes de la Internacional eran

«agentes secretos del emperador Napoleón, que en el momento oportuno se presentarán como acusadores públicos contra nuestra pequeña Suiza».

¡Y esto de parte de los mismos señores que se han mostrado tan celosos por trasplantar el régimen de diciembre al suelo suizo; de parte de esos agentes financieros que dominan Ginebra como otras ciudades suizas y de los que toda Europa sabe que hace tiempo que, de ciudadanos de la República suiza, se han convertido en asalariados del Crédit Mobilier6 y de otras asociaciones internacionales de estafadores!

Las matanzas con que el gobierno belga respondió en el mes de abril a las huelgas de los pudeladores de Seraing y de los mineros del Borinage quedaron expuestas en detalle en un mensaje del Consejo General a los obreros de Europa y de los Estados Unidos. Consideramos tanto más urgente un mensaje así cuanto que en este Estado constitucional modelo una matanza de obreros no es un accidente, sino una institución. Al abominable drama militar le siguió de cerca la farsa judicial. En sus investigaciones contra nuestro comité general belga de Bruselas, cuyos domicilios asaltó brutalmente la policía y algunos de cuyos miembros fueron detenidos, el juez de instrucción encontró la carta de un obrero que pedía «500 Internacionales». Concluye en el acto que se pedían 500 matones para el campo de batalla. Los «500 Internacionales» eran 500 ejemplares de L'Internationale, el semanario del comité de Bruselas. Luego husmea un telegrama a París en el que se pide cierta cantidad de pólvora. Tras un largo registro, la peligrosa sustancia se descubre en Bruselas. Era raticida. Por último, la policía belga se hace la ilusión de haber atrapado el fantasma del tesoro que atormenta el cerebro de los capitalistas continentales, cuyo depósito principal se encuentra en Londres y del que continuamente se expiden por mar remesas a todas las sedes centrales de nuestra sociedad. El investigador oficial belga se lo imagina escondido en una caja de hierro en un rincón oscuro. Sus esbirros se abalanzan sobre la caja, la fuerzan y encuentran… unos cuantos trozos de carbón. Quizá, tocado por la mano de la policía, el oro internacional puro se convierte al instante en carbón.

De las huelgas que en diciembre de 1868 afligieron a diversos centros de la industria algodonera francesa, la más importante fue la de Sotteville-lès-Rouen. Los fabricantes del departamento del Somme habían celebrado no mucho antes una reunión en Amiens para deliberar sobre cómo podrían vender más barato que sus rivales ingleses (undersell) en el propio mercado inglés. Hubo acuerdo en que, junto a los aranceles, lo que principalmente había protegido a Francia contra los artículos de algodón ingleses era el nivel relativamente bajo de los salarios. Se concluyó, naturalmente, que una rebaja todavía mayor de los salarios permitiría invadir Inglaterra con artículos de algodón franceses. No se dudó ni un instante de que los obreros franceses del algodón estarían orgullosos de sufragar los costes de una guerra de conquista que sus patrióticos amos habían decidido librar al otro lado del Canal. Poco después se supo que los fabricantes de Ruan y sus alrededores habían llegado en cónclave secreto a un acuerdo semejante. Al poco tiempo hubo de repente una importante rebaja de salarios en Sotteville-lès-Rouen, y entonces los tejedores normandos se alzaron por primera vez contra los abusos del capital. Actuaron en la excitación del momento. No habían formado antes trade unions ni se habían provisto de medios de resistencia de ninguna clase. En su apuro apelaron al comité internacional de Ruan, que les procuró la primera ayuda necesaria de los obreros de Ruan, de las localidades vecinas y de París. A fines de diciembre, el comité de Ruan se dirigió al Consejo General en un momento de extrema necesidad en los centros ingleses de la industria algodonera, de miseria sin precedentes en Londres y de penuria general en todas las ramas de la producción. Esta situación sigue en Inglaterra hasta este momento. Pese a circunstancias tan del todo desfavorables, el Consejo General creyó que el carácter peculiar del conflicto de Ruan incitaría a los obreros ingleses a esfuerzos especiales. Era una gran ocasión para demostrar a los capitalistas que su guerra industrial internacional, librada mediante la reducción de los salarios ora en este país, ora en aquel, acabaría estrellándose contra la unión internacional de las clases obreras. Los obreros ingleses respondieron enseguida a nuestro llamamiento con una primera aportación para Ruan, y el Consejo de los Trade Unions de Londres decidió convocar con nosotros un gran mitin en favor de los hermanos normandos. La noticia del fin repentino de la huelga de Sotteville impidió que se hiciera nada más.

Grandes resultados morales compensaron el fracaso material de esta revuelta económica. Ganó a los obreros normandos del algodón para el ejército revolucionario del trabajo, dio el impulso para fundar trade unions en Ruan, Elbeuf, Darnétal, etc., y selló de nuevo la alianza fraternal entre las clases obreras inglesa y francesa. Durante el invierno y la primavera de 1869, nuestra propaganda en Francia quedó paralizada por la supresión de nuestro comité de París en 1868,7 por las vejaciones policiales en los departamentos y por el interés absorbente de las elecciones generales.

Apenas habían pasado las elecciones cuando estallaron numerosas huelgas en las cuencas mineras del Loira, en Lyon y en otros muchos lugares.8 Los cuadros fantásticos y de colores chillones sobre la prosperidad de los obreros bajo el Segundo Imperio se desvanecieron como espejismos ante los hechos económicos que estas luchas entre capitalistas y obreros sacaron a la luz. Las reivindicaciones de los obreros eran tan modestas y tan ineludibles que, tras algunos intentos de resistencia a menudo desvergonzados, hubo que concederlas todas. No había absolutamente nada llamativo en estas huelgas, salvo su súbita explosión tras una aparente calma chicha y la rapidez con que se sucedieron una tras otra. Y, sin embargo, la causa era de una sencillez palpable. Durante las elecciones, los obreros se habían rebelado con éxito contra su déspota público. ¿Qué más natural que rebelarse, después de las elecciones, contra sus déspotas privados?

Las elecciones habían puesto los ánimos en movimiento. Está en el orden de las cosas que la prensa gubernamental, pagada como está para falsear los hechos, encontrara la clave en las consignas secretas del Consejo General de Londres, que enviaría a sus emisarios de lugar en lugar para revelar a los obreros franceses, antes completamente satisfechos, el secreto de que es cosa mala estar agotado de trabajo, mal pagado y brutalmente tratado. Un órgano de la policía francesa que aparece en Londres, L'International, revela al mundo en su número del 3 de agosto el resorte secreto de nuestra nefasta actividad.9

«Lo más singular», dice, «es que se ha ordenado que las huelgas estallen en países donde la miseria está todavía lejos de hacerse sentir. Estas explosiones inesperadas llegaron tan extraordinariamente a propósito para cierto vecino de Francia, que precisamente tenía que temer una guerra, que mucha gente se pregunta si estas huelgas no se produjeron a petición de algún Maquiavelo extranjero que supo ganarse el favor de esta sociedad todopoderosa».

En el mismo momento en que este papelucho policial francés nos acusaba de importunar en casa al gobierno francés con huelgas para quitar de encima al conde de Bismarck el peso de una guerra exterior, un periódico de los fabricantes de la Prusia renana insinuaba que sacudíamos la Confederación de Alemania del Norte con huelgas para paralizar la industria alemana en provecho de los fabricantes extranjeros.

Pondremos ahora en claro las relaciones de la Internacional con las huelgas francesas en dos casos de carácter típico. En uno de ellos, la huelga de Saint-Étienne y la matanza que la siguió en La Ricamarie, ni siquiera el gobierno francés se atreverá ya a sostener que haya habido injerencia alguna de la Internacional.

En los sucesos de Lyon no fue la Internacional la que lanzó a los obreros a las huelgas, sino al revés: fueron las huelgas las que lanzaron a los obreros en brazos de la Internacional.

Los mineros de Saint-Étienne, Rive-de-Gier y Firminy habían pedido con calma, pero con firmeza, a los directores de las compañías mineras una revisión de la tarifa de salarios y una limitación de la jornada de trabajo, que era de doce horas completas de duro trabajo subterráneo. Sin éxito en su intento de llegar a un acuerdo amistoso, declararon la huelga el 11 de junio. Para ellos era, naturalmente, cuestión de vida o muerte asegurarse la cooperación de los compañeros que seguían trabajando. Para impedirlo, los directores pidieron y obtuvieron del prefecto del Loira un bosque de bayonetas. El 12 de junio los huelguistas encontraron los pozos de carbón ocupados por un fuerte destacamento militar. Para asegurarse el celo de los soldados que el gobierno les prestaba así, las compañías mineras pagaban a cada soldado un franco diario por cabeza. Los soldados pagaron a las compañías capturando a unos 60 mineros que intentaban llegar hasta sus compañeros de los pozos. Por la tarde del mismo día, 150 hombres del 4.º regimiento de línea escoltaron a los presos a Saint-Étienne. Antes de la partida de los valientes guerreros, un ingeniero de la compañía, Dorian, les repartió 60 botellas de coñac y les encareció que vigilaran bien a los presos: aquellos mineros eran salvajes, bárbaros, presidiarios licenciados. Con el aguardiente y el sermón quedaba preparada una colisión sangrienta. En su marcha, seguidos por una multitud de mineros con mujeres y niños, rodeados por ellos en un desfiladero de las alturas del Moncel, barrio de La Ricamarie, requeridos para que entregaran a los presos y atacados con una lluvia de piedras ante su negativa, los soldados dispararon sin aviso previo en medio de la multitud apiñada, mataron a 15 personas, entre ellas 2 mujeres y un niño de pecho, e hirieron a muchas más. Las torturas de los heridos fueron terribles; entre ellos se encontraba una pobre niña de 12 años, Jenny Petit, cuyo nombre vivirá inmortal en el martirologio de la clase obrera. La alcanzaron por la espalda dos balas, una de las cuales se le quedó alojada en la cadera, mientras que la otra le atravesó la espalda, le rompió el brazo y le salió por el hombro derecho. Les chassepots avaient encore fait merveille.10

Esta vez, sin embargo, el gobierno se dio cuenta pronto de que no solo había cometido un crimen, sino un error. La clase media no lo saludó como salvador de la sociedad. El concejo municipal de Saint-Étienne dimitió en bloque con un documento en el que acusaba de inhumanidad a la soldadesca y pedía que el regimiento fuera trasladado fuera de la ciudad. La prensa francesa prorrumpió en un grito de horror. Incluso periódicos tan conservadores como el Moniteur universel abrieron suscripciones para las víctimas. El gobierno tuvo que retirar de Saint-Étienne al odioso regimiento.

En circunstancias tan difíciles fue una idea luminosa sacrificar en el altar de la indignación pública a un chivo expiatorio: la Asociación Internacional de los Trabajadores. En el proceso contra los supuestos amotinados, el acta de acusación los dividió en 10 categorías, matizando con mucho arte los grados de su culpa. La primera clase, la más negra, la formaban 5 obreros especialmente sospechosos de ser sospechosos de haber recibido su consigna secreta de fuera, de la Internacional. Las pruebas eran, naturalmente, abrumadoras, como muestra el siguiente extracto de una gaceta judicial francesa:

«El interrogatorio de los testigos no ha permitido establecer con precisión la participación de la Asociación Internacional. Los testigos afirman solo que a la cabeza de las bandas había desconocidos con blusas y gorras blancas. Pero ninguno de estos desconocidos ha sido detenido y ninguno se sienta en el banquillo. A la pregunta: ¿cree usted en la injerencia de la Asociación Internacional?, un testigo respondió: Creo en ella, pero no tengo absolutamente ninguna prueba».

Poco después de la matanza de La Ricamarie, las devanadoras de seda, en su mayoría mujeres, abrieron en Lyon la danza de las revueltas económicas. En su apuro apelaron a la Internacional, que, sobre todo por medio de sus miembros de Francia y de Suiza, las ayudó a vencer. Pese a todos los intentos de intimidación de la policía, declararon públicamente su adhesión a nuestra sociedad e ingresaron formalmente en ella pagando al Consejo General las cotizaciones estatutarias. En Lyon, como antes en Ruan, las obreras desempeñaron un papel generoso y destacado.

Otros oficios de Lyon siguieron de cerca a las devanadoras de seda. Así ganó nuestra sociedad en pocas semanas más de 10.000 nuevos adeptos en esta población heroica que, hace más de treinta años, inscribió en su bandera la consigna del proletariado moderno: Vivre en travaillant ou mourir en combattant! (¡Vivir trabajando o morir combatiendo!)11

Entretanto, el gobierno francés siguió con sus mezquinas molestias contra la Internacional. En Marsella prohibió a nuestros miembros reunirse para elegir un delegado al Congreso de Basilea. La misma jugada se repitió en otras ciudades; pero los obreros del continente, como los de otras partes, empiezan por fin a comprender que la manera más segura de conquistar los derechos naturales es ejercerlos sin permiso, cada uno a su propio riesgo.

Los obreros de Austria, sobre todo los de Viena, ocupan ya un primer plano, aunque no entraron en el movimiento hasta después de los acontecimientos de 1866.12 Se agruparon enseguida bajo la bandera del socialismo y de la Internacional, en la que ingresaron en masa por medio de sus delegados en el reciente congreso de Eisenach. Si en algún sitio ha exhibido la clase media liberal sus instintos egoístas, su inferioridad intelectual y su mezquino rencor contra la clase obrera, ha sido en Austria. Su ministerio, que ve el imperio desgarrado y amenazado por la lucha de razas y de nacionalidades, persigue a los obreros, los únicos que proclaman la fraternidad de todas las razas y nacionalidades. La propia clase media, que no debe su nueva posición a su propio heroísmo, sino exclusivamente a los descalabros del ejército austriaco, y que apenas es capaz, como ella misma sabe, de defender sus nuevas conquistas contra los ataques de la dinastía, de la aristocracia y del clero, despilfarra, sin embargo, sus fuerzas en el miserable intento de excluir a la clase obrera del derecho de coalición, de reunión pública y de prensa.

En Austria, como en todos los demás Estados continentales, la Internacional ha desplazado al antiguo espectro rojo. Cuando el 13 de julio se representó en Brünn, la capital algodonera de Moravia, una matanza de obreros a pequeña escala, se explicó el suceso por las instigaciones secretas de la Internacional, cuyos agentes, sin embargo, poseen el capuchón mágico que los hace invisibles. Cuando algunos dirigentes populares vieneses comparecieron ante el tribunal, el fiscal los estigmatizó como agentes del extranjero. Para demostrar su profundo conocimiento de causa solo cometió el pequeño error de confundir la Liga burguesa de la Libertad y de la Paz de Berna con la Internacional proletaria.

Si en la Austria cisleitana se persigue así al movimiento obrero, en Hungría se lo acosa abierta y desvergonzadamente. Sobre este punto el Consejo General dispone de los informes más fidedignos de Pest y de Presburgo. Baste un ejemplo del trato que reciben los obreros húngaros por parte de las autoridades.

El señor von Wenckheim, ministro real húngaro del Interior,13 se encontraba precisamente en Viena con la delegación húngara. Los obreros de Presburgo, a quienes desde hace meses no se permite celebrar reuniones y a los que incluso se prohibió organizar una fiesta cuyo producto neto debía destinarse al fondo fundacional de una caja de enfermedad, enviaron hace unos días a Viena a varios obreros, entre ellos el conocido agitador Niemtzik, para presentar una queja ante el señor ministro del Interior. Costó trabajo obtener acceso al alto señor, y cuando por fin se abrió el despacho ministerial, el ministro recibió a los obreros de una manera contraria a toda decencia:

«¿Son ustedes obreros? ¿Trabajan con diligencia?», preguntó el ministro, haciendo girar en la boca el cigarro humeante. «Pues bien, no tienen que preocuparse de nada más. No necesitan asociaciones, y si se meten en política sabremos qué medios emplear contra ello. No haré absolutamente nada por ustedes. ¡Que refunfuñen los obreros cuanto quieran!»

A la pregunta de si, entonces, todo quedaba al arbitrio de las autoridades, el ministro respondió:

«Sí, bajo mi responsabilidad».

Tras largas e inútiles explicaciones, los obreros dejaron por fin al ministro con esta declaración:

«Puesto que la situación del Estado condiciona la situación de los obreros, los obreros tienen que ocuparse de política, y lo harán».

En Prusia y en el resto de Alemania, el año pasado se ha distinguido por la formación de trade unions en todo el país. En el reciente congreso de Eisenach, los delegados de más de 150.000 obreros de Alemania propiamente dicha, de Austria y de Suiza fundaron un nuevo Partido Socialdemócrata con un programa en el que se han incorporado literalmente los principios rectores de nuestros estatutos. Impedidos por la ley de formar secciones formales de nuestra Asociación, decidieron tomar tarjetas individuales de miembro del Consejo General.14

Se han formado nuevas ramas de la Asociación en Nápoles, en España y en Holanda. En Barcelona y en Ámsterdam se publican órganos semanales.

Los laureles del gobierno belga en los gloriosos campos de batalla de Seraing y Frameries parecen quitar el sueño a nuestras grandes potencias. No es de extrañar, pues, que también Inglaterra pueda jactarse este año de su matanza de obreros. A los mineros galeses del Leeswood Great Pit, cerca de Mold, en el condado de Denbigh, les notificó de repente una reducción de salarios el administrador de la mina, al que odiaban desde hacía tiempo como un pequeño tirano incorregible. Reunieron gente de las minas vecinas, lo echaron de su casa y llevaron todos sus muebles a la estación de ferrocarril más próxima. Estos desdichados creían, en su ignorancia infantil, que así se librarían de él para siempre.15 El 28 de mayo la policía, con la escolta de un destacamento del 4.º regimiento de infantería, the King's Own, conducía a dos cabecillas al tribunal de Mold. Por el camino, un grupo de mineros intentó liberarlos. Ante la resistencia de la policía y de los soldados, llovieron piedras sobre ellos. Sin aviso previo, los soldados respondieron a la lluvia de piedras con una lluvia de balas de sus fusiles de retrocarga.16 Cinco personas, entre ellas dos mujeres y un niño, murieron, y muchas más resultaron heridas. Hasta aquí existe una gran analogía entre las matanzas de Mold y de La Ricamarie; desde aquí cesa. En Francia los soldados solo respondían ante sus jefes; en Inglaterra tuvieron que pasar por el purgatorio de un jurado del coroner,17 pero el coroner era un viejo sordo y medio lelo al que había que meter las declaraciones de los testigos por una trompetilla, y el jurado galés era un jurado de clase, estrecho y lleno de prejuicios. Declararon el asesinato «homicidio justificado». En Francia los amotinados fueron condenados a penas de prisión de 3 a 18 meses y amnistiados poco después; en Inglaterra fueron condenados a diez años de trabajos forzados con grilletes.

En toda la prensa francesa, un grito de rabia contra las tropas. En Inglaterra la prensa no tuvo más que sonrisas para los soldados y ceños fruncidos para sus víctimas. Sin embargo, los obreros ingleses han ganado mucho con la pérdida de una ilusión grande y peligrosa. Hasta ahora se creían más o menos protegidos por la formalidad de las Riot Acts18 y por la subordinación de los militares a la autoridad civil. Ahora han aprendido otra cosa. El señor Bruce, el ministro liberal del Interior, declaró en la Cámara de los Comunes que cualquier magistrado, el primer cazador de zorros o cura que se presente, puede mandar hacer fuego sobre grupos que le parezcan sediciosos sin leer antes las Riot Acts. En segundo lugar, los soldados podrían además disparar por su cuenta con el pretexto de la legítima defensa. El ministro liberal olvidó añadir que, en tales circunstancias, habría que armar a cada cual a costa del Estado con un fusil de retrocarga para su legítima defensa contra los soldados.

La siguiente resolución se adoptó el 30 de agosto en el congreso general de las trade unions de Birmingham:19

«Considerando que la organización local del trabajo ha desaparecido casi ante una organización de carácter nacional; que la extensión del principio del librecambio provoca entre los capitalistas una competencia tal que en esta cacería internacional se pierden de vista y se sacrifican los intereses del obrero; que la organización obrera debe ampliarse todavía más y hacerse internacional; considerando, además, que la Asociación Internacional de los Trabajadores tiene por fin la representación común de los intereses obreros y que los intereses de las clases obreras son en todas partes idénticos, este congreso recomienda calurosamente aquella Asociación al apoyo de los obreros del Reino Unido, y en especial de los cuerpos obreros organizados, y les insta encarecidamente a afiliarse a ella. El congreso está convencido al mismo tiempo de que la realización de los principios de la Internacional conducirá a la paz duradera entre las naciones de la Tierra».

El pasado mayo amenazó la guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra. Vuestro Consejo General envió por eso un mensaje al señor Sylvis, presidente de la National Labor Union norteamericana, en el que llamaba a la clase obrera norteamericana a imponer la paz frente a los gritos de guerra de la clase dominante.

La muerte repentina del señor Sylvis,20 ese valiente paladín de nuestra causa, nos autoriza a cerrar nuestro informe, en memoria suya, con su carta de respuesta:

«Filadelfia, 26 de mayo de 1869

Ayer recibí su mensaje del 12 de mayo. Me siento muy feliz de recibir palabras tan cordiales de nuestros compañeros de trabajo del otro lado del océano. Nuestra causa es común. Es la guerra entre la pobreza y la riqueza. El trabajo ocupa en todas partes la misma posición inferior, y el capital es el mismo tirano en todas partes del mundo. Por eso digo: nuestra causa es común. En nombre de las clases obreras de los Estados Unidos os tiendo la mano de la camaradería. Os la tiendo a través de vosotros a todos aquellos a quienes representáis y a todos los hijos e hijas del trabajo pisoteados y oprimidos de Europa. Seguid adelante en la buena obra que habéis emprendido hasta que el éxito más glorioso corone vuestros esfuerzos. Esa es también nuestra resolución. Nuestra última guerra ha tenido por resultado la formación de la aristocracia del dinero más infame de la faz de la Tierra. Este poder del dinero chupa la médula del pueblo. Le hemos declarado la guerra y estamos seguros de la victoria. Si es posible, queremos vencer con la papeleta de voto; si no, tendremos que recurrir a medios más serios. Una pequeña sangría es a veces necesaria en los casos desesperados».

Por encargo del Consejo General:
Robert Applegarth, presidente
Cowell Stepney, tesorero
J. George Eccarius, secretario general

Londres, 1 de septiembre de 1869
Oficina: 256, High Holborn, W. C.

  1. El III Congreso de la Internacional, celebrado en Bruselas del 6 al 13 de septiembre de 1868. ↩

  2. En la versión inglesa: «al funcionario gran ducal». Lörrach pertenecía al gran ducado de Baden. ↩

  3. «Juventud dorada»: los jóvenes de las familias ricas. La versión inglesa añade: «a los prometedores ociosos de la Jeune Suisse». ↩

  4. «Las orgías infernales de las porras». François-Vincent Raspail (1794-1878), químico, republicano y socialista de 1848, elegido diputado en 1869, denunció con esta expresión la brutalidad de la policía del Segundo Imperio. ↩

  5. El régimen bonapartista nacido del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩

  6. Banco de inversiones fundado en 1852 por los hermanos Pereire, símbolo de la especulación del Segundo Imperio. ↩

  7. Los miembros del comité de París de la Internacional fueron procesados en marzo y en mayo de 1868 por pertenecer a una asociación no autorizada y condenados a multas y prisión; el comité quedó disuelto. Véase el Cuarto informe anual del Consejo General. ↩

  8. Las elecciones al Cuerpo Legislativo de mayo y junio de 1869, en las que la oposición republicana triunfó en París y en las grandes ciudades. ↩

  9. Periódico bonapartista en lengua francesa que se publicaba en Londres con subvención del gobierno francés. ↩

  10. «Los chassepots habían vuelto a hacer maravillas». Parodia de la frase del general De Failly sobre el combate de Mentana (noviembre de 1867), en que el nuevo fusil francés Chassepot se empleó por primera vez contra los voluntarios de Garibaldi: Les chassepots ont fait merveille. ↩

  11. La insurrección de los tejedores de seda de Lyon de noviembre de 1831 llevó en su bandera esta divisa. ↩

  12. La guerra de 1866 con Prusia, cuya derrota obligó a la monarquía de los Habsburgo a reorganizarse como Austria-Hungría (1867) y a conceder en la parte austriaca una constitución liberal. ↩

  13. Béla Wenckheim (1811-1879), ministro del Interior de Hungría de 1867 a 1869. ↩

  14. El congreso de Eisenach (7-9 de agosto de 1869) fundó el Partido Obrero Socialdemócrata, dirigido por August Bebel y Wilhelm Liebknecht. La ley de asociaciones de varios Estados alemanes prohibía a las asociaciones políticas relacionarse con otras asociaciones, y en particular con asociaciones extranjeras. La versión inglesa añade aquí: «La Asociación General de Trabajadores Alemanes declaró igualmente en su congreso de Barmen su acuerdo con los principios de nuestra Asociación, pero al mismo tiempo que la ley prusiana le prohibía adherirse a nosotros». ↩

  15. La versión inglesa añade aquí: «Contra los amotinados se abrieron, naturalmente, diligencias judiciales; pero uno de ellos fue liberado por una multitud de mil personas y escoltado fuera de la ciudad». ↩

  16. La versión inglesa precisa: «fusiles Snider». ↩

  17. El coroner es el funcionario que investiga, con un jurado, las muertes violentas o sospechosas. ↩

  18. Las leyes contra los motines, en particular la de 1714, que obligaba a leer una proclama ante la aglomeración y a esperar una hora antes de dispersarla por la fuerza. ↩

  19. El segundo congreso de las trade unions británicas (Trades Union Congress), celebrado en Birmingham a fines de agosto de 1869. ↩

  20. William H. Sylvis (1828-1869), fundidor, presidente del sindicato de fundidores de hierro y de la National Labor Union, murió el 27 de julio de 1869. ↩