Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Labour Standard (Londres), núm. 9, del 2 de julio de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 270-272), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Desde el otoño de 18371 nos hemos acostumbrado de sobra a ver cómo se importan de Nueva York a Inglaterra pánicos monetarios y crisis comerciales. Por lo menos una de cada dos de las convulsiones decenales de la industria estalló en América. Pero que América trastornara también las seculares relaciones de la agricultura británica, revolucionara las inmemoriales relaciones feudales entre el terrateniente y el arrendatario precario,2 hiciera añicos las rentas inglesas y arruinara las granjas inglesas era un espectáculo reservado al último cuarto del siglo XIX.
Y, sin embargo, así es. La tierra virgen de la pradera del Oeste —que ahora se está poniendo en cultivo no a pedazos, sino por miles de millas cuadradas— empieza a dictar el precio del trigo y, en consecuencia, la renta de las tierras de trigo. Y ninguna tierra vieja puede competir con ella. Es una tierra maravillosa, llana o ligeramente ondulada, no alterada por violentos levantamientos, exactamente en el mismo estado en que se depositó lentamente en el fondo de un océano terciario; libre de piedras, rocas y árboles; apta para el cultivo inmediato sin ningún trabajo preparatorio. No hace falta desbrozarla ni drenarla: se pasa el arado por ella y ya está lista para recibir la semilla, y dará entre veinte y treinta cosechas de trigo seguidas y sin abono. Es una tierra apta para la agricultura en la escala más grande, y en la escala más grande se trabaja. El agricultor británico solía enorgullecerse de sus grandes granjas frente a las pequeñas explotaciones de los campesinos propietarios del continente; pero ¿qué son las mayores granjas del Reino Unido comparadas con las granjas de la pradera americana, granjas de 40.000 acres y más, trabajadas por verdaderos ejércitos de hombres, caballos y aperos, instruidos, mandados y organizados como soldados?
Esta revolución americana de la agricultura, junto con los medios de transporte revolucionados tal como los han inventado los americanos, envía a Europa trigo a precios tan bajos que ningún agricultor europeo puede competir con él, por lo menos mientras se espere de él que pague renta. Fíjense en el año 1879, cuando esto se hizo sentir por primera vez. La cosecha fue mala en toda Europa occidental; en Inglaterra se perdió. Y, sin embargo, gracias al trigo americano, los precios se mantuvieron casi estacionarios. Por primera vez el arrendatario británico tuvo a la vez una mala cosecha y precios bajos del trigo. Entonces los arrendatarios empezaron a agitarse y los terratenientes se alarmaron. Al año siguiente, con una cosecha mejor, los precios bajaron todavía más. El precio del trigo lo determina ahora el coste de producción en América, más el coste del transporte. Y será así cada año más, a medida que se ponga bajo el arado nueva tierra de pradera. Los ejércitos agrícolas que hacen falta para esa operación se los proporcionamos nosotros mismos desde Europa enviando emigrantes.
Ahora bien, antes el arrendatario y el terrateniente tenían el consuelo de que, si el trigo no daba beneficio, lo daría la carne. Las tierras de labor se convertían en pastos, y todo volvía a ir bien. Pero ahora también se ha cortado ese recurso. La carne americana y el ganado americano llegan en cantidades cada vez mayores. Y no solo eso. Hay por lo menos dos grandes países ganaderos3 que andan buscando métodos que les permitan enviar a Europa, y sobre todo a Inglaterra, su inmenso excedente de carne, que hoy se desperdicia. Con el estado actual de la ciencia y los rápidos progresos de su aplicación, podemos estar seguros de que dentro de muy pocos años, a lo sumo, la carne de vaca y de carnero australiana y sudamericana llegará en perfecto estado de conservación y en cantidades enormes. ¿Qué será entonces de la prosperidad del arrendatario británico, de las largas listas de rentas del terrateniente británico? Está muy bien cultivar grosellas, fresas y demás, pero ese mercado ya está bastante bien abastecido. Sin duda el obrero británico podría consumir muchas más de estas golosinas, pero entonces habría que empezar por subirle el salario.
Apenas hace falta decir que el efecto de esta nueva competencia agrícola americana se siente también en el continente. El pequeño campesino propietario, casi siempre hipotecado hasta las cejas y que paga intereses y costas judiciales allí donde el arrendatario inglés e irlandés paga renta, lo siente igual. Es un efecto peculiar de esta competencia americana que inutiliza no solo la gran propiedad territorial, sino también la pequeña, al hacer que ambas dejen de ser rentables.
Podrá decirse que este sistema de agotamiento de la tierra, tal como se practica hoy en el Lejano Oeste, no puede durar siempre, y que las cosas tienen que volver a su cauce. Por supuesto que no puede durar siempre; pero todavía queda tierra sin agotar de sobra para continuar el proceso durante otro siglo. Además, hay otros países que ofrecen ventajas parecidas. Está toda la estepa del sur de Rusia, donde de hecho algunos comerciantes han comprado tierras y han hecho lo mismo. Están las vastas pampas de la República Argentina, y otras más; todas ellas tierras igual de aptas para este moderno sistema de agricultura gigantesca y producción barata. De modo que, antes de que esto se agote, habrá vivido lo bastante para acabar con todos los terratenientes de Europa, grandes y pequeños, por lo menos dos veces.
Y bien, ¿en qué parará todo esto? Parará, y no puede sino parar, en que nos impondrá la nacionalización de la tierra y su cultivo por sociedades cooperativas bajo control nacional. Entonces, y solo entonces, volverá a ser rentable cultivarla, tanto para los cultivadores como para la nación, sea cual sea el precio del trigo y la carne americanos o de cualquier otra procedencia. Y si entretanto los terratenientes, como parecen medio inclinados a hacer, se van de verdad a América, les deseamos un buen viaje.
El pánico financiero de 1837 en los Estados Unidos, que se extendió a Inglaterra. ↩
Tenant at will: arrendatario sin contrato a plazo, al que el terrateniente podía desahuciar a voluntad. ↩
Australia y los países ganaderos de Sudamérica, como se ve unas líneas más abajo. Los primeros envíos de carne congelada desde Australia a Londres se hicieron precisamente en 1880. ↩