Escrito por Friedrich Engels a finales de febrero y comienzos de marzo de 1874 y publicado en Der Volksstaat (Leipzig), núms. 28 y 29, del 8 y el 11 de marzo de 1874. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels: Werke, tomo 18 (Berlín, 1962, pp. 500-508), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

I

Der Volksstaat, núm. 28, 8 de marzo de 1874

Es verdaderamente cómico ver qué remilgos hacen los nacional-liberales y los progresistas1 en el Reichstag ante el artículo 1 de la ley militar:

«El efectivo de paz del ejército en suboficiales y tropa asciende, hasta que se promulgue otra disposición legal, a 401.659 hombres».

Este artículo, gritan, es inaceptable, destruye el derecho presupuestario del Reichstag, ¡convierte la aprobación del presupuesto militar en una mera farsa!

¡Muy cierto, señores! Y precisamente porque es así, porque el artículo es inaceptable, ustedes lo aceptarán en lo esencial. ¿Por qué andarse con tantos miramientos porque se les pida volver a hacer la genuflexión que ya han hecho tantas veces y con tanta gracia?

El origen de toda esta miseria es la reorganización del ejército prusiano. Ella trajo el famoso conflicto.2 Durante toda la época del conflicto, la oposición liberal aplicó el principio de Manteuffel: «El fuerte retrocede con valor».3 Después de la guerra danesa4 el valor en el retroceso aumentó considerablemente. Pero cuando en 1866 Bismarck volvió victorioso de Sadowa y encima pidió una indemnidad por sus gastos hechos hasta entonces contra las reglas, el retroceso ya no conoció límites.5 El presupuesto militar se aprobó en el acto, y lo que en Prusia se ha aprobado una vez está aprobado para siempre según la Constitución prusiana, pues «los impuestos existentes» (aprobados una vez) «se seguirán recaudando».6

Vino el Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte, que debatió la Constitución federal. Se habló mucho de derecho presupuestario, se declaró inaceptable el proyecto del gobierno por la insuficiencia del control financiero, se dieron vueltas y más vueltas, y al final se tragó el sapo y se trasladaron a la Confederación de Alemania del Norte, en todos los puntos esenciales, las disposiciones de la Constitución prusiana sobre el presupuesto militar. Con eso se elevó ya el efectivo de paz del ejército de 200.000 a 300.000 hombres.

Luego vino la gloriosa guerra de 1870 y con ella el «Imperio alemán». Otra vez un Reichstag constituyente (!) y una nueva Constitución del Imperio. Otra vez discursos altivos, reservas sin cuento a propósito del derecho presupuestario. ¿Y qué acordaron estos señores?

Constitución del Imperio, artículo 60:

«El efectivo de paz del ejército alemán se fija hasta el 31 de diciembre de 1871 en el uno por ciento de la población de 1867, y lo aportan los distintos Estados de la Confederación a prorrata de esta. Para el tiempo posterior, el efectivo de paz del ejército se fijará por vía de la legislación del Imperio».

El uno por ciento de la población de 1867 da 401.000 hombres. Este efectivo se prorrogó más tarde, por acuerdo del Reichstag, hasta el 31 de diciembre de 1874.

Artículo 62: «Para sufragar los gastos de todo el ejército alemán y de las instituciones que le pertenecen, se pondrán a disposición del emperador, hasta el 31 de diciembre de 1871, cada año tantas veces 225 táleros como cabezas cuente el efectivo de paz del ejército según el artículo 60. Después del 31 de diciembre de 1871 los distintos Estados de la Confederación deberán seguir pagando estas sumas a la caja del Imperio. Para calcularlas se mantendrá el efectivo de paz fijado provisionalmente en el artículo 60 hasta que sea modificado por una ley del Imperio».

Esta fue la tercera genuflexión de nuestros nacionales ante el intocable presupuesto militar. ¡Y ahora que viene Bismarck y exige que la agradable situación provisional se convierta en una situación definitiva más agradable todavía, estos señores ponen el grito en el cielo por la violación del derecho presupuestario que ellos mismos han sacrificado tres veces seguidas!

¡Señores nacionales! ¡Hagan «política práctica»! ¡«Tengan en cuenta las circunstancias de los tiempos»! ¡Tiren por la borda los «ideales inalcanzables» y sigan administrando con valentía «sobre el terreno de lo dado»! No solo han dicho A, ya han dicho B y C; ¡digan también D sin desanimarse! Aquí no valen remilgos ni pataleos; aquí tienen que hacer una vez más el famoso «compromiso» en el que el gobierno consigue todo lo que quiere y ustedes pueden darse por contentos si salen sin una patada. Dejen el derecho presupuestario a los ingleses empantanados en el materialismo, a los franceses degenerados, a los austriacos e italianos atrasados; no se atengan a «modelos extranjeros», ¡hagan «una obra auténticamente alemana»! Pero si se empeñan a toda costa en tener un derecho presupuestario, entonces solo hay un medio: ¡la próxima vez elijan solo socialdemócratas!

II

Der Volksstaat, núm. 29, 11 de marzo de 1874

Que los nacionales son tontos —pese a todos los sabihondos Laskercitos—,7 eso lo sabemos desde hace mucho, y lo saben ellos mismos. Pero que sean tan tontos como Moltke los tiene, eso sí que no lo habríamos creído. El gran silencioso habló en el Reichstag una hora entera y aun así siguió siendo el gran silencioso:8 calló, en efecto, a sus oyentes casi todo lo que él mismo cree. Solo en dos cosas dijo su opinión sin rodeos: primero, en que el fatal artículo 1 era absolutamente necesario, y segundo, en la famosa frase:

«Lo que hemos conquistado con las armas en medio año tenemos que protegerlo con las armas durante medio siglo para que no vuelvan a arrebatárnoslo. Desde nuestras guerras afortunadas hemos ganado respeto en todas partes y afecto en ninguna».

Habemus confitentem reum. Aquí hemos hecho confesar al culpable. Cuando Prusia, después de Sedán, salió con sus pretensiones de anexión, se decía: la nueva frontera la impone únicamente la necesidad estratégica, solo tomamos lo que necesitamos absolutamente para cubrirnos; dentro de esta nueva frontera, y una vez terminadas nuestras fortificaciones, podremos esperar tranquilos cualquier ataque. Y así es, en efecto, hablando en términos puramente estratégicos.

La línea fortificada del Rin, con sus tres grandes plazas centrales de Colonia, Coblenza y Maguncia, solo tenía dos defectos: primero, se la podía flanquear por Estrasburgo, y segundo, le faltaba una línea avanzada de puntos fuertes que diera profundidad a toda la posición. La anexión de Alsacia y Lorena remedió ambos defectos. Estrasburgo y Metz forman ahora la primera línea, y Colonia, Coblenza y Maguncia la segunda; todas ellas fortalezas de primer orden, con fuertes muy adelantados y capaces de resistir a la moderna artillería rayada; además, están situadas a las distancias entre sí más convenientes para el libre movimiento de los colosales ejércitos actuales, y en un terreno sumamente favorable a la defensa. Mientras se respete la neutralidad de Bélgica, un ataque francés puede quedar fácilmente limitado a la estrecha franja de tierra entre Metz y los Vosgos; si se quiere, se puede uno retirar desde el principio detrás del Rin y obligar a los franceses a debilitarse antes de la primera batalla principal enviando tropas contra Metz, Estrasburgo, Coblenza y Maguncia. Es una posición que no tiene igual en fuerza en toda Europa; el cuadrilátero de fortalezas venecianas9 era un juguete de niños comparado con esta posición casi inexpugnable.

¡Y precisamente la conquista de esta posición casi inexpugnable obliga a Alemania, según Moltke, a defender lo conquistado durante medio siglo con las armas! La posición más fuerte no se defiende sola, quiere que la defiendan; para defenderla hacen falta soldados; cuanto más fuertes las posiciones, pues, más soldados hacen falta, y así sucesivamente en un eterno círculo vicioso. A esto se añade que la «tribu hermana perdida» y recuperada de Alsacia y Lorena no quiere saber nada, sencillamente, de mamá Germania, y que los franceses están obligados, en todo caso, a intentar en la próxima ocasión liberar a los alsacianos y loreneses del abrazo germánico. La fuerte posición queda, pues, contrarrestada por el hecho de que Alemania ha obligado a los franceses a ponerse al lado de cualquiera que quiera atacarla. Con otras palabras, la fuerte posición lleva en sí el germen de una coalición europea contra el Imperio alemán. Y a este hecho no lo cambian absolutamente en nada todas las visitas y brindis de tres emperadores y de dos emperadores,10 como nadie sabe mejor que Moltke y Bismarck; y como Moltke lo expresa también de manera discreta en la melancólica frase:

«¡Desde nuestras guerras afortunadas hemos ganado respeto en todas partes y afecto en ninguna!».

Hasta aquí la verdad de Moltke. Pasemos ahora a la poesía de Moltke.11

No vamos a entrar en los suspiros sentimentales con que el gran estratego da a conocer su pesar porque los militares, por desgracia, tienen que consumir en bien del pueblo sumas tan colosales, y en los que se presenta en cierto modo como un Cincinato prusiano12 que nada desea tanto como ser ascendido de mariscal de campo a labrador de coles. Y menos aún en la teoría, ya conocida, de que, a causa de la mala educación que el maestro de escuela da a la nación, hay que mandar a todo alemán durante tres años a la escuela superior en la que el suboficial es catedrático. No hablamos aquí para nacionales, como el pobre Moltke tuvo necesidad de hacer. Pasamos directamente a los gigantescos cuentos militares que él —entre la hilaridad general del gran Estado Mayor— hizo tragar a sus asombrados oyentes.

Se trata otra vez de justificar los grandes armamentos alemanes con los armamentos franceses, supuestamente mayores todavía. Y Moltke revela al Reichstag que el gobierno francés ya tiene hoy derecho a llamar a las armas a 1.200.000 hombres para el ejército activo y a más de un millón para el ejército territorial. Para poder incorporar a estos hombres, «aunque solo sea en parte», los franceses habrían aumentado sus cuadros. Tendrían ahora 152 regimientos de infantería (frente a 116 antes de la guerra), 9 nuevos batallones de cazadores, 14 nuevos regimientos de caballería, 323 baterías en lugar de las 164 de antes. Y «estos aumentos aún no están cerrados». El efectivo de paz es 40.000 hombres mayor que en 1871: está fijado en 471.170 hombres. En lugar de los 8 cuerpos de ejército con que los franceses se nos enfrentaron al comienzo de la guerra, Francia pondrá en pie en adelante 18, y un decimonoveno para Argelia; la Asamblea Nacional prácticamente impone al gobierno fondos para armamentos, los municipios regalan campos de instrucción y casinos de oficiales, construyen cuarteles con sus propios medios, demuestran un patriotismo casi violento como el que sería de desear en Alemania; en una palabra, todo se prepara para la gran guerra de revancha.

Ahora bien, si el gobierno francés hubiera hecho todo lo que Moltke le atribuye, no habría hecho más que cumplir con su deber. Después de derrotas como las de 1870, el primer deber del gobierno es desarrollar la fuerza defensiva de la nación hasta el punto de quedar a salvo de la repetición de semejantes desgracias. A los prusianos les había pasado exactamente lo mismo en 1806; todo su ejército a la antigua fue transportado a Francia, sin gastos y prisionero de guerra. Después de la guerra el gobierno prusiano hizo todo lo posible por armar a todo el pueblo; a la gente solo se la instruía durante 6 meses, y a pesar del horror de Moltke por las milicias tenemos el testimonio de Blücher13 de que estos «Landwehr-Patteljohns», como él decía, después de los primeros combates eran tan buenos como los batallones de línea. Si el gobierno francés obrara igual, si pusiera todas sus fuerzas en armar a toda la nación en cinco o seis años, no haría más que cumplir con su deber. Pero ocurre lo contrario. Con excepción de las nuevas formaciones de batallones, escuadrones y baterías, que hasta ahora solo alcanzan el nivel de la organización de línea alemana, todo lo demás existe solo sobre el papel, y Francia es militarmente más débil que nunca.

«En Francia —dice Moltke— se han copiado fielmente todas nuestras instituciones militares... Sobre todo se ha introducido el servicio militar obligatorio general, tomando como base una obligación de veinte años, mientras que nosotros solo tenemos una de doce».

Y aunque así fuera en realidad, ¿a qué se reduce la diferencia entre los 20 y los 12 años? ¿Dónde está el alemán al que, tras 12 años de obligación en la Landwehr,14 se le haya licenciado de verdad? ¿No se dice en todas partes: los 12 años solo valdrán cuando tengamos gente suficiente; hasta entonces tenéis que seguir 14, 15, 16 años en la Landwehr? ¿Y para qué hemos desenterrado de nuevo el olvidado Landsturm15 sino para mantener sujeto al servicio, hasta su bienaventurado fin, a todo alemán que alguna vez haya vestido el uniforme?

Pero es que, además, el servicio militar obligatorio general tiene en Francia una particularidad muy especial. En Francia faltan precisamente las provincias orientales semifeudales de Prusia, que son la verdadera base del Estado prusiano y del nuevo Imperio alemán; provincias de las que se sacan reclutas que obedecen incondicionalmente y que tampoco se vuelven mucho más listos después, como hombres de la Landwehr. Ya la extensión del servicio obligatorio general a las provincias occidentales mostró en 1849 que lo que vale para unos no vale para todos;16 su extensión, ahora consumada, a toda Alemania creará, a lo sumo al cabo de los queridos doce años de Moltke —si es que el tinglado dura tanto—, los hombres ejercitados en las armas que dejarán sin pan a los Moltke y los Bismarck. Así pues, en Francia no existe siquiera la base sobre la cual el servicio militar obligatorio general puede crear soldados obedientes a la reacción. En Francia, el suboficial prusiano era una fase superada ya antes de la gran revolución. El ministro de la Guerra Saint-Germain introdujo en 1776 los palos a la prusiana; los soldados apaleados se pegaban un tiro, y los palos tuvieron que abolirse ese mismo año.17 Que se implante de verdad en Francia el servicio militar obligatorio general, que se instruya en las armas a la masa de la población, ¿y dónde quedarían Thiers y Mac-Mahon?18 Pero Thiers y Mac-Mahon —aunque desde luego no son unos genios— tampoco son los colegiales que pinta Moltke. Sobre el papel han implantado el servicio militar obligatorio general, desde luego; en la realidad han insistido con la mayor obstinación en los cinco años de servicio en filas. Ahora bien, todo el mundo sabe que ya con el servicio prusiano de tres años el servicio militar obligatorio general es del todo incompatible: o bien se obtiene así para Alemania un efectivo de paz de por lo menos 600.000 hombres, o bien hay que dejar que la gente se libre por sorteo, como de hecho ocurre. ¿Qué efectivo de paz daría entonces en Francia un servicio de cinco años con servicio militar obligatorio general? Casi un millón; pero ni siquiera Moltke es capaz de atribuir a los franceses la mitad.

El mismo día en que Moltke impresionaba de manera tan asombrosa a sus oyentes, la Kölnische Zeitung publicó una «comunicación militar» sobre el ejército francés. Estas comunicaciones militares le llegan a la Köln. Ztg. de muy buena fuente oficiosa, y el «porquero» militar en cuestión habrá recibido sin duda una buena reprimenda por el patinazo tan extraordinariamente inoportuno. El hombre, en efecto, dice de verdad la verdad. Declara que las últimas cifras oficiales francesas demuestran

«que Francia difícilmente estaría en condiciones de cumplir, ni aun con el máximo esfuerzo, la tarea militar que se ha impuesto en su nueva ley militar».

Según él, «el efectivo del ejército para este año se ha fijado en 442.014 hombres». De ellos hay que restar ante todo la gendarmería de la guardia republicana, con 27.500 hombres; «de hecho, sin embargo, el verdadero efectivo del ejército, según las cifras de plantilla indicadas para las distintas armas, solo asciende a 389.965 hombres». De ellos hay que deducir

«las tropas enganchadas (el regimiento extranjero, las unidades de tropas indígenas argelinas), los cuerpos de tropas de administración y los cuadros de suboficiales y reenganchados, que según las anteriores indicaciones auténticas francesas se fijaban en conjunto en 120.000 hombres. Aunque su efectivo real se calcule en solo 80.000 hombres, queda en cuanto al reclutamiento un efectivo del ejército de hecho de solo 309.000 hombres, compuesto de cinco reemplazos del primer contingente y uno del segundo (de reserva). El reemplazo anual de este segundo contingente comprende 30.000 hombres, y según esto el reemplazo de servicio del primer contingente, igual que la incorporación anual de reclutas para este, se calcularía en 55.800 hombres cada uno. A ellos se añaden luego los 30.000 hombres del segundo contingente, de modo que el reclutamiento anual del ejército francés, calculado por lo más alto, solo ascendería siempre a 99.714 hombres».

Es decir: los franceses incorporan cada año unos 60.000 hombres con cinco años de servicio, lo que en 20 años da 1.200.000 hombres y, si descontamos las bajas tal como se han dado de hecho en la Landwehr prusiana, a lo sumo 800.000 hombres. Además, 30.000 hombres con un año de servicio —que según Moltke son milicias inservibles—, lo que en 20 años da 600.000 hombres, y descontadas las bajas a lo sumo 400.000 hombres. Así pues, cuando los franceses hayan practicado durante veinte años sin trabas el patriotismo tan alabado por Moltke, podrán por fin oponer a los alemanes, en lugar de los 2.200.000 hombres de Moltke, a lo sumo 800.000 soldados instruidos y 400.000 milicianos, mientras que Moltke puede movilizar ya ahora holgadamente millón y medio de soldados alemanes completamente instruidos. Calcúlese por ahí la hilaridad que el discurso de Moltke —contemplado con asombro en el Reichstag— ha provocado en el gran Estado Mayor.

Hay que reconocérselo a Moltke: mientras tuvo que vérselas con adversarios simples como Benedek y Luis Napoleón,19 se aplicó a una forma de hacer la guerra completamente honrada. Siguió con puntualidad, con escrúpulo y a conciencia las reglas estratégicas descubiertas por Napoleón I. Ningún enemigo pudo reprocharle jamás haberse servido de la sorpresa, la emboscada o cualquier otra vulgar estratagema de guerra. Por eso podía ponerse en duda si Moltke era realmente un genio. Esa duda ha desaparecido desde que Moltke tiene que combatir contra adversarios de su talla: los genios del Reichstag. Frente a ellos ha demostrado que también sabe engañar a sus adversarios cuando hace falta. Ya no hay duda: Moltke es un genio.

¿Qué pensará en realidad Moltke de los armamentos franceses? También sobre esto tenemos algunos indicios. Moltke y Bismarck no se ocultaban que, igual que las victorias de 1866 habían provocado necesariamente en el mundo oficial francés el grito de revancha por Sadowa, así los éxitos de 1870 impondrían con la misma necesidad a la Rusia oficial la «revancha por Sedán». Prusia, hasta entonces el criado obediente de Rusia, se había revelado de repente como la primera potencia militar de Europa; un desplazamiento tan enorme de la situación europea en perjuicio de Rusia equivalía a una derrota de la política rusa; el grito de revancha resonó con fuerza suficiente en Rusia. En Berlín se pensó que, en estas circunstancias, era mejor despachar el asunto lo antes y lo más deprisa posible y no dar tiempo a los rusos para armarse. Lo que se hizo entonces por parte prusiana para preparar la guerra contra Rusia, quizá lo contemos otra vez; baste decir que en el verano de 1872 se estaba prácticamente listo, sobre todo con el plan de campaña, que esta vez no pretendía ninguna «estocada al corazón». Entonces llegó el emperador Alejandro de Rusia sin ser invitado a Berlín, para la visita de los emperadores, y presentó «en el lugar competente» ciertos documentos que echaron por tierra el planecito. La renovada Santa Alianza, dirigida en primer lugar contra Turquía,20 desplazó por el momento la guerra con Rusia, inevitable a fin de cuentas.

En este planecito estaba previsto, naturalmente, también el caso de que Francia se aliara con Rusia contra Prusia. En ese caso se quería permanecer a la defensiva frente a Francia, ¿y cuántos hombres se consideraban entonces suficientes para rechazar todos los ataques de Francia?

¡Un ejército de doscientos cincuenta mil hombres!

  1. El Partido Nacional-Liberal, fundado en 1867 por los liberales que se pusieron del lado de Bismarck, y el Partido Progresista alemán (Deutsche Fortschrittspartei), fundado en 1861. ↩

  2. La reorganización del ejército prusiano emprendida en 1860 provocó el conflicto constitucional entre el gobierno y la mayoría liberal de la Cámara de Diputados prusiana (1862-1866), durante el cual Bismarck gobernó sin presupuesto aprobado. ↩

  3. Otto von Manteuffel (1805-1882), presidente del Consejo de Ministros prusiano de 1850 a 1858; la frase es de su discurso en la Cámara prusiana de diciembre de 1850, tras la capitulación de Olmütz ante Austria. ↩

  4. La guerra de Prusia y Austria contra Dinamarca de 1864 por Schleswig y Holstein. ↩

  5. Tras la victoria de Sadowa (Königgrätz, 3 de julio de 1866) sobre Austria, la Cámara prusiana aprobó en septiembre de 1866 la ley de indemnidad, que absolvía al gobierno por los gastos hechos sin presupuesto durante el conflicto. ↩

  6. Artículo 109 de la Constitución prusiana de 1850. ↩

  7. Eduard Lasker (1829-1884), uno de los jefes del Partido Nacional-Liberal. ↩

  8. Helmuth von Moltke (1800-1891), jefe del Estado Mayor prusiano y luego del alemán, llamado «el gran silencioso». Habló en el Reichstag en defensa de la ley militar el 16 de febrero de 1874. ↩

  9. Las fortalezas de Peschiera, Mantua, Verona y Legnago, base del dominio austriaco en el norte de Italia hasta 1866. ↩

  10. El encuentro de los emperadores de Alemania, Austria y Rusia en Berlín en septiembre de 1872 y las visitas de Guillermo I a San Petersburgo y a Viena en 1873. ↩

  11. Alusión a la autobiografía de Goethe, Dichtung und Wahrheit (Poesía y verdad). ↩

  12. Lucio Quincio Cincinato, el romano al que, según la tradición, se fue a buscar al arado para hacerlo dictador y que volvió a su campo tras salvar a la república. ↩

  13. Gebhard Leberecht von Blücher (1742-1819), mariscal de campo prusiano en las guerras contra Napoleón. La Landwehr prusiana se creó en 1813. ↩

  14. La Landwehr, la reserva del ejército prusiano y luego alemán, formada por los hombres que habían cumplido el servicio activo y en la reserva. ↩

  15. El Landsturm, la leva de todos los hombres útiles no encuadrados en el ejército ni en la Landwehr, creado en Prusia en 1813; una ley del Imperio de 1875 lo restableció. ↩

  16. En mayo de 1849 la movilización de la Landwehr provocó resistencias y levantamientos en la provincia del Rin y en Westfalia. ↩

  17. Claude-Louis de Saint-Germain (1707-1778), ministro de la Guerra francés de 1775 a 1777. ↩

  18. Adolphe Thiers (1797-1877), presidente de la República francesa de 1871 a 1873, y el mariscal Patrice de Mac-Mahon (1808-1893), que le sucedió en mayo de 1873. ↩

  19. Ludwig von Benedek (1804-1881), comandante del ejército austriaco derrotado en Sadowa en 1866, y Napoleón III, derrotado en Sedán en 1870. ↩

  20. La Liga de los Tres Emperadores (Alemania, Austria-Hungría y Rusia), concertada en 1873. ↩