Redactado en inglés por Karl Marx, aprobado por el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores el 11 de mayo de 1869 e impreso como hoja volante. El original inglés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 16 (Berlín, 1962, pp. 355-357), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

¡Obreros!

En el programa fundacional de nuestra Asociación declarábamos: «No fue la sabiduría de las clases dominantes, sino la heroica resistencia de la clase obrera inglesa a su locura criminal, lo que libró al oeste de Europa de una cruzada transatlántica para perpetuar y propagar la esclavitud».1 Ahora os toca a vosotros impedir una guerra cuyo resultado más claro sería hacer retroceder por un período indefinido el ascendente movimiento obrero a ambos lados del océano Atlántico.

Apenas necesitamos deciros que hay potencias europeas empeñadas en atizar una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra.2 Una ojeada a las estadísticas del comercio muestra que la exportación rusa de productos en bruto —y Rusia no tiene otra cosa que exportar— cedía rápidamente ante la competencia norteamericana cuando la guerra civil inclinó de pronto la balanza. Convertir en espadas los arados norteamericanos sería salvar justo ahora de la bancarrota inminente a aquella potencia despótica que vuestros estadistas republicanos, en su sabiduría, han elegido como su consejera de confianza. Pero, dejando aparte los intereses particulares de tal o cual gobierno, ¿no es el interés general de nuestros opresores convertir nuestra cooperación internacional, que se extiende rápidamente, en una guerra destructora?

En nuestro mensaje de felicitación al señor Lincoln por su reelección como presidente expresamos nuestra convicción de que la guerra civil norteamericana resultaría tan importante para el progreso de la clase obrera como la guerra de independencia norteamericana lo había sido para el progreso de la burguesía.3 Y, en efecto, la terminación victoriosa de la guerra contra la esclavitud ha abierto una nueva época en los anales de la clase obrera. En los propios Estados Unidos ha nacido desde entonces un movimiento obrero independiente, que los viejos partidos y sus políticos profesionales miran con malos ojos. Para dar fruto necesita años de paz. Para aplastarlo se quiere una guerra entre los Estados Unidos e Inglaterra.

El efecto tangible más inmediato de la guerra civil fue, naturalmente, el empeoramiento de la situación del obrero norteamericano. En los Estados Unidos, como en Europa, la monstruosa pesadilla de una deuda pública se fue pasando de mano en mano para descargarla sobre los hombros de la clase obrera. Los precios de los artículos de primera necesidad, dice uno de vuestros estadistas, han subido desde 1860 un 78 por ciento, mientras que el salario del obrero no cualificado solo ha subido un 50 por ciento y el del obrero cualificado un 60 por ciento.

«El pauperismo», se lamenta, «crece hoy en América más deprisa que la población».

Además, los sufrimientos de la clase obrera contrastan con el lujo llamativo de los aristócratas de las finanzas, de los aristócratas del shoddy4 y de otras sabandijas parecidas engendradas por las guerras. Con todo, la guerra civil compensó todo esto con la liberación de los esclavos y el impulso moral que de ella se derivó para vuestro propio movimiento de clase. Una segunda guerra, que no estaría santificada por un fin sublime y una gran necesidad social, sino que sería del tipo del Viejo Mundo, forjaría cadenas para el obrero libre en lugar de romper las del esclavo. La miseria acumulada que dejaría a su paso daría a vuestros capitalistas a la vez los motivos y los medios para apartar a la clase obrera de sus audaces y justas aspiraciones con la espada sin alma de un ejército permanente.

A vosotros os corresponde, pues, la gloriosa tarea de demostrar al mundo que por fin la clase obrera ya no entra en la escena de la historia como séquito dependiente, sino como fuerza independiente, consciente de su propia responsabilidad y capaz de imponer la paz allí donde quienes pretenden ser sus amos gritan guerra.

En nombre del Consejo General
de la Asociación Internacional de los Trabajadores:

Ingleses: R. Applegarth, carpintero; M. J. Boon, mecánico; J. Buckley, pintor; J. Hales, tejedor de elásticos; Harriet Law; B. Lucraft, sillero; G. Milner, sastre; G. Odger, zapatero; J. Ross, aparador de calzado; R. Shaw, pintor; Cowell Stepney; J. Warren, fabricante de bolsas de viaje; J. Weston, fabricante de pasamanos de escalera

Franceses: E. Dupont, fabricante de instrumentos; Jules Johannard, litógrafo; Paul Lafargue

Alemanes: G. Eccarius, sastre; F. Leßner, sastre; K. Limburg, zapatero; Karl Marx

Suizos: H. Jung, relojero; A. Müller, relojero

Belgas: P. Bernard, pintor

Daneses: J. Cohn, cigarrero

Polacos: A. Zabicki, cajista

B. Lucraft, presidente
Cowell Stepney, tesorero
J. Georg Eccarius, secretario general

Londres, 12 de mayo de 1869

  1. Cita del Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864). La National Labor Union, fundada en Baltimore en 1866, fue la primera federación obrera nacional de los Estados Unidos; la presidía entonces William H. Sylvis. ↩

  2. En la primavera de 1869 las relaciones entre los Estados Unidos e Inglaterra pasaban por un momento de gran tensión a causa de las reclamaciones norteamericanas por los daños causados durante la guerra civil por el corsario sudista Alabama y otros buques armados en astilleros británicos. El 13 de abril de 1869 el Senado rechazó el convenio Johnson-Clarendon, que debía resolver el litigio, después de un discurso del senador Charles Sumner que exigía a Inglaterra enormes indemnizaciones; en la prensa de ambos países se habló de guerra. ↩

  3. Véase el mensaje A Abraham Lincoln, presidente de los Estados Unidos de América (1864). ↩

  4. Shoddy: lana regenerada de trapos, de mala calidad, con la que se hicieron uniformes para el ejército de la Unión; por extensión, los nuevos ricos enriquecidos con los suministros de guerra. ↩