Escrita por Karl Marx en Londres a finales de abril y principios de mayo de 1875, sobre el proyecto de programa de unificación de los eisenacheanos y los lassalleanos que debía aprobar el congreso de Gotha (mayo de 1875). Marx la envió con una carta a Wilhelm Bracke para que la hiciera circular entre los dirigentes del partido de Eisenach. La publicó por primera vez Friedrich Engels en 1891, frente a la oposición de la dirección socialdemócrata, en Die Neue Zeit (año IX, vol. 1, n.º 18). Traducida del manuscrito de Marx (Marx-Engels-Werke, t. 19, Berlín, 1962, pp. 13-32), con los pasajes que Engels suprimió o suavizó en 1891, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Carta a Wilhelm Bracke
Londres, 5 de mayo de 18751
Querido Bracke:2
Tenga la bondad de comunicar, después de leerlas, las siguientes glosas críticas al programa de coalición a Geib y Auer, Bebel y Liebknecht, para que las examinen.3 Estoy agobiado de trabajo y tengo que rebasar con mucho la medida de trabajo que me han prescrito los médicos. Por eso no ha sido para mí ningún «placer» escribir un mamotreto tan largo. Pero era necesario, para que los amigos del partido a quienes va destinada esta comunicación no malinterpreten los pasos que yo tenga que dar más adelante.
Y es que, una vez celebrado el congreso de unificación, Engels y yo publicaremos una breve declaración en el sentido de que somos completamente ajenos a dicho programa de principios y no tenemos nada que ver con él.
Esto es indispensable, porque en el extranjero se sostiene la opinión —una opinión completamente errónea—, cuidadosamente alimentada por los enemigos del partido, de que dirigimos en secreto desde aquí el movimiento del llamado partido de Eisenach.4 Todavía en un libro ruso aparecido hace poco,5 Bakunin me hace responsable, por ejemplo, no solo de todos los programas, etc., de ese partido, sino incluso de cada paso que ha dado Liebknecht desde el día en que empezó a cooperar con el Partido Popular.6
Aparte de eso, es mi deber no reconocer, ni siquiera mediante un silencio diplomático, un programa que, a mi juicio, es absolutamente reprobable y desmoraliza al partido.
Cada paso del movimiento real es más importante que una docena de programas. Así pues, si no se podía ir más allá del programa de Eisenach —y las circunstancias del momento no lo permitían—, se debería haber concertado simplemente un acuerdo para la acción contra el enemigo común. Pero si se hacen programas de principios (en lugar de aplazarlos hasta que una actividad común más prolongada los haya preparado), se colocan ante el mundo entero unos hitos por los que este mide el nivel del movimiento del partido.
Los jefes de los lassalleanos7 vinieron porque las circunstancias los obligaban a ello. Si se les hubiera declarado desde el principio que no se iba a entrar en ningún chalaneo de principios, habrían tenido que contentarse con un programa de acción o con un plan de organización para la acción común. En lugar de eso, se les permite presentarse armados de mandatos, se reconocen por parte propia esos mandatos como vinculantes y, con ello, uno se rinde sin condiciones a quienes eran ellos los necesitados de ayuda. Para colmo, ellos celebran a su vez un congreso antes del congreso de compromiso, mientras que el propio partido celebra el suyo cuando ya todo está hecho.8 Evidentemente, se quería escamotear toda crítica y no dejar que el propio partido se parase a reflexionar. Ya se sabe hasta qué punto el mero hecho de la unificación satisface a los obreros, pero se equivoca quien crea que este éxito momentáneo no se paga demasiado caro. Por lo demás, el programa no vale nada, aun prescindiendo de la canonización de los artículos de fe lassalleanos.
Próximamente le enviaré la entrega final de la edición francesa de El capital.9 La impresión estuvo detenida mucho tiempo por una prohibición del Gobierno francés. Esta semana o a principios de la próxima quedará terminada la cosa. ¿Ha recibido usted las seis entregas anteriores? Tenga también la amabilidad de enviarme la dirección de Bernhard Becker,10 a quien también tengo que mandar las entregas finales.
La librería del Volksstaat11 tiene sus propias maneras. Hasta este momento, por ejemplo, no me han hecho llegar ni un solo ejemplar de la reedición del Proceso de los comunistas en Colonia.12
Un cordial saludo,
Suyo, Karl Marx
Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán
I
1. «El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura, y como el trabajo útil solo es posible en la sociedad y por medio de la sociedad, el fruto del trabajo pertenece íntegro, por igual derecho, a todos los miembros de la sociedad».13
Primera parte del párrafo: «El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura».
El trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza es tan fuente de los valores de uso (¡y de ellos se compone, sin duda, la riqueza material!) como el trabajo, que no es más que la manifestación de una fuerza natural, la fuerza de trabajo humana. Esa frase se encuentra en todas las cartillas escolares y es correcta en la medida en que se presupone que el trabajo se efectúa con los objetos y los medios correspondientes. Pero un programa socialista no debe permitir que esas frases burguesas silencien las condiciones, que son lo único que les da sentido. Solo en la medida en que el hombre se comporta desde el principio como propietario frente a la naturaleza, primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo, y la trata como algo que le pertenece, se convierte su trabajo en fuente de valores de uso y, por tanto, también de riqueza. Los burgueses tienen muy buenas razones para atribuir al trabajo una fuerza creadora sobrenatural, pues precisamente del hecho de que el trabajo está condicionado por la naturaleza se sigue que el hombre que no posee otra propiedad que su fuerza de trabajo tiene que ser, en cualquier estado de la sociedad y de la cultura, esclavo de los otros hombres que se han hecho propietarios de las condiciones objetivas del trabajo. Solo puede trabajar con su permiso y, por tanto, solo puede vivir con su permiso.
Dejemos ahora la frase tal como va y está, o más bien tal como cojea. ¿Qué cabría esperar como conclusión? Evidentemente, esto:
«Como el trabajo es la fuente de toda riqueza, nadie en la sociedad puede apropiarse riqueza si no es como producto del trabajo. Por tanto, si no trabaja él mismo, vive del trabajo ajeno y se apropia también su cultura a costa del trabajo ajeno».
En lugar de eso, con el tornillo verbal «y como», se añade una segunda frase para sacar de ella, y no de la primera, una conclusión.
Segunda parte del párrafo: «El trabajo útil solo es posible en la sociedad y por medio de la sociedad».
Según la primera frase, el trabajo era la fuente de toda riqueza y de toda cultura y, por tanto, tampoco era posible ninguna sociedad sin trabajo. Ahora nos enteramos, al revés, de que no es posible ningún trabajo «útil» sin sociedad.
Igual podría haberse dicho que solo en la sociedad puede el trabajo inútil, e incluso el perjudicial para la comunidad, convertirse en un modo de ganarse la vida; que solo en la sociedad se puede vivir de la ociosidad, etc., etc.; en una palabra, copiar a Rousseau entero.14
¿Y qué es trabajo «útil»? Pues solo el trabajo que produce el efecto útil que se propone. Un salvaje —y el hombre es un salvaje después de haber dejado de ser mono— que abate un animal de una pedrada, que recoge frutos, etc., realiza un trabajo «útil».
Tercero: la conclusión: «Y como el trabajo útil solo es posible en la sociedad y por medio de la sociedad, el fruto del trabajo pertenece íntegro, por igual derecho, a todos los miembros de la sociedad».
¡Hermosa conclusión! Si el trabajo útil solo es posible en la sociedad y por medio de la sociedad, el fruto del trabajo pertenece a la sociedad, y al obrero individual solo le corresponde de él lo que no sea necesario para mantener la «condición» del trabajo, la sociedad.
En efecto, esta tesis la han hecho valer en todas las épocas los paladines del orden social existente en cada momento. Primero vienen las pretensiones del gobierno, con todo lo que va pegado a él, pues es el órgano social para el mantenimiento del orden social; luego vienen las pretensiones de las distintas clases de propietarios privados, pues las distintas clases de propiedad privada son los fundamentos de la sociedad, etc. Como se ve, a esas frases huecas se les pueden dar todas las vueltas que se quiera.
La primera y la segunda parte del párrafo solo tienen alguna conexión razonable en esta redacción:
«El trabajo solo se convierte en fuente de riqueza y de cultura como trabajo social», o, lo que es lo mismo, «en la sociedad y por medio de ella». Esta tesis es indiscutiblemente correcta, pues, aunque el trabajo aislado (supuestas sus condiciones materiales) pueda crear valores de uso, no puede crear ni riqueza ni cultura.
Pero igual de indiscutible es esta otra tesis:
«A medida que el trabajo se desarrolla socialmente y se convierte así en fuente de riqueza y de cultura, se desarrollan la pobreza y el abandono del lado del obrero, y la riqueza y la cultura del lado del que no trabaja».
Esta es la ley de toda la historia hasta hoy. Por tanto, en lugar de hacer frases generales sobre «el trabajo» y «la sociedad», lo que había que hacer aquí era demostrar concretamente cómo en la actual sociedad capitalista se han creado por fin las condiciones materiales, etc., que capacitan y obligan a los obreros a romper esa maldición histórica.
Pero, en realidad, todo este párrafo, fallido en el estilo y en el contenido, solo está ahí para inscribir como consigna en lo alto de la bandera del partido el santo y seña lassalleano del «fruto íntegro del trabajo». Más adelante volveré sobre el «fruto del trabajo», el «igual derecho», etc., ya que la misma cosa reaparece en una forma algo distinta.
2. «En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de la clase capitalista; la dependencia de la clase obrera que de ello resulta es la causa de la miseria y de la servidumbre en todas sus formas».
Esta tesis, tomada de los Estatutos de la Internacional,15 es falsa en esta edición «corregida».
En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de los terratenientes (el monopolio de la propiedad de la tierra es incluso la base del monopolio del capital) y de los capitalistas. Los Estatutos de la Internacional no nombran, en el pasaje correspondiente, ni a una ni a otra clase de monopolistas. Hablan del «monopolio de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de vida»; el añadido «fuentes de vida» muestra suficientemente que la tierra está incluida entre los medios de trabajo.
La corrección se introdujo porque Lassalle, por razones hoy de todos conocidas, solo atacaba a la clase capitalista, no a los terratenientes.16 En Inglaterra, el capitalista la mayoría de las veces ni siquiera es el propietario del suelo en el que se levanta su fábrica.
3. «La emancipación del trabajo exige la elevación de los medios de trabajo a patrimonio común de la sociedad y la regulación cooperativa del trabajo total, con una distribución justa del fruto del trabajo».
«¡Elevación de los medios de trabajo a patrimonio común!». Querrá decir su «transformación en patrimonio común». Pero esto, solo de pasada.
¿Qué es el «fruto del trabajo»? ¿El producto del trabajo o su valor? Y, en este último caso, ¿el valor total del producto o solo la parte de valor que el trabajo ha añadido de nuevo al valor de los medios de producción consumidos?
El «fruto del trabajo» es una noción vaga que Lassalle ha puesto en lugar de conceptos económicos precisos.17
¿Qué es distribución «justa»?
¿No afirman los burgueses que la distribución actual es «justa»? ¿Y no es, en efecto, la única distribución «justa» sobre la base del modo de producción actual? ¿Se regulan las relaciones económicas por conceptos jurídicos, o no nacen, al contrario, las relaciones jurídicas de las económicas? ¿No tienen también los sectarios socialistas las ideas más diversas sobre la distribución «justa»?
Para saber qué hay que entender en este caso por la frase «distribución justa», tenemos que confrontar el primer párrafo con este. Este último supone una sociedad en la que «los medios de trabajo son patrimonio común y el trabajo total está regulado cooperativamente», y por el primer párrafo vemos que «el fruto del trabajo pertenece íntegro, por igual derecho, a todos los miembros de la sociedad». ¿«A todos los miembros de la sociedad»? ¿También a los que no trabajan? ¿Dónde queda entonces el «fruto íntegro del trabajo»? ¿Solo a los miembros de la sociedad que trabajan? ¿Dónde queda entonces el «igual derecho» de todos los miembros de la sociedad?
Pero «todos los miembros de la sociedad» y «el igual derecho» no son, evidentemente, más que frases. Lo esencial es que, en esta sociedad comunista, cada obrero tiene que recibir su «íntegro» «fruto del trabajo» lassalleano.
Si tomamos primero la expresión «fruto del trabajo» en el sentido de producto del trabajo, el fruto del trabajo cooperativo es el producto social total.
De él hay que deducir ahora:
Primero: una parte para reponer los medios de producción consumidos.
Segundo: una parte suplementaria para ampliar la producción.
Tercero: un fondo de reserva o de seguro contra accidentes, perturbaciones debidas a fenómenos naturales, etc.
Estas deducciones del «fruto íntegro del trabajo» son una necesidad económica, y su cuantía se determinará según los medios y las fuerzas disponibles, en parte mediante el cálculo de probabilidades, pero de ningún modo pueden calcularse a partir de la justicia.
Queda la otra parte del producto total, destinada a servir como medios de consumo. Antes de llegar al reparto individual, hay que deducir de ella, de nuevo:
Primero: los gastos generales de administración no directamente relacionados con la producción.
Esta parte se reducirá desde el primer momento muy considerablemente en comparación con la sociedad actual, y disminuirá a medida que la nueva sociedad se desarrolle.
Segundo: lo que se destina a la satisfacción colectiva de necesidades, como escuelas, instituciones sanitarias, etc.
Esta parte aumentará desde el primer momento considerablemente en comparación con la sociedad actual, y crecerá a medida que la nueva sociedad se desarrolle.
Tercero: los fondos para los incapacitados para el trabajo, etc.; en una palabra, lo que hoy corresponde a la llamada beneficencia pública oficial.
Solo ahora llegamos a la «distribución», lo único que el programa, bajo la influencia lassalleana y con estrechez de miras, tiene en cuenta, es decir, a la parte de los medios de consumo que se reparte entre los productores individuales de la cooperativa.
El «fruto íntegro del trabajo» se ha convertido ya por el camino en el «fruto mermado», aunque lo que se le escatima al productor en su calidad de individuo privado le revierte directa o indirectamente en su calidad de miembro de la sociedad.
Así como se ha esfumado la frase del «fruto íntegro del trabajo», ahora se esfuma la frase del «fruto del trabajo» en general.
En el seno de la sociedad cooperativa, basada en la propiedad común de los medios de producción, los productores no intercambian sus productos; tampoco el trabajo invertido en los productos aparece aquí como valor de esos productos, como una cualidad material que estos posean, puesto que ahora, a diferencia de la sociedad capitalista, los trabajos individuales ya no existen como partes integrantes del trabajo total por un rodeo, sino directamente. La expresión «fruto del trabajo», reprobable también hoy por su ambigüedad, pierde así todo sentido.
De lo que aquí se trata es de una sociedad comunista, no tal como se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, tal como sale precisamente de la sociedad capitalista; una sociedad, por tanto, que en todos los aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, presenta todavía las marcas de nacimiento de la vieja sociedad de cuyo seno procede. Por consiguiente, el productor individual recibe de ella —una vez hechas las deducciones— exactamente lo que le ha dado. Lo que le ha dado es su cuota individual de trabajo. Por ejemplo, la jornada social de trabajo se compone de la suma de las horas de trabajo individuales. El tiempo de trabajo individual de cada productor es la parte de la jornada social de trabajo que él aporta, su participación en ella. La sociedad le entrega un bono que acredita que ha aportado tal o cual cantidad de trabajo (después de descontar su trabajo para los fondos comunes), y con ese bono retira de los depósitos sociales de medios de consumo tanto como cuesta esa misma cantidad de trabajo. La misma cantidad de trabajo que ha dado a la sociedad bajo una forma, la recibe de ella bajo otra.
Rige aquí, evidentemente, el mismo principio que regula el intercambio de mercancías, en la medida en que este es un intercambio de equivalentes. El contenido y la forma han cambiado, porque, en las nuevas circunstancias, nadie puede dar nada salvo su trabajo y porque, por otra parte, nada puede pasar a ser propiedad de los individuos, salvo los medios de consumo individuales. Pero, en lo que se refiere a la distribución de estos entre los distintos productores, rige el mismo principio que en el intercambio de mercancías equivalentes: se intercambia una cantidad de trabajo en una forma por la misma cantidad de trabajo en otra.
Por eso, el igual derecho sigue siendo aquí —en principio— el derecho burgués,18 aunque el principio y la práctica ya no se tiran de los pelos, mientras que en el intercambio de mercancías el intercambio de equivalentes solo existe como término medio, y no en cada caso individual.
A pesar de este progreso, este igual derecho sigue llevando todavía una limitación burguesa. El derecho de los productores es proporcional al trabajo que aportan; la igualdad consiste en que se mide con una misma medida: el trabajo. Pero unos individuos son superiores física o intelectualmente a otros y, por tanto, aportan en el mismo tiempo más trabajo, o pueden trabajar durante más tiempo; y el trabajo, para servir de medida, tiene que determinarse por su duración o por su intensidad; de lo contrario, dejaría de ser una medida. Este derecho igual es un derecho desigual para un trabajo desigual. No reconoce ninguna diferencia de clase, porque cada uno no es más que un obrero como los demás; pero reconoce tácitamente como privilegios naturales las desiguales dotes individuales y, por consiguiente, la desigual capacidad de rendimiento de los obreros. Por eso es, por su contenido, un derecho de la desigualdad, como todo derecho. El derecho, por su naturaleza, solo puede consistir en la aplicación de una misma medida; pero los individuos desiguales (y no serían individuos distintos si no fueran desiguales) solo pueden medirse por una misma medida si se los enfoca desde un mismo punto de vista, si se los toma solo por un aspecto determinado; por ejemplo, en el caso dado, si se los considera solo como obreros y no se ve en ellos nada más, prescindiendo de todo lo demás. Además, un obrero está casado y otro no; uno tiene más hijos que otro, etc., etc. A igual rendimiento de trabajo y, por consiguiente, a igual participación en el fondo social de consumo, uno recibe de hecho más que otro, uno es más rico que otro, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho, en vez de ser igual, tendría que ser desigual.
Pero estos inconvenientes son inevitables en la primera fase de la sociedad comunista, tal como sale de la sociedad capitalista tras largos dolores de parto.19 El derecho no puede ser nunca superior a la configuración económica de la sociedad ni al desarrollo cultural que esta condiciona.
En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo y, con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solo un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo multilateral de los individuos, hayan crecido también sus fuerzas productivas y corran a chorro lleno todos los manantiales de la riqueza colectiva, solo entonces podrá rebasarse por completo el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en su bandera: ¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según sus necesidades!20
Me he extendido sobre el «fruto íntegro del trabajo», por una parte, y sobre «el igual derecho» y «la distribución justa», por otra, para mostrar qué desafuero se comete cuando, por un lado, se quiere volver a imponer a nuestro partido como dogmas ideas que en cierta época tuvieron sentido, pero que hoy se han convertido en fraseología anticuada, y, por otro, se tergiversa la concepción realista, que tanto esfuerzo costó inculcar al partido pero que ya ha echado raíces en él, con pamplinas ideológicas sobre el derecho y de otra índole, tan corrientes entre los demócratas y los socialistas franceses.
Aparte de lo expuesto hasta aquí, era en general un error hacer tanto caso de la llamada distribución y poner en ella el acento principal.
La distribución de los medios de consumo es, en cada momento, solo la consecuencia de la distribución de las propias condiciones de producción. El modo de producción capitalista, por ejemplo, descansa en el hecho de que las condiciones materiales de producción están adjudicadas a los que no trabajan bajo la forma de propiedad del capital y propiedad de la tierra, mientras que la masa solo es propietaria de la condición personal de producción, la fuerza de trabajo. Si los elementos de la producción están distribuidos de este modo, la actual distribución de los medios de consumo resulta por sí misma. Si las condiciones materiales de producción son propiedad cooperativa de los propios obreros, resultará igualmente una distribución de los medios de consumo distinta de la actual. El socialismo vulgar (y, a través de él, una parte de la democracia) ha heredado de los economistas burgueses la costumbre de considerar y tratar la distribución como algo independiente del modo de producción y, por tanto, de presentar el socialismo como si girase principalmente en torno a la distribución. Una vez puesta en claro hace tiempo la verdadera relación, ¿por qué volver atrás?
4. «La emancipación del trabajo tiene que ser obra de la clase obrera, frente a la cual todas las demás clases no son más que una masa reaccionaria».
La primera estrofa está tomada del preámbulo de los Estatutos de la Internacional, pero «corregida». Allí se dice: «La emancipación de la clase obrera tiene que ser obra de los propios obreros»; aquí, en cambio, «la clase obrera» tiene que emancipar... ¿a qué? Al «trabajo». Que lo entienda quien pueda.
A modo de indemnización, la antistrofa es, en cambio, una cita lassalleana de la más pura agua: «frente a la cual (la clase obrera) todas las demás clases no forman más que una masa reaccionaria».
En el Manifiesto Comunista se dice: «De todas las clases que hoy se enfrentan a la burguesía, solo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases decaen y desaparecen con la gran industria; el proletariado es su producto más genuino».
Aquí se concibe a la burguesía como clase revolucionaria —como portadora de la gran industria— frente a los feudales y las capas medias, que quieren mantener todas las posiciones sociales creadas por modos de producción caducos. Por tanto, estos no forman, junto con la burguesía, una sola masa reaccionaria.
Por otra parte, el proletariado es revolucionario frente a la burguesía porque, surgido él mismo sobre la base de la gran industria, aspira a despojar a la producción del carácter capitalista que la burguesía trata de perpetuar. Pero el Manifiesto añade que las «capas medias... se vuelven revolucionarias... en vista de su inminente paso al proletariado».
Desde este punto de vista, es, pues, absurdo, una vez más, que ellas, «junto con la burguesía» y, por añadidura, con los feudales, «no formen más que una masa reaccionaria» frente a la clase obrera.
¿Acaso en las últimas elecciones se gritó a los artesanos, a los pequeños industriales, etc., y a los campesinos: «Frente a nosotros no formáis, junto con los burgueses y los feudales, más que una masa reaccionaria»?
Lassalle se sabía el Manifiesto Comunista de memoria, igual que sus fieles se saben los textos sagrados que él escribió. Así pues, si lo falsificó tan burdamente, fue solo para cohonestar su alianza con los adversarios absolutistas y feudales contra la burguesía.
En el párrafo citado, además, su sentencia se trae por los pelos, sin relación alguna con la cita estropeada de los Estatutos de la Internacional. Se trata, pues, simplemente de una impertinencia, y por cierto nada desagradable para el señor Bismarck,21 una de esas groserías baratas con las que comercia el Marat berlinés.22
5. «La clase obrera trabaja por su emancipación ante todo en el marco del Estado nacional actual, consciente de que el resultado necesario de sus esfuerzos, comunes a los obreros de todos los países civilizados, será la fraternización internacional de los pueblos».
Lassalle, en oposición al Manifiesto Comunista y a todo el socialismo anterior, había concebido el movimiento obrero desde el punto de vista nacional más estrecho. ¡Y se le sigue en esto, y además después de la acción de la Internacional!
Se entiende por sí mismo que, para poder luchar en absoluto, la clase obrera tiene que organizarse como clase en su propio país, y que el interior de este es el escenario inmediato de su lucha. En este sentido, su lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino, como dice el Manifiesto Comunista, «por su forma». Pero el «marco del Estado nacional actual», por ejemplo, del Imperio alemán, se encuentra a su vez, económicamente, «en el marco del mercado mundial» y, políticamente, «en el marco del sistema de Estados». Cualquier comerciante sabe que el comercio alemán es al mismo tiempo comercio exterior, y la grandeza del señor Bismarck consiste precisamente en su manera de hacer política internacional.
¿Y a qué reduce el Partido Obrero Alemán su internacionalismo? A la conciencia de que el resultado de sus esfuerzos «será la fraternización internacional de los pueblos», una frase tomada de la burguesa Liga de la Paz y de la Libertad23 que se quiere hacer pasar por equivalente de la fraternidad internacional de las clases obreras en la lucha común contra las clases dominantes y sus gobiernos. ¡Así pues, ni una palabra de las funciones internacionales de la clase obrera alemana! ¡Y así es como esta ha de plantar cara a su propia burguesía, ya hermanada contra ella con los burgueses de todos los demás países, y a la política internacional de conspiración del señor Bismarck!
En realidad, la profesión de fe internacionalista del programa está todavía infinitamente por debajo de la del partido librecambista. También este afirma que el resultado de sus esfuerzos será «la fraternización internacional de los pueblos». Pero, además, hace algo para internacionalizar el comercio, y no se contenta en modo alguno con la conciencia de que todos los pueblos comercian dentro de su propio país.
La acción internacional de las clases obreras no depende en modo alguno de la existencia de la «Asociación Internacional de los Trabajadores». Esta fue solo el primer intento de dotar a esa acción de un órgano central; un intento que, por el impulso que dio, tuvo un éxito duradero, pero que en su primera forma histórica ya no era viable después de la caída de la Comuna de París.24
La Norddeutsche de Bismarck25 tenía toda la razón cuando proclamó, para satisfacción de su amo, que el Partido Obrero Alemán había abjurado del internacionalismo en su nuevo programa.
II
«Partiendo de estos principios, el Partido Obrero Alemán aspira por todos los medios legales al Estado libre —y— a la sociedad socialista; a la abolición del sistema del salario con la ley de bronce del salario —y— de la explotación en todas sus formas; a la eliminación de toda desigualdad social y política».
Sobre el «Estado libre» volveré más adelante.
¡Así pues, en lo sucesivo el Partido Obrero Alemán tiene que creer en la «ley de bronce del salario» de Lassalle!26 Para que no se pierda, se comete el disparate de hablar de la «abolición del sistema del salario» (debería decir: sistema del trabajo asalariado) «con la ley de bronce del salario». Si suprimo el trabajo asalariado, suprimo naturalmente también sus leyes, sean «de bronce» o de esponja. Pero la lucha de Lassalle contra el trabajo asalariado gira casi exclusivamente en torno a esa supuesta ley. Por eso, para demostrar que la secta lassalleana ha triunfado, hay que abolir el «sistema del salario con la ley de bronce del salario», y no sin ella.
De la «ley de bronce del salario», como es sabido, a Lassalle no le pertenece más que la expresión «de bronce», tomada de las «eternas, broncíneas, grandes leyes» de Goethe.27 La palabra de bronce es una contraseña por la que se reconocen los ortodoxos. Pero si tomo la ley con el sello de Lassalle y, por tanto, en su sentido, tengo que tomarla también con su fundamentación. ¿Y cuál es esta? Como mostró Lange28 poco después de la muerte de Lassalle, la teoría malthusiana de la población29 (predicada por el propio Lange). Pero, si esta es correcta, tampoco puedo abolir la ley, aunque suprima cien veces el trabajo asalariado, porque en ese caso la ley rige no solo el sistema del trabajo asalariado, sino todo sistema social. ¡Apoyándose precisamente en ella, los economistas llevan cincuenta años y más demostrando que el socialismo no puede suprimir la miseria, fundada en la naturaleza, sino solo generalizarla, repartirla a la vez por toda la superficie de la sociedad!
Pero todo esto no es lo principal. Prescindiendo por completo de la formulación errónea que Lassalle dio a la ley, el retroceso verdaderamente indignante consiste en lo siguiente:
Desde la muerte de Lassalle se ha abierto paso en nuestro partido la comprensión científica de que el salario no es lo que parece ser, a saber, el valor o el precio del trabajo, sino solo una forma disfrazada del valor o del precio de la fuerza de trabajo. Con ello quedaba echada por tierra de una vez para siempre toda la concepción burguesa del salario existente hasta entonces, así como toda la crítica dirigida hasta entonces contra ella, y quedaba claro que el obrero asalariado solo tiene permiso para trabajar para su propia vida, es decir, para vivir, en la medida en que trabaja gratis durante cierto tiempo para el capitalista (y, por tanto, también para quienes con él se reparten la plusvalía); que todo el sistema de producción capitalista gira en torno a la prolongación de este trabajo gratuito, ya sea mediante el alargamiento de la jornada de trabajo, ya mediante el desarrollo de la productividad, una mayor tensión de la fuerza de trabajo, etc.; que, por tanto, el sistema del trabajo asalariado es un sistema de esclavitud, y de una esclavitud que se hace más dura a medida que se desarrollan las fuerzas productivas sociales del trabajo, tanto si el obrero recibe una paga mejor como si la recibe peor. ¡Y después de que esta comprensión se ha ido abriendo paso cada vez más en nuestro partido, se vuelve a los dogmas de Lassalle, cuando ahora se debería saber que Lassalle no sabía lo que era el salario, sino que, siguiendo a los economistas burgueses, tomaba la apariencia por la esencia de la cosa! Es como si, entre unos esclavos que por fin hubieran descubierto el secreto de la esclavitud y se hubieran sublevado, un esclavo prisionero de ideas anticuadas escribiera en el programa de la rebelión: ¡La esclavitud debe ser abolida porque, en el sistema de la esclavitud, la manutención de los esclavos no puede rebasar cierto máximo muy bajo! El mero hecho de que los representantes de nuestro partido hayan sido capaces de cometer un atentado tan monstruoso contra la comprensión difundida entre la masa del partido, ¿no demuestra por sí solo con qué ligereza criminal, con qué falta de escrúpulos procedieron al redactar el programa de compromiso?
En lugar de la vaga frase final del párrafo, «la eliminación de toda desigualdad social y política», había que decir que, con la abolición de las diferencias de clase, desaparece por sí misma toda la desigualdad social y política que nace de ellas.
III
«Para allanar el camino a la solución de la cuestión social, el Partido Obrero Alemán exige la creación de cooperativas de producción con ayuda del Estado bajo el control democrático del pueblo trabajador. Las cooperativas de producción han de crearse en la industria y en la agricultura en proporciones tales que de ellas surja la organización socialista del trabajo total».30
¡Después de la «ley de bronce del salario» de Lassalle, la panacea del profeta! ¡Y se le «allana el camino» de una manera digna! En lugar de la lucha de clases existente aparece una frase de gacetillero, «la cuestión social», a cuya «solución» se «allana el camino». En vez de surgir del proceso revolucionario de transformación de la sociedad, la «organización socialista del trabajo total» «surge» de la «ayuda del Estado» que el Estado presta a unas cooperativas de producción que él, y no el obrero, «crea». ¡Esto es digno de la fantasía de Lassalle de que con préstamos del Estado se puede construir una sociedad nueva igual que se construye un nuevo ferrocarril!
Por un resto de pudor, se pone «la ayuda del Estado» «bajo el control democrático del pueblo trabajador».
En primer lugar, el «pueblo trabajador» en Alemania está formado en su mayoría por campesinos, y no por proletarios.
En segundo lugar, «democrático» quiere decir en alemán volksherrschaftlich, «del poder del pueblo». Pero ¿qué significa «el control del poder del pueblo por el pueblo trabajador»? ¡Y, encima, tratándose de un pueblo de obreros que, con las reivindicaciones que plantea al Estado, expresa su plena conciencia de que ni está en el poder ni está maduro para el poder!
Es superfluo detenerse aquí en la crítica de la receta prescrita por Buchez31 bajo Luis Felipe en oposición a los socialistas franceses y adoptada por los obreros reaccionarios de L’Atelier. Además, lo más escandaloso no está en que se haya inscrito en el programa esa cura milagrosa específica, sino en que, en general, se retroceda del punto de vista del movimiento de clase al del movimiento de secta.
Que los obreros quieran crear las condiciones de la producción cooperativa a escala social y, ante todo, en su propio país, es decir, a escala nacional, solo significa que trabajan por subvertir las actuales condiciones de producción, ¡y no tiene nada en común con la fundación de sociedades cooperativas con ayuda del Estado! Y, en lo que se refiere a las actuales sociedades cooperativas, solo tienen valor en la medida en que son creaciones independientes de los obreros, no protegidas ni por los gobiernos ni por los burgueses.
IV
Paso ahora a la parte democrática.
A. «Base de libertad del Estado».
Ante todo, según el apartado II, el Partido Obrero Alemán aspira al «Estado libre».
Estado libre: ¿qué es eso?
En modo alguno es objetivo de los obreros, que se han librado de la limitada mentalidad de súbditos,32 hacer «libre» al Estado. En el Imperio alemán, el «Estado» es casi tan «libre» como en Rusia. La libertad consiste en convertir al Estado, de órgano que está por encima de la sociedad, en un órgano completamente subordinado a ella, y también hoy las formas de Estado son más o menos libres en la medida en que limitan la «libertad del Estado».33
El Partido Obrero Alemán —al menos si hace suyo este programa— muestra que las ideas socialistas no le han entrado ni a flor de piel, ya que, en lugar de tratar a la sociedad existente (y lo mismo vale para cualquier sociedad futura) como base del Estado existente (o del futuro, para una sociedad futura), trata al Estado como un ser independiente que posee sus propias «bases intelectuales, morales y de libertad».
¡Y luego el burdo abuso que el programa hace de las expresiones «Estado actual» y «sociedad actual», y el malentendido aún más burdo en que incurre respecto al Estado al que dirige sus reivindicaciones!
La «sociedad actual» es la sociedad capitalista, que existe en todos los países civilizados, más o menos libre de aditamentos medievales, más o menos modificada por el desarrollo histórico particular de cada país, más o menos desarrollada. El «Estado actual», por el contrario, varía con cada frontera. En el Imperio prusiano-alemán es distinto que en Suiza; en Inglaterra, distinto que en los Estados Unidos. «El Estado actual» es, por tanto, una ficción.
Sin embargo, los distintos Estados de los distintos países civilizados, pese a la abigarrada diversidad de sus formas, tienen todos en común que se asientan sobre el terreno de la moderna sociedad burguesa, solo que más o menos desarrollada en sentido capitalista. Por eso tienen también en común ciertos caracteres esenciales. En este sentido puede hablarse del «régimen estatal actual», por oposición al futuro, en el que su raíz actual, la sociedad burguesa, se habrá extinguido.
Cabe entonces preguntarse: ¿qué transformación sufrirá el régimen estatal en una sociedad comunista? Dicho de otro modo: ¿qué funciones sociales, análogas a las actuales funciones del Estado, subsistirán allí? Esta pregunta solo puede contestarse científicamente, y por más que se combine de mil maneras la palabra pueblo con la palabra Estado,34 no se avanza en el problema ni un salto de pulga.
Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el periodo de la transformación revolucionaria de la una en la otra. A él corresponde también un periodo político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado.35
Ahora bien, el programa no se ocupa ni de esta última ni del futuro régimen estatal de la sociedad comunista.
Sus reivindicaciones políticas no contienen nada más que la vieja letanía democrática conocida de todo el mundo: sufragio universal, legislación directa, justicia popular, milicia popular, etc. Son un mero eco del Partido Popular burgués y de la Liga de la Paz y de la Libertad. Son todas ellas reivindicaciones que, en la medida en que no se exageran hasta la fantasía, ya están realizadas. Solo que el Estado al que pertenecen no se halla dentro de las fronteras del Imperio alemán, sino en Suiza, en los Estados Unidos, etc. Esta clase de «Estado del futuro» es un Estado actual, aunque exista fuera «del marco» del Imperio alemán.
Pero se ha olvidado una cosa. Puesto que el Partido Obrero Alemán declara expresamente que actúa dentro del «Estado nacional actual», es decir, dentro de su propio Estado, el Imperio prusiano-alemán —de lo contrario, sus reivindicaciones carecerían en gran parte de sentido, ya que solo se exige lo que no se tiene—, no debería haber olvidado lo principal, a saber, que todas esas lindezas descansan en el reconocimiento de la llamada soberanía popular y que, por tanto, solo tienen cabida en una república democrática.
Ya que no se tiene el valor36 —y con razón, pues las circunstancias aconsejan prudencia— de exigir la república democrática, como hacían los programas obreros franceses bajo Luis Felipe y bajo Luis Napoleón,37 no se debería haber recurrido a la artimaña, ni «honrada»38 ni digna, de exigir cosas que solo tienen sentido en una república democrática a un Estado que no es más que un despotismo militar guarnecido de formas parlamentarias, mezclado con aditamentos feudales y, al mismo tiempo, influido ya por la burguesía, armado burocráticamente y custodiado por la policía, ¡y encima asegurarle a ese Estado que uno se imagina que puede imponerle tales cosas «por medios legales»!
Incluso la democracia vulgar, que ve en la república democrática el reino milenario y no tiene ni idea de que es precisamente en esta última forma de Estado de la sociedad burguesa donde la lucha de clases ha de dirimirse definitivamente, incluso ella está a cien leguas por encima de esta clase de democratismo dentro de los límites de lo permitido por la policía y de lo no permitido por la lógica.
Que por «Estado» se entiende en realidad la máquina de gobierno, o el Estado en cuanto constituye un organismo propio, separado de la sociedad por la división del trabajo, lo muestran ya las palabras: «El Partido Obrero Alemán exige como base económica del Estado: un impuesto progresivo único sobre la renta, etc.». Los impuestos son la base económica de la maquinaria de gobierno, y de nada más. En el Estado del futuro existente en Suiza, esta reivindicación está bastante cumplida. El impuesto sobre la renta presupone las distintas fuentes de ingresos de las distintas clases sociales y, por tanto, la sociedad capitalista. No tiene, pues, nada de extraño que los Financial Reformers de Liverpool —burgueses con el hermano de Gladstone a la cabeza— planteen la misma reivindicación que el programa.39
B. «El Partido Obrero Alemán exige como base intelectual y moral del Estado:
1. Educación popular general e igual por el Estado. Escolaridad obligatoria general. Instrucción gratuita».
¿Educación popular igual? ¿Qué se imaginan con estas palabras? ¿Se cree que en la sociedad actual (y solo con ella tenemos que vérnoslas) la educación puede ser igual para todas las clases? ¿O se exige que también las clases altas sean reducidas por la fuerza a ese módico de educación —la escuela primaria— que es lo único compatible con la situación económica no solo de los obreros asalariados, sino también de los campesinos?
«Escolaridad obligatoria general. Instrucción gratuita». La primera existe en Alemania; la segunda, en Suiza y en los Estados Unidos, para las escuelas primarias. Si en algunos estados de estos últimos también son «gratuitos» los centros de enseñanza «superior», eso solo significa, de hecho, costear a las clases altas sus gastos de educación con cargo a la caja general de los impuestos. Dicho sea de paso, lo mismo vale para la «administración gratuita de la justicia» que se exige en el punto A. 5. La justicia penal se tiene gratis en todas partes; la justicia civil gira casi exclusivamente en torno a conflictos de propiedad y, por tanto, afecta casi exclusivamente a las clases poseedoras. ¿Han de pleitear estas a costa del erario del pueblo?
El párrafo sobre las escuelas debería haber exigido al menos escuelas técnicas (teóricas y prácticas) combinadas con la escuela primaria.
Es absolutamente reprobable una «educación del pueblo por el Estado». Determinar mediante una ley general los recursos de las escuelas primarias, la cualificación del personal docente, las materias de enseñanza, etc., y, como se hace en los Estados Unidos, vigilar mediante inspectores del Estado el cumplimiento de estas prescripciones legales, es algo completamente distinto de nombrar al Estado educador del pueblo. Lo que hay que hacer, más bien, es excluir por igual al gobierno y a la Iglesia de toda influencia sobre la escuela. ¡Y en el Imperio prusiano-alemán, nada menos (y que nadie se escude en el pobre subterfugio de que se habla de un «Estado del futuro»; ya hemos visto lo que pasa con él), es, al contrario, el Estado el que necesita que el pueblo le dé una educación muy severa!
Pero todo el programa, pese a todo su tintineo democrático, está de cabo a rabo infestado de la fe servil de la secta lassalleana en el Estado o, lo que no es mejor, de la fe democrática en los milagros; o, más bien, es un compromiso entre esas dos clases de fe en los milagros, igualmente alejadas del socialismo.
«Libertad de la ciencia», dice un párrafo de la Constitución prusiana.40 ¿A qué viene entonces aquí?
«¡Libertad de conciencia!». Si en esta época del Kulturkampf41 se quería recordar al liberalismo sus viejos lemas, solo podía hacerse de esta forma: cada cual debe poder hacer sus necesidades religiosas, igual que las corporales, sin que la policía meta las narices en ello.42 Pero el partido obrero tenía que expresar en esta ocasión su conciencia de que la «libertad de conciencia» burguesa no es más que la tolerancia de toda clase de libertad de conciencia religiosa, mientras que él aspira, por el contrario, a liberar las conciencias de la fantasmagoría religiosa. Pero se prefiere no rebasar el nivel «burgués».
He llegado al final, pues el apéndice que sigue en el programa no constituye una parte característica de él. Por eso tengo que ser aquí muy breve.
«2. Jornada normal de trabajo».
El partido obrero de ningún otro país se ha limitado a una reivindicación tan vaga, sino que siempre ha fijado la duración de la jornada de trabajo que considera normal en las circunstancias dadas.
«3. Limitación del trabajo de las mujeres y prohibición del trabajo infantil».
La reglamentación de la jornada de trabajo tiene que incluir ya la limitación del trabajo de las mujeres en lo que se refiere a la duración, las pausas, etc., de la jornada; de lo contrario, solo puede significar la exclusión del trabajo femenino de las ramas de trabajo especialmente perjudiciales para la salud del cuerpo femenino o moralmente censurables para el sexo femenino. Si eso es lo que se quería decir, había que decirlo.
«¡Prohibición del trabajo infantil!». Aquí era absolutamente necesario indicar el límite de edad.
La prohibición general del trabajo infantil es incompatible con la existencia de la gran industria y, por tanto, un piadoso deseo vacío.
Su aplicación —si fuera posible— sería reaccionaria, ya que, con una reglamentación estricta del tiempo de trabajo según las distintas edades y con otras medidas de precaución para proteger a los niños, la combinación temprana del trabajo productivo con la enseñanza es uno de los más poderosos medios de transformación de la sociedad actual.
«4. Vigilancia estatal de la industria fabril, de los talleres y de la industria a domicilio».
Frente al Estado prusiano-alemán había que exigir expresamente que los inspectores solo puedan ser destituidos por vía judicial; que cualquier obrero pueda denunciarlos ante los tribunales por incumplimiento de sus deberes; que tengan que pertenecer a la profesión médica.
«5. Regulación del trabajo en las prisiones».
Reivindicación mezquina en un programa obrero general. En todo caso, había que decir claramente que no se quiere, por envidia de la competencia, que los delincuentes comunes sean tratados como bestias, y sobre todo que no se les quiere privar de su único medio de enmienda, el trabajo productivo. Era lo menos que se podía esperar de unos socialistas.
«6. Una ley eficaz de responsabilidad civil».43
Había que decir qué se entiende por ley «eficaz» de responsabilidad civil.
Dicho sea de paso, a propósito de la jornada normal de trabajo se ha pasado por alto la parte de la legislación fabril que se refiere a las medidas sanitarias y a los medios de protección contra los peligros, etc. La ley de responsabilidad civil solo entra en juego cuando se infringen estas prescripciones.
En resumen, también este apéndice se distingue por su desaliñada redacción. He dicho y he salvado mi alma.44
(Nota de Marx.) En la cabecera de la carta: «Notabene. El manuscrito tiene que volver a sus manos, para que pueda disponer de él si es necesario». ↩
Wilhelm Bracke (1842-1880), editor y librero de Brunswick, dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata (el partido de Eisenach). ↩
August Geib (1842-1879) e Ignaz Auer (1846-1907), miembros de la dirección del partido de Eisenach; August Bebel (1840-1913) y Wilhelm Liebknecht (1826-1900), fundadores y principales dirigentes del partido. Liebknecht fue quien más empeño puso en la unificación con los lassalleanos. ↩
El Partido Obrero Socialdemócrata se fundó en el congreso de Eisenach, en agosto de 1869, y se adhirió a la Asociación Internacional de los Trabajadores; a sus miembros se los llamaba «eisenacheanos». El congreso de Gotha, en mayo de 1875, lo fusionó con la Asociación General de Trabajadores Alemanes, fundada por Lassalle, en el Partido Socialista Obrero de Alemania. ↩
Estatismo y anarquía (1873), publicado en ruso, sin nombre de autor, en Suiza. ↩
El Partido Popular Alemán (Deutsche Volkspartei), fundado en 1865, era un partido demócrata, sobre todo de la pequeña burguesía del sur de Alemania, enemigo de la hegemonía prusiana. En la segunda mitad de la década de 1860, Liebknecht y Bebel colaboraron con él a través del Partido Popular Sajón, antes de fundar el partido de Eisenach. ↩
Ferdinand Lassalle (1825-1864) fundó en 1863 la Asociación General de Trabajadores Alemanes (Allgemeiner Deutscher Arbeiterverein), cuyo programa se resumía en el sufragio universal y en las cooperativas de producción con ayuda del Estado. Murió en un duelo en 1864. ↩
En latín en el original: post festum, «después de la fiesta». ↩
La traducción francesa del libro I de El capital, revisada por Marx, apareció en París, en entregas, entre 1872 y 1875, en la editorial de Maurice Lachâtre. ↩
Bernhard Becker (1826-1882), sucesor de Lassalle a la cabeza de la Asociación General de Trabajadores Alemanes en 1864-1865; más tarde se acercó a los eisenacheanos. ↩
Der Volksstaat («El Estado popular»), órgano central del partido de Eisenach, publicado en Leipzig entre 1869 y 1876 bajo la dirección de Liebknecht. ↩
Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia, folleto de Marx de 1853, que el Volksstaat reeditó en 1874-1875. ↩
Los pasajes en cita son del proyecto de programa publicado en marzo de 1875 en la prensa de los dos partidos. El congreso de Gotha lo aprobó con pocas modificaciones. ↩
Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) había atribuido a la sociedad, y no a la naturaleza humana, el origen de la desigualdad y de los vicios, sobre todo en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755). ↩
Los Estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, redactados por Marx en 1864 y aprobados en el congreso de Ginebra de 1866. El considerando correspondiente dice que «el sometimiento económico del trabajador al monopolizador de los medios de trabajo, es decir, de las fuentes de vida, es la base de la servidumbre en todas sus formas». ↩
Alusión a los contactos que Lassalle mantuvo en 1863-1864 con Bismarck, entonces presidente del Gobierno de Prusia, y a su táctica de aliarse con los junkers y la monarquía contra la burguesía liberal. ↩
«Arbeitsertrag»: literalmente, el rendimiento o el fruto del trabajo; «unverkürzt», sin merma, íntegro. Traducimos «fruto del trabajo» para distinguirlo del «producto del trabajo» (Produkt der Arbeit), que Marx le opone. ↩
«Bürgerliches Recht» significa a la vez «derecho burgués» y «derecho civil». Marx subraya aquí su carácter burgués. ↩
Marx distingue una «primera fase» y una «fase superior» de la sociedad comunista. No las llama «socialismo» y «comunismo»: esa terminología la fijó Lenin en El Estado y la revolución (1917). ↩
En el original: «Jeder nach seinen Fähigkeiten, jedem nach seinen Bedürfnissen!». La fórmula procedía del socialismo francés anterior a 1848; Louis Blanc la había popularizado. ↩
Otto von Bismarck (1815-1898), presidente del Gobierno de Prusia desde 1862 y canciller del Imperio alemán desde su fundación, en 1871. ↩
Probablemente Wilhelm Hasselmann (1844-1916), dirigente lassalleano y redactor en Berlín del Neuer Social-Demokrat, conocido por su lenguaje incendiario. Jean-Paul Marat (1743-1793) fue el más radical de los periodistas de la Revolución francesa. ↩
La Liga de la Paz y de la Libertad (Ligue de la paix et de la liberté), fundada en Ginebra en 1867 por republicanos y pacifistas burgueses, predicaba unos «Estados Unidos de Europa» y la fraternidad entre los pueblos. ↩
Tras la Comuna de París (1871) y la escisión con los bakuninistas, el congreso de La Haya (1872) trasladó el Consejo General de la Internacional a Nueva York. La organización se disolvió formalmente en 1876. ↩
La Norddeutsche Allgemeine Zeitung, diario de Berlín, portavoz oficioso del Gobierno de Bismarck. Marx alude a un editorial de marzo de 1875 sobre el proyecto de programa. ↩
Lassalle sostenía que, por la ley de la oferta y la demanda de trabajo y por el crecimiento de la población obrera, el salario medio se reduce siempre al mínimo necesario para que los obreros subsistan y se reproduzcan. De ahí deducía que solo las cooperativas de producción, con ayuda del Estado, podían liberar a los obreros. ↩
Del poema de Goethe «Lo divino» (Das Göttliche, 1783): «Según eternas, broncíneas, / grandes leyes / hemos de cumplir todos / los círculos de nuestra existencia». ↩
Friedrich Albert Lange (1828-1875), filósofo neokantiano, en La cuestión obrera (Die Arbeiterfrage, 1865). ↩
Thomas Robert Malthus (1766-1834) sostenía en su Ensayo sobre el principio de la población (1798) que la población tiende a crecer más deprisa que los medios de subsistencia, y achacaba a esa ley natural la miseria de los pobres. ↩
Las cooperativas de producción con ayuda del Estado eran la reivindicación central de Lassalle, formulada en su Carta abierta de respuesta (1863) al comité central que preparaba un congreso obrero en Leipzig. ↩
Philippe Buchez (1796-1865), antiguo saint-simoniano y socialista cristiano, propugnaba asociaciones obreras de producción con ayuda del Estado. La revista mensual L’Atelier (París, 1840-1850), redactada por obreros, era de inspiración buchezista. ↩
«Beschränkter Untertanenverstand», «limitado entendimiento de súbdito»: expresión del ministro prusiano del Interior Gustav von Rochow, que en 1838 la empleó para negar a los súbditos el derecho a juzgar los actos del gobierno. Se hizo proverbial. ↩
El «Estado popular libre» (freier Volksstaat) figuraba ya en el programa de Eisenach de 1869. Engels lo criticó en su carta a Bebel de marzo de 1875, sobre el mismo proyecto de programa. ↩
Alusión a la consigna del «Estado popular» (Volksstaat), que daba también título al órgano del partido de Eisenach. ↩
Marx había empleado la expresión «dictadura del proletariado» desde 1850, en Las luchas de clases en Francia, y en su carta a Joseph Weydemeyer del 5 de marzo de 1852. ↩
En la edición de 1891, «Ya que no se está en condiciones». ↩
Luis Felipe de Orleans, rey de los franceses de 1830 a 1848; Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la República desde 1848 y emperador, con el nombre de Napoleón III, de 1852 a 1870. ↩
A los eisenacheanos se los llamaba «los honrados» (die Ehrlichen), por oposición a los lassalleanos. ↩
La Asociación por la Reforma Financiera de Liverpool (Liverpool Financial Reform Association), fundada en 1848, defendía la sustitución de los impuestos indirectos por un impuesto directo sobre la renta. La presidía Robertson Gladstone (1805-1875), hermano del dirigente liberal William Ewart Gladstone. ↩
El artículo 20 de la Constitución prusiana de 1850: «La ciencia y su enseñanza son libres». ↩
Nombre que se dio a la lucha de Bismarck contra la Iglesia católica y el partido católico del Centro en la década de 1870, con leyes sobre las escuelas, el clero y el matrimonio civil. ↩
«Notdurft» designa a la vez la necesidad y, en particular, la necesidad fisiológica. En la edición de 1891 se lee «sus necesidades religiosas como las corporales» (Bedürfnisse), con lo que se pierde el juego de palabras. ↩
Ley sobre la responsabilidad de los empresarios por los accidentes de trabajo. La ley imperial de 1871 (Reichshaftpflichtgesetz) solo obligaba al empresario a indemnizar si se demostraba su culpa o la de sus encargados. ↩
En latín en el original: «Dixi et salvavi animam meam». La fórmula procede de Ezequiel 3, 19. ↩