Discurso pronunciado en francés por Friedrich Engels en Londres, el 22 de enero de 1876, en un mitin por el aniversario de la insurrección polaca de 1863. El texto francés no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 35-36), hecha sobre el manuscrito, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
¡Ciudadanos!
Polonia desempeña un papel muy particular en la historia de las revoluciones europeas. Toda revolución de Occidente que no logró arrastrar consigo a Polonia y asegurarle la independencia y la libertad estuvo condenada al fracaso. Tomemos, por ejemplo, la revolución de 1848. Abarcó un territorio mucho más extenso que cualquier revolución anterior; arrastró a su torbellino a Austria, Hungría y Prusia. Pero se detuvo en las fronteras de Polonia, ocupada por los ejércitos de Rusia. Cuando el zar Nicolás recibió la noticia de la revolución de Febrero, dijo a quienes le rodeaban: «¡A caballo, señores!».1 Enseguida movilizó sus tropas y las concentró en Polonia, dispuesto a hacerles cruzar las fronteras en el momento oportuno contra la Europa sublevada. Los revolucionarios, por su parte, sabían muy bien que el campo donde habría de librarse la batalla decisiva era Polonia. El 15 de mayo, la población de París irrumpió en la Asamblea Nacional al grito de «¡Viva Polonia!» para obligarla a la guerra por la independencia polaca.2 Al mismo tiempo, Marx y yo exigíamos en la Neue Rheinische Zeitung que Prusia declarase de inmediato la guerra a Rusia para liberar a Polonia, y nos apoyaba toda la democracia progresista de Alemania. En Francia y en Alemania se sabía, pues, muy bien dónde estaba el punto decisivo: con Polonia, la revolución estaba asegurada; sin Polonia, tenía que perderse. Sin embargo, ni el señor Lamartine en Francia, ni en Prusia Federico Guillermo IV, cuñado del zar, y su ministro burgués, el señor Camphausen,3 tenían la menor intención de aplastar las fuerzas armadas de Rusia, en las que veían, con razón, su último baluarte contra la marea revolucionaria. Nicolás no tuvo que montar a caballo; sus tropas pudieron contentarse por el momento con tener sometida a Polonia y amenazar a Prusia, Austria y Hungría, hasta el momento en que los progresos de los húngaros sublevados amenazaron a la reacción austriaca, victoriosa en Viena. Solo entonces inundaron los ejércitos rusos Hungría y, al aplastar la revolución húngara, aseguraron la victoria de la reacción en todo Occidente.4 Europa estaba a los pies del zar porque Europa había abandonado a Polonia. En verdad, Polonia no es un país como cualquier otro. En materia de revolución es la piedra angular del edificio europeo; aquella de las dos, revolución o reacción, que logre mantenerse en Polonia acabará dominando en toda Europa. Y es este carácter tan particular el que da a Polonia la importancia que tiene para todos los revolucionarios y el que todavía hoy nos hace exclamar: ¡Viva Polonia!
Palabras que se atribuyen a Nicolás I al conocer la noticia de la revolución de febrero de 1848 en París. La copia digital de la versión alemana que seguimos dice «meine Herrin» (mi señora), errata evidente que corregimos en «meine Herren» (señores). ↩
La manifestación del 15 de mayo de 1848 en París, en favor de Polonia, invadió la Asamblea Nacional Constituyente; fue disuelta y sus dirigentes (Blanqui, Barbès, Raspail, Albert) fueron detenidos. ↩
Alphonse de Lamartine (1790-1869), poeta, ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno provisional francés en 1848. Federico Guillermo IV, rey de Prusia (1840-1861), cuya hermana Carlota era la esposa del zar Nicolás I. Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero renano, presidente del gobierno prusiano de marzo a junio de 1848. ↩
En la primavera y el verano de 1849, a petición del emperador de Austria, el ejército ruso intervino en Hungría; los húngaros capitularon en Világos el 13 de agosto de 1849. ↩