Manuscrito redactado por Friedrich Engels entre finales de 1881 y comienzos de 1882 como continuación de su trabajo sobre la historia antigua de los germanos; Engels no lo publicó en vida. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19 (Berlín, 1962, pp. 474-518), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las de Engels, que se indican. Texto original en alemán
La transformación de la propiedad territorial bajo los merovingios y los carolingios
La constitución de la marca1 siguió siendo hasta el final de la Edad Media la base de casi toda la vida de la nación alemana. Tras haber existido mil quinientos años, sucumbió al fin poco a poco por una vía puramente económica. Cayó ante los progresos económicos, a los que ya no correspondía. Tendremos que estudiar más adelante su decadencia y su ruina final; veremos que todavía hoy subsisten restos de ella.
Pero si se mantuvo tanto tiempo, fue a costa de su significación política. Durante siglos había sido la forma en que se encarnaba la libertad de las tribus germánicas. Ahora se convirtió en la base de una servidumbre del pueblo que duró mil años. ¿Cómo fue esto posible?
La comunidad más antigua, como vimos, abarcaba al pueblo entero. A él pertenecía originariamente toda la tierra ocupada. Más tarde, el conjunto de los habitantes de una comarca2, emparentados más de cerca entre sí, pasó a ser poseedor del territorio que había poblado, y al pueblo como tal solo le quedó el derecho de disponer de las extensiones sin dueño que aún restaban. La población de la comarca cedió a su vez a cada una de las comunidades de aldea —formadas también por parientes cercanos de linaje— sus marcas de campos y de bosques, y la tierra sobrante quedaba otra vez para la comarca. Lo mismo hicieron las aldeas madre al enviar nuevas colonias de aldea, dotadas de tierra a costa de la vieja marca de la aldea originaria.
El vínculo de sangre, en el que aquí, como en todas partes, descansaba toda la constitución del pueblo, fue cayendo cada vez más en el olvido a medida que crecía la población y el pueblo seguía desarrollándose.
Así ocurrió primero respecto del pueblo en su conjunto. La ascendencia común se sentía cada vez menos como verdadero parentesco de sangre; su recuerdo se debilitaba cada vez más; solo quedaban la historia y el habla comunes. En cambio, la conciencia del vínculo de sangre entre los habitantes de la comarca se conservó, como es natural, más tiempo. El pueblo se redujo así a una confederación más o menos firme de comarcas. En este estado parecen haberse encontrado los germanos en la época de las migraciones de los pueblos. De los alamanes lo cuenta expresamente Amiano Marcelino3; en las leyes de los pueblos4 se trasluce todavía por todas partes; entre los sajones esta etapa de desarrollo subsistía aún en tiempos de Carlomagno, entre los frisones hasta el final de la libertad frisona.
Pero la migración a suelo romano rompió también el vínculo de sangre de la comarca, y tenía que romperlo. Aunque se pretendiera asentarse por tribus y por linajes, no era posible llevarlo a cabo. Las largas marchas habían revuelto no solo tribus y linajes, sino pueblos enteros. A duras penas podía mantenerse aún el vínculo de sangre de cada comunidad de aldea, y estas se habían convertido así en las verdaderas unidades políticas de que se componía el pueblo. Las nuevas comarcas en territorio romano eran ya desde el principio distritos judiciales más o menos arbitrarios —o condicionados por las circunstancias que se encontraron—, o lo fueron muy pronto.
Con ello el pueblo quedó disuelto en una asociación de pequeñas comunidades de aldea entre las que no había ningún nexo económico, o casi ninguno, puesto que cada marca se bastaba a sí misma, producía por sí misma lo que necesitaba y, además, los productos de las distintas marcas vecinas eran casi exactamente los mismos. El intercambio entre ellas era, pues, casi imposible. Y una composición semejante del pueblo, hecha toda de pequeñas comunidades que tienen intereses económicos iguales, pero precisamente por eso ningún interés común, hace de un poder del Estado que no ha salido de ellas, que se les enfrenta como algo ajeno y que las explota cada vez más, la condición para que la nación siga existiendo.
La forma de este poder del Estado depende a su vez de la forma en que se encuentren las comunidades en ese momento. Allí donde —como entre los pueblos arios de Asia y entre los rusos— surge en una época en que la comunidad cultiva todavía la tierra por cuenta común, o al menos solo la asigna temporalmente a las distintas familias, es decir, en que todavía no se ha formado la propiedad privada del suelo, el poder del Estado aparece como despotismo. En cambio, en los países romanos conquistados por los germanos encontramos, como vimos, las distintas parcelas de tierra de labor y de prado convertidas ya en alodio, en propiedad libre de sus poseedores, sujeta solo a las cargas comunes de la marca. Hemos de estudiar ahora cómo, sobre la base de este alodio, surgió una constitución social y política que —con la ironía habitual de la historia— acabó disolviendo el Estado y, en su forma clásica, aniquiló todo alodio.
Con el alodio no solo se daba la posibilidad, sino la necesidad de que la igualdad originaria de la propiedad territorial se convirtiera en su contrario. Desde el momento en que se estableció en suelo antes romano, el alodio germánico pasó a ser lo que hacía tiempo era ya la propiedad territorial romana que tenía al lado: mercancía. Y es una ley inexorable de todas las sociedades basadas en la producción y el intercambio de mercancías que en ellas la distribución de la propiedad se hace cada vez más desigual, la oposición entre riqueza y pobreza cada vez mayor y la propiedad se concentra cada vez más en pocas manos; una ley que alcanza sin duda su pleno desarrollo en la producción capitalista moderna, pero que no empieza a actuar en ella, ni mucho menos. Desde el momento, pues, en que surgió el alodio, la propiedad territorial libremente enajenable, la propiedad territorial como mercancía, desde ese momento el nacimiento de la gran propiedad territorial era solo cuestión de tiempo.
Ahora bien, en la época de que nos ocupamos, la agricultura y la ganadería eran las ramas decisivas de la producción. La propiedad de la tierra y sus productos constituían con mucho la mayor parte de la riqueza de entonces. Las riquezas muebles que existían además seguían, por la naturaleza de las cosas, a la propiedad territorial y se iban reuniendo cada vez más en las mismas manos que esta. La industria y el comercio habían decaído ya durante la decadencia romana; la invasión germánica los aniquiló casi por completo. Lo que quedó de ellos lo ejercían sobre todo los no libres y los extranjeros, y siguió siendo una ocupación despreciada. La clase dominante que fue formándose aquí poco a poco, a medida que surgía la desigualdad de la propiedad, solo podía ser una clase de grandes terratenientes, y su forma política de dominación, la de una aristocracia. Así pues, cuando veamos que en el nacimiento y la formación de esta clase actúan muchas veces, e incluso en apariencia de modo predominante, palancas políticas, la violencia y el fraude, no debemos olvidar por ello que estas palancas políticas solo sirven para favorecer y acelerar un proceso económico necesario. Veremos también, desde luego, con la misma frecuencia, cómo estas palancas políticas frenan el desarrollo económico; esto ocurre con bastante frecuencia, y siempre que los distintos interesados las aplican en direcciones opuestas o que se cruzan.
¿Cómo surgió, pues, esta clase de grandes terratenientes?
En primer lugar, sabemos que también después de la conquista franca se mantuvieron en la Galia muchos grandes terratenientes romanos, que hacían cultivar sus fincas sobre todo por terrazgueros5 libres o siervos a cambio de un censo (canon).
Pero además hemos visto cómo, gracias a las guerras de conquista, la realeza se había convertido entre todos los germanos que emigraron en una institución permanente y en un poder real, cómo había transformado la antigua tierra del pueblo en dominio real e incorporado igualmente a su patrimonio las tierras del Estado romano. Durante las numerosas guerras civiles que nacieron de los repartos del reino, estos bienes de la corona aumentaron todavía sin cesar por las confiscaciones masivas de los bienes de los llamados rebeldes. Pero con la misma rapidez con que crecían se dilapidaban en donaciones a la Iglesia y a particulares, francos y romanos, hombres del séquito del rey (antrustiones6) u otros favoritos suyos. Cuando, durante las guerras civiles y a causa de ellas, se habían formado ya los comienzos de una clase dominante de grandes y poderosos, terratenientes, funcionarios y jefes militares, los príncipes de los reinos parciales compraron también su apoyo con donaciones de tierras. Que todo esto fueran, en la inmensa mayoría de los casos, verdaderas donaciones, transmisiones en propiedad libre, hereditaria y enajenable, hasta que con Carlos Martel7 se produjo en esto un cambio, lo ha demostrado Roth de modo irrefutable8.
Cuando Carlos tomó el timón del Estado, el poder de los reyes estaba completamente quebrantado, pero el de los mayordomos de palacio no había ocupado todavía, ni mucho menos, su lugar. La clase de los grandes creada bajo los merovingios a costa de la corona favorecía por todos los medios la ruina del poder real, pero de ningún modo para someterse a los mayordomos de palacio, que eran de su mismo estamento. Al contrario, toda la Galia estaba en manos, como dice Eginardo9, de estos «tiranos que reclamaban en todas partes el dominio» (tyrannos per totam Galliam dominatum sibi vindicantes). Además de los grandes laicos, así lo hacían también los obispos, que en muchas regiones se habían apropiado del dominio sobre los condados y ducados circundantes y estaban protegidos por la inmunidad10 y por la sólida organización de la Iglesia. A la descomposición interna del reino siguieron las invasiones del enemigo exterior: los sajones penetraron en la Franconia renana, los ávaros en Baviera, los árabes en Aquitania a través de los Pirineos. En semejante situación no podía servir a la larga someter simplemente a los enemigos interiores y expulsar a los exteriores; había que encontrar un camino para atar más firmemente a la corona a los grandes humillados o a los sucesores que Carlos había puesto en su lugar. Y como su poder anterior se había basado en la gran propiedad territorial, la primera condición para ello era una transformación total de las relaciones de propiedad de la tierra. Esta transformación es la obra principal de la dinastía carolingia. Se distingue a su vez porque el medio elegido para unificar el reino, atar para siempre a los grandes a la corona y fortalecer así a esta acaba produciendo la más completa impotencia de la corona, la independencia de los grandes y la desintegración del reino.
Para comprender cómo llegó Carlos a elegir este medio, debemos estudiar antes las relaciones de propiedad de la Iglesia en aquella época, que de todos modos no pueden pasarse aquí por alto, pues son un elemento esencial de las relaciones agrarias de entonces.
Ya en tiempos de los romanos la Iglesia tenía en la Galia una propiedad territorial nada desdeñable, cuyas rentas aumentaban aún gracias a grandes privilegios en materia de impuestos y otras prestaciones. Pero solo tras la conversión de los francos al cristianismo empezó para la Iglesia gala su edad de oro. Los reyes competían entre sí por ver quién hacía a la Iglesia más donaciones de tierras, dinero, joyas, objetos de culto, etc. Ya Chilperico11 solía decir (según Gregorio de Tours12):
«Ved qué pobre se ha quedado nuestro fisco, ved cómo todas nuestras riquezas han pasado a la Iglesia».
Bajo Gontrán13, el favorito y esclavo de los curas, las donaciones ya no tuvieron límite. Y así, la propiedad territorial confiscada a francos libres acusados de rebelión pasó en gran parte a poder de la Iglesia.
Como los reyes, el pueblo. Pequeños y grandes no se cansaban de hacer donaciones a la Iglesia.
«Una curación milagrosa de un mal real o supuesto, el cumplimiento de un deseo ardiente, por ejemplo el nacimiento de un hijo, la salvación de un peligro, le valían una donación a la Iglesia cuyo santo se había mostrado propicio. Se consideraba tanto más necesario tener siempre la mano abierta cuanto que entre altos y bajos estaba extendida la opinión de que las donaciones a la Iglesia procuraban el perdón de los pecados» (Roth, p. 250).
A ello se añadía la inmunidad, que protegía la propiedad de la Iglesia contra la violencia en una época de incesantes guerras civiles, saqueos y confiscaciones. Más de un hombre humilde creyó conveniente ceder su propiedad a la Iglesia si se le dejaba su usufructo a cambio de un censo moderado.
Pero todo eso no bastaba todavía a los piadosos curas. Con amenazas de castigo eterno en el infierno arrancaban literalmente donaciones cada vez mayores, hasta el punto de que Carlomagno, todavía en 811, se lo reprocha en la capitular de Aquisgrán14, y además que inducían a la gente
«al perjurio y al falso testimonio para aumentar vuestra riqueza (la de los obispos y abades)».
Se obtenían con artimañas donaciones ilegales, confiando en que la Iglesia, además de su fuero privilegiado, poseía medios de sobra para burlar a la justicia. En los siglos VI y VII apenas hubo un concilio galo que no amenazara con la excomunión cualquier impugnación de donaciones a la Iglesia. Por esta vía incluso las donaciones formalmente nulas debían convertirse en válidas, y las deudas privadas de algunos clérigos quedar a salvo del cobro.
«Verdaderamente despreciables son los medios que vemos emplear para despertar una y otra vez el afán de donar. Cuando ya no surtían efecto las descripciones de las delicias celestiales y de los tormentos infernales, se hacían traer reliquias de regiones lejanas, se celebraban traslaciones y se construían nuevas iglesias; en el siglo IX esto era una verdadera rama de negocio» (Roth, p. 254). «Cuando los enviados del monasterio de San Medardo de Soissons, en Roma, consiguieron mendigar con gran esfuerzo el cuerpo de san Sebastián y robar además el de san Gregorio, y ambos quedaron depositados en el monasterio, acudió tanta gente a los nuevos santos que la comarca parecía sembrada de langostas, y los que buscaban ayuda no eran curados uno a uno, sino por rebaños enteros. La consecuencia fue que los monjes medían el dinero por fanegas, de las que contaron 85, y que su reserva de oro llegó a 900 libras» (p. 255).
El fraude, los juegos de manos, las apariciones de difuntos, sobre todo de santos, servían para sacar con engaño riquezas para la Iglesia, y finalmente también, y sobre todo, la falsificación de documentos. Esta —dejemos hablar de nuevo a Roth—
«la practicaban muchos clérigos a gran escala... este negocio comenzó ya muy pronto... Hasta qué punto se ejercía este oficio se deduce del gran número de documentos falsificados que contienen nuestras colecciones. De los 360 diplomas merovingios que recoge Bréquigny15, unos 130 son decididamente falsos... Hincmaro de Reims16 utilizó ya el falso testamento de Remigio para procurar a su Iglesia una serie de posesiones de las que el auténtico no dice nada, aunque este nunca se había perdido e Hincmaro conocía muy bien la falsedad del primero». Incluso el papa Juan VIII17 intentó «adquirir la posesión del monasterio de Saint-Denis, cerca de París, mediante un documento que sabía falso» (Roth, pp. 256 y ss.).
Así que no puede extrañarnos que la propiedad territorial de la Iglesia, amasada mediante donaciones, extorsión, artimañas, estafa, falsificación y otras industrias dignas de presidio, alcanzara en pocos siglos proporciones verdaderamente colosales. El monasterio de Saint-Germain-des-Prés, hoy dentro del recinto de París, tenía a comienzos del siglo IX una propiedad territorial de 8.000 mansi o mansos18, cuya superficie calcula Guérard19 en 429.987 hectáreas, con un rendimiento anual de 1 millón de francos = 800.000 marcos. Si tomamos como base el mismo promedio de 54 hectáreas de superficie y 125 francos = 100 marcos de renta por manso, los monasterios de Saint-Denis, Luxeuil y San Martín de Tours, con unos 15.000 mansos cada uno, tenían por la misma época una propiedad territorial de 810.000 hectáreas y una renta de 1,5 millones de marcos. ¡Y esto después de la confiscación de los bienes de la Iglesia por Pipino el Breve! Roth (p. 249) calcula el total de los bienes eclesiásticos en la Galia a finales del siglo VII más bien por encima que por debajo de un tercio de la superficie total.
Estas enormes masas de bienes las cultivaban en parte terrazgueros no libres de la Iglesia, pero en parte también libres. De los no libres, los esclavos (servi) estaban originariamente sujetos a prestaciones ilimitadas para con sus señores, porque no eran personas jurídicas; pero parece que también aquí se estableció pronto para los esclavos asentados una medida consuetudinaria de tributos y servicios. Las prestaciones de las otras dos clases no libres, los colonos y los litos20 (sobre cuya diferencia jurídica en aquella época no tenemos noticia), estaban en cambio fijadas y consistían en ciertas prestaciones personales y de acarreo y en una parte determinada del producto de la finca. Eran relaciones de dependencia de un tipo establecido desde hacía mucho. En cambio, para los germanos era algo nuevo que hombres libres estuvieran asentados en otro suelo que el común o el suyo propio. Es cierto que en la Galia y en general en el ámbito del derecho romano los germanos encontraban con bastante frecuencia romanos libres como arrendatarios; pero que ellos mismos no necesitaran hacerse arrendatarios, sino que pudieran asentarse en tierra propia, era algo que se había asegurado en el reparto de la tierra conquistada. Así pues, antes de que francos libres pudieran convertirse en terrazgueros de alguien, tenían que haber perdido de un modo u otro el alodio recibido en ese reparto, tenía que haberse formado una clase propia de francos libres sin tierra.
Esta clase se formó por la incipiente concentración de la propiedad territorial, por las mismas causas de las que esta nació: por un lado, por las guerras civiles y las confiscaciones; por otro, por las cesiones de tierras a la Iglesia, debidas en gran parte a la presión de las circunstancias, al deseo de seguridad. Y la Iglesia encontró pronto un medio especial para fomentar tales cesiones: no solo dejaba al donante su finca en usufructo a cambio de un censo, sino que además le daba a censo un trozo de bienes eclesiásticos. Estas donaciones se hacían, en efecto, de dos formas. O el donante se reservaba el usufructo de la finca de por vida, de modo que no pasaba a propiedad de la Iglesia hasta su muerte (donatio post obitum); en este caso era costumbre, y más tarde se estableció expresamente en las capitulares de los reyes, que el donante recibiera de la Iglesia a censo el doble de lo donado. O la donación surtía efecto inmediatamente (cessio a die praesente), y entonces el donante recibía a censo el triple en bienes de la Iglesia junto con su propia finca mediante una llamada precaria21, un documento expedido por la Iglesia que le transmitía estas tierras, casi siempre de por vida, pero a veces también por un plazo más largo o más corto. Una vez creada la clase de los libres sin tierra, también algunos de ellos entraron en una relación de este tipo; las precarias que se les concedían parecen haberse extendido al principio casi siempre por cinco años, pero también en este caso pronto pasaron a ser vitalicias.
No cabe duda de que ya en la época merovingia se desarrollaron en las fincas de los grandes laicos relaciones muy semejantes a las de los bienes de la Iglesia, es decir, que también allí había asentados, junto a terrazgueros no libres, otros libres a censo. Incluso tienen que haber sido ya muy numerosos bajo Carlos Martel, porque de lo contrario la transformación de las relaciones de propiedad de la tierra que él inició y que su hijo y su nieto22 llevaron a término sería inexplicable, al menos en uno de sus aspectos.
Esta transformación descansa en su base en dos instituciones nuevas. En primer lugar, para atar a la corona a los grandes del reino, en adelante ya no se les donaban por regla general los bienes de la corona, sino que solo se les concedían de por vida, como beneficium, y además bajo determinadas condiciones que debían cumplirse so pena de confiscación. De este modo, ellos mismos se convertían en terrazgueros de la corona. Y en segundo lugar, para asegurar que los terrazgueros libres de los grandes se presentaran al servicio de guerra, se transfirió a estos una parte de las atribuciones del conde de la comarca sobre los libres asentados en sus fincas; se les nombró «seniores»23 de estos. De estos dos cambios, por ahora solo tenemos que examinar aquí el primero.
Al someter a los pequeños «tiranos» rebeldes, Carlos —faltan noticias— les habrá confiscado, según la antigua costumbre, su propiedad territorial, pero, en la medida en que después los repuso en sus cargos y dignidades, se la habrá concedido de nuevo, entera o en parte, como beneficio. Con los bienes eclesiásticos de los obispos rebeldes no se atrevió aún a proceder así; los depuso y dio sus puestos a gente adicta a él, de la que, por cierto, más de uno no tenía de clérigo más que la tonsura (sola tonsura clericus). Estos nuevos obispos y abades empezaron entonces, por orden suya, a transferir grandes extensiones de los bienes de la Iglesia a laicos como precarias; esto no carecía antes de precedentes, pero ahora se hizo de modo masivo. Su hijo Pipino fue bastante más lejos. La Iglesia estaba en decadencia, el clero despreciado, el papa acosado por los longobardos y dependiente solo de la ayuda de Pipino. Este ayudó al papa, favoreció la extensión de su dominio eclesiástico, le sostuvo el estribo. Pero se cobró incorporando a los bienes de la corona la mayor parte, con mucho, de los bienes de la Iglesia y dejando a los obispos y monasterios solo lo necesario para su sustento. La Iglesia aceptó sin resistencia esta primera secularización a gran escala; el sínodo de Lestinnes24 la confirmó, con una cláusula restrictiva, es cierto, que sin embargo nunca se cumplió. Esta enorme masa de bienes volvió a poner en un pie respetable los exhaustos bienes de la corona y sirvió en gran parte para nuevas concesiones, que de hecho tomaron pronto la forma de beneficios ordinarios.
Añadamos aquí que la Iglesia supo reponerse muy pronto de este golpe. Apenas se había llegado al arreglo con Pipino, los buenos hombres de Dios reanudaron las viejas prácticas. Las donaciones volvieron a llover de todas partes; los pequeños campesinos libres seguían en la misma mala situación, entre el martillo y el yunque, que desde hacía doscientos años; bajo Carlomagno y sus sucesores les fue todavía mucho peor, y muchos se pusieron con casa y hacienda bajo la protección del báculo. Los reyes devolvieron a monasterios preferidos una parte del botín y a otros, sobre todo en Alemania, les regalaron enormes extensiones de tierras de la corona; bajo Ludovico Pío25 parecían haber vuelto para la Iglesia los benditos tiempos de Gontrán. Los archivos de los monasterios son especialmente ricos en donaciones del siglo IX.
El beneficio, esta nueva institución que debemos estudiar ahora más de cerca, no era todavía el feudo posterior, pero sí su germen. Se concedía desde el principio por la vida común tanto del que lo otorgaba como del que lo recibía. Si moría uno u otro, revertía al propietario o a sus herederos. Para renovar la relación anterior tenía que hacerse una nueva concesión al beneficiario o a sus herederos. El beneficio estaba, pues, sujeto, en la terminología posterior, tanto a la caducidad por muerte del señor como a la reversión por muerte del vasallo26. La primera cayó pronto en desuso: los grandes beneficiarios se hicieron sencillamente más poderosos que el rey. La reversión llevó ya pronto consigo, no pocas veces, la nueva concesión del bien al heredero del beneficiario anterior. Una finca, Patriciacum (Percy), cerca de Autun, concedida como beneficio por Carlos Martel a Hildebrannus, permaneció en la familia de padres a hijos durante cuatro generaciones, hasta que en 839 el rey la regala en plena propiedad al hermano del cuarto beneficiario. Desde mediados del siglo VIII no son raros otros ejemplos.
El beneficio podía ser confiscado por quien lo había concedido en todos los casos en que, en general, se incurría en la confiscación de bienes. Y casos así hubo también bajo los carolingios en abundancia y más que en abundancia. Las sublevaciones de Alamania bajo Pipino el Breve, la conjura de los turingios, las repetidas sublevaciones de los sajones llevaron a confiscaciones siempre nuevas, ya fuera de tierras de campesinos libres, ya de bienes y beneficios de los grandes. Lo mismo ocurrió, a despecho de todas las cláusulas contractuales en contrario, durante las guerras internas bajo Ludovico Pío y sus hijos. También ciertos delitos no políticos acarreaban confiscaciones.
Además, la corona podía confiscar los beneficios cuando el beneficiario descuidaba sus deberes generales de súbdito, por ejemplo, si no entrega al bandido refugiado en la inmunidad, si no lleva su arnés a la campaña, si no respeta las cartas reales, etc.
Pero además los beneficios se concedían bajo condiciones especiales cuyo incumplimiento acarreaba la confiscación, que entonces, por supuesto, no afectaba al resto del patrimonio del beneficiario. Así, por ejemplo, cuando se habían concedido antiguos bienes eclesiásticos y el beneficiario no pagaba los tributos a la Iglesia que gravaban sobre ellos (nonae et decimae)27. Así también, si dejaba que la finca se arruinara, caso en el que normalmente se fijaba primero un plazo de advertencia de un año para que el beneficiario pudiera protegerse, mejorándola, de la confiscación que de otro modo se produciría, etc. Además, la concesión de la finca podía estar ligada también a determinados servicios, y de hecho lo estuvo cada vez más a medida que el beneficio se fue desarrollando hasta convertirse en feudo propiamente dicho. Pero originariamente esto no era necesario en absoluto, y menos que nada en lo que se refiere al servicio de guerra; gran número de beneficios se concedieron a clérigos inferiores, a monjes, a mujeres religiosas y seglares.
Por último, no está excluido en modo alguno que la corona concediera al principio también tierras revocables o por un tiempo determinado, es decir, como precarias. Algunas noticias y el precedente de la Iglesia lo hacen probable. Pero esto cesó en todo caso pronto, ya que en el siglo IX la concesión en las condiciones del beneficio se convirtió en la general.
Porque la Iglesia —y lo mismo debemos suponer de los grandes terratenientes y beneficiarios—, la Iglesia, que antes había transferido a sus terrazgueros libres tierras casi siempre solo como precarias temporales, tuvo que seguir el impulso dado por la corona. No solo empezó a conceder también beneficios, sino que esta forma de concesión llegó a ser tan predominante que las precarias ya existentes se hacen vitalicias y toman insensiblemente la naturaleza del beneficio, hasta que en el siglo IX las primeras quedan casi del todo absorbidas por el segundo. En la segunda mitad del siglo IX los beneficiarios de la Iglesia, y lo mismo los de los grandes laicos, tienen que haber alcanzado ya una posición importante en el Estado; algunos de ellos tienen que haber sido gente de fortuna considerable, fundadores de la posterior nobleza baja. De lo contrario, Carlos el Calvo28 no habría tomado tan vivamente la defensa de aquellos a quienes Hincmaro de Laon29 había quitado sus beneficios sin motivo.
Vemos que el beneficio tiene ya muchos rasgos que vuelven a encontrarse en el feudo desarrollado. A ambos les son comunes la caducidad por muerte del señor y la reversión por muerte del vasallo. Como el feudo, el beneficio solo está sujeto a confiscación bajo determinadas condiciones. En la jerarquía social creada por los beneficios, que desciende de la corona, a través de los grandes beneficiarios —predecesores de los príncipes del Imperio—, a los beneficiarios medios —la nobleza posterior—, y de estos a los campesinos libres y no libres, que vivían en su inmensa mayoría en la asociación de la marca, vemos la base de la posterior jerarquía feudal cerrada. Si el bien feudal posterior es en todas las circunstancias un bien de servicio y obliga al servicio de guerra para el señor feudal, esto último no ocurre todavía, es cierto, en el beneficio, y lo primero no es en absoluto necesario. Pero la tendencia del beneficio a convertirse en bien de servicio existe ya, inconfundible, y gana cada vez más terreno en el siglo IX; y en la misma medida en que se despliega libremente, el beneficio se desarrolla también hasta convertirse en feudo.
Pero en este desarrollo interviene además una segunda palanca: el cambio que sufrió la constitución de la comarca y del ejército, primero bajo la influencia de la gran propiedad territorial y más tarde bajo la de los grandes beneficios, en los que la antigua gran propiedad territorial se había ido transformando cada vez más a consecuencia de las incesantes guerras internas y de las confiscaciones y nuevas concesiones que las acompañaban.
Se comprende que en este capítulo solo se hable del beneficio en su forma pura, clásica, en la que, por cierto, solo fue una forma pasajera, que ni siquiera apareció en todas partes al mismo tiempo. Pero tales formas históricas de manifestarse las relaciones económicas solo se comprenden cuando se las capta en esta su pureza, y haber desprendido esta forma clásica del beneficio de todos los confusos añadidos es uno de los principales méritos de Roth.
Constitución de la comarca y del ejército
La transformación del estado de la propiedad territorial que acabamos de exponer no podía dejar de influir en la antigua constitución. Provocó en ella cambios igualmente importantes, y estos repercutieron a su vez en las relaciones de propiedad de la tierra. Dejemos por ahora de lado la transformación de la constitución general del Estado y limitémonos aquí a la influencia de la nueva situación económica en los restos todavía subsistentes de la antigua constitución popular en la comarca y en el ejército.
Ya bajo los merovingios encontramos con frecuencia a condes y duques como administradores de bienes de la corona. Pero solo en el siglo IX encontramos sin duda ciertos bienes de la corona unidos al cargo de conde de tal manera que el conde de turno percibía sus rentas. El antiguo cargo honorífico se había convertido en un cargo retribuido mediante una dotación. Junto a ello encontramos también, cosa que en las circunstancias de entonces se entiende por sí misma, a los condes en posesión de beneficios reales que se les habían asignado personalmente. Así, el conde se convirtió en un poderoso señor territorial dentro de su condado.
Ante todo, está claro que la autoridad del conde tenía que resentirse con la aparición de grandes terratenientes por debajo y al lado de él; gentes que bajo los merovingios y los primeros carolingios se burlaban bastante a menudo de las órdenes del rey tenían que mostrar todavía menos respeto a las del conde. Sus terrazgueros libres, confiando en la protección de poderosos señores territoriales, dejaban con la misma frecuencia de acudir a la citación del conde ante el tribunal o a su llamamiento al ejército. Fue precisamente esta una de las causas que llevaron a introducir la concesión en beneficio en lugar de en alodio y, más tarde, a la transformación gradual en beneficio de la mayor parte de la gran propiedad territorial antes libre.
Pero con ello solo no estaba asegurado todavía que los libres asentados en las fincas de los grandes cumplieran las prestaciones debidas al Estado. Tenía que producirse otro cambio. El rey se vio obligado a hacer responsables a los grandes terratenientes de que sus terrazgueros libres comparecieran ante el tribunal, en el ejército y en los demás servicios tradicionales al Estado, del mismo modo que hasta entonces el conde había respondido de todos los habitantes libres de su condado. Y esto solo podía hacerse si el rey transfería a los grandes una parte de las atribuciones del cargo de conde sobre sus terrazgueros. El señor territorial o el beneficiario tenía que presentar a su gente ante el tribunal; así pues, debían ser citados por su mediación. Tenía que llevarlos al ejército; así pues, su llamamiento debía hacerse por medio de él; para poder responder de ellos en todo momento, tenía que tener su mando y el derecho de disciplina militar sobre ellos. Pero era y seguía siendo servicio al rey por parte de los terrazgueros; al rebelde no lo castigaba el propietario de la finca, sino el conde real; la multa correspondía al fisco real.
También esta innovación se remonta a Carlos Martel. Al menos, solo desde su época encontramos la costumbre de que los grandes dignatarios eclesiásticos salgan ellos mismos a campaña, costumbre que, según Roth, solo puede explicarse porque Carlos hacía que los obispos se unieran al ejército a la cabeza de sus terrazgueros para asegurarse de que estos comparecían. Sin duda ocurrió lo mismo con los grandes laicos y sus terrazgueros. Bajo Carlomagno la nueva institución aparece ya firmemente establecida y aplicada en general.
Pero con esto se había producido un cambio esencial también en la posición política de los terrazgueros libres. Ellos, que antes eran jurídicamente iguales a su señor territorial, por mucho que dependieran de él económicamente, se convirtieron ahora también jurídicamente en sus subordinados. El sometimiento económico recibió sanción política. El señor territorial se convierte en senior, seigneur; los terrazgueros pasan a ser sus homines; el «señor» se convierte en el superior del «hombre». La igualdad jurídica de los libres ha desaparecido; el «hombre» más bajo, cuya libertad plena había sufrido ya fuerte menoscabo con la pérdida del patrimonio heredado, se acerca un escalón más al no libre. Otro tanto se eleva el nuevo «señor» por encima del nivel de la antigua libertad común. El Estado reconoce el fundamento, económicamente ya establecido, de la nueva aristocracia, que se convierte en uno de los engranajes de la máquina del Estado que colaboran regularmente en su funcionamiento.
Pero junto a estos homines compuestos de terrazgueros libres había todavía otra clase. Eran los libres empobrecidos que habían entrado voluntariamente en una relación de servicio o de séquito con los grandes. Los merovingios tenían su séquito en los antrustiones; los grandes de aquella época tampoco habrán carecido de séquito. Bajo los carolingios, los hombres del séquito del rey se llaman vassi, vasalli o gasindi, expresiones que en las leyes populares más antiguas todavía se usan para un no libre, pero que ahora han tomado ya el significado de un hombre de séquito libre por regla general. Las mismas denominaciones valen para los hombres del séquito de los grandes, que ahora aparecen de forma muy general y se convierten en un elemento cada vez más numeroso e importante de la sociedad y del Estado.
Cómo llegaban los grandes a tener tales hombres de séquito lo muestran las antiguas fórmulas de contrato. En una de ellas (Formulae Sirmondicae, 44)30 se dice, por ejemplo:
«Por cuanto es cosa sabida de todos que nada tengo con que alimentarme ni vestirme, ruego a vuestra» (la del señor) «piedad que me permita ponerme y encomendarme bajo vuestro amparo» (mundoburdum, una especie de tutela) «de modo... que vos estéis obligado a socorrerme con alimento y vestido según os sirva y lo merezca; y yo, mientras viva, esté obligado a prestaros servicio y obediencia a la manera de un hombre libre (ingenuili ordine); y que en vida no tenga poder para sustraerme a vuestra potestad y amparo, sino que haya de permanecer todos los días de mi vida bajo vuestra potestad y protección».
Esta fórmula da una explicación completa sobre el origen y la naturaleza de la relación de séquito simple, despojada de toda mezcla ajena, y tanto más cuanto que presenta el caso extremo de un pobre diablo completamente arruinado. La entrada en el séquito del senior se producía en virtud de un acuerdo libre de ambas partes —libre en el sentido de la jurisprudencia romana y moderna—, con bastante frecuencia semejante a la entrada de un obrero de hoy al servicio de un fabricante. El «hombre» se encomendaba al señor, y este aceptaba su encomienda. Esta consistía en el apretón de manos y el juramento de fidelidad. El acuerdo era vitalicio y solo se disolvía por la muerte de uno de los dos contratantes. El hombre de servicio estaba obligado a prestar todos los servicios compatibles con la condición de un libre que su señor quisiera encomendarle. A cambio, este lo mantenía y lo recompensaba a su discreción. Una asignación de tierra no iba en absoluto necesariamente unida a ello, y de hecho tampoco se daba, ni mucho menos, en todos los casos.
Esta relación no solo fue tolerada bajo los carolingios, sobre todo desde Carlomagno, sino directamente favorecida y, por último, según parece por una capitular de 847, impuesta como obligación a todos los libres comunes y regulada por el Estado. Así, el hombre de servicio solo podía romper unilateralmente la relación con su señor si este quería matarlo, golpearlo con un palo, deshonrar a su mujer o a su hija o quitarle su patrimonio heredado (capitular de 813). Y el hombre de servicio quedaba ligado al señor en cuanto había recibido de él el valor de un sólido31, de donde se deduce una vez más con claridad lo poco que la relación de vasallaje estaba necesariamente ligada entonces a la concesión de tierras. Una capitular de 816 repite las mismas disposiciones, con el añadido de que el hombre de servicio quedaba desligado si su señor quería reducirlo injustamente a la condición de no libre o si, pudiendo prestarle la protección prometida, no se la prestaba.
Frente al Estado, el señor del séquito adquirió entonces respecto de los hombres de su séquito los mismos derechos y deberes que el señor territorial o el beneficiario respecto de sus terrazgueros. Seguían sujetos al servicio del rey, solo que también aquí se interponía el señor del séquito entre el rey y sus condes. Él presentaba a los vasallos ante el tribunal, los llamaba a las armas, los mandaba en la guerra y mantenía la disciplina entre ellos; respondía de ellos y de que estuvieran equipados según lo prescrito. Pero con ello el señor del séquito adquiría cierto poder de castigo sobre sus subordinados, y este constituye el punto de partida de la jurisdicción del señor feudal sobre sus vasallos, que se desarrolló más tarde.
En estas otras dos instituciones, en el desarrollo del régimen de séquito y en la transferencia del poder del cargo de conde, es decir, del poder del Estado, al señor territorial, al señor de la corona, del beneficio y del séquito sobre sus subordinados —terrazgueros y hombres de séquito sin tierra—, reunidos ahora pronto todos ellos bajo los nombres de vassi, vasalli, homines; en esta confirmación por el Estado, en este reforzamiento del poder de hecho del señor sobre los vasallos, vemos cómo el germen del régimen feudal dado en los beneficios se desarrolla ya considerablemente. La jerarquía de los estamentos, que desciende del rey, a través de los grandes beneficiarios, a los terrazgueros libres de estos y, por último, a los no libres, se convierte en un elemento reconocido del orden del Estado, que actúa en él con carácter oficial. El Estado reconoce que sin su ayuda no puede subsistir. Cómo se prestó de hecho esta ayuda, ya se verá.
La distinción entre hombres de séquito y terrazgueros solo es importante al principio, para demostrar el doble origen de la dependencia de los libres. Muy pronto ambas clases de vasallos se funden de modo inseparable, en el nombre y también en la realidad. Los grandes beneficiarios fueron adoptando cada vez más la costumbre de encomendarse al rey, de convertirse, pues, además de en sus beneficiarios, en sus vasallos. A los reyes les interesaba hacerse prestar personalmente el juramento de fidelidad de los grandes, obispos, abades, condes y vasallos (Annales Bertiniani32, 837, y con frecuencia en el siglo IX), con lo cual la diferencia entre el juramento general de súbdito y el juramento especial de vasallo tenía que borrarse pronto. Así, todos los grandes se transforman poco a poco en vasallos reales. Pero con ello el desarrollo, operado lentamente, de los grandes terratenientes hasta formar un estamento especial, una aristocracia, había quedado reconocido por el Estado, insertado en el orden del Estado, convertido en una de sus palancas de acción oficial.
Del mismo modo, el hombre del séquito de cada gran terrateniente se va confundiendo con los terrazgueros. Aparte de la manutención directa en la casa señorial, que solo podía darse para un número reducido de personas, no quedaba otro medio de asegurarse hombres de séquito que asentarlos en la tierra, transferirles tierra en beneficio. Un séquito numeroso y aguerrido, condición principal de la existencia de los grandes en aquella época de luchas perpetuas, solo podía conseguirse, pues, concediendo tierra a los vasallos. Por eso los servidores sin tierra de la casa señorial desaparecen poco a poco ante la masa de los asentados en tierra del señor.
Pero cuanto más se introducía este nuevo elemento en la antigua constitución, más tenía esta que quebrantarse. El ejercicio antiguo e inmediato del poder del Estado por el rey y los condes fue cediendo cada vez más el paso a otro mediato; entre los libres comunes y el Estado se interpuso el senior, al que aquellos estaban ligados por una fidelidad personal en medida cada vez mayor. La pieza más eficaz de la máquina del Estado, el conde, tenía que quedar cada vez más relegada, y así ocurrió en efecto. Carlomagno procedió aquí como solía proceder en todas partes. Primero favoreció, como vimos, la proliferación de la relación de vasallaje, hasta que los pequeños libres independientes casi desaparecieron; cuando luego salió a la luz el debilitamiento de su poder causado por ello, intentó volver a ponerlo en pie mediante la intervención del Estado. Esto pudo dar resultado en algunos casos bajo un soberano tan enérgico y temido; bajo sus débiles sucesores, el poder de los hechos creados con su ayuda se abrió paso de forma irresistible.
El medio predilecto de Carlos era el envío de emisarios reales (missi dominici) con plenos poderes extraordinarios. Donde el funcionario real ordinario, el conde, no podía poner coto al desorden que cundía, debía hacerlo un enviado especial. (Fundamentar y desarrollar esto históricamente.)33
Pero había además otro medio, y consistía en poner al conde en una posición tal que también en medios materiales de poder fuera por lo menos igual a los grandes de su condado. Esto solo era posible si el conde entraba también en las filas de los grandes terratenientes, lo que a su vez podía ocurrir por dos caminos. Al cargo de conde podían asignarse en cada comarca, como dotación, ciertas tierras, de modo que el conde de turno las administrara en virtud de su cargo y percibiera sus rentas. De ello se encuentran muchos ejemplos, sobre todo en documentos, y ya desde finales del siglo VIII; desde el IX esta relación es muy corriente. Tales dotaciones procedían, por supuesto, en su mayoría del patrimonio fiscal del rey, del mismo modo que ya en la época merovingia encontramos con frecuencia a condes y duques como administradores de los bienes fiscales reales situados en su territorio.
Curiosamente, se encuentran también algunos ejemplos (incluso un formulario para ello) en que los obispos dotan el cargo de conde con bienes de la Iglesia, naturalmente, dada la inalienabilidad de los bienes eclesiásticos, en alguna forma de beneficio. La generosidad de la Iglesia es demasiado conocida para admitir aquí otra razón que la amarga necesidad. Bajo la creciente presión de los grandes laicos vecinos, a la Iglesia no le quedaba más que la alianza con los restos del poder del Estado.
Estas pertenencias vinculadas a los condados (res comitatus, pertinentiae comitatus) están al principio todavía nítidamente separadas de los beneficios transferidos personalmente al conde de turno. También estos se concedían por lo general con largueza, de modo que, sumadas dotación y beneficios, los cargos de conde, originariamente puestos honoríficos, eran ahora puestos muy lucrativos, y desde Ludovico Pío se otorgaban, igual que otras liberalidades reales, a gentes que se quería ganar o de las que se quería estar seguro. Así, se dice de Luis el Tartamudo34 que «se ganó a los que pudo, dándoles abadías, condados y villas» (quos potuit conciliavit [sibi], dans eis abbatias et comitatus ac villas) (Annales Bertiniani, 877). La denominación honor, con la que antes se designaba el cargo en relación con los derechos honoríficos ligados a él, adquiere en el curso del siglo IX exactamente el mismo significado que beneficio. Y con ello se produjo también necesariamente un cambio esencial en el carácter del cargo de conde, que Roth (p. 408) pone de relieve con razón. Originariamente, el señorío, en la medida en que adquiría carácter público, estaba calcado del cargo de conde, dotado de atribuciones condales. Ahora —en la segunda mitad del siglo IX— el señorío se había extendido de modo tan general que amenazaba con invadir el cargo de conde, y este solo podía mantenerse en su posición de poder adoptando él mismo cada vez más el carácter de un señorío. Los condes usurpaban cada vez más, y no sin éxito, la posición de senior frente a los habitantes de su comarca (pagenses), tanto en lo que se refería a sus relaciones privadas como a las públicas. Exactamente como los demás «señores» con la gente humilde vecina, también los condes intentaban llevar, por las buenas o por las malas, a los habitantes libres menos acomodados de la comarca a someterse a ellos como vasallos. Esto se lograba con tanta mayor facilidad cuanto que el mero hecho de que los condes pudieran abusar así de su poder oficial es la mejor prueba de la poca protección que el resto que quedaba de los libres comunes podía esperar del poder real y de sus órganos. Expuestos a la violencia por todas partes, los libres más pequeños tenían que darse por contentos con encontrar algún protector, aunque fuera a cambio de ceder su alodio y recobrarlo como mero beneficio. Ya en la capitular de 811 se queja Carlomagno de que obispos, abades, condes, jueces y centenarios35 arruinan a la gente humilde con continuas vejaciones judiciales o con llamamientos al ejército repetidos una y otra vez, hasta que les transfieren o venden su alodio; de que los pobres se quejan en voz alta del robo que se comete con su propiedad, etc. De este modo, en la Galia, ya a finales del siglo IX la mayor parte de la propiedad libre había pasado a manos de la Iglesia, de los condes y de otros grandes (Hincmaro de Reims, 869), y algo más tarde en algunas provincias ya no había ninguna propiedad territorial libre de pequeños libres (Maurer, Einleitung, p. 212)36. Y en cuanto los beneficios, con el creciente poder de los beneficiarios y el decadente de la corona, se fueron haciendo hereditarios, también los cargos de conde se hicieron hereditarios por costumbre. Si en la multitud de los beneficiarios reales vimos los comienzos de la formación de la nobleza posterior, aquí vemos el germen de la soberanía territorial de los posteriores señores territoriales surgidos de los condes de comarca.
Mientras el orden social y político cambiaba así por completo, la antigua constitución del ejército, fundada en el servicio de armas —derecho y a la vez deber— de todos los libres, seguía siendo exteriormente la misma, solo que, allí donde existían las nuevas relaciones de dependencia, el senior se interponía entre sus vasallos y el conde. Pero los libres comunes estaban de año en año menos en condiciones de soportar la carga del servicio militar. Esta no consistía solo en el servicio personal; el llamado a filas tenía que equiparse él mismo y mantenerse a sus propias expensas durante los seis primeros meses, hasta que finalmente las incesantes guerras de Carlomagno colmaron la medida. La carga se hizo tan insoportable que, para escapar de ella, los pequeños libres preferían en masa transferir no solo el resto de sus bienes, sino su propia persona y la de sus descendientes a los grandes, pero sobre todo a la Iglesia. A tal punto había llevado Carlos a los libres y belicosos francos, que preferían hacerse siervos y dependientes de un señor con tal de no ir a la guerra. Tal fue la consecuencia de que Carlos se obstinara en aplicar, e incluso en llevar hasta el último extremo, una constitución militar fundada en la propiedad territorial general e igual de todos los libres, cuando la gran masa de los libres había perdido ya total o casi totalmente su propiedad territorial.
Los hechos, sin embargo, fueron más fuertes que la terquedad y la ambición de Carlos. La antigua constitución del ejército ya no podía mantenerse. Equipar y mantener el ejército a costa del Estado era todavía menos posible en aquella época de una economía natural casi sin dinero ni comercio. Carlos se vio, pues, obligado a limitar la obligación de servir de modo que el equipo y la manutención del hombre siguieran siendo posibles. Así se hizo en la capitular de Aquisgrán de 807, cuando las guerras se limitaban ya solo a luchas fronterizas y la existencia del reino parecía asegurada en conjunto. Ante todo, todo beneficiario real sin excepción debía presentarse; luego, quien poseyera doce mansos (mansi) debía comparecer con loriga, y por lo tanto también a caballo, sin duda (la palabra caballarius, caballero, aparece en la misma capitular). Los poseedores de tres a cinco mansos estaban obligados. De dos poseedores de dos mansos cada uno, de tres de un manso, de seis de medio manso, tenía que presentarse uno cada vez y ser equipado por los demás. De los libres que no tenían tierra alguna, pero poseían bienes muebles por valor de cinco sólidos, debía también marchar el sexto hombre y recibir de cada uno de los otros cinco una ayuda en dinero de un sólido. Además, la obligación de marchar de las distintas partes del país, que en estas guerras vecinas se aplicaba por completo, se limita para las guerras más lejanas, según la distancia, a entre la mitad y la sexta parte de los hombres.
Carlos intentaba aquí claramente adaptar la antigua constitución a las nuevas condiciones económicas de vida de los obligados al servicio, salvar lo que aún podía salvarse. Pero tampoco esta concesión sirvió de nada; muy poco después se vio obligado a permitir nuevas exenciones en el Capitulare de exercitu promovendo. Esta capitular, fechada habitualmente antes que la de Aquisgrán, es sin duda, por todo su contenido, varios años posterior. Eleva el número de mansos por cada uno de los cuales ha de presentarse un hombre de tres a cuatro; los poseedores de medio manso y los que no tienen tierra aparecen exentos del servicio, y también para los beneficiarios la obligación de presentar hombres se limita a uno por cada cuatro mansos. Bajo los sucesores de Carlos, el número mínimo de mansos que presentaban un hombre parece haberse elevado incluso a cinco.
Es curioso que la presentación de los poseedores de doce mansos con loriga parece haber encontrado las mayores dificultades. Al menos, la orden de que deben comparecer acorazados se repite innumerables veces en las capitulares.
Así fueron desapareciendo cada vez más los libres comunes. Si su separación gradual de la tierra había empujado a una parte al vasallaje de los nuevos grandes señores territoriales, el miedo a la ruina directa por el servicio militar empujó a la otra parte directamente a la servidumbre. De la rapidez con que se producía esta entrega a la servidumbre da testimonio el políptico (registro de la propiedad territorial) del monasterio de Saint-Germain-des-Prés, que entonces estaba todavía fuera de París. Lo compiló el abad Irminón a comienzos del siglo IX y registra entre los terrazgueros del monasterio 2.080 familias de colonos, 35 de litos, 220 de esclavos (servi), y en cambio solo ocho familias libres. Ahora bien, la palabra colonus designaba en aquella época en la Galia decididamente a un no libre. El matrimonio de una mujer libre con un colono o un esclavo la sometía al señor como deshonrada (deturpatam) (capitular de 817). Ludovico Pío ordena que el «colonus vel servus» (de un monasterio de Poitiers) «ad naturale servitium velit nolit redeat» (que «el colono o siervo vuelva, quiera o no, a su servidumbre natural»). Recibían azotes (capitulares de 853, 861, 864 y 873) y a veces eran liberados (Guérard, [Polyptyque de l'abbé] Irminon). Y estos campesinos siervos no eran, ni mucho menos, romanos, sino, según el testimonio del propio Jacob Grimm (Historia de la lengua alemana, I)37, que estudió sus nombres, «casi todos francos, que superaban con mucho a un pequeño número de romanos».
Un aumento tan enorme de la población no libre desplazó a su vez las relaciones de clase de la sociedad franca. Junto a los grandes terratenientes, que se estaban constituyendo rápidamente en un estamento propio, junto a sus vasallos libres, apareció ahora una clase de no libres que iba absorbiendo cada vez más el resto de los libres comunes. Pero estos no libres, en parte, habían sido libres ellos mismos, y en parte eran hijos de libres; los que vivían en servidumbre hereditaria desde tres o más generaciones eran con mucho la minoría. Además, en su mayoría no eran prisioneros de guerra sajones, vendos38, etc., traídos de fuera; al contrario, la mayor parte eran francos y romanos del país. Con gente así, sobre todo cuando además empezaba a constituir la masa de la población, no era tan fácil tratar como con siervos heredados o extranjeros. La servidumbre les era todavía desacostumbrada; los azotes que recibía incluso el colono (capitulares de 853, 861 y 873) se sentían todavía como un oprobio, no como algo natural. De ahí las numerosas conjuras y sublevaciones de los no libres e incluso de los vasallos campesinos. El propio Carlomagno aplastó por la fuerza una sublevación de los terrazgueros del obispado de Reims. Ludovico Pío habla en la capitular de 821 de conjuras de los esclavos (servorum) en Flandes y en el Menapiscus (en el curso alto del Lys). En 848 y 866 hubo que reprimir sublevaciones de los servidores (homines) del obispado de Maguncia. Las órdenes de reprimir tales conjuras se repiten en las capitulares desde 779. También la sublevación de los Stellinga en Sajonia39 tiene que pertenecer a este capítulo. Evidentemente fue una consecuencia de esta actitud amenazadora de las masas no libres que desde finales del siglo VIII y comienzos del IX las prestaciones de los no libres, incluso de los esclavos asentados, se fijaran cada vez más en una medida determinada que no podía rebasarse, y que Carlomagno lo prescribiera en sus capitulares.
Tal fue, pues, el precio con que Carlos compró su Imperio neorromano: la aniquilación del estamento de los libres comunes, que en la época de la conquista de la Galia habían abarcado a todo el pueblo franco; la escisión del pueblo en grandes terratenientes, vasallos y siervos. Pero con los libres comunes cayó la antigua constitución del ejército, y con ambos cayó la realeza. Carlos había aniquilado la única base de su propio dominio. Mientras él vivió, el edificio aguantó; pero bajo sus sucesores salió a la luz lo que en realidad había sido la obra de sus manos.
Nota: el dialecto franco
Los lingüistas han jugado una mala pasada singular a este dialecto. Si Grimm lo hizo perderse en el francés y el alto alemán, los más recientes le dan una extensión que va de Dunkerque y Ámsterdam hasta el Unstrut, el Saale y el Rezat, si no hasta el Danubio y, por la colonización, hasta los Montes de los Gigantes. Mientras un filólogo como Moritz Heyne construye a partir de un manuscrito del Heliand40 hecho en Werden una lengua bajo-franca antigua que es un sajón antiguo casi puro, con un levísimo aliento franco, Braune41 adscribe sin más todos los dialectos realmente bajo-francos aquí al sajón, allá al neerlandés. Y por último, Arnold42 limita el territorio conquistado por los ripuarios a la región situada al norte de la divisoria de aguas entre el Ahr y el Mosela, y hace que todo lo situado al sur y al suroeste lo ocupen primero los alamanes y después exclusivamente los catos (a quienes también incluye entre los francos), y que por tanto se hable allí alamán-cato.
Reduzcamos ante todo el dominio lingüístico franco a sus verdaderos límites. Turingia, Hesse y la Franconia del Meno no tienen absolutamente ningún otro título para que se las cuente en él que el de haber sido incluidas en la época carolingia bajo el nombre de Francia. La lengua que se habla al este del Spessart, del Vogelsberg y del Kahler Asten es cualquier cosa menos franca. Hesse y Turingia tienen sus propios dialectos independientes, del mismo modo que las habitan tribus independientes; en la Franconia del Meno, una mezcla de población eslava, turingia y hesiana se ha visto penetrada por elementos bávaros y francos y se ha formado su propio dialecto aparte. Solo si se emplea como principal criterio de distinción el grado en que la mutación consonántica del alto alemán43 ha penetrado en los dialectos pueden asignarse estas tres ramas lingüísticas al franco. Pero, como veremos, es precisamente este procedimiento el que causa toda la confusión en el juicio que se forman sobre la lengua franca quienes no son francos.
Empecemos por los monumentos más antiguos, y pongamos primero en su justo lugar el llamado bajo franco antiguo de Moritz Heyne44. El llamado manuscrito Cotton del Heliand, hecho en Werden y que se encuentra ahora en Oxford45, sería bajo-franco antiguo por haberse hecho en el monasterio de Werden, en suelo todavía franco, pero muy cerca de la frontera sajona. La antigua frontera tribal es aquí todavía hoy la frontera entre Berg y la Mark46; de las abadías situadas entre ambas, Werden pertenece a Franconia, Essen a Sajonia. Werden está limitada, en su inmediata vecindad, al este y al norte, por localidades indiscutiblemente sajonas; en la llanura entre el Ruhr y el Lippe la lengua sajona llega en algunos puntos casi hasta el Rin. El hecho de que una obra sajona se copiara en Werden, y evidentemente por un franco, y de que a este franco se le escaparan aquí y allá de la pluma formas francas, no basta ni de lejos para declarar franca la lengua de la copia. Además del Heliand Cotton, Heyne toma en consideración como bajo-francos algunos fragmentos de Werden que muestran el mismo carácter, y los restos de una traducción de los salmos que, según él, surgió en la región de Aquisgrán, mientras que Kern47 (Die Glossen in der Lex Salica) la declara sin más neerlandesa. En efecto, tiene por un lado formas completamente neerlandesas, pero junto a ellas también formas genuinamente franco-renanas e incluso huellas de la mutación consonántica del alto alemán. Evidentemente surgió en la frontera entre el neerlandés y el franco renano, más o menos entre Aquisgrán y Maastricht. Su lengua es bastante más reciente que la de los dos manuscritos del Heliand.
Sin embargo, el Heliand Cotton basta por sí solo para establecer sin lugar a dudas, a partir de las pocas formas francas que aparecen en él, algunas diferencias principales entre el franco y el sajón.
I. Todos los dialectos ingevónicos48 terminan igual las tres personas del plural del presente de indicativo, en concreto en una dental precedida de vocal: el sajón antiguo en d, el anglosajón en dh, el frisón antiguo en th (que sin duda está también por dh). Así, en sajón antiguo hebbiad significa «tenemos», «tenéis», «tienen»; del mismo modo, de fallan y gawinnan las tres personas son igualmente fallad, winnad. Es la tercera persona la que se ha apoderado de las tres, pero, nótese bien, con la supresión de la n ante la d o la dh, que es específicamente ingevónica y común igualmente a los tres dialectos citados. De todos los dialectos vivos, solo el westfaliano ha conservado esta particularidad; allí se dice todavía hoy wi, ji, se hebbed («nosotros tenemos, vosotros tenéis, ellos tienen»), etc. Los demás dialectos sajones, lo mismo que el frisón occidental, ya no la conocen; distinguen las tres personas.
Los salmos de la orilla izquierda del Rin tienen, como el alto alemán medio, -m para la primera persona del plural, -t para la segunda y -nt para la tercera. En cambio, el Heliand Cotton tiene algunas veces, junto a las sajonas, formas de tipo muy distinto: tholônd, «sufren»; gornônd, «os lamentáis»; y como imperativo, mârient, «anunciad»; seggient, «decid», donde el sajón exige tholôd, gornôt, mâriad, seggiad. Estas formas no solo son francas, sino que son incluso dialecto local auténtico de Werden, de Berg, hasta hoy. En Berg igualamos también las tres personas del plural del presente, pero no a la sajona, en d, sino a la franca, en nt. Frente al wi hebbed de la Mark, allí, justo en la frontera, se dice wi hant, y, de modo análogo al imperativo seggient citado, se dice seient ens, «a ver, decid». Braune y otros, por la simple observación de que aquí en Berg se igualan las tres personas, han declarado sajona sin más toda la montaña de Berg. La regla, ciertamente, ha llegado de Sajonia, pero, por desgracia, se aplica a la franca, y prueba con ello lo contrario de lo que debería probar.
La supresión de la n ante dental no se limita en los dialectos ingevónicos a este caso; está menos extendida en el frisón antiguo, pero bastante más en el sajón antiguo y en el anglosajón: mudh, «boca» (al. Mund); kudh, «conocido» (al. kund); us, «nos» (al. uns); odhar, «otro». El copista franco del Heliand en Werden escribe dos veces, en lugar de odhar, la forma franca andar. Los registros de rentas de Werden alternan las formas francas de nombres Reinswind, Meginswind con las sajonas Reinswid y Meginswid. En los salmos de la orilla izquierda del Rin, en cambio, se dice siempre munt, kunt, uns; solo una vez las llamadas glosas de Lipsius49 (sacadas del manuscrito perdido de estos salmos) tienen farkutha abominabiles en lugar de farkuntha. Los monumentos sálicos antiguos han conservado igualmente la n en todas partes en los nombres Gund, Segenand, Chlodosindis, Ansbertus, etc., lo cual no entra en consideración. Los dialectos francos modernos tienen la n en todas partes (única excepción en Berg, la forma os, «nos»).
II. Los monumentos lingüísticos a partir de los cuales suele construirse la llamada gramática sajona pertenecen todos a la Westfalia del suroeste: Münster, Freckenhorst, Essen. La lengua de estos monumentos muestra algunas divergencias esenciales no solo respecto de las formas ingevónicas generales, sino también respecto de las que se nos han conservado en nombres propios de Engern y Ostfalia como genuinamente sajonas antiguas; en cambio, concuerda notablemente con el franco y el alto alemán antiguo. Por eso el más reciente gramático del dialecto, Cosijn50, lo llama directamente sajón occidental antiguo.
Como en esta investigación dependemos casi solo de nombres propios en documentos latinos, las diferencias de formas demostrables entre el sajón occidental y el oriental no pueden ser muy numerosas; se limitan a dos casos, pero muy decisivos.
- El anglosajón y el frisón antiguo tienen el genitivo plural de todas las declinaciones en a. El sajón occidental antiguo, el franco antiguo y el alto alemán antiguo, en cambio, en o. ¿Cuál es entonces la verdadera forma sajona antigua? ¿Abandonaría de verdad este dialecto aquí la regla ingevónica?
Los documentos de Engern y Ostfalia dan la respuesta. En Stedieraburg, Horsadal, Winethahûsen, Edingahûsun, Magathaburg y muchos otros nombres, la primera parte del compuesto está en genitivo plural y tiene a. Incluso en Westfalia la a no ha desaparecido aún del todo: el rollo de Freckenhorst tiene una vez Aningera-lô y Wernerâ-Holthûson, y la a de Osnabrück es también un antiguo genitivo plural.
- Del mismo modo, el masculino débil termina en franco, como en alto alemán antiguo, en o, frente a la a gótico-ingevónica. Para el sajón occidental antiguo la o es igualmente regla firme; de nuevo, pues, una divergencia del uso ingevónico. Pero esto no vale en modo alguno para el sajón antiguo en general. Ni siquiera en Westfalia valía la o sin excepción; el rollo de Freckenhorst tiene ya, junto a la o, toda una serie de nombres en a (Sîboda, Uffa, Asica, Hassa, Wenda, etc.); los monumentos de Paderborn recogidos por Wigand51 dan casi siempre a, solo muy excepcionalmente o; en los documentos de Ostfalia predomina la a casi exclusivamente; de modo que ya Jacob Grimm (Historia de la lengua alemana) llega a la conclusión de que no puede desconocerse que a y an (en los casos oblicuos) eran la forma originariamente sajona, común a todas las partes del pueblo. El avance de la o en lugar de la a tampoco se limitó a Westfalia. A comienzos del siglo XV los nombres de varón frisones orientales de las crónicas, etc., tienen casi regularmente o: Fokko, Occo, Enno, Smelo, etc., frente a la a anterior, conservada todavía en casos aislados en el frisón occidental.
Puede considerarse, pues, establecido que ambas divergencias del sajón occidental respecto de la regla ingevónica no son originariamente sajonas, sino que se deben a una influencia extraña. Esta influencia se explica muy sencillamente por el hecho de que la Sajonia occidental había sido antes territorio franco. Solo después de la partida de la masa principal de los francos avanzaron poco a poco los sajones, por encima del Osning y del Egge, hasta la línea que todavía hoy separa la Mark y el Sauerland de Berg y del Siegerland. La influencia de los francos que se quedaron, fundidos ahora con los sajones, se muestra en esas dos o en lugar de a; es inconfundible también todavía en los dialectos actuales.
III. Una particularidad de la lengua franco-renana que se extiende desde el Ruhr hasta el Mosela es la terminación de la primera [persona del] presente de indicativo en -n, que se ha conservado mejor en el caso de que siga una vocal: dat don ek, «eso hago yo»; ek han, «yo tengo» (en el habla de Berg). Esta forma verbal vale para todo el Bajo Rin y el Mosela, al menos hasta la frontera de Lorena: don, han. La misma particularidad se encuentra ya en los salmos de la orilla izquierda del Rin: biddon, «ruego»; wirthon, «llego a ser», aunque no de modo consecuente. Al dialecto sálico le falta esta n; allí se dice ya en el documento más antiguo: ec forsacho, gelôbo. Falta igualmente en el neerlandés. El sajón occidental antiguo se aparta aquí del franco en la medida en que solo conoce esta n en una única conjugación (la llamada segunda débil): skawôn, «miro»; thionôn, «sirvo», etc. Al anglosajón y al frisón antiguo les es del todo ajena. Podemos, pues, suponer que también esta n es un resto franco en el sajón occidental antiguo.
Aparte de los numerosos nombres propios que se nos han conservado en documentos, etc., y de las glosas de la Lex Salica52, desfiguradas a menudo hasta resultar irreconocibles, no tenemos casi ningún resto del dialecto sálico. Sin embargo, Kern (Die Glossen in der Lex Salica) ha eliminado un número considerable de estas deformaciones, ha restablecido el texto, seguro en algunos casos y muy probable en otros, y ha demostrado que está escrito en una lengua que es la antecesora directa del neerlandés medio y moderno. Pero este material así reconstruido no es utilizable sin más, naturalmente, para la gramática. Aparte de eso solo poseemos la breve fórmula de abjuración añadida a la capitular de Carlomán del año 743 y redactada probablemente en el concilio de Lestinnes, es decir, en Bélgica. Y aquí tropezamos ya al comienzo con dos palabras característicamente francas: ec forsacho, «yo renuncio». Ec por «yo» (al. ich) está todavía hoy muy extendido entre los francos. En Tréveris y Luxemburgo, eich; en Colonia y Aquisgrán, ech; en Berg, ek. Aunque el neerlandés escrito tiene ik, se oye con bastante frecuencia en boca del pueblo, sobre todo en Flandes, ek. Los nombres sálicos antiguos Segenandus, Segemundus, Segefredus muestran de acuerdo con ello e por i.
En forsacho aparece ch por g entre vocales: esto se da también en otros monumentos (rachineburgius53) y es todavía hoy un rasgo distintivo de todos los dialectos francos, desde el Palatinado hasta el mar del Norte. A estos dos rasgos distintivos principales del franco —e frecuente por i y ch entre vocales por g— volveremos al tratar de cada dialecto.
Como resultado de la investigación anterior, a la que puede añadirse para compararlo lo que dice Grimm sobre el franco antiguo al final del primer tomo de la Historia de la lengua alemana, podemos establecer la tesis, que por lo demás difícilmente se discute ya hoy, de que el franco era ya en los siglos VI y VII un dialecto propio, que formaba la transición entre el alto alemán, es decir, ante todo el alamán, y el ingevónico, es decir, ante todo el sajón y el frisón, y que se hallaba todavía por entonces enteramente en el grado de mutación gótico-bajo-alemán. Pero si se admite esto, se reconoce también con ello que los francos no eran una mezcolanza de diferentes tribus aliadas por circunstancias externas, sino una gran tribu alemana propia, los iscevones54, que sin duda absorbieron en distintas épocas elementos extraños, pero que tuvieron también la fuerza de asimilarlos. Y podemos considerar igualmente demostrado que cada una de las dos ramas principales de la tribu franca hablaba ya muy pronto un habla particular, que el dialecto se dividía en sálico y ripuario, y que muchas de las particularidades que separaban los dialectos antiguos siguen viviendo en el habla popular de hoy.
Pasemos ahora a estos dialectos todavía vivos.
I. Ya no hay ninguna duda de que el sálico sigue viviendo en los dos dialectos neerlandeses, el flamenco y el holandés, y en su forma más pura en los territorios que son francos ya desde el siglo VI. En efecto, desde que las grandes mareas de tempestad de los siglos XII, XIII y XIV destruyeron casi toda Zelanda, formaron el Zuiderzee, el Dollart y el Jade y rompieron con ello, junto con la unión geográfica, también la unión política entre los frisones, los restos de la antigua libertad frisona sucumbieron a la presión de los señores territoriales circundantes, y con ella casi en todas partes también la lengua frisona. Al oeste quedó arrinconada o totalmente desplazada por el neerlandés, al este y al norte por el sajón y el danés, dejando en todos los casos fuertes huellas en la lengua que se imponía. La Zelanda y la Holanda frisonas antiguas fueron en los siglos XVI y XVII el núcleo y el baluarte de la lucha por la independencia de los Países Bajos, como ya eran la sede de las principales ciudades comerciales del país. Aquí, pues, sobre todo, se formó la lengua escrita neerlandesa moderna, que acogió elementos frisones, palabras y formas, que deben distinguirse bien del tronco básico franco. Por otra parte, desde el este la lengua sajona ha avanzado sobre territorio antes frisón y franco. Trazar los límites exactos debe dejarse a la investigación de detalle; puramente sálicas son solo las partes de Bélgica de habla flamenca, el Brabante Septentrional, Utrecht, así como Güeldres y Overijssel, con excepción de las franjas orientales, sajonas.
Entre la frontera lingüística francesa en el Mosa y la sajona al norte del Rin chocan sálicos y ripuarios. A la línea divisoria, que también aquí hay que fijar todavía en detalle, nos referiremos más abajo. Ocupémonos primero de las particularidades gramaticales del neerlandés.
En las vocales llama la atención, en primer lugar, que de un modo genuinamente franco la i se sustituye por e: brengen (al. bringen, traer), krep (al. Krippe, pesebre), hemel (al. Himmel, cielo), geweten (al. Gewissen, conciencia), ben (al. bin, soy), stem (al. Stimme, voz). En el neerlandés medio esto ocurre todavía con mucha más frecuencia: gewes (al. gewiß, cierto), es (al. ist, es), selber (al. Silber, plata), blent (al. blind, ciego), donde el neerlandés moderno dice gewis, is, zilver, blind. Del mismo modo, encuentro cerca de Gante55 dos localidades, Destelbergen y Desteldonck, según las cuales todavía hoy el cardo (al. Distel) se llama allí destel. El neerlandés medio, que creció en suelo puramente franco, concuerda aquí exactamente con el ripuario; ya menos el neerlandés moderno escrito, expuesto a la influencia frisona.
Además, también en concordancia con el ripuario, aparece o en lugar de u ante m o n seguidas de consonante, aunque no de modo tan consecuente como en el neerlandés medio y en el ripuario. Junto a konst, gonst, kond el neerlandés moderno tiene kunst, gunst, kund; en cambio, ambos concuerdan en mond (al. Mund, boca), hond (al. Hund, perro), jong (al. jung, joven), ons (al. uns, nos).
A diferencia del ripuario, la i larga (ij) se ha convertido en la pronunciación en ei, cosa que no parece haber ocurrido todavía en el neerlandés medio. Pero esta ei no se pronuncia como la ei del alto alemán = ai, sino realmente como e + i, aunque no tan delgada como, por ejemplo, la ej de daneses y eslavos. Poco distinto suena el diptongo que no se escribe ij, sino ei. En correspondencia con ello, en lugar del au del alto alemán aparece ou, ouw.
La metafonía56 ha desaparecido de la flexión. En la declinación, el singular y el plural, y en la conjugación, el indicativo y el subjuntivo tienen la misma vocal radical. En cambio, la metafonía aparece en la formación de palabras en una doble forma: 1) en la [transformación] de la a en e por influencia de una i, común a todos los dialectos posgóticos; 2) en una forma propia del neerlandés, desarrollada más tarde. El neerlandés medio, como el ripuario, conoce todavía hus (casa), brun (pardo), rum (espacioso), tun (cerca), plural huse, brune. El neerlandés moderno solo conoce ya las formas huis, bruin, ruim, tuin (ui = eu del alto alemán), ajenas al neerlandés medio y al ripuario. En cambio, ya en el neerlandés medio se introduce eu en lugar de o breve (u del alto alemán): jeughet junto a joghet, neerlandés moderno jeugd, «juventud» (al. Jugend); doghet, «virtud» (al. Tugend); dor, «puerta» (al. Tür); kor, «elección», junto a las cuales están las formas con eu [u oe]; en neerlandés moderno solo valen ya deugd, keur, deur. Esto concuerda del todo con la eu desarrollada en el francés del norte desde el siglo XII en lugar de la o tónica latina. Kern llama la atención sobre un tercer caso: en neerlandés moderno, ei es metafonía de ê (ee). Estas tres formas de metafonía son desconocidas en el ripuario y en los demás dialectos y constituyen un rasgo distintivo especial del neerlandés.
Ald, alt, old, uld, ult se transforman en oud, out. Este paso se encuentra ya en el neerlandés medio, donde, sin embargo, aparecen todavía guldin, hulde, sculde junto a goudin, houde, scoude («debería»), de modo que la época en que se introdujo está más o menos establecida. Es igualmente propio del neerlandés, al menos frente a todos los dialectos germánicos continentales; en cambio, existe también en el dialecto inglés de Lancashire: gowd, howd, owd por gold, hold, old.
En cuanto a las consonantes, el neerlandés no conoce la g pura (la g gutural italiana, francesa o inglesa). Esta consonante se pronuncia como una gh fuertemente aspirada, que en ciertas combinaciones de sonidos no se distingue de la ch profundamente gutural (suiza, griega moderna o rusa). Vimos que este paso de g a ch lo conocía ya el sálico antiguo. Se encuentra también en una parte del ripuario y de los dialectos sajones formados en suelo antes franco, por ejemplo en el Münsterland, donde incluso, como también en Berg, la j inicial, sobre todo de las palabras extranjeras, suena en ciertas circunstancias como ch, y se puede oír a Choseph e incluso el Chahr (al. Jahr, año). Si M. Heyne hubiera tenido esto en cuenta, se habría ahorrado más o menos la dificultad de la frecuente confusión y aliteración recíproca de j, g y ch en el Heliand.
En posición inicial, el neerlandés conserva en algunos casos wr: wringen (al. ringen, retorcer), wreed (cruel, duro), wreken (al. rächen, vengar). Queda un resto de ello también en el ripuario.
Del frisón está tomado el debilitamiento del diminutivo ken en tje, je: mannetje, «hombrecito»; bietje, «abejita»; halsje, «cuellecito», etc. Pero también se conserva la k: vrouken, «mujercita»; hoeteken, «sombrerito». Mejor conserva la k el flamenco, al menos en la lengua popular; el conocido hombrecito de Bruselas se llama manneken-pis. Del flamenco, pues, tomaron los franceses su mannequin y los ingleses su manikin. El plural de ambas terminaciones es vroukens, mannetjes. Esta s la volveremos a encontrar en el ripuario.
Común con los dialectos sajones e incluso escandinavos es en el neerlandés la supresión de la d entre vocales, sobre todo entre dos e: leder y leer (cuero), weder y weer (de nuevo), neder y neer (abajo), vader y vaer (padre), moeder y moer (madre).
La declinación neerlandesa muestra una mezcla completa de formas fuertes y débiles, de modo que, como falta igualmente la metafonía en el plural, las formaciones de plural neerlandesas solo en los casos más raros concuerdan siquiera con las ripuarias o las sajonas, y también aquí hay un rasgo distintivo muy palpable de la lengua.
Común al sálico y al ripuario con todos los dialectos ingevónicos es la pérdida del signo de nominativo en er, der, wer («él», «el», «quién»): neerlandés hij, de (artículo) y die (pronombre demostrativo), wie.
Entrar en la conjugación nos llevaría demasiado lejos. Lo dicho bastará para poder distinguir en todas partes la lengua sálica actual de los dialectos colindantes. Una investigación más precisa de los dialectos populares neerlandeses sacará sin duda a la luz todavía muchas cosas importantes.
II. Franco renano. Con esta expresión designo todos los demás dialectos francos. Si aquí no opongo al sálico, a la manera antigua, el ripuario, tengo para ello una razón muy buena.
Ya Arnold llamó la atención sobre el hecho de que los ripuarios, en el sentido más propio, ocuparon un territorio relativamente reducido, cuyo límite sur viene marcado más o menos por las dos localidades de Reifferscheid, cerca de Adenau y cerca de Schleiden. Esto es cierto en la medida en que con ello el territorio puramente ripuario queda delimitado también lingüísticamente frente a los territorios ocupados por verdaderos ripuarios después de otras tribus alemanas o al mismo tiempo que ellas. Ahora bien, como el nombre de bajo franco ha adquirido ya otro significado, que incluye también el sálico, para designar el grupo de dialectos estrechamente emparentados que se extiende desde la frontera lingüística sálica hasta esta línea no me queda más que la denominación de ripuario, en sentido estricto.
- Ripuario. La línea que separa este grupo de dialectos del sálico no coincide en modo alguno con la frontera entre Holanda y Alemania. Al contrario, en la orilla derecha del Rin pertenece todavía al sálico la mayor parte del distrito de Rees, donde en la región de Wesel chocan el sálico, el ripuario y el sajón. En la orilla izquierda son sálicos el habla de Cléveris y la de Güeldres, más o menos hasta una línea trazada desde el Rin, entre Xanten y Wesel, hacia el sur hasta la aldea de Vluyn (al oeste de Moers), y desde allí hacia el suroeste en dirección a Venlo. Una delimitación más precisa solo es posible sobre el terreno, porque, debido a la larga administración holandesa, no solo de Güeldres, sino también del condado de Moers, se han conservado en los mapas muchos nombres ripuarios en forma sálico-neerlandesa.
Desde la región de Venlo río arriba, la mayor parte de la orilla derecha del Mosa parece ser ripuaria, de modo que la frontera política no corta aquí en ninguna parte territorio sálico, sino siempre territorio ripuario, y este se extiende hasta cerca de Maastricht. Nombres en heim (no hem) y en el sufijo específicamente ripuario ich aparecen aquí en gran número en territorio holandés; más al sur, ya los que tienen la mutación en broich (holandés broek), por ejemplo Dallenbroich, cerca de Roermond; igualmente en rade (Bingelrade, cerca de Sittard, y junto a él Amstenrade, Hobbelrade y otros 6 o 7); el pedacito de territorio alemán a la derecha del Mosa que tocó a Bélgica es enteramente ripuario (compárese Krützenberg, a 9 kilómetros del Mosa, con Kruisberg, al norte de Venlo). Más aún, a la izquierda del Mosa, en el llamado Limburgo belga, encuentro Kessenich, cerca de Maaseik, Stockheim y Reckheim, junto al Mosa, y Gellik, cerca de Maastricht, como prueba de que aquí no vive una población puramente sálica.
Frente a Sajonia, la frontera ripuaria va desde la región de Wesel hacia el sureste, alejándose cada vez más del Rin, pasa entre Mülheim an der Ruhr y Werden, del lado franco, y Essen, del lado sajón, hasta la frontera entre Berg y la Mark, que es todavía hoy aquí la frontera entre la provincia del Rin y Westfalia. Solo la abandona al sur de Olpe, donde gira hacia el este, separando el Siegerland, como franco, del Sauerland sajón. Más al este empieza pronto el habla hesiana.
El límite sur mencionado más arriba frente al dialecto que llamo franco medio coincide aproximadamente con los límites sur de las antiguas comarcas de Avalgau, Bonngau y Eiflia, y va desde allí hacia el oeste hasta el valón, tirando más bien un poco hacia el sur. El territorio así delimitado abarca la antigua gran comarca de Ribuaria, junto con partes de las comarcas que lindan con ella por el norte y el oeste.
Como ya se ha dicho, el ripuario concuerda en muchos aspectos con el neerlandés, pero de tal modo que el neerlandés medio le es más cercano que el moderno. Con este, con el neerlandés moderno, concuerdan la pronunciación ripuaria de ei = e + i y de ou por au, y el paso de i a e, que en ripuario, como en neerlandés medio, va todavía mucho más lejos que en neerlandés moderno: los gewes, es, blend, selver (plata) del neerlandés medio son todavía hoy buen ripuario. Del mismo modo, y de forma consecuente, la u ante m o n seguidas de consonante se transforma en o: jong, lomp, domm, konst. Si esa consonante siguiente es una d o una t, en algunos dialectos se transforma en g o k; por ejemplo, honk, «perro» (al. Hund), plural höng, donde el reblandecimiento en g es efecto tardío de la vocal final e que se ha perdido.
En cambio, las relaciones de metafonía del ripuario están nítidamente separadas de las neerlandesas; concuerdan en conjunto con las del alto alemán y, en algunas excepciones (por ejemplo, hanen por Hähne, gallos), con las del sajón.
La wr inicial se ha endurecido en fr, conservada en fringen, escurrir el agua de un paño, etc., y frêd (holandés wreed), con el significado de «curtido».
Por er, der, wer («él», «el», «quién») se dice hê, dê, wê.
La declinación está a medio camino entre la del alto alemán y la del sajón. Los plurales en s son frecuentes, pero casi nunca concuerdan con los neerlandeses; esta s se convierte en r en el alto alemán local, por un recuerdo acertado de la evolución de la lengua.
El diminutivo ken, chen se transforma después de n en schen: männschen («hombrecito»); el plural tiene, como en neerlandés, s (männsches). Seguiremos ambas formas hasta dentro de Lorena.
La r ante s, st, d, t, z se suprime; la vocal precedente sigue siendo breve en algunos dialectos y en otros se alarga. Así, hart («duro») da hatt (en Berg), haad (en Colonia). Al mismo tiempo, por influencia del alemán superior, st se convierte en scht: Durst («sed») da doascht en Berg, dôscht en Colonia.
También por influencia del alto alemán, sl, sw, st, sp iniciales se han convertido en schl, etc.
Como el neerlandés, el ripuario desconoce la g pura. Una parte de los dialectos situados en la frontera sálica, así como el de Berg, tiene igualmente para la g inicial e interior una gh aspirada, aunque más suave que la neerlandesa. Los demás tienen j. En posición final, la g se pronuncia en todas partes como ch, pero no como la dura neerlandesa, sino como la ch suave franco-renana, que suena como una j endurecida. El carácter esencialmente bajo-alemán del ripuario lo atestiguan expresiones como boven por oben («arriba»).
La mayoría de las consonantes oclusivas57 están en todas partes en el primer grado de la mutación consonántica. Solo en la t, en la k interior y final y a veces en la p se ha producido en los dialectos del sur la mutación del alto alemán; tienen lôsze por lôten, «dejar»; holz en lugar de holt, «madera»; rîch en lugar de rîk, «rico»; êch en lugar de ek, «yo»; pief en lugar de pîpe, «pipa». Pero et, dat, wat y algunas otras se mantienen.
En esta penetración de la mutación del alto alemán en tres casos, ni siquiera aplicada de modo consecuente, se funda la delimitación habitual entre franco medio y bajo franco. Pero con ello se separa arbitrariamente, y según un rasgo aquí del todo accidental, un grupo de dialectos que, como se ha mostrado, forman un conjunto por determinadas relaciones fonéticas y que todavía en la conciencia popular se reconocen como un conjunto.
Del todo accidental, digo. Los demás dialectos del alemán central, el hesiano, el turingio, el de la Alta Sajonia, etc., están cada uno de ellos en un grado en conjunto determinado de la mutación del alto alemán. Pueden mostrar algo menos de mutación en la frontera con el bajo sajón y algo más en la frontera con el alemán superior, pero eso fundamenta a lo sumo diferencias locales. En cambio, el franco no muestra ninguna mutación en el mar del Norte, el Mosa y el Bajo Rin, y en la frontera alamana muestra una mutación casi del todo alamana; entre ambos extremos hay por lo menos tres grados intermedios. La mutación, pues, penetró en el franco renano, que se había desarrollado ya de modo independiente, y lo desgarró en varios pedazos. La última huella de esta mutación no tiene por qué desaparecer en la frontera de un grupo especial de dialectos que existiera ya antes; puede extinguirse en medio de un grupo así, y de hecho lo hace. En cambio, la influencia de la mutación que realmente forma dialectos cesa, como se mostrará, en la frontera entre dos grupos dialectales ya distintos de antes. ¿Y acaso las schl, schw, etc., y también la scht final no nos llegaron igualmente del alto alemán, y mucho más tarde aún? Y sin embargo esto —al menos lo primero— penetra todavía hasta muy dentro de Westfalia.
Los dialectos ripuarios formaban un grupo firme mucho antes de que una parte de ellos aprendiera a mutar la t y la k y la p interiores y finales. Hasta dónde pudiera avanzar este cambio dentro del grupo era y sigue siendo para el grupo algo puramente accidental. El dialecto de Neuss es idéntico al de Krefeld y al de Mönchengladbach, salvo pequeñeces que un extraño ni siquiera percibe. Y sin embargo, el uno ha de ser franco medio y los otros bajo franco. El habla de la zona industrial de Berg pasa por grados imperceptibles a la de la llanura renana del suroeste. Y sin embargo, han de pertenecer a dos grupos radicalmente distintos. Para cualquiera que sea del país, es evidente que aquí la erudición de gabinete mete los dialectos populares vivos, que conoce poco o nada, en el lecho de Procusto de rasgos distintivos construidos a priori.
¿Y adónde lleva esta distinción puramente exterior? A que se meta en el mismo saco a los dialectos ripuarios del sur, en un llamado franco medio, con otros dialectos de los que, como veremos, están mucho más lejos que de los llamados bajo-francos. Y a que, por otra parte, quede una estrecha franja con la que no se sabe qué hacer y uno se vea finalmente obligado a declarar un trozo sajón y otro neerlandés, lo cual da de bofetadas a la realidad de estos dialectos.
Tomemos, por ejemplo, el dialecto de Berg, que Braune declara sin más, y con toda seguridad, sajón. Como vimos, forma iguales las tres personas del plural del presente de indicativo, pero a la franca, en la forma antiquísima nt. Tiene regularmente o en lugar de u ante m y n seguidas de consonante, lo cual, según el mismo Braune, es decididamente no sajón y específicamente bajo-franco. Concuerda con los demás dialectos ripuarios en todas las propiedades ripuarias citadas más arriba. Mientras que pasa imperceptiblemente, de aldea en aldea, de granja en granja, al habla de la llanura renana, en la frontera westfaliana está separado del dialecto sajón con la precisión de un cabello. Quizá en ningún otro lugar de toda Alemania se encuentre una frontera lingüística trazada de modo tan brusco como aquí. ¡Y qué distancia en la lengua! Todo el vocalismo está como trastocado; a la aguda ei bajo-franca se opone sin transición la ai más abierta, como a la ou la au; de los muchos diptongos y vocales de apoyo no coincide ni uno solo; aquí sch como en el resto de Alemania, allí s + ch como en Holanda; aquí wi hant, allí wi hebbed; aquí las formas de dual usadas como plural get y enk, «vosotros» y «os», allí solo ji, i y jü, ü; aquí el gorrión se llama, como en todo el territorio ripuario, Môsche, allí, como en toda Westfalia, Lüning. Por no hablar de otras particularidades específicamente propias del habla de Berg, que aquí, en la frontera, desaparecen igualmente de golpe.
Al extraño, el carácter peculiar de un dialecto se le hace más patente cuando el que habla no habla el dialecto, sino el alto alemán que aquel puede entender, lo cual entre nosotros, los alemanes, ocurre casi siempre bajo una fuerte influencia del dialecto. Pero entonces el habitante supuestamente sajón del distrito industrial de Berg es para quien no sea nativo absolutamente indistinguible del habitante de la llanura renana, que ha de ser franco medio, salvo por la gh aspirada algo más dura donde el otro dice j. En cambio, el de Heckinghausen, de Berg (de Oberbarmen, a la izquierda del Wupper), y el de Langerfeld, de la Mark, que vive apenas un kilómetro más al este, están más lejos el uno del otro incluso en el alto alemán local de la vida cotidiana que el de Heckinghausen y el de Coblenza, por no hablar del de Aquisgrán o el de Bonn.
Al propio franco renano, la penetración de la mutación de la t y de la k final le da tan poco la impresión de una divisoria lingüística que, incluso en un territorio que conoce perfectamente, tendrá que pararse a pensar dónde está la frontera entre t y z, entre k y ch, y que al cruzar esta frontera una forma le resulta casi tan natural como la otra. Esto se ve facilitado todavía por las muchas palabras del alto alemán con sz, z, ch y f mutadas que han penetrado en los dialectos. Un ejemplo contundente lo ofrece el antiguo reglamento judicial de Berg del siglo XIV (Lacomblet, Archiv, I, pp. 79 y ss.)58. Aquí se encuentran zo, uiss («fuera de»), zween, bezahlen; junto a ellas, en la misma frase, setten, dat nutteste («lo más útil»); igualmente Dache, redelich junto a reicket («alcanza»); upladen, upheven, hulper («ayudante») junto a verkouffen. En otro párrafo, p. 85, aparecen incluso alternativamente zo y tho, «a». En resumen, los dialectos de la montaña y los de la llanura se entremezclan constantemente sin que ello moleste lo más mínimo al escribano. Como siempre, esta última ola con que la mutación del alto alemán inunda el territorio franco es también la más débil y la menos profunda. Es sin duda interesante señalar la línea hasta donde llega. Pero esta línea no puede ser una frontera dialectal; no es capaz de separar un grupo independiente de dialectos antiguos y estrechamente emparentados ni de ofrecer el pretexto en virtud del cual se pretende asignar los fragmentos separados por la fuerza a grupos más lejanos, en contradicción con todos los hechos lingüísticos.
- Franco medio. De lo anterior se desprende, por supuesto, que sitúo el límite norte del franco medio bastante más al sur de lo que suele hacerse.
Del hecho de que la franja de franco medio de la orilla izquierda del Rin parece haber estado en tiempos de Clodoveo en posesión de los alamanes, Arnold toma pie para examinar los topónimos de la región en busca de huellas de asentamiento alamán, y llega al resultado de que hasta la línea Colonia-Aquisgrán puede demostrarse la existencia de una población alamana anterior a la franca; con lo que, por supuesto, las huellas, más numerosas en el sur, se van haciendo cada vez más raras hacia el norte. Los topónimos, dice, indican un avance temporal de los alamanes hasta más allá de la región de Coblenza y Aquisgrán, así como una posesión más prolongada de la Wetterau y de los territorios meridionales de la región de Nassau. Pues los nombres con las terminaciones genuinamente alamanas -ach, -brunen, -felden, -hofen, -ingen, -schwand, -stetten, -wangen y -weiler, que no aparecen en ninguna parte en territorio puramente franco, se encuentran dispersos desde Alsacia por todo el Palatinado, el Hesse renano y la Prusia renana, solo que hacia el norte se hacen cada vez más raros y van dejando paso a los nombres preferentemente francos en -bach, -berg, -dorf, -born, -feld, -hausen, -heim y -scheid (Deutsche Urzeit).
Examinemos primero los nombres supuestamente alamanes del país del franco medio. Las terminaciones -brunen, -stetten, -felden, -wangen no las he encontrado aquí en ninguna parte en el mapa de Reymann59 (que, dicho sea de una vez por todas, es el que uso aquí). La terminación -schwand aparece una vez: Metzelschwander Hof, cerca de Winnweiler, y además Schwanden, al norte de Landstuhl. Así pues, las dos veces en el Palatinado de franco superior, que aquí no nos concierne todavía. En -ach tenemos a lo largo del Rin Kreuznach, Bacharach, Hirzenach, cerca de St. Goar, Rübenach, cerca de Coblenza (Ribiniacus en el mapa de las comarcas de Spruner y Menke60), Andernach (Antunnacum de los romanos), y junto a él Wassenach. Ahora bien, como en toda la orilla izquierda del Rin aparece en época romana de modo general la terminación celta romanizada -acum —Tolbiacum, Zülpich; Juliacum, Jülich; Tiberiacum, Ziewerich, cerca de Bergheim; Mederiacum—, en la mayoría de estos casos, a lo sumo, la elección de la forma -ach en lugar de -ich podría indicar influencia alamana. Solo el único Hirzenach (= Hirschenbach, «arroyo de los ciervos») es incondicionalmente alemán, y según el mapa de las comarcas se llamaba antes Hirzenowce = Hirschenau, «vega de los ciervos», no «arroyo de los ciervos». Pero ¿cómo explicar entonces Wallach, situado entre Büderich y Rheinberg, muy cerca de la frontera sálica? Eso no es alamán, con toda seguridad.
En la cuenca del Mosela aparecen también algunos -ach: Irmenach, al este de Bernkastel; Waldrach, Crettnach, cerca de Tréveris; Mettlach, en el Sarre. En Luxemburgo, Echternach, Medernach, Kanach; en Lorena, solo a la derecha del Mosela: Montenach, Rodlach, Breitnach. Aun si quisiéramos admitir que todos estos nombres indican asentamiento alamán, sería solo un asentamiento muy disperso, que además no va más allá de la parte más meridional del país del franco medio.
Quedan -weiler, -hofen e -ingen, que exigen una investigación más detenida.
La terminación -weiler no es de entrada alamana sin más, sino el latín provincial villarium, villare, y fuera de las antiguas fronteras del Imperio romano solo se encuentra, a lo sumo, de modo muy excepcional. No era privilegio de los alamanes germanizar villare en weiler, sino solo la predilección con que empleaban masivamente esta terminación también para nuevos asentamientos. Allí donde aparecen villaria romanos, también los francos se veían obligados a germanizar la terminación como wilare, más tarde weiler, o a abandonarla del todo. Probablemente hicieron unas veces lo uno y otras lo otro, del mismo modo que también aquí y allá habrán dado, sin duda, a nuevos asentamientos nombres en -weiler, solo que con mucha menos frecuencia que los alamanes. Arnold no encuentra al norte de Eschweiler, cerca de Aquisgrán, y de Ahrweiler ninguna localidad importante en -weiler. Pero la importancia actual de las localidades no hace al caso; el hecho es que en la orilla izquierda del Rin los -weiler se extienden hacia el norte hasta cerca de la frontera sálica (Garzweiler y Holzweiler no están ni a cinco millas61 de la localidad de habla neerlandesa más próxima de la región de Güeldres): al norte de la línea Eschweiler-Ahrweiler hay por lo menos veinte. Son más frecuentes, como se comprende, en las cercanías de la antigua calzada romana de Maastricht a Colonia por Jülich; dos de ellos, Walwiller y Nyswiller, están incluso en territorio holandés. ¿Son también estos asentamientos alamanes?
Más al sur, en el Eifel, casi no aparecen; la hoja de Malmedy (n.º 159 de Reymann) no tiene ni un solo caso. También en Luxemburgo son raros, lo mismo que en el Mosela inferior y hasta la cresta del Hunsrück. En cambio, en el Mosela superior aparecen con frecuencia a ambos lados del río, cada vez más densos hacia el este, y al este de Saarlouis se convierten cada vez más en la terminación dominante. Pero aquí empieza ya también la lengua del franco superior, y aquí nadie discute que los alamanes ocuparon el país antes que los francos.
Así pues, para el territorio del franco medio y el ripuario, los -weiler demuestran asentamiento alamán tan poco como los muchos -villers de Francia.
Pasemos a -hofen. Esta terminación todavía es menos exclusivamente alamana. Aparece en todo el territorio franco, incluida la actual Westfalia, ocupada más tarde por los sajones. En la orilla derecha del Rin, solo un par de ejemplos: Wehofen, cerca de Ruhrort; Mellinghofen y Eppinghofen, cerca de Duisburgo; Benninghofen, cerca de Mettmann; otro Eppinghofen, cerca de Dinslaken; en Westfalia, Kellinghofen, cerca de Dorsten; Westhofen, cerca de Castrop; Wellinghofen, Wichlinghofen, Niederhofen, dos Benninghofen, Berghofen, Westhofen, Wandhofen, todos en el Hellweg62, etc. Hasta la época pagana se remonta Ereshofen, en el Agger, Martis villa, y ya la designación del dios de la guerra como Eru muestra que aquí no son concebibles los alamanes: ellos se llamaban Tiuwâri, y por tanto no llamaban al dios Eru, sino Tiu, con la mutación posterior Ziu.
En la orilla izquierda del Rin, la cosa está todavía peor para el origen alamán de -hofen. Ahí hay de nuevo un Eppinghofen, al sureste de Xanten, por tanto quizá ya sálico, y de allí hacia el sur todo el territorio ripuario hormiguea de -hofen, junto a -hof para las granjas aisladas. Pero si pasamos a tierra sálica, la cosa se pone todavía peor. El Mosa va acompañado a ambos lados, desde la frontera lingüística francesa, de -hofen. Para abreviar, pasemos directamente a la orilla occidental. Allí encontramos en Holanda y Bélgica por lo menos siete Ophoven, en Holanda Kinckhoven, etc.; para Bélgica tomemos primero la hoja de Lovaina (n.º 139 de Reymann). Aquí hay Ruykhoven, Schalkhoven, Bommershoven, Wintershoven, Mettecoven, Helshoven, Engelmanshoven, cerca de Tongeren; Zonhoven, Reekhoven, Konings-Hoven, cerca de Hasselt; más al oeste, Bogenhoven, Schuerhoven, Nieuwenhoven, Gippershoven, Baulershoven, cerca de Sint-Truiden; los más occidentales, Gussenhoven y Droenhoven, al este y al noreste de Tirlemont (Tienen). La hoja de Turnhout (n.º 120) tiene por lo menos 33 -hoven, la mayoría en territorio belga. Más al suroeste, los -hove (la n del dativo se suprime aquí regularmente) siguen toda la frontera lingüística francesa; desde Heerlinkhove y Nieuwenhove, cerca de Ninove, que es a su vez un -hove romanizado —omito los eslabones intermedios, unos diez que he contado—, hasta Ghyverinckhove y Pollinchove, cerca de Diksmuide, y Volkerinckhove, cerca de Saint-Omer, en el Flandes francés. Tres veces aparece Nieuwenhove, lo que demuestra que la terminación está todavía viva en el pueblo. Junto a ellos, muchísimas granjas aisladas en -hof. Júzguese por esto el carácter supuestamente exclusivamente alamán de -hofen.
Por último, -ingen. La designación de la ascendencia común mediante -ing, -ung es común a todos los pueblos germánicos. Como el asentamiento se hacía por linajes, esta terminación desempeña también en todas partes un papel importante en los topónimos. Unas veces va unida en genitivo plural a una terminación de lugar: Wolvaradingahusun, cerca de Minden; Snotingaham (Nottingham), en Inglaterra. Otras veces el plural solo designa el lugar: Flissinghe (Vlissingen), Phladirtinga (Vlaardingen), Crastlingi, en la Frisia holandesa; Grupilinga, Britlinga, Otlinga, en la antigua Sajonia. Estos nombres están hoy reducidos en su mayoría al dativo y terminan en -ingen, rara vez en -ing. La mayoría de los pueblos conocen y usan ambos empleos; los alamanes, según parece, sobre todo el segundo, al menos hoy. Rümmingen, cerca de Lörrach, se llamaba antes (764) Romaninchova, de modo que los -ingen suabos son a veces también de origen más reciente (Mone, Urzeit des badischen Landes, I, p. 213)63. Los -kon y -kofen suizos son casi todos contracciones de -inghofen: Zollinchovon, Zollikofen; Smarinchowa, Schmerikon, etc. Véase F. Beust, Historischer Atlas des Kantons Zürich, donde se encuentran por docenas en el mapa 3, que representa la época alamana. Pero como también aparecen entre francos, sajones y frisones, es muy arriesgado concluir sin más de la presencia de topónimos en -ingen que hubo asentamiento alamán.
Los nombres que acabamos de citar demuestran que los nombres en -ingas (nominativo plural) y -ingum, -ingon (dativo plural) no eran nada insólito tanto entre frisones como entre sajones, desde el Escalda hasta el Elba. También hoy los -ingen no son ninguna rareza en toda la Baja Sajonia. Solo en Westfalia, a ambos lados del Ruhr, al sur de la línea Unna-Soest, se encuentran por lo menos doce -ingen, junto a -ingsen y -inghausen. Y hasta donde llega el territorio franco, hasta allí encontramos también nombres en -ingen.
En la orilla derecha del Rin encontramos primero en Holanda Wageningen, junto al Rin, y Genderingen, junto al IJssel (excluyendo todos los nombres que puedan ser frisones); en Berg, Huckingen, Ratingen, Ehingen (justo detrás, en territorio sajón, Hattingen, Sodingen, Ummingen), Heisingen, cerca de Werden (que Grimm deriva de la Silva Caesia de Tácito, y que por tanto sería antiquísimo); Solingen, Hasingen, Leichlingen (en el mapa de las comarcas, Leigelingon, por tanto con unos mil años de antigüedad), Quettingen y, junto al Sieg, Bödingen y Röcklingen, sin contar dos nombres en -ing. Hönningen, cerca de Rheinbrohl, y Ellingen, en el territorio de Wied, establecen la conexión con la región entre el Rin, el Lahn y el Dill, que da, contando por lo bajo, 12 -ingen. Seguir más al sur no tiene objeto, pues aquí empieza el país que pasó indiscutiblemente por un periodo de asentamiento alamán.
A la izquierda del Rin tenemos Millingen, en Holanda, más arriba de Nimega; Lüttingen, más abajo de Xanten; otro Millingen, más abajo de Rheinberg; luego Kippingen, Rödingen, Höningen, Worringen, Fühlingen, todos al norte de Colonia; Wesselingen y Köttingen, cerca de Brühl. Desde aquí, los nombres en -ingen siguen dos direcciones. En el Alto Eifel son raros; encontramos cerca de Malmedy, en la frontera lingüística francesa, Büllingen, Hünningen, Mürringen, Iveldingen, Eibertingen, como transición a los numerosísimos -ingen de Luxemburgo y del Mosela superior prusiano y lorenés. Otra línea de conexión va a lo largo del Rin y de los valles laterales (en la región del Ahr, 7 u 8) y finalmente a lo largo del valle del Mosela, igualmente hacia la región de más arriba de Tréveris, donde predominan los -ingen, pero quedan separados de la gran masa de los -ingen alamano-suabos primero por los -weiler y luego por los -heim. Así pues, si, como exige Arnold, «ponderamos todas las circunstancias en su conjunto», llegaremos a la conclusión de que los -ingen de la cuenca alemana superior del Mosela son francos y no alamanes.
Lo poco que necesitamos aquí la ayuda alamana se ve todavía más claro en cuanto seguimos los -ingen desde la frontera lingüística entre el francés y el ripuario, cerca de Aquisgrán, en territorio sálico. Cerca de Maaseik, al oeste del Mosa, está Geystingen; más al oeste, cerca de Bree, Gerdingen. Luego encontramos, si volvemos a tomar la hoja n.º 139, Lovaina: Mopertingen, Vlytingen, Rixingen, Aerdelingen, Grimmersingen, Gravelingen, Ordange (por Ordingen), Bevingen, Hatingen, Buvingen, Hundelingen, Bovelingen, Curange, Raepertingen, Boswinningen, Wimmertingen y otros en la región de Tongeren, Sint-Truiden y Hasselt. Los más occidentales, no lejos de Lovaina, son Willebringen, Redingen, Grinningen. Aquí la conexión parece romperse. Pero si pasamos al territorio que hoy habla francés, pero que en los siglos VI a IX estuvo en disputa entre ambas lenguas, encontramos desde el Mosa todo un cinturón de -ange afrancesados, forma que también en Lorena y Luxemburgo corresponde a -ingen, yendo de este a oeste: Ballenge, Roclenge, Ortrange, Lantremange, Roclange, Libertange, Noderange, Herdange, Oderinge, Odange, Gobertang, Wahenges; algo más al oeste, Louvrenge, cerca de Wavre, y Revelinge, cerca de Waterloo, establecen la conexión con Huysinghen y Buisinghen, los primeros puestos de un grupo de más de 20 -inghen que se extiende al suroeste de Bruselas, desde Hal hasta Grammont, a lo largo de la frontera lingüística. Y por último, en el Flandes francés: Gravelingen, Wulverdinghe (por tanto, exactamente el sajón antiguo Wolvaradinges-hûsun), Leubringhen, Leulinghen, Bonninghen, Peuplingue, Hardinghen, Hermelinghen, cerca de Saint-Omer, y hasta más allá de Boulogne, Herbinghen, Hocquinghen, Velinghen, Lottinghen, Ardinghen, todos ellos nítidamente separados de los nombres en -inghem (-ingheim), todavía más numerosos en la misma región.
Las tres terminaciones, pues, que Arnold considera específicamente alamanas resultaron ser igualmente francas, y el intento de demostrar con estos nombres un asentamiento alamán anterior al franco en territorio del franco medio debe considerarse fracasado. Con lo cual siempre puede admitirse la posibilidad de un elemento alamán no muy fuerte en la parte sureste de este territorio.
De los alamanes, Arnold nos lleva a los catos. Estos habrían ocupado, con exclusión de los ripuarios propiamente dichos, el territorio al sur de la comarca de Ribuaria, es decir, el mismo que nosotros llamamos de franco medio y superior, después de los alamanes y junto a ellos. También esto se fundamenta en los topónimos hesianos que se encuentran en esta región junto a los alamanes:
«La concordancia de los topónimos a este y al otro lado del Rin, hasta la frontera alamana, es tan notable y llamativa que sería un verdadero milagro que fuera casual, mientras que parece de lo más natural en cuanto suponemos que los inmigrantes daban también a sus nuevas sedes los topónimos de su tierra, como todavía ocurre todos los días en América».
Contra esta tesis hay poco que decir. Mucho más contra la conclusión de que los ripuarios propiamente dichos no tuvieron nada que ver con la colonización de todo el país del franco medio y superior, de que aquí solo encontramos alamanes y catos. La mayoría de los catos que salieron de su tierra hacia el oeste parecen haberse unido desde siempre (así ya los bátavos, los canninefates y los chattuarios) a los iscevones; ¿adónde iban a volverse, si no? En los dos primeros siglos de nuestra era, los catos solo estaban unidos por la retaguardia, a través de los turingios, con los demás herminones; por un lado tenían a los queruscos ingevones; por otro, a los iscevones, y delante, a los romanos. Las tribus herminonas que más tarde aparecen unidas como alamanes venían del interior de Germania, estaban separadas de los catos desde hacía siglos por los turingios y otros pueblos y se les habían vuelto mucho más extrañas que los francos iscevones, con los que los unía una hermandad de armas de varios siglos. No se pone en duda, pues, la participación de los catos en la ocupación de la franja de territorio en cuestión. Pero sí la exclusión de los ripuarios. Esta solo queda demostrada si aquí no aparecen nombres específicamente ripuarios. Ocurre lo contrario.
Entre las terminaciones que Arnold da como específicamente francas, -hausen es común a francos, sajones, hesianos y turingios; -heim se dice en sálico -ham; -bach, en sálico y en ripuario del norte, -beek; de las otras, solo -scheid es realmente característica. Es específicamente ripuaria, lo mismo que -ich, -rath o -rade, y -siepen. Comunes a ambos dialectos francos son además -loo (loh), -donk y -bruch o -broich (en sálico, -broek).
-scheid solo aparece en la montaña y, por regla general, en localidades situadas en la divisoria de aguas (Wasserscheide). Los francos dejaron esta terminación en todo el Sauerland westfaliano hasta la frontera hesiana, donde ya solo aparece como nombre de montes hasta el este de Korbach. En el Ruhr, al antiguo franco -scheid se opone la terminación sajonizada -schede: Melschede, Selschede, Meschede, y muy cerca Langscheid, Ramscheid, Bremscheid. Frecuente en Berg, se encuentra hasta el Westerwald, pero no más al sur, en la orilla derecha del Rin. A la izquierda del Rin, en cambio, los -scheid empiezan, como se comprende, solo en el Eifel64; en Luxemburgo hay por lo menos 21, en el Hochwald y el Hunsrück son frecuentes. Pero, como al sur del Lahn, también aquí, en las vertientes este y sur del Hunsrück y del Soonwald, les acompaña la forma -schied, que parece una adaptación hesiana. Ambas formas, una junto a otra, se extienden hacia el sur, por encima del Nahe, hasta los Vosgos, donde encontramos Bisterscheid, al oeste del Donnersberg; Langenscheid, cerca de Kaiserslautern; una meseta, Breitscheid, al sur de Hochspeyer; Haspelscheid, cerca de Bitche; el Scheidwald, al norte de Lützelstein, y finalmente, como puesto más meridional, Walscheid, en la vertiente norte del Donon, todavía más al sur que la aldea de Hessen, cerca de Sarrebourg, el puesto cato más extremo según Arnold.
Específicamente ripuaria es además -ich, de la misma raíz, gótico -ahva, «agua», que -ach; ambas germanizan también el -acum belgo-romano, como lo demuestra Tiberiacum, en el mapa de las comarcas Civiraha, hoy Ziewerich. En la orilla derecha del Rin no es muy frecuente; Meiderich y Lirich, cerca de Ruhrort, son los más septentrionales, y desde allí se extienden a lo largo del Rin hasta Biebrich. La llanura de la orilla izquierda, desde Büderich, frente a Wesel, está llena de ellos; a través del Eifel llegan hasta el Hochwald y el Hunsrück, pero desaparecen en el Soonwald y en la región del Nahe antes aún de que cesen -scheid y -roth. En la parte occidental de nuestro territorio, en cambio, continúan hasta la frontera lingüística francesa y más allá. Pasemos por alto la región de Tréveris, que tiene muchísimos; en el Luxemburgo holandés65 cuento doce, y todavía más allá, en el belga, Törnich y Merzig (Messancy: la grafía -ig no cambia nada, la etimología y la pronunciación son las mismas); en Lorena, Soetrich, Sentzich, Marspich, Daspich, al oeste del Mosela; al este, Kintzich, Penserich, Kemplich, Destrich, dos veces Kerprich, Hibrich, Helsprich.
La terminación -rade, -rad, en la orilla izquierda -rath, va también mucho más allá de los límites de su patria ripuaria antigua. Llena todo el Eifel y el valle medio e inferior del Mosela, así como sus valles laterales. En la misma región en que -scheid se mezcla con -schied, aparece en ambas orillas del Rin -rod, -roth junto a -rad y -rath, también de origen hesiano, solo que en la orilla derecha, en el Westerwald, los -rod llegan más al norte. En el Hochwald, la vertiente norte tiene como regla -rath, la vertiente sur, -roth.
La que menos ha avanzado es -siepen, con la mutación -seifen. La palabra designa un pequeño valle de arroyo de fuerte pendiente y se usa todavía en general con ese sentido. A la izquierda del Rin no llega mucho más allá de la antigua frontera ripuaria; a la derecha se encuentra en el Westerwald, junto al Nister, y todavía cerca de Langenschwalbach (Langenseifen).
Entrar en las demás terminaciones nos llevaría demasiado lejos. Pero en todo caso podemos declarar no catos, sino ripuarios, los innumerables -heim que acompañan al Rin desde Bingen río arriba hasta muy dentro del territorio alamán y que se encuentran en general en todas partes donde se asentaron francos. Su patria no está en Hesse, donde aparecen rara vez y parecen haber penetrado más tarde, sino en el país de los salios y en la llanura renana en torno a Colonia, donde aparecen en número casi igual junto a los demás nombres específicamente ripuarios.
El resultado de esta investigación es, pues, que los ripuarios, lejos de haber sido detenidos en el Westerwald y el Eifel por la corriente de inmigración hesiana, inundaron, al contrario, ellos mismos todo el territorio del franco medio. Y lo hicieron con más fuerza en dirección suroeste, hacia la cuenca superior del Mosela, que en dirección sureste, hacia el Taunus y la región del Nahe. Esto lo confirma también la lengua. Los dialectos del suroeste, hasta dentro de Luxemburgo y de la Lorena occidental, están mucho más cerca del ripuario que los orientales, sobre todo los de la orilla derecha del Rin. Aquellos pueden considerarse una prolongación del ripuario con más mutación del alto alemán.
Lo característico de los dialectos del franco medio es, ante todo, la penetración de la mutación del alto alemán. No la mera mutación de algunas oclusivas sordas en aspiradas, que se extiende a relativamente pocas palabras y no afecta al carácter del dialecto, sino la incipiente mutación de las sonoras66, que produce la mezcla, peculiar del alemán central y superior, de b y p, g y k, d y t. Solo donde se muestra la imposibilidad de distinguir nítidamente en posición inicial b y p, d y t, g y k, es decir, lo que los franceses entienden muy en especial por accent allemand, solo allí se le hace sensible al bajo alemán la gran grieta que la segunda mutación consonántica ha abierto en la lengua alemana. Y esta grieta pasa entre el Sieg y el Lahn, entre el Ahr y el Mosela. Según esto, el franco medio tiene una g inicial que les falta a los dialectos más septentrionales; en posición interior y final, sin embargo, pronuncia todavía ch suave por g. Además, la ei y la ou de los dialectos del norte pasan a ai y au.
Algunas particularidades genuinamente francas: en todos los dialectos sálicos y ripuarios, Bach («arroyo»), sin mutación Beek, es femenino. Esto vale también al menos para la mayor parte, la occidental, del franco medio. Como los innumerables otros arroyos del mismo nombre en los Países Bajos y en el Bajo Rin, también la luxemburguesa Glabach (Gladbach, neerlandés Gladbeek) es femenina. En cambio, los nombres de muchacha se tratan como neutros: no solo se dice das Mädchen («la muchacha», neutro), das Mariechen, das Lisbethchen, sino también das Marie, das Lisbeth, desde Barmen hasta más allá de Tréveris. Cerca de Forbach, en Lorena, el mapa, levantado originariamente por franceses, muestra un Karninschesberg (Kaninchenberg, «monte de los conejos»). Es decir, el mismo diminutivo -schen, plural -sches, que encontramos más arriba como ripuario.
Con la divisoria de aguas entre el Mosela y el Nahe y, a la derecha del Rin, con la región de colinas al sur del Lahn empieza un nuevo grupo de dialectos:
- Franco superior. Aquí estamos en una franja de territorio que fue indiscutiblemente primero territorio de conquista alamán (aparte de la ocupación anterior por los vangiones, etc., de cuyo parentesco tribal y de cuya lengua no sabemos nada), y donde puede admitirse de buen grado también una mezcla cata más fuerte. Pero también aquí los topónimos, como no necesitamos repetir, indican la presencia de elementos ripuarios nada desdeñables, sobre todo en la llanura del Rin. Y todavía más la propia lengua. Tomemos el dialecto más meridional que puede determinarse y que tiene a la vez una literatura, el palatino. Aquí encontramos de nuevo la imposibilidad, común a todo el franco, de pronunciar la g interior y final de otro modo que como ch suave67. Se dice allí: Vöchel (al. Vögel, pájaros), Flechel (al. Flegel, mayal), geleche (al. gelegen, situado), gsacht (al. gesagt, dicho), licht (al. liegt, yace), etc. Igualmente, la w en lugar de b en posición interior, común a todo el franco: Bûwe (al. Buben, muchachos), glâwe (al. glauben, creer; pero i glâb, «yo creo»), bleiwe («quedarse»), selwer (al. selbst, mismo), halwe (al. halbe, medio). La mutación no es, ni mucho menos, tan completa como parece; incluso se da, sobre todo en las palabras extranjeras, una mutación inversa, es decir, la consonante oclusiva inicial no avanza un grado, sino que retrocede: la t se convierte en d y la p en b, como se mostrará; la d y la p iniciales se mantienen en el grado del bajo alemán: dûn (al. tun, hacer), dag (día), danze (bailar), dür (puerta), dodt (muerto); pero ante r: trinke (beber), trage (llevar); paff (al. Pfaff, cura), peife (pipa), palz (al. Pfalz, Palatinado), parre (al. Pfarrer, párroco). Ahora bien, como la d y la p están por la t y la pf del alto alemán, también en las palabras extranjeras la t inicial se convierte en d, y la p inicial, por mutación inversa, en b: derke (al. Türke, turco), dafel (al. Tafel, tabla), babeer (al. Papier, papel), borzlan (al. Porzellan, porcelana), bulwer (al. Pulver, pólvora). Además, el palatino, coincidiendo en esto solo con el danés, no tolera oclusivas sordas entre vocales: ebbes (al. etwas, algo), labbe (al. Lappen, trapo), schlubbe (al. schlupfen, deslizarse), schobbe (al. Schoppen, cuartillo), Peder (al. Peter, Pedro), dridde (al. dritte, tercero), rodhe (al. raten, aconsejar). Solo la k constituye una excepción: brocke (pedazos), backe (cocer). Pero en las palabras extranjeras, g: musigande (al. Musikanten, músicos). También esto es un resto del grado fonético del bajo alemán, que se ha extendido por medio de la mutación inversa; solo porque dridde, hadde quedaron sin mutar pudo convertirse Peter en Peder y recibir así las correspondientes t del alto alemán el mismo trato imparcial. Del mismo modo, en halde (al. halten, sostener), alde (al. alte, viejos), etc., la d se queda en el grado del bajo alemán.
A pesar de la impresión de conjunto decididamente alto-alemana que produce a los bajo-alemanes, el dialecto palatino está, pues, muy lejos de haber adoptado la mutación del alto alemán siquiera en la medida en que la conserva nuestra lengua escrita. Al contrario, el palatino protesta, por medio de su mutación inversa, contra el grado del alto alemán, que, habiendo penetrado desde fuera, se muestra hasta hoy como un elemento extraño en el dialecto.
Este es el lugar para tratar un fenómeno que suele malinterpretarse: la confusión de d y t, b y p, e incluso g y k, en aquellos alemanes en cuyo dialecto las sonoras han sufrido la mutación del alto alemán. Esta confusión no se produce mientras cada cual habla su dialecto. Al contrario. Acabamos de ver que, por ejemplo, el palatino distingue aquí con mucha precisión, tanto que incluso hace retroceder la mutación de las palabras extranjeras para adaptarlas a las exigencias de su dialecto. La t inicial extranjera se le convierte en d solo porque a su d le corresponde la t del alemán escrito, y la p extranjera se le convierte en b porque a su p le corresponde la pf del alemán escrito. Tampoco en otros dialectos del alemán superior se confunden las consonantes oclusivas mientras se habla el dialecto. Cada uno de ellos tiene su propia ley de mutación, aplicada con precisión. Otra cosa ocurre en cuanto se habla la lengua escrita o una lengua extranjera. El intento de aplicarles la ley de mutación del dialecto de cada cual —y este intento se hace involuntariamente— choca con el intento de hablar correctamente la nueva lengua. Con ello, las b y p, d y t escritas pierden todo significado fijo, y así pudo ocurrir, por ejemplo, que Börne68 se quejara en sus Cartas de París de que los franceses no sabían distinguir la b de la p, porque se empeñaban en creer que su nombre, que él pronunciaba Perne, empezaba por p.
Pero volvamos al dialecto palatino. La demostración de que la mutación del alto alemán se le impuso, por así decirlo, desde fuera y ha seguido siendo hasta hoy un elemento extraño, y de que además ni siquiera alcanza el grado fonético de la lengua escrita (que alamanes y bávaros rebasan con mucho, conservando en conjunto uno u otro grado del alto alemán antiguo), esta prueba basta por sí sola para establecer el carácter predominantemente franco del palatino. Pues incluso en Hesse, que está mucho más al norte, la mutación se ha llevado en conjunto más lejos, y con ello el carácter supuestamente hesiano predominante del palatino queda reducido a una medida modesta. Para oponer semejante resistencia a la mutación del alto alemán muy cerca de la frontera alamana, entre alamanes que se quedaron allí, tuvo que haber en el lugar, junto a los hesianos, que también son esencialmente alto-alemanes, por lo menos otros tantos ripuarios. Y su presencia la demuestran además —aparte de los topónimos— dos peculiaridades comunes a todo el franco: la conservación de la w franca en lugar de la b en posición interior y la pronunciación de la g como ch en posición interior y final. A ello se añaden muchos casos aislados de concordancia. Con el Gundach, «buenos días», palatino, se llega hasta Dunkerque y Ámsterdam. Igual que en el Palatinado a «cierto hombre» (al. ein gewisser Mann) se le dice ein sichrer Mann («un hombre seguro»), en todos los Países Bajos se dice een zekeren man. Handsching por Handschuh («guante») concuerda con el ripuario Händschen. Incluso la g por j en Ghannisnacht (Johannisnacht, noche de San Juan) es ripuaria y llega, como hemos visto, hasta el Münsterland. Y el baten (mejorar, servir de algo, de bat, «mejor»), común a todos los francos, también a los neerlandeses, es de uso corriente en el Palatinado: 's badd alles nix, «todo eso no sirve de nada», donde incluso la t no se ha mutado a la manera del alto alemán en tz, sino que se ha suavizado en d entre vocales a la manera palatina.
Markverfassung: la organización de la comunidad rural germánica (la «marca»), con propiedad común del suelo y aprovechamiento en común de bosques y pastos, que Engels estudia en La marca (1882) y en el trabajo del que este es continuación, sobre la historia antigua de los germanos (1881). ↩
Gau: la circunscripción territorial de los antiguos germanos y, en época franca, el distrito al frente del cual estaba un conde (Gaugraf). Lo traducimos por «comarca». ↩
Amiano Marcelino (h. 330 - h. 395), historiador romano, autor de una historia del Imperio (Res gestae) cuyos libros conservados abarcan los años 353-378. ↩
Volksrechte (leges barbarorum): las compilaciones del derecho consuetudinario de los pueblos germánicos redactadas en latín entre los siglos V y IX (ley sálica, ripuaria, alamana, bávara, sajona, frisona, etc.). ↩
Hintersassen: campesinos asentados en tierra ajena, a la que estaban vinculados por un censo y otras prestaciones; los traducimos por «terrazgueros», libres o no libres según el caso. ↩
Antrustiones: los miembros del séquito armado personal (trustis) de los reyes merovingios. ↩
Carlos Martel (h. 688-741), mayordomo de palacio del reino franco desde 717 y su gobernante de hecho. ↩
(Nota de Engels.) P. Roth, Geschichte des Beneficialwesens (Historia del régimen de los beneficios), Erlangen, 1850. Uno de los mejores libros de la época anterior a Maurer, del que tomo no pocas cosas en este capítulo. ↩
Eginardo (Einhard, h. 770-840), consejero y biógrafo de Carlomagno; la cita es de su Vita Karoli Magni, cap. 2. ↩
Inmunidad: privilegio por el que las tierras de una iglesia o de un señor quedaban sustraídas a la autoridad de los funcionarios reales, en especial a la jurisdicción y a la recaudación del conde. ↩
Chilperico I, rey franco de Neustria (561-584). ↩
Gregorio de Tours (h. 538-594), obispo de Tours, autor de la Historia de los francos (Historia Francorum). ↩
Gontrán, rey franco de Borgoña (561-592). ↩
Capitulares: ordenanzas de los reyes francos, divididas en capítulos. ↩
Louis-Georges Oudard Feudrix de Bréquigny (1714-1795), erudito francés, editor de diplomas y documentos de la época merovingia. ↩
Hincmaro, arzobispo de Reims de 845 a 882; el testamento atribuido a san Remigio, obispo de Reims que bautizó a Clodoveo, se conserva en una versión breve y en otra larga interpolada. ↩
Juan VIII, papa de 872 a 882. ↩
Mansus (al. Hufe): la unidad de explotación campesina, la casa con la parte de tierra que le correspondía. ↩
Benjamin Guérard (1797-1854), historiador francés, editor del políptico del abad Irminón de Saint-Germain-des-Prés (1844), del que se trata más adelante. ↩
Colonos (coloni): campesinos del Bajo Imperio adscritos a la tierra que cultivaban; litos (liti, lazzi): en el derecho germánico, una clase de semilibres sujetos a un señor. ↩
Precaria (precaria): concesión de tierra hecha a ruego (preces) del que la recibía, revocable o por un tiempo limitado, a cambio de un censo. ↩
Pipino el Breve (714-768), mayordomo de palacio y desde 751 rey de los francos, y Carlomagno (742-814), rey desde 768 y emperador desde 800. ↩
Senior: «el más viejo», en latín medieval «señor», de donde el francés seigneur y el español señor. ↩
Sínodo celebrado en 743 en Lestinnes (hoy Estinnes, en el Henao belga), bajo Carlomán, hermano de Pipino. ↩
Ludovico Pío (Luis el Piadoso, 778-840), hijo de Carlomagno, emperador desde 814. ↩
Thronfall y Heimfall: el fin de la concesión por la muerte del que la otorgaba y por la muerte del que la recibía, respectivamente; el feudo tenía que renovarse en ambos casos. ↩
Es decir, el noveno y el diezmo de los frutos. ↩
Carlos el Calvo (823-877), hijo de Ludovico Pío, rey de los francos occidentales desde 843 y emperador desde 875. ↩
Hincmaro, obispo de Laon (858-871), sobrino del arzobispo Hincmaro de Reims, depuesto en 871 tras sus conflictos con Carlos el Calvo y con su tío. ↩
Colección de fórmulas de documentos de la época franca, del siglo VIII, llamada así por su primer editor, el jesuita francés Jacques Sirmond (1559-1651). ↩
Solidus: moneda de oro romana, que en el reino franco siguió siendo sobre todo una unidad de cuenta. ↩
Annales Bertiniani: anales del reino franco, y desde 843 del reino de los francos occidentales, que abarcan los años 830-882; su nombre procede del manuscrito de la abadía de Saint-Bertin. ↩
Nota de trabajo de Engels en el manuscrito. ↩
Luis II el Tartamudo, hijo de Carlos el Calvo, rey de los francos occidentales de 877 a 879. ↩
Centenario (centenarius): funcionario judicial al frente de una centena, subdivisión de la comarca. ↩
Georg Ludwig von Maurer, Einleitung zur Geschichte der Mark-, Hof-, Dorf- und Stadt-Verfassung und der öffentlichen Gewalt (Introducción a la historia de la constitución de la marca, la finca señorial, la aldea y la ciudad y del poder público), Múnich, 1854. Maurer (1790-1872), historiador del derecho, fue el principal investigador de la marca germánica; Marx y Engels lo leyeron con atención. ↩
Jacob Grimm, Geschichte der deutschen Sprache (Historia de la lengua alemana), 2 tomos, Leipzig, 1848. ↩
Vendos: nombre que daban los germanos a los eslavos que vivían entre el Elba y el Óder. ↩
Stellinga: liga de campesinos sajones libres y litos que se sublevó en 841-842 contra la nobleza sajona y fue aplastada por Luis el Germánico. ↩
Heliand («Salvador»): poema épico en sajón antiguo sobre la vida de Cristo, de la primera mitad del siglo IX, conservado sobre todo en dos manuscritos, el de Múnich y el llamado Cotton. ↩
Wilhelm Braune (1850-1926), germanista alemán. ↩
Wilhelm Arnold (1826-1883), historiador del derecho alemán, autor de Ansiedelungen und Wanderungen deutscher Stämme (1875) y de Deutsche Urzeit (1879). ↩
La llamada segunda mutación consonántica (Lautverschiebung), que entre los siglos VI y VIII separó el alto alemán de los demás dialectos germánicos occidentales (t > z/ss, p > pf/ff, k > ch, etc.) y que no llegó al bajo alemán ni al neerlandés. ↩
(Nota de Engels.) Kleine altsächsische und altniederfränkische Grammatik (Pequeña gramática del sajón antiguo y del bajo franco antiguo), de Moritz Heyne, Paderborn, 1873. ↩
En realidad, el manuscrito Cotton (Cotton Caligula A VII) se conserva en Londres, en el antiguo Museo Británico. ↩
El condado de la Mark, en Westfalia, colindante con el ducado de Berg, en cuyo territorio está Barmen, la ciudad natal de Engels; no debe confundirse con la marca como comunidad rural. ↩
Hendrik Kern (1833-1917), lingüista neerlandés, autor de Die Glossen in der Lex Salica und die Sprache der salischen Franken (La Haya, 1869). ↩
Ingevones, iscevones (o istevones) y herminones: los tres grandes grupos en que, según Tácito (Germania, 2) y Plinio el Viejo, se dividían los germanos. Engels considera ingevónicos los dialectos sajón, frisón y anglosajón. ↩
Glosas de un salterio perdido, copiadas por el humanista Justo Lipsio (1547-1606). ↩
Pieter Jakob Cosijn (1840-1899), filólogo neerlandés. ↩
Paul Wigand (1786-1866), historiador y archivero westfaliano. ↩
Lex Salica: la ley de los francos salios, redactada en latín a comienzos del siglo VI, que conserva glosas en lengua franca (las llamadas glosas malbérgicas). ↩
Rachineburgius: en la Lex Salica, cada uno de los hombres libres que, en el tribunal, proponían la sentencia. ↩
Engels escribe Iskävonen, forma alternativa del nombre que suele transmitirse como Istaevones. ↩
El texto en línea de la MEW dice «Genf» (Ginebra); Destelbergen está junto a Gante (Gent), y así lo corregimos. ↩
Umlaut: el cambio de timbre de una vocal por influencia de una i o j de la sílaba siguiente (en alemán, a > ä, o > ö, u > ü). ↩
Stumme Konsonanten: las consonantes mudas u oclusivas (b, d, g, p, t, k). ↩
Theodor Joseph Lacomblet (1789-1866), archivero e historiador renano, editor del Archiv für die Geschichte des Niederrheins. ↩
El mapa topográfico especial de Alemania y de los países vecinos de Daniel Gottlob Reymann (1759-1837), a escala 1:200.000, continuado después de su muerte, en varios cientos de hojas numeradas. ↩
Karl von Spruner, Hand-Atlas für die Geschichte des Mittelalters und der neueren Zeit, 3.ª ed. a cargo de Theodor Menke, Gotha, 1880, con mapas de las comarcas (Gaukarten) de la época franca. ↩
La milla alemana, de unos 7,5 km. ↩
Hellweg: antigua vía comercial que atravesaba Westfalia de oeste a este, de Duisburgo a Paderborn, por Dortmund y Soest. ↩
Franz Joseph Mone (1796-1871), historiador y archivero badense, autor de Urgeschichte des badischen Landes (Karlsruhe, 1845), que Engels cita como Urzeit. ↩
(Nota de Engels.) En la llanura solo encuentro Waterscheid, al este de Hasselt, en el Limburgo belga, donde ya más arriba observamos una fuerte mezcla ripuaria. ↩
Así llama Engels al Gran Ducado de Luxemburgo, unido a los Países Bajos por unión personal hasta 1890, frente a la provincia belga de Luxemburgo. ↩
Medien: las oclusivas sonoras (b, d, g); Tenues, las sordas (p, t, k). ↩
(Nota de Engels.) Todas las citas son de Fröhlich Palz, Gott erhalt's! Gedichte in Pfälzer Mundart (¡Alegre Palatinado, Dios lo guarde! Poemas en dialecto palatino), de K. G. Nadler, Fráncfort del Meno, 1851. ↩
Ludwig Börne (1786-1837), escritor y publicista democrático alemán, emigrado a París; sus Briefe aus Paris se publicaron de 1832 a 1834. ↩