Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Labour Standard (Londres), núm. 10, del 9 de julio de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 273-276), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

En otra columna publicamos una carta del señor J. Noble en la que pone reparos a algunas de nuestras observaciones en un editorial del Labour Standard del 18 de junio.1 Aunque, por supuesto, no podemos hacer de nuestras columnas editoriales vehículo de polémicas sobre hechos históricos o teorías económicas, contestaremos esta vez a un hombre que, aunque ocupa un puesto oficial en un partido, es evidentemente sincero.

A nuestra afirmación de que lo que se pretendía con la derogación de las Leyes de Cereales era «reducir el precio del pan y, con ello, el salario en dinero», el señor Noble responde que eso era una «falacia proteccionista» que la Liga combatió con insistencia, y para probarlo aporta algunas citas de los discursos de Richard Cobden y de un manifiesto del consejo de la Liga.

El autor del artículo en cuestión vivía entonces en Manchester, fabricante entre fabricantes.2 Sabe perfectamente, por supuesto, cuál era la doctrina oficial de la Liga. Reducida a su expresión más breve y más generalmente reconocida (porque hay muchas variantes), decía así: la derogación del arancel sobre el trigo aumentará nuestro comercio con los países extranjeros, aumentará directamente nuestras importaciones, a cambio de las cuales los clientes extranjeros comprarán nuestras manufacturas, con lo que aumentará la demanda de nuestros artículos manufacturados; así aumentará la demanda del trabajo de nuestra población obrera industrial y, por tanto, los salarios tienen que subir. Y a fuerza de repetir esta teoría día tras día y año tras año, los representantes oficiales de la Liga, economistas superficiales como eran, pudieron salir por fin con la asombrosa afirmación de que los salarios subían y bajaban en razón inversa no de las ganancias, sino del precio de los alimentos; de que pan caro significaba salarios bajos, y pan barato, salarios altos. Así, los portavoces de la Liga declararon que las convulsiones decenales del comercio, que han existido antes y después de la derogación de los aranceles sobre el trigo, eran simples efectos de las Leyes de Cereales, destinados a desaparecer en cuanto se suprimieran esas odiosas leyes; que las Leyes de Cereales eran el único gran obstáculo que se interponía entre el fabricante británico y los pobres extranjeros que ansiaban los productos de ese fabricante, desnudos y tiritando por falta de paño británico. Y así pudo Cobden sostener de verdad, en el pasaje que cita el señor Noble, que la depresión del comercio y la caída de los salarios de 1839 a 1842 eran consecuencia del altísimo precio del trigo en esos años, cuando no eran sino una de las fases regulares de depresión del comercio que, hasta hoy, se repiten con la mayor regularidad cada diez años; una fase, desde luego, prolongada y agravada por las malas cosechas y por la estúpida injerencia de una legislación de terratenientes codiciosos.

Pues bien, esta era la teoría oficial de Cobden, que con toda su habilidad de agitador era un mal hombre de negocios y un economista superficial; sin duda se la creía tan a pies juntillas como se la cree todavía hoy el señor Noble. Pero el grueso de la Liga lo formaban hombres de negocios prácticos, más atentos a los negocios que Cobden y por lo general con más éxito en ellos. Y con ellos las cosas eran muy distintas. Por supuesto, ante extraños y en los mítines públicos, sobre todo ante sus «brazos», la teoría oficial se consideraba en general «lo que había que decir». Pero los hombres de negocios, cuando están a sus negocios, no suelen decir lo que piensan a sus clientes, y si el señor Noble fuera de otra opinión, más le valdría no acercarse a la Bolsa de Manchester. Bastaba apretar un poco sobre el modo en que los salarios tenían que subir a consecuencia del libre comercio del trigo para sacar a relucir que esa subida se refería al salario expresado en mercancías, y que muy bien podía ocurrir que el salario en dinero no subiera; pero ¿no era eso, en sustancia, una subida del salario? Y si se apretaba más, solía salir a relucir que el salario en dinero podía incluso bajar, y que aun así las comodidades que el obrero obtendría con esa suma de dinero reducida serían superiores a las que disfrutaba entonces. Y si se hacían unas cuantas preguntas más precisas sobre el modo de lograr la inmensa expansión del comercio que se esperaba, pronto se oía que era en esta última eventualidad en la que principalmente confiaban: una reducción del salario en dinero, compensada con creces por una caída del precio del pan, etc. Además, abundaban los que ni siquiera intentaban disimular su opinión de que el pan barato se quería simplemente para rebajar el salario en dinero y acabar así de un golpe con la competencia extranjera. Y que este era en realidad el fin y el propósito del grueso de los fabricantes y comerciantes que formaban el cuerpo principal de la Liga no era muy difícil de descubrir para cualquiera que tuviera costumbre de tratar con comerciantes y, por tanto, costumbre de no tomar siempre su palabra por el Evangelio. Esto es lo que dijimos y lo repetimos. De la doctrina oficial de la Liga no dijimos una palabra. Era económicamente una «falacia» y, en la práctica, una mera tapadera de fines interesados, aunque algunos de los dirigentes quizá la repitieron tantas veces que acabaron por creérsela ellos mismos.

Muy divertida es la cita que hace el señor Noble de las palabras de Cobden sobre la clase obrera «frotándose las manos de satisfacción» ante la perspectiva del trigo a 25 chelines el quarter.3 La clase obrera de entonces no desdeñaba el pan barato; pero estaba tan llena de «satisfacción» por las actuaciones de Cobden y compañía que desde hacía varios años había hecho imposible a la Liga celebrar en todo el Norte un solo mitin realmente público. El autor tuvo la «satisfacción» de asistir, en 1843, al último intento de la Liga de celebrar un mitin así en el ayuntamiento de Salford, y de ver cómo estuvo a punto de reventar por el simple hecho de que se presentara una enmienda a favor de la Carta del Pueblo. Desde entonces la regla en todos los mítines de la Liga fue la «entrada con invitación», que distaba mucho de estar al alcance de todos. A partir de ese momento cesó la «obstrucción cartista». Las masas obreras habían logrado su objetivo: probar que la Liga no las representaba, como pretendía.

Para terminar, unas palabras sobre la teoría del salario de la Liga. El precio medio de una mercancía es igual a su coste de producción; la acción de la oferta y la demanda consiste en devolverlo a ese nivel, en torno al cual oscila. Si esto es cierto de todas las mercancías, lo es también de la mercancía trabajo (o, hablando con más rigor, fuerza de trabajo).4 Entonces el nivel del salario lo determina el precio de las mercancías que entran en el consumo habitual y necesario del trabajador. Dicho de otro modo, si todo lo demás sigue igual, los salarios suben y bajan con el precio de los artículos de primera necesidad. Esta es una ley de la economía política contra la que todos los Perronet Thompson,5 Cobden y Bright serán siempre impotentes. Pero todo lo demás no siempre sigue igual, y por eso la acción de esta ley en la práctica se ve modificada por la acción concurrente de otras leyes económicas; aparece oscurecida, y a veces hasta tal punto que hay que tomarse algún trabajo para rastrearla. Esto sirvió de pretexto a los economistas vulgarizadores y vulgares que datan de la Liga contra las Leyes de Cereales para sostener, primero, que el trabajo, y luego todas las demás mercancías, no tenían un valor real determinable, sino solo un precio fluctuante, regulado por la oferta y la demanda más o menos sin tener en cuenta el coste de producción, y que para subir los precios, y por tanto los salarios, no había más que aumentar la demanda. Y así se libraba uno de la incómoda conexión entre el nivel de los salarios y el precio de los alimentos, y podía proclamar con desparpajo esa doctrina tosca y ridícula de que pan caro significaba salarios bajos, y pan barato, salarios altos.

Quizá el señor Noble pregunte si los salarios no son hoy en general tan altos, o incluso más, con el pan barato de ahora que con el pan caro y gravado de antes de 1847. Contestar a eso exigiría una larga investigación. Pero esto es seguro: allí donde una rama de la industria ha prosperado y al mismo tiempo los obreros han estado fuertemente organizados para su defensa, sus salarios en general no han bajado, y a veces quizá hayan subido. Esto solo prueba que antes se les pagaba por debajo de lo debido. Allí donde una rama de la industria ha decaído, o donde los obreros no han estado fuertemente organizados en trade unions, los salarios han bajado sin excepción, y a menudo hasta el nivel del hambre. ¡Vayan al East End de Londres y véanlo con sus propios ojos!

  1. El tratado comercial con Francia, número 7 de The Labour Standard. ↩

  2. Es decir, el propio Engels, que trabajó de 1842 a 1844 en la fábrica algodonera Ermen & Engels de Manchester, de la que su padre era socio, y volvió a ella de 1850 a 1869. ↩

  3. Medida inglesa de capacidad para el grano, de unos 290 litros; el chelín era la vigésima parte de la libra esterlina. ↩

  4. En el original, Labour-force. Es la distinción de Marx entre el trabajo y la fuerza de trabajo (Arbeitskraft): el obrero no vende su trabajo, sino su capacidad de trabajar. ↩

  5. Thomas Perronet Thompson (1783-1869), general y diputado radical, autor de un Catecismo sobre las Leyes de Cereales (1827) y uno de los propagandistas de la Liga. ↩