Escrita en francés por Karl Marx hacia noviembre de 1877 (la MEW la da como traducida del inglés) para la revista Otéchestvennye Zapiski (San Petersburgo), pero no enviada; Engels la encontró entre los papeles de Marx después de su muerte y se publicó por primera vez en ruso en 1886. El texto original no está disponible en una edición libre; traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 107-112), hecha sobre el manuscrito, sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Muy señor mío:1

El autor del artículo «Karl Marx ante el tribunal del señor Zhukovski»2 es evidentemente un hombre de talento, y si hubiera encontrado en mi exposición de la acumulación originaria un solo pasaje que le sirviera de apoyo para sus conclusiones, lo habría citado. A falta de tal pasaje, se ve obligado a echar mano de una observación incidental, una especie de polémica contra un «literato» ruso, impresa en el apéndice de la primera edición alemana de El capital.3 ¿Qué le reprocho allí a ese escritor? Que descubrió la comunidad rural rusa no en Rusia, sino en el libro de Haxthausen, consejero del gobierno prusiano,4 y que en sus manos la comunidad rural rusa solo sirve de argumento para probar que la vieja y podrida Europa tiene que regenerarse con la victoria del paneslavismo. Mi apreciación de ese escritor puede ser acertada o equivocada, pero en ningún caso puede dar la clave de mi opinión sobre los esfuerzos «de hombres rusos por encontrar para su patria un camino de desarrollo distinto del que ha seguido y sigue la Europa occidental»,5 etc.

En el epílogo a la segunda edición alemana de El capital (que el autor del artículo sobre el señor Zhukovski conoce, puesto que lo cita) hablo de «un gran sabio y crítico ruso»6 con el alto aprecio que merece. Este ha tratado en notables artículos la cuestión de si Rusia, como exigen los economistas liberales, tiene que empezar por destruir la comunidad campesina para pasar después al régimen capitalista, o si, por el contrario, sin pasar por las torturas de ese sistema, puede apropiarse todos sus frutos desarrollando sus propias premisas históricas. Él se pronuncia en este último sentido. Y mi honorable crítico tendría al menos tantas razones para deducir de mi aprecio por ese «gran sabio y crítico ruso» que comparto sus opiniones sobre esta cuestión como para concluir de mi polémica contra el «literato» y paneslavista que las rechazo.

En resumen, como no me gusta dejar «nada por adivinar», voy a hablar sin rodeos. Para poder juzgar con conocimiento de causa el desarrollo económico de Rusia, aprendí el ruso y después estudié durante largos años los escritos oficiales y de otro tipo referentes a él. El resultado al que he llegado es este: si Rusia sigue avanzando por el camino que emprendió en 1861,7 perderá la mejor ocasión que la historia haya ofrecido jamás a un pueblo, para sufrir a cambio todas las fatales vicisitudes del sistema capitalista.

II

El capítulo sobre la acumulación originaria no pretende más que describir el camino por el que, en Europa occidental, el orden económico capitalista salió del seno del orden económico feudal. Expone, pues, el movimiento histórico que, al separar a los productores de sus medios de producción, convirtió a los primeros en asalariados (proletarios en el sentido moderno de la palabra) y a los poseedores de los segundos en capitalistas. En esta historia «hacen época todas las transformaciones que sirven de palanca a la clase capitalista en formación, y sobre todo los momentos en que grandes masas humanas son arrancadas de sus medios tradicionales de producción y de subsistencia y lanzadas de repente al mercado de trabajo. Pero la base de todo este desarrollo es la expropiación de los cultivadores. Hasta ahora solo se ha llevado a cabo de manera radical en Inglaterra... Pero todos los países de Europa occidental recorren el mismo movimiento», etc. (Le Capital, edición francesa, p. 315). Al final del capítulo, la tendencia histórica de la producción se reduce a lo siguiente: que «engendra, con la necesidad de un proceso natural, su propia negación»; que ella misma ha creado los elementos de un nuevo orden económico, dando al mismo tiempo el mayor impulso a las fuerzas productivas del trabajo social y al desarrollo integral de cada productor individual; que la propiedad capitalista, que de hecho descansa ya en una especie de producción colectiva, solo puede transformarse en propiedad social. En ese lugar no aporto ninguna prueba de ello, por la buena razón de que esta afirmación misma no es otra cosa que el resumen sumario de largos desarrollos expuestos antes en los capítulos sobre la producción capitalista.

Ahora bien, ¿qué aplicación a Rusia podía hacer mi crítico de este esbozo histórico? Simplemente esta: si Rusia tiende a convertirse en una nación capitalista según el modelo de Europa occidental (y en los últimos años se ha tomado muchísimo trabajo en esta dirección), no lo conseguirá sin haber transformado antes en proletarios a buena parte de sus campesinos; y después, una vez arrastrada al torbellino de la economía capitalista, tendrá que soportar las leyes implacables de ese sistema, exactamente igual que los demás pueblos profanos. Eso es todo. Pero eso a mi crítico le parece demasiado poco. Se empeña a toda costa en transformar mi esbozo histórico de la génesis del capitalismo en Europa occidental en una teoría histórico-filosófica de la marcha general del desarrollo, prescrita fatalmente a todos los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se encuentren, para llegar finalmente a aquella formación económica que asegura, junto con el mayor impulso de las fuerzas productivas del trabajo social, el desarrollo más integral del hombre. Pero le pido perdón. (Eso es hacerme a la vez demasiado honor y demasiado agravio.) Tomemos un ejemplo.

En varios lugares de El capital aludo a la suerte que corrieron los plebeyos de la antigua Roma. Eran al principio campesinos libres que cultivaban, cada uno por su cuenta, su propio trozo de tierra. En el curso de la historia romana fueron expropiados. El mismo desarrollo que los separó de sus medios de producción y de subsistencia implicó no solo la formación de la gran propiedad territorial, sino también la de grandes capitales monetarios. Así, un buen día hubo, por un lado, hombres libres despojados de todo salvo de su fuerza de trabajo y, por otro, para explotar ese trabajo, los poseedores de todas las riquezas adquiridas. ¿Qué ocurrió? Los proletarios romanos no se convirtieron en asalariados, sino en una plebe ociosa, más despreciable aún que los llamados poor whites de los estados del Sur de los Estados Unidos, y junto a ellos no se desarrolló un modo de producción capitalista, sino uno basado en el trabajo de los esclavos. Acontecimientos de una analogía sorprendente, pero que se desarrollaban en un medio histórico diferente, condujeron, pues, a resultados completamente distintos. Si se estudia cada una de estas evoluciones por separado y se las compara después entre sí, se encontrará fácilmente la clave de este fenómeno; pero nunca se llegará a ella con la ganzúa de una teoría histórico-filosófica general, cuya mayor virtud consiste en ser suprahistórica.

  1. La carta iba dirigida a la redacción de Otéchestvennye Zapiski («Anales de la Patria»), revista mensual de San Petersburgo dirigida entonces por Nekrásov y Saltykov-Shchedrín, órgano de los populistas. ↩

  2. Artículo de Nikolái K. Mijailovski (1842-1904), teórico del populismo ruso, publicado en Otéchestvennye Zapiski, n.º 10, 1877. Respondía a la crítica de El capital que el economista Yuli G. Zhukovski (1833-1907) había publicado ese mismo año en Vestnik Evropy. ↩

  3. El «literato» es Alexandr Herzen (1812-1870). El pasaje figuraba en la primera edición alemana del primer tomo de El capital (1867) y se suprimió en la segunda. ↩

  4. August von Haxthausen (1792-1866), cuyos Estudios sobre la situación interior, la vida popular y en especial las instituciones rurales de Rusia (1847-1852) dieron a conocer en Europa la comunidad rural rusa (obshchina). ↩

  5. En el original, la cita está en ruso: «русских людей найти для своего отечества путь развития, отличный от того, которым шла и идет Западная Европа». Procede del artículo de Mijailovski, p. 326. ↩

  6. Nikolái G. Chernyshevski (1828-1889), a quien Marx se refiere así en el epílogo de 1873 a la segunda edición alemana de El capital. ↩

  7. El año de la abolición de la servidumbre en Rusia. ↩