Escrito por Friedrich Engels en Londres el 13 de marzo de 1874 y publicado en Der Volksstaat (Leipzig), núm. 35, del 25 de marzo de 1874. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels: Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 509-511), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Londres, 13 de marzo [de 1874]

El patriotismo sanguinario de algún burgués cebado de Leipzig parece haberse sentido desagradablemente cosquilleado por el hecho de que los franceses pretendan no haber perdido ningún cañón ante Metz y, en cambio, haberles quitado algunos a los alemanes. En su fiebre artillera pide aclaraciones al conocido semidiós Moltke,1 que en el Leipziger Tageblatt le cuelga uno de sus extravagantes oraculitos, según el cual, aunque algunos generales franceses hayan sacado a relucir en el proceso de Bazaine2 datos inexactos sobre los cañones que unos y otros se tomaron, hay que admitir, sin embargo, que mientras que los alemanes el 16 de agosto solo pudieron quitar un cañón a los franceses, estos el 18 se llevaron dos piezas alemanas.3 Con esto ya estaba dicho bastante. Pero el silencioso Moltke tiene que dar además una lección, si no, no hay manera. Así que les cuenta a los mentecatos devotos que según la «táctica actual» la artillería tiene que combatir en las primeras filas; por eso habrían perdido los alemanes los dos cañones. De sus palabras puede leerse que, si los franceses hubieran satisfecho esta «táctica actual» suya, probablemente habrían perdido muchos más cañones y se habrían ganado su elogio, pues dice que los austriacos, cuya artillería acudía en ayuda de la infantería en la línea de combate más avanzada, se deshicieron de 160 cañones «de la manera más honrosa». La artillería austriaca, según él mismo vaticina, maniobraba de ese modo porque el fusil de infantería austriaco era inferior al prusiano. Ahora bien, como el chassepot francés era superior al fusil de aguja prusiano,4 había sin duda para la artillería alemana una razón para hacer de la necesidad virtud, exactamente como había hecho la austriaca en Königgrätz; pero a la francesa no podía parecerle indicado dejarse destrozar sin objeto por la artillería contraria, superior en construcción del tubo y en movilidad. A Moltke, desde luego, tiene que resultarle muy incómodo que en los tres días del 14, el 16 y el 18 de agosto de 1870 cayeran muertos o heridos 40.000 alemanes, a pesar de que la artillería francesa fue dirigida de un modo tan oscuro para él que aún hoy dice

«que quede en el aire si, en estas circunstancias, el hecho de no haber perdido ningún cañón, o solo uno, es una prueba especial de la eficacia de la artillería francesa o de su tenacidad en el combate».

Pero que nadie crea, como podría inducirle a creer la carta de silencios de Moltke, que la artillería francesa no se batió como es debido en aquellos días, y a menudo incluso contra la artillería alemana. «No corresponde del todo a los hechos», por decirlo cortésmente con palabras de Moltke, afirmar, como él hace con todo descaro, que la artillería francesa «fue la mayoría de las veces un adversario pronto eliminado». Quien quiera saber más sobre esto, que lea Die deutsche Artillerie in den Schlachten bei Metz. Von Hoffbauer, Hauptmann und Batteriechef im Ostpreußischen Feldartillerieregiment Nr. 1. Lehrer an der vereinigten Artillerie- und Ingenieurschule (La artillería alemana en las batallas de Metz, por Hoffbauer, capitán y jefe de batería en el regimiento de artillería de campaña de Prusia Oriental núm. 1, profesor en la Escuela unificada de Artillería e Ingenieros), Berlín, 1872, Mittler und Sohn. ¡Un libro oficioso, por tanto! Moltke sabe que quien hace preguntas tan tontas como nuestro hombre de Leipzig no lee esos libros o no los entiende, y cree que todos los que los leen con inteligencia «tienen que cerrar el pico».

El dictamen de Moltke sobre el «nuevo» empleo de la artillería no vale el papel en que está escrito. No solo el consumo de artilleros y de caballos, sino también el de munición, es con él tan enorme que en brevísimo tiempo no pueden reponerse ni los hombres, ni los caballos, ni los proyectiles. Además, a consecuencia de la «nueva táctica» de Moltke, la artillería alemana, por celo científico, mata mucho más a menudo de lo deseable a sus propios compatriotas. Esto ocurrió el 14, el 16 y el 18 de agosto de 1870. Es más, la «nueva táctica» ha producido una furia de disparar artillera tan científicamente enmarañada que las contraórdenes y los ruegos de que se suspendiera el fuego contra tropas alemanas tenían que parecer disparates traidores. (Véase Hoffbauer.)

Por lo demás, el modo de proceder de la artillería alemana en aquellos días fue, como dice el propio capitán Hoffbauer, caballero de la Cruz de Hierro de primera clase y adorador incondicional de sus superiores, un modo «improvisado». Moltke lo llama sin más el cumplimiento de las

«exigencias de la táctica actual», que «requiere que la artillería no deba temer» (alemán de Moltke) «colocarse en las primeras líneas de las tropas combatientes o, para rechazar un ataque enemigo, aguantar hasta el último momento y proteger a las demás armas».

Pero estas exigencias se le plantearon a la artillería mucho antes de Moltke. Sobre la «táctica actual» de la artillería no hay nada asentado. Antes de 1815 no se escribió nada de importancia sobre ella, y desde 1815 la artillería prusiana ha holgazaneado mucho y sus oficiales se han peleado entre sí de acá para allá. Desde 1866 los prusianos creyeron tener el monopolio de la sabiduría artillera, porque daba la casualidad de que poseían un cañón mejor que algunos vecinos. En la guerra de Francia no hicieron más que ir a tientas con su artillería en busca de una táctica que, como comprenderá el hombre más simple, tiene que cambiar con cada mejora apreciable de la pieza.

Es pura humanidad emprender la tarea de poner en ridículo y echar por tierra los oráculos, tan simples como seniles y pretenciosos, de Moltke y sus satélites, tal como se atreven a salir a la luz en libros, periódicos, discursos y cartas.

  1. Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del Estado Mayor prusiano y luego del alemán, llamado «el gran silencioso». El título de Engels juega con ese apodo: Stabsschreier, «gritón del Estado Mayor». ↩

  2. El mariscal François-Achille Bazaine (1811-1888), que había capitulado en Metz con su ejército en octubre de 1870, fue juzgado por un consejo de guerra en Versalles de octubre a diciembre de 1873 y condenado a muerte; la pena se le conmutó por prisión. ↩

  3. El 16 de agosto de 1870 se libró la batalla de Mars-la-Tour (Vionville) y el 18 la de Gravelotte-Saint-Privat; el 14 había tenido lugar la de Borny (Colombey-Nouilly), todas ellas ante Metz. ↩

  4. El fusil Chassepot, adoptado por el ejército francés en 1866, tenía más alcance que el fusil de aguja Dreyse prusiano. ↩