Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Labour Standard (Londres), núm. 14, del 6 de agosto de 1881. Es el último editorial de Engels en el periódico; ese mismo mes dejó de colaborar en él, en desacuerdo con su orientación. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 287-290), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

A menudo se ha planteado la pregunta de en qué medida son útiles, o incluso necesarias, las distintas clases de la sociedad. Y la respuesta ha sido, naturalmente, distinta para cada época de la historia de que se tratara. Hubo sin duda un tiempo en que una aristocracia territorial era un elemento inevitable y necesario de la sociedad. Pero de eso hace muchísimo tiempo. Luego hubo un tiempo en que una clase media capitalista, una bourgeoisie, como la llaman los franceses, surgió con una necesidad igual de inevitable, luchó contra la aristocracia territorial, quebrantó su poder político y se convirtió a su vez en económica y políticamente predominante. Pero, desde que surgieron las clases, nunca ha habido un tiempo en que la sociedad pudiera prescindir de una clase obrera. El nombre, la condición social de esa clase han cambiado; el siervo ocupó el lugar del esclavo, para ser relevado a su vez por el obrero libre: libre de la servidumbre, pero también libre de toda posesión terrenal, salvo su propia fuerza de trabajo. Pero una cosa está clara: fueran cuales fueran los cambios que se produjeron en los estratos superiores, no productores, de la sociedad, la sociedad no podía vivir sin una clase de productores. Esta clase, pues, es necesaria en todas las circunstancias, aunque tiene que llegar el tiempo en que ya no será una clase, en que abarcará a toda la sociedad.

Pues bien, ¿qué necesidad hay hoy de la existencia de cada una de estas tres clases?

La aristocracia terrateniente es, por no decir más, económicamente inútil en Inglaterra, mientras que en Irlanda y en Escocia se ha convertido en una auténtica plaga por sus tendencias despobladoras. Mandar a la gente al otro lado del océano o a morirse de hambre, y sustituirla por ovejas o ciervos: ese es todo el mérito que pueden alegar los terratenientes irlandeses y escoceses. Dejemos que la competencia de los productos vegetales y animales americanos se desarrolle un poco más, y la aristocracia terrateniente inglesa hará lo mismo, por lo menos aquellos que puedan permitírselo por tener grandes propiedades urbanas a las que recurrir. Del resto, la competencia de los alimentos americanos nos librará pronto. Y bien librados estaremos, porque su actuación política, tanto en los Lores como en los Comunes, es una verdadera plaga nacional.

Pero ¿qué hay de la clase media capitalista, esa clase ilustrada y liberal que fundó el imperio colonial británico y que estableció la libertad británica? ¿La clase que reformó el Parlamento en 1831,1 derogó las Leyes de Cereales y rebajó un impuesto tras otro? ¿La clase que creó y sigue dirigiendo las gigantescas manufacturas, la inmensa flota mercante y la red ferroviaria de Inglaterra, que no deja de extenderse? Esa clase tiene que ser, sin duda, por lo menos tan necesaria como la clase obrera a la que dirige y conduce de progreso en progreso.

Ahora bien, la función económica de la clase media capitalista ha sido, en efecto, crear el moderno sistema de las manufacturas de vapor y de las comunicaciones a vapor, y aplastar todo obstáculo económico y político que retrasara o entorpeciera el desarrollo de ese sistema. Sin duda, mientras la clase media capitalista desempeñó esa función fue, dadas las circunstancias, una clase necesaria. Pero ¿lo sigue siendo? ¿Sigue cumpliendo su función esencial de dirigir y ampliar la producción social en beneficio del conjunto de la sociedad? Veamos.

Empezando por los medios de comunicación, encontramos los telégrafos en manos del gobierno.2 Los ferrocarriles y gran parte de los vapores de altura no son propiedad de capitalistas individuales que dirigen su propio negocio, sino de sociedades anónimas cuyo negocio dirigen por cuenta de ellas empleados asalariados, servidores cuya posición es a todos los efectos la de obreros de categoría superior y mejor pagados. En cuanto a los consejeros y a los accionistas, unos y otros saben que cuanto menos se metan los primeros en la dirección y los segundos en la supervisión, mejor para la empresa. Una supervisión laxa y casi siempre rutinaria es, en efecto, la única función que les queda a los propietarios del negocio. Vemos, pues, que en realidad a los propietarios capitalistas de estas inmensas empresas no les queda otra actividad respecto de ellas que cobrar los cupones semestrales de los dividendos. La función social del capitalista ha pasado aquí a servidores pagados con un salario; pero él sigue embolsándose, en sus dividendos, la paga por esas funciones, aunque ha dejado de desempeñarlas.

Pero al capitalista, al que la magnitud de las grandes empresas en cuestión ha obligado a «retirarse» de su dirección, todavía le queda otra función. Y es la de especular con sus acciones en la Bolsa. A falta de algo mejor que hacer, nuestros capitalistas «retirados», o en realidad desplazados, juegan a placer en este templo de Mammón. Van allí con la intención deliberada de embolsarse el dinero que pretendían ganar; aunque dicen que el origen de toda propiedad es el trabajo y el ahorro: el origen quizá, pero desde luego no el fin. ¡Qué hipocresía cerrar por la fuerza las pequeñas casas de juego, cuando nuestra sociedad capitalista no puede prescindir, como su centro mismo, de una inmensa casa de juego en la que se pierden y se ganan millones y millones! Aquí, en efecto, la existencia del capitalista accionista «retirado» se vuelve no solo superflua, sino una verdadera plaga.

Lo que es cierto de los ferrocarriles y la navegación a vapor lo es cada día más de todas las grandes empresas industriales y comerciales. La «flotación» —la transformación de grandes empresas privadas en sociedades anónimas— ha estado a la orden del día durante los últimos diez años y más. Desde los grandes almacenes de géneros de algodón de la City hasta las fundiciones de hierro y las minas de carbón de Gales y del Norte y las fábricas de Lancashire, todo se ha convertido o se está convirtiendo en sociedad anónima. En todo Oldham apenas queda una hilatura de algodón en manos privadas; más aún, incluso el pequeño comerciante se ve cada vez más desplazado por las «cooperativas de consumo», la gran mayoría de las cuales solo son cooperativas de nombre, pero de eso hablaremos en otra ocasión. Vemos así que el desarrollo mismo del sistema de producción capitalista desplaza al capitalista tanto como al tejedor a mano. Con esta diferencia, eso sí: que el tejedor a mano está condenado a morir lentamente de hambre, y el capitalista desplazado, a morir lentamente de sobrealimentación. En esto se parecen por lo general los dos: ninguno de ellos sabe qué hacer consigo mismo.

Este es, pues, el resultado: el desarrollo económico de nuestra sociedad actual tiende cada vez más a concentrar, a socializar la producción en inmensas empresas que ya no pueden ser dirigidas por capitalistas individuales. Toda esa palabrería sobre «el ojo del amo»3 y las maravillas que obra se convierte en puro disparate en cuanto una empresa alcanza cierto tamaño. ¡Imagínense «el ojo del amo» del Ferrocarril de Londres y del Noroeste! Pero lo que no puede hacer el amo pueden hacerlo, y con éxito, los obreros, los servidores asalariados de la compañía.

Así pues, el capitalista ya no puede reclamar sus ganancias como «salario de supervisión», porque no supervisa nada. Recordémoslo cuando los defensores del capital nos machaquen los oídos con esa frase hueca.

Pero en nuestro número de la semana pasada4 hemos intentado mostrar que la clase capitalista se había vuelto además incapaz de dirigir el inmenso sistema productivo de este país; que, por un lado, ampliaba la producción hasta inundar periódicamente todos los mercados de productos y, por otro, era cada vez más incapaz de sostenerse frente a la competencia extranjera. Así encontramos que no solo podemos arreglárnoslas muy bien sin la intervención de la clase capitalista en las grandes industrias del país, sino que su intervención se está convirtiendo cada vez más en una plaga.

Una vez más les decimos: «¡Háganse a un lado! Den a la clase obrera la ocasión de tener su turno».

  1. La ley de reforma electoral, presentada en 1831 y aprobada en 1832, que dio el voto a la burguesía industrial y comercial. ↩

  2. Las compañías telegráficas británicas se nacionalizaron en 1870 y pasaron a depender de Correos. ↩

  3. Del refrán «el ojo del amo engorda el caballo». ↩

  4. Algodón y hierro, en el número 13 de The Labour Standard. ↩