Editorial escrito en inglés por Friedrich Engels y publicado sin firma en The Labour Standard (Londres), núm. 1, del 7 de mayo de 1881. Es el primero de los once editoriales que Engels escribió para este semanario de las trade unions* londinenses entre mayo y agosto de 1881. Traducido del original inglés según la transcripción del texto del periódico en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke, tomo 19, Berlín, 1962, pp. 247-250), por la Escuela de marxismo, 2026. Se corrigen erratas evidentes de la transcripción. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Esta ha sido durante los últimos cincuenta años la divisa del movimiento obrero inglés. Prestó buenos servicios en la época del ascenso de las trade unions, tras la derogación de las infames Leyes contra las Coaliciones en 1824;1 y mejores aún en la época del glorioso movimiento cartista,2 cuando los obreros ingleses marchaban a la cabeza de la clase obrera europea. Pero los tiempos avanzan, y muchas cosas que eran deseables y necesarias hace cincuenta y aun hace treinta años están hoy anticuadas y resultarían completamente fuera de lugar. ¿Pertenece también a ellas la vieja y venerable consigna?
¿Un salario justo por una jornada justa? Pero ¿qué es un salario justo y qué es una jornada justa? ¿Cómo los determinan las leyes bajo las cuales existe y se desarrolla la sociedad moderna? Para responder a esto no debemos recurrir a la ciencia de la moral, ni a la del derecho y la equidad, ni a ningún sentimiento de humanidad, de justicia o siquiera de caridad. Lo que es moralmente justo, y hasta lo que es justo ante la ley, puede estar muy lejos de ser socialmente justo. Lo socialmente justo o injusto lo decide una sola ciencia: la que se ocupa de los hechos materiales de la producción y el intercambio, la ciencia de la economía política.
Pues bien, ¿a qué llama la economía política un salario justo y una jornada justa? Sencillamente al nivel de los salarios y a la duración e intensidad de la jornada de trabajo que fija la competencia entre patronos y obreros en el mercado libre. ¿Y qué son, una vez fijados de este modo?
Un salario justo es, en condiciones normales, la suma necesaria para procurar al trabajador los medios de subsistencia que, según el nivel de vida de su condición y de su país, necesita para mantenerse en condiciones de trabajar y para propagar su especie. El nivel efectivo de los salarios, con las fluctuaciones de los negocios, puede estar unas veces por encima y otras por debajo de esa tasa; pero, en condiciones justas, esa tasa debería ser la media de todas las oscilaciones.
Una jornada justa es la duración de la jornada de trabajo y la intensidad del trabajo efectivo que consumen toda la fuerza de trabajo de un día del obrero sin menoscabar su capacidad para realizar la misma cantidad de trabajo al día siguiente y los días sucesivos.
La transacción, pues, puede describirse así: el obrero da al capitalista toda su fuerza de trabajo de un día, es decir, toda la que puede dar sin hacer imposible la repetición continua de la transacción. A cambio recibe exactamente tantos artículos de primera necesidad, y ni uno más, como hacen falta para que el mismo trato pueda repetirse cada día. El obrero da tanto, y el capitalista tan poco, como admite la naturaleza del trato. Es una clase muy peculiar de justicia.
Pero miremos el asunto un poco más a fondo. Puesto que, según los economistas, los salarios y las jornadas los fija la competencia, la justicia parece exigir que ambas partes partan en pie de igualdad, con las mismas condiciones justas. Pero no es así. El capitalista, si no se pone de acuerdo con el trabajador, puede permitirse esperar y vivir de su capital. El obrero no puede. No tiene para vivir más que su salario, y por eso tiene que aceptar trabajo cuando, donde y en las condiciones en que pueda conseguirlo. El obrero no sale en igualdad de condiciones. El hambre lo lastra terriblemente. Y, sin embargo, según la economía política de la clase capitalista, esto es el colmo de la justicia.
Pero esto es una minucia. La aplicación de la fuerza mecánica y de la maquinaria a nuevas ramas de la industria, y la extensión y el perfeccionamiento de la maquinaria en las ramas que ya la emplean, dejan sin trabajo a cada vez más «brazos», y lo hacen a un ritmo mucho más rápido que aquel al que esos «brazos» desplazados pueden ser absorbidos por las manufacturas del país y encontrar empleo en ellas. Estos «brazos» desplazados forman un verdadero ejército industrial de reserva a disposición del capital. Si los negocios van mal, pueden morirse de hambre, mendigar, robar o ir al asilo de pobres;3 si van bien, están a mano para ampliar la producción; y hasta que el último hombre, la última mujer o el último niño de este ejército de reserva haya encontrado trabajo —cosa que solo ocurre en tiempos de superproducción desenfrenada—, hasta entonces su competencia mantendrá bajos los salarios y su sola existencia reforzará el poder del capital en su lucha contra el trabajo. En la carrera con el capital, el trabajo no solo corre con desventaja: tiene que arrastrar una bala de cañón remachada al pie. Y, sin embargo, eso es justo según la economía política capitalista.
Pero averigüemos de qué fondo paga el capital estos salarios tan justos. Del capital, por supuesto. Pero el capital no produce valor. El trabajo es, además de la tierra, la única fuente de riqueza; el capital mismo no es más que producto acumulado del trabajo. De modo que los salarios del trabajo se pagan con trabajo, y al obrero se le paga con su propio producto. Según lo que podríamos llamar la justicia común, el salario del trabajador debería consistir en el producto de su trabajo. Pero eso no sería justo según la economía política. Al contrario, el producto del trabajo del obrero va a parar al capitalista, y el obrero no saca de él más que lo estrictamente necesario para vivir. Y así, el final de esta carrera de la competencia, tan extraordinariamente «justa», es que el producto del trabajo de quienes trabajan se acumula inevitablemente en manos de quienes no trabajan y se convierte en sus manos en el medio más poderoso para esclavizar precisamente a los hombres que lo produjeron.
¡Un salario justo por una jornada justa! También podría decirse mucho de la jornada justa, cuya justicia está exactamente a la par con la de los salarios. Pero eso hemos de dejarlo para otra ocasión. De lo expuesto se desprende con bastante claridad que la vieja consigna ha cumplido su tiempo y hoy apenas se tiene en pie. La justicia de la economía política, tal como esta formula realmente las leyes que rigen la sociedad actual, es una justicia que está toda de un lado: del lado del capital. Enterremos, pues, para siempre la vieja divisa y sustituyámosla por otra:
Posesión de los medios de trabajo —materias primas, fábricas, maquinaria— por los propios trabajadores.
Las Combination Acts de 1799 y 1800 prohibían las asociaciones obreras; el Parlamento las derogó en junio de 1824, aunque una nueva ley de 1825 volvió a restringir la actividad de los sindicatos. ↩
El cartismo, primer movimiento político de masas de la clase obrera inglesa (1838-1848 y, ya en declive, hasta mediados de la década de 1850), luchó por la Carta del Pueblo (People's Charter), que reclamaba el sufragio universal masculino y otras reformas democráticas del Parlamento. ↩
Workhouse: el asilo de pobres tal como lo organizó la Ley de Pobres de 1834, con un régimen casi carcelario; el pueblo lo llamaba «la Bastilla de los pobres». ↩