Escrito por Friedrich Engels en Londres en mayo y junio de 1876, como introducción a un trabajo proyectado sobre «Las tres formas fundamentales de la servidumbre»; quedó inacabado. Publicado por primera vez en Die Neue Zeit (Stuttgart), año XIV, 1895-1896, tomo 2, e incluido después en los manuscritos de la Dialéctica de la naturaleza. Traducido de Marx-Engels-Werke, t. 20 (Berlín, 1962), pp. 444-455, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la que se indica como de Engels. Texto original en alemán.
El trabajo es la fuente de toda riqueza, dicen los economistas políticos.1 Lo es, junto con la naturaleza, que le proporciona la materia que él convierte en riqueza. Pero es infinitamente más que eso. Es la primera condición fundamental de toda vida humana, y lo es hasta tal punto que, en cierto sentido, tenemos que decir que el trabajo ha creado al propio hombre.
Hace varios cientos de miles de años, en un período aún no determinable con precisión de aquella era de la Tierra que los geólogos llaman terciaria, probablemente hacia su final, vivía en algún lugar de la zona tórrida —quizá en un gran continente hoy hundido en el fondo del océano Índico—2 una raza de monos antropoides de un desarrollo especialmente elevado. Darwin nos ha dado una descripción aproximada de estos antepasados nuestros.3 Estaban cubiertos de pelo por todo el cuerpo, tenían barba y orejas puntiagudas y vivían en manadas en los árboles.
Probablemente empujados en primer lugar por su modo de vida, que al trepar asigna a las manos funciones distintas de las de los pies, estos monos empezaron a perder la costumbre de ayudarse con las manos al andar por el suelo y a adoptar una marcha cada vez más erguida. Con ello se había dado el paso decisivo para el tránsito del mono al hombre.
Todos los monos antropoides que viven todavía hoy pueden mantenerse erguidos y desplazarse únicamente sobre los dos pies. Pero solo en caso de necesidad y con suma torpeza. Su marcha natural se hace en posición semierguida e incluye el uso de las manos. La mayoría apoya en el suelo los nudillos del puño y balancea el cuerpo, con las piernas encogidas, entre los largos brazos, como un cojo que anda con muletas. En general, todavía hoy podemos observar en los monos todas las fases de transición desde la marcha a cuatro patas hasta la marcha sobre los dos pies. Pero en ninguno de ellos esta última ha llegado a ser más que un recurso de emergencia.
Para que la marcha erguida llegara a ser en nuestros velludos antepasados primero la regla y con el tiempo una necesidad, hace falta suponer que entretanto a las manos les fueron correspondiendo cada vez más otras actividades. También entre los monos existe ya cierta división en el uso de la mano y del pie. La mano, como ya se ha dicho, se usa al trepar de manera distinta que el pie. Sirve sobre todo para coger y sujetar el alimento, como ya hacen con las patas delanteras los mamíferos inferiores. Con ella algunos monos se construyen nidos en los árboles o incluso, como el chimpancé, techos entre las ramas para protegerse de la intemperie. Con ella empuñan garrotes para defenderse de sus enemigos o los bombardean con frutos y piedras. Con ella ejecutan en cautividad una serie de operaciones simples copiadas de los hombres. Pero precisamente aquí se ve qué distancia tan grande hay entre la mano no desarrollada incluso de los monos más parecidos al hombre y la mano humana, perfeccionada en grado sumo por el trabajo de cientos de miles de años. El número y la disposición general de los huesos y de los músculos coinciden en ambas; pero la mano del salvaje más primitivo puede ejecutar cientos de operaciones que ninguna mano de mono puede imitar. Ninguna mano de mono ha fabricado jamás el más tosco cuchillo de piedra.
Por eso, las operaciones a las que nuestros antepasados, en el tránsito del mono al hombre, aprendieron poco a poco a adaptar su mano a lo largo de muchos milenios solo pueden haber sido muy sencillas al principio. Los salvajes más primitivos, incluso aquellos en los que hay que suponer una recaída en un estado más próximo al animal, con la correspondiente regresión física, están todavía muy por encima de aquellos seres de transición. Hasta que la mano del hombre convirtió en cuchillo el primer guijarro pueden haber transcurrido períodos de tiempo frente a los cuales el tiempo histórico que conocemos parece insignificante. Pero se había dado el paso decisivo: la mano había quedado libre y podía adquirir ahora destrezas cada vez nuevas, y la mayor flexibilidad así adquirida se heredaba y se acrecentaba de generación en generación.
Así pues, la mano no es solo el órgano del trabajo: es también su producto. Solo por el trabajo, por la adaptación a operaciones siempre nuevas, por la herencia del desarrollo particular así adquirido por los músculos, los tendones y, en períodos más largos, también los huesos, y por la aplicación siempre renovada de este refinamiento heredado a operaciones nuevas y cada vez más complicadas, ha alcanzado la mano humana el alto grado de perfección que le ha permitido hacer surgir como por arte de magia los cuadros de Rafael, las estatuas de Thorvaldsen y la música de Paganini.4
Pero la mano no estaba sola. Era solo un miembro de un organismo entero y sumamente complejo. Y lo que beneficiaba a la mano beneficiaba también a todo el cuerpo a cuyo servicio trabajaba, y lo hacía de dos maneras.
En primer lugar, en virtud de la ley de la correlación del crecimiento, como la llamó Darwin.5 Según esta ley, determinadas formas de las distintas partes de un ser orgánico están siempre ligadas a ciertas formas de otras partes que aparentemente no tienen ninguna relación con ellas. Así, todos los animales que tienen glóbulos rojos sin núcleo celular y cuyo occipital está unido a la primera vértebra por dos articulaciones (cóndilos) tienen también, sin excepción, glándulas mamarias para amamantar a sus crías. Así, en los mamíferos, la pezuña hendida va unida regularmente al estómago múltiple de los rumiantes. Los cambios de determinadas formas acarrean cambios en la forma de otras partes del cuerpo, sin que podamos explicar la conexión. Los gatos completamente blancos y de ojos azules son siempre, o casi siempre, sordos. El perfeccionamiento gradual de la mano humana y el desarrollo paralelo del pie para la marcha erguida han repercutido sin duda, también por medio de esta correlación, en otras partes del organismo. Pero esta influencia está todavía demasiado poco estudiada para que podamos hacer aquí algo más que constatarla en términos generales.
Mucho más importante es la repercusión directa y demostrable del desarrollo de la mano sobre el resto del organismo. Como ya se ha dicho, nuestros antepasados simiescos eran sociables; es evidentemente imposible hacer derivar al hombre, el más sociable de los animales, de un antepasado inmediato que no fuera sociable. El dominio sobre la naturaleza, que comienza con el desarrollo de la mano, con el trabajo, ampliaba con cada nuevo progreso el horizonte del hombre. En los objetos de la naturaleza descubría continuamente propiedades nuevas, hasta entonces desconocidas. Por otra parte, el desarrollo del trabajo contribuyó necesariamente a unir más estrechamente a los miembros de la sociedad, al multiplicar los casos de ayuda mutua y de acción conjunta y al hacer ver con claridad a cada uno la utilidad de esa acción conjunta. En pocas palabras, los hombres en formación llegaron a un punto en que tenían algo que decirse. La necesidad se creó su órgano: la laringe no desarrollada del mono se fue transformando lenta pero seguramente, mediante modulaciones que permitían modulaciones cada vez más ricas, y los órganos de la boca aprendieron poco a poco a pronunciar un sonido articulado tras otro.
Que esta explicación del origen del lenguaje a partir del trabajo y junto con él es la única correcta lo demuestra la comparación con los animales. Lo poco que estos, incluso los más desarrollados, tienen que comunicarse pueden comunicárselo también sin lenguaje articulado. En estado natural, ningún animal siente como una carencia no poder hablar o no entender el lenguaje humano. Muy distinto es cuando lo ha domesticado el hombre. El perro y el caballo, en su trato con el hombre, han adquirido un oído tan fino para el lenguaje articulado que aprenden fácilmente a entender cualquier lengua hasta donde alcanza su círculo de representaciones. Además, han adquirido la capacidad de sentimientos como el apego al hombre, la gratitud, etc., que antes les eran ajenos; y quien haya tratado mucho con estos animales difícilmente podrá sustraerse a la convicción de que hay suficientes casos en que ahora sienten como una carencia su incapacidad de hablar, carencia que, por desgracia, ya no tiene remedio dados sus órganos vocales, demasiado especializados en una dirección determinada. Pero allí donde existe el órgano, también esta incapacidad desaparece dentro de ciertos límites. Los órganos bucales de las aves son sin duda tan distintos como es posible de los del hombre, y sin embargo las aves son los únicos animales que aprenden a hablar; y el ave de voz más detestable, el loro, es la que mejor habla. Que no se diga que no entiende lo que dice. Es verdad que, por puro gusto de hablar y por la compañía de los hombres, repetirá durante horas, parloteando, todo su caudal de palabras. Pero hasta donde alcanza su círculo de representaciones, hasta ahí puede aprender también a entender lo que dice. Enséñese a un loro palabrotas de modo que se forme una idea de su significado (una de las mayores diversiones de los marineros que vuelven de los países cálidos); provóquesele, y pronto se verá que sabe emplear sus palabrotas con tanta propiedad como una verdulera berlinesa. Lo mismo ocurre cuando mendiga golosinas.
Primero el trabajo, y después y con él el lenguaje: estos son los dos estímulos más esenciales bajo cuya influencia el cerebro del mono se fue transformando poco a poco en el del hombre, que, por mucho que se le parezca, es mucho mayor y más perfecto. Y con el desarrollo del cerebro fue de la mano el de sus instrumentos más inmediatos, los órganos de los sentidos. Del mismo modo que el lenguaje, en su desarrollo gradual, va necesariamente acompañado de un refinamiento correspondiente del órgano del oído, el desarrollo del cerebro en general va acompañado del de todos los sentidos. El águila ve mucho más lejos que el hombre, pero el ojo humano ve en las cosas mucho más que el del águila. El perro tiene un olfato mucho más fino que el hombre, pero no distingue ni la centésima parte de los olores que para este son signos determinados de cosas distintas. Y el sentido del tacto, que en el mono apenas existe en sus comienzos más rudimentarios, solo se ha formado con la propia mano humana, por medio del trabajo.
La repercusión del desarrollo del cerebro y de los sentidos a su servicio, de la conciencia cada vez más clara, de la capacidad de abstracción y de razonamiento, sobre el trabajo y el lenguaje dio a ambos un impulso siempre nuevo para seguir desarrollándose; un desarrollo que no se detuvo, ni mucho menos, en cuanto el hombre quedó definitivamente separado del mono, sino que desde entonces ha avanzado enormemente en conjunto, aunque en distinto grado y en distinta dirección según los pueblos y las épocas, e incluso interrumpido aquí y allá por retrocesos locales y temporales; un desarrollo, por un lado, poderosamente impulsado y, por otro, encauzado en direcciones más determinadas por un elemento nuevo que aparece con el hombre ya formado: la sociedad.
Cientos de miles de años —que en la historia de la Tierra no representan más que un segundo en la vida de un hombre6— transcurrieron sin duda antes de que de la manada de monos trepadores surgiera una sociedad de hombres. Pero al final surgió. ¿Y qué encontramos otra vez como diferencia característica entre la manada de monos y la sociedad humana? El trabajo. La manada de monos se contentaba con apurar el territorio de alimentación que le asignaban la situación geográfica o la resistencia de las manadas vecinas; emprendía migraciones y luchas para conquistar nuevos territorios, pero era incapaz de sacar de su territorio más de lo que este ofrecía por naturaleza, salvo que lo abonaba inconscientemente con sus desechos. En cuanto se ocuparon todos los territorios de alimentación posibles, la población de monos ya no pudo seguir creciendo; el número de animales, a lo sumo, podía mantenerse constante. Pero en todos los animales se da un gran derroche de alimento y, junto a él, la destrucción en germen del alimento que había de crecer. El lobo no respeta, como el cazador, a la corza que al año siguiente ha de darle los cervatillos; las cabras de Grecia, que se comen los matorrales jóvenes antes de que crezcan, han dejado peladas todas las montañas del país. Esta «explotación depredadora» de los animales desempeña un papel importante en la transformación gradual de las especies, al obligarlas a acomodarse a alimentos distintos de los habituales, con lo que su sangre adquiere otra composición química y toda la constitución del cuerpo va cambiando poco a poco, mientras que las especies ya fijadas se extinguen. No cabe duda de que esta explotación depredadora contribuyó poderosamente a que nuestros antepasados se convirtieran en hombres. En una raza de monos que aventajaba con mucho a todas las demás en inteligencia y en capacidad de adaptación, tenía que llevar a que el número de plantas alimenticias fuera cada vez mayor, a que se consumieran cada vez más partes comestibles de esas plantas; en una palabra, a que la alimentación fuera cada vez más variada, y con ella las sustancias que entraban en el cuerpo, las condiciones químicas de la transformación en hombre. Pero todo esto no era todavía trabajo propiamente dicho. El trabajo empieza con la fabricación de herramientas. ¿Y cuáles son las herramientas más antiguas que encontramos? ¿Las más antiguas, a juzgar por los restos hallados de los hombres prehistóricos y por el modo de vida de los primeros pueblos históricos y de los salvajes actuales más primitivos? Herramientas de caza y de pesca, las primeras de las cuales son a la vez armas. Pero la caza y la pesca presuponen el paso de la alimentación exclusivamente vegetal al consumo también de carne, y aquí tenemos de nuevo un paso esencial hacia la transformación en hombre. La alimentación cárnica contenía, casi ya preparadas, las sustancias más esenciales que el cuerpo necesita para su metabolismo; con la digestión, abreviaba la duración de los demás procesos vegetativos del cuerpo, los que corresponden a la vida de las plantas, y ganaba así más tiempo, más materia y más ganas para la actividad de la vida propiamente animal. Y cuanto más se alejaba de la planta el hombre en formación, más se elevaba también por encima del animal. Del mismo modo que el hábito de la alimentación vegetal junto con la carne convirtió a los gatos y perros salvajes en servidores del hombre, el hábito de la alimentación cárnica junto con la vegetal contribuyó esencialmente a dar al hombre en formación fuerza física e independencia. Pero lo más esencial fue el efecto de la alimentación cárnica sobre el cerebro, al que ahora llegaban con mucha más abundancia que antes las sustancias necesarias para su nutrición y su desarrollo, y que por eso pudo perfeccionarse de generación en generación con mayor rapidez y plenitud. Con permiso de los señores vegetarianos, el hombre no ha llegado a ser lo que es sin alimentación cárnica, y si bien la alimentación cárnica condujo en algún momento a la antropofagia en todos los pueblos que conocemos (los antepasados de los berlineses, los veletos o wilzos, todavía se comían a sus padres en el siglo X),7 eso hoy ya no puede importarnos.
La alimentación cárnica condujo a dos nuevos progresos de importancia decisiva: el uso del fuego y la domesticación de animales. El primero abrevió todavía más el proceso de la digestión, al llevar a la boca los alimentos, por así decirlo, ya medio digeridos; la segunda hizo más abundante la alimentación cárnica, al abrir junto a la caza una nueva fuente de abastecimiento más regular, y proporcionó además, con la leche y sus derivados, un nuevo alimento que por su composición vale al menos tanto como la carne. Así, ambos se convirtieron directamente en nuevos medios de emancipación para el hombre; entrar en detalle en sus efectos indirectos nos llevaría aquí demasiado lejos, por grande que haya sido su importancia para el desarrollo del hombre y de la sociedad.
Del mismo modo que el hombre aprendió a comer todo lo comestible, aprendió también a vivir en todos los climas. Se extendió por toda la tierra habitable, siendo el único animal que tenía en sí mismo la facultad de hacerlo. Los demás animales que se han habituado a todos los climas no lo han aprendido por sí mismos, sino solo siguiendo al hombre: los animales domésticos y los parásitos. Y el paso del clima uniformemente cálido de la patria originaria a regiones más frías, donde el año se dividía en invierno y verano, creó nuevas necesidades: la vivienda y el vestido para protegerse del frío y de la humedad, nuevos campos de trabajo y, con ello, nuevas actividades, que fueron alejando cada vez más al hombre del animal.
Gracias a la cooperación de la mano, los órganos del lenguaje y el cerebro, no solo en cada individuo, sino también en la sociedad, los hombres se hicieron capaces de ejecutar operaciones cada vez más complicadas y de proponerse y alcanzar fines cada vez más elevados. El propio trabajo se fue haciendo de generación en generación otro, más perfecto, más variado. A la caza y a la ganadería se sumó la agricultura; a esta, el hilado y el tejido, el trabajo de los metales, la alfarería y la navegación. Junto al comercio y los oficios aparecieron por fin el arte y la ciencia; de las tribus salieron naciones y Estados. Se desarrollaron el derecho y la política, y con ellos el reflejo fantástico de las cosas humanas en la cabeza del hombre: la religión. Ante todas estas creaciones, que se presentaban en primer lugar como productos de la cabeza y que parecían dominar las sociedades humanas, los productos más modestos de la mano que trabaja pasaron a segundo plano; y tanto más cuanto que la cabeza que planeaba el trabajo pudo, ya en un estadio muy temprano del desarrollo de la sociedad (por ejemplo, ya en la familia simple), hacer ejecutar el trabajo planeado por manos que no eran las suyas. Todo el mérito de la civilización, que avanzaba con rapidez, se atribuyó a la cabeza, al desarrollo y la actividad del cerebro; los hombres se acostumbraron a explicar sus actos por su pensamiento en lugar de por sus necesidades (que, sin duda, se reflejan en la cabeza, llegan a la conciencia), y así surgió con el tiempo esa concepción idealista del mundo que ha dominado las cabezas, sobre todo desde la caída del mundo antiguo. Sigue dominándolas hasta tal punto que incluso los naturalistas más materialistas de la escuela de Darwin no consiguen todavía hacerse una idea clara del origen del hombre, porque, bajo esa influencia ideológica, no reconocen el papel que en él ha desempeñado el trabajo.
Los animales, como ya se ha indicado, modifican también con su actividad la naturaleza exterior, aunque no en la misma medida que el hombre, y estos cambios que provocan en su entorno repercuten a su vez, como hemos visto, modificando a sus autores. Porque en la naturaleza nada ocurre aisladamente. Cada cosa actúa sobre la otra y a la inversa, y casi siempre es el olvido de este movimiento y esta acción recíproca universales lo que impide a nuestros naturalistas ver con claridad las cosas más sencillas. Hemos visto cómo las cabras impiden la repoblación forestal de Grecia; en Santa Elena, las cabras y los cerdos que desembarcaron los primeros navegantes que arribaron a la isla consiguieron exterminar casi por completo su antigua vegetación, y prepararon así el terreno en que pudieron extenderse las plantas traídas por los marinos y colonos posteriores.8 Pero cuando los animales ejercen una influencia duradera sobre su entorno, lo hacen sin intención y, para esos mismos animales, se trata de algo casual. En cambio, cuanto más se alejan los hombres del animal, más adquiere su acción sobre la naturaleza el carácter de una acción premeditada, planificada, dirigida a fines determinados y conocidos de antemano. El animal destruye la vegetación de una comarca sin saber lo que hace. El hombre la destruye para sembrar en el suelo que ha quedado libre cereales, o para plantar árboles y vides, sabiendo que le rendirán muchas veces lo sembrado. Traslada plantas útiles y animales domésticos de un país a otro y modifica así la vegetación y la vida animal de continentes enteros. Más aún. Mediante la selección artificial, las plantas y los animales se transforman en manos del hombre hasta volverse irreconocibles. Todavía se buscan en vano las plantas silvestres de las que proceden nuestros cereales. Sigue siendo objeto de discusión de qué animal salvaje descienden nuestros perros, tan diferentes entre sí, o nuestras razas de caballos, igual de numerosas.
Por lo demás, se sobrentiende que no se nos ocurre negar a los animales la capacidad de actuar de forma planificada y premeditada. Al contrario. La acción planificada existe en germen dondequiera que existe y reacciona protoplasma, albúmina viva, es decir, dondequiera que este ejecuta determinados movimientos, por simples que sean, como consecuencia de determinados estímulos exteriores. Esta reacción se produce allí donde no existe todavía célula alguna, y menos aún célula nerviosa. El modo en que las plantas insectívoras atrapan a su presa aparece igualmente, en cierto sentido, como planificado, aunque sea del todo inconsciente. En los animales, la capacidad de acción consciente y planificada se desarrolla en proporción al desarrollo del sistema nervioso, y en los mamíferos alcanza ya un nivel elevado. En la caza del zorro a la inglesa, con jauría, puede observarse a diario con qué exactitud sabe el zorro utilizar su gran conocimiento del terreno para escapar de sus perseguidores, y qué bien conoce y aprovecha todas las ventajas del terreno que interrumpen el rastro. En nuestros animales domésticos, más desarrollados por su trato con el hombre, pueden observarse a diario travesuras de astucia que están exactamente al mismo nivel que las de los niños. Porque, del mismo modo que la historia del desarrollo del embrión humano en el seno materno no es más que una repetición abreviada de la historia del desarrollo corporal de nuestros antepasados animales a lo largo de millones de años, empezando por el gusano, el desarrollo intelectual del niño es una repetición, todavía más abreviada, del desarrollo intelectual de esos mismos antepasados, al menos de los más recientes.9 Pero toda la acción planificada de todos los animales no ha conseguido imprimir en la Tierra el sello de su voluntad. Para eso hacía falta el hombre.
En pocas palabras, el animal se limita a utilizar la naturaleza exterior y provoca cambios en ella con su mera presencia; el hombre, con los cambios que introduce, la pone al servicio de sus fines, la domina. Y esta es la última diferencia esencial entre el hombre y los demás animales, y es de nuevo el trabajo el que produce esta diferencia.10
Pero no nos hagamos demasiadas ilusiones con nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Por cada una de ellas, la naturaleza se venga de nosotros. Cada victoria tiene, es cierto, en primer término las consecuencias con que contábamos; pero en segundo y en tercer término tiene efectos completamente distintos, imprevistos, que demasiado a menudo anulan las primeras consecuencias. Los que en Mesopotamia, en Grecia, en Asia Menor y en otros lugares arrasaron los bosques para obtener tierras de cultivo no podían imaginar que con ello sentaban las bases de la actual desolación de esos países, al privarlos, junto con los bosques, de los centros de condensación y los depósitos de humedad. Los italianos de los Alpes, cuando talaron en la vertiente sur los bosques de abetos tan cuidadosamente conservados en la vertiente norte, no sospechaban que con ello arrancaban de raíz la ganadería de alta montaña de su región; y menos aún sospechaban que con ello dejaban sin agua sus manantiales de montaña durante la mayor parte del año, para que en la estación de las lluvias se precipitaran sobre la llanura en torrentes tanto más furiosos. Los que propagaron la patata en Europa no sabían que con los tubérculos harinosos propagaban a la vez la escrofulosis.11 Y así, a cada paso se nos recuerda que no dominamos en absoluto la naturaleza como un conquistador domina a un pueblo extranjero, como alguien situado fuera de la naturaleza, sino que le pertenecemos con nuestra carne, nuestra sangre y nuestro cerebro, que estamos en medio de ella, y que todo nuestro dominio sobre ella consiste en que, a diferencia de todas las demás criaturas, somos capaces de conocer sus leyes y de aplicarlas correctamente.
Y, en efecto, cada día aprendemos a comprender mejor sus leyes y a conocer las consecuencias próximas y lejanas de nuestras intervenciones en el curso habitual de la naturaleza. Sobre todo desde los enormes progresos de las ciencias naturales en este siglo, estamos cada vez más en condiciones de aprender a conocer, y con ello a dominar, también las consecuencias naturales más lejanas, al menos de nuestros actos de producción más corrientes. Pero cuanto más ocurra esto, tanto más volverán los hombres no solo a sentirse, sino también a saberse uno con la naturaleza, y tanto más imposible se hará esa idea absurda y antinatural de una oposición entre el espíritu y la materia, el hombre y la naturaleza, el alma y el cuerpo, que surgió en Europa con la decadencia de la Antigüedad clásica y alcanzó su máximo desarrollo en el cristianismo.
Pero si ya hizo falta el trabajo de milenios para que aprendiéramos en cierta medida a calcular los efectos naturales más lejanos de nuestros actos dirigidos a la producción, esto resultaba todavía mucho más difícil respecto de los efectos sociales más lejanos de esos actos. Hemos mencionado la patata y, tras ella, la propagación de la escrofulosis. Pero ¿qué es la escrofulosis comparada con los efectos que tuvo en la situación de las masas populares de países enteros la reducción de los trabajadores a una dieta de patatas, comparada con el hambre que, a raíz de la enfermedad de la patata, se abatió en 1847 sobre Irlanda y llevó bajo tierra a un millón de irlandeses que comían patatas y casi solo patatas, y arrojó a dos millones al otro lado del mar?12 Cuando los árabes aprendieron a destilar el alcohol, ni en sueños se les ocurrió que con ello habían creado uno de los principales instrumentos con que se iba a exterminar a los indígenas de la América todavía por descubrir. Y cuando después Colón descubrió esa América, no sabía que con ello resucitaba la esclavitud, superada hacía mucho en Europa, y sentaba las bases de la trata de negros. Los hombres que en los siglos XVII y XVIII trabajaron en la construcción de la máquina de vapor no sospechaban que estaban preparando el instrumento que, más que ningún otro, iba a revolucionar las condiciones sociales del mundo entero y, sobre todo en Europa, por la concentración de la riqueza del lado de la minoría y de la desposesión del lado de la inmensa mayoría, iba a dar primero a la burguesía el dominio social y político, para engendrar después una lucha de clases entre la burguesía y el proletariado que solo puede terminar con el derrocamiento de la burguesía y la abolición de todos los antagonismos de clase. Pero también en este terreno aprendemos poco a poco, mediante una experiencia larga y a menudo dura y mediante la reunión y el estudio del material histórico, a ver con claridad las consecuencias sociales indirectas y más lejanas de nuestra actividad productiva, y con ello se nos da la posibilidad de dominar y regular también esas consecuencias.
Pero para llevar a cabo esa regulación hace falta algo más que el mero conocimiento. Hace falta una transformación completa de nuestro modo de producción anterior y, con él, de todo nuestro orden social actual.
Todos los modos de producción anteriores solo han buscado el efecto útil más próximo, más inmediato, del trabajo. Las consecuencias ulteriores, que solo aparecen más tarde y que se hacen efectivas por su repetición y acumulación graduales, quedaron completamente desatendidas. La primitiva propiedad común de la tierra correspondía, por un lado, a un estado de desarrollo de los hombres que limitaba en general su horizonte a lo más inmediato, y presuponía, por otro, cierta abundancia de tierra disponible, que dejaba cierto margen frente a las eventuales consecuencias negativas de esta economía tan primitiva como la selva virgen. Cuando se agotó ese excedente de tierra, decayó también la propiedad común. Pero todas las formas superiores de producción han conducido a la división de la población en clases distintas y, con ello, a la oposición entre clases dominantes y clases oprimidas; y así el interés de la clase dominante se convirtió en el elemento motor de la producción, en la medida en que esta no se limitaba al sustento más indispensable de los oprimidos. Donde esto se ha llevado más lejos es en el modo de producción capitalista que hoy domina en Europa occidental. Los capitalistas individuales, que dominan la producción y el cambio, solo pueden preocuparse del efecto útil más inmediato de sus actos. Más aún, incluso este efecto útil —en la medida en que se trata de la utilidad del artículo producido o cambiado— pasa por completo a segundo plano; el único móvil pasa a ser la ganancia que se obtiene con la venta.
La ciencia social de la burguesía, la economía política clásica, se ocupa sobre todo, casi exclusivamente, de los efectos sociales directamente buscados de los actos humanos dirigidos a la producción y al cambio. Esto corresponde por completo a la organización social de la que es expresión teórica. Allí donde los capitalistas individuales producen y cambian para obtener la ganancia inmediata, solo pueden tenerse en cuenta en primer término los resultados más próximos, más inmediatos. Con tal de que el fabricante o el comerciante individual venda la mercancía fabricada o comprada con su gananciita habitual, queda satisfecho, y no le importa lo que luego ocurra con la mercancía y con su comprador. Lo mismo sucede con los efectos naturales de esos mismos actos. A los plantadores españoles de Cuba, que quemaron los bosques de las laderas y encontraron en la ceniza abono suficiente para una generación de cafetos de altísima rentabilidad,13 ¿qué les importaba que después las lluvias tropicales arrastraran la capa de tierra vegetal, ya sin protección, y dejaran solo la roca desnuda? Frente a la naturaleza como frente a la sociedad, en el modo de producción actual solo se tiene en cuenta, sobre todo, el primer resultado, el más tangible; y luego encima uno se sorprende de que las consecuencias más lejanas de los actos dirigidos a ese resultado sean completamente distintas, casi siempre completamente opuestas; de que la armonía entre la oferta y la demanda se convierta en su opuesto polar, como lo muestra el curso de cada ciclo industrial decenal y como también Alemania ha vivido un pequeño anticipo con el «crac»;14 de que la propiedad privada basada en el trabajo propio se desarrolle necesariamente hasta la desposesión de los trabajadores, mientras toda la riqueza se concentra cada vez más en manos de los que no trabajan; de que…
[Aquí se interrumpe el manuscrito.]
Es la tesis de la economía política clásica desde William Petty y Adam Smith, que el Programa de Gotha (1875) repetía en su primer párrafo: «El trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura». Marx la criticó en la Crítica del Programa de Gotha, recordando que la naturaleza es tan fuente de los valores de uso como el trabajo. ↩
El continente hipotético de «Lemuria», que el zoólogo Ernst Haeckel (1834-1919) situaba entre Madagascar y la India como cuna del género humano. La geología posterior descartó su existencia. ↩
Charles Darwin, El origen del hombre (1871), cap. 6. ↩
Rafael Sanzio (1483-1520), pintor italiano; Bertel Thorvaldsen (1770-1844), escultor danés; Niccolò Paganini (1782-1840), violinista y compositor italiano. ↩
Darwin trata la «correlación del crecimiento» en El origen de las especies (1859), donde da también el ejemplo de los gatos blancos de ojos azules, que son sordos. ↩
(Nota de Engels.) Una autoridad de primer orden en la materia, sir W. Thomson, ha calculado que no pueden haber transcurrido mucho más de cien millones de años desde el momento en que la Tierra se enfrió lo bastante para que pudieran vivir en ella plantas y animales. [William Thomson (1824-1907), desde 1892 lord Kelvin, físico británico, calculó la edad de la Tierra a partir de su enfriamiento; hoy se estima en unos 4.500 millones de años. N. de la E.] ↩
Los veletos o wilzos (Wilzen, Veleten), pueblo eslavo que habitaba entre el Elba y el Óder, en la región donde luego surgió Berlín. ↩
La isla atlántica de Santa Elena, descubierta por los portugueses en 1502, en la que se dejaron cabras y cerdos para abastecer a los barcos. ↩
Es la «ley biogenética fundamental» formulada por Haeckel en 1866: la ontogenia, el desarrollo del individuo, recapitula la filogenia, la evolución de la especie. Hoy la biología no la admite en esta forma. ↩
En el margen del manuscrito, Engels anotó a lápiz: «Veredlung» (refinamiento, mejora de las razas por cría). ↩
La escrofulosis o escrófula, tuberculosis de los ganglios linfáticos, frecuente en el siglo XIX entre las poblaciones mal alimentadas. La relación con la patata que da Engels era una opinión de la época. ↩
La Gran Hambruna irlandesa (1845-1849), provocada por el mildiu de la patata: alrededor de un millón de muertos y otro tanto de emigrantes en esos años, y una emigración masiva en las décadas siguientes. ↩
En el siglo XIX, Cuba era colonia española; el café se extendió por sus montañas orientales desde finales del siglo XVIII, con plantaciones trabajadas por esclavos. ↩
El crac bursátil de 1873 (Gründerkrach), que puso fin a la oleada especulativa de fundaciones de sociedades anónimas en Alemania tras la guerra franco-prusiana. ↩