Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Labour Standard (Londres), núm. 12, del 23 de julio de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 277-279), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

¡Cuántas veces nos han advertido amigos y simpatizantes: «Manténganse al margen de la política de partido»! Y tenían toda la razón en lo que se refiere a la política de partido inglesa actual. Un órgano obrero no debe ser ni whig ni tory, ni conservador ni liberal, ni siquiera radical, en el sentido actual de partido de esa palabra. Conservadores, liberales y radicales no representan todos ellos más que los intereses de las clases dominantes y los diversos matices de opinión que predominan entre terratenientes, capitalistas y comerciantes al por menor. Si representan a la clase obrera, la representan decididamente mal. La clase obrera tiene intereses propios, tanto políticos como sociales. Cómo ha defendido lo que considera sus intereses sociales lo muestra la historia de las trade unions y del movimiento por la reducción de la jornada.1 Pero sus intereses políticos los deja casi por entero en manos de tories, whigs y radicales, hombres de la clase alta, y desde hace casi un cuarto de siglo la clase obrera de Inglaterra se ha contentado con formar, por así decir, la cola del «Gran Partido Liberal».

Es una posición política indigna de la clase obrera mejor organizada de Europa. En otros países los obreros han sido mucho más activos. Alemania tiene desde hace más de diez años un partido obrero (los socialdemócratas), que cuenta con diez escaños en el Parlamento y cuyo crecimiento ha asustado a Bismarck hasta llevarlo a esas infames medidas de represión de las que damos cuenta en otra columna.2 Y, sin embargo, a pesar de Bismarck, el partido obrero progresa sin cesar; la semana pasada, sin ir más lejos, ganó dieciséis puestos en las elecciones al concejo municipal de Mannheim y uno en las del Parlamento de Sajonia. En Bélgica, Holanda e Italia se ha imitado el ejemplo de los alemanes; en cada uno de estos países existe un partido obrero, aunque allí el censo electoral es demasiado alto para darles por ahora la posibilidad de enviar miembros al poder legislativo. En Francia el partido obrero está en plena organización; en las últimas elecciones obtuvo la mayoría en varios concejos municipales y sin duda ganará varios escaños en las elecciones generales a la Cámara el próximo octubre.3 Incluso en América, donde todavía es relativamente fácil pasar de la clase obrera a la de los granjeros, los comerciantes o los capitalistas, los obreros encuentran necesario organizarse como partido independiente. En todas partes el trabajador lucha por el poder político, por la representación directa de su clase en el poder legislativo; en todas partes menos en Gran Bretaña.

Y, sin embargo, nunca ha estado tan extendido en Inglaterra como ahora el sentimiento de que los viejos partidos están condenados, de que los viejos santos y señas han perdido su sentido, de que las viejas consignas están desacreditadas, de que las viejas panaceas ya no surten efecto. Hombres reflexivos de todas las clases empiezan a ver que hay que abrir un camino nuevo, y que ese camino solo puede ir en la dirección de la democracia. Pero en Inglaterra, donde la clase obrera industrial y agrícola forma la inmensa mayoría del pueblo, democracia significa el dominio de la clase obrera, ni más ni menos. Que se prepare, pues, esa clase obrera para la tarea que le espera, el gobierno de este gran imperio; que comprenda las responsabilidades que inevitablemente le tocarán. Y la mejor manera de hacerlo es usar el poder que ya tiene en sus manos, la mayoría efectiva que posee en cada gran ciudad del reino, para enviar al Parlamento a hombres de su propio estamento. Con el actual sufragio de los cabezas de familia podrían enviarse fácilmente a St. Stephen's4 cuarenta o cincuenta obreros, y allí hace muchísima falta una inyección así de sangre completamente nueva. Con solo ese número de obreros en el Parlamento sería imposible dejar que la Ley Agraria irlandesa se convirtiera, como ocurre ahora, cada vez más en un disparate irlandés,5 es decir, en una ley de indemnización de los terratenientes irlandeses; sería imposible resistirse a la exigencia de una redistribución de los escaños, de castigar de verdad el soborno, de cargar los gastos electorales al erario público, como se hace en todas partes menos en Inglaterra, etc.

Además, en Inglaterra un verdadero partido democrático es imposible si no es un partido obrero. Hombres ilustrados de otras clases (donde no abundan tanto como quieren hacernos creer) podrían sumarse a ese partido e incluso representarlo en el Parlamento después de haber dado garantías de su sinceridad. Así ocurre en todas partes. En Alemania, por ejemplo, los representantes obreros no son en todos los casos obreros de verdad. Pero ningún partido democrático, en Inglaterra como en cualquier otro sitio, tendrá un éxito efectivo si no tiene un carácter obrero bien definido. Abandónese eso y no quedarán más que sectas y farsas.

Y esto es todavía más cierto en Inglaterra que en el extranjero. Farsas radicales ha habido por desgracia bastantes desde la disolución del primer partido obrero que ha producido el mundo, el partido cartista. Sí, pero los cartistas se disgregaron y no consiguieron nada. ¿De verdad? De los seis puntos de la Carta del Pueblo,6 dos, el voto secreto y la supresión del requisito de propiedad, son hoy ley del país. Un tercero, el sufragio universal, se ha conseguido por lo menos de forma aproximada con el sufragio de los cabezas de familia; un cuarto, la igualdad de los distritos electorales, se divisa claramente: es una reforma prometida por el actual gobierno. De modo que el hundimiento del movimiento cartista ha desembocado en la realización de la mitad cabal del programa cartista. Y si el mero recuerdo de una organización política de la clase obrera ya desaparecida pudo lograr estas reformas políticas, y además una serie de reformas sociales, ¿qué no logrará la presencia efectiva de un partido político obrero respaldado por cuarenta o cincuenta representantes en el Parlamento? Vivimos en un mundo en el que cada cual tiene que cuidar de sí mismo. Y, sin embargo, la clase obrera inglesa deja que las clases de los terratenientes, los capitalistas y los comerciantes al por menor, con su cola de abogados, periodistas, etc., cuiden de sus intereses. No es de extrañar que las reformas en interés del obrero lleguen tan despacio y a cuentagotas tan miserables. Los trabajadores de Inglaterra no tienen más que quererlo, y son dueños de sacar adelante cualquier reforma, social y política, que su situación requiera. Entonces, ¿por qué no hacer ese esfuerzo?

  1. El movimiento por la limitación legal de la jornada a diez horas (Short Time movement), que consiguió la ley de las diez horas de 1847. ↩

  2. Véase Bismarck y el Partido Obrero alemán, en el mismo número del Labour Standard. ↩

  3. Las elecciones a la Cámara de Diputados francesa se adelantaron y se celebraron en agosto de 1881. ↩

  4. Designación corriente del Parlamento británico, por la capilla de San Esteban del palacio de Westminster, donde se reunió la Cámara de los Comunes desde el siglo XVI hasta el incendio de 1834. ↩

  5. En el original, juego de palabras entre Irish Land Bill (proyecto de ley agraria irlandesa) e Irish bull, expresión con que los ingleses designaban un disparate o contradicción cómica. La ley agraria de Gladstone para Irlanda se aprobó en agosto de 1881. ↩

  6. La Carta del Pueblo (1838) reclamaba el sufragio universal masculino, el voto secreto, la supresión del requisito de propiedad para ser diputado, la retribución de los diputados, distritos electorales iguales y elecciones anuales al Parlamento. El requisito de propiedad se suprimió en 1858 y el voto secreto se implantó en 1872. ↩